| |
PLATÓN

La obra
de Aristocles, el aristocrático ateniense apodado Platón
por sus anchas espaldas, ilumina el pensamiento de toda la
humanidad.
Desalentado por la mezquindad de las maniobras políticas
que apresuran la caída de la espléndida Atenas de su
juventud, se convierte en un pensador lanzado a la
búsqueda de un Estado justo. El fracaso del hombre de
estado acuna el nacimiento del iluminado filósofo de La
República y Las Leyes. Se convierte en
discípulo de Cratilo, Heráclito y los sofistas. Se vincula
estrechamente a Sócrates pensador y hombre de quien adopta
el método dialéctico expresado a través del debate
(preguntas y respuestas). Ocurrida la muerte del gran
maestro a quien recordará permanentemente, emigra e
ingresa en la escuela de Euclides en Megara (-399). Visita
Cirene y Egipto. Regresa a Atenas y reinicia el periplo
visitando Siracusa con la intención de aplicar sus
reformas políticas (-390). Realiza un segundo viaje (-367)
y es tomado prisionero por el tirano Dionisio; liberado
luego, realiza un tercer viaje sin éxito. Funda la célebre
Academia (-388) y pasa los últimos años de su vida
impartiendo las enseñanzas de su pensamiento y escribiendo
sus obras.
Su
filosofía está condensada en los célebres Diálogos
divididos en cuatro etapas:
Primeros
Diálogos:
Sócrates
es quien los protagoniza. Se encuentra con alguien que
cree saber mucho, confiesa su ignorancia y pide ayuda a
quien dice saber. A través de preguntas hace evidente que
el supuesto sabio en realidad no sabe nada y en cambio él
sí: sabe que no sabe nada. Este es el primer peldaño en la
escala del conocimiento. Algunos de estos primeros
diálogos, en los que se tratan diversas cuestiones, son:
Eutifrón (la piedad y la religión), Laques
(el valor), Cármides (la templanza), Apología de
Sócrates (la defensa en el juicio que lo lleva a la
muerte) y Protágoras (demuestra que la virtud es
conocimiento y es posible aprehenderlo).
Diálogos
de Transición:
Aún Sócrates sigue siendo el protagonista, pero las ideas
en esta etapa son propias de Platón. Entre otros diálogos
se encuentran: Gorgias (ética), Menón (el
conocimiento), Lisis (la amistad) y el “libro I” de
La República (la justicia).
Diálogos
de Madurez:
El Banquete (realización dramática que trata sobre
la belleza y el amor), Cratilo (el lenguaje),
Felón (escena de la muerte de Sócrates que trata sobre
el alma y la inmortalidad) y “los libros II al X” de La
República (una detallada discusión acerca de la
justicia).
Diálogos
de Vejez:
Entre los trabajos de este período se encuentran:
Teeteto (diferencias entre percepción y conocimiento),
Parménides (la teoría de las ideas), El Sofista
(reflexión sobre las ideas y las formas), Filebo
(relación entre el placer y el bien), Timeo
(ciencias naturales y cosmología) y Las Leyes
(cuestiones políticas y sociales).
Existen
además no menos de una docena de diálogos de orígenes
inciertos o apócrifos que se le atribuyen a Platón sin
certeza absoluta. Entre ellos figuran Alcibíades I y II,
Hiparlo, Sísifo, Sobre lo justo y
Sobre la virtud.
En cuanto
al contenido de su filosofía, la médula del pensamiento se
centra en la teoría de las formas o de las ideas. Todos
sus conceptos (conocimiento, ética, arte, Estado, etc.)
deben ser comprendidos desde esta perspectiva: La realidad
es solo probable y a través de ella es posible dar
solamente opiniones. La verdad, en cambio, es ideal y se
alcanza a través del conocimiento. El mundo físico es
aparente, proviene de la experiencia. La razón, utilizada
debidamente, conduce al conocimiento verdadero que es la
sustancia, la forma eterna que constituye el mundo
verdadero. Su representación simbólica está en el Topos
Urano, sitio ideal donde se halla la esencia de la verdad.
Las cosas
del mundo físico lo son, en virtud de su parecido con la
representación ideal, verdadera, que reside en el Topos
Urano. A modo de ejemplo y en el campo de las matemáticas,
distinguía el círculo (verdadero, es decir, ideal), de la
forma circular que pueden tener los objetos del mundo
físico, aún el dibujo de un círculo, que vendría a ser una
mera representación del verdadero. Por eso la acepción
vulgar de amor platónico refiere a una idealización del
amor, una expresión incorpórea incapaz de descender a la
“intrascendencia de lo físico”.
|
|
Sócrates
No sé, atenienses, la sensación que habéis experimentado por
las palabras de mis acusadores. Ciertamente, bajo su
efecto, incluso yo mismo he estado a punto de no
reconocerme; tan persuasivamente hablaban. Sin
embargo, por así decirlo, no han dicho nada verdadero.
De las muchas mentiras que han urdido, una me causó
especial extrañeza, aquella en la que decían que
teníais que precaveros de ser engañados por mí porque,
dicen ellos, soy hábil para hablar. En efecto, no
sentir vergüenza de que inmediatamente les voy a
contradecir con la realidad cuando de ningún modo me
muestre hábil para hablar, eso me ha parecido en ellos
lo más falto de vergüenza, si no es que acaso éstos
llaman hábil para hablar al que dice la verdad. Pues,
si es eso lo que dicen, yo estaría de acuerdo en que
soy orador, pero no al modo de ellos. En efecto, como
digo, éstos han dicho poco o nada verdadero. En
cambio, vosotros vais a oír de mí toda la verdad;
ciertamente, por Zeus, atenienses, no oiréis bellas
frases, como las de éstos, adornadas cuidadosamente
con expresiones y vocablos, sino que vais a oír frases
dichas al azar con las palabras que me vengan a la
boca; porque estoy seguro de que es justo lo que digo,
y ninguno de vosotros espere otra cosa. Pues, por
supuesto, tampoco sería adecuado, a esta edad mía,
presentarme ante vosotros como un jovenzuelo que
modela sus discursos. Además y muy seriamente,
atenienses, os suplico y pido que si me oís hacer mi
defensa con las mismas expresiones que acostumbro a
usar, bien en el ágora, encima de las mesas de los
cambistas, donde muchos de vosotros me habéis oído,
bien en otras partes, que no os cause extrañeza, ni
protestéis por ello. En efecto, la situación es ésta.
Ahora, por primera vez, comparezco ante un tribunal a
mis setenta años. Simplemente, soy ajeno al modo de
expresarse aquí. Del mismo modo que si, en realidad,
fuera extranjero me consentiríais, por supuesto, que
hablara con el acento y manera en los que me hubiera
educado, también ahora os pido como algo justo, según
me parece a mí, que me permitáis mi manera de
expresarme —quizá podría ser peor, quizá mejor— y
consideréis y pongáis atención solamente a si digo
cosas justas o no. Éste es el deber del juez, el del
orador, decir la verdad.
Ciertamente, atenienses, es justo que yo me defienda, en
primer lugar, frente a las primeras acusaciones falsas
contra mí y a los primeros acusadores; después, frente
a las últimas, y a los últimos. En efecto, desde
antiguo y durante ya muchos años, han surgido ante
vosotros muchos acusadores míos, sin decir verdad
alguna, a quienes temo yo más que a Ánito y los suyos,
aun siendo también éstos temibles. Pero lo son más,
atenienses, los que tomándoos a muchos de vosotros
desde niños os persuadían y me acusaban
mentirosamente, diciendo que hay un cierto Sócrates,
sabio, que se ocupa de las cosas celestes, que
investiga todo lo que hay bajo la tierra y que hace
más fuerte el argumento más débil. Éstos, atenienses,
los que han extendido esta fama, son los temibles
acusadores míos, pues los oyentes consideran que los
que investigan eso no creen en los dioses. En efecto,
estos acusadores son muchos y me han acusado durante
ya muchos años, y además hablaban ante vosotros en la
edad en la que más podíais darles crédito, porque
algunos de vosotros erais niños o jóvenes y porque
acusaban in absentia, sin defensor presente. Lo más
absurdo de todo es que ni siquiera es posible conocer
y decir sus nombres, si no es precisamente el de
cierto comediógrafo. Los que, sirviéndose de la
envidia y la tergiversación, trataban de persuadiros y
los que, convencidos ellos mismos, intentaban
convencer a otros son los que me producen la mayor
dificultad. En efecto, ni siquiera es posible hacer
subir aquí y poner en evidencia a ninguno de ellos,
sino que es necesario que yo me defienda sin medios,
como si combatiera sombras, y que argumente sin que
nadie me responda. En efecto, admitid también
vosotros, como yo digo, que ha habido dos clases de
acusadores míos: unos, los que me han acusado
recientemente, otros, a los que ahora me refiero, que
me han acusado desde hace mucho, y creed que es
preciso que yo me defienda frente a éstos en primer
lugar. Pues también vosotros les habéis oído acusarme
anteriormente y mucho más que a estos últimos.
Dicho esto, hay que hacer ya la defensa, atenienses, e
intentar arrancar de vosotros, en tan poco tiempo, esa
mala opinión que vosotros habéis adquirido durante un
tiempo tan largo. Quisiera que esto resultara así, si
es mejor para vosotros y para mí, y conseguir algo con
mi defensa, pero pienso que es difícil y de ningún
modo me pasa inadvertida esta dificultad. Sin embargo,
que vaya esto por donde al dios le sea grato, debo
obedecer a la ley y hacer mi defensa.
Recojamos, pues, desde el comienzo cuál es la acusación a
partir de la que ha nacido esa opinión sobre mí, por
la que Meleto, dándole crédito también, ha presentado
esta acusación pública. Veamos, ¿con qué palabras me
calumniaban los tergiversadores? Como si, en efecto,
se tratara de acusadores legales, hay que dar lectura
a su acusación jurada. “Sócrates comete delito y se
mete en lo que no debe al investigar las cosas
subterráneas y celestes, al hacer más fuerte el
argumento más débil y al enseñar estas mismas cosas a
otros”. Es así, poco más o menos. En efecto, también
en la comedia de Aristófanes veríais vosotros a cierto
Sócrates que era llevado de un lado a otro afirmando
que volaba y diciendo otras muchas necedades sobre las
que yo no entiendo ni mucho ni poco. Y no hablo con la
intención de menospreciar este tipo de conocimientos,
si alguien es sabio acerca de tales cosas, no sea que
Meleto me entable proceso con esta acusación, sino que
yo no tengo nada que ver con tales cosas, atenienses.
Presento como testigos a la mayor parte de vosotros y
os pido que cuantos me habéis oído dialogar alguna vez
os informéis unos a otros y os lo deis a conocer;
muchos de vosotros estáis en esta situación. En
efecto, informaos unos con otros de si alguno de
vosotros me—oyó jamás dialogar poco o mucho acerca de
estos temas. De aquí conoceréis que también son del
mismo modo las demás cosas que acerca de mí la mayoría
dice.
Pero no hay nada de esto, y si habéis oído a alguien decir que
yo intento educar a los hombres y que cobro dinero,
tampoco esto es verdad. Pues también a mí me parece
que es hermoso que alguien sea capaz de educar a los
hombres como Gorgias de Leontinos, Pródico de Ceos e
Hipias de Élide. Cada uno de éstos, atenienses, yendo
de una ciudad a otra, persuaden a los jóvenes —a
quienes les es posible recibir lecciones,
gratuitamente del que quieran de sus conciudadanos— a
que abandonen las lecciones de éstos y reciban las
suyas pagándoles dinero y debiéndoles agradecimiento.
Por otra parte, está aquí otro sabio, natural de
Paros, que me he enterado de que se halla en nuestra
ciudad. Me encontré casualmente al hombre que ha
pagado a los sofistas más dinero que todos los otros
juntos, Calias, el hijo de Hipónico. A éste le
pregunté —pues tiene dos hijos—: “Callas, le dije, si
tus dos hijos fueran potros o becerros, tendríamos que
tomar un cuidador de ellos y pagarle; éste debería
hacerlos aptos y buenos en la condición natural que
les es propia, y sería un conocedor de los caballos o
un agricultor. Pero, puesto que son hombres, ¿qué
cuidador tienes la intención de tomar? ¿Quién es
conocedor de esta clase de perfección, de la humana y
política? Pues pienso que tú lo tienes averiguado por
tener dos hijos”. “¿Hay alguno o no?”, dije yo. “Claro
que sí”, dijo él. “¿Quién, de dónde es, por cuánto
enseña?”, dije yo. “Oh Sócrates —dijo él—; Eveno, de
Paros, por cinco minas”. Y yo consideré feliz a Eveno,
si verdaderamente posee ese arte y enseña tan
convenientemente. En cuanto a mí, presumiría y me
jactaría, si supiera estas cosas, pero no las sé,
atenienses.
Quizá alguno de vosotros objetaría: “Pero, Sócrates, ¿cuál es
tu situación, de dónde han nacido esas
tergiversaciones? Pues, sin duda, no ocupándote tú en
cosa más notable que los demás, no hubiera surgido
seguidamente tal fama y renombre, a no ser que
hicieras algo distinto de lo que hace la mayoría.
Dinos, pues, qué es ello, a fin de que nosotros no
juzguemos a la ligera.” Pienso que el que hable así
dice palabras justas y yo voy a intentar dar a conocer
qué es, realmente, lo que me ha hecho este renombre y
esta fama. Oíd, pues. Tal vez va a parecer a alguno de
vosotros que bromeo. Sin embargo, sabed bien que os
voy a decir toda la verdad. En efecto, atenienses, yo
no he adquirido este renombre por otra razón que por
cierta sabiduría. ¿Qué sabiduría es esa? La que, tal
vez, es sabiduría propia del hombre; pues en realidad
es probable que yo sea sabio respecto a ésta. Éstos,
de los que hablaba hace un momento, quizá sean sabios
respecto a una sabiduría mayor que la propia de un
hombre o no sé cómo calificarla. Hablo así, porque yo
no conozco esa sabiduría, y el que lo afirme miente y
habla en favor de mi falsa reputación. Atenienses, no
protestéis ni aunque parezca que digo algo
presuntuoso; las palabras que voy a decir no son mías,
sino que voy a remitir al que las dijo, digno de
crédito para vosotros. De mi sabiduría, si hay alguna
y cuál es, os voy a presentar como testigo al dios que
está en Delfos. En efecto, conocíais sin duda a
Querefonte. Éste era amigo mío desde la juventud y
adepto al partido democrático, fue al destierro y
regresó con vosotros. Y ya sabéis cómo era Querefonte,
qué vehemente para lo que emprendía. Pues bien, una
vez fue a Delfos y tuvo la audacia de preguntar al
oráculo esto —pero como he dicho, no protestéis,
atenienses—, preguntó si había alguien más sabio que
yo. La Pitia le respondió que nadie era más sabio.
Acerca de esto os dará testimonio aquí este hermano
suyo, puesto que él ha muerto.
Pensad por qué digo estas cosas; voy a mostraros de dónde ha
salido esta falsa opinión sobre mí. Así pues, tras oír
yo estas palabras reflexionaba así: “¿Qué dice
realmente el dios y qué indica en enigma? Yo tengo
conciencia de que no soy sabio, ni poco ni mucho. ¿Qué
es lo que realmente dice al afirmar que yo soy muy
sabio? Sin duda, no miente; no le es lícito.” Y
durante mucho tiempo estuve yo confuso sobre lo que en
verdad quería decir. Más tarde, a regañadientes me
incliné a una investigación del oráculo del modo
siguiente. Me dirigí a uno de los que parecían ser
sabios, en la idea de que, si en alguna parte era
posible, allí refutaría el vaticinio y demostraría al
oráculo: “Éste es más sabio que yo y tú decías que lo
era yo.” Ahora bien, al examinar a éste —pues no
necesito citarlo con su nombre, era un político aquel
con el que estuve indagando y dialogando— experimenté
lo siguiente, atenienses: me pareció que otras muchas
personas creían que ese hombre era sabio y,
especialmente, lo creía él mismo, pero que no lo era.
A continuación intentaba yo demostrarle que él creía
ser sabio, pero que no lo era. A consecuencia de ello,
me gané la enemistad de él y de muchos de los
presentes. Al retirarme de allí razonaba a solas que
yo era más sabio que aquel hombre. Es probable que ni
uno ni otro sepamos nada que tenga valor, pero este
hombre cree saber algo y no lo sabe, en cambio yo, así
como, en efecto, no sé, tampoco creo saber. Parece,
pues, que al menos soy más sabio que él en esta misma
pequeñez, en que lo que no sé tampoco creo saberlo. A
continuación me encaminé hacia otro de los que
parecían ser más sabios que aquél y saqué la misma
impresión, y también allí me gané la enemistad de él y
de muchos de los presentes.
Después de esto, iba ya uno tras otro, sintiéndome disgustado
y temiendo que me ganaba enemistades, pero, sin
embargo, me parecía necesario dar la mayor importancia
al dios. Debía yo, en efecto, encaminarme, indagando
qué quería decir el oráculo, hacia todos los que
parecieran saber algo. Y, por el perro, atenienses
—pues es preciso decir la verdad ante vosotros— que
tuve la siguiente impresión. Me pareció que los de
mayor reputación estaban casi carentes de lo más
importante para el que investiga según el dios; en
cambio, otros que parecían inferiores estaban mejor
dotados para el buen juicio. Sin duda, es necesario
que os haga ver mi camino errante, como condenado a
ciertos trabajos, a fin de que el oráculo fuera
irrefutable para mí. En efecto, tras los políticos me
encaminé hacia los poetas, los de tragedias, los de
ditirambos y los demás, en la idea de que allí me
encontraría manifiestamente más ignorante que
aquéllos. Así pues, tomando los poemas suyos que me
parecían mejor realizados, les iba preguntando qué
querían decir, para, al mismo tiempo, aprender yo
también algo de ellos. Pues bien, me resisto por
vergüenza a deciros la verdad, atenienses. Sin
embargo, hay que decirla. Por así decir, casi todos
los presentes podían hablar mejor que ellos sobre los
poemas que ellos habían compuesto. Así pues, también
respecto a los poetas me di cuenta, en poco tiempo, de
que no hacían por sabiduría lo que hacían, sino por
ciertas dotes naturales y en estado de inspiración
como los adivinos y los que recitan los oráculos. En
efecto, también éstos dicen muchas cosas hermosas,
pero no saben nada de lo que dicen. Una inspiración
semejante me pareció a mí que experimentaban también
los poetas, y al mismo tiempo me di cuenta de que
ellos, a causa de la poesía, creían también ser sabios
respecto a las demás cosas sobre las que no lo eran.
Así pues, me alejé también de allí creyendo que les
superaba en lo mismo que a los políticos.
En último lugar, me encaminé hacia los artesanos. Era
consciente de que yo, por así decirlo, no sabía nada,
en cambio estaba seguro de que encontraría a éstos con
muchos y bellos conocimientos. Y en esto no me
equivoqué, pues sabían cosas que yo no sabía y, en
ello, eran más sabios que yo. Pero, atenienses, me
pareció a mí que también los buenos artesanos
incurrían en el mismo error que los poetas: por el
hecho de que realizaban adecuadamente su arte, cada
uno de ellos estimaba que era muy sabio también
respecto a las demás cosas, incluso las más
importantes, y ese error velaba su sabiduría. De modo
que me preguntaba yo mismo, en nombre del oráculo, si
preferiría estar así, como estoy, no siendo sabio en
la sabiduría de aquellos ni ignorante en su ignorancia
o tener estas dos cosas que ellos tienen. Así pues, me
contesté a mí mismo y al oráculo que era ventajoso
para mí estar como estoy.
A causa de esta investigación, atenienses, me he creado muchas
enemistades, muy duras y pesadas, de tal modo que de
ellas han surgido muchas tergiversaciones y el
renombre éste de que soy sabio. En efecto, en cada
ocasión los presentes creen que yo soy sabio respecto
a aquello que refuto a otro. Es probable, atenienses,
que el dios sea en realidad sabio y que, en este
oráculo, diga que la sabiduría humana es digna de poco
o de nada. Y parece que éste habla de Sócrates —se
sirve de mi nombre poniéndome como ejemplo, como si
dijera: “Es el más sabio, el que, de entre vosotros,
hombres, conoce, como Sócrates, que en verdad es digno
de nada respecto a la sabiduría.” Así pues, incluso
ahora, voy de un lado. a otro investigando y
averiguando en el sentido del dios, si creo que alguno
de los ciudadanos o de los forasteros es sabio. Y
cuando me parece que no lo es, prestando mi auxilio al
dios, le demuestro que no es sabio. Por esa ocupación
no he tenido tiempo de realizar ningún asunto de la
ciudad digno de citar ni tampoco mío particular, sino
que me encuentro en gran pobreza a causa del servicio
del dios.
Se añade, a esto, que los jóvenes. que me acompañan
espontáneamente —los que disponen de más tiempo, los
hijos de los más ricos— se divierten oyéndome examinar
a los hombres y, con frecuencia, me imitan e intentan
examinar a otros, y, naturalmente, encuentran, creo
yo, gran cantidad de hombres que creen saber algo pero
que saben poco o nada. En consecuencia, los examinados
por ellos se irritan conmigo, y no consigo mismos, y
dicen que un tal Sócrates es malvado y corrompe a los
jóvenes. Cuando alguien les pregunta qué hace y qué
enseña, no pueden decir nada, lo ignoran; pero, para
no dar la impresión de que están confusos, dicen lo
que es usual contra todos los que filosofan, es decir:
“Las cosas del cielo y lo que está bajo la tierra”,
“no creer en los dioses” y “hacer más fuerte el
argumento más débil”.
Pues creo que no desearían decir la verdad, a saber, que
resulta evidente que están simulando saber sin saber
nada. Y como son, pienso yo, susceptibles y vehementes
y numerosos, y como, además, hablan de mí apasionada y
persuasivamente, os han llenado los oídos
calumniándome violentamente desde hace mucho tiempo.
Como consecuencia de esto me han acusado Meleto, Ánito
y Licón; Meleto, irritado en nombre de los poetas;
Anito, en el de los demiurgos y de los políticos, y
Licón, en el de los oradores. De manera que, como
decía yo al principio, me causaría extrañeza que yo
fuera capaz de arrancar de vosotros, en tan escaso
tiempo, esta falsa imagen que ha tomado tanto cuerpo.
Ahí tenéis, atenienses, la verdad y os estoy hablando
sin ocultar nada, ni grande ni pequeño, y sin tomar
precauciones en lo que digo. Sin embargo, sé casi con
certeza que con estas palabras me consigo enemistades,
lo cual es también una prueba de que digo la verdad, y
que es ésta la mala fama mía y que éstas son sus
causas. Si investigáis esto ahora o en otra ocasión,
confirmaréis que es así.
Acerca de las Acusaciones que me hicieron los primeros
acusadores sea ésta suficiente defensa ante vosotros.
Contra Meleto, el honrado y el amante de la ciudad,
según él dice, y contra los acusadores recientes voy a
intentar defenderme a continuación. Tomemos, pues, a
su vez, la acusación jurada de éstos, dado que son
otros acusadores. Es así: “Sócrates delinque
corrompiendo a los jóvenes y no creyendo en los dioses
en los que la ciudad cree, sino en otras divinidades
nuevas.” Tal es la acusación. Examinémosla punto por
punto.
Dice, en efecto, que yo delinco corrompiendo a los jóvenes.
Yo, por mi parte, afirmo que —Meleto delinque porque
bromea en asunto serio, sometiendo a juicio con
ligereza a las personas y simulando esforzarse e
inquietarse por cosas que jamás le han preocupado. Voy
a intentar mostraros que esto es así.
—Ven aquí, Meleto, y dime: ¿No es cierto que consideras de la
mayor importancia que los jóvenes sean lo mejor
posible?
—Yo sí.
—Ea di entonces a éstos quién los hace mejores. Pues es
evidente que lo sabes, puesto que te preocupa. En
efecto, has descubierto al que los corrompe, a mí,
según dices, y me traes ante estos jueces y me acusas.
—Vamos, di y revela quién es el que los hace mejores. ¿Estás
viendo, Meleto, que callas y no puedes decirlo? Sin
embargo, ¿no te parece que esto es vergonzoso y
testimonio suficiente de lo que yo digo, de que este
asunto no ha sido en nada objeto de tu preocupación?
Pero dilo, amigo, ¿quién los hace mejores?
—Las leyes.
—Pero no te pregunto eso, excelente Meleto, sino qué hombre,
el cual ante todo debe conocer esto mismo, las leyes.
—Éstos, Sócrates, los jueces.
—¿Qué dices, Meleto, éstos son capaces de educar a los jóvenes
y de hacerlos mejores?
—Sí, especialmente.
—¿Todos, o unos sí y otros no?
—Todos.
—Hablas bien, por Hera, y presentas una gran abundancia de
bienhechores. ¿Qué, pues? ¿Los que nos escuchan los
hacen también mejores, o no?
—También éstos.
—¿Y los miembros del Consejo?
—También los miembros del Consejo.
—Pero, entonces, Meleto, ¿acaso los que asisten a la Asamblea,
los asambleístas corrompen a los jóvenes? ¿O también
aquéllos, en su totalidad, los hacen mejores?
—También aquéllos.
—Luego, según parece, todos los atenienses los hacen buenos y
honrados excepto yo, y sólo yo los corrompo. ¿Es eso
lo que dices?
—Muy firmemente digo eso.
—Me atribuyes, sin duda, un gran desacierto. Contéstame. ¿Te
parece a ti que es también así respecto a los
caballos? ¿Son todos los hombres los que los hacen
mejores y uno sólo el que los resabia? ¿O, todo lo
contrario, alguien sólo o muy pocos, los cuidadores de
caballos, son capaces de hacerlos mejores, y la
mayoría, si tratan con los caballos y los utilizan,
los echan a perder? ¿No es así, Meleto, con respecto a
los caballos y a todos los otros animales? Sin ninguna
duda, digáis que sí o digáis que no tú y Ánito. Sería,
en efecto, una gran suerte para los jóvenes si uno
solo los corrompe y los demás les ayudan. Pues bien,
Meleto, has mostrado suficientemente que jamás te has
interesado por los jóvenes y has descubierto de modo
claro tu despreocupación, esto es, que no te has
cuidado de nada de esto por lo que tú me traes aquí.
Dinos aún, Meleto, por Zeus, si es mejor vivir entre
ciudadanos honrados o malvados. Contesta, amigo. No te
pregunto nada difícil. ¿No es cierto que los malvados
hacen daño a los que están siempre a su lado, y que
los buenos hacen bien?
—Sin duda.
—¿Hay alguien que prefiera recibir daño de los que están con
él a recibir ayuda? Contesta, amigo. Pues la ley
ordena responder. ¿Hay alguien que quiera recibir
daño?
—No, sin duda.
—Ea, pues. ¿Me traes aquí en la idea de que corrompo a los
jóvenes y los hago peores voluntaria o
involuntariamente?
—Voluntariamente, sin duda.
—¿Qué sucede entonces, Meleto? ¿Eres tú hasta tal punto más
sabio que yo, siendo yo de esta edad y tú tan joven,
que tú conoces que los malos hacen siempre algún mal a
los más próximos a ellos, y los buenos bien; en cambio
yo, por lo visto, he llegado a tal grado de
ignorancia, que desconozco, incluso, que si llego a
hacer malvado a alguien de los que están a mi lado
corro peligro de recibir daño de él y este mal tan
grande lo hago voluntariamente, según tú dices? Esto
no te lo creo yo, Meleto, y pienso que ningún otro
hombre. En efecto, o no los corrompo, o si los
corrompo, lo hago involuntariamente, de manera que tú
en uno u otro caso mientes. Y si los corrompo
involuntariamente, por esta clase de faltas la ley no
ordena hacer comparecer a uno aquí, sino tomarle
privadamente y enseñarle y reprenderle. Pues es
evidente que, si aprendo, cesaré de hacer lo que hago
involuntariamente. Tú has evitado y no has querido
tratar conmigo ni enseñarme; en cambio, me traes aquí,
donde es ley traer a los que necesitan castigo y no
enseñanza.
Pues bien, atenienses, ya es evidente lo que yo decía, que
Meleto no se ha preocupado jamás por estas cosas, ni
poco ni mucho. Veamos, sin embargo; dinos cómo dices
que yo corrompo a los jóvenes. ¿No es evidente que,
según la acusación que presentaste, enseñándoles a
creer no en los dioses en los que cree la ciudad, sino
en otros espíritus nuevos? ¿No dices que los corrompo
enseñándoles esto?
—En efecto, eso digo muy firmemente.
—Por esos mismos dioses, Meleto, de los que tratamos, háblanos
aún más claramente a mí y a estos hombres. En efecto,
yo no puedo llegar a saber si dices que yo enseño a
creer que existen algunos dioses —y entonces yo mismo
creo que hay dioses y no soy enteramente ateo ni
delinco en eso—, pero no los que la ciudad cree, sino
otros, y es esto lo que me inculpas, que otros, o bien
afirmas que yo mismo no creo en absoluto en los dioses
y enseño esto a los demás.
—Digo eso, que no crees en los dioses en absoluto.
—Oh sorprendente Meleto, ¿para qué dices esas cosas? ¿Luego
tampoco creo, como los demás hombres, que el sol y la
luna son dioses?
—No, por Zeus, jueces, puesto que afirma que el sol es una
piedra y la luna, tierra.
—¿Crees que estás acusando a Anaxágoras, querido Meleto? ¿Y
desprecias a éstos y consideras que son desconocedores
de las letras hasta el punto de no saber que los
libros de Anaxágoras de Clazómenas están llenos de
estos temas? Y, además, ¿aprenden de mí los jóvenes lo
que de vez en cuando pueden adquirir en la orquestra,
por un dracma como mucho, y reírse de Sócrates si
pretende que son suyas estas ideas, especialmente al
ser tan extrañas? Pero, oh Meleto, ¿te parece a ti que
soy así, que no creo que exista ningún dios?
—Ciertamente que no, por Zeus, de ningún modo. No eres digno
de crédito, Meleto, incluso, según creo, para ti
mismo. Me parece que este hombre, atenienses, es
descarado e intemperante y que, sin más, ha presentado
esta acusación con cierta insolencia, intemperancia y
temeridad juvenil. Parece que trama una especie de
enigma para tantear. “¿Se dará cuenta ese sabio de
Sócrates de que estoy bromeando y contradiciéndome, o
le engañaré a él y a los demás oyentes?” Y digo esto
porque es claro que éste se contradice en la
acusación; es como si dijera: “Sócrates delinque no
creyendo en los dioses, pero creyendo en los dioses”.
Esto es propio de una persona que juega.
Examinad, pues, atenienses por qué me parece que dice eso. Tú,
Meleto, contéstame. Vosotros, como os rogué al
empezar, tened presente no protestar si construyo las
frases en mi modo habitual.
—¿Hay alguien, Meleto, que crea que existen cosas humanas, y
que no crea que existen hombres? Que conteste, jueces,
y que no proteste una y otra vez. ¿Hay alguien que no
crea que existen caballos y que crea que existen cosas
propias de caballos? ¿O que no existen flautistas, y
sí cosas relativas al toque de la flauta? No existe
esa persona, querido Meleto; si tú no quieres
responder, te lo digo yo a ti y a estos otros. Pero,
responde, al menos, a lo que sigue.
—¿Hay quien crea que hay cosas propias de divinidades, y que
no crea que hay divinidades?
—No hay nadie.
—¡Qué servicio me haces al contestar, aunque sea a
regañadientes, obligado por éstos! Así pues, afirmas
que yo creo y enseño cosas relativas a divinidades,
sean nuevas o antiguas; por tanto, según tu
afirmación, y además lo juraste eso en tu escrito de
acusación, creo en lo relativo a divinidades. Si creo
en cosas relativas a divinidades, es sin duda de gran
necesidad que yo crea que hay divinidades. ¿No es así?
Sí lo es. Supongo que estás de acuerdo, puesto que no
contestas. ¿No creemos que las divinidades son dioses
o hijos de dioses? ¿Lo afirmas o lo niegas?
—Lo afirmo.
—Luego si creo en las divinidades, según tú afirmas, y si las
divinidades son en algún modo dioses, esto seria lo
que yo digo que presentas como enigma y en lo que
bromeas, al afirmar que yo no creo en los dioses y
que, por otra parte, creo en los dioses, puesto que
creo en las divinidades. Si, a su vez, las divinidades
son hijos de los dioses, bastardos nacidos de ninfas o
de otras mujeres, según se suele decir, ¿qué hombre
creería que hay hijos de dioses y que no hay dioses?
Sería, en efecto, tan absurdo como si alguien creyera
que hay hijos de caballos y burros, los mulos, pero no
creyera que hay caballos y burros. No es posible,
Meleto, que hayas presentado esta acusación sin el
propósito de ponernos a prueba, o bien por carecer de
una imputación real de la que acusarme. No hay ninguna
posibilidad de que tú persuadas a alguien, aunque sea
de poca inteligencia, de que una misma persona crea
que hay cosas relativas a las divinidades y a los
dioses y, por otra parte, que esa persona no crea en
divinidades, dioses ni héroes.
Pues bien, atenienses, me parece que no requiere mucha defensa
demostrar que yo no soy culpable respecto a la
acusación de Meleto, y que ya es suficiente lo que ha
dicho.
Lo que yo decía antes, a saber, que se ha producido gran
enemistad hacia mí por parte de muchos, sabed bien que
es verdad. Y es esto lo que me va a condenar, si me
condena, no Meleto ni ánito sino la calumnia y la
envidia de muchos. Es lo que ya ha condenado a otros
muchos hombres buenos y los seguirá condenando. No hay
que esperar que se detenga en mí.
Quizá alguien diga: “¿No te da vergüenza, Sócrates, haberte
dedicado a una ocupación tal por la que ahora corres
peligro de morir?” A éste yo, a mi vez, le diría unas
palabras justas: “No tienes razón, amigo, si crees que
un hombre que sea de algún provecho ha de tener en
cuenta el riesgo de vivir o morir, sino el examinar
solamente, al obrar, si hace cosas justas o injustas y
actos propios de un hombre bueno o de un hombre malo.
De poco valor serían; según tu idea, cuantos
semidioses murieron en Troya y, especialmente, el hijo
de Tetis, el cual, ante la idea de aceptar algo
deshonroso, despreció el peligro hasta el punto de
que, cuando, ansioso de matar a Héctor, su madre, que
era diosa, le dijo, según creo, algo así como: “Hijo,
si vengas la muerte de tu compañero Patroclo y matas a
Héctor; tú mismo morirás, pues el destino está
dispuesto para ti inmediatamente después de Héctor”;
él, tras oírlo, desdeñó la muerte y el peligro,
temiendo mucho más vivir siendo cobarde sin vengar a
los amigos, y dijo “Que muera yo en seguida después de
haber hecho justicia al culpable, a fin de que no
quede yo aquí —junto a las cóncavas naves, siendo
objeto de risa, inútil peso de la tierra.” ¿Crees que
pensó en la muerte y en el peligro?
Pues la verdad es lo que voy a decir, atenienses. En el puesto
en el que uno se coloca porque considera que es el
mejor, o en el que es colocado por un superior, allí
debe, según creo, permanecer y arriesgarse sin tener
en cuenta ni la muerte ni cosa alguna, más que la
deshonra. En efecto, atenienses, obraría yo
indignamente, si, al asignarme un puesto los jefes que
vosotros elegisteis para mandarme en Potidea, en
Anfípolis y en Delion, decidí permanecer como otro
cualquiera allí donde ellos me colocaron y corrí,
entonces, el riesgo de morir, y en cambio ahora, al
ordenarme el dios, según he creído y aceptado, que
debo vivir filosofando y examinándome a mí mismo y a
los demás, abandonara mi puesto por temor a la muerte
o a cualquier otra cosa. Sería indigno y realmente
alguien podría con justicia traerme ante el tribunal
diciendo que no creo que hay dioses, por desobedecer
al oráculo, temer la muerte y creerme sabio sin serlo.
En efecto, atenienses, temer la muerte no es otra cosa
que creer ser sabio sin serlo, pues es creer que uno
sabe lo que no sabe. Pues nadie conoce la muerte, ni
siquiera si es, precisamente, el mayor de todos los
bienes para el hombre, pero la temen como si supieran
con certeza que es el mayor de los males. Sin embargo,
¿cómo no va a ser la más reprochable ignorancia la de
creer saber lo que no se sabe? Yo, atenienses, también
quizá me diferencio en esto de la mayor parte de los
hombres, y, por consiguiente, si dijera que soy más
sabio que alguien en algo, sería en esto, en que no
sabiendo suficientemente sobre las cosas del Hades,
también reconozco no saberlo. Pero sí sé que es malo y
vergonzoso cometer injusticia y desobedecer al que es
mejor, sea dios u hombre. En comparación con los males
que sé que son males, jamás temeré ni evitaré lo que
no sé si es incluso un bien. De manera que si ahora
vosotros me dejarais libre no haciendo caso a Anito,
el cual dice que o bien era absolutamente necesario
que yo no hubiera comparecido aquí o que, puesto que
he comparecido, no es posible no condenarme a muerte,
explicándoos que, si fuera absuelto, vuestros hijos,
poniendo inmediatamente en práctica las cosas que
Sócrates enseña, se. corromperían todos totalmente, y
si, además, me dijerais: “Ahora, Sócrates, no vamos a
hacer caso a Ánito, sino que te dejamos libre, a
condición, sin embargo, de que no gastes ya más tiempo
en esta búsqueda y de que no filosofes, y si eres
sorprendido haciendo aún esto, morirás”; si, en
efecto, como dije, me dejarais libre con esta
condición, yo os diría: “Yo, atenienses, os aprecio y
os quiero, pero voy a obedecer al dios más que a
vosotros y, mientras aliente y sea capaz, es seguro
que no dejaré de filosofar, de exhortaros y de hacer
manifestaciones al que de vosotros vaya encontrando,
diciéndole lo que acostumbro: Mi buen amigo, siendo
ateniense, de la ciudad más grande y más prestigiada
en sabiduría y poder, ¿no te avergüenzas de
preocuparte de cómo tendrás las mayores riquezas y la
mayor fama y los mayores honores, y, en cambio no te
preocupas ni interesas por la inteligencia, la verdad
y por cómo tu alma va a ser lo mejor posible?”. Y si
alguno de vosotros discute y dice que se preocupa, no
pienso dejarlo al momento y marcharme, sino que le voy
a interrogar, a examinar y a refutar, y, si me parece
que no ha adquirido la virtud y dice que sí, le
reprocharé que tiene en menos lo digno de más y tiene
en mucho lo que vale poco. Haré esto con el que me
encuentre, joven o viejo, forastero o ciudadano, y más
con los ciudadanos por cuanto más próximos estáis a mí
por origen. Pues, esto lo manda el dios, sabedlo bien,
y yo creo que todavía no os ha surgido mayor bien en
la ciudad que mi servicio al dios. En efecto, voy por
todas partes sin hacer otra cosa que intentar
persuadiros, a jóvenes y viejos, a no ocuparos ni de
los cuerpos ni de los bienes antes que del alma ni,
con tanto afán, a fin de que ésta sea lo mejor
posible, diciéndoos: “No sale de las riquezas la
virtud para los hombres, sino de la virtud, las
riquezas y todos los otros bienes, tanto los privados
como los públicos. Si corrompo a los jóvenes al decir
tales palabras, éstas serían dañinas. Pero si alguien
afirma que yo digo otras cosas, no dice verdad. A esto
yo añadiría: “Atenienses, haced caso o no a Anito,
dejadme o no en libertad, en la idea de que no voy a
hacer otra cosa, aunque hubiera de morir muchas
veces”.
No protestéis, atenienses, sino manteneos en aquello que os
supliqué, que no protestéis por lo que digo, sino que
escuchéis. Pues, incluso, vais a sacar provecho
escuchando, según creo. Ciertamente, os voy a decir
algunas otras cosas por las que quizá gritaréis. Pero
no hagáis eso de ningún modo. Sabed bien que si me
condenáis a muerte, siendo yo cual digo que soy, no me
dañaréis a mí más que a vosotros mismos. En efecto, a
mí no me causarían ningún daño ni Meleto ni Ánito;
cierto que tampoco podrían, porque no creo que
naturalmente esté permitido que un hombre bueno reciba
daño de otro malo. Ciertamente, podría quizá matarlo o
desterrarlo o quitarle los derechos ciudadanos. Éste y
algún otro creen, quizá, que estas cosas son grandes
males; en cambio yo no lo creo así, pero sí creo que
es un mal mucho mayor hacer lo que éste hace ahora:
intentar condenar a muerte a un hombre injustamente.
Ahora, atenienses, no trato de hacer la defensa en mi favor,
como alguien podría creer, sino en el vuestro, no sea
que al condenarme cometáis un error respecto a la
dádiva del dios para vosotros. En efecto, si me
condenáis a muerte, no encontraréis fácilmente, aunque
sea un tanto ridículo decirlo, a otro semejante
colocado en la ciudad por el dios del mismo modo que,
junto a un caballo grande y noble pero un poco lento
por su tamaño, y que necesita ser aguijoneado por una
especie de tábano, según creo, el dios me ha colocado
junto a la ciudad para una función semejante, y como
tal, despertándoos, persuadiéndoos y reprochándoos uno
a uno, no cesaré durante todo el día de posarme en
todas partes. No llegaréis a tener fácilmente otro
semejante, atenienses, y si me hacéis caso, me
dejaréis vivir. Pero, quizá, irritados, como los que
son despertados cuando cabecean somnolientos, dando un
manotazo me condenaréis a muerte a la ligera. Después,
pasaríais el resto de la vida durmiendo, a no ser que
el dios, cuidándose de vosotros, os enviara otro.
Comprenderéis, por lo que sigue, que yo soy
precisamente el hombre adecuado para ser ofrecido por
el dios a la ciudad. En efecto, no parece humano que
yo tenga descuidados todos mis asuntos y que, durante
tantos años, soporte que mis bienes familiares estén
en abandono, y, en cambio, esté siempre ocupándome de
lo vuestro, acercándome a cada uno privadamente, como
un padre o un hermano mayor, intentando convencerle de
que se preocupe por la virtud. Y si de esto obtuviera
provecho o cobrara un salario al haceros estas
recomendaciones, tendría alguna justificación. Pero la
verdad es que, incluso vosotros mismos lo veis, aunque
los acusadores han hecho otras acusaciones tan
desvergonzadamente, no han sido capaces, presentando
un testigo, de llevar su desvergüenza a afirmar que yo
alguna vez cobré o pedí a alguien una remuneración.
Ciertamente yo presento, me parece, un testigo
suficiente de que digo la verdad: mi pobreza.
Quizá pueda parecer extraño que yo privadamente, yendo de una
a otra parte, dé estos consejos y me meta en muchas
cosas, y no me atreva en público a subir a la tribuna
del pueblo y dar consejos a la ciudad. La causa de
esto es lo que vosotros me habéis oído decir muchas
veces, en muchos lugares, a saber, que hay junto a mí
algo divino y demónico; esto también lo incluye en la
acusación Meleto burlándose. Está conmigo desde niño,
toma forma de voz y, cuando se manifiesta, siempre me
disuade de lo que voy a hacer, jamás me incita. Es
esto lo que se opone a que yo ejerza la política, y me
parece que se opone muy acertadamente. En efecto,
sabed bien, atenienses, que si yo hubiera intentado
anteriormente realizar actos políticos, habría muerto
hace tiempo y no os habría sido útil a vosotros ni a
mí mismo. Y no os irritéis conmigo porque digo la
verdad. En efecto, no hay hombre que pueda conservar
la vida, si se opone noblemente a vosotros o a
cualquier otro pueblo y si trata de impedir que
sucedan en la ciudad muchas cosas injustas e ilegales;
por el contrario, es necesario que el que, en
realidad, lucha por la justicia, si pretende vivir un
poco de tiempo, actúe privada y no públicamente.
Y, de esto, os voy a presentar pruebas importantes, no
palabras, sino lo que vosotros estimáis, hechos. Oíd
lo que me ha sucedido, para que sepáis que no cedería
ante nada contra lo justo por temor a la muerte, y al
no ceder, al punto estaría dispuesto a morir. Os voy a
decir cosas vulgares y leguleyas, pero verdaderas. En
efecto, atenienses, yo no ejercí ninguna otra
magistratura en la ciudad, pero fui miembro del
Consejo. Casualmente ejercía la pritanía nuestra
tribu, la Antióquide, cuando vosotros decidisteis,
injustamente, como después todos reconocisteis, juzgar
en un solo juicio a los diez generales que no habían
recogido a los náufragos del combate naval. En aquella
ocasión yo solo entre los prítanes me enfrenté a
vosotros para que no se hiciera nada contra las leyes
y voté en contra. Y estando dispuestos los oradores a
enjuiciarme y detenerme, y animándoles vosotros a ello
y dando gritos, creí que debía afrontar el riesgo con
la ley y la justicia antes de, por temor a la cárcel o
a la muerte, unirme a vosotros que estabais decidiendo
cosas injustas. Y esto, cuando la ciudad aún tenía
régimen democrático. Pero cuando vino la oligarquía,
los Treinta me hicieron llamar al Tolo, junto con
otros cuatro, y me ordenaron traer de Salamina a León
el salaminio para darle muerte; pues ellos ordenaban
muchas cosas de este tipo también a otras personas,
porque querían cargar de culpas al mayor número
posible. Sin embargo, yo mostré también en esta
ocasión, no con palabras, sino con hechos, que a mí la
muerte, si no resulta un poco rudo decirlo, me importa
un bledo, pero que, en cambio, me preocupa
absolutamente no realizar nada injusto e impío. En
efecto, aquel gobierno, aun siendo tan violento, no me
atemorizó como para llevar a cabo un acto injusto,
sino que, después de salir del Tolo, los otros cuatro
fueron a Salamina y trajeron a León, y yo salí y me
fui a casa. Y quizá habría perdido la vida por esto,
si el régimen no hubiera sido derribado rápidamente.
De esto, tendréis muchos testigos.
¿Acaso creéis que yo habría llegado a vivir tantos años, si me
hubiera ocupado de los asuntos públicos y, al ocuparme
de ellos como corresponde a un hombre honrado, hubiera
prestado ayuda a las cosas justas y considerado esto
lo más importante, como es debido? Está muy lejos de
ser así. Ni tampoco ningún otro hombre. En cuanto a
mí, a lo largo de toda mi vida, si alguna vez he
realizado alguna acción pública, me he mostrado de
esta condición, y también privadamente, sin transigir
en nada con nadie contra la justicia ni tampoco con
ninguno de los que, creando falsa imagen de mí, dicen
que son discípulos míos. Yo no he sido jamás maestro
de nadie. Si cuando yo estaba hablando y me ocupaba de
mis cosas, alguien, joven o viejo, deseaba escucharme,
jamás se lo impedí a nadie. Tampoco dialogo cuando
recibo dinero y dejo de dialogar si no lo recibo,
antes bien me ofrezco, para que me pregunten, tanto al
rico como al pobre, y lo mismo si alguien prefiere
responder y escuchar mis preguntas. Si alguno de éstos
es luego un hombre honrado o no lo es, no podría yo,
en justicia, incurrir en culpa; a ninguno de ellos les
ofrecí nunca enseñanza alguna ni les instruí. Y si
alguien afirma que en alguna ocasión aprendió u oyó de
mí en privado algo que no oyeran también todos los
demás, sabed bien que no dice la verdad.
¿Por qué, realmente, gustan algunos de pasar largo tiempo a mi
lado? Lo habéis oído ya, atenienses; os he dicho toda
la verdad. Porque les gusta oírme examinar a los que
creen ser sabios y no lo son. En verdad, es agradable.
Como digo, realizar este trabajo me ha sido
encomendado por el dios por medio de oráculos, de
sueños y de todos los demás medios con los que alguna
vez alguien, de condición divina, ordenó a un hombre
hacer algo. Esto, atenienses, es verdad y fácil de
comprobar. Ciertamente, si yo corrompo a unos jóvenes
ahora y a otros los he corrompido ya, algunos de
ellos, creo yo, al hacerse mayores, se darían cuenta
de que, cuando eran jóvenes, yo les aconsejé en alguna
ocasión algo malo, y sería necesario que subieran
ahora a la tribuna, me acusaran y se vengaran. Si
ellos no quieren, alguno de sus familiares, padres,
hermanos u otros parientes; si sus familiares
recibieron de mí algún daño, tendrían que recordarlo
ahora y vengarse. Por todas partes están presentes
aquí muchos de ellos a los que estoy viendo. En primer
lugar, este Critón, de mi misma edad y demo, padre de
Critobulo, también presente; después, Lisanias de
Esfeto, padre de Esquines, que está aquí; luego
Antifón de Cefisia, padre de Epígenes; además, están
presentes otros cuyos hermanos han estado en esta
ocupación, Nicóstrato, el hijo de Teozótides y hermano
de Teódoto —Teódoto ha muerto, así que no podría
rogarle que no me acusara—; Paralio, hijo de Demódoco,
cuyo hermano era Téages; Adimanto, hijo de Aristón,
cuyo hermano es Platón, que está aquí; Ayantodoro,
cuyo hermano, aquí presente, es Apolodoro. Puedo
nombraros a otros muchos, a alguno de los cuales
Meleto debía haber presentado especialmente como
testigo en su discurso. Si se olvidó entonces, que lo
presente ahora. —yo se lo permito— y que diga si
dispone de alguno de éstos. Pero vais a encontrar todo
lo contrario, atenienses, todos están dispuestos a
ayudarme a mí, al que corrompe, al que hace mal a sus
familiares, como dicen Meleto y Ánito. Los propios
corrompidos tendrían quizá motivo para ayudarme, pero
los no corrompidos, hombres ya mayores, los parientes
de éstos no tienen otra razón para ayudarme que la
recta y la justa, a saber, que tienen conciencia de
que Meleto miente y de que yo digo la verdad.
Sea, pues, atenienses; poco más o menos, son éstas y, quizá,
otras semejantes las cosas que podría alegar en mi
defensa. Quizá alguno de vosotros se irrite,
acordándose de sí mismo, si él, sometido a un juicio
de menor importancia que éste, rogó y suplicó a los
jueces con muchas lágrimas, trayendo a sus hijos para
producir la mayor compasión posible y, también, a
muchos de sus familiares y amigos, y, en cambio, yo no
hago nada de eso, aunque corro el máximo peligro,
según parece. Tal vez alguno, al pensar esto, se
comporte más duramente conmigo e, irritado por estas
mismas palabras, dé su voto con ira. Pues bien, si
alguno de vosotros es así —ciertamente yo no lo creo,
pero si, no obstante, es así—, me parece que le diría
las palabras adecuadas, al decirle: “También yo,
amigo, tengo parientes. Y, en efecto, me sucede lo
mismo que dice Homero, tampoco yo he nacido de una
encina ni de una roca, sino de hombres, de manera que
también yo tengo parientes y por cierto, atenienses,
tres hijos, uno ya adolescente y dos niños.” Sin
embargo, no voy a hacer subir aquí a ninguno de ellos
y suplicaros que me absolváis. ¿Por qué no voy a hacer
nada de esto? No por arrogancia, atenienses, ni por
desprecio a vosotros. Si yo estoy confiado con
respecto a la muerte o no lo estoy, eso es otra
cuestión. Pero en lo que toca a la reputación, la mía,
la vuestra y la de toda la ciudad, no me parece bien,
tanto por mi edad como por el renombre que tengo, sea
verdadero o falso, que yo haga nada de esto, pero es
opinión general que Sócrates se distingue de la
mayoría de los hombres. Si aquellos de vosotros que
parecen distinguirse por su sabiduría, valor u otra
virtud cualquiera se comportaran de este modo, sería
vergonzoso. A algunos que parecen tener algún valor
los he visto muchas veces comportarse así cuando son
juzgados, haciendo cosas increíbles porque creían que
iban a soportar algo terrible si eran condenados a
muerte, como si ya fueran a ser inmortales si vosotros
no los condenarais. Me parece que éstos llenan de
vergüenza a la ciudad, de modo que un extranjero
podría suponer que los atenienses destacados en
mérito, a los que sus ciudadanos prefieren en la
elección de magistraturas y otros honores, ésos en
nada se distinguen de las mujeres. Ciertamente,
atenienses, ni vosotros, los que destacáis en alguna
cosa, debéis hacer esto, ni, si lo hacemos nosotros,
debéis permitirlo, sino dejar bien claro que
condenaréis al que introduce estas escenas miserables
y pone en ridículo a la ciudad, mucho más que al que
conserva la calma.
Aparte de la reputación, atenienses, tampoco me parece justo
suplicar a los jueces y quedar absuelto por haber
suplicado, sino que lo justo es informarlos y
persuadirlos. Pues no está sentado el juez para
conceder por favor lo justo, sino para juzgar; además,
ha jurado no. hacer favor a los que le parezca, sino
juzgar con arreglo a las leyes. Por tanto, es
necesario que nosotros no os acostumbremos a jurar en
falso y que vosotros no os acostumbréis, pues ni unos
ni otros obraríamos piadosamente. Por consiguiente, no
estiméis, atenienses, que yo debo hacer ante vosotros
actos que considero que no son buenos, justos ni
piadosos, especialmente, por Zeus, al estar acusado de
impiedad por este Meleto. Pues, evidentemente, si os
convenciera y os forzara con mis súplicas, a pesar de
que habéis jurado, os estaría enseñando a no creer que
hay dioses y simplemente, al intentar defenderme, me
estaría acusando de que no creo en los dioses. Pero
está muy lejos de ser así; porque creo, atenienses,
como ninguno de mis acusadores; y dejo a vosotros y al
dios que juzguéis sobre mí del modo que vaya a ser
mejor para mí y para vosotros.
Al hecho de que no me irrite, atenienses, ante lo sucedido, es
decir, ante que me hayáis condenado, contribuyen
muchas cosas y, especialmente, que lo sucedido no ha
sido inesperado para mi, si bien me extraña mucho más
el número de votos resultante de una y otra parte. En
efecto, no creía que iba a ser por tan poco, sino por
mucho. La realidad es que, según parece, si sólo
treinta votos hubieran caído de la otra parte, habría
sido absuelto. En todo caso, según me parece, incluso
ahora he sido absuelto respecto a Meleto, y no sólo
absuelto, sino que es evidente para todos que, si no
hubieran comparecido Ánito y Licón para acusarme,
quedaría él condenado incluso a pagar mil dracmas por
no haber alcanzado la quinta parte de los votos.
Así pues, propone para mí este hombre la pena de muerte. Bien,
¿y yo qué os propondré a mi vez, atenienses? ¿Hay
alguna duda de que propondré lo que merezco? ¿Qué es
eso entonces? ¿Qué merezco sufrir o pagar porque en mi
vida no he tenido sosiego, y he abandonado las cosas
de las que la mayoría se preocupa: los negocios, la
hacienda familiar, los mandos militares, los discursos
en la asamblea, cualquier magistratura, las alianzas y
luchas de partidos que se producen en la ciudad, por
considerar que en realidad soy demasiado honrado como
para conservar la vida si me encaminaba a estas cosas?
No iba donde no fuera de utilidad para vosotros o para
mí, sino que me dirigía a hacer el mayor bien a cada
uno en particular, según yo digo; iba allí, intentando
convencer a cada uno de vosotros de que no se
preocupara de ninguna de sus cosas antes de
preocuparse de ser él mismo lo mejor y lo más sensato
posible, ni que tampoco se preocupara de los asuntos
de la ciudad antes que de la ciudad misma y de las
demás cosas según esta misma idea. Por consiguiente,
¿qué merezco que me pase por ser de este modo? Algo
bueno, atenienses, si hay que proponer en verdad según
el merecimiento. Y, además, un bien que sea adecuado
para mí. Así, pues, ¿qué conviene a un hombre pobre,
benefactor y que necesita tener ocio para exhortaras a
vosotros? No hay cosa que le convenga más, atenienses,
que el ser alimentado en el Pritaneo con más razón que
si alguno de vosotros en las Olimpiadas ha alcanzado
la victoria en las carreras de caballos, de brigas o
de cuadrigas. Pues éste os hace parecer felices, y yo
os hago felices, y éste en nada necesita el alimento,
y yo sí lo necesito. Así, pues, si es preciso que yo
proponga lo merecido con arreglo a lo justo, propongo
esto: la manutención en el Pritaneo.
Quizá, al hablar así, os parezca que estoy hablando lleno de
arrogancia, como cuando antes hablaba de lamentaciones
y súplicas. No es así; atenienses, sino más bien, de
este otro modo. Yo estoy persuadido de que no hago
daño a ningún hombre voluntariamente, pero no consigo
convenceros a vosotros de ello, porque hemos dialogado
durante poco tiempo. Puesto que, si tuvierais una ley,
como la tienen otros hombres, que ordenara no decidir
sobre una pena de muerte en un solo día, sino en
muchos, os convenceríais. Pero, ahora, en poco tiempo
no es fácil liberarse de grandes calumnias.
Persuadido, como estoy, de que no hago daño a nadie,
me hallo muy lejos de hacerme daño a mí mismo, de
decir contra mí que soy merecedor de algún daño y de
proponer para mí algo semejante. ¿Por, qué temor iba a
hacerlo? ¿Acaso por el de no sufrir lo que ha
propuesto Meleto y que yo afirmo que no sé si es un
bien o un mal? ¿Para evitar esto, debo elegir algo que
sé con certeza que es un mal y proponerlo para mí?
¿Tal vez, la prisión? ¿Y por qué he de vivir yo en la
cárcel siendo esclavo de los magistrados que,
sucesivamente, ejerzan su cargo en ella, los Once?
¿Quizá, una multa y estar en prisión hasta que la
pague? Pero esto sería lo mismo que lo anterior, pues
no tengo dinero para pagar. ¿Entonces propondría el
destierro? Quizá vosotros aceptaríais esto. ¿No
tendría yo, ciertamente, mucho amor a la vida, si
fuera tan insensato como para no poder reflexionar que
vosotros, que sois conciudadanos míos, no habéis sido
capaces de soportar mis conversaciones y
razonamientos, sino que os han resultado lo bastante
pesados y molestos como para que ahora intentéis
libraros de ellos, y que acaso otros los soportarán
fácilmente? Está muy lejos de ser así, atenienses.
¡Sería, en efecto, una hermosa vida para un hombre de
mi edad salir de mi ciudad y vivir yendo expulsado de
una ciudad a otra! Sé con certeza que, donde vaya, los
jóvenes escucharán mis palabras, como aquí. Si los
rechazo, ellos me expulsarán convenciendo a los
mayores. Si no los rechazo, me expulsarán sus padres y
familiares por causa de ellos.
Quizá diga alguno: “¿Pero no serás capaz de vivir alejado de
nosotros en silencio y llevando una vida tranquila?”
Persuadir de esto a algunos de vosotros es lo más
difícil. En efecto, si digo que eso es desobedecer al
dios y que, por ello, es imposible llevar una vida
tranquila, no me creeréis pensando que hablo
irónicamente. Si, por otra parte, digo que el mayor
bien para un hombre es precisamente éste, tener
conversaciones cada día acerca de la virtud y de los
otros temas de los que vosotros me habéis oído
dialogar cuando me examinaba a mí mismo y a otros, y
si digo que una vida sin examen no tiene objeto
vivirla para el hombre, me creeréis aún menos. Sin
embargo, la verdad es así, como yo digo, atenienses,
pero no es fácil convenceros. Además, no estoy
acostumbrado a considerarme merecedor de ningún
castigo. Ciertamente, si tuviera dinero, propondría la
cantidad que estuviera en condiciones de pagar; el
dinero no sería ningún daño. Pero la verdad es que no
lo tengo, a no ser que quisierais aceptar lo que yo
podría pagar. Quizá podría pagaros una mina de plata.
Propongo, por tanto, esa cantidad. Ahí Platón,
atenienses, Critón, Critobulo y Apolodoro me piden que
proponga treinta minas y que ellos salen fiadores. Así
pues, propongo esa cantidad. Éstos serán para vosotros
fiadores dignos de crédito.
Por no esperar un tiempo no largo, atenienses, vais a tener la
fama y la culpa, por parte de los que quieren difamar
a la ciudad, de haber matado a Sócrates, un sabio.
Pues afirmarán que soy sabio, aunque no lo soy, los
que quieren injuriaros. En efecto, si hubierais
esperado un poco de tiempo, esto habría sucedido por
sí mismo. Veis, sin duda, que mi edad está ya muy
avanzada en el curso de la vida y próxima a la muerte.
No digo estas palabras a todos vosotros, sino a los
que me han condenado a muerte. Pero también les digo a
ellos lo siguiente. Quizá creéis, atenienses, que yo
he sido condenado por faltarme las palabras adecuadas
para haberos convencido, si yo hubiera creído que era
preciso hacer y decir todo, con tal de evitar la
condena. Está muy lejos de ser así. Pues bien, he sido
condenado por falta no ciertamente de palabras, sino
de osadía y desvergüenza, y por no querer deciros lo
que os habría sido más agradable oír: lamentarme,
llorar o hacer y decir otras muchas cosas indignas de
mí, como digo, y que vosotros tenéis costumbre de oír
a otros. Pero ni antes creí que era necesario hacer
nada innoble por causa del peligro, ni ahora me
arrepiento de haberme defendido así, sino que prefiero
con mucho morir habiéndome defendido de este modo, a
vivir habiéndolo hecho de ese otro modo. En efecto, ni
ante la justicia ni en la guerra, ni yo ni ningún otro
deben maquinar cómo evitar la muerte a cualquier
precio. Pues también en los combates muchas veces es
evidente que se evitaría la muerte abandonando las
armas y volviéndose a suplicar a los perseguidores.
Hay muchos medios, en cada ocasión de peligro, de
evitar la muerte, si se tiene la osadía de hacer y
decir cualquier cosa. Pero no es difícil, atenienses,
evitar la muerte, es mucho más difícil evitar la
maldad; en efecto, corre más deprisa que la muerte.
Ahora yo, como soy lento y viejo, he sido alcanzado
por la más lenta de las dos. En cambio, mis
acusadores, como son temibles y ágiles, han sido
alcanzados por la más rápida, la maldad. Ahora yo voy
a salir de aquí condenado a muerte por vosotros, y
éstos, condenados por la verdad, culpables de
perversidad e injusticia. Yo me atengo a mi estimación
y éstos, a la suya. Quizá era necesario que esto fuera
así y creo que está adecuadamente.
Deseo predeciros a vosotros, mis condenadores, lo que va a
seguir a esto. En efecto, estoy yo ya en ese momento
en el que los hombres tienen capacidad de profetizar,
cuando van ya a morir. Yo os aseguro, hombres que me
habéis condenado, que inmediatamente después de mi
muerte os va a venir un castigo mucho más duro, por
Zeus, que el de mi condena a muerte. En efecto, ahora
habéis hecho esto creyendo que os ibais a librar de
dar cuenta de vuestro modo de vida, pero, como digo,
os va a salir muy al contrario. Van a ser más los que
os pidan cuentas, ésos a los que yo ahora contenía sin
que vosotros lo percibierais. Serán más intransigentes
por cuanto son más jóvenes, y vosotros os irritaréis
más. Pues, si pensáis que matando a la gente vais a
impedir que se os reproche que no vivís rectamente, no
pensáis bien. Este medio de evitarlo ni es muy eficaz,
ni es honrado. El más honrado y el más sencillo no es
reprimir a los demás, sino prepararse para ser lo
mejor posible. Hechas estas predicciones a quienes me
han condenado les digo adiós.
Con los que habéis votado mi absolución me gustaría conversar
sobre este hecho que acaba de suceder, mientras los
magistrados están ocupados y aún no voy adonde yo debo
morir. Quedaos, pues, conmigo, amigos, este tiempo,
pues nada impide conversar entre nosotros mientras sea
posible. Como sois amigos, quiero haceros ver qué
significa, realmente, lo que me ha sucedido ahora. En
efecto, jueces —pues llamándoos jueces os llamo
correctamente—, me ha sucedido algo extraño. La
advertencia habitual para mí, la del espíritu divino,
en todo el tiempo anterior era siempre muy frecuente,
oponiéndose aun a cosas muy pequeñas, si yo iba a
obrar de forma no recta. Ahora me ha sucedido lo que
vosotros veis, lo que se podría creer que es, y en
opinión general es, el mayor de los males. Pues bien,
la señal del dios no se me ha opuesto ni al salir de
casa por la mañana, ni cuando subí aquí al tribunal,
ni en ningún momento durante la defensa cuando iba a
decir algo. Sin embargo, en otras ocasiones me
retenía, con frecuencia, mientras hablaba. En cambio,
ahora, en este asunto no se me ha opuesto en ningún
momento ante ningún acto o palabra. ¿Cuál pienso que
es la causa? Voy a decíroslo. Es probable que esto que
me ha sucedido sea un bien, pero no es posible que lo
comprendamos rectamente los que creemos que la muerte
es un mal. Ha habido para mí una gran prueba de ello.
En efecto, es imposible que la señal habitual no se me
hubiera opuesto, a no ser que me fuera a ocurrir algo
bueno.
Reflexionemos también que hay gran esperanza de que esto sea
un bien. La muerte es una de estas dos cosas: o bien
el que está muerto no es nada ni tiene sensación de
nada, o bien, según se dice, la muerte es precisamente
una transformación, un cambio de morada para el alma
de este lugar de aquí a otro lugar. Si es una ausencia
de sensación y un sueño, como cuando se duerme sin
soñar, la muerte sería una ganancia maravillosa. Pues,
si alguien, tomando la noche en la que ha dormido de
tal manera que no ha visto nada en sueños y comparando
con esta noche las demás noches y días de su vida,
tuviera que reflexionar y decir cuántos días y noches
ha vivido en su vida mejor y más agradablemente que
esta noche, creo que no ya un hombre cualquiera, sino
que incluso el Gran Rey encontraría fácilmente
contables estas noches comparándolas con los otros
días y noches. Si, en efecto, la muerte es algo así,
digo que es una ganancia, pues la totalidad del tiempo
no resulta ser más que una sola noche. Si, por otra
parte, la muerte es como emigrar de aquí a otro lugar
y es verdad, como se dice, que allí están todos los
que han muerto, ¿qué bien habría mayor que éste,
jueces? Pues si, llegado uno al Hades, libre ya de
éstos que dicen que son jueces, va a encontrar a los
verdaderos jueces, los que se dice que hacen justicia
allí: Minos, Radamanto, Éaco y Triptólemo, y a cuantos
semidioses fueron justos en sus vidas, ¿sería acaso
malo el viaje? Además, ¿cuánto daría alguno de
vosotros por estar junto a Orfeo, Museo, Hesíodo y
Homero? Yo estoy dispuesto a morir muchas veces, si
esto es verdad, y sería un entretenimiento
maravilloso, sobre todo para mí, cuando me encuentre
allí con Palamedes, con Ayante, el hijo de Telamón, y
con algún otro de los antiguos que haya muerto a causa
de un juicio injusto, comparar mis sufrimientos con
los de ellos; esto no sería desagradable, según creo.
Y lo más importante, pasar el tiempo examinando e
investigando a los de allí, como ahora a los de aquí,
para ver quién de ellos es sabio, y quién cree serlo y
no lo es. ¿Cuánto se daría, jueces, por examinar al
que llevó a Troya aquel gran ejército, o bien a Odiseo
o a Sísifo o a otros infinitos hombres y mujeres que
se podrían citar? Dialogar allí con ellos, estar en su
compañía y examinarlos sería el colmo de la felicidad.
En todo caso, los de allí no condenan a muerte por
esto. Por otras razones son los de allí más felices
que los de aquí, especialmente porque ya el resto del
tiempo son inmortales, si es verdad lo que se dice.
Es preciso que también vosotros, jueces, estéis llenos de
esperanza con respecto a la muerte y tengáis en el
ánimo esta sola verdad, que no existe mal alguno para
el hombre bueno, ni cuando vive ni después de muerto,
y que los dioses no se desentienden de sus
dificultades. Tampoco lo que ahora me ha sucedido ha
sido por casualidad, sino que tengo la evidencia de
que ya era mejor para mí morir y librarme de trabajos.
Por esta razón, en ningún momento la señal divina me
ha detenido y, por eso, no me irrito mucho con los que
me han condenado ni con los acusadores. No obstante,
ellos no me condenaron ni acusaron con esta idea, sino
creyendo que me hacían daño. Es justo que se les haga
este reproche. Sin embargo, les pido una sola cosa.
Cuando mis hijos sean mayores, atenienses, castigadlos
causándoles las mismas molestias que yo a vosotros, si
os parece que se preocupan del dinero o de otra cosa
cualquiera antes que de la virtud, y si creen que son
algo sin serlo, reprochadles, como yo a vosotros, que
no se preocupan de lo que es necesario y que creen ser
algo sin ser dignos de nada. Si hacéis esto, mis hijos
y yo habremos recibido un justo pago de vosotros. Pero
es ya hora de marcharnos, yo a morir y vosotros a
vivir. Quién de nosotros se dirige a una situación
mejor es algo oculto para todos, excepto para el dios.
ir arriba
|