LOS NARRADORES DE HISTORIAS
Existen pocos datos acerca de los Narradores de
Historias. Nunca se supo de dónde venían aquellos
hombres vestidos de negro. Llegaban en bicicletas al
anochecer y recorrían la plaza canturreando un pregón
suave.
—Historias, historias… ¿quién quiere oír una buena
historia?… Por una moneda relataban sucesos reales
o fantásticos: entreveros amorosos, leyendas
diabólicas, fabulitas arrabaleras o simples cuentos
zafados.
Sus mejores clientes eran las parejas de enamorados,
los linyeras, los Hombres Sensibles de Flores, Los
Muchachones Crueles y los Refutadores de Leyendas, que
se hacían contar historias para no creer en ellas.
Cuando no había candidatos, los Narradores
intercambiaban relatos entre ellos mismos.
Y a veces, en las noches lluviosas, los caminantes
vislumbraban siluetas solitarias contando historias al
viento.
Un rato antes del amanecer, se iban con rumbos
diferentes, a veces, interrumpiendo una frase, como si
obedecieran a alguna señal secreta. Sus nombres eran
desconocidos y a decir verdad, la gente apenas si
distinguía a algunos de ellos con apodos más bien
ocasionales, como El Barbudo, El Morochito o El
Petiso.
Los Hombres Sensibles sentían una cierta predilección
por las narraciones de El Sucio, también llamado
Letrina, un individuo maloliente y codicioso que
acostumbraba a detenerse en lo mejor del cuento para
exigir nuevos aportes. El hombre no concedía créditos
y muchas de sus historias quedaban sin final, a causa
de la insolvencia de sus oyentes.
Hoy los Narradores ya no andan por la plaza.
Quedan, sin embargo, retazos de algunos de sus
relatos.
Nosotros, sin pedir contribución alguna, obsequiaremos
a nuestros seguidores con una pequeña colección de
relatos que la muchachada del Ángel Gris conoció en
los años dorados del Barrio de Flores.
HISTORIA DEL HOMBRE QUE SABÍA QUE IBA A MORIR UN
VIERNES
Los poderes del Ángel Gris son muy limitados. Apenas
si es capaz de humildes milagros de cuarta categoría.
Por eso, cuando trata de favorecer a alguien, lo más
probable es que lo reseque para todo el viaje. Una
tarde, el Ángel comunicó al farmacéutico Luciano B.
Herrera que su muerte se produciría un día viernes.
Al principio, el sujeto aprovechó el dato con cierta
astucia: arriesgaba la vida sin temores en sus días de
inmortalidad, mientras que los viernes se encerraba
bajo siete llaves.
Muy pronto el miedo comenzó a trastornarlo. Los
domingos y lunes mantenía una relativa calma. Los
martes y miércoles lloraba en silencio. Los jueves
visitaba a sus amigos y parientes para despedirse de
ellos. Los viernes enloquecía y suplicaba clemencia a
gritos. Los sábados se emborrachaba para festejar su
buena suerte.
Las cosas fueron empeorando. Herrera tuvo que cerrar
la farmacia, cayó en la miseria y adquirió una
merecida reputación de chiflado.
Se suicidó un martes, ante el beneplácito de quienes
sostienen la doctrina del libre albedrío.
Los Refutadores de Leyendas pretenden demostrar la
inexistencia del Ángel Gris con esta historia, que
apenas alcanza para demostrar su ineficacia.
HISTORIA DE LA MUJER DEMASIADO HERMOSA
En la calle Bacacay vive una mujer muy hermosa. Tan
hermosa que no es posible describir su aspecto, pues
quien alcanza a verla se muere. La mujer está triste y
desesperada.
Todas las noches se sienta frente al espejo y pasa
largas horas tratando de afearse con estuques y
carmines. Pero no hay nada que hacerle: cada día está
más linda y más sola.
Su hermana —dicen— no vale gran cosa y sin embargo
tiene uno o quizá dos novios.
Los muchachos valientes de Flores juran que son
capaces de desafiar a la muerte con tal de ver a la
mujer demasiado hermosa.
Pero siempre llaman a puertas equivocadas, donde los
reciben señoritas vulgares o japoneses que no
comprenden el idioma.
HISTORIA DE LOS DEMONIOS DEL BAÑO DE LA ESTACIÓN
Una noche de invierno, el guitarrista Pizzurno se
metió en el baño de la estación Flores.
Mientras trataba de acomodarse en las inhóspitas
instalaciones, surgieron de lo profundo unas enormes
garras. Pizzurno trató de huir, pero fue aprisionado y
hundido, a través del sanitario, en un infierno
fétido. Allí está todavía, prisionero de los demonios,
que lo obligan a realizar humillantes comisiones. Sus
lamentos se oyen en las noches serenas. Algunos crotos
dicen haberlo visto remolcando barcas infernales bajo
la avenida Juan B. Justo, tumba del Maldonado.
Por eso nadie entra jamás en el baño de la estación
Flores.
Los peregrinos apurados prefieren pedir permiso en las
casas cercanas —en último caso— arriesgarse en los
bares de la calle Artigas.
En la boletería del ferrocarril aún guardan la
guitarra de Pizzurno.
HISTORIA DE LA MANZANA MISTERIOSA DE PARQUE CHAS
Existe en el barrio de Parque Chas una manzana acotada
por las calles Berna, Marsella, La Haya y Ginebra.
No es posible dar la vuelta a esa manzana.
Si alguien lo intenta, aparece en cualquier otro lugar
del barrio, por más que haya observado el método
riguroso de girar siempre a la izquierda o siempre a
la derecha.
Muchos investigadores han intentado la experiencia
formando grupos numerosos. Los resultados han sido
desalentadores. A veces sucede que el paseante sigue
en la misma calle aun después de doblar una esquina.
En 1957, un grupo de exploradores franceses desembocó
inexplicablemente en la estación de Villa Urquiza.
Urbanistas catalanes probaron suerte formando dos
equipos y partiendo cada uno en dirección opuesta. En
cualquier manzana de la ciudad es fatal que los grupos
se encuentren en la mitad del recorrido. Pero en este
lugar no sucede tal cosa y hasta se han dado casos en
que un equipo alcanza al otro por detrás.
Los más pertinaces han realizado excursiones a través
de los fondos de las casas, con el resultado de
aparecer siempre dejando a sus espaldas calles que no
habían cruzado jamás.
En estas experiencias se descubrió que muchos vecinos
son incapaces de indicar en qué calle viven. Asimismo,
existen casas que no dan a ninguna calle. Sus
habitantes se alimentan de sus propios cultivos o de
lo que generosamente les pasan por sobre las
medianeras.
Los taxistas afirman que ningún camino conduce a la
esquina de Àvalos y Cádiz y que, por lo tanto, es
imposible llegar a ese lugar.
En realidad, conviene no acercarse nunca a Parque Chas.
HISTORIA DE LAS SIRENAS DE SANTA RITA
Todas las noches a las dos, en una esquina de la calle
Sanabria, lejos de los poderes del Ángel Gris,
aparecen las Sirenas de Santa Rita. Se trata de
criaturas de perversa belleza, mitad princesas y mitad
milongueras.
Atraen a los caminantes desprevenidos con indecentes
pasos de danza y con un canto provocativo que dice
así:
Aquí bailan las Sirenas,
Sirenas de Santa Rita.
Lo que te dan con el cuerpo
con el alma te lo quitan.
Nuestros amores eternos
son como estrellas fugaces.
Somos fieles y constantes
con el primero que pase.
Sirenas, Sirenas...
que se miran y se tocan.
Le regalamos la muerte
al que nos bese en la boca.
Tal como anuncia la copla, el beso de las Sirenas es
fatal. Pero es imposible resistir la tentación.
Algunos camioneros audaces se atan con cadenas al
volante de sus vehículos y pasan por la calle Sanabria
para poder ver y escuchar este prodigio.
Por eso es que hay en esta zona muchísimos accidentes
de tránsito.
HISTORIA DE LOS BOLETOS EMBRUJADOS
Los colectiveros de Flores dicen que entre los miles
de boletos que venden hay uno —sólo uno— cuya cifra
expresa el misterio del Universo.
Quien conozca esta cifra sería sabio.
No se sabe si el boleto ha sido vendido ya o si
todavía permanece oculto en las herméticas máquinas
que se usan para despacharlos.
Es posible que en este momento algún pasajero ya
conozca el secreto del Cosmos. También puede haber
ocurrido que la persona favorecida haya tirado el
boleto sin consultar la cifra, o que la haya visto sin
saber interpretarla.
En la Avenida Rivadavia hablan de un boleto rojo, que
es el boleto del amor. Quien lo obtenga conseguirá la
adoración de todo el mundo, o al menos de sus
compañeros de viaje. Se menciona también un boleto
verde que condena a su poseedor a viajar eternamente,
sin bajarse jamás del colectivo.
En la línea 86 venden el boleto de la muerte, pero se
niegan a indicar cuál es su color y su número, para
evitar discusiones con los usuarios. En general, puede
afirmarse que todos los boletos influyen de algún modo
en nuestra vida. Los inspectores son —ante todo—
funcionarios del destino que impiden gambetear a la
suerte.
HISTORIA DE LOS LIGUSTROS VECINOS
Al sur de Flores existen dos ligustros.
Uno es propiedad del Ángel Gris. Si una pareja de
enamorados se recuesta en él para afilar, las hojas
ejercen una acción benefactora y excitante. Todas las
luces del barrio se apagan y un vals sentimental llega
desde las ramas de los árboles.
El otro ligustro es contiguo y pertenece a los Brujos
de Chiclana. Si alguien realiza maniobras de amor en
su follaje, padece las peores calamidades. Las damas
son raptadas por los brujos y los caballeros molidos a
palos.
No se sabe cuál es la exacta ubicación de estos
ligustros y es por eso que las parejas de Flores
prefieren los umbrales, los paredones y los yuyales.
Los Narradores de Historias fueron desplazados por las
diversiones modernas. Tal vez es más emocionante jugar
al billar japonés que oír cuentos sobre el tesoro de
la calle Neuquén o la mujer que nunca mentía.
En el barrio del Ángel Gris y en otros rincones de la
ciudad cunden narradores aficionados que relatan, con
la mayor torpeza, sus cotidianas peripecias de
oficina.
No hay que perder las esperanzas. Recorramos la plaza
noche a noche. Tal vez en el momento menos pensado
oigamos el antiguo pregón olvidado.
—Historias, historias.... ¿Quién quiere oír una buena
historia...?
EL RECUERDO Y EL OLVIDO EN EL BARRIO DE FLORES
En nuestros tiempos, no son muchas las personas de
buena memoria.
Salvo, desde luego, en el barrio de Flores.
Todos sabemos las cosas que se cuentan sobre el barrio
del Ángel Gris.
Y, aunque conviene desconfiar de cualquier testimonio
al respecto, es casi un hecho que los Hombres
Sensibles hacen alarde de recordarlo todo y suelen
ejercitarse en lances tan complicados como la tabla
del 113.
Esto puede sorprender a quienes han oído que los
Hombres Sensibles de Flores huyen de las precisiones
científicas como de la peste y son más bien proclives
a la improvisación.
Pero también ocurre que estos espíritus atorrantes
odian la muerte y sospechan que lo que se olvida, se
muere.
Por eso no es raro encontrar en los atardeceres de la
calle Artigas a los muchachos sombríos memorizando
versos murgueros, recordando la formación de Boca en
1955 o repitiendo en voz baja la lista de asistencia
del colegio secundario.
Están rescatando cosas de la muerte. A su manera, son
salvadores.
Entre tantos enemigos como tienen los Hombres
Sensibles, se hallan los Amigos del Olvido,
organización con sede en Caballito, que propugna la
abolición del recuerdo, según dicen porque duele.
“Todo recuerdo es triste”,
declaran estos caballeros.
Lo peor de estos impíos es su aire de inocencia, hijo
del olvido de sus culpas. Sus semblantes sonrientes
despiertan la simpatía de todos y cada día, docenas de
socios nuevos se inscriben en la sede de la calle
Rojas.
El grupo se organiza en subcomisiones que se encargan
a su turno de olvidar determinadas porciones del
universo.
Así, existe la Comisión de Olvido Permanente de Marcos
Ciani, destinada a borrar las huellas del veterano
piloto de Venado Tuerto. En sus reuniones la
subcomisión delibera sobre toda clase de asuntos, con
la excepción de aquéllos que se vinculen de algún modo
con Marcos Ciani.
Una rama radicalizada de los Amigos del Olvido declara
que los recuerdos no sólo son tristes sino también
falsos.
“Jamás se recuerda uno las cosas tal cual fueron”,
declaman. De modo que para esta gente, los recuerdos
son especies de sueños y los sueños no merecen sino el
desprecio.
Mientras tanto, los Hombres Sensibles tienen decidido
que sólo los sueños y los recuerdos son verdaderos,
ante la falsedad engañosa de lo que llamamos el
presente y la realidad.
¿Qué es más verdadero?, se preguntan. ¿El amable
recuerdo de nuestra primera novia, dulce, ansiosa,
inexplicable o esta señora contundente que compra
fruta en la verdulería de la calle Condarco?
No hace falta decir que los Amigos del Olvido son más
numerosos que los Hombres Sensibles o —al menos—
presumen de ello. Más justo sería aclarar que muchas
personas son Hombres Sensibles sin siquiera
sospecharlo.
Vale la pena admitir en este punto que hay quienes se
acercan a los Amigos del Olvido, no por simpatía
filosófica, sino animados por propósitos tan mezquinos
como el deseo de olvidarse de una señorita
inconstante. Tales infiltrados son descubiertos casi
siempre por los miembros de alguna comisión, quienes
poseen un olfato especial para distinguirlos. Las
sanciones son, en general, muy severas. Pero rara vez
se cumplen, precisamente porque los encargados de
ejecutarlas se olvidan de hacerlo.
Los Amigos del Olvido aman el futuro.
Pasan largas veladas contando hazañas que aún no han
cumplido y jactándose de los amores que tendrán alguna
vez.
Sostienen —además— que siempre es mejor lo que ha
ocurrido después. Constituye una experiencia
interesante proponer a la elección de un Amigo del
Olvido dos objetos cualesquiera. Siempre elegirán lo
que uno menciona en último término.
—¿Quiere usted un helado de crema o de chocolate?
—De chocolate.
—¿Lo prefiere usted de chocolate o de crema?
—De crema.
De este criterio surge un insoportable optimismo y
espíritu progresista. Cualquier novedad es acogida en
la sede de la calle Rojas con aplausos y vítores.
Los Hombres Sensibles —como todo el mundo sabe— odian
el futuro, porque han descubierto que en el futuro
está la muerte.
El enfrentamiento entre ambos grupos ha llegado muchas
veces a una módica violencia.
Pero las ofensas no dejan rastros.
En unos, porque olvidan. En los otros, porque
perdonan.
Según los Amigos del Olvido, la existencia de medios
idóneos para almacenar el conocimiento torna inútil
todo esfuerzo mental al respecto.
Poco sentido tiene —arguyen— memorizar la historia de
los fenicios, cuando hay libros que la atesoran
cabalmente.
Al oír esto, los Hombres Sensibles se enfurecen:
—Eh... los libros sólo son recipientes que contienen
lo que luego han de beber los hombres...
Pero a estas alturas, los Amigos del Olvido ya están
en otra cosa.
Muchos Hombres Sensibles temen a las computadoras, a
las calculadoras electrónicas y al Cerebro Mágico.
Sostienen que el uso de estos aparatos embota el
ingenio y atrofia el intelecto.
Por eso es que, con toda frecuencia, una melancólica
patota recorre el barrio del Ángel Gris, destruyendo
las máquinas de pensar que suelen cundir en las
oficinas, para no mencionar las cajas registradoras de
los bares, los fixtures de Glostora, las balanzas y
los relojes automáticos. (A la hora de destruir, los
Hombres Sensibles se enardecen y no se andan con
sutilezas.)
En su larga lucha contra el recuerdo y la memoria, los
Amigos del Olvido han desarrollado interesantes
estrategias. Pero, sin ninguna duda, su más importante
hallazgo fue el Licor del Olvido, un cordial de
existencia incierta que —según parece— tiene la virtud
de abolir el pasado en quien lo toma.
En épocas lejanas, los hombres de la calle Rojas se
limitaban a beber ellos mismos su licor,
emborrachándose locamente de esperanzas sin presagios.
Pero luego empezaron a mezclar el licor en la ginebra
de los Hombres Sensibles, para inducirlos a olvidar.
Pero lo peor ocurrió cuando los Hombres Sensibles
alcanzaron a destilar el Vino del Recuerdo, cuyos
efectos son —como ya se sospechará— opuestos a los del
licor.
También los muchachos del Ángel Gris recorrieron el
mismo camino: bebieron solos primero y trataron
después de usurpar las copas de los que nada
recuerdan.
Y esto fue terrible. Porque si el Licor del Olvido y
el Vino del Recuerdo son de por sí peligrosos, la
mezcla es verdaderamente mortal.
El autor de esta nota cree haber probado —sin
sospecharlo— ese espantoso cóctel.
Sus efectos se traducen en oscuras añoranzas de lo que
vendrá, en olvidos de lo que nunca fue y en un sabor
amargo y dulce que hace llorar.
Las señoritas amigas del olvido suelen pasearse por el
barrio de Flores para enamorar a los Hombres
Sensibles.
Los muchachos del Ángel Gris —bien lo sabemos— son de
corazón blando y se enamoran para siempre.
Entonces las señoritas de Caballito se olvidan de
ellos y los abandonan sin remordimiento.
Estos tristes episodios propenden —sin embargo— al
florecimiento de las artes en Flores, pues los Hombres
Sensibles suelen componer sus mejores versos, elaborar
sus canciones más sentidas y tallar sus más hermosos
anillos cuando sufren.
Poco cuesta imaginar cuál será el fin de esta lucha
entre el olvido y la memoria.
Los Hombres Sensibles de Flores están derrotados. De
nada les valdrá oponerse a la muerte, porque la muerte
llegará de todos modos.
De nada servirá su pasión por la memoria, pues toda
memoria es perecedera. Y —en definitiva— el tiempo es
el mejor aliado de los Amigos del Olvido.
Pero es obligación de todos nosotros hacer un poco de
fuerza por los muchachos de Flores, para que su
derrota sea más honrosa.
Recordemos, recordemos todo el tiempo. No olvidemos
nada. Ni el color de nuestras corbatas perdidas, ni el
olor a tiza y sudor del colegio, ni el calor del
asfalto sobre los pies descalzos, ni el gusto a jazmín
de los besos en la noche, ni el aroma de la untura
blanca.
Si nos espera el olvido, tratemos de no merecerlo.
Y pensemos que después de todo, aunque la victoria
final sea de los Amigos del Olvido, será un triunfo
sin festejo. Nadie lo recordará jamás.
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