ALEJANDRO DOLINA

Alejandro Dolina nació en Baigorritas en 1945 y se crió en Caseros. Periodista, humorista, dramaturgo y narrador de historias, participó de las revistas Satiricón, Mengano y Humor.

Integran su producción literaria Crónicas del Ángel Gris y El barrio del Ángel Gris, esta última como dramaturgo, mereciendo el premio Argentores 1991. Tres años más tarde protagoniza como actor y cantante, Teatro de medianoche; y poco después concluye la opereta Lo que me costó el amor de Laura (1998); en 1999 publica El libro del fantasma. Tanto su dramaturgia como su narrativa es transitada por personajes gratos a su mitología personal: héroes y semihéroes de barrio. Es propia de él tanto la falsa como la verdadera erudición, abarcando desde los griegos hasta los payadores.

 

 

CRÓNICAS DEL ÁNGEL GRIS

 

LOS NARRADORES DE HISTORIAS

 

Existen pocos datos acerca de los Narradores de Historias. Nunca se supo de dónde venían aquellos hombres vestidos de negro. Llegaban en bicicletas al anochecer y recorrían la plaza canturreando un pregón suave.

Historias, historias… ¿quién quiere oír una buena historia?… Por una moneda relataban sucesos reales o fantásticos: entreveros amorosos, leyendas diabólicas, fabulitas arrabaleras o simples cuentos zafados.

Sus mejores clientes eran las parejas de enamorados, los linyeras, los Hombres Sensibles de Flores, Los Muchachones Crueles y los Refutadores de Leyendas, que se hacían contar historias para no creer en ellas.

Cuando no había candidatos, los Narradores intercambiaban relatos entre ellos mismos.

Y a veces, en las noches lluviosas, los caminantes vislumbraban siluetas solitarias contando historias al viento.

Un rato antes del amanecer, se iban con rumbos diferentes, a veces, interrumpiendo una frase, como si obedecieran a alguna señal secreta. Sus nombres eran desconocidos y a decir verdad, la gente apenas si distinguía a algunos de ellos con apodos más bien ocasionales, como El Barbudo, El Morochito o El Petiso.

Los Hombres Sensibles sentían una cierta predilección por las narraciones de El Sucio, también llamado Letrina, un individuo maloliente y codicioso que acostumbraba a detenerse en lo mejor del cuento para exigir nuevos aportes. El hombre no concedía créditos y muchas de sus historias quedaban sin final, a causa de la insolvencia de sus oyentes.

Hoy los Narradores ya no andan por la plaza.

Quedan, sin embargo, retazos de algunos de sus relatos.

Nosotros, sin pedir contribución alguna, obsequiaremos a nuestros seguidores con una pequeña colección de relatos que la muchachada del Ángel Gris conoció en los años dorados del Barrio de Flores.

 

 

HISTORIA DEL HOMBRE QUE SABÍA QUE IBA A MORIR UN VIERNES

 

Los poderes del Ángel Gris son muy limitados. Apenas si es capaz de humildes milagros de cuarta categoría. Por eso, cuando trata de favorecer a alguien, lo más probable es que lo reseque para todo el viaje. Una tarde, el Ángel comunicó al farmacéutico Luciano B. Herrera que su muerte se produciría un día viernes.

Al principio, el sujeto aprovechó el dato con cierta astucia: arriesgaba la vida sin temores en sus días de inmortalidad, mientras que los viernes se encerraba bajo siete llaves.

Muy pronto el miedo comenzó a trastornarlo. Los domingos y lunes mantenía una relativa calma. Los martes y miércoles lloraba en silencio. Los jueves visitaba a sus amigos y parientes para despedirse de ellos. Los viernes enloquecía y suplicaba clemencia a gritos. Los sábados se emborrachaba para festejar su buena suerte.

Las cosas fueron empeorando. Herrera tuvo que cerrar la farmacia, cayó en la miseria y adquirió una merecida reputación de chiflado.

Se suicidó un martes, ante el beneplácito de quienes sostienen la doctrina del libre albedrío.

Los Refutadores de Leyendas pretenden demostrar la inexistencia del Ángel Gris con esta historia, que apenas alcanza para demostrar su ineficacia.

 

 

HISTORIA DE LA MUJER DEMASIADO HERMOSA

 

En la calle Bacacay vive una mujer muy hermosa. Tan hermosa que no es posible describir su aspecto, pues quien alcanza a verla se muere. La mujer está triste y desesperada.

Todas las noches se sienta frente al espejo y pasa largas horas tratando de afearse con estuques y carmines. Pero no hay nada que hacerle: cada día está más linda y más sola.

Su hermana —dicen— no vale gran cosa y sin embargo tiene uno o quizá dos novios.

Los muchachos valientes de Flores juran que son capaces de desafiar a la muerte con tal de ver a la mujer demasiado hermosa.

Pero siempre llaman a puertas equivocadas, donde los reciben señoritas vulgares o japoneses que no comprenden el idioma.

 

 

HISTORIA DE LOS DEMONIOS DEL BAÑO DE LA ESTACIÓN

 

Una noche de invierno, el guitarrista Pizzurno se metió en el baño de la estación Flores.

Mientras trataba de acomodarse en las inhóspitas instalaciones, surgieron de lo profundo unas enormes garras. Pizzurno trató de huir, pero fue aprisionado y hundido, a través del sanitario, en un infierno fétido. Allí está todavía, prisionero de los demonios, que lo obligan a realizar humillantes comisiones. Sus lamentos se oyen en las noches serenas. Algunos crotos dicen haberlo visto remolcando barcas infernales bajo la avenida Juan B. Justo, tumba del Maldonado.

Por eso nadie entra jamás en el baño de la estación Flores.

Los peregrinos apurados prefieren pedir permiso en las casas cercanas —en último caso— arriesgarse en los bares de la calle Artigas.

En la boletería del ferrocarril aún guardan la guitarra de Pizzurno.

 

 

HISTORIA DE LA MANZANA MISTERIOSA DE PARQUE CHAS

 

Existe en el barrio de Parque Chas una manzana acotada por las calles Berna, Marsella, La Haya y Ginebra.

No es posible dar la vuelta a esa manzana.

Si alguien lo intenta, aparece en cualquier otro lugar del barrio, por más que haya observado el método riguroso de girar siempre a la izquierda o siempre a la derecha.

Muchos investigadores han intentado la experiencia formando grupos numerosos. Los resultados han sido desalentadores. A veces sucede que el paseante sigue en la misma calle aun después de doblar una esquina.

En 1957, un grupo de exploradores franceses desembocó inexplicablemente en la estación de Villa Urquiza.

Urbanistas catalanes probaron suerte formando dos equipos y partiendo cada uno en dirección opuesta. En cualquier manzana de la ciudad es fatal que los grupos se encuentren en la mitad del recorrido. Pero en este lugar no sucede tal cosa y hasta se han dado casos en que un equipo alcanza al otro por detrás.

Los más pertinaces han realizado excursiones a través de los fondos de las casas, con el resultado de aparecer siempre dejando a sus espaldas calles que no habían cruzado jamás.

En estas experiencias se descubrió que muchos vecinos son incapaces de indicar en qué calle viven. Asimismo, existen casas que no dan a ninguna calle. Sus habitantes se alimentan de sus propios cultivos o de lo que generosamente les pasan por sobre las medianeras.

Los taxistas afirman que ningún camino conduce a la esquina de Àvalos y Cádiz y que, por lo tanto, es imposible llegar a ese lugar.

En realidad, conviene no acercarse nunca a Parque Chas.

 

 

HISTORIA DE LAS SIRENAS DE SANTA RITA

 

Todas las noches a las dos, en una esquina de la calle Sanabria, lejos de los poderes del Ángel Gris, aparecen las Sirenas de Santa Rita. Se trata de criaturas de perversa belleza, mitad princesas y mitad milongueras.

Atraen a los caminantes desprevenidos con indecentes pasos de danza y con un canto provocativo que dice así:

 

Aquí bailan las Sirenas,

Sirenas de Santa Rita.

Lo que te dan con el cuerpo

con el alma te lo quitan.

 

Nuestros amores eternos

son como estrellas fugaces.

Somos fieles y constantes

con el primero que pase.

 

Sirenas, Sirenas...

que se miran y se tocan.

Le regalamos la muerte

al que nos bese en la boca.

 

Tal como anuncia la copla, el beso de las Sirenas es fatal. Pero es imposible resistir la tentación.

Algunos camioneros audaces se atan con cadenas al volante de sus vehículos y pasan por la calle Sanabria para poder ver y escuchar este prodigio.

Por eso es que hay en esta zona muchísimos accidentes de tránsito.

 

 

HISTORIA DE LOS BOLETOS EMBRUJADOS

 

Los colectiveros de Flores dicen que entre los miles de boletos que venden hay uno —sólo uno— cuya cifra expresa el misterio del Universo.

Quien conozca esta cifra sería sabio.

No se sabe si el boleto ha sido vendido ya o si todavía permanece oculto en las herméticas máquinas que se usan para despacharlos.

Es posible que en este momento algún pasajero ya conozca el secreto del Cosmos. También puede haber ocurrido que la persona favorecida haya tirado el boleto sin consultar la cifra, o que la haya visto sin saber interpretarla.

En la Avenida Rivadavia hablan de un boleto rojo, que es el boleto del amor. Quien lo obtenga conseguirá la adoración de todo el mundo, o al menos de sus compañeros de viaje. Se menciona también un boleto verde que condena a su poseedor a viajar eternamente, sin bajarse jamás del colectivo.

En la línea 86 venden el boleto de la muerte, pero se niegan a indicar cuál es su color y su  número, para evitar discusiones con los usuarios. En general, puede afirmarse que todos los boletos influyen de algún modo en nuestra vida. Los inspectores son —ante todo— funcionarios del destino que impiden gambetear a la suerte.

 

 

HISTORIA DE LOS LIGUSTROS VECINOS

 

Al sur de Flores existen dos ligustros.

Uno es propiedad del Ángel Gris. Si una pareja de enamorados se recuesta en él para afilar, las  hojas ejercen una acción benefactora y excitante. Todas las luces del barrio se apagan y un vals sentimental llega desde las ramas de los árboles.

El otro ligustro es contiguo y pertenece a los Brujos de Chiclana. Si alguien realiza maniobras de amor en su follaje, padece las peores calamidades. Las damas son raptadas por los brujos y los caballeros molidos a palos.

No se sabe cuál es la exacta ubicación de estos ligustros y es por eso que las parejas de Flores prefieren los umbrales, los paredones y los yuyales.

 

Los Narradores de Historias fueron desplazados por las diversiones modernas. Tal vez es más emocionante jugar al billar japonés que oír cuentos sobre el tesoro de la calle Neuquén o la mujer que nunca mentía.

En el barrio del Ángel Gris y en otros rincones de la ciudad cunden narradores aficionados que relatan, con la mayor torpeza, sus cotidianas peripecias de oficina.

No hay que perder las esperanzas. Recorramos la plaza noche a noche. Tal vez en el momento menos pensado oigamos el antiguo pregón olvidado.

—Historias, historias.... ¿Quién quiere oír una buena historia...?

 

 

EL RECUERDO Y EL OLVIDO EN EL BARRIO DE FLORES

 

En nuestros tiempos, no son muchas las personas de buena memoria.

Salvo, desde luego, en el barrio de Flores.

Todos sabemos las cosas que se cuentan sobre el barrio del Ángel Gris.

Y, aunque conviene desconfiar de cualquier testimonio al respecto, es casi un hecho que los Hombres Sensibles hacen alarde de recordarlo todo y suelen ejercitarse en lances tan complicados como la tabla del 113.

Esto puede sorprender a quienes han oído que los Hombres Sensibles de Flores huyen de las precisiones científicas como de la peste y son más bien proclives a la improvisación.

Pero también ocurre que estos espíritus atorrantes odian la muerte y sospechan que lo que se olvida, se muere.

Por eso no es raro encontrar en los atardeceres de la calle Artigas a los muchachos sombríos memorizando versos murgueros, recordando la formación de Boca en 1955 o repitiendo en voz baja la lista de asistencia del colegio secundario.

Están rescatando cosas de la muerte. A su manera, son salvadores.

 

Entre tantos enemigos como tienen los Hombres Sensibles, se hallan los Amigos del Olvido, organización con sede en Caballito, que propugna la abolición del recuerdo, según dicen porque duele.

“Todo recuerdo es triste”, declaran estos caballeros.

Lo peor de estos impíos es su aire de inocencia, hijo del olvido de sus culpas. Sus semblantes sonrientes despiertan la simpatía de todos y cada día, docenas de socios nuevos se inscriben en la sede de la calle Rojas.

El grupo se organiza en subcomisiones que se encargan a su turno de olvidar determinadas porciones del universo.

Así, existe la Comisión de Olvido Permanente de Marcos Ciani, destinada a borrar las huellas del veterano piloto de Venado Tuerto. En sus reuniones la subcomisión delibera sobre toda clase de asuntos, con la excepción de aquéllos que se vinculen de algún modo con Marcos Ciani.

Una rama radicalizada de los Amigos del Olvido declara que los recuerdos no sólo son tristes sino también falsos.

“Jamás se recuerda uno las cosas tal cual fueron”, declaman. De modo que para esta gente, los recuerdos son especies de sueños y los sueños no merecen sino el desprecio.

Mientras tanto, los Hombres Sensibles tienen decidido que sólo los sueños y los recuerdos son verdaderos, ante la falsedad engañosa de lo que llamamos el presente y la realidad.

¿Qué es más verdadero?, se preguntan. ¿El amable recuerdo de nuestra primera novia, dulce, ansiosa, inexplicable o esta señora contundente que compra fruta en la verdulería de la calle Condarco?

No hace falta decir que los Amigos del Olvido son más numerosos que los Hombres Sensibles o —al menos— presumen de ello. Más justo sería aclarar que muchas personas son Hombres Sensibles sin siquiera sospecharlo.

Vale la pena admitir en este punto que hay quienes se acercan a los Amigos del Olvido, no por simpatía filosófica, sino animados por propósitos tan mezquinos como el deseo de olvidarse de una señorita inconstante. Tales infiltrados son descubiertos casi siempre por los miembros de alguna comisión, quienes poseen un olfato especial para distinguirlos. Las sanciones son, en general, muy severas. Pero rara vez se cumplen, precisamente porque los encargados de ejecutarlas se olvidan de hacerlo.

Los Amigos del Olvido aman el futuro.

Pasan largas veladas contando hazañas que aún no han cumplido y jactándose de los amores que tendrán alguna vez.

Sostienen —además— que siempre es mejor lo que ha ocurrido después. Constituye una experiencia interesante proponer a la elección de un Amigo del Olvido dos objetos cualesquiera. Siempre elegirán lo que uno menciona en último término.

—¿Quiere usted un helado de crema o de chocolate?

—De chocolate.

—¿Lo prefiere usted de chocolate o de crema?

—De crema.

 

De este criterio surge un insoportable optimismo y espíritu progresista. Cualquier novedad es acogida en la sede de la calle Rojas con aplausos y vítores.

Los Hombres Sensibles —como todo el mundo sabe— odian el futuro, porque han descubierto que en el futuro está la muerte.

El enfrentamiento entre ambos grupos ha llegado muchas veces a una módica violencia.

Pero las ofensas no dejan rastros.

En unos, porque olvidan. En los otros, porque perdonan.

 

Según los Amigos del Olvido, la existencia de medios idóneos para almacenar el conocimiento torna inútil todo esfuerzo mental al respecto.

Poco sentido tiene —arguyen— memorizar la historia de los fenicios, cuando hay libros que la atesoran cabalmente.

Al oír esto, los Hombres Sensibles se enfurecen:

—Eh... los libros sólo son recipientes que contienen lo que luego han de beber los hombres...

Pero a estas alturas, los Amigos del Olvido ya están en otra cosa.

Muchos Hombres Sensibles temen a las computadoras, a las calculadoras electrónicas y al Cerebro Mágico.

Sostienen que el uso de estos aparatos embota el ingenio y atrofia el intelecto.

Por eso es que, con toda frecuencia, una melancólica patota recorre el barrio del Ángel Gris, destruyendo las máquinas de pensar que suelen cundir en las oficinas, para no mencionar las cajas registradoras de los bares, los fixtures de Glostora, las balanzas y los relojes automáticos. (A la hora de destruir, los Hombres Sensibles se enardecen y no se andan con sutilezas.)

 

En su larga lucha contra el recuerdo y la memoria, los Amigos del Olvido han desarrollado interesantes estrategias. Pero, sin ninguna duda, su más importante hallazgo fue el Licor del Olvido, un cordial de existencia incierta que —según parece— tiene la virtud de abolir el pasado en quien lo toma.

En épocas lejanas, los hombres de la calle Rojas se limitaban a beber ellos mismos su licor, emborrachándose locamente de esperanzas sin presagios.

Pero luego empezaron a mezclar el licor en la ginebra de los Hombres Sensibles, para inducirlos a olvidar.

Pero lo peor ocurrió cuando los Hombres Sensibles alcanzaron a destilar el Vino del Recuerdo, cuyos efectos son —como ya se sospechará— opuestos a los del licor.

También los muchachos del Ángel Gris recorrieron el mismo camino: bebieron solos primero y trataron después de usurpar las copas de los que nada recuerdan.

Y esto fue terrible. Porque si el Licor del Olvido y el Vino del Recuerdo son de por sí peligrosos, la mezcla es verdaderamente mortal.

 

El autor de esta nota cree haber probado —sin sospecharlo— ese espantoso cóctel.

Sus efectos se traducen en oscuras añoranzas de lo que vendrá, en olvidos de lo que nunca fue y en un sabor amargo y dulce que hace llorar.

Las señoritas amigas del olvido suelen pasearse por el barrio de Flores para enamorar a los Hombres Sensibles.

Los muchachos del Ángel Gris —bien lo sabemos— son de corazón blando y se enamoran para siempre.

Entonces las señoritas de Caballito se olvidan de ellos y los abandonan sin remordimiento.

Estos tristes episodios propenden —sin embargo— al florecimiento de las artes en Flores, pues los Hombres Sensibles suelen componer sus mejores versos, elaborar sus canciones más sentidas y tallar sus más hermosos anillos cuando sufren.

Poco cuesta imaginar cuál será el fin de esta lucha entre el olvido y la memoria.

Los Hombres Sensibles de Flores están derrotados. De nada les valdrá oponerse a la muerte, porque la muerte llegará de todos modos.

De nada servirá su pasión por la memoria, pues toda memoria es perecedera. Y —en definitiva— el tiempo es el mejor aliado de los Amigos del Olvido.

Pero es obligación de todos nosotros hacer un poco de fuerza por los muchachos de Flores, para que su derrota sea más honrosa.

Recordemos, recordemos todo el tiempo. No olvidemos nada. Ni el color de nuestras corbatas perdidas, ni el olor a tiza y sudor del colegio, ni el calor del asfalto sobre los pies descalzos, ni el gusto a jazmín de los besos en la noche, ni el aroma de la untura blanca.

Si nos espera el olvido, tratemos de no merecerlo.

Y pensemos que después de todo, aunque la victoria final sea de los Amigos del Olvido, será un triunfo sin festejo. Nadie lo recordará jamás.

 

 

 

 

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