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AMALIA JAMILIS

Amalia Jamilis nació en Buenos Aires en 1936
y murió en Bahía Blanca en 1999. Estudió
Bellas Artes en las escuelas de Bellas Artes Manuel
Belgrano y Prilidiano Pueyrredón de Buenos Aires y se
dedicó a la docencia en artes plásticas. Su obra explora
en ese espacio de confluencia entre lo real y lo
fantástico, incorporando elementos de la reciente historia
argentina. Escribió: Detrás de las columnas (1967,
Premio PEN Club Internacional, Losada), Los días de
suerte (1968, Premio Emecé), Los trabajos nocturnos (1971, Centro Editor de América Latina), Madan
(1984, Premio de la Secretaría de Cultura de la Nación,
Región Ciudad de Buenos Aires, Celtia), Ciudad sobre el
Támesis (1988, Premio Fondo Nacional de las Artes).
Sus cuentos
figuran en antologías hechas en el país y en el
extranjero. Amalia Jamilis fue además una destacada
artista plástica, realizó exposiciones individuales y
colectivas, donde ganó premios en distintos salones, y
también se desempeñó como docente en la Escuela Superior
de Artes Visuales de Bahía Blanca. Como narradora obtuvo
varios premios literarios, entre los que se cuentan el
Premio Emecé, el Pen Club Internacional, el del Fondo
Nacional de las Artes y el Tercer Premio Nacional de
Narrativa.
Textos de
Amalia Jamilis han sido incluidos en antologías publicadas
en la República Federal de Alemania y en los Estados
Unidos, países en los que su obra también ha sido objeto
de estudio. Textos que construyen un mundo de aristas
sutiles, de atmósferas tenues, donde los desplazamientos
entre los planos de la realidad y la fantasía se vuelven
imperceptibles; mundo que, en los cuentos de su producción
última, incorpora elementos de la atroz historia argentina
reciente.
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El hombre
muerto tomaba café vestido con un pantalón brillante y
un saco de alamares. La mujer se levantó de la cama y
con un dedo enguantado le señaló algo que había
adentro de la taza. El hombre miró sonriendo; mientras
sonreía la mujer abrió su cartera, sacó un revólver y
lo mató. El hombre se desplomó hacia atrás con mucho
ruido y estaba muerto, ya no volvería a tomar café
nunca más. La mujer se puso un tapado de piel, como
hacía Olimpia en invierno y un sombrero altísimo, le
dio al muerto un beso en la boca y salió a la calle.
Misa
terminó de comer el pop choclo y se dio cuenta de que
Victoria no estaba; a lo mejor había ido hasta el
baño, porque siempre que iba al cine con Victoria,
ella se levantaba una o dos veces para ir al baño.
Algunos
asientos más allá, un hombre y una mujer viejos abrían
paquetes de caramelos. A su lado una rubia bajita
miraba la película y se comía las uñas.
Ahora un
vigilante con una estrella de plata arrastraba a la
mujer del tapado de piel, ella se retorcía y echaba
espuma por la boca. Sonaban los silbatos y se
encendían linternas, la mujer conseguía escaparse y
llegaba hasta una estación blanca de nieve en el
momento en que avanzaba un tren. La mujer se arrojaba
a las vías, había luces, sombras y más nieve y el tren
la partía en mil pedazos.
A su lado
la rubia se sonó fuertemente la nariz. La gente
empezaba a levantarse y a ponerse los abrigos. Misa
salió última y fue al baño, pero Victoria no estaba;
tampoco estaba en el vestíbulo.
Al llegar
a la esquina se dio cuenta de que era una noche muy
oscura. A mitad de cuadra habían quedado las luces del
cine y las voces; de pronto se encontraba caminando
pegada a la pared, siguiendo a un hombre y a una mujer
que ahora, detenidos y dados vuelta hacia ella, eran
el hombre y la mujer viejos del cine que comían
caramelos.
—Hola
—dijo el hombre—. Una nena sola.
—Los
chicos no deben andar solos de noche —dictaminó la
mujer.
Recién
entonces Misa reparó en que eran realmente muy viejos,
más de lo que ella había visto nunca. Se apretó contra
la pared y se cubrió la cara con las manos.
—No te
asustes, nena —dijo el hombre, acariciándole la
cabeza—. Sólo queremos que vuelvas a casa, es muy
tarde para una chica sola.
—Además
hace frío. Augusto, esta nena va desabrigada.
—Y no
sólo por el frío —siguió diciendo el hombre—. De noche
nunca se sabe con qué cosa va a encontrarse una chica
por las esquinas, sin contar a los murciélagos. Me
acuerdo que cuando muchacho los murciélagos me
asustaban horriblemente. Y eso que nunca fui lo que se
dice un cobarde, Magdalena. Pero esta chica está
asustada. Sacate las manos de la cara, hijita, y
decinos cómo te llamas.
—Augusto,
basta de decir tonterías. Lo único que has conseguido
es impresionar más todavía a esta pobre criatura.
—Sabés
muy bien que los chicos pequeños me intimidan,
Magdalena.
—Bueno,
criatura, a ver, ¿dónde vivís?
—No sé
—dijo Misa, sin sacar sus manos de la cara, mirando a
la mujer por entre los dedos abiertos.
—Pero
cómo es que llegaste hasta aquí; ¿estabas viendo el
cine?
—Sí —dijo
Misa.
—Pobrecita, mandar a una nena tan chica sola al cine
—reflexionó el hombre, como hablando consigo mismo—.
Hay gente desalmada. Cuando todavía ejercía, conocí a
una mujer que mató a su hija porque le había contado
al padre que ella la dejaba todas las tardes en un
cine, para verse con su amante. Magdalena, si hubieses
visto a aquella mujer no lo creerías. Parecía toda
delicadeza.
—Augusto,
no se puede decir que seas oportuno. Veamos, nena.
¿Quién te trajo al cine?
—Victoria
—dijo Misa, retirando por fin sus manos de la cara.
—Pero,
mirá, Augusto, qué linda es. Me hace acordar a Teté.
Los mismos rulitos castaños, la misma forma de la
boca. Si Teté viviera tendría ahora... dejame contar.
—Magdalena, no empecemos otra vez.
—Siempre
sostuve, Augusto, que en el fondo eras un hombre sin
corazón. Cómo puede ser que no me permitas recordar a
mi propia hija.
—Te hace
mal, Magdalena. Después te dan jaquecas. Acordate las
que tuviste el año pasado. Te dieron seguido durante
seis meses, por lo menos.
—Teté
tendría treinta y dos años —dijo la mujer, tomando de
la mano a Misa—. Me acuerdo de ella como si fuera hoy.
—No
quiero contradecirte, Magdalena —dijo el hombre—, pero
no es sano lo que hiciste. Conservar sus cosas, su
cuarto, todos estos años.
—Era una
manera de que Teté siguiera entre nosotros. Y ahora
esta chica.
—Magdalena.
—Podría
ser, bueno, no recuerdo la palabra, una reencarnación.
Eso.
—Magdalena, basta.
—No,
Augusto, no voy a permitir que me grites en la calle.
Cualquiera puede pasar, y entonces, ¿qué pensará de
nosotros?
—Tenés
razón, Magdalena, disculpame.
—Bueno,
hijita, ¿quién es Victoria?
—No sé
—dijo Misa con un súbito escalofrío.
—No sabe
—repitió el hombre—. Mi Dios, cuánta maldad hay en el
mundo.
—Está
helada y muerta de miedo —dijo la mujer—. Los dientes
le castañetean; quién sabe desde cuándo no come. Es
bastante flaca. Los vestiditos de Teté le quedarían
justos.
—Magdalena, no hables así.
—Tendrías
que alegrarte, Augusto. Siempre dijiste que debía
desprenderme de todas las cosas de Teté. De sus
vestidos, de sus muebles, de sus fotografías.
—Sí dije
eso lo dije por tu bien, Magdalena. A veces me pareció
que te estabas por volver loca.
—Qué
podés saber, Augusto. Si vamos a hablar claro, nunca
te destacaste por tu sensibilidad.
—Mentira.
Sabés muy bien que soy fanático por la música.
—Estamos
hablando de cosas distintas, Augusto. Además no
podemos dejar a este pobre ángel aquí, sola y
desamparada en mitad de la calle.
—Cierto.
Hay que hacer algo. Podríamos buscar la seccional de
este barrio y dejarla allí.
—Pero,
qué estás diciendo. No puedo creerlo, esto es
demasiado. Y si nadie la va a buscar. ¿Qué querés que
hagan con ella en la comisaría? ¿Creés que la van a
alimentar, que le van a dar ropa de abrigo? Además,
sabés muy bien lo que le espera a esta criatura.
—Sí, el
asilo.
—Sí, el
asilo, sí, el asilo —se burló la mujer. Misa, en
tanto, los miraba alternativamente, y su mirada fijaba
detalles: el brillo dorado de los anteojos del hombre,
el zorro de piel que la mujer llevaba arrollado al
cuello.
—Augusto
—dijo la mujer—. Si te oponés no tendré otro remedio
que llevármela a lo de Clotilde. Ella me la dejará
tener con gusto.
—Hablás
como una chiquilina, Magdalena. Como si tuvieras
dieciocho años y estuvieras por fugarte de tu casa.
Quiere decir que te quedarías con la chica en lo de
Clotilde, en lo de esa chiflada.
—Augusto,
no te permito. Es mi hermana.
—Tenés
razón, Magdalena, disculpame.
—Ahora yo
me pregunto, Augusto, ¿podríamos adoptar a una chica a
nuestra edad?
—No
intentarás decir que pensás en serio adoptar a la
chica.
—¿Y por
qué no? Después de todo sería cuestión de imaginar que
Teté se ha casado y que esta criatura es su hija. Algo
tan fácil con sus rulos, con la forma de la boca.
—Es
ridículo, Magdalena, a nuestra edad.
—Si se
trata de gastos, no te preocupes, Augusto. Emplearé en
ella mi propia renta. La mandaré a un buen colegio.
Los sábados a la tarde la llevaré a tomar el té a Gath
& Chaves. Cuando sea grande haremos fiestas para que
se destaque. Todo lo que no pude darle a la pobre
Teté.
—No se
trata de gastos, Magdalena.
—Entonces
vamos yendo —dijo la mujer. Se inclinó sobre Misa y de
pronto pareció recordar algo.
—Pero, ¿y
tu nombre? Todavía no te hemos preguntado el nombre.
¿Cómo te llamás?
Se
llamaba María Luisa, pero nadie la había llamado jamás
así, de modo que permaneció callada. El zorro de piel
la miró con su único ojo gris que lanzaba destellos.
Primero se retrajo, asustada ante aquel ojo luminoso;
después percibió el perfume de la mujer vieja, levantó
la cara y la miró y la cara de esa mujer le devolvió
su mirada, y estaba llena de arrugas de risa. Entonces
se atrevió; lentamente acarició la piel del zorro y
dijo:
—Misa.
El hombre
y la mujer la tomaron de las manos y empezaron a
caminar con ella en el medio. Algunos nombres le
subieron a los labios mientras caminaba. Sin voz dijo
Victoria y dijo Cela, dijo Rogelio y dijo Pampa, dijo
Nana y dijo Feroso; dijo algunos nombres más. Cada
paso que daba correspondía a un nombre.
Se
detuvieron junto a un auto; el hombre y la mujer la
ayudaron a subir y la sentaron entre los dos; después
el auto se puso en marcha. Para cuando llegaran a
destino ya ella se habría olvidado de todo.
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