|
MISTERIOS DE UN ASESINATO |
El Cuarto Ángel dice:
De esta orden se me ha hecho,
para proteger de los hombres este lugar
al que han renunciado por su Culpabilidad
ya que han perdido Su Gracia;
Por consiguiente, lo deben rehuir
o si no mi Espada abrazarán
y yo seré su Enemigo
y haré que les arda el Rostro.
CICLO DE MISTERIOS DE CHESTER,
LA CREACIÓN DE ADÁN Y EVA, 1461
Esto es verdad.
Hace diez años, año más, año menos, me encontré
realizando una estancia forzosa en Los Ángeles, muy
lejos de casa. Era diciembre y el tiempo californiano
era cálido y agradable.
Inglaterra, sin embargo, estaba asolada por las
nieblas y las tormentas de nieve y ningún avión
aterrizaba allí. Yo llamaba cada día al aeropuerto y
siempre me decían que esperase un día más.
Ya llevaba así casi una semana.
Apenas había cumplido los veinte años. Cuando hoy en
día veo las partes de mi vida que quedan de aquellos
tiempos, me siento incómodo, como si hubiera recibido
un regalo sin haberlo pedido: una casa, una mujer,
niños, una vocación. No tiene nada que ver conmigo,
podría decir, inocentemente. Si es cierto que cada
siete años cada célula de tu cuerpo muere y es
substituida, entonces realmente he heredado mi vida de
un hombre muerto; y las fechorías de aquellos tiempos
se me han perdonado y están enterradas con los huesos
de ese hombre.
Estaba en Los Ángeles. Sí.
Al sexto día, recibí un mensaje de parte de una,
digamos, antigua novia de Seattle; ella también estaba
en Los Ángeles y, a través de la red de amigos de
amigos, se había enterado de que yo estaba por allí.
¿Por qué no me pasaba por su casa?
Le dejé un mensaje en el contestador: claro que sí.
Aquella noche una mujer pequeña y rubia se acercó a mí
cuando salí del lugar en el que me hospedaba. Ya había
oscurecido.
Se me quedo mirando, como si estuviera intentando
ajustarme a una descripción y, entonces, titubeante,
dijo mi nombre.
—Ése soy yo. ¿Eres amiga de Nilla?
—Sí. El coche está ahí detrás. Vamos. Tiene muchas
ganas de verte.
El coche de la mujer era uno de esos cacharros enormes
y viejos con pinta de barca que parece que sólo se ven
en California. Olía a tapicería de cuero agrietada y
pelada. Salimos de donde fuera que estuviésemos y nos
dirigimos adonde fuera que fuésemos.
Los Ángeles era en aquella época un misterio total
para mí; y no puedo decir que ahora la entienda mucho
mejor. Entiendo Londres y Nueva York y París: se puede
pasear por ellas, basta deambular una mañana para
hacerse una idea de dónde está todo y también puedes
coger el metro. Sin embargo, Los Ángeles va de coches.
En aquel entonces yo no conducía en absoluto; incluso
hoy en día no conduzco en América. Para mí, los
recuerdos de Los Ángeles están enlazados por paseos en
coches de otra gente, sin sentido alguno de la forma
de la ciudad, de las relaciones entre la gente y el
lugar. La regularidad de las carreteras, la repetición
de la estructura y la forma significan que cuando
intento pensar en ella como en una entidad, lo único
que recuerdo es la profusión infinita de lucecitas que
vi desde la colina del parque Griffith una noche, en
mi primer viaje a la ciudad. Fue una de las cosas más
bonitas que había visto jamás, desde aquella
distancia.
—¿Ves aquel edificio?— dijo mi conductora rubia, la
amiga de Nilla. Era una casa estilo art decó de
ladrillo rojo, encantadora y bastante fea.
—Sí.
—La construyeron en los años treinta— explicó, con
respeto y orgullo.
Dije algo cortés, tratando de comprender una ciudad en
la que cincuenta años se podían considerar mucho
tiempo.
—Nilla está muy excitada. Cuando se enteró de que
estabas en la ciudad, le hizo tanta ilusión.
—Tengo ganas de volver a verla.
El verdadero nombre de Nilla era Campanilla Richmond.
No miento.
Estaba en casa de unos amigos, en un pequeño edificio
de pisos, a más o menos una hora en coche del centro
de Los Ángeles.
Lo que debéis saber sobre Nilla: era diez años mayor
que yo, tenía poco más de treinta años; tenía el pelo
negro y brillante y labios rojos y desconcertados y la
piel muy blanca, como la Blancanieves de los cuentos
de hadas; la primera vez que la vi pensé que era la
mujer más hermosa del mundo.
Nilla había estado casada durante un tiempo en algún
momento de su vida y tenía una hija de cinco años
llamada Susan. Yo nunca había visto a Susan: cuando
Nilla estuvo en Inglaterra, Susan se había quedado en
Seattle, con su padre.
Las personas que se llaman Campanilla llaman a sus
hijos Susan.
La memoria es la gran embustera. Quizá hay algunos
individuos cuyas memorias actúan como grabaciones, con
registros diarios de sus vidas con todos los detalles
incluidos, pero yo no soy uno de ellos. Mi memoria es
un mosaico de acontecimientos, de sucesos discontinuos
cosidos toscamente: las partes que recuerdo las
recuerdo con precisión, mientras que otras secciones
parecen haber desaparecido por completo.
Lo siguiente que recuerdo es estar sentado en el salón
de Nilla con las luces bajas, el uno junto al otro, en
su sofá.
Charlamos sobre temas triviales. Había pasado quizá un
año desde que nos vimos por última vez. Sin embargo,
un chico de veintiún años tiene poco que decirle a una
mujer de treinta y dos y, pronto, al no tener nada en
común, la acerqué a mí.
Se me arrimó con una especie de suspiro y me ofreció
sus labios para que se los besara. En la penumbra, sus
labios eran negros. Nos besamos un rato en el sofá y
yo le acaricié los pechos por encima de la blusa y
entonces ella dijo:
—No podemos follar. Tengo la regla.
—Bueno.
—Te
puedo...
Asentí con la cabeza, y ella me bajó la cremallera de
los tejanos y bajó la cabeza hacia mi regazo.
Después de que me corriera, ella se levantó y corrió a
la cocina. Oí como escupía en el fregadero y el sonido
de agua que corría: recuerdo que me pregunté por qué
lo hacía si odiaba tanto el sabor.
Entonces regresó y nos sentamos uno junto al otro en
el sofá.
—Susan
está arriba, durmiendo —dijo Nilla—. Sólo vivo por
ella. ¿Te gustaría verla?
—Me
parece bien.
Subimos al segundo piso. Nilla me llevó a una
habitación a oscuras. Había dibujos llenos de
garabatos infantiles por todas las paredes —dibujos de
hadas con alas y de palacios pequeños hechos con
lápices de cera—, y una niña pequeña de pelo rubio
estaba durmiendo en la cama.
—Es
muy guapa —dijo Nilla y me besó. Tenía los labios
ligeramente pegajosos—. Se parece a su padre.
Fuimos abajo. No teníamos nada más que decirnos, nada
más que hacer. Nilla encendió la luz principal. Por
primera vez, advertí que tenía patas de gallo
diminutas junto a los extremos de los ojos, resultaba
extraño en su cara perfecta de muñeca Barbie.
—Te
quiero— dijo.
—Gracias.
—¿Quieres que te lleve?
—¿Si
no te importa dejar sola a Susan...?
Se
encogió de hombros y la acerqué a mí por última vez.
Por
la noche, Los Ángeles es todo luces. Y sombras.
Aquí
hay un espacio en blanco en mi mente. Sencillamente,
no recuerdo lo que sucedió a continuación. Ella debió
haberme llevado al sitio donde me alojaba, ¿cómo, si
no, habría llegado allí? Ni siquiera recuerdo haberle
dado un beso de despedida. Quizá, solamente esperé en
la acera y la vi alejarse en el coche.
Quizá.
Si,
sé, sin embargo, que en cuanto llegué al sitio donde
me alojaba me quedé ahí, sin más, incapaz de entrar,
de lavarme y luego de dormir, no me apetecía hacer
nada más.
No
tenía hambre. No quería alcohol. No quería leer o
hablar. Tenía miedo de alejarme demasiado, por si me
perdía, asediado por los motivos repetitivos de Los
Ángeles, como si algo me hubiera de dar vueltas y
luego tragarme, de modo que nunca sabría volver a
casa. A veces me da la sensación de que el centro de
Los Ángeles no es más que un modelo, como un conjunto
de calles que se repiten: una gasolinera, unas casas,
un minicentro comercial (donuts, revelado de fotos,
lavanderías automáticas, comida rápida), y que se
repiten hasta hipnotizarte; además, los cambios
minúsculos de los minicentros comerciales y de las
casas sólo sirven para reforzar la estructura.
Pensé
en los labios de Nilla. Entonces hurgué en un bolsillo
de la chaqueta y saqué un paquete de cigarrillos.
Encendí uno, me tragué el humo, soplé humo azul al
aire cálido de la noche.
Una
palmera raquítica crecía frente al sitio donde me
alojaba y decidí andar un poco, sin perder el árbol de
vista, fumarme un cigarrillo, quizá incluso pensar;
pero me sentía demasiado agotado para pensar. Me
sentía muy asexuado y muy solo.
A más
o menos una manzana de allí había un banco y, cuando
llegué a él, me senté. Tiré la colilla del cigarrillo
a la acera, con fuerza, y la vi. arrojar chispas de
color naranja.
Alguien dijo, “te compro un cigarrillo, amigo. Toma.”
Una
mano delante de mi cara, con una moneda de veinticinco
centavos. Levanté la vista.
No
parecía viejo, aunque no habría podido decir cuántos
años tenía. Cerca de cuarenta, quizá. Unos cuarenta y
cinco. Llevaba un abrigo largo y raído, sin color bajo
las farolas amarillas, y tenía los ojos oscuros.
—Toma
veinticinco centavos. Es un buen precio.
Dije
que no con la cabeza, saqué el paquete de Marlboro, le
ofrecí uno.
—Guárdate el dinero. Es gratis. Ten.
Cogió
el cigarrillo. Le pasé la caja de cerillas (anunciaba
un número de teléfono erótico: de eso me acuerdo) y
encendió el cigarrillo. Me devolvió las cerillas y yo
negué con la cabeza.
—Quedátelas.
Siempre acabo acumulando cajas de cerillas en América.
—Ajá—
se sentó a mi lado y se fumó el cigarrillo. Cuando se
había fumado la mitad, le dio unos golpecitos al
extremo encendido contra el hormigón, apagó el
resplandor y se colocó la colilla detrás de la oreja.
—No
fumo mucho —dijo—. Pero es una pena tirarlo.
Un
coche venía a toda velocidad por la calle, virando de
un lado al otro.
Había
cuatro chicos dentro; los dos que iban delante estaban
tirando del volante a la vez y riéndose. Llevaban las
ventanillas bajadas y podía oír su risa y a los dos
del asiento trasero (“¡Gaary, eres un gilipollas!
¿Qué coño te has metidooo, tíoooo?”), y el ritmo
vibrante de una canción de rock que yo no reconocía.
El coche dio la vuelta a una esquina y lo perdimos de
vista.
Pronto
los sonidos también habían desaparecido.
—Te debo una —dijo el hombre del banco.
—¿Cómo?
—Te debo algo. Por el cigarrillo. Y las cerillas. No
querías aceptar mi dinero, así que te debo algo.
Me encogí de hombros, avergonzado.
—En serio, sólo es un cigarrillo. Me imagino que si le
doy cigarrillos a la gente, entonces, cuando me quede
sin algún día, puede que la gente me los dé a mí. —Me
reí para demostrarle que no lo decía en serio, aunque
era verdad—. Déjalo.
—Mmm. ¿Quieres oír una historia? ¿Una historia
verídica? Antes, las historias siempre eran un buen
pago. Hoy en día... —se encogió de hombros—... no
tanto.
Me recosté en el banco, la noche era cálida y miré la
hora: casi la una de la madrugada. En Inglaterra un
día nuevo y helado ya habría empezado: un día laboral
estaría empezando para aquellos que pudiesen ganarle a
la nieve y llegar al trabajo; otro puñado de ancianos
y de gente sin hogar habrían muerto, por la noche, del
frío.
—Claro —le dije al hombre—. Claro que sí. Cuéntame una
historia.
Tosió, sonrió con dientes blancos —un destello en la
oscuridad— y empezó.
—Lo primero que recuerdo fue el Verbo. Y el Verbo era
Dios. A veces, cuando me deprimo mucho, recuerdo el
sonido del Verbo en mi cabeza, dándome forma,
creándome, dándome vida.
“El Verbo me dio un cuerpo, me dio ojos. Y abrí los
ojos y vi la luz de la Ciudad de Plata.
“Estaba en una habitación, plateada, y allí no había
nada más que yo. Delante de mí había una ventana que
iba del suelo al techo, abierta al cielo, y por la
ventana veía los chapiteles de la Ciudad y, en los
límites de la Ciudad, la Oscuridad.
“No sé cuánto tiempo esperé allí. Aunque no estaba
impaciente ni nada. Eso lo recuerdo. Era como si
estuviese esperando a que me llamaran; y sabía que en
algún momento lo harían. Y si tenía que esperar hasta
el final sin que me llamaran jamás, pues también me
parecía bien. Pero me llamarían, estaba seguro, y
entonces conocería mi nombre y mi función
“Por la ventana veía los chapiteles de plata y en
muchos de los otros chapiteles había ventanas; y en
ellos veía a otros como yo. Así es como supe qué
aspecto tenía.
“No te lo imaginarías de mí, al verme ahora, pero era
hermoso. Me he venido bastante a menos desde entonces.
“Era más alto en aquella época, y tenía alas.
“Eran alas enormes y poderosas, con plumas del color
de la madreperla. Me salían justo entre los omóplatos.
Estaban tan bien, mis alas.
“A veces veía a otros como yo, los que habían dejado
sus habitaciones, que ya estaban cumpliendo con su
deber. Solía mirar cómo planeaban por el cielo de
chapitel en chapitel, realizando misiones que apenas
podían imaginar.
“El cielo que había sobre la Ciudad era algo
maravilloso. Siempre estaba iluminado, aunque no por
el sol, sino, quizá, por la Ciudad misma; sin embargo,
la calidad de la luz cambiaba continuamente. De
repente era una luz de color de peltre, luego era un
latón, luego un dorado suave o un amatista sutil y
discreto...”.
El hombre dejó de hablar. Me miró, inclinando la
cabeza a un lado. Había un destello en sus ojos que me
asustaba. —¿Sabes lo que es una amatista? ¿Una especie
de piedra violeta?
Asentí con la cabeza.
Me molestaba la entrepierna.
Se me ocurrió entonces que aquel hombre tal vez no
estuviera loco; eso me resultaba mucho más inquietante
que la alternativa.
El hombre empezó a hablar otra vez. —No sé cuánto
esperé en aquella habitación, pero el tiempo no
significaba nada. No en aquella época. Teníamos todo
el tiempo del mundo.
“Lo que me sucedió a continuación fue que el ángel
Lucifer vino a mi celda. Él era más alto que yo y sus
alas eran imponentes, su plumaje perfecto. Tenía la
piel del color de la bruma y el pelo rizado y plateado
y unos ojos grises maravillosos...
“Digo él, pero deberías entender que ninguno de
nosotros tenía sexo alguno”.
Hizo un gesto hacia su regazo.
—Liso y vacío. Aquí no hay nada, ya sabes.
“Lucifer brillaba. Lo digo en serio, resplandecía
desde dentro. Pasa con todos los ángeles. Están
iluminados desde dentro y en mi celda el ángel Lucifer
ardía como una tormenta de rayos.
“Me miró. Y me dio un nombre.
“ ‘Tú eres Ragüel —dijo—. La venganza del Señor.’
“Incliné la cabeza, porque sabía que era verdad. Aquel
era mi nombre. Aquella era mi función.
“ ‘Ha pasado... una cosa mala —dijo—. La primera de
esa clase. Te necesitan.’
“Se giró y se impulsó hacia el espacio, y yo le seguí,
crucé volando detrás de él la Ciudad de Plata hasta
las afueras, donde la Ciudad se detiene y empieza la
Oscuridad; y fue allí, bajo un chapitel plateado e
inmenso, donde descendimos a la calle y vi el ángel
muerto.
“El cuerpo yacía, arrugado y roto, en la acera
plateada. Las alas aplastadas estaban debajo y algunas
plumas sueltas ya habían volado hasta la alcantarilla
plateada.
“El cuerpo estaba casi negro. De vez en cuando una luz
brillaba en su interior, un parpadeo ocasional de
fuego frío en el pecho o en los ojos o en la ingle
asexuada, mientras el último resplandor de vida lo
abandonaba para siempre.
“La sangre formaba charcos de rubíes en su pecho y
manchaba de carmesí las plumas de sus alas blancas.
Era muy hermoso, incluso en la muerte.
“Te habría roto el corazón.
“Lucifer me habló entonces: ‘Debes descubrir quién fue
el responsable de esto y cómo lo hizo; e infligir la
Venganza del Nombre a quienquiera que hizo que esto
ocurriese’.
“La verdad es que no tenía que decir nada. Yo ya lo
sabía. La caza y el castigo: eso era para lo que me
habían creado, al Principio; yo era eso.
“ ‘Tengo trabajo que hacer’, dijo el ángel Lucifer.
“Batió las alas una vez, con fuerza, y se elevó; la
ráfaga del viento hizo volar las plumas sueltas del
ángel muerto al otro lado de la calle.
“Me incliné para examinar el cuerpo. Toda la
luminiscencia lo había abandonado ya. Era una cosa
oscura, la parodia de un ángel. Tenía una cara
perfecta y asexuada, enmarcada por el cabello
argentado. Uno de los párpados estaba abierto, dejando
ver un ojo gris y plácido; el otro estaba cerrado. No
tenía pezones en el pecho y sólo tersura entre las
piernas.
“Alcé el cuerpo.
“La espalda del ángel estaba hecha un desastre. Las
altas estaban rotas y retorcidas, tenía la parte de
atrás de la cabeza agujereada; el cadáver estaba tan
desmadejado que me hizo pensar que también se le había
roto la columna. La espalda del ángel era toda sangre.
“Por delante, el único sitio ensangrentado era la zona
del pecho. Lo sondé con el índice y el dedo penetró en
el cuerpo sin dificultad.
“Cayó, pensé. Y estaba muerto antes de caer.
“Y miré arriba a las ventanas que se alineaban en la
calle. Miré por la Ciudad de Plata. Tú lo hiciste,
pensé. Te encontraré, quienquiera que seas.
Y te infligiré la Venganza del Señor”.
El hombre cogió la colilla de detrás de la oreja, la
encendió con una cerilla.
Por un momento olí el olor a cenicero del cigarrillo
apagado, acre y áspero; luego le dio una calada al
tabaco apagado y exhaló humo azul al aire nocturno.
“El ángel que había descubierto el cuerpo se llamaba
Fanuel.
“Hablé con él en el Salón de la Existencia. Ése era el
chapitel junto al que yacía el ángel muerto. En el
Salón estaban colgados los... los planos, tal vez, de
lo que iba a ser... todo esto —hizo un gesto con la
mano que sostenía la colilla, señalando el cielo
nocturno y los coches aparcados y el mundo—. Ya sabes.
El universo.
“Fanuel era el diseñador superior; una multitud de
ángeles estaba a sus órdenes, trabajando en los
detalles de la Creación. Le observé desde el suelo del
Salón. Flotaba en el aire bajo el Plano, y los ángeles
bajaban volando hasta donde él se hallaba y esperaban
cortésmente su turno para hacerle preguntas, verificar
cosas con él, invitarle a que hiciera comentarios
sobre su trabajo. Al final, los dejó y descendió al
suelo.
“ ‘Tú eres Ragüel —dijo. Su voz era aguda y
quisquillosa—. ¿Para qué me necesitas?’.
“ ‘¿Tú encontraste el cuerpo?’
“ ‘¿Al pobre Carasel? Sí, en efecto. Salí del Salón,
pues actualmente estamos construyendo unos cuantos
conceptos y deseaba reflexionar sobre uno de ellos, de
nombre Arrepentimiento. Pensaba alejarme un
poco de la Ciudad, volar sobre ella, quiero decir, no
entrar en la Oscuridad de fuera, eso no lo haría,
aunque ha habido alguna indiscreción entre.... pero,
sí. Iba a elevarme y contemplar’.
“ ‘Salí del Salón y... —se calló. Era bajo, para ser
un ángel. Su luz era débil, pero tenía los ojos
intensos y muy, muy brillantes—. Pobre Carasel. ¿Cómo
pudo hacerse eso? ¿Cómo?’
“ ‘¿Crees que él mismo se produjo su destrucción?’
“Parecía desconcertado, sorprendido de que pudiera
haber alguna otra explicación. ‘Por supuesto que sí.
Carasel trabajaba a mis órdenes, estaba desarrollando
un número de conceptos que serán esenciales para el
universo cuando se Pronuncie su Nombre. Su grupo hizo
un trabajo extraordinario sobre algunos de los
conceptos realmente básicos: Dimensión era uno
y Dormir era otro. Había más’.
“ ‘Un trabajo maravilloso. Algunas de sus sugerencias
respecto del uso de puntos de vista individuales para
definir las dimensiones eran verdaderamente
ingeniosas’.
“ ‘ En fin, Carasel había empezado a trabajar en un
proyecto nuevo. Es uno de los más importantes, de los
que suelo ocuparme yo o incluso Zefquiel’.
Miró hacia arriba. ‘Pero Carasel había hecho un
trabajo tan excelente y su último proyecto era tan
extraordinario. Algo que parecía ser bastante trivial
y que él y Saracael elevaron a... —se encogió de
hombros—. Pero eso no tiene importancia. Fue este
proyecto el que le obligó a dejar de existir. Ninguno
de nosotros podría haber previsto jamás...’.
“ ‘¿Cuál era su proyecto actual?’
“Fanuel me miró fijamente. ‘No estoy seguro de que
deba decírtelo. Todos los conceptos nuevos se
consideran confidenciales hasta que les damos la forma
definitiva en la que serán Pronunciados’.
“Sentí cómo me transformaba. No estoy seguro de cómo
explicártelo, pero de pronto ya no era yo: era algo
más grande. Me había transfigurado: yo era mi función.
“Fanuel era incapaz de cruzar su mirada con la mía.
“ ‘Yo soy Ragüel, la Venganza del Señor —le dije—.
Sirvo al Nombre directamente. Es mi misión descubrir
la naturaleza de este hecho e infligir la Venganza del
Nombre a aquellos que sean responsables. Mis preguntas
deben ser respondidas’.
“El pequeño ángel tembló, y habló muy de prisa.
“ ‘Carasel y su compañero estaban investigando
Muerte. El cese de la vida. El fin de la
existencia física y animada. Estaban reuniendo todos
los datos. Pero Carasel siempre iba demasiado lejos en
su trabajo... lo pasamos fatal con él cuando estaba
diseñando Inquietud. Eso fue cuando trabajaba
en las Emociones...’.
“ ‘¿Crees que Casarel murió para... para investigar el
fenómeno?’
“ ‘O porque le tenía intrigado. O porque llegó
demasiado lejos en sus investigaciones. Sí —Fanuel
dobló los dedos y se me quedó mirando con aquellos
ojos que brillaban con tanta intensidad—. Espero que
no le repitas nada de lo que te he dicho a ninguna
persona no autorizada, Ragüel’.
“ ‘¿Qué hiciste cuando encontraste el cuerpo?’
“ ‘Salía del Salón, como ya te he dicho, y allí estaba
Casarel en la acera, mirando hacia arriba. Le pregunté
qué estaba haciendo y no me contestó. Entonces,
advertí el fluido interno y me di cuenta de que
Casarel parecía que no podía, más que no quería,
hablar conmigo’.
“ ‘Me asusté. No sabía qué hacer’.
“ ‘El ángel Lucifer se me acercó por detrás. Me
preguntó si había algún problema. Se lo dije. Le
enseñé el cuerpo. Y entonces... su Aspecto se apoderó
de él y estuvo en íntima comunión con el Nombre. Se
iluminó con tanta fuerza...’.
“ ‘ Luego dijo que tenía que ir a buscar a aquel cuya
función abarcaba acontecimientos como éste y se
marchó, me imagino que a buscarte’.
“ ‘Y como ya se estaban ocupando de la muerte de
Carasel, y su destino no era de mi incumbencia, volví
al trabajo, habiendo ganado una perspectiva nueva —y
sospecho que bastante valiosa— sobre los aspectos
prácticos de Arrepentimiento’.
“ ‘Estoy pensando en quitarle Muerte a la
pareja de Carasel y Saracael. Tal vez se lo vuelva a
asignar a Zefquiel, mi superior, si está dispuesto a
encargarse de ello. Suele distinguirse en proyectos
contemplativos’.
“Para entonces, había una cola de ángeles que
esperaban para hablar con Fanuel. Me daba la sensación
de que tenía casi todo lo que iba a conseguir de él.
“ ‘¿Con quién trabajaba Carasel? ¿Quién habría sido el
último en verle con vida?’
“ ‘Podrías hablar con Saracael, supongo. Después de
todo, él era su compañero. Ahora, si me disculpas...’.
“Volvió a su multitud de ayudantes: para aconsejar,
corregir, sugerir, prohibir”.
El hombre hizo una pausa.
La calle estaba silenciosa; recuerdo el susurro bajo
de su voz, el canto de un grillo en algún sitio. Un
animal pequeño, un gato tal vez, o algo más exótico,
un mapache o incluso un chacal, corría de sombra en
sombra entre los coches aparcados al otro lado de la
calle.
—Saracael estaba en la más alta de las galerías del
entresuelo que rodeaban el Salón de la Existencia.
Como he dicho, el universo estaba en medio del Salón y
destellaba y centelleaba y brillaba. Y se erguía muy
alto...
—El universo que has mencionado, ¿qué era un diagrama?
—pregunté interrumpiendo por primera vez.
—No exactamente. Algo así. Más o menos. Era un plano;
pero era de tamaño natural y estaba colgado en el
Salón, y todos los ángeles daban vueltas a su
alrededor y no dejaban de toquetearlo. Hacían cosas
con la Gravedad y Música y Klar y
todo eso. En realidad no era el universo, aún no. Lo
sería cuando estuviera terminado y llegase la hora de
que le pusieran un Nombre como es debido.
—Pero... —traté de encontrar las palabras para
expresar mi confusión. El hombre me interrumpió.
—Déjalo. Imagínatelo como un modelo si eso te resulta
más fácil. O un mapa. O un.. ¿cuál es la palabra?
Prototipo. Sí. Un universo Ford modelo T —sonrió—.
Tienes que comprender que mucho de lo que te estoy
contando ya lo estoy traduciendo; lo estoy diciendo de
modo que lo entiendas. De lo contrario, ni siquiera
podría contarte la historia. ¿Quieres oírla?
—Sí —no me importaba si era verídica o no; era un
historia que necesitaba oír hasta el final.
—Bien. Entonces calla y escucha.
“Así que me encontré con Saracael en la galería más
alta. No había nadie más por allí, sólo él, y algunos
papeles y algunos modelos pequeños y brillantes.
“ ‘He venido por lo de Carasel’, le dije.
“Me miró. ‘ Carasel no está aquí en estos momentos
—dijo—. Supongo que no tardará en volver’.
“Moví la cabeza para negar.
“ ‘Carasel no volverá. Ha dejado de existir como
entidad espiritual’, dije.
“Su luz palideció y abrió mucho los ojos. ‘¿Está
muerto?’.
“‘Eso es lo que he dicho. ¿Tienes alguna idea de cómo
ocurrió?’
“‘Yo... esto es tan repentino. Había hablado de...ero
no tenía ni idea de qué haría...’.
“’Tomátelo con calma’.
“Saracael asintió con la cabeza.
“Se puso de pie y se dirigió a la ventana. Su ventana
no tenía ninguna vista de la Ciudad de Plata, sólo un
reflejo del resplandor de la Ciudad, el cielo que
había detrás de nosotros, flotando en el aire, y, más
allá, la Oscuridad. El viento de la Oscuridad acarició
suavemente el cabello de Saracael mientras él hablaba.
Le miré la espalda.
“‘Carasel es... no, era. Es así, ¿verdad? Era.
Era siempre tan entregado. Y tan creativo. Pero nunca
le bastaba. Siempre quería entenderlo todo,
experimentar aquello en lo que estaba trabajando.
Nunca se conformaba con sólo crearlo, con entenderlo
por medio de la inteligencia. Lo quería todo de
aquello que había creado’.
“‘Nunca hubo ningún problema cuando trabajábamos en
las propiedades de la materia. Pero cuando empezamos a
diseñar algunas de las emociones Nombradas... se
entregó demasiado a su trabajo’.
“‘Y nuestro último proyecto era Muerte. Es uno
de los difíciles y sospecho que también es uno de los
importantes. Puede que incluso se convierta en el
atributo que definirá la Creación para los Creados: si
no fuera por Muerte, se conformarían con
existir simplemente, pero con Muerte, bueno,
sus vidas tendrán un significado, un límite más allá
del cual los vivos no pueden cruzar...’.
“‘¿Así que crees que se suicidó?’.
“‘ Sé que lo hizo’, dijo Saracael. Fui hasta la
ventana y miré fuera. Muy abajo, a mucha distancia,
veía un puntito blanco. Era el cuerpo de Carasel.
Tendría que encargarme de que alguien se ocupara de
él; pero habría alguien que ya lo sabría, alguien cuya
función era la eliminación de cosas que no eran
necesarias. No era mi función. Lo sabía.
“‘¿Cómo?’
“Se encogió de hombros. ‘ Lo sé. Últimamente había
empezado a hacer preguntas, preguntas sobre Muerte.
Por ejemplo, ¿cómo podíamos saber si era o no correcto
que la hiciéramos, que estableciéramos las normas, si
no la experimentábamos nosotros mismos? No dejaba de
hablar de ello’.
“‘¿No te extrañaba?’
“Saracael se giró, por primera vez para mirarme. ‘No.
Ésa es nuestra función: discutir, improvisar, ayudar a
la Creación y a los Creados. Lo solucionamos ahora, de
manera que cuando todo Empiece, funcione como un
reloj. En este momento, estamos trabajando en
Muerte. Así que, como es obvio, eso es lo que
estudiamos. El aspecto físico; el aspecto emocional;
el aspecto filosófico...’.
“ ‘Y los modelos. Carasel tenía la idea de que lo que
hacemos aquí, en el Salón de la Existencia, crea
modelos. Hay estructuras y formas apropiadas para
seres y acontecimientos que, una vez empezadas, deben
continuar hasta que lleguen a su final. Para nosotros,
quizá, igual que para ellos. Cabe la posibilidad de
que él creyera que éste era uno de sus modelos’.
“ ‘¿Conocías bien a Carasel?’.
“ ‘Tanto como nos conocemos los unos a los otros. Nos
veíamos aquí; trabajábamos codo con codo. A ciertas
horas, yo me retiraba a mi celda al otro lado de la
Ciudad. A veces, él hacía lo mismo’.
“ ‘Háblame de Fanuel’.
“ ‘Sonrió torciendo la boca. Es oficioso. No hace gran
cosa; lo encarga todo a otros ángeles y se lleva el
mérito — bajó la voz, aunque no había ni un alma más
en la galería—. Cualquiera que le oyera, creería que
Amor fue obra suya. Pero, dicho sea en su
honor, es cierto que se asegura de que trabajemos.
Zefquiel es el auténtico pensador de los diseñadores
superiores, pero no viene por aquí. Se queda en su
celda de la Ciudad, y contempla; resuelve problemas a
distancia. Si tienes que hablar con Zefquiel, debes
ver a Fanuel y él le transmite tus preguntas...’.
“Le interrumpí. ‘¿Qué hay de Lucifer? Háblame de él’.
“ ‘¿Lucifer? ¿El capitán del ejército? No trabaja
aquí... Aunque ha visitado el Salón un par de veces,
para inspeccionar la Creación. Dicen que está bajo las
órdenes directas del Nombre. Nunca he hablado con él’.
“ ‘¿Conocía a Carasel?’.
“ ‘Lo dudo. Como he dicho, sólo ha estado aquí dos
veces. Sin embargo, le he visto en otras ocasiones.
Por aquí —agitó la punta del ala, señalando el mundo
que había tras la ventana—. Volando’.
“ ‘¿Adónde?’.
“Parecía que Saracael iba a decir algo, entonces
cambió de idea. ‘No lo sé’.
“Miré por la ventana hacia la Oscuridad que estaba en
las afueras de la Ciudad de Plata.
“ ‘Puede que quiera volver a hablar contigo más
tarde’, le dije a Saracael.
“ ‘Muy bien —me di la vuelta para marcharme—. Oye,
¿sabes si me asignarán otro compañero? ¿Para Muerte?’.
“ ‘No —le dije—. Me temo que no lo sé’.
“En el centro de la Ciudad de Plata había un parque,
un lugar de recreo y descanso. Encontré al ángel
Lucifer allí, junto a un río. Estaba de pie, mirando
cómo corría el agua.
“ ‘¿Lucifer?’.
“Inclinó la cabeza. ‘Ragüel. ¿Estás avanzando?’.
“ ‘No lo sé. Tal vez. Tengo que hacerte algunas
preguntas. ¿Te importa?’.
“ ‘En absoluto’.
“ ‘¿Cómo encontraste el cuerpo?’.
“ ‘No lo hice. No exactamente. Vi a Fanuel de pie en
la calle. Parecía consternado. Pregunté si pasaba algo
y me mostró el ángel muerto. Y fui a buscarte’.
“ ‘Ya veo’.
“Se inclinó, metió la mano en el agua fría del río. El
agua salpicó y dio vueltas alrededor de la mano. ‘¿Eso
es todo?’.
“ ‘Aún no. ¿Qué estabas haciendo en esa parte de la
ciudad?’.
“ ‘No creo que sea asunto tuyo’.
“ ‘Lo es, Lucifer. ¿Qué estabas haciendo allí?’.
“ ‘Estaba... paseando. A veces lo hago. Simplemente
paseo y pienso. E intento comprender’. Se encogió de
hombros.
“ ‘¿Paseas por el límite de la Ciudad?’.
“Un latido y luego, ‘Sí’.
“ ‘Eso es todo lo que quiero saber. De momento’.
“ ‘¿Con quién más has hablado?’.
“ ‘Con el jefe de Carasel y su compañero. Los dos
creen que se suicidó, que acabó con su propia vida’.
“ ‘¿Con quién más vas a hablar?’.
“Mire hacia arriba. Los chapiteles de la Ciudad de los
Ángeles descollaban sobre nosotros. ‘Tal vez con todo
el mundo’.
“ ‘¿Con todos?’.
“ ‘ Si es necesario. Es mi función. No podré descansar
hasta que entienda lo que ocurrió y hasta que haya
inflingido la Venganza del Nombre a quienquiera que
fuera el responsable. Pero te diré algo que sí sé’.
“ ‘¿Y qué es?’. Gotas de agua caían como diamantes de
los dedos perfectos del ángel Lucifer.
“ ‘Carasel no se suicidó’.
“ ‘¿Cómo lo sabes?’.
“ ‘Soy Venganza. Si Carasel hubiese muerto por su
propia mano —le expliqué al Capitán del Ejército
Celestial—, no me habrían necesitado. ¿Verdad?’.
“No contestó.
“Volé hacia arriba a la luz de la mañana eterna”.
—¿Tienes otro cigarrillo?
Saqué el paquete rojo y blanco y le pasé un
cigarrillo.
—Gracias.
“La celda de Zefquiel era más grande que la mía.
“No era un lugar de espera. Era un lugar para vivir y
trabajar y ser. Estaba cubierto de libros y pergaminos
y papeles y había imágenes y representaciones en las
paredes: cuadros. Nunca había visto un cuadro.
“En el centro de la habitación había una silla grande
y Zefquiel estaba allí sentado, con los ojos cerrados
y la cabeza echada hacia atrás.
“Cuando me acercaba a él, abrió los ojos.
“No ardían con más fuerza que los ojos de los otros
ángeles con quien me había encontrado, pero por alguna
razón daban la impresión de que habían visto más.
Había algo en su modo de mirar. No estoy seguro de
poder explicarlo. Además, no tenía alas.
“ ‘Bienvenido, Ragüel’, dijo. Sonaba cansado.
“ ‘¿Tú eres Zefquiel?’, no sé por qué lo pregunté. Es
decir, yo sabía quién era la gente. Es parte de mi
función, supongo. Reconocimiento. Sé quién eres tú.
“ ‘ En efecto. Me estás mirando fijamente, Ragüel. No
tengo alas, es cierto, pero es que mi función no
requiere que deje esta celda. Me quedo aquí y
reflexiono. Fanuel me presenta los informes, me trae
las cosas nuevas, para que le dé mi opinión. Me trae
los problemas y yo pienso en ellos y, de vez en
cuando, ayudo un poco haciendo pequeñas sugerencias.
Ésa es mi función. Como la tuya es la venganza’.
“ ‘Sí’.
“ ‘¿Estás aquí por la muerte del ángel Carasel?’-
“ ‘Sí’.
“ ‘Yo no le maté’.
“Cuando lo dijo supe que era verdad.
“ ‘¿Sabes quién lo hizo?’.
“ ‘Ésa es tu función, ¿no? Descubrir quién mató al
pobre desgraciado e infligirle la Venganza del
Nombre’.
“ ‘Sí’.
“Asintió con la cabeza.
“ ‘¿Qué quieres saber?’.
“Hice una pausa y medité sobre lo que había oído aquel
día. ‘¿Sabes qué hacía Lucifer en aquella parte de la
Ciudad antes de que encontrasen el cuerpo?’.
“El viejo ángel me miró. ‘Puedo aventurar una
respuesta’.
“ ‘¿Sí?’.
“ ‘Estaba paseando por la Oscuridad’.
“Asentí. En aquel momento tenía una forma en la mente.
Algo que casi podía captar. Hice la última pregunta:
“ ‘¿Qué puedes decirme de Amor?’.
“Y me lo dijo. Y pensé que ya lo tenía todo.
“Regresé al lugar en el que había estado el cuerpo de
Carasel. Habían sacado los restos, habían limpiado la
sangre y habían recogido las plumas sueltas y se
habían deshecho de ellas. No había nada en la acera
plateada que indicase que había estado allí alguna
vez. No obstante, yo sabía dónde había estado.
“Ascendí con mis alas, volé hacia arriba hasta que me
acerqué a la parte alta del chapitel del Salón de la
Existencia. Había una ventana y entré.
“Saracael estaba allí trabajando, poniendo un maniquí
sin alas en una cajita. En un lado de la caja había
una representación de una criatura pequeña y marrón
con ocho patas. En el otro lado había una
representación de una flor blanca.
“ ‘¿Saracael?’.
“ ‘¿Uhm? Ah, eres tú. Hola. Fíjate en esto. Si te
murieras y tuvieran que, digamos, ponerte bajo tierra
en una caja, ¿qué querrías que te colocaran encima,
esta araña o este lirio?’.
“ ‘El lirio, supongo’.
“ ‘Sí, yo opino lo mismo. Pero ¿por qué? Ojalá...
—se llevó la mano a la barbilla, miró los dos modelos,
primero puso uno encima de la caja, luego el otro,
experimentalmente—. Hay tanto que hacer, Ragüel. Tanto
que debe salirnos bien. Y sólo tenemos una oportunidad
para hacerlo, ¿sabes? Sólo habrá un universo, no
podemos ir intentándolo hasta que nos salga bien.
Ojalá comprendiese por qué todo esto es tan importante
para Él...’.
“ ‘¿Sabes dónde está la celda de Zefquiel?’, le
pregunté.
“ ‘Sí. Es decir, nunca he estado allí, pero sé dónde
está’.
“ ‘Bien. Ve allí. Te estará esperando. Te veré allí’.
“Negó con la cabeza. ‘Tengo trabajo que hacer. No
puedo...’.
“Sentí cómo mi función se apoderaba de mí. Le miré y
dije, ‘Estarás allí. Ahora ve’.
“No dijo nada. Se alejó de mí, hacia la ventana,
mirándome; entonces se dio la vuelta y batió las alas,
y me quedé solo.
“Caminé hasta el pozo central del Salón y me dejé
caer, rodando por el modelo del universo: relucía a mi
alrededor, colores y formas desconocidas que bullían y
se retorcían sin significado.
“A medida que me iba acercando al fondo, batí las
alas, haciendo que mi descenso fuera más lento, y pisé
suavemente el suelo plateado. Fanuel estaba entre dos
ángeles que intentaban reclamar su atención.
“ ‘Me da igual lo agradable que sería estéticamente
—le explicaba a uno de ellos—. Sencillamente, no
podemos ponerlo en el centro. La radiación de fondo
impediría que cualquier forma de vida encontrase un
punto de apoyo para el pie; y, de todos modos, es
demasiado inestable’.
“Se volvió hacia el otro. ‘Vale, veámoslo. Uhm. Así
que esto es Verde ¿eh? No es exactamente como
yo me lo había imaginado, pero...Mm. Déjamelo, ya te
diré algo’. Cogió un papel del ángel, lo dobló con
decisión.
“Se volvió hacia mí. Su actitud era brusca y
desdeñosa. ‘¿Sí?’.
“ ‘Necesito hablar contigo’.
“ ‘¿Mm? Bueno, que sea rápido. Tengo mucho que hacer.
Si es sobre la muerte de Carasel, te he dicho todo lo
que sé’.
“ ‘Es sobre la muerte de Carasel, pero no hablaré
contigo ahora. Aquí no. Ve a la celda de Zefquiel: te
estará esperando. Te veré allí’.
“Parecía que estaba a punto de decir algo, pero sólo
asintió y se dirigió a la puerta.
“Me disponía a marcharme cuando se me ocurrió algo.
Paré al ángel que tenía el Verde. ‘Contéstame a
una pregunta’.
“ ‘Si puedo’.
“ ‘Esa cosa —señalé el universo—. ¿Para qué será?.
“ ‘¿Para qué? Pero si es el universo’.
“ ‘Sé cómo se llama. Pero, ¿para qué servirá?’.
“Frunció el ceño. ‘Es parte del plan. El Nombre lo
desea, Él requiere que se haga esto y
aquello, con estas dimensiones y que tenga
tales propiedades e ingredientes. Es nuestra
función crearlo según Sus deseos. Estoy seguro de que
Él sabe su función, pero no me la ha revelado’. Su
tono era de ligera reprimenda.
“Asentí y dejé aquel lugar.
“Por encima de la Ciudad, muy alto, una falange de
ángeles revoloteaban, daban vueltas y bajaban en
picado. Cada uno de ellos llevaba una espada llameante
que dejaba atrás una estela de un resplandor ardiente
que deslumbraba los ojos. Se movían al unísono por el
cielo rosa asalmonado. Eran muy hermosos. Era...
¿sabes cuando en las tardes de verano se ven bandadas
de pájaros bailando en el cielo? ¿Zigzagueando y
volando en círculos y agrupándose y separándose otra
vez, de manera que justo cuando crees que entiendes
sus pautas, te das cuenta de que no es así y de que
nunca las entenderás? Era así, pero mejor.
“Por encima de mí estaba el cielo. Debajo, la Ciudad
brillante. Mi hogar. Y fuera de la Ciudad, la
Oscuridad.
“Lucifer se mantenía inmóvil en el aire un poco más
abajo del Ejército, observando sus maniobras.
“ ‘¿Lucifer?’.
“ ‘¿Sí, Ragüel? ¿Has descubierto a tu malhechor?’.
“ ‘Creo que sí. ¿Me acompañas a la celda de Zefquiel?
Hay otros esperándonos allí, donde lo explicaré todo’.
“Hizo una pausa. Luego dijo: ‘Desde luego’.
“Alzó su rostro perfecto hacia los ángeles, que en
aquel momento estaban realizando un giro lento en el
cielo, cada uno de ellos moviéndose por el aire
siguiendo el ritmo del siguiente de forma impecable,
sin que ninguno se tocase jamás. ‘¡Azazel!’.
“Un ángel se separó del círculo; los otros dos se
adaptaron casi imperceptiblemente a su desaparición,
llenando el espacio, de modo que ya no se veía dónde
había estado.
“ ‘He de marcharme. Tú estás al mando, Azazel. Haz que
sigan entrenándose. Aún les queda mucho que
perfeccionar’.
“ ‘Sí, señor’.
“Azazel se mantuvo en el aire donde Lucifer había
estado, mirando hacia el tropel de ángeles, y Lucifer
y yo descendimos hacia la Ciudad.
“ ‘Es mi asistente —dijo Lucifer—.
Es inteligente. Entusiasta. Azazel te seguiría
a cualquier sitio’.
“ ‘¿Para qué les estás entrenando?’.
“ ‘Para la guerra’.
“ ‘¿Con quién?’.
“ ‘¿Qué quieres decir?’.
“ ‘¿Con quién vas a luchar? ¿Quién más hay?’.
“Me miró; tenía los ojos claros y honestos. ‘No lo sé.
Pero Él nos ha Nombrado para que seamos Su ejército,
así que seremos perfectos. Para Él. El Nombre es
infalible y justo y sabio, Ragüel. No puede ser de
otro modo, por mucho que....’, se calló y apartó la
vista.
“ ‘¿Qué ibas a decir?’.
“ ‘No tiene importancia’.
“ ‘Ah’.
“No hablamos durante el resto del descenso a la celda
de Zefquiel”.
Mire la hora; eran casi las tres. Una brisa fría había
empezado a soplar por la calle de Los Ángeles y me
estremecí. El hombre lo advirtió e hizo una pausa en
su historia.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí. Por favor, sigue, estoy fascinado.
Asintió con la cabeza.
“Nos estaban esperando en la celda de Zefquiel: Fanuel,
Saracael y Zefquiel. Zefquiel estaba sentado en su
silla. Lucifer se colocó junto a la ventana.
Caminé hasta el centro de la habitación y empecé.
“ ‘Os agradezco que hayáis venido. Sabéis quién soy;
conocéis mi función. Soy la Venganza del Nombre, el
brazo del Señor. Soy Ragüel’.
“ ‘El ángel Carasel está muerto. Se me encomendó la
misión de descubrir por qué murió y quién le mató. Es
lo que he hecho. Bien, el ángel Carasel era un
diseñador del Salón de la Existencia. Era muy bueno,
según me han dicho...’.
“ ‘Lucifer. Dime qué estabas haciendo antes de
encontrarte con Fanuel y con el cuerpo’.
“ ‘Ya te lo he dicho. Estaba paseando’.
“ ‘No creo que sea asunto tuyo’.
“ ‘Dímelo’.
“Hizo una pausa. Era más alto que cualquiera de
nosotros, alto y orgulloso. ‘Muy bien. Estaba paseando
por la Oscuridad. Ya llevo un tiempo paseando por
allí. Estar fuera de ella me ayuda a ver la Ciudad
objetivamente. Veo lo hermosa y perfecta que es. No
hay nada más encantador que nuestro hogar. Nada más
completo. Ningún otro lugar en el que alguien querría
hallarse’.
“ ‘¿Y qué haces en la Oscuridad, Lucifer?’.
“ Me miró. ‘Paseo. Y... hay voces en la Oscuridad.
Escucho las voces. Me prometen cosas, me hacen
preguntas, cuchichean y suplican. Y yo las ignoro. Me
hago fuerte y contemplo la Ciudad. Es la única forma
que tengo para ponerme a prueba. Soy el capitán del
Ejército; soy el primero entre los ángeles y debo
demostrar mi valía’.
“Asentí. ‘¿Por qué no me lo dijiste antes?’.
“Bajó la mirada. ‘Porque soy el único ángel que entra
en la Oscuridad. Porque no quiero que otros lo hagan:
yo soy lo bastante fuerte como para desafiar a las
voces, para ponerme a prueba. Otros no son tan
fuertes. Otros podrían tropezar o caer’.
“ ‘Gracias, Lucifer. Es suficiente por ahora —me volví
hacia el siguiente ángel— Fanuel. ¿Cuánto hace que te
llevas todo el mérito del trabajo de Carasel?’.
“Abrió la boca, pero no surgió ningún sonido.
“ ‘¿Y bien?’.
“ ‘Yo... yo no me llevaría el mérito por el trabajo de
otro’.
“ ‘¿Pero te llevaste el mérito por Amor?’.
“ Parpadeó. ‘Sí, lo hice’.
“ ‘¿Querrías explicarnos qué es Amor?’,
pregunté.
“Miró a su alrededor incómodo. ‘Es un sentimiento de
afecto y atracción profundos por otro ser, a menudo
combinado con pasión o deseo; una necesidad de estar
con otra persona —hablaba con sequedad, de forma
didáctica, como si estuviera recitando una fórmula
matemática—. Lo que sentimos por el Nombre, por
nuestro Creador, eso es Amor... entre otras
cosas. Amor será un impulso que inspirará y
destruirá en igual medida. Estamos... —hizo una pausa,
luego empezó otra vez—. Estamos muy orgullosos de él’.
“Estaba pronunciando las palabras mecánicamente. Ya no
parecía tener esperanza alguna de que las creyéramos.
“ ‘¿Quién hizo la mayor parte del trabajo de Amor?
No, no contestes. Deja que antes le pregunte a los
demás. ¿Zefquiel? Cuando Fanuel te pasó los detalles
sobre Amor para que les dieras el visto bueno,
¿quién te dijo que era el responsable de ese
trabajo?’.
“El ángel sin alas sonrió con dulzura. ‘Me dijo que
era su proyecto’.
“ ‘Gracias. Ahora, Saracael: ¿de quién era Amor?’.
“ ‘Mío. Mío y de Carasel. Quizá era más suyo que mío,
pero trabajamos juntos en él’.
“ ‘¿Sabías que Fanuel afirmaba que el mérito era
suyo?’.
“ ‘...Sí’.
“ ‘¿Y lo permitiste?’.
“ ‘Él... nos prometió que después nos daría un buen
proyecto que sería nuestro. Prometió que si no
decíamos nada, nos daría proyectos mayores, y mantuvo
su palabra. Nos dio Muerte’.
“Me volví hacia Fanuel otra vez. ‘¿Bien?’.
“ ‘Es cierto que afirmé que Amor era mío’.
“ ‘Pero era de Carasel. Y de Saracael’.
“ ‘Sí’.
“ ‘¿Su último proyecto... antes de Muerte?’.
“ ‘Sí’.
“ ‘Eso es todo’.
“Me dirigí a la ventana, miré los chapiteles
plateados, miré la Oscuridad. Luego empecé a hablar.
“ ‘Carasel era un diseñador notable. Si tenía algún
fallo, era que se metía demasiado de lleno en su
trabajo’ —me volví hacia ellos otra vez. El ángel
Saracael estaba temblando y unas luces titilaban bajo
su piel—. ‘¿Saracael? ¿A quién amaba Carasel? ¿Quién
era su amante?’.
“Bajó la mirada al suelo. Luego, la levantó,
orgulloso, agresivo. Y sonrió.
“ ‘Yo’.
“ ‘¿Quieres hablarme de ello?’.
“ ‘No —se encogió de hombros—. Aunque supongo que debo
hacerlo. De acuerdo, entonces’.
“ ‘Trabajábamos juntos y cuando empezamos a trabajar
en Amor... nos convertimos en amantes. Fue idea
suya. Solíamos regresar a su celda siempre que
teníamos un momento que aprovechar. Allí nos tocábamos
el uno al otro, nos abrazábamos, nos susurrábamos
palabras cariñosas y declaraciones de devoción eterna.
Su bienestar me importaba más que el mío. Yo existía
para él. Cuando estaba solo, me repetía su nombre y no
pensaba en nada más que en él’.
“ ‘Cuando estaba con él... —hizo una pausa. Miró hacia
abajo—. Nada más importaba’.
“Fui hasta donde estaba Saracael, le alcé la barbilla
con la mano, le miré a los ojos grises. ‘¿Entonces,
por qué le mataste?’.
“ ‘Porque ya no me amaba. Cuando empezamos a trabajar
en Muerte, él... perdió interés. Ya no era mío.
Pertenecía a Muerte. Y si no podía tenerle,
entonces se lo podía quedar su nueva amante. Yo no
soportaba su presencia, no aguantaba tenerle cerca y
saber que no sentía nada por mí. Eso era lo que más
dolía. Pensaba... esperaba... que si él desaparecía,
entonces dejaría de quererle, el dolor cesaría’.
“ ‘Así que lo maté. Le clavé un puñal y tiré su cuerpo
desde nuestra ventana del Salón de la Existencia. Pero
el dolor no ha cesado’, casi era un gemido.
“Saracael levantó la mano y me apartó la mano de su
barbilla. ‘¿Ahora qué?’.
“Sentí cómo mi aspecto se apoderaba de mí; sentí cómo
mi función me poseía. Ya no era un individuo, era la
Venganza del Señor.
“Me acerqué a Saracael y le abracé. Apreté mis labios
contra los suyos, metí la lengua en su boca a la
fuerza. Nos besamos. Cerró los ojos.
“Entonces sentí como me invadía: un brillo, un
resplandor. Por el rabillo del ojo, veía a Lucifer y a
Fanuel que apartaban la cara de mi luz; sentía la
mirada de Zefquiel. Y mi luz se volvió más y más
brillante hasta que salió, de mis ojos, de mi pecho,
de mis dedos, de mis labios: un fuego blanco y
abrasador.
“Las llamas blancas redujeron a cenizas a Saracael
poco a poco, y él se aferró a mí mientras ardía.
“Pronto no quedo nada de él. Nada en absoluto.
“Sentí cómo la llama me abandonaba. Volví a ser yo
otra vez.
“Fanuel estaba sollozando. Lucifer estaba pálido.
Zefquiel estaba sentado en su silla, mirándome en
silencio.
“Me volví hacia Fanuel y Lucifer. ‘Habéis visto la
Venganza del Señor —les dije—. Que esto os sirva de
advertencia a ambos’.
“Fanuel asintió. ‘Lo ha sido, y tanto que lo ha sido.
Yo...yo me marcharé, señor. Regresaré al cargo que se
me había designado. ¿Si eso le parece bien?’.
“ ‘Ve’.
“Camino tambaleándose hasta la ventana y se zambulló
en la luz, batiendo las alas con furia.
“Lucifer se acercó al sitio donde Saracael había
estado. Se arrodilló y se quedó mirando el suelo
desesperado, como si intentase encontrar algún resto
del ángel que yo había destruido, un fragmento de
ceniza o hueso o pluma calcinada, pero no había nada
que encontrar. Después me miró.
“ ‘Eso no ha estado bien —dijo—. No ha sido justo’.
Estaba llorando; lágrimas húmedas le corrían por la
cara. Quizá Saracael había sido el primero en amar,
pero Lucifer era el primero en derramar lágrimas.
Nunca lo olvidaré.
“Le miré impasible. ‘Se ha hecho justicia. Él mató a
otro. Le han matado a su vez. Me llamaste para que
desempeñara mi función y lo he hecho’.
“ ‘Pero... él amaba. Se le tendría que haber
perdonado. Se le tendría que haber ayudado. No se le
debería haber destruido así. Eso ha sido injusto’.
“ ‘Era Su voluntad’.
“Lucifer se puso de pie. ‘Entonces, tal vez, Su
voluntad es injusta. Tal vez las voces de la Oscuridad
dicen la verdad, después de todo. ¿Cómo es posible que
esto esté bien?’.
“ ‘Está bien. Es Su voluntad. Yo sólo he desempeñado
mi función’.
“Se secó las lágrimas con el dorso de la mano. ‘No’,
dijo, cansinamente. Movió la cabeza despacio, de un
lado a otro. Luego dijo, ‘Tengo que pensar en esto,
ahora me iré’.
“Fue hasta la ventana, salió al cielo y desapareció.
“Zefquiel y yo estábamos solos en su celda. Me acerqué
a su silla. Él me hizo una señal con la cabeza. ‘Has
desempeñado bien tu función, Ragüel. ¿No deberías
regresar a tu celda y esperar hasta la próxima vez que
se te necesite?’”.
El hombre del banco se giró hacia mí: sus ojos
buscaron los míos. Hasta aquel momento había parecido,
durante casi todo su relato, que apenas era conciente
de mi presencia; había estado mirando hacia delante,
susurrando el relato en una voz poco menos que
monótona. Entonces fue como si me hubiera descubierto
y me hablase sólo a mí, más que al aire o a la Ciudad
de Los Ángeles. Y dijo:
“Sabía que tenía razón. Pero me hubiera sido
imposible marcharme en aquel momento, ni siquiera
si hubiese querido. Mi aspecto no me había abandonado
totalmente; mi función aún no había terminado.
Entonces todo se aclaró; vi el cuadro completo. Y,
como Lucifer, me arrodillé. Toqué el suelo plateado
con la frente. ‘No Señor —dije—. Aún no’.
“Zefquiel se levantó de la silla. ‘Ponte en pie. No es
digno de un ángel actuar así ante otro. No es
correcto. ¡Levantate!’.
“Negué con la cabeza. ‘Padre, Tú no eres un ángel’,
susurré.
“Zefquiel no dijo nada. Por un momento, mi corazón
vaciló. Tenía miedo. ‘Padre, se me encargó que
descubriera quién era el responsable de la muerte de
Carasel. Y ahora lo sé’.
“ ‘Ya has infligido tu Venganza, Ragüel’.
“ ‘Tú Venganza, Señor’.
“Entonces suspiró y se sentó otra vez. ‘Ay, pequeño
Ragüel. El problema de crear cosas es que actúan mucho
mejor de lo que jamás habías planeado. ¿Te puedo
preguntar cómo me reconociste?’.
“ ‘Yo... no estoy seguro, Señor. No tienes alas.
Esperas en el centro de la Ciudad, supervisando la
Creación directamente. Cuando destruí a Saracael, no
apartaste la mirada. Conoces demasiadas cosas. Tú..
—hice una pausa y pensé—. No, no sé cómo te he
reconocido. Tal como dices, me has creado bien. Sin
embargo, sólo entendí quién eras, y el significado de
la obra dramática que habíamos representado aquí para
ti, cuando vi a Lucifer que se marchaba’.
“ ‘¿Qué es lo que entendiste, hijo?’.
“ ‘Quién mató a Carasel. O, al menos, quién movía los
hilos. Por ejemplo, ¿quién se encargó de que Carasel y
Saracael trabajasen juntos en Amor, sabiendo de
la tendencia de Carasel a entregarse demasiado a su
trabajo?’.
“Me hablaba con dulzura, casi en broma; como un adulto
fingiría conversar con un niño diminuto. ‘¿Por qué
tendría alguien que mover los hilos, Ragüel?’.
“ ‘Porque nada ocurre sin motivo; y todos los motivos
son Tuyos. Tú le tendiste una trampa a Saracael: sí,
él mató a Carasel. Pero le mató para que yo pudiera
destruirle’.
“ ‘¿E hiciste mal en destruirle?’.
“Le miré a los ojos viejísimos. ‘Era mi función, pero
no creo que fuera justo. Creo que quizá era necesario
que matase a Saracael para demostrarle a Lucifer la
Injusticia del Señor’.
“Entonces sonrió. ‘¿Y qué razón tendría yo para hacer
eso?’.
“ ‘Yo... no lo sé. No lo entiendo, como tampoco
entiendo por qué creaste la Oscuridad o las voces de
la Oscuridad. Pero lo hiciste. Tú hiciste que todo
esto ocurriese’.
“Asintió. ‘Sí, lo hice. Lucifer debe meditar sobre la
injusticia de la destrucción de Saracael, lo que,
entre otras cosas, le empujará a cometer ciertos
actos. Pobre y dulce Lucifer. Su camino será el más
duro de todos mis hijos; porque hay un papel que él
debe cumplir en el drama que ha de venir, y es un gran
papel’.
“Me quedé arrodillado frente al Creador de Todas las
Cosas.
“ ‘¿Qué harás ahora, Ragüel?’, me preguntó.
“ ‘Debo regresar a mi celda. Ya he cumplido con mi
función. He infligido Venganza y he revelado quién fue
el autor. Es suficiente. Pero... ¿Señor?’.
“ ‘Sí, hijo mío’.
“ ‘Me siento sucio. Me siento manchado. Me siento
infecto. Quizá es cierto que todo sucede según Tu
voluntad y, por consiguiente, es bueno. Pero a veces,
dejas sangre en Tus instrumentos’.
“Asintió, como si estuviese de acuerdo conmigo. ‘Si lo
deseas, Ragüel, puedes olvidar todo lo que ha sucedido
hoy’ —y entonces—: ‘Sin embargo, no podrás hablar de
ello con ningún otro ángel, tanto si eliges recordarlo
como si no’.
“ ‘Lo recordaré’.
“ ‘Es tu elección. Pero a veces te parecerá mucho más
fácil no recordar. En ocasiones, el olvido puede traer
una especie de libertad. Ahora, si no te importa —bajo
la mano, cogió una carpeta de un montón que había en
el suelo, la abrió—, tengo trabajo que debería seguir
haciendo’.
“Me puse en pie y me dirigí a la ventana. Esperaba que
me volviera a llamar, que me explicara todos los
detalles de Su plan, que de algún modo lo mejorase.
Sin embargo, no dijo nada, y abandoné Su Presencia sin
mirar atrás”.
El hombre se calló, entonces. Y permaneció en silencio
—ni siquiera le oía respirar—, tanto tiempo que me
empecé a poner nervioso, pensando que quizá se había
quedado dormido o había muerto.
Entonces se puso de pie.
—Ahí queda eso, amigo. Ésa es la historia. ¿Crees que
valía un par de cigarrillos y una caja de cerillas?
—hizo la pregunta como si fuera importante para él,
sin ironía.
—Sí —le dije—. Sí, lo valía. Pero, ¿qué pasó después?
¿Cómo acabaste...? Quiero decir, si... —me callé.
En aquellos momentos la calle estaba oscura, al filo
del alba. Una a una, las farolas habían empezado a
apagarse como un parpadeo, y el cuerpo, del hombre se
perfilaba contra el resplandor del cielo del amanecer.
Se metió las manos en los bolsillos.
—¿Qué paso? Me fui de casa y me perdí y hoy en día mi
casa está muy lejos. A veces, se hacen cosas de las
que uno se arrepiente, pero no se puede hacer nada al
respecto. Los tiempos cambian. Las puertas se cierran
detrás de ti. Sigues adelante, ¿sabes?
Al final acabe aquí. Solían decir que nadie jamás es
originario de Los Ángeles, lo que en mi caso es tan
cierto como que el infierno existe.
Entonces, antes de que comprendiese lo que estaba
haciendo, se inclinó y me besó, suavemente, en la
mejilla. Su barba de pocos días era áspera y pinchaba,
pero su aliento era sorprendentemente dulce. Me
susurró al oído:
—Yo nunca caí. Me da igual lo que digan. Sigo haciendo
mi trabajo, tal como yo lo veo.
La mejilla me ardía donde sus labios la habían tocado.
Se enderezó.
—Pero aún me quiero ir a casa.
El hombre se marchó por la calle oscurecida y yo me
quedé sentado en el banco, observando cómo se iba. Me
sentía como si me hubiese quitado algo, aunque ya no
lograba acordarme de qué se trataba. Además, tenía la
sensación de que había dejado otra cosa en su lugar:
absolución, quizá, o inocencia, aunque ya no sabía
decir de qué.
Una imagen de algún sitio: un dibujo garabateado de
dos ángeles volando sobre una ciudad perfecta y, sobre
la imagen, la huella exacta de la mano de un niño, que
mancha el papel blanco de rojo sangre. Me vino a la
cabeza de forma espontánea y ya no sé qué significaba.
Me levanté.
Estaba demasiado oscuro para ver la esfera del reloj,
pero sabía que aquel día no dormiría. Regresé al lugar
donde me alojaba, a la casa junto a la palmera
raquítica, para lavarme y esperar. Pensé en ángeles y
en Nilla; y me pregunté si amor y muerte iban de la
mano.
Al día siguiente los aviones para Inglaterra ya
volaban otra vez.
Me sentía extraño, la falta de sueño me había hundido
en ese estado depresivo en el que todo parece monótono
y de la misma importancia; cuando todo da igual y
parece que la realidad esté desgastada y raída. El
viaje en taxi hasta el aeropuerto fue una pesadilla.
Tenía calor y estaba cansado e irritable. Llevaba una
camiseta en el bochorno de Los Ángeles; el abrigo
estaba guardado en el fondo de la maleta, donde había
estado durante toda mi estancia.
El avión estaba abarrotado, pero no me importaba.
La azafata recorría el pasillo con la prensa: el
Herald Tribune, el USA Today y el LA
Times. Cogí un ejemplar del Times, pero las
palabras se iban de mi cabeza a medida que las
recorría con la vista. Nada de lo que leí se quedó
conmigo. No miento. En alguna parte, al final del
periódico, había un artículo sobre un asesinato
triple: dos mujeres y un niño pequeño. No se daban
nombres y no sé por qué habría de retener el artículo
como lo hice.
Pronto me quedé dormido. Soñé que me follaba a Nilla
mientras le manaba sangre lentamente de los ojos
cerrados y los labios. La sangre era fría y viscosa y
pegajosa, y me desperté helado por el aire
acondicionado del avión, con un sabor desagradable en
la boca. Tenía la lengua y los labios secos. Miré por
la ventana ovalada y llena de arañazos, observé las
nubes y se me ocurrió entonces (no por primera vez),
que las nubes eran en realidad otra tierra, donde todo
el mundo sabía exactamente qué buscaba y cómo regresar
al lugar donde empezó su camino.
Mirar las nubes es una de las cosas que más me han
gustado siempre de volar. Eso, y lo cerca que uno se
siente de su propia muerte.
Me envolví en la manta delgada del avión y dormí un
poco más, pero, si tuve más sueños, entonces no me
dejaron ninguna huella.
Se levantó una ventisca poco después de que el avión
aterrizase en Inglaterra y se cargó el suministro
eléctrico del aeropuerto. Yo estaba solo en un
ascensor del aeropuerto en ese momento, y se quedó a
oscuras y atascado entre dos pisos. Una débil luz de
emergencia se encendió con un parpadeo. Apreté el
botón de alarma carmesí hasta que la batería se gastó
y dejó de sonar; entonces, me estremecí, vestido con
mi camiseta de Los Ángeles, en el rincón de mi
cuartito plateado. Observé cómo mi aliento echaba
vapor al aire y me abracé para darme calor.
No había nada allí excepto yo; aún así, me sentía a
salvo. Pronto vendría alguien y forzaría las puertas.
Al final, alguien me dejaría salir; y sabía que pronto
estaría en casa.
ir arriba
|