RAÚL GONZÁLEZ TUÑÓN

Raúl González Tuñón (1905/1974), uno de los más importantes poetas argentinos del siglo XX, hijo de obreros españoles, nació “en el Once surero, cuando aún la luna bajaba hasta los patios”, Buenos Aires, en marzo de 1905. A los diez y siete años da sus primeros pasos: Caras y Caretas le paga por primera vez una poesía. A partir de allí sus trabajos aparecerán en otras publicaciones de la época: Inicial, Proa, Martín Fierro. Comienza a viajar como corresponsal, en principio por el interior del país. Luego recorre Europa donde se vincula con los principales referentes de las letras (Lorca, Neruda, Hernández, Alberti, Guillén, Vallejo). Regresa para recorrer Brasil, el Chaco Paraguayo —como corresponsal de guerra del diario Crítica— , cubrió la Patagonia rebelde y visitó luego la Unión Soviética y China. Durante un tiempo residió en Chile. El diario Clarín también lo tuvo entre sus colaboradores. Compartió con el grupo Florida los experimentos formales, y con el de Boedo la preocupación social, que fue acentuándose con el tiempo.

Funda la revista Contra (1933) y, a raíz de un poema publicado en ella (“demos a la dialéctica materialista el vuelo lírico de nuestras fantasías”), es detenido y procesado por “incitación a la rebelión”. Paradójicamente ese mismo poema le valió la reprobación de su partido político por su tono burgués.

Su producción se inicia con El violín del diablo (1926) y Miércoles de ceniza (1928), con los que trae al escenario poético lugares y personajes poco prestigiados de los 20 (el puerto, el conventillo, los prostíbulos); continúa con La calle del agujero en la media (1930), escrito en París, donde recoge pequeñas impresiones sensoriales (miradas, personajes, situaciones, relámpagos de vida) y las desarrolla con un tono poético alejado de la cadencia rítmica inicial; En El otro lado de la Estrella y Todos bailan (ambos de 1934), en el último de los cuales se incluyen los Poemas de Juancito Caminador (inspirado en un prestidigitador sureño de quien se hace amigo entre otras cosas porque tiene el mismo nombre de su whisky preferido), continúa con el estilo de verso amplio a veces fundido en la prosa, e incorpora a la bohemia del vagabundo la actitud solidaria y hasta combativa del hombre; su temática comienza a registrar el clima pre-bélico y el gangsterismo, anunciando la llegada de su próxima poesía política; con La rosa blindada (1936) inspirada en un levantamiento minero en Asturias durante su estada en España (1933) se lanza de lleno a la poesía revolucionaria y desarrolla su obra al amparo del recuerdo de Manuel Tuñón, su abuelo, nacido en Mieres, quien lo llevara de pequeño a una manifestación socialista. Participa de la Guerra Civil Española como ferviente antifascista. Siguen luego nuevos trabajos del mismo cuño: La muerte en Madrid (1939), Primer canto argentino (1945), Todos los hombres del mundo son hermanos (1954), A la sombra de los barrios amados (1957), Demanda contra el olvido (1963).

En los '50 jóvenes poetas que lo siguen en su camino artístico y político fundan el grupo literario Pan duro, del que surge el primer libro de su principal discípulo, Juan Gelman (Violín y otras cuestiones), y la editorial La Rosa Blindada.

Escribió además obras de teatro: El descosido, La cueva caliente y Dan tres vueltas y se van (en colaboración con Nicolás Olivari). Recibió el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1972.

Dos años más tarde, un agosto distinto, murió en una Buenos Aires sin luna en los patios y miedo en el alma, mientras preparaba un poema en homenaje al cantor chileno Víctor Jara.

 

 

 LLUVIA Y OTROS POEMAS

 

LLUVIA

    Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.
    Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en los maremotos que se han tragado tantas espléndidas islas de extraños nombres.
    De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.
    De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y la lectura tranquila corre a su lado por los canales del sueño.
    Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban:
    No habían despertado todavía al amor.
    No sabían nada de nosotros.
    De nuestro secreto.
    Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la ternura de nuestra fatiga.
    Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que hemos visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o sospechado, los ademanes y las palabras de ellos, todo, todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en nuestra posible muerte única, en nuestra posible resurrección.
    Te quiero con toda la ternura de la lluvia.
    Te quiero con toda la furia de la lluvia.
    Te quiero con todos los violines de la lluvia.
    Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién estamos descubriendo los puentes y las casas, las ventanas y las luces, los barcos y los horizontes.
    Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana, increíble, pero, tan real, numerosa, pero tan mía.
    Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.
    Oh, visitante.
    Ya es seguro que ningún desvío nos separará.
    Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida, hacia el destino único.
    Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.
    Ni en nuestra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la línea del otoño.
    Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya muerto, cuando tú y yo seamos sombras, y todavía estemos pegados, juntos, subiendo siempre la callejuela sin fin de una pasión irremediable.
    Oh, visitante.
    Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.
    Estoy tocado de tu destino.
    Al extremo de que nada te pertenece sino yo.
    Al extremo de que nada me pertenece sino tú.
    Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta, ya al caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los muros, ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las fugitivas luces rojas de los automóviles, ya al inundar los barrios de nuestra solidaridad y de nuestra esperanza, los humildes barrios de los trabajadores.
    La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría. Oh, íntima, recóndita alegría.
    Estoy tocado de tu destino.
    Oh, lluvia. Oh, generosa.
 

 

BLUES DE LOS PEQUEÑOS DESHOLLINADORES

    ¿Te acuerdas de los turcos vendedores de
    madapolán
    y de los muñecos de trapo quemados en la
    noche de San Juan?

    ¿Te acuerdas de los pequeños deshollinadores
    y de los negros candomberos
    y de mí que en las tardes de lluvia
    detrás de los vidrios
    miraba el paisaje caído en la zanja?

    ¿Te acuerdas del muro del día escalado, ardido
    mordido como una
    fruta?

    ¿Te acuerdas de María Celeste?
    Pues hoy María Celeste es una
    prostituta.

    ¿Te acuerdas de la tienda fresca, violeta, rosa
    y el torcido y verde farol?
    ¿Te acuerdas de Juan el Broncero?
    Pues Juan el Broncero es hoy
    un ladrón.

    ¿Te acuerdas de los pequeños deshollinadores
    oscuros, oscuros?
    Pues hoy los pequeños deshollinadores son hombres
    maduros
    que chillan en las cantinas,
    escupen polvo en las negras fábricas
    y aguardan las putas fugaces
    en los baldíos y las esquinas.
 

 

BLUES DE LA BOHARDILLA

    Estoy solo en mi cuarto y por eso viene la fiebre verde a devorarme.
    Cómo te diré mi más bello poema, oh, pequeña amiga,
    qué hará mi corazón tan solo.
    Los tejados deslizan hasta el suelo musgo y cantos de pájaros.
    Otras tantas muertes ruedan por la canaleta del día.
    Las lavanderas inclinadas en las bateas y los chiquillos mocosos que crecerán sin cultura.
    Los obreros que vuelven de los talleres sólo recuerdan ruidos.
    El rumor de la ciudad achicado, perdido en el rumor de las alcantarillas.
    El muro del asilo fresco y sonoro, y dos árboles, y dos ventanas y dos luces y dos vientos y dos pesos. Solamente dos pesos.
    Y el reloj que no quiere detenerse para aguardarte y sigue palpitando el tiempo.
    Y los libros ya manoseados llenos del drama que superamos.
    Y los retratos, otras tantas muertes colgadas.
    Otras tantas muertes ruedan por la canaleta del día.
    Y el penúltimo cigarrillo que arrojamos sin sentir por el ojo de buey de la soledad.
    Y el trepidar del tren asombrando la entraña de la tierra.
    Un grupo de croatas ha invadido la zona del Bertchold en busca de oro.
    Los hombres dentro del túnel buscan el oro que nace sucio y socavan la sociedad cuya base no podrá ser el sucio dinero.
    Los cadáveres marchan con una linterna en la frente.
    Así murió el padre de Catalina.
    Un hilo de sangre le salía de la boca al asesino.
    Nada se sabe del submarino hundido.
    Señores profesores: La economía política es también poesía.
    Piensa que en el fondo de los mares andaba y apenas salía a flote para ver con su único ojo terrible los navíos a la distancia.
    Piensa que fue afilado y sereno y tuvo gracia de perfectos tornillos.
    74 hombres están agonizando dentro del submarino.
    A la hora de cerrar esta edición.
    A semejante profundidad no llegarán los buzos, el cable de oxígeno, el discurso del Almirante, los sollozos de los parientes, los nombres de las tabernas, las mujerzuelas de los muelles, el hinchado vientre del puerto, nuestro viejo amigo.
    Paciencia.
    Ayer enterraron al tercer pistolero muerto.
    Es tiempo de ocuparse del hombre.
    De Dios nos ocuparemos más tarde.
    Y cada uno puede cultivarlo a su hora.
    ¡Viva Nicolás Lenin!
    A los 15 años me dicidí por la aventura y soy en potencia el más grande de los aventureros.
 

 

LOS SEIS HERMANOS RÁPIDOS DEDOS EN EL GATILLO 

"Los Genna, cuyo nombre suena como
un zumbido agónico…"
Fred Pasley

    Los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo
    —Earl Himie Weiss no pudo llevarlos a dar una vuelta—
    oían cantar a Sam Samoots Amatuma “guantes de seda”
    —Sam Samoots qué bien cantaba guantes de seda en el alma.
    En la taberna de los Cuatro 2 y "de parte de Al",
    una sonrisa le regalaban en cada tiro
    y para el alba del mostrador cerveza y éter
    los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.
    Los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo
    —muerte de orilla, ventana pronta, noche de duelo—
    con la mirada le decretaban la sepultura
    —aquellos tiempos de los O’Banion, de los Aiello—
    Y eran los días larga aventura sobre el acero,
    altos camiones, puertas cerradas y canastillos.

    Alegres flores, naipes quebrados, nieve en la calle
    los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.
    Los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo
    sentimentales bandoneonistas de las terceras
    fichas pesadas de barberías y de prisiones,
    ágiles piernas en las batidas y en las ruletas,
    funambulismos, magia fullera, clima de circo,
    y amores fáciles en las riberas de los domingos
    y cuchicheos bajo las luces de los garages
    los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.
    Pero Sam Samoots murió fregándose ajo y cantando,
    Al está preso, Joe Howard duerme como los niños
    y ya están muertos, las manos juntas, los ojos blancos
    los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.
    Sí, camaradas, y los entierros fueron suntuosos
    y ángeles negros revolotearon sobre las tumbas
    y ya están muertos, los ojos blancos, las manos juntas
    los Seis Hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo.

 

 

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