LAWRENCE BLOCK

Lawrence Block, Gran Maestro de la asociación Mystery Writers of America, ha ganado en varias ocasiones los premios Edgar Allan Poe, Halcón Maltés y Shamus, los más prestigiosos en su género. También ha recibido premios literarios en Francia, Alemania y Japón. Es autor de más de cincuenta libros, entre los cuales destacan las catorce novelas que tienen como protagonista a Matthew Scudder, un típico investigador privado. Ha compilado varios volúmenes de cuentos de misterio y de crimen, entre ellos El crucero de la muerte, Relatos policiales en alta mar (Emecé, 2000) y el primer volumen de Los mejores cuentos de suspenso elegidos por los maestros del género (Emecé, 2001). Vive en Nueva York.

 

CUANDO ESTE HOMBRE MUERA

La noche anterior a la llegada de la primera carta, apostó por Speckled Band en el hipódromo de Saratoga. El caballo salió del poste número uno, y Edgar Kraft tenía puestos por él doscientos dólares, la mitad a ganador y la mitad a colocado. Speckled Band se situó en cabeza y se mantuvo. El favorito, un potro de cuatro años llamado Sheila’s Kid, se adelantó en la curva del local del club y se situó por la parte de fuera. Kraft estaba ya contando su dinero. En la recta final, Speckled Band perdió el ritmo, galopó de forma desordenada, fue sumariamente descalificado y entró en cuarto lugar. Kraft rompió los boletos y se fue a casa.

Así pues, no estaba de humor para bromas aquella mañana. Abrió cinco de las seis cartas que habían llegado en el correo; y las cinco eran facturas, ninguna de las cuales tenía la más mínima probabilidad de ser pagada en el inmediato futuro. Las metió en un cajón de su mesa. Había ya varias facturas en aquel cajón. Abrió la última carta y se sintió aliviado al principio, al descubrir que no era una factura, ni un aviso de plazo vencido, ni una amenaza de embargarle el coche o los muebles por falta de pago. Se trataba de un mensaje muy simple, mecanografiado en el centro de una hoja de papel blanco.

Primero, un nombre:

                       Sr. Joseph H. Neimann

Y debajo:

                       Cuando este hombre muera,

                       usted recibirá

                       quinientos dólares.

No estaba de humor para bromas. Los caballos que hacen toda la carrera en cabeza para derrumbarse luego en la recta final no estimulan en absoluto el sentido del humor. Miró la hoja de papel, le dio la vuelta para ver si había algo más en su reverso, la giró de nuevo para leer otra vez el mensaje. Cogió el sobre, vio que no había en él nada más que su propio nombre y un matasellos local; dijo algo irreproducible acerca de ciertos imbéciles y de su idea de una broma y, luego, rompió el sobre y el mensaje y tiró los pedazos.

Durante la semana siguiente, pensó en la carta una vez, quizás dos. No más. Tenía sus propios problemas. Nunca había oído hablar de nadie llamado Joseph H. Neimann, ni albergaba la menor esperanza de recibir quinientos dólares si ese hombre moría. No mencionó a su mujer el críptico mensaje. Cuando el hombre de la Financiera llamó para preguntarle si tenía esperanzas de hacer frente con puntualidad al pago del plazo, no dijo nada acerca del legado que el señor Neimann se proponía dejarle.

Continuó realizando su trabajo día tras día, trabajando con la silenciosa desesperación de quien sabe que sus ingresos, aunque mejores que nada, nunca llegarían a igualar a sus gastos. Fue dos veces a las carreras, ganó treinta dólares una noche y perdió veintitrés la siguiente. Acabó olvidándose casi por completo del señor Joseph H. Neimann y del misterioso corresponsal.

Y entonces llegó la segunda carta. La abrió mecánicamente y desplegó una hoja de papel blanco. Diez flamantes billetes de cincuenta dólares cayeron revoloteando sobre su mesa. En el centro de la hoja de papel alguien había escrito a máquina:

           Gracias

Edgar no estableció inmediatamente la relación. Trató de pensar qué podría haber hecho que mereciera el agradecimiento de nadie, y mucho menos quinientos dólares. Al cabo de unos momentos, recordó la carta anterior y se apresuró a salir de su oficina y bajar a la calle. Compró un periódico de la mañana y lo abrió por la página de las necrológicas. Joseph Henry Neimann, de sesenta y siete años, domiciliado en el 413 de Park Place, había fallecido la tarde anterior en el hospital del condado, después de varios meses de enfermedad. Dejaba viuda, tres hijos y cuatro nietos. Las exequias fúnebres se celebrarían en la intimidad, se rogaba no enviasen flores.

Ingresó trescientos dólares en su cuenta corriente y guardó doscientos en la cartera. Pagó el plazo del coche, satisfizo el alquiler y liquidó un puñado de pequeñas facturas. El revoltijo del cajón de su mesa quedó bastante aliviado; aunque no eliminado por completo. Todavía debía dinero; pero ahora debía menos que antes de la oportuna muerte de Joseph Henry Neimann. El hombre de la Financiera se había aplacado al recibir un pago parcial; dejaría de mostrarse desagradable, al menos por el momento.

Aquella noche, Kraft llevó a su mujer a las carreras, y hasta la dejó que hiciera un par de absurdas apuestas. Perdió cuarenta dólares y apenas si le importó.

Cuando llegó la carta siguiente, no la rompió. Reconoció el mecanografiado del sobre y le dio vueltas entre las manos durante unos momentos antes de abrirlo, como un niño con un regalo envuelto en papel. No obstante, se sentía algo más aprensivo que un niño con un regalo. No podía evitar la sensación de que el misterioso benefactor querría algo a cambio de sus quinientos dólares.

Abrió la carta. No había ninguna petición. Sólo la habitual hoja de papel blanco, con otro nombre escrito a máquina en el centro:

           Sr. Raymond Andersen

Y debajo:

           Cuando este hombre muera,
           usted recibirá
           setecientos cincuenta dólares.

 

Durante los días siguientes se estuvo repitiendo a sí mismo que no le deseaba nada malo al señor Raymond Andersen. No conocía al hombre, nunca había oído hablar de él, y no era de los que desean la muerte de ningún desconocido. Sin embargo...

Cada mañana, compraba un periódico y lo abría inmediatamente por la sección de necrológicas, buscando casi contra su voluntad el nombre del señor Raymond Andersen. “Yo no le deseo ningún daño”, pensaba cada vez. Pero setecientos cincuenta dólares eran una bonita suma. Si algo le iba a ocurrir al señor Raymond Andersen, bien podría él obtener un beneficio de ello. No era como si él mismo estuviera haciendo algo para causar la muerte de Andersen. Se sentía incluso reacio a desearla. Pero, si algo ocurría...

Ocurrió algo. Cinco días después de haber recibido la carta, encontró la esquela de Andersen en el periódico de la mañana. Andersen era un hombre viejo, muy viejo, y había muerto en la cama en un albergue de ancianos después de una larga enfermedad. Le dio un vuelco al corazón cuando leyó la noticia con una mezcla de excitación y culpabilidad. Pero ¿de qué tenía que sentirse culpable? Él no había hecho nada. Y, para un anciano enfermo como Raymond Andersen, la muerte era más un motivo de alivio que de tristeza, una bendición en lugar de una tragedia.

Pero ¿por qué iba a querer nadie pagarle setecientos cincuenta dólares?

Sin embargo, alguien lo hizo.

La carta llegó a la mañana siguiente, después de una atormentada noche durante la cual Kraft estuvo considerando y debatiendo incesantemente dos posibilidades: que la carta llegara y que no llegara. Llegó, y trajo consigo los prometidos setecientos cincuenta dólares en billetes de cincuenta y de cien. Y el mismo mensaje:

           Gracias

¿Por qué? No tenía la más mínima idea. Pero volvió a mirar el lacónico escrito antes de guardarlo cuidadosamente.

“Vienes de perlas  —pensó—. Lo que se dice de perlas”.

Durante dos semanas no llegó ninguna carta. Él seguía aguardando al correo, esperando otra ganga como las dos que le habían caído hasta el momento. Había veces en que se quedaba sentado ante su mesa durante veinte o treinta minutos seguidos, con la vista perdida en el espacio y pensando en las cartas y en el dinero. Habría hecho mejor en mantener la atención centrada en su trabajo, pero no resultaba fácil. Su ocupación le reportaba cinco mil dólares al año, y por esa suma tenía que trabajar de cuarenta a cincuenta horas semanales. Su anónimo corresponsal le había dado hasta el momento la cuarta parte de lo que ganaba en un año, y no había hecho nada en absoluto por ese dinero.

Los setecientos cincuenta habían ayudado, pero sus dificultades económicas continuaban. Llevada de un súbito capricho femenino, su mujer había hecho enmoquetar de nuevo la sala de estar. Tenía que pagar el alquiler. Había vencido otro de los plazos del coche. Tuvo una noche muy afortunada en el hipódromo; pero otras pocas visitas se llevaron sus ganancias y más.

Y entonces llegó la carta, junto con una circular invitándole a comprar un deshumidificador para su sótano y una petición de fondos para alguna dudosa obra de caridad. Tiró a la papelera la circular y la petición de fondos y rasgó el blanco sobre. El mensaje era del tipo habitual:

           Sr. Claude Pierce

Y debajo del nombre:

           Cuando este hombre muera,
           usted recibirá
           mil dólares.

Las manos de Kraft temblaban ligeramente mientras guardaba el sobre y la carta en su mesa. Mil dólares... La tarifa había vuelto a subir esta vez hasta una cifra bastante respetable. Señor Claude Pierce. ¿Conocía él a alguien llamado Claude Pierce? No. ¿Estaba enfermo Claude Pierce? ¿Era un anciano solitario que agonizaba en alguna parte a consecuencia de una enfermedad terminal?

Kraft así lo esperaba. Se odiaba a sí mismo por el deseo; pero no podía evitarlo.

Esperaba que Claude Pierce se estuviera muriendo. Esta vez llevó a cabo una pequeña investigación.

Hojeó la guía telefónica hasta encontrar un Claude Pierce domiciliado en Honeydale Drive. Cerró la guía y trató de apartar de su mente el asunto, intento que estaba condenado al fracaso. Finalmente, desistió. Abrió de nuevo la guía telefónica, miró el nombre, y pensó que aquél hombre iba a morir. Era inevitable, ¿no? Le enviaban en el correo el nombre de un individuo y, al poco, aquella persona moría. Entonces, Edgar Kraft cobraba. Evidentemente, Claude Pierce era un hombre condenado.

Marcó el número de Pierce. Contestó una mujer, y Kraft preguntó si se hallaba en casa el señor Pierce.

—El señor Pierce está en el hospital —respondió la mujer—. ¿Quién le llama por favor?

—Gracias —dijo Kraft.

Naturalmente, pensó. Ellos, quienes quiera que fuesen, simplemente encontraban en los hospitales personas que estaban a punto de morir y pagaban dinero a Edgar Kraft cuando ocurría lo inevitable, y eso era todo. El porqué resultaba impenetrable. Pero eran tan pocas las cosas que tenían sentido en la vida de Kraft que no quería profundizar demasiado en el asunto. Quizá su desconocido corresponsal era como aquel lunático de la televisión que regalaba un millón de dólares cada semana. Si alguien quería darle dinero, Kraft no discutiría por eso.

Aquella tarde llamó al hospital. Una enfermera dijo a Kraft que Claude Pierce había ingresado hacía dos días para someterse a una intervención quirúrgica. Su estado era calificado de bueno.

“Pues tendría una recaída”, pensó Kraft. Estaba condenado. El autor de la carta había decretado su muerte. Sintió una momentánea compasión por Claude Pierce y, luego, volvió su atención hacia los programas de Saratoga. Había un caballo llamado Orange Pips que Kraft llevaba observando durante algún tiempo. El caballo tenía ya un buen puesto; y, si alguna vez iba a ganar, éste era el momento.

Kraft acudió al hipódromo. Orange Pips le dejó sin dinero. Por la mañana, Kraft no encontró en el periódico la esquela de Pierce. Cuando llamó al hospital, la enfermera le dijo que Pierce se estaba recuperando muy satisfactoriamente.

“Imposible”, pensó Kraft.

Durante tres semanas Claude Pierce permaneció en su lecho del hospital, y durante tres semanas Edgar Kraft siguió la evolución de su estado con más interés que el que habría podido mostrar el mismo médico. Una vez, Pierce tuvo un súbito empeoramiento y cayó en coma. La voz de la enfermera tenía un tono de gravedad en el teléfono, y Kraft inclinó la cabeza, resignado a lo inevitable. Un día después, Pierce se había recuperado notablemente. La enfermera hablaba con evidente optimismo, y Kraft reprimió una súbita oleada de furia que amenazó con anegarle.

A partir de entonces, Pierce fue mejorando; hasta que fue dado de alta, recuperado por completo. Kraft no podía comprender qué había sucedido. Algo se había torcido. Cuando Pierce muriese, él iba a recibir mil dólares. Pierce había estado enfermo, se había hallado al borde de la muerte y, luego, de forma inexplicable, Pierce había sido salvado de entre las mandíbulas mismas de la descarnada, arrebatándole al mismo tiempo mil dólares a Edgar Kraft.

Esperó otra carta. Pero no llegó ninguna.

Debiendo ya el alquiler de dos semanas, vencido otro plazo del coche, con el hombre de la Financiera llamándole con demasiada frecuencia, la mente de Kraft empezó a trabajar contra él. “Cuando este hombre muera”, había dicho la carta. No se fijaban condiciones ni límite alguno de tiempo a la muerte de Pierce. Después de todo, Pierce no podía vivir eternamente. Nadie lo hacía. Y cuando Pierce acabara exhalando su último aliento, fuera cuando fuese, él recibiría esos mil dólares.

Supongamos que le ocurriera algo a Pierce...

Pensó en ello, aun contra su propia voluntad. No sería difícil, se decía a sí mismo. Nadie sabía que él tuviera algún interés en Claude Pierce. Si escogía bien el momento, si despachaba con rapidez el asunto y desaparecía en la noche, nadie lo sabría. La Policía nunca lo relacionaría con Claude Pierce. Él no lo conocía, no tenía ningún motivo claro para matar a Pierce, y...

“No podía hacerlo”, se dijo a sí mismo. Simplemente, no podía hacerlo. Él no era un asesino. Y algo tan disparatado como esto, tan completamente absurdo, era inimaginable.

Se las arreglaría sin los mil dólares. Conseguiría de alguna manera vivir sin el dinero. Cierto que ya se lo había gastado mentalmente una docena de veces. Cierto que había estado contándolo y volviéndolo a contar mientras Pierce estaba en coma. Pero se las apañaría sin él. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Los titulares de la mañana siguiente le gritaron a Edgar Kraft el nombre de Pierce. La noche anterior, alguien había irrumpido en su casa, en Honeydale Drive y había apuñalado a Claude Pierce mientras dormía. El asesino había escapado sin ser visto. No se conocía ningún posible motivo para el asesinato. La Policía estaba desconcertada.

Kraft sintió un leve malestar en el estómago mientras leía la noticia. Su primera reacción fue un puro y simple acceso de culpabilidad insoportable, como si él hubiera sido el hombre del puñal, como si él mismo hubiera irrumpido durante la noche para clavarlo silenciosamente y huir con rapidez. Misión cumplida. No podía ahuyentar esta sensación de culpabilidad. Sabía de sobra que él no había hecho nada, que él no había matado a nadie. Pero había imaginado el acto, había deseado que sucediera, y no podía librarse del sentimiento de que era un asesino, en su corazón, ya que no en la realidad.

Su precio de sangre llegó puntualmente. Mil dólares; esta vez, diez billetes nuevos de cien. Y el mensaje: Gracias.

“No me lo agradezcas”, pensó, sujetando los billetes en la mano, apretándolos con cariño. ¡No me lo agradezcas!

           Sr. León Dennison.
           Cuando este hombre muera,
           Usted recibirá
           Mil quinientos dólares.

Kraft no guardó la carta. Cuando la contempló, respiraba pesadamente y le latía con fuerza el corazón. La leyó dos veces. Luego, la cogió, cogió también el sobre en que había llegado, y las demás cartas y sobres que tan cuidadosamente había guardado, y rompió todo en pedacitos, lo arrojó por el retrete e hizo correr el agua.

Le dolía la cabeza. Tomó una aspirina; pero no alivió en absoluto su dolor. Se sentó a su mesa y permaneció allí, sin trabajar, hasta la hora de comer. Fue al bar de la esquina y almorzó sin saborear la comida. Durante la tarde descubrió que, por primera vez, le era imposible elegir entre los participantes en Saratoga. No podía concentrarse en nada. Salió pronto de la oficina y se dio un largo paseo.

           Sr. León Dennison.

Dennison vivía en un apartamento de Cadbury Avenue. No contestó nadie a su teléfono. Dennison era abogado, y en la guía figuraba el teléfono de su bufete. Cuando Kraft llamó allí, una secretaria le informó que el señor Dennison se hallaba en una reunión. ¿Tendría la bondad de dejar su nombre?

           Cuando este hombre muera.

“Pero Dennison no moriría”, pensó. Por lo menos, no en la cama de un hospital. Dennison se encontraba perfectamente, estaba trabajando, y la persona que había escrito todas aquellas cartas sabía muy bien que Dennison se encontraba perfectamente, que no estaba enfermo.

           Mil quinientos dólares.

“¿Pero cómo?”, se preguntó. No tenía pistola, y tampoco la más mínima idea de cómo conseguir una. ¿Un puñal? Recordó que alguien había utilizado un puñal sobre Claude Pierce. Y no le sería difícil, probablemente, hacerse con uno. Sin embargo, le parecía algo antinatural servirse de un puñal.

¿Cómo entonces? ¿Con un automóvil? Podía hacerlo así, podía esperar a Dennison y atropellarlo con su coche. No resultaría difícil, y sería bastante seguro. Pero la Policía solía encontrar con relativa facilidad a los conductores que se daban a la fuga después de un atropello. Había algo sobre arañazos en la pintura, o sangre en el parachoques. Cosas así. No conocía los detalles; no obstante, parecía que siempre detenían a los conductores fugitivos.

“Olvídalo —se dijo a sí mismo—. Tú no eres un asesino”.

           Cuando este hombre muera.

Una mañana se levantó temprano y fue en su coche hasta la Cadbury Avenue. Se quedó observando el apartamento de Dennison, y lo vio salir. Cuando Dennison cruzó la calle en dirección al coche que tenía aparcado allí, Kraft colocó el pie sobre el acelerador, torturado por el ansia de pisarlo a fondo y lanzar a toda velocidad el coche contra Leon Dennison. Pero no lo hizo. Esperó.

Muy inteligente. ¿Y si lo cogían? Nada le relacionaba con la persona que escribió las cartas. Ni siquiera las había conservado; pero, aunque lo hubiera hecho, no revelaban nada.

           Mil quinientos dólares.

Un jueves por la tarde, llamó por teléfono a su mujer y le dijo que se iba directamente a Saratoga. Ella protestó, por costumbre, antes de doblegarse a lo inevitable.

Fue a Cadbury Avenue y aparcó el coche. Cuando el portero se acercó a la esquina para tomar una taza de café, Kraft se introdujo en el edificio y encontró el apartamento de Leon Dennison. La puerta estaba cerrada, pero trató de hacer saltar el pestillo con la hoja de una navaja. Sudaba copiosamente mientras trabajaba sobre la cerradura, esperando que en cualquier momento alguien se le acercara por detrás y le pusiera una mano en el hombro. El pestillo cedió. Entró y volvió a cerrar la puerta a su espalda.

Pero algo sucedió en el momento en que penetró en el apartamento. El miedo y la ansiedad abandonaron de repente a Edgar Kraft. Estaba misteriosamente tranquilo. Todo había sido ya dispuesto, se dijo a sí mismo. Joseph H. Neimann había sido condenado a muerte, y Raymond Andersen había sido condenado a muerte, y Claude Pierce había sido condenado a muerte, y todos ellos habían muerto. Ahora, Leon Dennison estaba también condenado. Y moriría.

Parecía muy sencillo. Y el propio Edgar Kraft no era sino una pieza de este magno designio, nada más que una ruedecita de una maquinaria gigantesca. Cumpliría con su papel sin preocuparse de más. Todo tenía que obedecer a un plan.

Así era. Esperó tres horas a que Leon Dennison llegara; aguardó en tranquilo silencio. Cuando se oyó el ruido de una llave al girar en la cerradura, se situó, rápido y sigiloso, a un lado de la puerta, con un atizador de chimenea levantado por encima de la cabeza. Se abrió la puerta, y entró Leon Dennison, completamente solo.

El atizador descendió.

Leon Dennison cayó sin un murmullo. Se desplomó y permaneció inmóvil. El atizador ascendió y descendió dos veces más, sólo para asegurarse, y Leon Dennison no se movió ni exhaló el menor sonido. A Kraft sólo le quedaba limpiar el atizador y las otras pocas superficies que había tocado para eliminar cuantas huellas dactilares hubiera podido dejar. Salió del inmueble por la puerta de servicio. Nadie lo vio.

Esperó toda aquella noche a experimentar el sentimiento de culpa. Quedó sorprendido al ver que no se presentaba. Pero él ya había sido un asesino al desear la muerte de Andersen, al planear el asesinato de Pierce. La simple traslación de sus impulsos desde el pensamiento a la acción no determinaba una culpa mayor.

No hubo ninguna carta el día siguiente. Pero dos mañanas después, le estaba esperando el habitual sobre. En él había quince billetes de cien dólares.

La nota era diferente. Decía Gracias, naturalmente. Pero, debajo, había otra línea:

            ¿Qué le parece su nuevo empleo?

 

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