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PABLO UNAMUNO

Pablo
Unamuno
(1956/...) fue dirigente de la Juventud Peronista,
director de Cultura de Hurlingham entre 1995 y 1998,
asesor de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos
Aires entre 1999 y 2001. Ensayista político y literario
dicta cursos de Historia y Literatura para el Programa
Cultural en los Barrios del Gobierno de la Ciudad de
Buenos Aires.
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EL MOMENTO DOSTOIEVSKIANO |
AIRES
DE FAMILIA
Para el
lector de estas orillas, Dostoievski remite
inmediatamente a una zona paradojal cargada de
evocaciones ricas y contrapuestas. Su nombre resulta
en extremo familiar, pero, a su vez, a medida que nos
acercamos a él parece tornarse inasible y desmesurado.
Su obra no sólo ha sido un rito de iniciación juvenil
para muchas generaciones, sino que también contribuyó
en no menor medida a forjar ciertos temas de nuestra
cultura de izquierda. Buenos Aires y San Petersburgo,
a pesar de las distancias geográficas y las
diferencias históricas, forman parte de una concepción
urbana signada por la modernidad capitalista y como
tales poseen infinidad de analogías y semejanzas.
Ambas ciudades, megalómanas y europeizantes, sufrieron
el sitio del desierto, del vacío inmenso y de la
extensión. Las dos padecieron la ilusión de un
proyecto inconcluso. Por nuestras emparentadas
sensibilidades amamos con devoción los libros de
Puschkin, el San Petersburgo de Gógol, el drama
pequeño-burgués en Chéjov, la épica de la disolución
en Pasternak y el infierno del gulag en Solzhenitsin;
pero con Dostoievski percibimos un residuo más
inquietante. En sus textos hay algo más que un
escritor urbano perdido en una sociedad estamental.
Sospechamos el esbozo de una ontología y una estética
del ser que dejaría una vasta descendencia. En
definitiva, su influencia marca un punto de ruptura y
un momento excepcional del imaginario literario
universal. Pero, ¿en dónde radica esta excepcionalidad
y su secreta afinidad anómala? Conjeturo tres
hipótesis plausibles. En primer lugar, una biografía
malograda; en segundo lugar, el profeta de una
modernidad trunca y fallida; y en tercer lugar, una
literatura fundante de un género y de un estilo.
UN
ANTIHÉROE DE NUESTRO TIEMPO
Fiódor
Mijailovich Dostoievski nació en 1821 en el seno de
una familia humilde. Hijo de un cirujano de hospitales
públicos, su infancia transcurrió en el hacinamiento y
la pobreza. Su padre, figura terrible y violenta,
marcaría profundamente la obra del escritor. Fue
educado en un pensionado de Moscú y en la Escuela
Militar de Ingenieros de San Petersburgo. A muy
temprana edad renunció al Departamento de Ingenieros
para volcarse de lleno a la carrera literaria. Obtuvo
un resonante éxito de crítica y público con su ópera
prima Pobre gente (1846). Tempranamente se
volcó al periodismo y comenzó a frecuentar los centros
saintsimonianos y radicales de izquierda. Llegó a ser
miembro de una sociedad secreta de jóvenes que había
adoptado las teorías socialistas; modernizadoras y
occidentalizantes. Fatigó los estudios de Fourier,
Owen y Saint Simon y profesó el culto de Balzac. Sin
embargo, los tiempos no eran propicios para la
tolerancia de ideas ni para las aperturas. Luego de
los levantamientos de 1848 en toda Europa, la
autocracia zarista protagonizó una oleada de reacción
que llevó a la cárcel y al exilio a miles de
disidentes. Dostoievski cayó entre ellos por “haber
tomado parte en designios criminales llenos de
expresiones insolentes hacia la Iglesia ortodoxa y la
autoridad suprema; y haber intentado, en unión de
otros, difundir escritos antigubernamentales
sirviéndose para ello de una imprentilla privada”.
Encerrado en la fortaleza de Pedro y Pablo fue
condenado a ocho años de trabajos forzados en Siberia,
pero antes de leerle la sentencia, en un gesto de
máxima crueldad, fue sometido a un simulacro de
fusilamiento. Sus años de encarcelamiento y
servidumbre penal en la estepa calaron hondo en la
personalidad del joven idealista, transformándolo en
escéptico y nihilista, defensor del paneslavismo, la
Iglesia católica griega, la monarquía absoluta y el
culto del nacionalismo ruso.
Su vida
afectiva tampoco fue feliz: su primera mujer se
transformó en un infierno para él, atormentando, aún
más, su alma inestable. En sus viajes, una vez
recuperada la libertad, por Alemania, Inglaterra y
Francia, se despertó en él una compulsión por el juego
que lo perseguiría con deudas y ruina económica hasta
el fin de sus días. Precisamente para hacer frente a
la inseguridad económica se vuelca febrilmente a la
producción literaria. Sus grandes novelas fueron
escritas bajo la tensión del apuro y el vencimiento de
los plazos: Memorias del subsuelo (1864);
Crimen y castigo (1866); El jugador (1867);
El idiota (1868); Los demonios (1872) y
Los hermanos Karamázov (1880). Murió en San
Petersburgo en 1881.
EL
PROFETA DE UNA MODERNIDAD FALLIDA
Así
como el siglo diecinueve fue la era del triunfo de las
burguesías, de la expansión de las ideas liberales y
de la consolidación del capitalismo en casi toda
Europa, la reacción en Rusia abortó sucesivamente
todos los intentos de modernización anclándose la
autocracia zarista en el despotismo y la servidumbre.
El
fracaso de la revolución decembrista, fallido intento
de introducir los nuevos aires liberales, frenó el
desarrollo del proyecto burgués y trajo como
consecuencia la represión encarnada por Nicolás I. La
contrarrevolución había triunfado; sin embargo, la
situación social explosiva y la guerra de Crimea, en
un tablero internacional cada vez más desfavorable
para las pretensiones imperiales, obligaron al nuevo
zar Alejandro II a otorgar mayores libertades y abolir
la servidumbre tardíamente (1861). A pesar de ello,
las grandes masas campesinas rusas no lograron
beneficiarse con su manumisión. Un complejo sistema de
tributos y onerosas deudas con sus antiguos señores
mantuvo al campesinado en una situación aún más
terrible que la del régimen servil.
Por su
carácter periférico y subdesarrollado, el capitalismo
ruso se transformó en un laboratorio propicio para el
surgimiento del activismo revolucionario y directo,
siendo cuna de extremismos de la más diversa
procedencia ideológica. El anarquismo, el populismo y
el nacionalismo místico se diseminaron con fuerza
arrolladora. Curiosamente, el zar más liberal fue
asesinado en un atentado en la avenida Nevsky en 1881.
Mientras Europa celebraba con jubiloso optimismo el
avance industrial y colonial, “La santa madre Rusia”
se despeñaba por la pendiente de la degradación y el
anacronismo histórico.
Dostoievski no fue ajeno a la turbulenta vida social y
política de su tiempo. Sus convicciones utópicas y
socializantes fueron cruelmente desmentidas, agriando
su espíritu y su literatura. El desterrado que vuelve
de Siberia ya no es el mismo. Descree del Hombre Nuevo
que planteara Chernichievski en su célebre novela
¿Qué hacer? De ese entonces en más, los hombres
del subsuelo deambularían entre la angustia y la
desesperación; sus paisajes serían lúgubres y
sombríos, ostentando con fuerza testimonial, no
despojada de patetismo, una genealogía de la inquietud
y del desconsuelo que prefiguraría los horrores
colectivos e individuales del siglo veinte. Si
pensáramos junto a Benjamin en la historia como un
destello luminoso del pasado en un momento de peligro,
echaríamos por tierra las concepciones lineales y
evolucionistas del devenir histórico, tarea que nos
permitiría pensar la política como tragedia, es decir,
como “dialéctica en suspenso” sin síntesis superadora
y como metáfora teatral. Éste es el núcleo de la
tragedia griega y del teatro isabelino. Es
precisamente Hamlet y su proverbial indecisión el
personaje emblemático del “desquicio de los tiempos”.
La imposibilidad de resolver el choque de valores de
dos mundos confrontados; el de la guerra de todos
contra todos frente al nacimiento del Estado moderno y
el triunfo de la política; es lo que convierte a
Hamlet en un héroe trágico y en tránsito. “La política
comienza cuando se retiran los cadáveres”.
La
figura de Dostoievski comparte mucho de los atributos
de ese espíritu escindido. Así como la puesta en
escena de una obra llamada “La ratonera” le sirve al
príncipe de Dinamarca para desenmascarar un crimen y
cifrar en miniatura el desenlace, también para
Dostoievski “La ratonera” o “El subsuelo” concentrará
lo indecidible y oscuro del hombre-ratón. La
literatura es afecta a estas simetrías. Los espectros
de Shakespeare visitaron con asiduidad el alma
torturada del gran escritor ruso.
San
Petersburgo, creada sobre un pantano, no logró emerger
sobre su propia promesa. Se transformó en la metáfora
perfecta de la impotencia y el anegamiento. Esta
tragedia política y social se concentró en un hombre y
en una sensibilidad que fundaron un momento único en
la literatura universal.
DOSTOIEVSKI Y SUS SUCESORES
Decía
Borges que Nabokov “no había encontrado una sola
página de Dostoievski digna de ser incluida en una
antología de la literatura rusa”. Esto quiere decir,
agregaba, que Dostoievski no debe ser juzgado por cada
página sino por la suma de páginas que componen el
libro. De acuerdo, quizás sus textos no resistan la
disección perfeccionista ni la manía clasificatoria
que obsesiona a cierta crítica. No fue un Turgueniev
ni un Gógol, jamás alcanzó el vuelo poético de
Puschkin y, sin embargo, los efectos del mundo
dostoievskiano fundaron un fecundo linaje de
resonancias contemporáneas. A la luz del devenir
histórico y de la evolución artística, las figuras
dostoievskianas ejercieron una fascinación perdurable
y creciente sobre gran parte de la literatura del
siglo veinte. Contemporáneo de Melville, de Poe y de
Eugenio Sue, sus textos tuvieron el influjo epocal
echándose luz recíprocamente. La nouvelle Bartebly,
la novela policial, el suspense, los temas del
gótico y el melodrama folletinesco nutrieron una
narrativa dilatada cuya condensación máxima ya la
podemos encontrar en las Memorias del subsuelo:
ahí están los rasgos esenciales de Raskolnicov,
Stravoguin y Karamázov.
Memorias del subsuelo
se compone de dos partes: la primera integrada por
once breves capítulos en los que se desgrana un largo
soliloquio frente a un auditorio fantasmal; el
narrador, el hombre-ratón, esboza ideas filosóficas,
comenta novedades periodísticas y utiliza diversos
recursos retóricos para dar la impresión de ser un
hombre importante. Recién en la segunda parte podemos
encontrar tres sucesos de carácter dramático que
potencian la acción de la novela. La misma ficción
destila desencanto y resentimiento haciendo de la
infelicidad una virtud ética y un manifiesto estético,
indaga en el absurdo y el sinsentido de un
personaje insignificante. El nihilismo indolente y la
impotencia del hombre subterráneo en Dostoievski
definirían un género que hacia 1919 reinventaría y
profundizaría Kafka, género que echaría raíces en la
conciencia desgarrada de la modernidad: la
insectificación de Gregorio Samsa, la náusea sartreana
de Roquentin y el extrañamiento de Mersault en Camus
son de una evidente y clara filiación al “momento
dostoievskiano”. Las vanguardias, el expresionismo
alemán y el existencialismo desarrollarán los tópicos
de la locura, la marginalidad y el irracionalismo.
Como si dijéramos que ante el desencantamiento del
mundo provocado por el triunfo de la razón
instrumental las nuevas corrientes se arrogaron la
tarea de reencantarlo. Las rupturas revolucionarias de
distinto signo nos ofrecieron el espectáculo especular
y simétrico de la estetización de la política y la
politización del arte.
En el
caso argentino, una de las mayores recepciones del
momento dostoievskiano la encontramos en la obra de
Roberto Arlt. El juguete rabioso, Los siete
locos y Los lanzallamas, reúnen una galería
humana de marginales en una lucha desesperada contra
la sociedad de clases, el poder y el dinero. La
traición el crimen y la conjura esotérica
constituyeron una nueva gramática en los saberes de
las clases populares. Personajes como Silvio Astier,
El Astrólogo y Erdosain resumen la traducción porteña
de una modernidad bizarra. La vasta inmigración, la
urbanización y la aparición de nuevos actores sociales
trastocaron los ideales de la Argentina del
Centenario. La literatura del grupo Boedo encabezado
por Elías Castelnuovo trabajó los temas del realismo
ruso y del patetismo social como lacras de la sociedad
capitalista. Dostoievski sería la guía tutelar
complementada por el credo de la reciente revolución
bolchevique. Ciertos tonos de este naturalismo brutal
y monstruoso fueron continuados por textos más
contemporáneos como El fiord de Osvaldo
Lamborghini y El frasquito de Luis Gusmán. La
visión sombría se encarnaría, también, en el pesimismo
telúrico de Martínez Estrada y en las fobias
subterráneas de Ernesto Sábato. Tal como la ciudad de
Pedro, Buenos Aires pareció ser “la capital de un
imperio que nunca fue”, y el siglo veinte para la
Argentina representa también la historia de una
frustración.
Junio de 2005
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