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PATRICIA HIGHSMITH

Patricia
Highsmith,
referente imprescindible de la literatura de suspenso,
nació en Texas en 1921. En su juventud se trasladó se
trasladó al Greenwich Village de Nueva York.
A pesar
de su talento para otras expresiones artísticas,
rápidamente descubrió su gusto por la literatura,
inclinándose por temas bien definidos: la mentira, el
crimen y la culpa.
Solía
escribir su diario en folios que han sido recogidos
después de su muerte. Se estima que hay alrededor de ocho
mil depositados en los Archivos Literarios Suizos.
Publica
su primera novela El grito del amor, a los
17 años, pero recién adquiere notoriedad cuando Hitchcock
adapta al cine Extraños en un tren. Tanto el filme
como la novela son considerados un clásico del suspenso.
Graham Green la apoda “la poetisa del miedo”. Desde muy
joven sus lecturas buscan conocer los mecanismos de la
anormalidad humana. Se interesa por un tratado científico
de Karl Menninger que trata estas cuestiones. Su frase:
“Me di cuenta que mi vecino puede esconder a un
psicópata”, define su concepción del mundo. Sus
personajes, como ella misma, no pueden conciliar el sueño.
Con El
talento de Mr. Ripley (1955), rodada en 1960 bajo el
nombre A pleno sol, crea un personaje señero en la
literatura de suspenso: Tom Ripley, ex-convicto asesino y
bisexual que encarna la perversión, la crueldad, la
amoralidad y el cinismo. De apariencia culta y refinada,
no es un psicótico, sino simplemente alguien que elige no
ceder a sus impulsos llegando a matar para satisfacerlos.
Ella lo define así: “Lo considero un hombre civilizado que
sólo mata cuando tiene que hacerlo; no tienen que
admirarlo pero tampoco censurarlo; vive a su manera, no es
un criminal sino un arribista obligado a matar”. La serie
continúa con La máscara de Ripley (1970) y El
juego de Ripley (El amigo americano). En 1999 Anthony
Minghelle dirige una nueva versión de El talento de Mr.
Ripley.
Patricia
Highsmith indagó en la culpa y la sexualidad de sus
personajes y los efectos psicológicos de la criminalidad.
Su última novela: Carol y Smell G: un idilio de verano
(1995) muestra un bar de Zurich en el que homosexuales,
bisexuales y heterosexuales se enamoran de la gente
incorrecta.
Sintió el
vacío que le hicieron a causa de su obra pesimista y
despiadada, y debió tolerar también el rechazo por su
alejamiento del ideal del “sueño americano”. Fue una
solitaria que dejó solamente a su gata y sus caracoles,
únicos seres que la acompañaron a lo largo de su vida.
Escribió
treinta obras entre novelas, cuentos, ensayos y otros
textos, constituyéndose en un clásico de la novela negra
al mismo nivel de Raymond Chandler, Hammet, Himes y Ellror.
Murió en Lucarno, Suiza, en 1975.
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DOS PALOMAS MUY DESAGRADABLES |
Vivían
en Trafalgar Square. Eran dos palomas que por razones
de conveniencia llamaremos Maud y Claud, aunque ellas
no utilizaran esos nombres para llamarse. Eran
simplemente una pareja. Ya llevaban dos o tres años
juntas y se eran fieles, aunque en el fondo de su
pequeño corazón de palomas se odiaban. Pasaban los
días picoteando grano y cacahuetes sembrados por el
desfile interminable de turistas y londinenses que
compraban esas cosas a los vendedores ambulantes. Pec,
pec, todo el día en medio de otros cientos de palomas
que, como Maud y Claud, casi habían perdido la
capacidad de volar porque ya apenas les era necesaria.
Muchas veces, Maud se veía separada de Claud en un
campo de palomas que movían la cabeza de un modo
constante, como si asintieran, pero, al caer la noche,
de un modo u otro se encontraban y se dirigían a un
hueco que había al dorso de un muro de piedra situado
cerca de la National Gallery. ¡Uf! Y con esfuerzo
conseguían subir sus abultadas pechugas hasta su
domicilio, que quedaba entre setenta centímetros y un
metro de altura.
Maud
hacía unos ruidos muy desagradables con la garganta
que expresaban despecho y desdén. Tenía la misma edad
que Claud; no eran jóvenes. Su primer novio había
muerto en la flor de la vida, atropellado por un
autobús cuando intentaba recuperar parte de un
bocadillo del suelo.
Los
ruiditos despectivos de Maud podían interpretarse como
un "¿Qué? ¿Otra vez igual, eh?" y similares
provocaciones a la virilidad de Claud y a su infundada
autoestima. Tal vez Claud no hubiera hecho nada aquel
día, pero estaba claro que era un mujeriego. Muchas
veces, Maud había tenido la satisfacción de ver a
Claud vencido por un macho más joven que aparecía en
el peor momento para Claud y su recién encontrada
hembra. Claud montaba un número bravucón, fingía que
estaba dispuesto a pelear, pero el macho más joven iba
por él, directo a sus ojos, y Claud se retiraba.
—Cállate —contestó por fin Claud, y se instaló
cómodamente para dormir.
De
vez en cuando, para cambiar de escenario, Claud y Maud
cogían el metro a Hampstead Heath. La verdad es que
una vez tomaron el metro y se encontraron para su
sorpresa, en Hampstead Heath. ¡Espacio! ¡Montones de
migas para picotear! ¡Sin gente! O casi sin gente. A
veces tomaban el metro por diversión, sin importarles
adónde irían a parar al salir. Siempre podían
encontrar el camino de vuelta a Trafalgar Square,
aunque tuvieran que hacer algo de esfuerzo y volar
unos metros aquí y allá. Los autobuses eran más
seguros respecto de la dirección que seguían, pero
tampoco había muchos sitios donde agarrarse en el
techo de un autobús. Ciertamente recordaban la
dirección de Hampstead Heath, y saltando a un autobús
que arrancara en aquella dirección tenían bastantes
posibilidades de llegar, y si el autobús se desviaba,
simplemente volaban hasta otro que pareciera más
prometedor. Dos veces habían ido en autobús.
Pero
el metro era más divertido, porque a Maud y Claud les
gustaba hacer que la gente se apartara de su camino.
La gente se reía señalándolos cuando ellos subían o
bajaban por las escaleras mecánicas. A veces la gente
sacaba la cámara, como en Trafalgar Square, y les
hacían fotos con flash.
"¡Cuidado! ¡No pisen a las palomas! ¡Ja, ja, ja!", ya
era una exclamación familiar.
A Maud le
obsesionaba el vago recuerdo de una hija que había
muerto de un golpe de bastón, ante sus ojos, en una
acera cerca de Trafalgar Square. Era una hija de su
primera pareja. ¿O acaso se lo había imaginado? Desde
entonces, Maud temía a la gente con bastón, incluso
con paraguas, y los había a montones. Maud se
estremecía y se apartaba unos centímetros. Pensaba que
podría tener otra pareja si quisiera, pero algo —no
sabía decir qué— la mantenía junto a su aburrido Claud.
Un
sábado por la mañana, de mutuo acuerdo, decidieron
dirigirse a Hampstead Heath. En Trafalgar Square
estaba ocurriendo algo horrible. Había hordas de gente
y tribunas, y estaban instalando altavoces. No era un
buen día para los cacahuetes y las palomitas de maíz.
Maud y Claud bajaron al metro en Whitehall.
—¡Oh,
mirá, mami! —gritó una niña—. ¡Palomas!
Maud
y Claud la ignoraron y siguieron bajando a saltitos.
Pasaron bajo la puerta mecánica, inadvertidas pero
golpeadas por algún pie, y luego bajaron por la
escalera mecánica. Claud iba delante, aunque no sabía
adónde iba. Saltó al primer tren.
—¡Mira eso! ¡Palomas! —dijo alguien.
Algunas personas se echaron a reír.
Maud
y Claud se contaban entre los pocos pasajeros que
nadie empujaba. Había un círculo vacío a su alrededor.
Otra vez fue Claud quien se adelantó cuando salieron,
asintiendo autoritariamente con la cabeza. No sabía
dónde estaba, pero le gustaba dar la impresión de que
no era así.
—¡Están subiendo las escaleras! ¡Ja, ja, ja!
Les
abrieron camino como si fueran autoridades o personas
famosas.
En el
tumulto de gente que subía las escaleras hasta el
nivel de la acera, Maud y Claud tuvieron que hacer uso
de sus alas. Eso las dejó exhaustas, cuando por fin
llegaron a la luz del sol, cerca de un kiosco. Maud se
adelantó esta vez abriendo camino. La acera describía
una leve pendiente hacia arriba y Maud tomó aquella
dirección. Cerca de Hampstead Heath, las aceras solían
ser de subida, recordó. Claud la siguió.
—Ah,
el amor —dijo una voz masculina.
La
voz se equivocaba. Muchas veces era Claud el primero,
cuando quería parecer superior a Maud, pues sabía que
Maud le seguiría de todas maneras. Otras veces era al
contrario y no tenía nada que ver con el deseo de
aparearse. Al cabo de tres calles, saltando arriba y
abajo por los bordillos de las aceras, Maud empezó a
cansarse. Claud se había equivocado al bajar en
aquella parada y Maud se acercó a él y se lo indicó
con una mirada y un carraspeo significativo. Ella
tampoco sabía dónde estaban, aunque sí sabía que
Trafalgar Square estaba en algún sitio por detrás, a
su derecha. Al final llegarían a casa sin problemas.
Pero aquello no era Hampstead Heath.
Luego, Maud intuyó o divisó una franja de verde a la
izquierda, y con un movimiento de la cabeza que hizo
brillar su pecho azul y verde a la luz del sol dirigió
a Claud hacia la izquierda. Se detuvieron para dejar
pasar un taxi y luego siguieron la marcha, bordillo
arriba. Ahora Maud ya veía el verde y aceleró un poco
el paso, aleteando mientras sus patas se movían a la
vez sobre la acera. Hizo acopio de energías para
sobrevolar la barandilla de casi un metro que rodeaba
un pequeño parque.
Había
bancos con gente sentada tranquilamente, y una
considerable extensión de césped sin recortar, con un
estanque en el centro. Maud empezó a picotear.
Claud
vio otras tres palomas, una hembra y dos machos, no
muy lejos, en el césped. Seguramente no les recibirían
con agrado, pero en aquel momento los dos machos
estaban absortos. Maud dijo algo para que Claud
probara suerte allí y Claud le replicó enseguida que
probara ella. Maud se alejó, dándoles la espalda a
todos, incluyendo a Claud. Claud estaba picoteando un
gusano y pensando que prefería grano seco cuando uno
de los machos se abalanzó volando sobre él.
El
pájaro que le atacó estaba en mejor forma física.
Claud sólo se levantó unos centímetros del suelo y se
lanzó sobre el otro, pero su gesto no tuvo mucho
efecto. Se batió en retirada, andando, agitando las
alas y haciendo ruidos para indicar que estaba
disgustado pero en absoluto vencido, y que simplemente
no se iba a molestar en luchar.
Maud
adoptó una expresión divertida e indiferente.
De
pronto empezó a llover. Claud y Maud avanzaron hacia
el árbol más cercano. Tenía todo el aspecto de que la
lluvia iba a persistir. ¿Debían tomar el metro para
llegar a casa? Sólo era media tarde. La lluvia haría
salir los gusanos, tal vez un caracol o dos. De
pronto, Maud voló hacia Claud y le atacó en el cogote.
Claud
ya estaba de malhumor y se alejó hacia un camino.
Cuando llegó a la acera, giró rápidamente a la
izquierda. Aquél era el camino del metro, pensó, y
también era la dirección de casa.
Maud
le siguió, odiándose a sí misma por seguirle, pero
consolándose con el hecho de que tenía a Claud
controlado y que aquélla era la dirección de Trafalgar
Square. Ya le llegaría el día a Claud, pensó Maud. Si
se esforzaba un poco, un macho más joven podía invadir
su casa y expulsar a Claud. Aquello le enseñaría a...
¡Blam!
¿Qué
era aquello?
La
oscuridad había caído sobre ella. Claud también estaba
allí con ella, haciendo ruidos y aleteando.
Maud
oyó risas de niños. ¡Una caja! A Maud ya le había
pasado antes y había escapado, recordó. La caja de
cartón se arrastró por la acera, aprisionándole
dolorosamente una de las patas. Ella y Claud se
encontraron de pronto volcados, patas arriba, vieron
un breve trozo de cielo y luego una desagradable
cubierta que cayó sobre la caja y fueron empujados y
sacudidos mientras los niños corrían. Bajaron unas
escaleras. Los niños tiraron a Maud y Claud al suelo
de una habitación fuertemente iluminada. Ahora estaban
dentro de una casa.
Una
mujer gritó algo.
Los
dos niños se reían.
Maud voló
sobre una mesa. Era la cocina de uno de esos edificios
que Claud y ella habían observado muchas veces por la
ventana de un semisótano.
—¿Qué
vas a hacer con ellos? ¡Aaah!
Claud
se había ido a posar en el borde del fregadero. Un
niño fue a buscarlo y Claud saltó a un rincón junto a
una puerta que tenía una rendija abierta.
Un
niño esparció pan por el suelo, pero Claud lo ignoró.
A Claud le interesaba la puerta, Maud se dio cuenta,
pero pensó que tal vez el resto de la casa estuviera
cerrado, entonces, ¿para qué serviría la puerta? En
ese momento Maud defecó.
Aquello provocó un grito de la mujer. ¡Dios mío! Maud
sabía que su excremento podía tener consecuencias:
significaba desprecio, por ejemplo. A Maud le habían
dado una patada alguna vez —deliberada— cuando lo
había hecho en su propio terreno, Trafalgar Square,
sin pretender insultar a nadie. Pero aquella gente no
era normal, la mayoría estaba loca. No podía
predecirse lo que iba a hacer la gente. Cacahuetes en
un momento dado y al momento siguiente un palo.
La
mujer seguía parloteando. Hubo un chillido de los
chicos y luego se abalanzaron sobre Claud con los
brazos abiertos, intentando atraparlo. Claud levantó
el vuelo y dejó caer su excremento, que aterrizó en la
cara de uno de los chicos. Se oyeron risas. Claud se
tambaleó sobre un tendedero de ropa que había cerca
del techo, oscilando.
Entró
un hombre de voz estentórea. Maud le detestó nada más
verlo. El hombre pronunció un largo y rugiente
discurso y luego se acercó a Maud y le habló con más
suavidad. Maud dio dos pasos atrás, chocó contra una
tapa de porcelana de algo, sin quitarle ojo al hombre,
dispuesta a unirse a Claud si el hombre se le acercaba
más. Pero él salió de la cocina.
La
mujer estaba haciendo palomitas en el fogón. Maud y
Claud reconocieron el olor. Mientras, los niños se
reían estúpidamente junto al fregadero. El hombre
volvió con una especie de trípode alto. Se encendieron
unas luces muy brillantes. Entonces Maud y Claud lo
entendieron. Habían visto lo mismo en Trafalgar Square,
a gran escala: trípodes, plataformas móviles, luces
terribles por todas partes que convertían la noche en
día. Ahora la luz daba directamente en los ojos de
Maud y ella empezó a dar vueltas. La cámara zumbaba.
Maud quería volver a defecar, pero no pudo.
—¡Palomitas! —gritó el hombre.
—¡Ya
van! —La mujer se acercó con la sartén justo a tiempo
de chocar con Claud, que se dirigía a la ventana
intentando escapar. Esperaba que la parte de arriba
estuviera abierta, pero antes de poder comprobarlo ya
estaba tumbado de lado en el suelo. Se levantó. La
mujer echó palomitas en el suelo junto a él, y Claud
las rechazó como si fueran venenosas.
—¡Ja,
ja! —se rió el hombre—. ¡Asústales otra vez, Simon!
El
más pequeño de aquellos dos odiosos niños agitó los
brazos hacia Maud mientras el otro saltaba hacia Claud.
Maud
y Claud se levantaron batiendo las alas fuertemente.
Claud cayó como una gruesa águila en la frente y el
pelo del niño mayor, sacando las uñas.
—¡Ay!
—gritó el niño.
Maud
se contentó con darles dos fuertes picotazos a las
mejillas del pequeño, además de clavar las uñas todo
lo que pudo, antes de saltar justo a tiempo para
escapar del puño del hombre. Maud comprendió que iba a
ser una lucha por la vida, y que ella y Claud estaban
atrapados.
La
mujer intentaba atizar a Claud con una escoba, pero
fallaba cada vez.
—¡Abrid la ventana! ¡Dejadlas salir!
—¡Voy
a torcerles el pescuezo! ¡Están locas! —gritó el
hombre de cara colorada, dirigiéndose a la ventana.
Maud
se dio cuenta de que el hombre estaba furioso, pero
¿quién les había llevado allí sino aquellos repulsivos
hijos suyos? Maud atacó al hombre justo cuando abría
la ventana desde arriba. Él apartó a Maud con un codo
y agachó la cabeza.
Claud
salió volando por la ventana.
—¡Usa
la escoba! —gritó la mujer, ofreciéndosela al hombre.
Maud
esquivó la escoba, voló al escurridero de platos que
había sobre la pila, intentó agarrarse a un platillo,
y mientras volaba hacia la ventana, el platillo cayó
en el fregadero y se hizo añicos.
Otro
grito de la mujer y un rugido del hombre que se
desvanecieron mientras Maud se alejaba. Voló unos
cuantos metros con la energía que le daba su ira, y
luego descendió hasta la civilizada acera para poder
andar normalmente y recuperar el aliento. ¡Qué alivio
salir de aquella casa de locos! ¡Dios mío! ¡Alguien
tendría que denunciar a aquella gente! Maud levantó la
cabeza con orgullo, impulsando el pico a cada paso.
Había grupos de gente que luchaba a favor de las
palomas. Ella había visto a algunos en Trafalgar
Square impidiendo que los niños usaran armas o incluso
que les tiraran cosas a las palomas. Si alguna vez
atrapaban a aquella familia, les harían pagar por
aquello.
¿Dónde estaba Claud?
Maud
se detuvo y se volvió. No es que le importara mucho
dónde estaba. Si iba directamente a casa, como
pretendía, Claud aparecería aquella misma noche, no
tenía ninguna duda. ¿Y acaso la había ayudado él hasta
ahora en algo? No.
Entonces oyó su voz. Claud apareció tras ella,
acercándose sobre las patas y las alas, con aspecto de
estar exhausto. Maud sacudió las alas y continuó
adelante. Claud avanzaba junto a ella, protestando un
poco, como hacía Maud, pero sus sonidos se fueron
calmando gradualmente. Después de todo, eran libres
otra vez y estaban andando en dirección a casa. De
pronto, Maud se dirigió a un autobús. Claud la siguió,
y se instalaron con dificultad en el techo del
vehículo. Algunos autobuses daban unos bandazos
terribles. Tuvieron que cambiar a otro, esperando que
les llevara, pero su instinto era correcto y pronto se
encontraron traqueteando por Haymarket. ¡Casa! Y aún
no estaba oscuro. El cielo era de un azul grisáceo y
el sol se estaba poniendo.
Todavía tenían tiempo de picotear un poco en Trafalgar
Square antes de retirarse, pensó Maud. Claud estaba
pensando lo mismo, así que dejaron el autobús en
Whitehall y se deslizaron al territorio familiar.
No
quedaban muchas palomas por allí. Las luces se
encendían en los escaparates. Las migajas y restos
eran pocos y estaban pisoteados. Y Maud se sintió
cansada y débil.
Claud
impulsó la cabeza hacia ella y cogió un pedacito de
cacahuete que Maud estaba a punto de alcanzar.
Maud
voló hacia él, agitando las alas. ¿Por qué seguía con
él? Egoísta y avaricioso... ¡No podía contar con él
para nada, ni siquiera para vigilar el nido cuando
tenía un huevo!
Claud
quiso vengarse con un maligno picotazo en el ojo de
Maud, pero falló y le dio en la cabeza.
Entonces, de pronto —imposible decir quién de los dos
se movió primero—, atacaron a un cochecito que pasaba.
Fueron por el bebé, las mejillas, los ojos. La joven
que empujaba el cochecito soltó un grito y empezó a
golpear a las palomas. Maud quedó fuera de combate
durante unos segundos, pero enseguida se unió a Claud
en el cochecito. Dos personas corrieron hacia allí y
las palomas salieron volando. Volaron sobre las
cabezas de sus frustrados atacantes y se unieron a un
grupo de más de veinte palomas que picoteaban en torno
a una papelera.
Cuando las dos personas y la mujer del cochecito se
acercaron a las palomas, Maud y Claud no sentían
ningún miedo, aunque algunas de las demás palomas
levantaron la vista, asustadas por las voces
iracundas.
Uno
de los humanos, un hombre, corrió entre las palomas,
pateándolas, agitando los brazos y gritando. La
mayoría de las palomas emprendieron un perezoso vuelo.
Maud se dirigió a casa, al nicho situado tras el bajo
muro de piedra, y cuando llegó, Claud ya estaba allí.
Se prepararon para dormir, demasiado cansados incluso
para intercambiar sonidos de protesta. Pero Maud no
estaba tan cansada como para olvidar el medio
cacahuete que Claud le había arrebatado. ¿Por qué
vivía con él? ¿Por qué vivía allí, por qué vivían los
dos juntos allí, corriendo el riesgo de ser capturados
a diario, como aquel día, o pateados por gente que se
molestaba incluso si defecaban? ¿Por qué? Maud se
quedó dormida, exhausta de tanto descontento.
El
incidente de las palomas de Trafalgar Square con el
bebé picoteado, que se quedó ciego de un ojo, inspiró
un par de cartas al Times. Pero nadie hizo nada al
respecto.
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