W. H. AUDEN

Wystan Hugh Auden (1907/1973) es un destacado poeta y dramaturgo inglés nacido en York. Hijo de un médico, desdeñó la ciencia para dedicarse a la poesía. En 1925 ingresó en el Christ Church College de Oxford, donde se convirtió en la pieza central de un grupo de intelectuales entre los que figuraban Stephen Spender, Christopher Isherwood, Cecil Day Lewis y Louis MacNeice. Después de concluir sus estudios, en 1928, fue maestro de escuela en Escocia e Inglaterra por espacio de cinco años. Durante la década de 1930, junto a notables intelectuales y sensibilizado por la realidad social, desarrolla una marcada tendencia izquierdista.

Considerado como el más influyente desde T. S. Elliot, fue un artista capaz de aceptar su tiempo como un desafío de la vida. Transitó el convulsionado siglo veinte incluyendo en su obra cada una de las expresiones de la época. Su punto culminante es “El mar y el espejo” en la que transmite su obstinación poética y su gusto por la creación con una valentía despojada de eufemismos.

Su producción incluye los siguientes libros: Poems (1930 y 1933), con el que consolida su fama, trata sobre el derrumbe de la sociedad capitalista inglesa. Luego vendrán The Orators (1932), Look, Stranger! (1936, en Estados Unidos titulado On This Island), Spain (1937), Another Time (1940), New Year Letter (1941, en Estados Unidos titulado The Double Man), For the Time Being (1944, libro que incluía “El mar y el espejo”), The Age of Anxiety (1947) por el cual recibe el premio Pulitzer de poesía en 1948, Nones (1952), The Shield of Achilles (1955), Horae Canonicae (1949-1952), Homage to Clio (1960), About the House (1965), City Without Walls (1969), Academic Graffiti (1971), Epistle to a Godson (1972) y Thank you, Fog (1974).

Sus obras teatrales son Paid On Both Sides (1928), The Dance of Death (1933), y las tres escritas en colaboración con Christopher Isherwood: The dog beneath the skin (1935), The Ascent of F6 (1936) y On the Frontier (1938), estas dos últimas con música de Benjamin Britten. Es autor también de los libros en prosa Letters from Iceland (literatura de viaje, con L. MacNiece, 1931-32) y Journey to a War (con C. Isherwood, 1939).

En su rol de crítico ha publicado The Dyer's Hand (1962), Forewords and Afterwords (1973), The Prolific and the Devourer’s y Lectures on Shakespeare (una de las últimas publicaciones basada en una serie de conferencias pronunciadas en Greenwich Village en 1946-47).

En 1935, se casó con Erika Mann para proporcionarle un pasaporte británico y ayudarla así a escapar de la Alemania nazi. Su pareja de toda la vida fue, sin embargo, Chester Kallman, a quien conoció en Estados Unidos. En 1937, colaboró con los republicanos en la Guerra Civil española, conduciendo una ambulancia. Ese mismo año recibió la Medalla de Oro del Rey a la poesía, máximo galardón en su país. Tras viajar a Islandia y China, en 1939 se trasladó a Estados Unidos y posteriormente adoptó la nacionalidad estadounidense. En este país trabajó activamente como poeta, conferenciante, editor y crítico.

Entre su vasta producción cabe mencionar también varios libretos de ópera escritos en colaboración con Kallman. Entre 1956 y 1961 fue profesor de poesía en Oxford, y en 1972 regresó al Christ Church College como escritor residente.

Se lo asocia a T. S. Eliot con quien comparte un ingenio frío e irónico. A pesar de su fe religiosa no estuvo ajeno a la realidad social, abordando también esta problemática. Dotado de una asombrosa capacidad de análisis psicológico, Auden poseía además un exquisito talento lírico. Su influencia en la poesía ha sido relevante.

 

PARAD LOS RELOJES Y OTROS POEMAS

 

PARAD LOS RELOJES

 

Parad los relojes y desconectad el teléfono,

dadle un hueso jugoso al perro para que no ladre,

haced callar a los pianos, tocad tambores con sordina,

sacad el ataúd y llamad a las plañideras.

 

Que los aviones den vueltas en señal de luto

y escriban en el cielo el mensaje “Él ha muerto”,

ponedles crespones en el cuello a las palomas callejeras,

que los agentes de tráfico lleven guantes negros de

algodón.

 

Él era mi norte y mi sur, mi este y mi oeste,

mi semana de trabajo y mi descanso dominical,

mi día y mi noche, mi charla y mi música.

Pensé que el amor era eterno; estaba equivocado.

 

Ya no hacen falta estrellas: quitadlas todas,

guardad la luna y desmontad el sol,

tirad el mar por el desagüe y podad los bosques,

porque ahora ya nada puede tener utilidad.

 

 

TAMBIÉN NOSOTROS VIVIMOS
BUENOS TIEMPOS

 

También nosotros vivimos buenos tiempos

cuando el cuerpo sintonizaba con el alma,

y bailamos con nuestros amores sinceros

a la luz de la luna llena,

y nos sentamos con los sabios y los justos

y fuimos ganando ingenio y alegría

en torno a algún plato selecto

gracias a Escoffier.

Y sentimos esa gloria impertinente

que las lágrimas suelen alejar,

y quisimos que los corazones briosos

cantasen con el estilo grandioso de los antiguos.

Pero fuimos importunados y fisgados

por la multitud promiscua,

los editores nos convirtieron

en fraudes para aturdir a la multitud,

todas las palabras como Amor y Paz,

todos los discursos cuerdos y positivos

fueron ensuciados, profanados y degradados,

los convirtieron en un chirrido horroroso.

Ninguna oratoria sobrevivió

a aquel pandemonio

salvo la amarga, la soterrada,

la irónica y la monótona:

¿y dónde encontraremos cobijo

para la alegría o el simple bienestar

cuando apenas queda nada en pie

más que los suburbios de la discordia?

 

 

 

DESPUÉS DE LEER UN MANUAL
DE FÍSICA MODERNA PARA NIÑOS

 

Si fuera cierto todo lo que sabe

sobre la Verdad un físico experimentado,

entonces cualquier hijo de vecino,

por mucha futilidad y mugre

que haya en nuestro mundo cotidiano,

lo tiene mucho mejor en la vida

que las Grandes Nebulosas

y que los átomos de nuestro cerebro.

 

El matrimonio casi nunca es una maravilla,

pero seguro que debe ser mucho peor

correr como las partículas

a miles de millas por segundo

por un universo

en donde el beso de tu amante

o bien no se notaría

o bien te rompería el cuello.

 

Aunque esa cara que veo

cuando me afeito sea cruel

porque año tras año rechaza

a un pretendiente que envejece,

al menos, gracias a Dios, tiene

bastante masa para no deshacerse

y no convertirse en un potaje indefinido

que está parcialmente en otro sitio.

 

Nuestros ojos prefieren

que el lugar que hemos de habitar

tenga una perspectiva geocéntrica,

que los arquitectos construyan

un tranquilo espacio euclidiano:

son mitos agotados, pero ¿quién

se sentiría en casa en una montura

que no para de expandirse?

 

Esta pasión que tenemos

por el proceso de investigación,

es un hecho que nadie puede cuestionar,

pero yo la disfrutaría más

si supiera con mayor claridad

para qué queremos el conocimiento,

y si tuviera la seguridad de que la mente

todavía es libre para saber si quiere saber.

Parece que eso ya fue decidido

de una vez por todas,

y ya descubriremos más adelante

si nuestro interés por las magnitudes

extremas puede dar lugar a una

criatura de tamaño mediano,

o si resulta sabio en definitiva

hacer política con la Naturaleza.

 

 

NUNCA HABRÁ PAZ

 

Aunque el clima benigno y claro

vuelva a sonreír en el condado de tu estima

y regresen sus colores, la tormenta te ha cambiado:

nunca olvidarás la oscuridad

que enturbia tu esperanza, el vendaval

que profetiza tu caída.

 

Tienes que vivir con tu conocimiento.

Detrás, más allá, fuera de ti, hay otros,

viviendo soledades sin luna que tú no conoces,

pero ellos sí te conocen a ti,

seres de género y de número desconocido:

y tú no les gustas.

 

¿Qué les has hecho?

¿Nada? Nada no es una respuesta:

llegarás a creer (¿cómo puedes evitarlo?)

que sí lo hiciste, que les hiciste algo;

te encontrarás deseando hacerles reír;

y anhelarás su amistad.

 

          

Nunca habrá paz.

Por tanto, pelea, con todo tu coraje

y con todas las artimañas descorteses que conozcas,

y ten bien claro esto:

su causa, si la tenían, ya no les importa;

odian por odiar.

 

 

LA LEY SE PARECE AL AMOR

 

La Ley, dicen los jardineros, se parece al sol,

la Ley es lo único

que todos los jardineros obedecen,

mañana, ayer y hoy.

 

La Ley es la sabiduría del anciano,

la débil regañina del abuelo impotente;

los nietos le enseñan su lengua atiplada,

la Ley son los sentidos de los jóvenes.

 

La Ley, dice el cura con mirada sacerdotal,

explicándola a una gente poco piadosa,

la Ley son las palabras de mi misal,

la Ley son mi púlpito y mi campanario.

La Ley, dice el juez mientras mira hacia abajo,

hablando con claridad y con severidad,

la Ley es lo que antes os he dicho,

supongo que ya sabéis qué es la Ley,

pero dejadme que lo explique una vez más:

la Ley es la Ley.

 

Sin embargo, los eruditos que cumplen la Ley

escriben que ésta no es mala ni buena,

la Ley sólo son crímenes

castigados por los lugares y las épocas,

la Ley es como la ropa de la gente

en cualquier lugar y época,

la Ley es Buenos días y Buenas noches.

 

Otros dicen que la Ley es nuestro Destino;

otros dicen que la Ley es nuestro Estado;

otros dicen y dicen

que ya no hay Ley,

que se ha terminado.

 

Y siempre la multitud enfadada,

muy enfadada y ruidosa,

la Ley somos Nosotros,

y siempre el tonto y baboso Yo.

 

Amigo, si nosotros sabemos que ya no

sabemos más de la Ley que los demás,

si yo no sé más que tú

lo que debemos hacer y lo que no,

salvo lo que todos aceptan

de buena o de mala gana,

o sea, que la Ley existe

y que todos lo saben,

y si por ello es absurdo

identificar la Ley con otra palabra,

a diferencia de tantos hombres

no puedo repetir que la Ley existe,

e igual que ellos tampoco debemos reprimir

el deseo universal de conocerla

o abandonar nuestra posición

por la simple despreocupación.

Aunque al menos puedo reducir

tu vanidad y la mía

a decir con timidez

que existe una vaga similitud,

en todo caso diremos con orgullo:

se parece al amor.

 

Al amor que nunca sabemos, dónde ni cómo,

al amor que no podemos dominar ni liberar,

al amor que a veces nos hace llorar,

al amor que casi nunca cumplimos.

 

 

OTROS TIEMPOS

 

Nosotros, como todos los fugitivos,

como las flores que no se pueden contar

y como las bestias que no necesitan recordar,

vivimos en el presente.

 

Muchos se empeñan en decir “Ahora no”,

muchos han olvidado cómo

decir “Soy”, y se perderían,

si pudiesen, en la historia.

 

Inclinándose, por ejemplo, con la gracia de antaño,

ante la bandera adecuada en el lugar adecuado,

murmurando escaleras arriba, como los antiguos,

sobre lo Mío y lo Suyo, lo Nuestro y lo de Ellos.

 

Como si el tiempo fuese lo que ellos deseaban

cuando todavía tenía la cualidad de quedarse

quieto, como si estuviesen equivocados

al no querer ya pertenecer.

 

No es de extrañar que tantos mueran de pena,

que tantos estén tan solos al morir;

nadie cree en la mentira ni la aprecia:

otros tiempos tienen otras vidas que vivir.

 

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