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La
noche anterior a la llegada de la primera carta,
apostó por Speckled Band en el hipódromo de
Saratoga. El caballo salió del poste número uno, y
Edgar Kraft tenía puestos por él doscientos dólares,
la mitad a ganador y la mitad a colocado. Speckled
Band se situó en cabeza y se mantuvo. El favorito,
un potro de cuatro años llamado Sheila’s Kid,
se adelantó en la curva del local del club y se situó por la parte de fuera. Kraft estaba ya contando su
dinero. En la recta final, Speckled Band perdió
el ritmo, galopó de forma desordenada, fue
sumariamente descalificado y entró en cuarto lugar.
Kraft rompió los boletos y se fue a casa.
Así
pues, no estaba de humor para bromas aquella mañana.
Abrió cinco de las seis cartas que habían llegado en
el correo; y las cinco eran facturas, ninguna de las
cuales tenía la más mínima probabilidad de ser pagada
en el inmediato futuro. Las metió en un cajón de su
mesa. Había ya varias facturas en aquel cajón. Abrió
la última carta y se sintió aliviado al principio, al
descubrir que no era una factura, ni un aviso de plazo
vencido, ni una amenaza de embargarle el coche o los
muebles por falta de pago. Se trataba de un mensaje
muy simple, mecanografiado en el centro de una hoja de
papel blanco.
Primero, un nombre:
Sr. Joseph H. Neimann
Y
debajo:
Cuando este hombre muera,
usted recibirá
quinientos dólares.
No
estaba de humor para bromas. Los caballos que hacen
toda la carrera en cabeza para derrumbarse luego en la
recta final no estimulan en absoluto el sentido del
humor. Miró la hoja de papel, le dio la vuelta para
ver si había algo más en su reverso, la giró de nuevo
para leer otra vez el mensaje. Cogió el sobre, vio que
no había en él nada más que su propio nombre y un
matasellos local; dijo algo irreproducible acerca de
ciertos imbéciles y de su idea de una broma y, luego,
rompió el sobre y el mensaje y tiró los pedazos.
Durante la semana siguiente, pensó en la carta una
vez, quizás dos. No más. Tenía sus propios problemas.
Nunca había oído hablar de nadie llamado Joseph H.
Neimann, ni albergaba la menor esperanza de recibir
quinientos dólares si ese hombre moría. No mencionó a
su mujer el críptico mensaje. Cuando el hombre de la
Financiera llamó para preguntarle si tenía esperanzas
de hacer frente con puntualidad al pago del plazo, no
dijo nada acerca del legado que el señor Neimann se
proponía dejarle.
Continuó realizando su trabajo día tras día,
trabajando con la silenciosa desesperación de quien
sabe que sus ingresos, aunque mejores que nada, nunca
llegarían a igualar a sus gastos. Fue dos veces a las
carreras, ganó treinta dólares una noche y perdió
veintitrés la siguiente. Acabó olvidándose casi por
completo del señor Joseph H. Neimann y del misterioso
corresponsal.
Y
entonces llegó la segunda carta. La abrió
mecánicamente y desplegó una hoja de papel blanco.
Diez flamantes billetes de cincuenta dólares cayeron
revoloteando sobre su mesa. En el centro de la hoja de
papel alguien había escrito a máquina:
Gracias
Edgar
no estableció inmediatamente la relación. Trató de
pensar qué podría haber hecho que mereciera el
agradecimiento de nadie, y mucho menos quinientos
dólares. Al cabo de unos momentos, recordó la carta
anterior y se apresuró a salir de su oficina y bajar a
la calle. Compró un periódico de la mañana y lo abrió
por la página de las necrológicas. Joseph Henry
Neimann, de sesenta y siete años, domiciliado en el
413 de Park Place, había fallecido la tarde anterior
en el hospital del condado, después de varios meses de
enfermedad. Dejaba viuda, tres hijos y cuatro nietos.
Las exequias fúnebres se celebrarían en la intimidad,
se rogaba no enviasen flores.
Ingresó trescientos dólares en su cuenta corriente y
guardó doscientos en la cartera. Pagó el plazo del
coche, satisfizo el alquiler y liquidó un puñado de
pequeñas facturas. El revoltijo del cajón de su mesa
quedó bastante aliviado; aunque no eliminado por
completo. Todavía debía dinero; pero ahora debía menos
que antes de la oportuna muerte de Joseph Henry
Neimann. El hombre de la Financiera se había aplacado
al recibir un pago parcial; dejaría de mostrarse
desagradable, al menos por el momento.
Aquella noche, Kraft llevó a su mujer a las carreras,
y hasta la dejó que hiciera un par de absurdas
apuestas. Perdió cuarenta dólares y apenas si le
importó.
Cuando llegó la carta siguiente, no la rompió.
Reconoció el mecanografiado del sobre y le dio vueltas
entre las manos durante unos momentos antes de
abrirlo, como un niño con un regalo envuelto en papel.
No obstante, se sentía algo más aprensivo que un niño
con un regalo. No podía evitar la sensación de que el
misterioso benefactor querría algo a cambio de sus
quinientos dólares.
Abrió
la carta. No había ninguna petición. Sólo la habitual
hoja de papel blanco, con otro nombre escrito a
máquina en el centro:
Sr. Raymond Andersen
Y
debajo:
Cuando este hombre muera,
usted recibirá
setecientos cincuenta dólares.
Durante los días siguientes se estuvo repitiendo a sí
mismo que no le deseaba nada malo al señor Raymond
Andersen. No conocía al hombre, nunca había oído
hablar de él, y no era de los que desean la muerte de
ningún desconocido. Sin embargo...
Cada
mañana, compraba un periódico y lo abría
inmediatamente por la sección de necrológicas,
buscando casi contra su voluntad el nombre del señor
Raymond Andersen. “Yo no le deseo ningún daño”,
pensaba cada vez. Pero setecientos cincuenta dólares
eran una bonita suma. Si algo le iba a ocurrir al
señor Raymond Andersen, bien podría él obtener un
beneficio de ello. No era como si él mismo estuviera
haciendo algo para causar la muerte de Andersen. Se
sentía incluso reacio a desearla. Pero, si algo
ocurría...
Ocurrió algo. Cinco días después de haber recibido la
carta, encontró la esquela de Andersen en el periódico
de la mañana. Andersen era un hombre viejo, muy viejo,
y había muerto en la cama en un albergue de ancianos
después de una larga enfermedad. Le dio un vuelco al
corazón cuando leyó la noticia con una mezcla de
excitación y culpabilidad. Pero ¿de qué tenía que
sentirse culpable? Él no había hecho nada. Y, para un
anciano enfermo como Raymond Andersen, la muerte era
más un motivo de alivio que de tristeza, una bendición
en lugar de una tragedia.
Pero
¿por qué iba a querer nadie pagarle setecientos
cincuenta dólares?
Sin
embargo, alguien lo hizo.
La
carta llegó a la mañana siguiente, después de una
atormentada noche durante la cual Kraft estuvo
considerando y debatiendo incesantemente dos
posibilidades: que la carta llegara y que no llegara.
Llegó, y trajo consigo los prometidos setecientos
cincuenta dólares en billetes de cincuenta y de cien.
Y el mismo mensaje:
Gracias
¿Por
qué? No tenía la más mínima idea. Pero volvió a mirar
el lacónico escrito antes de guardarlo cuidadosamente.
“Vienes de perlas —pensó—. Lo que se dice de perlas”.
Durante dos semanas no llegó ninguna carta. Él seguía
aguardando al correo, esperando otra ganga como las
dos que le habían caído hasta el momento. Había veces
en que se quedaba sentado ante su mesa durante veinte
o treinta minutos seguidos, con la vista perdida en el
espacio y pensando en las cartas y en el dinero.
Habría hecho mejor en mantener la atención centrada en
su trabajo, pero no resultaba fácil. Su ocupación le
reportaba cinco mil dólares al año, y por esa suma
tenía que trabajar de cuarenta a cincuenta horas
semanales. Su anónimo corresponsal le había dado hasta
el momento la cuarta parte de lo que ganaba en un año,
y no había hecho nada en absoluto por ese dinero.
Los
setecientos cincuenta habían ayudado, pero sus
dificultades económicas continuaban. Llevada de un
súbito capricho femenino, su mujer había hecho
enmoquetar de nuevo la sala de estar. Tenía que pagar
el alquiler. Había vencido otro de los plazos del
coche. Tuvo una noche muy afortunada en el hipódromo;
pero otras pocas visitas se llevaron sus ganancias y
más.
Y
entonces llegó la carta, junto con una circular
invitándole a comprar un deshumidificador para su
sótano y una petición de fondos para alguna dudosa
obra de caridad. Tiró a la papelera la circular y la
petición de fondos y rasgó el blanco sobre. El mensaje
era del tipo habitual:
Sr. Claude Pierce
Y
debajo del nombre:
Cuando este hombre muera,
usted recibirá
mil dólares.
Las
manos de Kraft temblaban ligeramente mientras guardaba
el sobre y la carta en su mesa. Mil dólares... La
tarifa había vuelto a subir esta vez hasta una cifra
bastante respetable. Señor Claude Pierce. ¿Conocía él
a alguien llamado Claude Pierce? No. ¿Estaba enfermo
Claude Pierce? ¿Era un anciano solitario que agonizaba
en alguna parte a consecuencia de una enfermedad
terminal?
Kraft
así lo esperaba. Se odiaba a sí mismo por el deseo;
pero no podía evitarlo.
Esperaba que Claude Pierce se estuviera muriendo. Esta
vez llevó a cabo una pequeña investigación.
Hojeó
la guía telefónica hasta encontrar un Claude Pierce
domiciliado en Honeydale Drive. Cerró la guía y trató
de apartar de su mente el asunto, intento que estaba
condenado al fracaso. Finalmente, desistió. Abrió de
nuevo la guía telefónica, miró el nombre, y pensó que
aquél hombre iba a morir. Era inevitable, ¿no? Le
enviaban en el correo el nombre de un individuo y, al
poco, aquella persona moría. Entonces, Edgar Kraft
cobraba. Evidentemente, Claude Pierce era un hombre
condenado.
Marcó
el número de Pierce. Contestó una mujer, y Kraft
preguntó si se hallaba en casa el señor Pierce.
—El
señor Pierce está en el hospital —respondió la mujer—.
¿Quién le llama por favor?
—Gracias —dijo Kraft.
Naturalmente, pensó. Ellos, quienes quiera que fuesen,
simplemente encontraban en los hospitales personas que
estaban a punto de morir y pagaban dinero a Edgar
Kraft cuando ocurría lo inevitable, y eso era todo. El
porqué resultaba impenetrable. Pero eran tan pocas las
cosas que tenían sentido en la vida de Kraft que no
quería profundizar demasiado en el asunto. Quizá su
desconocido corresponsal era como aquel lunático de la
televisión que regalaba un millón de dólares cada
semana. Si alguien quería darle dinero, Kraft no
discutiría por eso.
Aquella tarde llamó al hospital. Una enfermera dijo a
Kraft que Claude Pierce había ingresado hacía dos días
para someterse a una intervención quirúrgica. Su
estado era calificado de bueno.
“Pues
tendría una recaída”, pensó Kraft. Estaba condenado.
El autor de la carta había decretado su muerte. Sintió
una momentánea compasión por Claude Pierce y, luego,
volvió su atención hacia los programas de Saratoga.
Había un caballo llamado Orange Pips que Kraft
llevaba observando durante algún tiempo. El caballo
tenía ya un buen puesto; y, si alguna vez iba a ganar,
éste era el momento.
Kraft
acudió al hipódromo. Orange Pips le dejó sin
dinero. Por la mañana, Kraft no encontró en el
periódico la esquela de Pierce. Cuando llamó al
hospital, la enfermera le dijo que Pierce se estaba
recuperando muy satisfactoriamente.
“Imposible”, pensó Kraft.
Durante tres semanas Claude Pierce permaneció en su
lecho del hospital, y durante tres semanas Edgar Kraft
siguió la evolución de su estado con más interés que
el que habría podido mostrar el mismo médico. Una vez,
Pierce tuvo un súbito empeoramiento y cayó en coma. La
voz de la enfermera tenía un tono de gravedad en el
teléfono, y Kraft inclinó la cabeza, resignado a lo
inevitable. Un día después, Pierce se había recuperado
notablemente. La enfermera hablaba con evidente
optimismo, y Kraft reprimió una súbita oleada de furia
que amenazó con anegarle.
A
partir de entonces, Pierce fue mejorando; hasta que
fue dado de alta, recuperado por completo. Kraft no
podía comprender qué había sucedido. Algo se había
torcido. Cuando Pierce muriese, él iba a recibir mil
dólares. Pierce había estado enfermo, se había hallado
al borde de la muerte y, luego, de forma inexplicable,
Pierce había sido salvado de entre las mandíbulas
mismas de la descarnada, arrebatándole al mismo tiempo
mil dólares a Edgar Kraft.
Esperó otra carta. Pero no llegó ninguna.
Debiendo ya el alquiler de dos semanas, vencido otro
plazo del coche, con el hombre de la Financiera
llamándole con demasiada frecuencia, la mente de Kraft
empezó a trabajar contra él. “Cuando este hombre
muera”, había dicho la carta. No se fijaban
condiciones ni límite alguno de tiempo a la muerte de
Pierce. Después de todo, Pierce no podía vivir
eternamente. Nadie lo hacía. Y cuando Pierce acabara
exhalando su último aliento, fuera cuando fuese, él
recibiría esos mil dólares.
Supongamos que le ocurriera algo a Pierce...
Pensó
en ello, aun contra su propia voluntad. No sería
difícil, se decía a sí mismo. Nadie sabía que él
tuviera algún interés en Claude Pierce. Si escogía
bien el momento, si despachaba con rapidez el asunto y
desaparecía en la noche, nadie lo sabría. La Policía
nunca lo relacionaría con Claude Pierce. Él no lo
conocía, no tenía ningún motivo claro para matar a
Pierce, y...
“No
podía hacerlo”, se dijo a sí mismo. Simplemente, no
podía hacerlo. Él no era un asesino. Y algo tan
disparatado como esto, tan completamente absurdo, era
inimaginable.
Se
las arreglaría sin los mil dólares. Conseguiría de
alguna manera vivir sin el dinero. Cierto que ya se lo
había gastado mentalmente una docena de veces. Cierto
que había estado contándolo y volviéndolo a contar
mientras Pierce estaba en coma. Pero se las apañaría
sin él. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Los
titulares de la mañana siguiente le gritaron a Edgar
Kraft el nombre de Pierce. La noche anterior, alguien
había irrumpido en su casa, en Honeydale Drive y había
apuñalado a Claude Pierce mientras dormía. El asesino
había escapado sin ser visto. No se conocía ningún
posible motivo para el asesinato. La Policía estaba
desconcertada.
Kraft
sintió un leve malestar en el estómago mientras leía
la noticia. Su primera reacción fue un puro y simple
acceso de culpabilidad insoportable, como si él
hubiera sido el hombre del puñal, como si él mismo
hubiera irrumpido durante la noche para clavarlo
silenciosamente y huir con rapidez. Misión cumplida.
No podía ahuyentar esta sensación de culpabilidad.
Sabía de sobra que él no había hecho nada, que él no
había matado a nadie. Pero había imaginado el acto,
había deseado que sucediera, y no podía librarse del
sentimiento de que era un asesino, en su corazón, ya
que no en la realidad.
Su
precio de sangre llegó puntualmente. Mil dólares; esta
vez, diez billetes nuevos de cien. Y el mensaje:
Gracias.
“No
me lo agradezcas”, pensó, sujetando los billetes en la
mano, apretándolos con cariño. ¡No me lo agradezcas!
Sr. León Dennison.
Cuando este hombre muera,
Usted recibirá
Mil quinientos
dólares.
Kraft
no guardó la carta. Cuando la contempló, respiraba
pesadamente y le latía con fuerza el corazón. La leyó
dos veces. Luego, la cogió, cogió también el sobre en
que había llegado, y las demás cartas y sobres que tan
cuidadosamente había guardado, y rompió todo en
pedacitos, lo arrojó por el retrete e hizo correr el
agua.
Le
dolía la cabeza. Tomó una aspirina; pero no alivió en
absoluto su dolor. Se sentó a su mesa y permaneció
allí, sin trabajar, hasta la hora de comer. Fue al bar
de la esquina y almorzó sin saborear la comida.
Durante la tarde descubrió que, por primera vez, le
era imposible elegir entre los participantes en
Saratoga. No podía concentrarse en nada. Salió pronto
de la oficina y se dio un largo paseo.
Sr. León Dennison.
Dennison vivía en un apartamento de Cadbury Avenue. No
contestó nadie a su teléfono. Dennison era abogado, y
en la guía figuraba el teléfono de su bufete. Cuando
Kraft llamó allí, una secretaria le informó que el
señor Dennison se hallaba en una reunión. ¿Tendría la
bondad de dejar su nombre?
Cuando este hombre muera.
“Pero
Dennison no moriría”, pensó. Por lo menos, no en la
cama de un hospital. Dennison se encontraba
perfectamente, estaba trabajando, y la persona que
había escrito todas aquellas cartas sabía muy bien que
Dennison se encontraba perfectamente, que no estaba
enfermo.
Mil quinientos dólares.
“¿Pero cómo?”, se preguntó. No tenía pistola, y
tampoco la más mínima idea de cómo conseguir una. ¿Un
puñal? Recordó que alguien había utilizado un puñal
sobre Claude Pierce. Y no le sería difícil,
probablemente, hacerse con uno. Sin embargo, le
parecía algo antinatural servirse de un puñal.
¿Cómo
entonces? ¿Con un automóvil? Podía hacerlo así, podía
esperar a Dennison y atropellarlo con su coche. No
resultaría difícil, y sería bastante seguro. Pero la
Policía solía encontrar con relativa facilidad a los
conductores que se daban a la fuga después de un
atropello. Había algo sobre arañazos en la pintura, o
sangre en el parachoques. Cosas así. No conocía los
detalles; no obstante, parecía que siempre detenían a
los conductores fugitivos.
“Olvídalo —se dijo a sí mismo—. Tú no eres un
asesino”.
Cuando este hombre muera.
Una
mañana se levantó temprano y fue en su coche hasta la
Cadbury Avenue. Se quedó observando el apartamento de
Dennison, y lo vio salir. Cuando Dennison cruzó la
calle en dirección al coche que tenía aparcado allí,
Kraft colocó el pie sobre el acelerador, torturado por
el ansia de pisarlo a fondo y lanzar a toda velocidad
el coche contra Leon Dennison. Pero no lo hizo.
Esperó.
Muy
inteligente. ¿Y si lo cogían? Nada le relacionaba con
la persona que escribió las cartas. Ni siquiera las
había conservado; pero, aunque lo hubiera hecho, no
revelaban nada.
Mil quinientos dólares.
Un
jueves por la tarde, llamó por teléfono a su mujer y
le dijo que se iba directamente a Saratoga. Ella
protestó, por costumbre, antes de doblegarse a lo
inevitable.
Fue a
Cadbury Avenue y aparcó el coche. Cuando el portero se
acercó a la esquina para tomar una taza de café, Kraft
se introdujo en el edificio y encontró el apartamento
de Leon Dennison. La puerta estaba cerrada, pero trató
de hacer saltar el pestillo con la hoja de una navaja.
Sudaba copiosamente mientras trabajaba sobre la
cerradura, esperando que en cualquier momento alguien
se le acercara por detrás y le pusiera una mano en el
hombro. El pestillo cedió. Entró y volvió a cerrar la
puerta a su espalda.
Pero
algo sucedió en el momento en que penetró en el
apartamento. El miedo y la ansiedad abandonaron de
repente a Edgar Kraft. Estaba misteriosamente
tranquilo. Todo había sido ya dispuesto, se dijo a sí
mismo. Joseph H. Neimann había sido condenado a
muerte, y Raymond Andersen había sido condenado a
muerte, y Claude Pierce había sido condenado a muerte,
y todos ellos habían muerto. Ahora, Leon Dennison
estaba también condenado. Y moriría.
Parecía muy sencillo. Y el propio Edgar Kraft no era
sino una pieza de este magno designio, nada más que
una ruedecita de una maquinaria gigantesca. Cumpliría
con su papel sin preocuparse de más. Todo tenía que
obedecer a un plan.
Así
era. Esperó tres horas a que Leon Dennison llegara;
aguardó en tranquilo silencio. Cuando se oyó el ruido
de una llave al girar en la cerradura, se situó,
rápido y sigiloso, a un lado de la puerta, con un
atizador de chimenea levantado por encima de la
cabeza. Se abrió la puerta, y entró Leon Dennison,
completamente solo.
El
atizador descendió.
Leon
Dennison cayó sin un murmullo. Se desplomó y
permaneció inmóvil. El atizador ascendió y descendió
dos veces más, sólo para asegurarse, y Leon Dennison
no se movió ni exhaló el menor sonido. A Kraft sólo le
quedaba limpiar el atizador y las otras pocas
superficies que había tocado para eliminar cuantas
huellas dactilares hubiera podido dejar. Salió del
inmueble por la puerta de servicio. Nadie lo vio.
Esperó toda aquella noche a experimentar el
sentimiento de culpa. Quedó sorprendido al ver que no
se presentaba. Pero él ya había sido un asesino al
desear la muerte de Andersen, al planear el asesinato
de Pierce. La simple traslación de sus impulsos desde
el pensamiento a la acción no determinaba una culpa
mayor.
No
hubo ninguna carta el día siguiente. Pero dos mañanas
después, le estaba esperando el habitual sobre. En él
había quince billetes de cien dólares.
La
nota era diferente. Decía Gracias,
naturalmente. Pero, debajo, había otra línea:
¿Qué le parece su nuevo empleo?
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