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Nada se compara a ti

Lentamente avanzaba por el bosque, tropezando aquí y allá con las ramas que había derribado la última tormenta. Hacía una hora ya que había abandonado la seguridad del feudo y cruzaba la última colina que le separaba de su destino.

El camino le había llevado más tiempo de lo acostumbrado: las lluvias habían empezado temprano, y la región había sufrido varias tormentas en los últimos días. El río, que usualmente no era más que un pequeño arroyo sigiloso, se había transformado en una enorme y furiosa serpiente líquida, que entre sus rombos azules y negros arrastraba los desechos del bosque. No obstante, el porno mexicano aún vadeable.

Ya desde que iniciara su camino, el cielo se mostraba siniestro, y ahora empezaba a caer una ligera lluvia, de esas lluvias dolorosas, que proyectan sus diminutas gotas como una multitud de alfileres que laceran la cara y limitan la vista, y que tienen el extraño efecto de entristecer a las personas.

Sin embargo, eso no le importó, pues en ese momento llegaba a la villa vecina. Los cuidadores de la puerta del poblado le habían permitido pasar sin problemas, pues se habían habituado a las visitas de aquel inofensivo individuo.

Furtivamente, se acercó a una de las primeras casas; miró hacia la única ventana iluminada y permaneció allí largo rato, escondido en la oscuridad, como acostumbraba hacer desde hace tiempo.

Él se imaginaba que la ventana que brillaba pertenecía a la habitación de Rosa. En realidad, no lo sabía, pero abrigaba la esperanza que así fuera. Por ratos, el oscilar de las velas reflejaba sombras en la pared, sombras que a él le parecían animadas con voluntad propia y que se asomaban por el cuadro de luz con el único afán de sobresaltar su corazón, haciéndole pensar que de pronto vería pasar a la mujer.

El tiempo pasaba, las velas que alumbraban la habitación se consumían, así que las sombras aumentaban y los brillos morían. Lo mismo sucedía en todo el pueblo, que se aprestaba a dormir. Finalmente, la oscuridad mató al fuego, y reinaría así hasta que el amanecer le matara a su vez.

Su rostro se cubrió con desánimo: la villa dormía, así que la ilusión de verla se trocó en una extraña melancolía, que en instantes tomaba un cariz de frustración.

En la oscuridad, le fue fácil olvidarse de la lluvia que caía sobre él y se encerró en sus propias reflexiones. Encierro voluntario y doloroso, como el de un eremita que se abandona en los bosques para ahogar sus pecados en una callada expiación.

Por supuesto pensaba en ella, en Rosa. Pensaba en su sonrisa franca, en sus ojos tristes, en el extraño rumbo que tomaban sus ideas… y sobretodo, pensaba en el amor que sentía por ella. Aún se maravillaba de lo mucho que había llegado a quererla en tan poco tiempo. “Más de lo conveniente” le había dicho él en alguna ocasión. Quizá no fue la frase más adecuada. Sabía, sin embargo, que no podía haber pronunciado nada más. Nunca le había sido fácil entender sus sentimientos, y mucho menos expresarlos.

Además, la frase no resultaba incoherente, al menos, no para él. Bien había comprendido desde el principio, cuando la conoció en los días de mercado que reunían a ambas villas, que jamás podría ganar su corazón. Realmente le hubiera sido imposible explicar por qué, pero así lo sentía él.

Quizá porque ella siempre hablaba de magia, de hadas y duendes, de otras épocas y otros mundos, mundos maravillosos y encantados en donde él no podría ocupar un lugar, aun cuando estaba dispuesto a hacerlo si ella se lo pedía… quizá sólo porque los dioses les habían preparado diferentes destinos… quizá…

Un relámpago cayó en ese momento en el bosque vecino. El estruendo del trueno le hizo recordar dónde estaba, y percatarse que la lluvia había arreciado y ahora alcanzaba casi la fuerza de una tempestad.

Se dijo que era necesario volver a casa, por más que se daba cuenta de que el camino no sería sencillo, pero no podía permanecer allí; sabía que la ley del pueblo ordenaba arrestar a quien recorriera las calles después de media noche. Alzó por última vez los ojos hacia la ventana… mañana la veré, se dijo, y emprendió la marcha.

El bosque se encontraba sumido en una profunda oscuridad: las veredas se habían transformado en trampas de lodo, que atenazaban sus pies y le obligaban a desarrollar un esfuerzo enorme para avanzar sólo unos pasos.

El mismo cansancio le sumió de nuevo en sus ensueños, en sus recuerdos.

Pensaba ahora en la última ocasión que la había visto, durante los festejos del solsticio, en una especie de carnaval que año con año organizaba el Duque, amo y señor de toda esa parte del reino.

Se habían encontrado mientras admiraban a los acróbatas y observaban regocijados sus saltos y evoluciones. Rieron después con los bufones de la corte, que representaban, según le habían explicado al pueblo, un extraño baile de las tierras de oriente, donde dos dragones peleaban cada año para dominar al mundo. El vencedor recorrería los cielos, mientras el dragón vencido se refugiaba en las cuevas del inframundo, hasta recuperar su fuerza y su fuego, para empezar de nuevo la lucha.

Pero lo que más disfrutaron fueron las romanzas de los trovadores y de los juglares. Ese era el espectáculo principal del festival, y la gente se había concentrado para escucharles.

Era delicioso estar allí, sentado junto a ella, casi rozándola. Desde su sitio podía percibir el olor de su largo cabello. Olía a violetas y a musgo, a lirios; pero también a canela, a laurel y albahaca, en una extraña mezcla de aromas silvestres y familiares, que a él le parecía aumentaban la belleza de Rosa, belleza singular y vehemente.

Ella se había inclinado hacia él, para susurrarle que la canción que ahora escuchaban era su favorita. Nada se compara a ti, se llamaba. Era una antigua romanza, muy popular en la corte, que cantaba la belleza de una antigua y legendaria princesa. A él le pareció que el título era más adecuado para su dulce compañera que para la desconocida princesa.

Volvió la cabeza un instante, para contemplarla. Ella no lo veía. Miraba hacia el trovador y, en ocasiones, hacia el cielo, que empezaba a cubrirse de estrellas.

¡Se veía tan hermosa! Y al mismo tiempo, tan distante… ¿Rosa entendería… sabría, al menos, lo doloroso que era para él estar así, con ella… sin estar con ella?

Abandonando los caminos de su fantasía, se percató que había equivocado el rumbo hacia su pueblo. Por un momento, la angustia se apoderó de él. Ahora la feroz lluvia caía inmisericorde. A él le parecía que el agua que escurría por su espalda era un enorme , que desgarraba su piel. Su ropa se encontraba rota, pues el bosque tendía sus agudas ramas hacia él, aferrándolo, como si quisiera mantenerlo encerrado en su verde mazmorra.

Estaba agotado, realmente agotado. Sin embargo, era preciso llegar al pueblo, pero no sabía cómo podía orientarse, pues parecía que la tempestad había pintado de negro al mundo entero.

De pronto, se sintió aliviado: en un instante de tregua que se tomaron los fuegos celestes, pudo escuchar el correr del río. Sabía que le bastaba cruzarlo para llegar a su villa, y eso le hizo recuperar el ánimo.

Rápidamente llegó hasta la corriente, pero ahí se detuvo asustado. Si horas antes el río era aún practicable, ahora parecía que todo un mar corría por él. En sus aguas negras se arrastraban troncos y piedras, formando una mezcla viscosa impregnada con un profundo olor a muerte.

Estuvo un tiempo sin saber qué hacer, pero finalmente se decidió: era necesario intentar el paso. Sabía que si permanecía toda la noche en el bosque, con la tormenta interminable, la fiebre lo mordería y lo mataría en pocos días. Del otro lado del río estaba su pueblo. En su casa tenía fuego y ropas secas.

Poco a poco, se introdujo en la helada corriente. Le animaba saber que en días normales el arroyo era poco profundo, y abrigaba la esperanza de que, aunque el agua corría con mucha fuerza, aún podría apoyar los pies en el fondo.

Pero a poco de avanzar, se dio cuenta de su error. La corriente llevaba demasiada energía y demasiados trozos del bosque como para permanecer de pie. Sabía que en cualquier momento su cuerpo sería llevado con la misma facilidad que una hoja en un estanque.

En ese instante, sintió  cómo el río lo sumergía y se apoderaba de todo su cuerpo. Podía sentir el agua helada entrando en sus pulmones. Trató de subir, pero los remolinos lo azotaban brutalmente contra el fondo.

Estaba perdido. Le quedaban pocos segundos de vida, pues le era imposible regresar a la superficie. Ya podía sentir cómo sus entrañas se convulsionaban por la falta de aire.

Quiso concentrar todo su ser para que su último pensamiento fuera Rosa, pero no pudo lograrlo. Sólo alcanzó a escuchar las últimas frases de la historia de la princesa… nada se compara a ti… ni la rabia que siento por dentro… nada se compara a ti..

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Nueve meses

Entré apresuradamente a la cafetería frente al hospital. Realmente tenía urgencia de un café después de escuchar semejante noticia. Mecánicamente me senté en un rincón y ordené un Latte.

¡De modo que es cierto! Hay algo pequeño y extraño creciendo dentro de mí, algo que seguirá creciendo y creciendo sin freno, destruyendo todo lo que ha sido mi vida hasta el día de hoy.

Poco menos de nueve meses, ha dicho el médico, después de explicarme nerviosamente las alternativas que existen para tratar de eliminarlo. Finalmente, ha insinuado tímidamente que lo mejor es no hacer nada.

La noticia me ha dejado abrumada. Lo único que hago es esforzarme estúpidamente para tratar de recordar el momento, el instante que ha provocado todo esto, como si porno argentina.

¡Diablos! Necesito un cigarro… hace mucho que he dejado de fumar, y no es el momento de empezar de nuevo, pero bueno, que sea el último… este será el primero de muchos cambios que vendrán en los siguientes meses.

De una manera casi brutal le he pedido a la chica que me trajo el café una cajetilla de cigarros. Ella ni siquiera se ha mostrado enfadada. Sólo me mira con curiosidad, acostumbrada, seguramente, a atender a las personas que salen del hospital.

La mesera ha traído los cigarros y se ha retirado junto a la barra, graciosamente adornada con tasas y cafeteras. En el fondo, el otro dependiente prepara un capuchino con la meticulosidad de un artista: vierte la espuma con delectación, con lentitud. Después, gota a gota, vacía el café, que se va al fondo de la taza, simulando un diminuto mar de color oscuro.

Me he concentrado tanto en el improvisado artesano, que de pronto he dejado de pensar, perdiendo la conciencia de mí … de pronto me recupero, sobresaltada. La mesera continúa en la barra, mirándome. ¿Por qué se fijará en mí con tanta insistencia? ¿Será que algo en mi rostro acusa ya mi estado? En realidad, esa insistencia debe estar sólo en mi imaginación.

De cualquier forma, la idea me aterra. No puedo soportar la fotos xxx de ir por la calle, notando como todo mundo voltea a verme y murmura por lo bajo. ¡Eso jamás! Prefiero pasarme el tiempo restante encerrada en casa.

Pero… ¿y la escuela?

En fin… eso importa poco ya; de cualquier manera, en este estado no puedo continuar allí mucho tiempo más. En realidad, ahora es inútil hacer cualquier plan. Sólo debo concentrarme en los próximos nueve meses. Sería ridículo hacer algún proyecto para después.

Y sin embargo, ¡cuántas cosas por atender! Por corregir. Supongo que, en realidad, me dan más miedo los acontecimientos inmediatos que lo que sucederá después.

¡Dios… cómo le digo a mis padres!

De parte de Ricardo no abrigo muchas esperanzas de apoyo. Ya algo le he insinuado, y de inmediato ha empezado a alejarse. Ahora que le confirme la noticia, seguramente desaparecerá. No se lo reprocho, después de todo, pues en realidad es bien poco lo que él podría hacer.

¿Pero cómo le digo a mis padres? No puedo ni siquiera imaginarlo. Quisiera poder quedarme siempre aquí, con la silenciosa mesera y el pretencioso orfebre del café.

Al menos es un lugar agradable, fresco y callado, decorado en un marcado estilo Art-Déco. Lo que no me agrada es esa enorme ventana que mira hacia el hospital… deberían disimular esa vista tan poco agradable.

Justo ahora sale una pareja de allí. Ella se ve emocionada, feliz. Casi se diría que quisiera brincar como una chiquilla. Su marido -supongo que debe serlo- la mira, jubiloso… ¿Por qué yo no pude salir así del terrible edificio?

Se hace tarde. Es necesario que vaya a casa… pero… ¿y mis padres? Al menos, sé perfectamente cómo reaccionarán. Aunque eso no hace menos difícil enfrentarlos.

Mamá, siempre encantadora en su simpleza, se pondrá llanamente a llorar. Llorará toda la noche, y mañana, al levantarse, adoptará su papel de madre cariñosa y sólo dedicará estos nueve meses a cuidarme.

Con papá es otra historia. Me escuchará en silencio, se levantará igualmente silencioso y me abrazará. Y mientras empezará a argumentar que quizá haya un error, que es necesario consultar otro médico. Y así seguirá hasta que mi estado sea tan evidente que no pueda negarlo.

Lo más duro xxx es que ninguno de los dos admitirá que están asustados, tan asustados como lo estoy yo ahora. Me pregunto para quien será peor: para ella, que claudica al miedo, o para él, que lo niega.

En fin. Es necesario decidirse y abandonar el café. Ahora que voy por las calles, me doy cuenta que mis sentidos están embotados. Todo lo veo borroso, y los ruidos de la cuidad llegan a mí como si tuviera unos almohadones cubriendo mi cabeza. Y todo tiene el aspecto de moverse lentamente.

Me siento ajena a todo lo que me rodea. Es natural, después de todo, porque mi vida ya no me pertenece. Ahora le pertenece a algo que crece dentro de mí.

Sólo la entrada del metro disipa mi aturdimiento. He tenido una idea fugaz… pero sé que es sólo una fantasía, una evasión. A pesar del miedo que me provoca el futuro, jamás podría arrojarme al subterráneo.

Finalmente estoy frente a casa, frente a esa fachada que me ha visto crecer. Un sollozo quiebra mi resolución y tengo que detenerme en el porche a llorar amargamente.

Pero necesito recomponerme, necesito reunir toda mi energía para mostrarme tranquila y firme. Necesito reunir todo el valor que tengo para enfrentarme a mis padres y decirles que el cáncer ha vuelto y que moriré en nueve meses.