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CLIVE BARKER

Nicholas Blake
(1904/1972) es el seudónimo del poeta, dramaturgo,
novelista y crítico Cecil Day Lewis, nacido en 1904 en
Ballintogher, Irlanda del Norte.
Cursó sus estudios en Oxford y bajo
su verdadero nombre ha publicado las siguientes obras:
Poesía: Transitional Poem, con la que, según
Francis Scarfe, inicia el movimiento llamado de la
“Liberación de la Poesía” y en opinión de Borges vertida
en el prólogo de Minuto para el crimen, se trata de
una de las más tardías manifestaciones del futurismo,
From Feathers to Iron, The Magnetic Mountain
(1933), Overtures to Death, Poems in Wartime.
Teatro: Noah and the Water; Novela: Child of Misfortune (1939),
Word Over All
(1943);
Crítica: A Hope for Poetry,
Poetry for You; Compilaciones: (en colaboración
con L. A. G. Strong) A New Anthology of Modern
Verse;
Traducciones: Geórgicas de
Virgilio (en verso inglés). En 1951 fue nombrado profesor
de poesía de la Universidad de Oxford. En 1968 sucedió a Masefield como poeta laureado de Inglaterra. Junto a W. H.
Auden y Stephen Spender representó la escuela
poética-política de los años 30. Sin embargo en su
autobiografía, titulada Buried Day, hace una
revisión crítica de su ideología (perteneció al partido
comunista).
A pesar de su importancia
como poeta su difusión popular llega con la producción de
novelas policiales que escribe bajo el seudónimo de
Nicholas Blake. Ellas son: The Beast Must die
(La Bestia debe morir) de la cual publicamos un fragmento,
There’s Trouble Brewing (Los toneles de la muerte),
A Question of Proof (Cuestión de Prueba), Thou
Shell of Death (¡Oh envoltura de la muerte!), The
Case of the Abominable Snowman (El abominable hombre
de nieve), Malice in Wonderland, The Smiler with
the Knife, Head of a Traveller (La cabeza del
viajero) y Minute for Murder (Minuto para el
crimen) (1952).
A esta faceta de su producción no se
le han
ahorrado elogios. Howard
Haycraft afirma que “es de los pocos escritores que
concilian la excelencia literaria con el arte de urdir
misterios perfectos. Trátase de un maestro del género
policial”. Más allá de los elogios que ha provocado, su
lectura atrapa por la simpleza con que recorre cada uno de
los misterios en el que teje la trama y desteje su
solución con una precisión quirúrgica. Luego de leer el
fragmento aquí publicado difícilmente pueda el lector
sustraerse a la curiosidad de conocer el resto de la
historia.
Nicholas Blake o Cecil Day Lewis
murió en Hadley Wood,
Hertfordshire, en 1972.
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PRIMERA PARTE
DEL DIARIO DE FÉLIX
LAE
Junio 20 de 1937.
Voy a matar a un hombre.
No sé cómo se llama, no sé dónde vive, no tengo idea
de su aspecto. Pero voy a encontrarle, y le mataré...
Amable lector: debe
perdonarme este comienzo melodramático. Parece la
primera frase de una de mis novelas policíacas, ¿no es
cierto? Sólo que esta historia nunca será publicada, y
el amable lector es una cortés convención. No, tal vez
no sea una cortés convención. Estoy decidido a cometer
lo que la gente llama “un crimen”. Todo criminal,
cuando carece de cómplices, necesita de un confidente:
la soledad, el espantoso aislamiento y la angustia del
crimen son demasiado para un solo hombre.
Tarde o temprano confesará
todo. O, aunque su voluntad siga firme, le traicionará
su súper-yo, ese estricto moralista que llevamos
dentro y que juega al gato y al ratón con los
furtivos, con los cautelosos o con los atrevidos,
induciendo al criminal in lapsus verbi;
induciéndole al exceso de confianza, dejando pruebas
en contra y representando el papel de agente
provocador.
Todas las fuerzas de la
ley y el orden serían impotentes contra un hombre
absolutamente desprovisto de conciencia.
Pero en lo más hondo de
nosotros existe ese deseo de expiación, una sensación
de culpabilidad, el íntimo traidor; somos delatados
por lo que tenemos de falso. Si la lengua se niega a
confesar, lo harán nuestros actos inconscientes. Por
eso el criminal regresa a la escena del crimen. Por
eso estoy escribiendo este diario. Usted, imaginario
lector, hypocrite lecteur, mon semblable, mon •frére,
será mi confesor. No le ocultaré nada. Usted será
quien me salve de la horca, si alguien puede hacerlo.
Resulta bastante fácil
afrontar un crimen, aquí sentado, en el bungalow
que me prestó James para que me restableciera después
de mi colapso nervioso (no, amable lector, no estoy
loco; debe abandonar desde ahora esa idea. Nunca he
estado más cuerdo; culpable, pero no demente).
Es bastante fácil afrontar
un crimen mirando por la ventana el Golden Cap que
brilla en el sol de la tarde, las olas metálicas y
encrespadas de la bahía, y el brazo curvo del Cobb con
sus barquitos, cuarenta metros más abajo. Porque todo
esto, para mí, significa Martie. Si no le hubieran
matado, estaríamos haciendo excursiones en el Golden
Cap; él estaría chapoteando en el agua con ese
brillante traje de baño, del que estaba tan orgulloso;
y hoy habría cumplido siete años; yo le había
prometido enseñarle a manejar el dinghy cuando
tuviera siete años.
Martie era mi hijo. Una
noche, hace seis meses, estaba cruzando la calle
frente a nuestra casa. Había ido al pueblo a comprar
caramelos. Para él habrá sido un resplandor de faros
en la curva, la pesadilla de un momento, y luego el
impacto, transformándolo todo en una eterna oscuridad.
Su cuerpo fue arrojado a
la cuneta. Murió en seguida, minutos antes de que yo
llegara. El paquete de caramelos estaba desparramado
sobre el asfalto; recuerdo que empecé a recogerlos. No
me parecía que hubiese otra cosa que hacer, hasta que
encontré uno con sangre. Después estuve enfermo
durante bastante tiempo: fiebre cerebral, colapso
nervioso, o algo semejante. La verdad, por supuesto,
es que naturalmente yo no quería seguir viviendo.
Martie era todo lo que me quedaba en el mundo. Tessa
había muerto al darle a luz.
El hombre que mató a
Martie no detuvo su coche. La policía no ha podido
encontrarle. Dijeron que para que el cuerpo fuera
arrojado y herido de esa manera, debió tomar la curva
a ochenta por hora.
Ese es el hombre que tengo
que encontrar y matar.
No creo que por hoy pueda
seguir escribiendo.
Junio 21.
Amable lector: había
prometido no ocultarle nada, y ya he roto mi promesa.
Pero es una cosa que tenía que ocultarme a mí mismo, a
la vez, hasta que estuviera bastante bien como para
encararla: ¿Fue culpa mía? ¿Hice mal en permitir que
Martie fuera al pueblo?
Ya está. Gracias a Dios,
ya lo he dicho; el dolor de escribirlo casi me ha
hecho atravesar el papel con la pluma. Me siento débil
como si me hubieran arrancado de la carne la punta de
una flecha; pero el dolor mismo es una especie de
alivio. Déjenme mirar la flecha que estaba matándome
lentamente. Si yo no le hubiera dado a Martie los
veinte centavos, si yo hubiera ido con él esa noche, o
mandado a la señora Teague, todavía estaría vivo,
estaríamos navegando en la bahía, o pescando camarones
en la boca del Cobb, o descolgándonos por los riscos
entre esas flores amarillas... ¿Cómo se llamaban?
Martie quería saber el nombre de todas las cosas, pero
ahora que estoy solo me parece que no hay ninguna
razón para averiguarlo. Yo quería que se criara
independiente. Sabía que, muerta Tessa, existía el
peligro de que mi cariño lo echara todo a perder.
Traté de que se acostumbrara al peligro; pero ya había
ido solo al pueblo docenas de veces: mientras yo
trabajaba, tenía la costumbre de jugar con los niños
del pueblo. Era cuidadoso al cruzar la calle y, por
otra parte, en ese camino hay muy poco tránsito.
¿Quién hubiera pensado que aquel diablo aparecería por
la curva, destruyendo todo a su paso? Luciéndose ante
alguna inmunda mujer que le acompañaba; o borracho. Y
no tuvo el coraje de pararse y dar la cara.
Tessa querida, ¿fue mía la
culpa? No te hubiera gustado que le criara envuelto en
algodones, ¿verdad? A ti no te gustaba que te mimaran,
o que anduvieran detrás de ti: eras independiente como
el diablo. No. Mi conciencia me dice que tenía razón;
pero no puedo sacarme de la cabeza esa mano apretando
el cartucho de papel; no me acusa, pero no me deja
descansar —es un dulce fantasma que me importuna—. Mi
venganza será para mí solo.
Me gustaría saber si el
médico oficial hizo algún comentario censurando mi
“negligencia”. En el sanatorio no me dejaron ver el
papel. Sólo sé que dictaron sentencia del homicidio
casual, contra una persona o personas desconocidas.
¡Homicidio casual! Asesinato infantil más bien. Si le
hubieran cogido, le habrían condenado a unos meses de
cárcel y luego hubiera estado libre para hacerse el
loco de nuevo, a menos que le hubieran quitado para
siempre el permiso de conducir, y creo que nunca lo
hacen.
Tengo que encontrarle e
impedir que siga siendo un peligro. Al hombre que le
mate deberían coronarle con flores (¿dónde leí algo
parecido?), como benefactor público.
No, no empieces a
engañarte. Lo que te propones no tiene nada que ver
con la justicia abstracta. Pero me gustaría saber qué
dijo el oficial. Tal vez eso me retenga aún aquí,
puesto que ya estoy bastante repuesto; temo, sí, qué
dirán los vecinos. “Mirad, ahí va el hombre que dejó
matar a su hijo”: eso dijo el oficial. ¡Oh, que se
vayan al diablo! ¡Y el oficial también! Ya tendrán
razones para llamarme asesino dentro de poco; entonces
¿qué importa?
Pasado mañana me voy a
casa. Ya está arreglado. Escribiré a la señora Teague
esta noche y le diré que prepare la casa. Ya he
afrontado lo peor de la muerte de Martie, y creo
sinceramente que no tengo nada que reprocharme. Mi
cura ya está terminada; ya puedo dedicar todo mi
corazón a la única cosa que me queda por hacer.
Junio 22.
Esta tarde he recibido una
rápida visita de James; “solamente para saber cómo
sigues”. Muy amable. Se sorprendió de encontrarme tan
bien. Le dije que se debía a la saludable situación de
su bungalow: no podía decirle que ya le había
encontrado una finalidad a mi vida; le hubiera
incitado a hacer preguntas molestas. A una de ellas,
por lo menos, ni yo mismo podría responder. “¿Cuándo
decidiste por primera vez matar a X?” es el tipo de
pregunta (como “¿Cuándo te enamoraste de mí?”) que
requiere todo un tratado para ser contestada. Y los
futuros asesinos, a diferencia de los amantes,
prefieren no hablar acerca de ellos mismos, a pesar de
que este diario evidencia lo contrario; más bien
hablan después, del hecho, y demasiado, ¡pobres
infelices!
Bueno, mi imaginario
confesor, supongo que ya es hora de que conozca
algunos detalles personales míos: edad, estatura,
peso, color de los ojos, condiciones para el oficio de
asesino; ese tipo de cosas.
Tengo treinta y cinco
años, mido un metro sesenta y cinco, ojos pardos,
expresión habitual una especie de sombría
benevolencia, como la lechuza, o por lo menos, eso me
decía siempre Tessa.
Mi pelo, por una extraña
anomalía, no ha encanecido aún. Mi nombre es Frank
Caimes. Antes tenía un escritorio (no diré empleo) en
el Ministerio del Trabajo; pero hace cinco años una
herencia y mi propia pereza me persuadieron a
presentar mi renuncia y a retirarme a la casa de campo
donde Tessa y yo habíamos siempre deseado vivir. “Allí
debería haber muerto”, como dice el poeta.
Dar vueltas por el jardín,
y en el dinghy, era muy poco, aun para mis
posibilidades de ocio; por eso empecé a escribir
novelas policíacas bajo el seudónimo de Félix Lane.
Son bastante buenas, según parece, y me reportan una
sorprendente cantidad de dinero; pero no puedo
convencerme de que la ficción policíaca sea una rama
seria de la literatura; por eso Félix Lane ha
permanecido siempre en el incógnito.
Mis editores se han
comprometido a no descubrir el secreto de mi
identidad; después de su horror inicial frente a la
idea de un escritor que no quiere ser relacionado con
las ineptitudes que da a la luz, terminaron
divirtiéndose con esa especie de misterio. “Buena
publicidad, este asunto del misterio”, pensaron con la
simple credulidad de los de su clase, y empezaron a
usarlo como propaganda; aunque me gustaría mucho saber
a quién demonios importa dos pepinos saber quién es en
realidad Félix Lane; él me será muy útil en un futuro
próximo. Cuando mis vecinos me pregunten qué estoy
escribiendo durante todo el día, les diré que trabajo
en la biografía de Wordsworth; sé bastante acerca de
él, pero me comería una tonelada de engrudo antes que
escribir su biografía.
Mis cualidades para un
crimen son, por no decir otra cosa, débiles:
representando a Félix Lane he adquirido algunos
conocimientos superficiales de medicina legal,
justicia criminal y procedimiento policíaco.
Nunca he disparado un
tiro, ni he envenenado a una rata. Mis estudios sobre
criminología me han hecho comprender que solamente los
generales, los cirujanos famosos y los propietarios de
minas pueden cometer asesinatos impunemente. Pero tal
vez sea injusto con los asesinos no profesionales.
Con respecto a mi
carácter, es mejor deducirlo de este diario; me gusta
imaginar que lo creo sumamente despreciable, pero esto
tal vez sea tan sólo una sofisticación...
Perdóneme usted esta
locuacidad presuntuosa, amable lector que nunca habrá
de leerla. Un hombre está obligado a hablar consigo
mismo cuando se encuentra sobre los hielos flotantes,
solo en la oscuridad, perdido. Mañana vuelvo a casa;
espero que la señora Teague haya regalado sus
juguetes. Así se lo ordené.
Junio 23.
La casa está como antes; y
¿por qué no? ¿Acaso las paredes deberían estar
llorando? Esa patética presunción de esperar que todo
el rostro de la naturaleza cambie por nuestros
pequeños y retorcidos sufrimientos es típica de la
impertinencia humana. Por supuesto, la casa está
igual, salvo que no hay vida en ella. Veo que han
puesto una señal de peligro en la curva; demasiado
tarde, como de costumbre.
La señora Teague está muy
abatida. Parece que lo ha sentido; o tal vez sus tonos
funerarios sean sólo comedia de habitación de enfermo
para halagarme. Leyendo de nuevo esta frase, la
encuentro singularmente malvada; celos porque otra
persona ha querido a Martie y ha ocupado un lugar en
su vida.
Dios mío, ¿habré estado a
punto de convertirme en uno de esos padres
absorbentes? Si es así, realmente no sirvo para
asesino.
Escribía esto cuando entró
la señora Teague, con una expresión de pedir
disculpas, aunque decidida, en su enorme cara
colorada, como una esposa tímida que se ha
comprometido a elevar una queja, o como un comulgante
que vuelve del altar. “No pude hacerlo, señor —dijo—;
no he tenido coraje.” Y me horrorizó echándose a
sollozar. “¿Hacer qué?”, pregunté. “Regalarlos”,
sollozó.
Tiró una llave sobre la
mesa y salió del cuarto.
Era la llave del armario
de los juguetes de Martie. Subí al cuarto del chico y
abrí el armario. Tuve que hacerlo en seguida, porque,
si no, nunca lo hubiera hecho. Durante largo rato,
incapaz de pensar, estuve mirando el garaje de
juguete, la locomotora Hornby, el viejo osito con su
único ojo; sus tres favoritos.
Me vinieron a la mente los
versos de Coventry Patmore.
A su alcance tenía
una caja de bolitas,
una piedra veteada,
un pedazo de vidrio roído
por la playa,
y siete u ocho conchillas:
una botella con
campanillas
y dos monedas -francesas
de cobre,
arregladas con arte
cuidadoso,
para consolar su corazón
desolado.
La señora Teague tenía
razón. Me hacía falta. Hacía falta algo que mantuviera
abierta la herida: esos juguetes son un recuerdo más
punzante que la tumba en el cementerio, no me dejarán
dormir, serán la muerte de alguien.
Junio 24.
Esta mañana he hablado con
el sargento Eider. Cien kilos de músculo y de hueso,
como diría Sapper, y más o menos un miligramo de
cerebro; los arrogantes ojos de pescado del imbécil
investido de autoridad. ¿Por qué nos sentimos siempre
invadidos por una especie de parálisis moral al hablar
con un policía, como si uno estuviera a bordo de una
canoa a punto de ser arrollada por el Normandie?
Probablemente es una
especie de temor contagioso. El policía está siempre a
la defensiva: contra las clases superiores porque
pueden dañarle si da un paso en falso; contra las
clases inferiores porque es el representante de la ley
y el orden, que éstas parecen considerar, con toda
razón, como sus enemigos naturales.
Eider desplegó la
acostumbrada reticencia pomposa y oficial; tiene la
costumbre de rascarse el lóbulo de la oreja derecha y
mirar, al mismo tiempo, hacia la pared, por encima de
uno, costumbre que considero extrañamente irritante.
Me dijo que aún proseguían
las investigaciones; todas las posibilidades serían
analizadas; habían reunido gran cantidad de
informaciones, pero todavía no había ninguna pista
segura. Lo cual significa, por supuesto, que han
llegado a un punto muerto y no quieren admitirlo. Me
dejan la vía libre. Combate abierto. Me alegro.
Le ofrecí a Eider un medio
litro, y se ablandó un poco. Averigüé algunos detalles
de las investigaciones. La policía es bastante
perfecta. Aparte de la llamada radiotelefónica para
que se presentaran los testigos del accidente, parece
que visitaron todos los garajes del condado,
averiguando si no habían traído radiadores averiados
para arreglar, parachoques, guardabarros, etc.; se
investigaron las coartadas de todos los propietarios
de coches con respecto al instante del accidente,
dentro de un extenso radio. Además preguntaron, casa
por casa, a lo largo de la posible ruta seguida por el
individuo en las proximidades del pueblo; se interrogó
a los propietarios de las gasolineras; y así
sucesivamente. Parece que aquella tarde había tenido
lugar un juicio público, y la policía pensó que la
persona buscada podía haber sido alguno de los
asistentes que se hubiera extraviado (en verdad corría
a la velocidad de alguien que quisiera recuperar el
tiempo perdido); pero ninguno de los coches estaba
averiado al llegar a la próxima parada. También
descubrieron, de acuerdo con las horas indicadas por
los oficiales de esas paradas y de la anterior, que
ninguno de los conductores había tenido tiempo para
dar un rodeo y pasar por el pueblo. Pudo existir
alguna excepción; pero pienso que la policía la
hubiera descubierto.
Creo haber obtenido toda
esta información sin parecer demasiado fríamente
inquisitivo. ¿Para qué quiere saber todo esto un padre
desolado? Bueno, supongo que Eider no se preocupa
demasiado por los matices morbosos de la psicología.
Pero es un problema abrumador. ¿Qué éxito puedo tener
donde ha fallado toda la organización policíaca? Es
como buscar una aguja en un pajar.
Un momento. Si yo quisiera
esconder una aguja, no la escondería en un pajar: la
escondería en un montón de agujas. Eider estaba muy
seguro de que el impacto del choque debía haber
averiado de algún modo la parte delantera del coche,
aunque Martie pesara menos que una pluma. La mejor
manera de disimular una avería sería causar más daño
en el mismo lugar. Si yo hubiera atropellado a un
chico y hubiera abollado un guardabarros, buscaría
otro accidente: lanzaría el coche contra una puerta,
un árbol o cualquier otra cosa; esto disimularía todas
las marcas del choque anterior. Tenemos que ver si
aquella noche hubo algún accidente de este tipo.
Llamaré a Eider por la mañana y se lo preguntaré.
Junio 25.
La policía ya lo había
pensado. El respeto de Eider por los afligidos fue
sometido a una severa prueba, a juzgar por su tono en
el teléfono: me dio a entender, cortésmente, que la
policía no necesitaba que los de afuera le enseñaran a
hacer su trabajo. Todos los accidentes ocurridos en
las inmediaciones habían sido investigados, para
establecer su “bona fídes”, palabras textuales
del imbécil.
Es asombroso,
enloquecedor. No sé por dónde empezar. ¿Cómo se me
ocurrió que no tenía más que estirar el brazo para
coger al hombre que estoy buscando? Debe haber sido el
primer paso de la megalomanía del criminal. Después de
mi conversación telefónica de esta mañana con Eider,
me sentí irritado y desanimado. No tengo nada que
hacer; salgo a dar vueltas por el jardín, donde todo
me recuerda a Martie, sobre todo este estúpido asunto
de las rosas.
Cuando Martie apenas sabía
caminar, tenía la costumbre de seguirme por el jardín,
mientras yo cortaba las flores para la mesa. Un día
descubrí que él había cortado dos docenas de rosas
finas, que yo guardaba para una exposición; esa
espléndida flor rojo oscuro: “Noche.” Me enfadé con
él, aunque, aun en ese momento, comprendía que sólo
había querido ayudarme. Fui bestial. Luego, durante
varias horas, nadie pudo consolarle. Así se destruyen
la inocencia y la confianza. Ahora está muerto, y
supongo que ya no importa; pero me gustaría no haber
perdido la cabeza ese día; para él debió ser como el
fin del mundo. ¡Oh diablos, estoy volviéndome imbécil!
No me falta más que hacer un catálogo de sus frases
infantiles. Y ¿por qué no? Mirando ahora hacia el
césped, recuerdo cómo me dijo una vez que vio un
gusano cortado en dos por la segadora: “Mira, papá,
ese gusano quiere ir a dos lugares a un mismo tiempo”.
Me pareció muy bien esa facilidad para las metáforas;
podía haber llegado a ser poeta. Pero lo que me llevó
a pensar en estas cosas sentimentales fue el
descubrimiento que hice esa mañana al salir al jardín:
que me habían cortado todos los rosales. Mi corazón se
detuvo (como digo en mis novelas). Durante un momento
pensé que los últimos seis meses habían sido una
pesadilla y que Martie estaba todavía vivo. Sin duda
habrá sido algún chico travieso. Pero esto me
desanimó, me hizo sentir como si todo estuviera en
contra de mí; una providencia misericordiosa y justa
podría haber dejado por lo menos algunas losas.
Supongo que tendré que comunicar este acto de
“vandalismo” a Eider, pero no tengo ganas de que me
molesten.
Hay algo intolerablemente
teatral en el sonido de los sollozos.
Espero que la señora
Teague no me haya oído. Mañana por la noche recorreré
las tabernas y veré si consigo alguna información. No
puedo seguir para siempre entristeciéndome dentro de
mi casa. Tal vez vaya a tomar algunas copas con Peters,
antes de acostarme.
Junio 26.
Hay un placer incomparable
en la simulación: la sensación de aquel hombre del
cuento, que llevaba en el bolsillo una bomba que, al
apretar una perilla, le haría volar instantáneamente
junto con todo lo que le rodeaba. Sentí lo mismo
cuando me comprometí secretamente con Tessa. Ese
secreto peligroso y maravilloso dentro de mi pecho; y
lo sentí de nuevo anoche, hablando con Peters.
Es un buen tipo, pero
supongo que nunca se ha encontrado con nada más
melodramático que un parto, una artritis o una gripe.
Yo trataba de imaginarme qué hubiera dicho de haber
sabido que un futuro asesino estaba sentado con él,
tomando un whisky. En un momento dado, el deseo de
decirlo llegó a ser intolerable. Realmente, tendré que
ser más cuidadoso. Esto no es un juego.
No lo hubiera creído, pero
no quiero que me manden de nuevo a ese sanatorio —o a
algún lugar peor— bajo “observación”.
Me alegré cuando Peters me
dijo, después que me hube decidido a preguntárselo,
que el informe no decía nada acerca de una posible
responsabilidad mía en la muerte de Martie. Sin
embargo, todavía me molesta esa idea. Miro las caras
de las personas del pueblo y trato de imaginarme lo
que realmente estarán pensando de mí. La señora
Anderson, por ejemplo, la viuda de nuestro organista,
¿por qué cruzó esta mañana la calle para evitarme?
Siempre quiso mucho a
Martie. En realidad, me lo estaba arruinando con sus
fresas con nata y esos extraños rombos de gelatina, y
sus mimos furtivos cuando suponía que yo no miraba.
Esto último nos disgustaba a ambos por igual.
Es cierto que la pobre
nunca tuvo hijos, y que la muerte de Anderson fue para
ella un golpe decisivo. Preferiría que me cortaran en
pedazos antes que tener que soportar su pegajosa
simpatía. Como casi todas las personas que llevan una
vida aislada —aislada espiritualmente, quiero decir—,
soy extraordinariamente sensible a la opinión que los
demás tienen de mí. Odio la idea de ser un tipo
popular, bien recibido en todas partes; sin embargo,
la idea de ser impopular me produce un sentimiento de
profunda intranquilidad. No es un rasgo muy simpático
querer comerse el pastel y al mismo tiempo
guardárselo; ser querido por mis vecinos, pero
permanecer esencialmente separado de ellos. Pero, por
otra parte, como ya he dicho, no pretendo ser una
persona muy agradable.
Voy a ir al Saddler's Arms,
y afrontar la opinión pública dentro de su mismo
antro. Tal vez consiga una pista, aunque supongo que
Eider ya debe haber interrogado a los muchachos.
Más tarde.
He bebido casi cinco
litros en las últimas horas, pero todavía estoy frío.
Parece que hay algunas heridas demasiado profundas
para la anestesia local. Todos muy amigos.
Por lo menos no soy el
villano de la obra.
“Una vergüenza —dijeron—.
La horca es muy poco para esa clase de gente.”
“Echamos de menos al
chico; era muy espabilado —dijo el viejo Bamett, el
granjero—. Esos automóviles son la maldición de los
campos: si dependiera de mí, los prohibiría.”
Bert Cozzens, el sabio del
pueblo, agregó: “Es el peaje de los caminos, no es más
que eso, la libertad de tránsito de los caminos.
Selección natural, ¿comprenden? Supervivencia de los
más aptos, sin faltarle al respeto, señor; frente a
esta horrible fatalidad, le acompañamos todos en el
sentimiento”.
“¿Supervivencia de los más
aptos? —chilló el joven Joe—. ¿Qué nos cuentas, Bert?
Supervivencia de los más gordos, parece.”
Esto fue considerado como
una falta de respeto, y el joven Joe fue suprimido de
la conversación.
Son buenas personas: ni
hipócritas ni cínicos ni sentimentales cuando se trata
de la muerte; tienen la correcta actitud realista. Sus
hijos deben ahogarse o nadar; no pueden pagarse
nodrizas o comidas de fantasía, por eso nunca se les
ocurriría ver mal que yo permitiera a Martie vivir la
vida independiente y natural de sus propios hijos.
Yo pude haberlo adivinado.
Pero temo que no me hayan sido útiles en ningún
sentido. Como lo resumiera Ted Bamett, “daríamos todos
los dedos de la mano derecha por encontrar al
sinvergüenza que hizo eso. Después del accidente vimos
a uno o dos coches que cruzaban por el pueblo, pero no
nos fijamos en ellos, pues no sabíamos qué había
pasado; y los faros deslumbran de tal manera, que uno
no puede ver las matrículas. Supongo que para eso está
la policía. Lástima que Eider se pasa el tiempo...” Y
aquí seguía una serie de calumnias y de suposiciones,
de un carácter sumamente erótico, relativas a lo que
nuestro honorable sargento hace en sus horas libres.
Lo mismo en el Lion and
Lamb y en el Grown. Mucha voluntad, pero ninguna
información. A este paso no llegaré a ninguna parte.
Debo tomar una dirección totalmente distinta. Pero
¿cuál? Esta noche estoy muy cansado para seguir
pensando.
Junio 27.
Hoy, una larga caminata
por el lado de Cirencester. He pasado por la colina
desde donde Martie y yo lanzábamos aquellos
planeadores de juguete; le gustaban terriblemente; tal
vez hubiera llegado a estrellarse con un aeroplano si
no hubiera aparecido antes el coche. Nunca olvidaré
cómo miraba los planeadores, con una cara
inefablemente tensa y solemne, como si hubiera querido
mantenerlos planeando y volando eternamente. Todo el
campo me lo recuerda. Mientras permanezca aquí, mi
herida no ha de cerrarse, y es justamente lo que
quiero.
Alguien trata de hacerme
desaparecer. Anoche destruyeron y tiraron sobre el
camino todas las plantas de lirios y de tabaco del
cantero que está bajo mi ventana. Más bien esta
mañana, temprano; a medianoche estaban como siempre.
Ningún chico del pueblo repetiría una cosa semejante.
En todo esto hay una malevolencia que me preocupa un
poco. Pero no me intimidará.
Se me ha ocurrido una idea
extraña. Tengo, tal vez, algún enemigo mortal, que ha
matado deliberadamente a Martie y que está destruyendo
ahora todas las otras cosas que amo. Fantástico.
Demuestra cómo se nos puede trastornar el cerebro si
estamos demasiado tiempo solos. Pero si esto sigue
durante más tiempo, llegaré a tener miedo de mirar por
la ventana al levantarme.
Hoy he caminado
rápidamente, para que mi cerebro no pudiera seguirme,
y por unas horas me libré de su constante
recriminación. Me siento más fresco; por lo tanto, con
su permiso, hipotético lector, me decidiré a pensar
sobre el papel. ¿Qué nueva línea de conducta debo
adoptar? Será mejor disponer el asunto bajo la forma
de una serie de proposiciones y deducciones. Ahí va:
1.° No vale la pena
utilizar los métodos de la policía, que posee más
medios y que parece haber fracasado.
La consecuencia es: debo
explotar en lo posible mis propios puntos fuertes.
Seguramente, en un escritor policíaco, la capacidad de
situarse dentro de la mente del criminal.
2.° Si yo hubiera
atropellado a un niño y averiado mi coche, me alejaría
instintivamente de los caminos principales, donde el
deterioro podría ser advertido, y trataría de llegar
lo más pronto posible a un lugar donde repararlo.
Pero, de acuerdo con la policía, todos los garajes han
sido registrados, y todas las averías que fueron
reparadas en los días siguientes al accidente eran
susceptibles de alguna explicación inocente. Por
supuesto, pueden haber mentido de una manera u otra;
si así fuera, me parece humanamente imposible
descubrirlo.
¿Qué se deduce de esto?
a) Que el coche no resultó, después de todo,
dañado; pero la opinión de los expertos sugiere que
esto es muy improbable. b) Que el criminal
llevó su coche a un garaje particular, y lo ha
mantenido hasta ahora bajo llave; es posible, pero
sumamente improbable. c) Que el criminal llevó
a cabo las reparaciones por sí mismo, secretamente;
ésta es, sin duda, la explicación más verosímil.
3.° Supongamos que el
individuo efectuó las reparaciones. ¿Esto revela algo
acerca de él?
Sí. Debe de ser un
experto, con las herramientas necesarias a su
disposición. Pero aun una pequeña abolladura en un
guardabarros hace necesaria la utilización de un
martillo, y provoca por lo tanto un estrépito capaz de
despertar a los muertos. “¡Despertar!” Exactamente.
Tuvo que hacer las reparaciones durante esa misma
noche, para que al día siguiente no quedaran rastros
del accidente. Pero un martilleo nocturno podría
despertar a la gente y provocar sospechas.
4.° No martilleó durante
la noche. Pero aunque estuviera el coche en un garaje
público, o en uno particular, los golpes de martillo
por la mañana hubieran llamado la atención, suponiendo
que hubiera podido posponer las reparaciones hasta la
mañana.
5.° No utilizó el martillo
para nada. Pero debemos suponer que las reparaciones
fueron efectuadas de una manera u otra. ¡Qué tonto
soy! Aun para arreglar una abolladura pequeña hay
que sacar el guardabarros. Y si, como estamos
obligados a deducir, el criminal estaba imposibilitado
de hacer ruido mientras arreglaba el coche, la
consecuencia es que tuvo que retirar la parte averiada
y sustituirla por otra nueva.
6.° Supongamos que colocó
otro guardabarros, quizá también un parachoques, o un
faro nuevo, y se deshizo de los averiados. ¿Qué
deducimos?
Que debe ser por lo menos
un buen mecánico, y que puede conseguir piezas de
repuesto. En otras palabras, debe trabajar en un
taller de reparaciones público. Es más: debe ser el
dueño, porque solamente el dueño del taller podría
ocultar la desaparición de esa pieza de repuesto sin
dar explicaciones.
¡Por Dios! Parece que he
llegado por fin a alguna parte. El hombre que busco
posee un taller, y debe ser importante; si no, no
tendría las piezas de repuesto necesarias; pero no
demasiado importante, porque en un taller grande las
piezas de repuesto en existencia estarían seguramente
bajo la supervisión de algún empleado o encargado, y
no en manos del patrón. A menos que el criminal fuera
ese empleado o encargado.
Me temo que esto aumente
de nuevo el radio de elección.
¿Qué puedo deducir acerca
del coche y de la naturaleza de las averías? Desde el
punto de vista del conductor, Martie cruzaba la calle
de izquierda a derecha; su cuerpo fue arrojado a la
cuneta izquierda del camino. Esto sugiere que la
abolladura ha de haber sido a la izquierda del coche,
especialmente si se desvió un poco a la derecha, para
evitarle. El guardabarros, el faro o el parachoques
izquierdo. Faro; esta palabra trata de decirme algo.
Piensa. Piensa...
¡Ya lo tengo! No había
cristales rotos sobre el camino. ¿Qué clase de faro es
más difícil de destruir con un impacto? Los que están
cubiertos por una rejilla, como los de esos coches
deportivos rápidos y bajos. Y debe haber sido un coche
bajo y alargado (con un piloto experto), para haber
podido dar vuelta a esa esquina a semejante velocidad
y sin salirse del camino.
Recapacitemos. Hay
bastantes razones hipotéticas para suponer que el
criminal es un piloto experto y temerario, propietario
o encargado de un taller público de cierta
importancia, y dueño de un coche deportivo con faros
protegidos por rejillas. Probablemente un coche
bastante nuevo; si no, se hubiera notado la diferencia
entre el guardabarros viejo de la derecha y el nuevo
de la izquierda, aunque pudo haber disimulado el nuevo
para que pareciera usado: rajaduras, polvo, etc. ¡Ah!,
y otra cosa: o su taller está en un lugar más bien
solitario, o tiene alguna buena linterna sorda; de
otro modo hubiera sido visto mientras efectuaba sus
reparaciones nocturnas. Además, esa noche tuvo que
salir de nuevo para deshacerse de las partes
deterioradas después de cambiarlas; y debe existir un
río o unos matorrales allí cerca donde tirarlas, pues
de ningún modo podía dejarlas junto a los desperdicios
del taller. ¡Cielos! Son más de las doce de la noche.
Debo acostarme. Ahora que sé por dónde empezar, me
siento como nuevo.
Junio 28.
Desesperación. ¡Cuan
frágil parece todo a la luz de la mañana! Si hasta ni
sé, ahora, si hay coches con rejillas frente a los
faros; los radiadores, sí, pero ¿los faros? Claro que
esto es fácil de averiguar. Pero aun suponiendo que
esta cadena de argumentos sea, por milagro, verídica,
estoy tan lejos como antes del hombre. Habrá miles de
dueños de garajes que poseen coches deportivos. El
accidente ocurrió más o menos a las seis y veinte de
la tarde; suponiéndole un máximo de tres horas para
colocar las partes nuevas y deshacerse de las viejas,
le quedaban todavía diez horas de oscuridad para hacer
lo que quisiera, lo cual significa que el garaje puede
estar en cualquier parte dentro de un radio de
trescientas millas. Un poco menos, quizá; no es
probable que se atreviera a cargar gasolina en alguna
parte, con la marca de la bestia sobre el coche. Pero
imagínense ustedes todos los garajes que caben en ese
radio, aun cuando lo redujéramos a cien millas. ¿Debo
ir a cada uno de ellos preguntando al dueño si tiene
un coche deportivo? ¿Y si contestara que sí? La
perspectiva es tan espantosa como la extensión
infinita de la eternidad. Mi odio hacia ese hombre ha
destruido mi sentido común.
Tal vez no sea ésta la
razón principal de mi falta de ánimo. Esta mañana
llegó una carta anónima. Traída personalmente,
mientras todos dormíamos, seguramente por el mismo
bromista repugnante o monomaniaco que ha estado
destruyendo mis flores.
Me ataca los nervios. Esta
es la carta. Papel barato, mayúsculas de imprenta como
de costumbre.
“Usted lo mató. No sé cómo
se atreve a mostrar su cara por el pueblo después de
lo que pasó el 3 de enero. ¿No se da por aludido? Aquí
no lo queremos, y vamos a crearle una situación tan
molesta que se arrepentirá de haber vuelto. La sangre
de Martie está sobre su cabeza.”
Parece una persona
educada. O personas, si el “nosotros” significa algo
definido. ¡Oh, Tessa!, ¿qué haré?
Junio 29.
¡La hora más oscura
precede al alba! ¡Ha terminado la cacería! Déjenme
saludar el nuevo día con una salva de lugares comunes.
Esta mañana he salido con mi coche, como estaba aún en
lo peor de mi depresión, pensé ir hasta Oxford para
ver a Michael. Fui por un atajo desde el Cirencester
hasta el camino de Oxford, una huella angosta por las
colinas, por donde nunca había pasado. Después de la
lluvia, todo vivía y resplandecía a la luz del sol.
Mirando a lo lejos, más allá de los montes a mi
derecha —había un maravilloso campo de trébol, color
de frambuesa aplastada—, me metí de golpe en un vado.
El coche se arrastró por
el agua hasta el otro lado y se detuvo. Nunca he
sabido nada de lo que sucede debajo del capó; pero sé
que cuando el coche se para hay que dejarlo un rato
hasta que se le pase el mal humor, y casi siempre
vuelve a marchar. Me había bajado para sacudirme el
agua —al meterme en el vado un gran abanico de agua se
había lanzado sobre mí—, cuando un sujeto apoyado en
la valla de una finca me habló.
Cambiamos unos cuantos
chistes acerca de los baños de lluvia.
Luego el individuo me dijo
que una noche, este invierno, había sucedido algo
semejante, allí mismo. Ociosamente, sólo por hablar,
le pregunté qué día. Esta pregunta resultó toda una
inspiración. Hizo con tono moralista algunos cálculos
complicados, relacionados con una visita a su suegra,
una oveja enferma y una radio que se había estropeado,
y contestó: “El tres de enero. Eso mismo: el tres de
enero. No tengo la menor duda. Después de la oración”.
En este momento —ya saben
cómo— se meten en la cabeza ciertas frases
intempestivas, vi mentalmente esta frase: “Lavado en
la Sangre del Cordero”. Recuerdo que la había leído en
un cartel, al lado de una iglesia metodista, junto al
camino. En varios sentidos, la frase de Daniel.
Después, la palabra “sangre” se asoció con la carta
que recibí ayer —”la sangre de Martie está sobre su
cabeza”—. Luego la niebla se desvaneció y vi
claramente la imagen del asesino de Martie metiéndose
a toda velocidad en el vado, como yo, pero a
propósito, para lavar del coche la sangre de Martie.
Mi boca estaba seca,
mientras preguntaba, tan negligentemente como pude, al
hombre:
—¿Usted no recuerda, por
casualidad, qué hora era cuando esa otra persona se
metió en el vado?
Estuvo pensando un rato;
todo temblaba en la balanza (estos viejos clisés son
tan satisfactorios), y luego dijo:
—No eran las siete. Menos
cuarto o menos diez, supongo. Sí, eso es. Cerca de las
siete menos cuarto.
Mi expresión debía ser
todo un poema, como algunos dicen. Vi que me miraba
con cierta curiosidad, y entonces exclamé con gran
entusiasmo:
—¡Entonces habrá sido mi
amigo! Me dijo que después de dejarme se había perdido
y metido en un vado cuando pasaba por los Cotswolds,
etcétera, etcétera.
Detrás de esa cortina de
humo mi cerebro efectuaba un cálculo relámpago. Yo
había tardado casi media hora en llegar hasta ahí. En
un coche rápido, conociendo los caminos y sin tener
que parar para consultar los mapas, X podría haberlo
hecho entre las seis y veinte, la hora del accidente,
y las siete y cuarenta y cinco.
Unos veintiocho kilómetros
en veinticinco minutos, promedio de sesenta y cinco
kilómetros por hora; bastante plausible para un coche
deportivo. Arriesgué todo en otra pregunta:
—¿No era un coche
deportivo, alargado? ¿No vio de qué marca? ¿O el
número de la matrícula?
—Se metió en el agua a
bastante velocidad; pero no distingo bien la marca de
los automóviles. Estaba oscuro, ¿sabe?, y los faros me
encandilaban. Los vi venir desde lejos. Tampoco me
acuerdo bien del número. CAD y algo más, me parece.
—¡Eso mismo! —dije—. (CAD
son las letras de las nuevas matrículas de
Gloucestershire. El círculo se está estrechando.)
Yo pensaba: “Con buenos
faros, sólo un lunático se metería a toda velocidad en
un vado grande, a menos que quisiera levantar una ola
de agua que cayera sobre la parte delantera de coche y
lavara las manchas de sangre. Yo me había metido en el
agua porque estaba mirando el paisaje, cosa que nadie
hace de noche”.
¿Por qué no entró en mis
cálculos la cuestión de la sangre? Naturalmente, si X
se veía obligado a pararse en cualquier parte durante
su viaje de regreso, las manchas de sangre sobre la
carrocería podían ser advertidas, y eran más difíciles
de explicar que un guardabarros abollado. Por otra
parte, era peligroso pararse y ponerse a limpiar la
carrocería con un trapo; no es muy fácil deshacerse de
trapos manchados de sangre. Mucho más fácil sería
meterse en un vado, y dejar que el agua hiciera el
resto. Seguramente, había detenido el coche para ver
si la limpieza había sido completa.
Pero el hombre estaba
diciendo, con la sospecha de un guiño en la cara:
—Es bastante bonita,
señor, ¿verdad? Por un momento pensé que me hablaba de
otra cosa. Luego, horrorizado, comprendí que se
refería a X. Por algún motivo desconocido nunca se me
había ocurrido que la persona que buscaba pudiera ser
una mujer.
—No sabía que mi amigo
llevaba un... una pasajera consigo —balbuceé, tratando
de reponerme.
—¡Oh, ah! —dijo.
(¡Aceptado! ¡Gracias Dios!) Luego en el coche, iban un
hombre y una mujer. El canalla, como había imaginado,
andaba pavoneándose. Procuré que el hombre me
describiera a “mi amigo”, pero no resultó gran cosa
—un tipo grandote, bien vestido, bien educado—. Había
que ver cómo estaba de nerviosa, la señora se había
asustado al entrar en el vado a semejante velocidad.
Todo el tiempo decía: “¡Oh, George apresúrate; no
podemos quedarnos aquí toda la noche!”. Pero él
no tenía prisa, se quedaba así como está usted,
apoyado en el guardabarros charlando amablemente.
—¿Apoyado en el
guardabarros? ¿Así? —pregunté, asombrado por mi buena
suerte.
—Hum. Así era.
Yo estaba apoyado en el
guardabarros delantero izquierdo; el mismo que debía
de habérsele abollado a X: X se había apoyado allí,
seguramente, para ocultar la abolladura al hombre con
quien yo hablaba. Le hice otras preguntas, con el
mayor tacto posible, pero no le pude sacar más datos
acerca del hombre o de su coche. Yo estaba furioso. No
encontrando otra cosa que decir, adopté un tono
repugnante y horrible.
—Bueno, tendré que
preguntarle a George acerca de esta amiga suya. Esas
cosas no se pueden hacer. ¡Y un hombre casado! Me
gustaría saber quién es ella.
La broma dio en el blanco.
El individuo se rascó la cabeza.
—Pensándolo bien, yo sé su
nombre; pero no lo recuerdo. La semana pasada la vi en
una película. En Cherunham. Trabajaba en paños
menores, y no tenía demasiados, tampoco.
—¿En paños menores, en una
película?
—Sí. En paños menores. Mi
señora se escandalizó bastante. Pero ¿cómo se llama?
¡Eh, patrona!
De la casa salió una
mujer.
—¿Cómo se llamaba esa
película que vimos la semana pasada? La primera.
—¿La otra? Pantorrillas
de criada.
—Hum. Eso es.
Pantorrillas de criada. Y esta señorita era Polly,
la criada, ¿comprende? Dios, casi no enseñaba las
piernas.
—Medio loca, me pareció
—dijo la mujer—. Mi Gertie está alocada, pero no usa
ropa interior de encaje, ni tiene tiempo de andar
enseñando sus encantos como esa descarada de Polly. Le
daría su merecido.
—¿Usted quiere decir que
la chica que estaba esa noche con mi amigo tenía el
papel de Polly en esa película?
—Bueno, no podría jurarlo.
No quiero meter a ese señor en líos. La señora del
coche escondía la cara todo el tiempo. Sin duda no
quería que la reconocieran. Se puso furiosa cuando el
caballero apuntó con la luz para adentro del coche.
“George, aparta esa maldita linterna”, dijo. Así pude
verle la cara. Y cuando vi a la Polly del cine le dije
a mi señora: “¡Eh, patrona! ¿no es la del coche que se
paró en el vado?”
—Cierto.
Poco después les dejé,
después de haber hecho algunas observaciones sobre la
conveniencia de no hablar demasiado sobre todo
aquello. Aunque hablaran, no les han quedado más
que las ideas de una relación ilícita entre dos
personas, la que pienso haber comentado hábilmente. No
podía recordar el nombre de la actriz que había
representado el papel de Polly; fui directamente a
Chel-tenham y lo averigüé. Pantorrillas de criada
es una película inglesa; podría haberlo adivinado por
el título, típico de la inclinación británica hacia la
indecencia barata y vulgar; el nombre de la chica es
Lena Lawson. Lo que llaman una “estrellita” (Dios,
¡qué palabra!) Están proyectando esa película en
Gloucester, esta semana; iré mañana y trataré de verla
bien.
No es extraño que la
policía no haya utilizado como testigos a esas
personas. Su finca es un lugar desierto, junto a un
camino por donde pasan de día pocos coches. Tampoco
oyeron la advertencia transmitida por la BBC, porque
tuvieron durante toda esa semana el aparato de radio
estropeado. Y, de cualquier modo, ¿cómo hubieran
podido relacionar el coche del vado con un accidente
ocurrido a casi treinta kilómetros de distancia?
Estos son los nuevos datos
sobre X. Su nombre de pila es George. Su coche tiene
matrícula de GIoucestershire. Esto, unido a su
conocimiento de la existencia del vado (no tuvo
tiempo, seguramente, de buscar uno en un mapa) sugiere
fuertemente que vive en el condado. Y que Lena Lawson
es su punto débil: y cuando digo débil, sé lo que
digo: la muchacha estaba horrorizada, es evidente,
cuando mi amigo les habló junto al vado; por eso dijo:
“¡Oh, apresurémonos!”, y trató de esconder el rostro.
Mí próximo paso será ponerme en contacto con ella;
seguramente cederá a la presión.
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