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I
GISL EN NORUEGA
En los días del rey Magnus
llegó a Noruega desde Islandia un hombre llamado Gisl:
era hijo de Illugi Thorvaldsson, y nieto de Tind,
quien fue hermano de Illugi el Negro. Gisl tenía
diecisiete años cuando fue a Noruega; era taciturno y
permanecía largos ratos en silencio. Se llevaba bien
con un hombre rico llamado Hakon de Fordbord. Gisl se
hizo notar poco aquel invierno, y no estaba nunca
contento. En una ocasión, Hakon le dijo a Gisl:
“Me he
dado cuenta de tu estado de ánimo, y me parece que
estás preocupado, y ha de ser, o bien que preparas
algo importante, o que tienes entre manos grandes
planes. Dime ahora qué tienes en mente, y aunque lo
que digas sea grave, yo sabré ocultarlo; pero si no me
lo quieres decir y es algo importante, me
disgustaría.”
Gisl
responde:
“Tienes
razón, y te diré la verdad. Hay un hombre llamado
Gjafvald, y me han dicho que ahora está en la guardia
del rey. Gjafvald participó en el asesinato de mi
padre, junto con su pariente Thormod Kollason, y él le
dio el golpe de muerte, como yo pude ver allí en
Islandia. Ahora he venido a este país para conseguir
vengar a mi padre o quedar aquí muerto.”
“Es una
desgraciada intención —dice Hakon— porque Gjafvald
goza de gran aprecio por parte del rey Magnus, y no
será fácil para un extranjero acercarse a él: pero yo
no te lo impediré.”
El rey
Magnus estaba aquel invierno en Nidaros, y Gjafvald
con él, gozando de gran consideración. Gisl fue al
palacio y, por consejo de su señor Hakon, hizo este
truco: derramó cera caliente sobre su cara, y la dejó
endurecer: así, parecía enfermo. Se sentó cerca de
Gjafvald, pero no encontró la oportunidad adecuada.
II
GISL HIERE A GJAFVALD
Un
sábado, Gisl estaba en la calle por la mañana, muy
temprano, y oyó un gran estrépito: vio al rey Magnus
que iba con una gran compañía: allí vio también a
Gjafvald. Entonces, una mujer salió de una casa, como
un niño en el regazo: era Helga, hija de Thormod y
esposa de Gjafvald: le llamó y él fue hacia ella,
mientras el rey y su acompañamiento continuaban el
camino. Después, Gjafvald salió a la calle con otro
hombre. Entonces Gisl se volvió hacia él y le asestó
un golpe con la espada: le dio en un hombro, le cortó
el brazo pero éste no se desprendió. Gjafvald se
volvió hacia él: Gisl golpeó sobre el otro hombro y la
herida fue más o menos como la primera. Entonces cayó
Gjafvald. Gisl saltó al embarcadero, donde había un
bote cargado de tablones: el hombre que era dueño del
barco se llamaba Thorstein, islandés, de pequeña
estatura. Gisl saltó al bote con Thorstein, islandés,
de pequeña estatura. Gisl saltó al bote con Thorstein,
islandés y tiraron los tablones fuera de la
embarcación, y remaron hacia Bakki; y cuando llegaron
a mitad del río, Gisl se levantó y gritó hacia el
embarcadero:
“Esas
heridas —dice— que ha recibido Gjafvald hombre de
guardia del rey Magnus, si solo hubo heridas, o su
muerte, si hubo muerte, son obra mía: esta mañana me
llamaba “Dispuesto Para El Combate”, pero esta tarde
espero llamarme “El Que Aún No Ha De Morir”.”
Después
desembarcaron en Bakki, y Gisl saltó a tierra. Se dio
aviso con trompetas por las casas, y salieron en busca
del hombre, en barcos y por tierra. Se le encontró en
un bosquecillo y fue conducido a la ciudad. Los
hombres del rey acusaron a Thorstein de haber llevado
a Gisl al otro lado del río y dijeron que era
culpable: lo declararon reo de muerte.
Entonces dijo Gisl:
“No le
acuséis a él, pues lo hizo obligado.”
Gisl
cogió a Thorstein: era tan pequeño que apenas le
llegaba al codo. Gisl le tiró al suelo con una mano y
dijo:
“Ved
ahora —dice— ¿cómo podía este pobre hombre negarme el
bote si yo lo quería coger, si así puedo zarandearle?
Dejadle ir en paz, porque es inocente.”
Así lo
hicieron, y dijeron que Gisl había hablado bien y con
valor. A Gisl le pusieron las cadenas que había
mandado hacer el rey Harald Sigurdarson, y ningún
hombre había podido escapar de ellas. Le dejaron en
una choza de tierra, que vigilaba una mujer.
Había
mucha gente. Había tres barcos islandeses: un barco lo
mandaba Teit, hijo del obispo Gizur: allí también el
sacerdote Jon Ögmundarson, que más tarde sería obispo
de Holar, y no había en la ciudad menos de trescientos
islandeses.
El rey
Magnus estaba muy irritado: presidía el consejo y con
él el obispo de la ciudad, y allí estaba el sacerdote
Jon: era amigo del obispo. El rey pidió que mataran al
hombre: sonó entonces la campana de la nona, y dijo el
obispo:
“¿Es ya
la nona? Mirad el sol.”
Así se
hizo y ciertamente, era la nona. entonces dijo el
obispo:
“Señor,
no se puede negar la paz de las fiestas a ese hombre,
aunque haya hecho algo grave.”
El rey
dijo;
“Esto
es una treta vuestra, y os habéis puesto de acuerdo
contra mí.”
“No es
eso, señor —dice el obispo—. pero decidid como mejor
convenga.”
Después
fueron los islandeses a dormir todos en un mismo
sitio: había allí muchos parientes y amigos de Gisl, y
hablaron del asunto y de qué determinación debían
tomar. Les pareció que estaban en una gran dificultad,
y no pudieron ponerse de acuerdo.
III
MUERTE DE GJAFVALD
Llega
ahora el domingo: se mandó recado al rey y se le dijo
que Gjafvald quería verle. El rey fue a su lado.
Entonces dijo Gjafvald:
“Quiero
ocuparme ahora, señor, de mis pertenencias, porque no
sé cuántos días me quedan: pero te ruego que perdones
a Gisl, porque ha hecho bien vengando a su padre.”
“Eso es
imposible”, dice el rey.
Gjafvald añade:
“Sabes,
señor, que te he seguido muchísimo tiempo y que en
ocasiones he arriesgado mi vida por ti y he estado
dispuesto a todo lo que has querido ordenarme, fuera
bueno o malo: pero ahora puede ser que éste sea
nuestro último encuentro: he hablado con lo clérigos y
me dicen que debo procurar encontrar ayuda en el más
allá: perdono el mal que me ha hecho. Ahora espero,
señor, que no me cierres el reino de los cielos
matándole.”
“Eres
un buen hombre”, dice el rey. Se marcha. Y Gjafvald
murió poco después.
IV
LIBERACIÓN DE GISL
Al día
siguiente, temprano, los islandeses tuvieron una
reunión. Teit dijo:
“Nuestro asunto no tiene cariz, si matan a nuestro
compatriota y magnífico hermano: todos podemos ver la
gran dificultad de este asunto, hay que arriesgar
nuestras vidas y nuestro dinero. Propongo ahora que
dejemos al rey la decisión. Pero si no hay posibilidad
de que el hombre conserve la vida, entonces muramos
todos nosotros o impongamos nuestros deseos. Sigamos a
quien es nuestro jefe.”
Todos
dijeron que harían su voluntad, y seguirían su
consejo: Teit dice:
“Haced
ahora así: jurad todos que no ahorrareis vuestro
dinero, ni os cuidaréis de vosotros mismos, para que
pueda hacerse lo que queremos.”
Así lo
hicieron. Después se bañaron, y entre tanto se oyó
tocar la trompeta. Teit salió entonces del baño. Iba
con camisa y calzas de lino y llevaba una banda de oro
en la frente, y se cubría con una capa de escarlata,
de dos colores, roja y marrón, con piel gris por
debajo , y la piel vuelta hacia fuera. Se juntaron
entonces todos los islandeses. Siempre se tarda un
rato, cuando se toca la trompeta, hasta que se reúnen
los hombres.
Entonces dijo Teit:
“Vayamos ahora a la cabaña donde está Gisl, y seamos
más rápidos que los hombres del rey.”
Fueron
rápidamente por la calle, y hubo mucho ruido; la mujer
había puesto una piel transparente en la ventana de la
cabaña. Salió corriendo de la casa y dijo a Gisl:
“Gran
desgracia es que vinieras aquí, porque ahora vienen
los hombres del rey.”
Gisl
responde:
“No nos
quejemos, buena mujer” y dijo entonces este poema:
Alegre
seguiré aunque quieran
arrebatarle la vida al poeta,
al que
ciñe la espada;
comienzan las cadenas
a
abrazarme en los huesos.
Todo
guerrero muere, mujer,
pero el
guerrero tiene corazón valiente.
Valerosamente, en un poema,
recordaré aún mi fuerza.
Luego
rompieron la puerta y sonó un gran ruido. Cuando vio a
los hombres, retrocedió, pero muy poco. Teit rompió
las cadenas y se lo llevó con su grupo: fueron
entonces a la asamblea.
Por
otro lado acudía también a la asamblea el jefe Soni,
siguiéndoles. Y dijo:
“No
estuvisteis ociosos, islandeses: pienso que queríais
imponer vuestra decisión sobre este hombre, tomando el
lugar del rey. Bien está que todos se den cuenta de lo
que esta mañana habéis hecho: el rey Magnus está
irritado porque esos viles islandeses le han muerto a
uno de su séquito.”
V
EL JUICIO
Cuando
se reunió el thing, Sigurd Ullstreng se puso en
pie y dijo:
“Quiero
que todos sepan que han matado a un compatriota
nuestro, Gjafvald: vino un hombre desde Islandia
pensando que tenía un pleito con él y que podía
causarle una herida mortal, en vez de pedir la
compensación, como es costumbre entre otros hombres:
debemos, hombres del rey, mostrar que no se puedes
diezmar la guardia del rey de esta forma: puede ser
que , si no, pretendan llegar hasta su misma cabeza, y
que no perdonen al rey más que a otros. Es algo tan
inaudito y merece tan gran castigo que no podría
compensar aunque fueran muertos diez islandeses por
uno solo de los nuestros, castigando así su osadía de
arrebatarle al rey uno de sus hombres.”
Después
calló. Entonces se levantó Teit, el hijo del obispo, y
dijo:
“¿Querrá el rey acaso dejarme hablar a mí?”
El rey
preguntó a uno de los cortesanos que estaba a su lado:
“¿Quién
es ese hombre?”
Le
responden:
“Señor,
es Teit, hijo del obispo.”
El rey
dijo a Teit:
“De
ningún modo te daré permiso para hablar, porque todas
tus palabras harán mucho daño, y sería conveniente que
te cortaran la lengua.”
Entonces se levantó Jon Ögmundarson, el sacerdote, y
dijo:
“¿Querrá el rey permitirme que diga unas palabras?”
El rey
preguntó:
“¿Quién
lo pide ahora?”
Le
responden:
“Es el
sacerdote islandés, Jon.”
El rey
dijo:
“Te
permitiré hablar.”
Entonces comenzó a hablar Jon, el sacerdote:
“Hemos
de agradecer a Dios que nuestros dos países, Noruega e
Islandia, se hayan hecho cristianos, porque antes iban
juntos hombres y demonios, pero ahora el demonio no se
deja ver tan osadamente entre los hombres; pero ahora
busca un hombre para exponer su mensaje, como pudimos
ver hace un momento, cuando el diablo habló por la
boca del que acaba de hablar; primero mataron a un
hombre y ahora animaba a que se mate a diez. Y yo creo
que esa clase de hombres disfrutan con su mala
intención y sus crueles propuestas, y destruyen la
justicia y la misericordia y otra buenas costumbres de
los jefes, y empujan a todos a la crueldad y el
delito, alegrando de este modo al demonio al matar
cristianos. pero nosotros, mi señor, somos tan
servidores tuyos como los que viven en el país: se
creyera que se les ha hecho jefes de este mundo, y
jueces de la gente, mas vos debéis tener en cuenta que
llegará el juicio final en que se juzgará a todo el
mundo. Ahora es de gran importancia para vos, Señor.
que hagáis juicios justos y no injustos, porque a cada
thing y a cada reunión asiste el mismo dios
misericordioso, y sus santos; Dios visita a los
hombres buenos y a los juicios justos; vienen también
el demonio y sus mensajeros a visitar las obras malas
de los hombres y sus juicios perversos: pero se irían
al llegar el juez si todos los juicios fueran justos.
Pensad ahora, señor, que el fuego hecho con roble es
más ardiente y más duradero que el hecho en el horno o
el encendido con ramas secas. Si tú, señor, haces
juicios injustos, se te arrojará a ese fuego hecho con
roble, y si haces juicios justos de acuerdo a tu
saber, entonces hay esperanza de que te purifiques en
el purgatorio, hecho con ramas secas:”
Así
terminó el sacerdote Jon su discurso. Entonces dijo el
rey:
“Con
dureza has hablado, sacerdote.”
Pero no
pareció que se enfadara mucho.
Entonces se levantó Gisl y dijo:
“¿Quieres permitirme, señor, que diga yo unas
palabras?”
El rey
preguntó quién hablaba ahora, y se lo dijeron.
“No lo
impediré”, dijo el rey.
“Empezaré entonces diciendo que mi padre fue asesinado
—explicó Gisl—. Lo hicieron Gjafvald y Thormod.
Entonces yo tenía seis años de edad y mi hermano
Thorvald, nueve. Estuvimos presentes cuando mataron a
mi padre. Entonces dijo Gjafvald que deberían matarnos
a mi hermano y a mí, pero no es de valientes decir que
entonces, señor, la voz surgió llorosa en mi
garganta.”
El rey
dijo:
“Con
valor surgió llorosa tu voz.”
Gisl
continuó;
“En
verdad hay que decir, señor, que estuve largo tiempo
en la primavera, acechando a Gjafvald: la primera vez,
cuando estaba a punto de tomarme la justicia, pensé en
la iglesia. Y la segunda vez, cuando iba a hacerlo,
desistí por el toque de nona. Y resultó así después
que el toque de nona me salvó la vida. Pero he hecho
un poema sobre vos y querría recitarlo.”
El rey
respondió:
“Dilo
si quieres.”
Entonces Gisl recitó con ardor el poema, pero no había
en él mucho arte. Después dijo a Teit:
“Me
habéis mostrado vuestra gran valentía, pero no quiero
seguir poniéndoos en peligro: quiero someterme a la
decisión del rey Magnus y ofrecerle mi cabeza.”
“Haz
ahora como quieras”, dice Teit.
Gisl se
quitó entonces las armas, atravesó la reunión y puso
su cabeza sobre las rodillas del rey. Dijo:
“Haced
ahora de mi cabeza lo que gustéis. Os lo agradeceré si
me permitís y me convertís en hombre de la misma
categoría del que creéis haber perdido.”
El rey
responde:
“Tu
cabeza es tuya; ve a la mesa, al sitio de Gjafvald,
toma allí comida y bebida y sírveme como antes lo
había hecho él. Hago esto sobre todo porque lo pidió
mi amigo. Pero ahora mandaré atar a ocho islandeses y
yo estipulo la muerte de Gjafvald, el pago de
dieciséis marcos de oro: se dará la mitad por la
liberación, y que cada uno de los hombres atados pague
su marco.”
Le
dieron las Gracias al rey y quedaron de acuerdo en
ello. Entonces dijo el rey al sacerdote Jon:
“Me
agradó tu discurso: por tu boca ha hablado Dios.
Querría que me recordases en tus oraciones, porque
deben tener gran fuerza ante Él, pues creo que la
voluntad de Dios y la tuya, son la misma.”
El
sacerdote concedió sus oraciones al rey. Y un día,
cuando el sacerdote Jon iba por la calle, un hombre le
dijo:
“Entra
en la casa: Sigurd Ullstreng quiere verte.”
Así lo
hizo. Y Sigurd le dijo:
“No
puede ser, sacerdote, sino porque tus palabras me han
herido, por lo que estoy enfermo; y querría que
rezaras por mí.”
Así lo
hizo Jon, y le dio la bendición. entonces dijo Sigurd:
“Mucho
pueden tus palabras, duras y buenas, porque ahora
estoy mejor.”
Sigurd
dio al sacerdote muchos regalos, y se separaron como
amigos. Este Sigurd fue quien hizo levantar el primer
monasterio en Nidarholm y lo dotó de grandes
propiedades.
Después de esto, el sacerdote Jon y Teit, el hijo del
obispo, marcharon a Islandia. Teit se convirtió en
hombre importante, pero vivió pocos años. Y el
sacerdote Jon fue obispo de Holar y es ahora santo. |