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JULIO CORTÁZAR

Julio Florencio Cortázar
(1914/1984), hijo de Julio José (encargado comercial de la
embajada Argentina) y María Herminia Descotte, nació (“a
consecuencia del turismo y la diplomacia”) en Bruselas,
Bélgica, en 1914, época en que la ciudad estaba en poder
de los alemanes.
En 1916 la familia se instala en Suiza,
donde aguardan el fin de la primera guerra mundial para
trasladarse a Banfield, suburbio de Buenos Aires. Su padre
abandona a la familia y Julio se cría rodeado de mujeres,
su madre, su abuela, una tía y su hermana Ofelia, un año
menor que él. Adopta la ciudadanía argentina y a los nueve
años, cautivado por el encanto de las palabras y estimulado
por su madre (ella le ofrece junto a Búfalo Bill, los
Ensayos de Montaigne, Diálogos de Platón, Víctor Hugo y
Poe), hace sus primeros poemas y su primera novela.
La
sospecha familiar de que eran plagiados lo decepciona
profundamente. En 1928 estudia en el Escuela Normal Mariano
Acosta, ámbito que refleja en La escuela de noche, y
recibe la influencia de su primer gran formador
intelectua, el profesor Arturo Marasso, quien lo acerca a
la literatura clásica. Se recibe de maestro en 1932 y se
frustra un viaje a Europa en un vapor de carga, tema que
refiere en Un lugar llamado Kindberg.
En la lectura
de Opio de Jean Cocteau descubre el surrealismo y
cambia su visión de la literatura. En 1935 se gradúa en el
Profesorado de Letras e ingresa en la Facultad de
Filosofía y Letras, estudios que no concluirá. Se dedica a
la enseñanza como profesor en Bolívar, provincia de Buenos
Aires, y escribe cuentos que no publica.
En 1938 aparece su
primera colección de poemas, Presencia, firmados
bajo el seudónimo Julio Denis, integrada por 43 sonetos
que respetan el estilo de Mallarmé, inspirados en la
música y la armonía, con los cuales se instala en la
generación neoromántica del 40 junto a Vicente Barbieri,
Daniel Devoto, Uribe y Wilcock.
En 1939 es trasladado a la
Escuela Normal de Chivilcoy. Publica un artículo sobre
Rimbaud en la revista Huella (1941). En Mendoza
dicta literatura francesa en la Universidad de Cuyo (1944)
y da clases magistrales sobre Rimbaud, Mallarmé y Keats,
su poeta preferido. Publica "Brujas", su primer
cuento en la revista Correo Literario. Al año siguiente
reúne su primer volumen de cuentos, La otra orilla,
y se traslada a Buenos Aires para dedicarse a la
traducción (Poe, Chesterton, Gide y Defoe) hasta 1951.
En
Los Anales de Buenos Aires, dirigida por Borges, aparece
"Casa Tomada" (1946), Bestiario (1947) y en la
revista Estudios Clásicos de la Universidad de Cuyo le
publican un trabajo sobre Keats: "La urna griega en la
poesía". En 1948 obtiene —en solo nueve meses— el título
de Traductor Público (de francés e inglés), esfuerzo que
le provoca síntomas de desequilibrio como la búsqueda de
cucarachas en la comida, tema central de "Circe", que
junto a los dos anteriores mencionadas se integran a
Bestiario (1948). Aparece Los Reyes (1949),
poema dramático, primera obra firmada con su nombre real,
e ignorada por la crítica. Escribe Divertimento que
será publicada en 1986.
Colabora en diversas revistas
culturales: Sur, Realidad y Cabalgata. En
1950 la editorial Losada le rechaza la novela El examen,
editada tras su muerte. Debido a su disidencia con
el peronismo gobernante renuncia a sus cargos docentes y
en 1951 se traslada a París mediante una beca del gobierno
francés y trabaja como traductor en la Unesco.
Buenos
Aires Literaria le publica el cuento "Axolotl" (1952). Se
casa con la traductora argentina Aurora Bernardez y al año
siguiente viaja a Montevideo para la conferencia general
de la Unesco, ciudad donde se inspira para escribir "La
puerta condenada" y "La Maga". Continúa con
Historia de cronopios y de famas iniciada el
año anterior y en Buenos Aires Literaria se publica
"Torito". Viaja a Italia donde comienza la traducción de
los cuentos de Poe. En México se publica Final del
juego (1956) que incluye "Los Venenos", y en la Universidad de Puerto Rico se
publica la traducción de Obras en Prosa de Poe. En
Las Armas Secretas (1959) se incluye "El
perseguidor", inspirado en la muerte de Charlie Parker
en el que Cortázar aborda un tema existencial, cuyo tono
hallará mayor cauce en Los Premios (1960) escrita
durante la travesía marítima a EEUU “para entretenerse”
y Rayuela (1963) muchos de cuyos pasajes él mismo
reconoce que “no sabía donde los ubicaría ni a qué
respondían”. Este mismo año participa en el Premio Casa de
las Américas, en La Habana, en carácter de jurado. A estas
dos grandes novelas suceden otras tantas no menos
importantes 62/Modelo para armar (1968) de escasa
repercusión crítica y Libro de Manuel (1973).
En
1961 viaja por primera vez a Cuba y descubre “el gran
vacío político” que había en él. Publica Historia de cronopios y famas (1962) en Buenos Aires, traducida
luego al alemán en 1965. Ese mismo año en Nueva York se
traduce y publica Los Premios. En El Escarabajo de
Oro de Buenos Aires se publica "Reunión" y en Marcha
de Montevideo "Instrucciones para John Howell".
Siguen Todos los fuegos el fuego (1966) y
ese mismo año se traduce Rayuela al inglés y
al francés. La revista Unión de La Habana publica el artículo
"Para llegar a Lezama Lima", tras lo cual Cortázar
asume públicamente su compromiso con las luchas de
liberación latinoamericanas.
La vuelta al día en
ochenta mundos (1967), reúne cuentos, poemas,
crónicas y ensayos con una diagramación diferente y como
un indirecto homenaje a Julio Verne. Último Round
(1968), es también un compendio de similares
características. La edición (México, 1968) incluye
una carta de Cortázar a Fernandez Retamar fechada en
Saigón el 10 de mayo de 1967 publicada en la revista Casa
de las Américas que alude a la situación del intelectual
latinoamericano. En Italia se traduce Rayuela.
Viaja a Chile en 1970 invitado a la asunción de Allende
con su segunda esposa Ugné Karvelis. Aparece Relatos
(1970), una selección de cuentos. Pameos y Meopas
(Barcelona, 1971), reúne poemas escritos entre 1944 y
1958. Con fotografías del propio Cortázar aparece Prosa del Observatorio (Barcelona, 1972), y
Libro de
Manuel (Buenos Aires, 1973) obtiene en París el Premio
Médicis. Viaja a Buenos Aires para presentar el libro y
visita luego Perú, Ecuador y Chile despertando algunas
polémicas. Julio Ortega edita y prologa La
casilla de los Morelli (Barcelona, 1973). Aparece el
libro de cuentos Octaedro (1974) y en abril de ese
año participa en el Tribunal Rusell reunido en Roma para
analizar la situación política latinoamericana, en
especial las violaciones a los derechos humanos. Con igual
propósito viaja a Oklahoma y México pero en lo referido a
la situación específica de Chile. Las conferencias que
allí dictan se reúnen en un volumen: The Final
Island: The Fiction of Julio Cortázar (1978) primera
crítica inglesa de su obra.
En 1981 se
le otorga la ciudadanía francesa y para esa época se le
diagnostica leucemia, suspendiendo su programa de viajes a
Cuba, Nicaragua y Puerto Rico. Publica un nuevo libro de
cuentos, Deshoras (México, 1982) y ese mismo año
muere su esposa. Dona al sandinismo los derechos de autor
de Los autonautas de la cosmopista (1983)
escrito en colaboración con la fallecida Carol Dunlop. Visita Buenos Aires con la
democracia recuperada y es ignorado por las autoridades
pero la gente lo reconoce por las calles de la ciudad. Al
año siguiente recibe en Nicaragua la Orden de la
Independencia Cultural Rubén Darío y el 12 de febrero
muere.
A partir de
1986 se publican las obras hasta ese momento inéditas:
Divertimento (1986), El Examen (1986),
Diario de Andrés Fava (1995) y Adiós Robinson
(1995).
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Gli automobilisti accaldati sembrano nom avere storia…
Come realtà, un ingorgo
automobilistico impressiona ma non ci dice gran che.
Arrigo Benedetti “L’Espresso”, Roma, 21/6/1964
Al principio la muchacha
del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del
tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya
lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era
como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el
bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el
tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer
regresar a París por la autopista del sur un domingo
de tarde y, apenas salidos de Fontainebleau, han
tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a
cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista
está íntegramente reservada a los que regresan a la
capital), poner en marcha el motor, avanzar tres
metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP
a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la
izquierda, mirar por el retrovisor al hombre pálido
que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la
felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203
(detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su
niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos
los desbordes exasperados de los dos jovencitos del
Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en
los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca
se sabe en qué momento los autos de más adelante
reanudarán la marcha y habrá que correr para que los
de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los
insultos), y así llegar a la altura de un Taunus
delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada
momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas
o burlonas con los hombres que viajan con el niño
rubio cuya inmensa diversión en esas precisas
circunstancias consiste en hacer correr libremente su
autito de juguete sobre los asientos y el reborde
posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un
poco más, puesto que no parece que los autos de
adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con
alguna lástima al matrimonio de ancianos en el ID
Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta
donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los
antebrazos en el volante con un aire de paciente
fatiga, ella mordisqueando una manzana con más
aplicación que ganas.
A la cuarta vez de
encontrarse con todo eso, de hacer todo eso, el
ingeniero había decidido no salir más de su coche, a
la espera de que la policía disolviese de alguna
manera el embotellamiento. El calor de agosto se
sumaba a ese tiempo a ras de neumáticos para que la
inmovilidad fuese cada vez más enervante. Todo era
olor a gasolina, gritos destemplados de los jovencitos
del Simca, brillo del sol rebotando en los cristales y
en los bordes cromados, y para colmo sensación
contradictoria del encierro en plena selva de máquinas
pensadas para correr. El 404 del ingeniero ocupa el
segundo lugar de la pista de la derecha contando desde
la franja divisoria de las dos pistas, con lo cual
tenía otros cuatro autos a su derecha y siete a su
izquierda, aunque de hecho sólo pudiera ver
distintamente los ocho coches que lo rodeaban y sus
ocupantes que ya había detallado hasta cansarse. Había
charlado con todos, salvo con los muchachos del Simca
que caían antipáticos; entre trecho y trecho se había
discutido la situación en sus menores detalles, y la
impresión general era que hasta Corbeil-Essonnes se
avanzaría al paso o poco menos, pero que entre Corbeil
y Juvisy el ritmo iría acelerándose una vez que los
helicópteros y los motociclistas lograran quebrar lo
peor del embotellamiento. A nadie le cabía duda de que
algún accidente muy grave debía haberse producido en
la zona, única explicación de una lentitud tan
increíble. Y con eso el gobierno, el calor, los
impuestos, la vialidad, un tópico tras otro, tres
metros, otro lugar común, cinco metros, una frase
sentenciosa o una maldición contenida.
A las dos monjitas del 2HP
les hubiera convenido tanto llegar a Milly-la-Fôret
antes de las ocho, pues llevaban una cesta de
hortalizas para la cocinera. Al matrimonio del Peugeot
203 le importaba sobre todo no perder los juegos
televisados de las nueve y media; la muchacha del
Dauphine le había dicho al ingeniero que le daba lo
mismo llegar más tarde a París pero que se quejaba por
principio, porque le parecía un atropello someter a
millares de personas a un régimen de caravana de
camellos. En esas últimas horas (debían ser casi las
cinco pero el calor los hostigaba insoportablemente)
habían avanzado unos cincuenta metros a juicio del
ingeniero, aunque uno de los hombres del Taunus que se
había acercado a charlar llevando de la mano al niño
con su autito, mostró irónicamente la copa de un
plátano solitario y la muchacha del Dauphine recordó
que ese plátano (si no era un castaño) había estado en
la misma línea que su auto durante tanto tiempo que ya
ni valía la pena mirar el reloj pulsera para perderse
en cálculos inútiles.
No atardecía nunca, la
vibración del sol sobre la pista y las carrocerías
dilataba el vértigo hasta la náusea. Los anteojos
negros, los pañuelos con agua de colonia en la cabeza,
los recursos improvisados para protegerse, para evitar
un reflejo chirriante o las bocanadas de los caños de
escape a cada avance, se organizaban y perfeccionaban,
eran objeto de comunicación y comentario. El ingeniero
bajó otra vez para estirar las piernas, cambió unas
palabras con la pareja de aire campesino del Ariane
que precedía al 2HP de las monjas. Detrás del 2HP
había un Volkswagen con un soldado y una muchacha que
parecían recién casados. La tercera fila hacia el
exterior dejaba de interesarle porque hubiera tenido
que alejarse peligrosamente del 404; veía colores,
formas, Mercedes Benz, ID, 4R, Lancia, Skoda, Morris
Minor, el catálogo completo. A la izquierda, sobre la
pista opuesta, se tendía otra maleza inalcanzable de
Renault, Anglia, Peugeot, Porsche, Volvo; era tan
monótono que al final, después de charlar con los dos
hombres del Taunus y de intentar sin éxito un cambio
de impresiones con el solitario conductor del
Caravelle, no quedaba nada mejor que volver al 404 y
reanudar la misma conversación sobre la hora, las
distancias y el cine con la muchacha del Dauphine.
A veces llegaba un
extranjero, alguien que se deslizaba entre los autos
viniendo desde el otro lado de la pista o desde las
filas exteriores de la derecha, y que traía alguna
noticia probablemente falsa repetida de auto en auto a
lo largo de calientes kilómetros. El extranjero
saboreaba el éxito de sus novedades, los golpes de las
portezuelas cuando los pasajeros se precipitaban para
comentar lo sucedido, pero al cabo de un rato se oía
alguna bocina o el arranque de un motor, y el
extranjero salía corriendo, se lo veía zigzaguear
entre los autos para reintegrarse al suyo y no quedar
expuesto a la justa cólera de los demás. A lo largo de
la tarde se había sabido así del choque de un Floride
contra un 2HP cerca de Corbeil, tres muertos y un niño
herido, el doble choque de un Fiat 1500 contra un
furgón Renault que había aplastado un Austin lleno de
turistas ingleses, el vuelco de un autocar de Orly
colmado de pasajeros procedentes del avión de
Copenhague. El ingeniero estaba seguro de que todo o
casi todo era falso, aunque algo grave debía haber
ocurrido cerca de Corbeil e incluso en las
proximidades de París para que la circulación se
hubiera paralizado hasta ese punto. Los campesinos del
Ariane, que tenían una granja del lado de Montereau y
conocían bien la región, contaban de otro domingo en
que el tránsito había estado detenido durante cinco
horas, pero ese tiempo empezaba a parecer casi nimio
ahora que el sol, acostándose hacia la izquierda de la
ruta, volcaba en cada auto una última avalancha de
jalea anaranjada que hacía hervir los metales y
ofuscaba la vista, sin que jamás una copa de árbol
desapareciera del todo a la espalda, sin que otra
sombra apenas entrevista a la distancia se acercara
como para poder sentir de verdad que la columna se
estaba moviendo aunque fuera apenas, aunque hubiera
que detenerse y arrancar y bruscamente clavar el freno
y no salir nunca de la primera velocidad, del
desencanto insultante de pasar una vez más de la
primera al punto muerto, freno de pie, freno de mano,
stop, y así otra vez y otra vez y otra.
En algún momento, harto de
inacción, el ingeniero se había decidido a aprovechar
un alto especialmente interminable para recorrer las
filas de la izquierda, y dejando a su espalda el
Dauphine había encontrado un DKW, otro 2HP, un Fiat
600, y se había detenido junto a un De Soto para
cambiar impresiones con el azorado turista de
Washington que no entendía casi el francés pero que
tenía que estar a las ocho en la Place de l’Opéra sin
falta you understand, my wife will be awfully
anxious, damn it, y se hablaba un poco de todo
cuando un hombre con aire de viajante de comercio
salió del DKW para contarles que alguien había llegado
un rato antes con la noticia de que un Piper Club se
había estrellado en plena autopista, varios muertos.
Al americano el Piper Club lo tenía profundamente sin
cuidado, y también al ingeniero que oyó un coro de
bocinas y se apresuró a regresar al 404, transmitiendo
de paso las novedades a los dos hombres del Taunus y
al matrimonio del 203. Reservó una explicación más
detallada para la muchacha del Dauphine mientras los
coches avanzaban lentamente unos pocos metros (ahora
el Dauphine estaba ligeramente retrasado con relación
al 404, y más tarde sería al revés, pero de hecho las
doce filas se movían prácticamente en bloque, como si
un gendarme invisible en el fondo de la autopista
ordenara el avance simultáneo sin que nadie pudiese
obtener ventajas). Piper Club, señorita, es un pequeño
avión de paseo. Ah. Y la mala idea de estrellarse en
plena autopista un domingo de tarde. Esas cosas. Si
por lo menos hiciera menos calor en los condenados
autos, si esos árboles de la derecha quedaran por fin
a la espalda, si la última cifra del cuentakilómetros
acabara de caer en su agujerito negro en vez de seguir
suspendida por la cola, interminablemente.
En algún momento
(suavemente empezaba a anochecer, el horizonte de
techos de automóviles se teñía de lila) una gran
mariposa blanca se posó en el parabrisas del Dauphine,
y la muchacha y el ingeniero admiraron sus alas en la
breve y perfecta suspensión de su reposo; la vieron
alejarse con una exasperada nostalgia, sobrevolar el
Taunus, el ID violeta de los ancianos, ir hacia el
Fiat 600 ya invisible desde el 404, regresar hacia el
Simca donde una mano cazadora trató inútilmente de
atraparla, aletear amablemente sobre el Ariane de los
campesinos que parecían estar comiendo alguna cosa, y
perderse después hacia la derecha. Al anochecer la
columna hizo un primer avance importante, de casi
cuarenta metros; cuando el ingeniero miró
distraídamente el cuentakilómetros, la mitad del 6
había desaparecido y un asomo del 7 empezaba a
descolgarse de lo alto. Casi todo el mundo escuchaba
sus radios, los del Simca la habían puesto a todo
trapo y coreaban un twist con sacudidas que hacían
vibrar la carrocería; las monjas pasaban las cuentas
de sus rosarios, el niño del Taunus se había dormido
con la cara pegada a un cristal, sin soltar el auto de
juguete. En algún momento (ya era noche cerrada)
llegaron extranjeros con más noticias, tan
contradictorias como las otras ya olvidadas, No había
sido un Piper Club sino un planeador piloteado por la
hija de un general. Era exacto que un furgón Renault
había aplastado un Austin, pero no en Juvisy sino casi
en las puertas de París; uno de los extranjeros
explicó al matrimonio del 203 que el macadam de la
autopista había cedido a la altura de Igny y que cinco
autos habían volcado al meter las ruedas delanteras en
la grieta. La idea de una catástrofe natural se
propagó hasta el ingeniero, que se encogió de hombros
sin hacer comentarios. Más tarde, pensando en esas
primeras horas de oscuridad en que habían respirado un
poco más libremente, recordó que en algún momento
había sacado el brazo por la ventanilla para
tamborilear en la carrocería del Dauphine y despertar
a la muchacha que se había dormido reclinada sobre el
volante, sin preocuparse de un nuevo avance. Quizá ya
era medianoche cuando una de las monjas le ofreció
tímidamente un sandwich de jamón, suponiendo que
tendría hambre. El ingeniero lo aceptó por cortesía
(en realidad sentía náuseas) y pidió permiso para
dividirlo con la muchacha del Dauphine, que aceptó y
comió golosamente el sandwich y la tableta de
chocolate que le había pasado el viajante del DKW, su
vecino de la izquierda. Mucha gente había salido de
los autos recalentados, porque otra vez llevaban horas
sin avanzar; se empezaba a sentir sed, ya agotadas las
botellas de limonada, la coca-cola y hasta los vinos
de a bordo. La primera en quejarse fue la niña del
203, y el soldado y el ingeniero abandonaron los autos
junto con el padre de la niña para buscar agua.
Delante del Simca, donde la radio parecía suficiente
alimento, el ingeniero encontró un Beaulieu ocupado
por una mujer madura de ojos inquietos. No, no tenía
agua pero podía darle unos caramelos para la niña. El
matrimonio del ID se consultó un momento antes de que
la anciana metiera las manos en un bolso y sacara una
pequeña lata de jugo de frutas. El ingeniero agradeció
y quiso saber si tenían hambre y si podía serles útil;
el viejo movió negativamente la cabeza, pero la mujer
pareció asentir sin palabras. Más tarde la muchacha
del Dauphine y el ingeniero exploraron juntos las
filas de la izquierda, sin alejarse demasiado;
volvieron con algunos bizcochos y los llevaron a la
anciana del ID, con el tiempo justo para regresar
corriendo a sus autos bajo una lluvia de bocinas.
Aparte de esas mínimas
salidas, era tan poco lo que podía hacerse que las
horas acababan por superponerse, por ser siempre la
misma en el recuerdo; en algún momento el ingeniero
pensó en tachar ese día en su agenda y contuvo una
risotada, pero más adelante, cuando empezaron los
cálculos contradictorios de las monjas, los hombres
del Taunus y la muchacha del Dauphine, se vio que
hubiera convenido llevar mejor la cuenta. Las diarios
locales habían suspendido las emisiones, y sólo el
viajante del DKW tenía un aparato de ondas cortas que
se empeñaba en transmitir noticias bursátiles. Hacia
las tres de la madrugada pareció llegarse a un acuerdo
tácito para descansar, y hasta el amanecer la columna
no se movió. Los muchachos del Simca sacaron unas
camas neumáticas y se tendieron al lado del auto; el
ingeniero bajó el respaldo de los asientos delanteros
del 404 y ofreció las cuchetas a las monjas, que
rehusaron; antes de acostarse un rato, el ingeniero
pensó en la muchacha del Dauphine, muy quieta contra
el volante, y como sin darle importancia le propuso
que cambiaran de autos hasta el amanecer; ella se
negó, alegando que podía dormir muy bien de cualquier
manera. Durante un rato se oyó llorar al niño del
Taunus, acostado en el asiento trasero donde debía
tener demasiado calor. Las monjas rezaban todavía
cuando el ingeniero se dejó caer en la cucheta y se
fue quedando dormido, pero su sueño seguía demasiado
cerca de la vigilia y acabó por despertarse sudoroso e
inquieto, sin comprender en un primer momento dónde
estaba; enderezándose, empezó a percibir los confusos
movimientos del exterior, un deslizarse de sombras
entre los autos, y vio un bulto que se alejaba hacia
el borde de la autopista; adivinó las razones, y más
tarde también él salió del auto sin hacer ruido y fue
a aliviarse al borde de la ruta; no había setos ni
árboles, solamente el campo negro y sin estrellas,
algo que parecía un muro abstracto limitando la cinta
blanca del macadam con su río inmóvil de vehículos,
Casi tropezó con el campesino del Ariane, que balbuceó
una frase ininteligible; al olor de la gasolina,
persistente en la autopista recalentada, se sumaba
ahora la presencia más ácida del hombre, y el
ingeniero volvió lo antes posible a su auto. La chica
del Dauphine dormía apoyada sobre el volante, un
mechón de pelo contra los ojos; antes de subir al 404,
el ingeniero se divirtió explorando en la sombra su
perfil, adivinando la curva de los labios que soplaban
suavemente. Del otro lado, el hombre del DKW miraba
también dormir a la muchacha, fumando en silencio.
Por la mañana se avanzó
muy poco pero lo bastante como para darles la
esperanza de que esa tarde se abriría la ruta hacia
París. A las nueve llegó un extranjero con buenas
noticias: habían rellenado las grietas y pronto se
podría circular normalmente. Los muchachos del Simca
encendieron la radio y uno de ellos trepó al techo del
auto y gritó y cantó. El ingeniero se dijo que la
noticia era tan dudosa como las de la víspera, y que
el extranjero había aprovechado la alegría del grupo
para pedir y obtener una naranja que le dio el
matrimonio del Ariane. Más tarde llegó otro extranjero
con la misma treta, pero nadie quiso darle nada. El
calor empezaba a subir y la gente prefería quedarse en
los autos a la espera de que se concretaran las buenas
noticias. A mediodía la niña del 203 empezó a llorar
otra vez, y la muchacha del Dauphine fue a jugar con
ella y se hizo amiga del matrimonio. Los del 203 no
tenían suerte; a su derecha estaba el hombre
silencioso del Caravelle, ajeno a todo lo que ocurría
en torno, y a su izquierda tenían que aguantar la
verbosa indignación del conductor de un Floride, para
quien el embotellamiento era una afrenta
exclusivamente personal. Cuando la niña volvió a
quejarse de sed, al ingeniero se le ocurrió ir a
hablar con los campesinos del Ariane, seguro de que en
ese auto había cantidad de provisiones. Para su
sorpresa los campesinos se mostraron muy amables;
comprendían que en una situación semejante era
necesario ayudarse, y pensaban que si alguien se
encargaba de dirigir el grupo (la mujer hacía un gesto
circular con la mano, abarcando la docena de autos que
los rodeaba) no se pasarían apreturas hasta llegar a
París. Al ingeniero lo molestaba la idea de erigirse
en organizador, y prefirió llamar a los hombres del
Taunus para conferenciar con ellos y con el matrimonio
del Ariane. Un rato después consultaron sucesivamente
a todos los del grupo. El joven soldado del Volkswagen
estuvo inmediatamente de acuerdo, y el matrimonio del
203 ofreció las pocas provisiones que les quedaban (la
muchacha del Dauphine había conseguido un vaso de
granadina con agua para la niña, que reía y jugaba).
Uno de los hombres del Taunus, que había ido a
consultar a los muchachos del Simca, obtuvo un
asentimiento burlón; el hombre pálido del Caravelle se
encogió de hombros y dijo que le daba lo mismo, que
hicieran lo que les pareciese mejor. Los ancianos del
ID y la señora del Beaulieu se mostraron visiblemente
contentos, como si se sintieran más protegidos. Los
pilotos del Floride y del DKW no hicieron
observaciones, y el americano del De Soto los miró
asombrado y dijo algo sobre la voluntad de Dios. Al
ingeniero le resultó fácil proponer que uno de los
ocupantes del Taunus, en el que tenía una confianza
instintiva, se encargará de coordinar las actividades.
A nadie le faltaría de comer por el momento, pero era
necesario conseguir agua; el jefe, al que los
muchachos del Simca llamaban Taunus a secas para
divertirse, pidió al ingeniero, al soldado y a uno de
los muchachos que exploraran la zona circundante de la
autopista y ofrecieran alimentos a cambio de bebidas.
Taunus, que evidentemente sabía mandar, había
calculado que deberían cubrirse las necesidades de un
día y medio como máximo, poniéndose en la posición
menos optimista. En el 2HP de las monjas y en el
Ariane de los campesinos había provisiones suficientes
para ese tiempo, y si los exploradores volvían con
agua el problema quedaría resuelto. Pero solamente el
soldado regresó con una cantimplora llena, cuyo dueño
exigía en cambio comida para dos personas. El
ingeniero no encontró a nadie que pudiera ofrecer
agua, pero el viaje le sirvió para advertir que más
allá de su grupo se estaban constituyendo otras
células con problemas semejantes; en un momento dado
el ocupante de un Alfa Romeo se negó a hablar con él
del asunto, y le dijo que se dirigiera al
representante de su grupo, cinco autos atrás en la
misma fila. Más tarde vieron volver al muchacho del
Simca que no había podido conseguir agua, pero Taunus
calculó que ya tenían bastante para los dos niños, la
anciana del ID y el resto de las mujeres. El ingeniero
le estaba contando a la muchacha del Dauphine su
circuito por la periferia (era la una de la tarde, y
el sol los acorralaba en los autos) cuando ella lo
interrumpió con un gesto y le señaló el Simca. En dos
saltos el ingeniero llegó hasta el auto y sujetó por
el codo a uno de los muchachos, que se repantigaba en
su asiento para beber a grandes tragos de la
cantimplora que había traído escondida en la chaqueta.
A su gesto iracundo, el ingeniero respondió aumentando
la presión en el brazo; el otro muchacho bajó del auto
y se tiró sobre el ingeniero, que dio dos pasos atrás
y lo esperó casi con lástima. El soldado ya venía
corriendo, y los gritos de las monjas alertaron a
Taunus y a su compañero; Taunus escuchó lo sucedido,
se acercó al muchacho de la botella y le dio un par de
bofetadas. El muchacho gritó y protestó, lloriqueando,
mientras el otro rezongaba sin atreverse a intervenir.
El ingeniero le quitó la botella y se la alcanzó a
Taunus. Empezaban a sonar bocinas y cada cual regresó
a su auto, por lo demás inútilmente puesto que la
columna avanzó apenas cinco metros.
A la hora de la siesta,
bajo un sol todavía más duro que la víspera, una de
las monjas se quitó la toca y su compañera le mojó las
sienes con agua de colonia. Las mujeres improvisaban
de a poco sus actividades samaritanas, yendo de un
auto a otro, ocupándose de los niños para que los
hombres estuvieran más libres: nadie se quejaba pero
el buen humor era forzado, se basaba siempre en los
mismos juegos de palabras, en un escepticismo de buen
tono. Para el ingeniero y la muchacha del Dauphine,
sentirse sudorosos y sucios era la vejación más
grande; lo enternecía casi la rotunda indiferencia del
matrimonio de campesinos al olor que les brotaba de
las axilas cada vez que venían a charlar con ellos o a
repetir alguna noticia de último momento. Hacia el
atardecer el ingeniero miró casualmente por el
retrovisor y encontró como siempre la cara pálida y de
rasgos tensos del hombre del Caravelle, que al igual
que el gordo piloto del Floride se había mantenido
ajeno a todas las actividades. Le pareció que sus
facciones se habían afilado todavía más, y se preguntó
si no estaría enfermo. Pero después, cuando al ir a
charlar con el soldado y su mujer tuvo ocasión de
mirarlo desde más cerca, se dijo que ese hombre no
estaba enfermo; era otra cosa, una separación, por
darle algún nombre. El soldado del Volkswagen le contó
más tarde que a su mujer le daba miedo ese hombre
silencioso que no se apartaba jamás del volante y que
parecía dormir despierto. Nacían hipótesis, se creaba
un folklore para luchar contra la inacción. Los niños
del Taunus y el 203 se habían hecho amigos y se habían
peleado y luego se habían reconciliado; sus padres se
visitaban, y la muchacha del Dauphine iba cada tanto a
ver cómo se sentían la anciana del ID y la señora del
Beaulieu. Cuando al atardecer soplaron bruscamente una
ráfagas tormentosas y el sol se perdió entre las nubes
que se alzaban al oeste, la gente se alegró pensando
que iba a refrescar. Cayeron algunas gotas,
coincidiendo con un avance extraordinario de casi cien
metros; a lo lejos brilló un relámpago y el calor
subió todavía más. Había tanta electricidad en la
atmósfera que Taunus, con un instinto que el ingeniero
admiró sin comentarios, dejó al grupo en paz hasta la
noche, como si temiera los efectos del cansancio y el
calor. A las ocho las mujeres se encargaron de
distribuir las provisiones; se había decidido que el
Ariane de los campesinos sería el almacén general, y
que el 2HP de las monjas serviría de depósito
suplementario. Taunus había ido en persona a hablar
con los jefes de los cuatro o cinco grupos vecinos;
después, con ayuda del soldado y el hombre del 203,
llevó una cantidad de alimentos a los grupos,
regresando con más agua y un poco de vino. Se decidió
que los muchachos del Simca cederían sus colchones
neumáticos a la anciana del ID y a la señora del
Beaulieu; la muchacha del Dauphine les llevó dos
mantas escocesas y el ingeniero ofreció su coche, que
llamaba burlonamente el wagon-lit, a quienes lo
necesitaran. Para su sorpresa, la muchacha del
Dauphine aceptó el ofrecimiento y esa noche compartió
las cuchetas del 404 con una de las monjas; la otra
fue a dormir al 203 junto a la niña y su madre,
mientras el marido pasaba la noche sobre el macadam,
envuelto en una frazada. El ingeniero no tenía sueño y
jugó a los dados con Taunus y su amigo; en algún
momento se les agregó el campesino del Ariane y
hablaron de política bebiendo unos tragos del
aguardiente que el campesino había entregado a Taunus
esa mañana. La noche no fue mala; había refrescado y
brillaban algunas estrellas entre las nubes.
Hacia el amanecer los ganó
el sueño, esa necesidad de estar a cubierto que nacía
con la grisalla del alba. Mientras Taunus dormía junto
al niño en el asiento trasero, su amigo y el ingeniero
descansaron un rato en la delantera. Entre dos
imágenes de sueño, el ingeniero creyó oír gritos a la
distancia y vio un resplandor indistinto; el jefe de
otro grupo vino a decirles que treinta autos más
adelante había habido un principio de incendio en un
Estafette, provocado por alguien que había querido
hervir clandestinamente unas legumbres. Taunus bromeó
sobre lo sucedido mientras iba de auto en auto para
ver cómo habían pasado todos la noche, pero a nadie se
le escapó lo que quería decir. Esa mañana la columna
empezó a moverse muy temprano y hubo que correr y
agitarse para recuperar los colchones y las mantas,
pero como en todas partes debía estar sucediendo lo
mismo nadie se impacientaba ni hacía sonar las
bocinas. A mediodía habían avanzado más de cincuenta
metros, y empezaba a divisarse la sombra de un bosque
a la derecha de la ruta. Se envidiaba la suerte de los
que en ese momento podían ir hasta la banquina y
aprovechar la frescura de la sombra; quizá había un
arroyo, o un grifo de agua potable. La muchacha del
Dauphine cerró los ojos y pensó en una ducha cayéndole
por el cuello y la espalda, corriéndole por las
piernas; el ingeniero, que la miraba de reojo, vio dos
lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
Taunus, que acababa de
adelantarse hasta el ID, vino a buscar a las mujeres
más jóvenes para que atendieran a la anciana que no se
sentía bien. El jefe del tercer grupo a retaguardia
contaba con un médico entre sus hombres, y el soldado
corrió a buscarlo. Al ingeniero, que había seguido con
irónica benevolencia los esfuerzos de los muchachitos
del Simca para hacerse perdonar su travesura, entendió
que era el momento de darles su oportunidad. Con los
elementos de una tienda de campaña los muchachos
cubrieron la ventanilla del 404, y el wagon-lit se
transformó en ambulancia para que la anciana
descansara en una oscuridad relativa. Su marido se
tendió a su lado, teniéndole la mano, y los dejaron
solos con el médico. Después las monjas se ocuparon de
la anciana, que se sentía mejor, y el ingeniero pasó
la tarde como pudo, visitando otros autos y
descansando en el de Taunus cuando el sol castigaba
demasiado; sólo tres veces le tocó correr hasta su
auto, donde los viejitos parecían dormir, para hacerlo
avanzar junto con la columna hasta el alto siguiente.
Los ganó la noche sin que hubiesen llegado a la altura
del bosque.
Hacia las dos de la
madrugada bajó la temperatura, y los que tenían mantas
se alegraron de poder envolverse en ellas. Como la
columna no se movería hasta el alba (era algo que se
sentía en el aire, que venía desde el horizonte de
autos inmóviles en la noche) el ingeniero y Taunus se
sentaron a fumar y a charlar con el campesino del
Ariane y el soldado. Los cálculos de Taunus no
correspondían ya a la realidad, y lo dijo francamente;
por la mañana habría que hacer algo para conseguir más
provisiones y bebidas. El soldado fue a buscar a los
jefes de los grupos vecinos, que tampoco dormían, y se
discutió el problema en voz baja para no despertar a
las mujeres. Los jefes habían hablado con los
responsables de los grupos más alejados, en un radio
de ochenta o cien automóviles, y tenían la seguridad
de que la situación era análoga en todas partes. El
campesino conocía bien la región y propuso que dos o
tres hombres de cada grupo saliera al alba para
comprar provisiones en las granjas cercanas, mientras
Taunus se ocupaba de designar pilotos para los autos
que quedaran sin dueño durante la expedición. La idea
era buena y no resultó difícil reunir dinero entre los
asistentes; se decidió que el campesino, el soldado y
el amigo de Taunus irían juntos y llevarían todas las
bolsas, redes y cantimploras disponibles. Los jefes de
los otros grupos volvieron a sus unidades para
organizar expediciones similares, y al amanecer se
explicó la situación a las mujeres y se hizo lo
necesario para que la columna pudiera seguir
avanzando. La muchacha del Dauphine le dijo al
ingeniero que la anciana ya estaba mejor y que
insistía en volver a su ID; a las ocho llegó el
médico, que no vio inconvenientes en que el matrimonio
regresara a su auto. De todos modos, Taunus decidió
que el 404 quedaría habilitado permanentemente como
ambulancia; los muchachos, para divertirse, fabricaron
un banderín con una cruz roja y lo fijaron en la
antena del auto. Hacía ya rato que la gente prefería
salir lo menos posible de sus coches; la temperatura
seguía bajando y a mediodía empezaron los chaparrones
y se vieron relámpagos a la distancia. La mujer del
campesino se apresuró a recoger agua con un embudo y
una jarra de plástico, para especial regocijo de los
muchachos del Simca. Mirando todo eso, inclinado sobre
el volante donde había un libro abierto que no le
interesaba demasiado, el ingeniero se preguntó por qué
los expedicionarios tardaban tanto en regresar; más
tarde Taunus lo llamó discretamente a su auto y cuando
estuvieron dentro le dijo que habían fracasado. El
amigo de Taunus dio detalles: las granjas estaban
abandonadas o la gente se negaba a venderles nada,
aduciendo las reglamentaciones sobre ventas a
particulares y sospechando que podían ser inspectores
que se valían de las circunstancias para ponerlos a
prueba. A pesar de todo habían podido traer una
pequeña cantidad de agua y algunas provisiones, quizá
robadas por el soldado que sonreía sin entrar en
detalles. Desde luego ya no se podía pasar mucho
tiempo sin que cesara el embotellamiento, pero los
alimentos de que se disponía no eran los más adecuados
para los dos niños y la anciana. El médico, que vino
hacia las cuatro y media para ver a la enferma, hizo
un gesto de exasperación y cansancio y dijo a Taunus
que en su grupo y en todos los grupos vecinos pasaba
lo mismo. Por la radio se había hablado de una
operación de emergencia para despejar la autopista,
pero aparte de un helicóptero que apareció brevemente
al anochecer no se vieron otros aprestos. De todas
maneras hacía cada vez menos calor, y la gente parecía
esperar la llegada de la noche para taparse con las
mantas y abolir en el sueño algunas horas más de
espera. Desde su auto el ingeniero escuchaba la charla
de la muchacha del Dauphine con el viajante del DKW,
que le contaba cuentos y la hacía reír sin ganas. Lo
sorprendió ver a la señora del Beaulieu que casi nunca
abandonaba su auto, y bajó para saber si necesitaba
alguna cosa, pero la señora buscaba solamente las
últimas noticias y se puso a hablar con las monjas. Un
hastío sin nombre pesaba sobre ellos al anochecer; se
esperaba más del sueño que de las noticias siempre
contradictorias o desmentidas. El amigo de Taunus
llegó discretamente a buscar al ingeniero, al soldado
y al hombre del 203. Taunus les anunció que el
tripulante del Floride acababa de desertar; uno de los
muchachos del Simca había visto el coche vacío, y
después de un rato se había puesto a buscar a su dueño
para matar el tedio. Nadie conocía mucho al hombre
gordo del Floride, que tanto había protestado el
primer día aunque después acabara de quedarse tan
callado como el piloto del Caravelle. Cuando a las
cinco de la mañana no quedó la menor duda de que
Floride, como se divertían en llamarlo los chicos del
Simca, había desertado llevándose un valija de mano y
abandonando otra llena de camisas y ropa interior,
Taunus decidió que uno de los muchachos se haría cargo
del auto abandonado para no inmovilizar la columna. A
todos los había fastidiado vagamente esa deserción en
la oscuridad, y se preguntaban hasta dónde habría
podido llegar Floride en su fuga a través de los
campos. Por lo demás parecía ser la noche de las
grandes decisiones: tendido en su cucheta del 404, al
ingeniero le pareció oír un quejido, pero pensó que el
soldado y su mujer serían responsables de algo que,
después de todo, resultaba comprensible en plena noche
y en esas circunstancias. Después lo pensó mejor y
levantó la lona que cubría la ventanilla trasera; a la
luz de unas pocas estrellas vio a un metro y medio el
eterno parabrisas del Caravelle y detrás, como pegada
al vidrio y un poco ladeada, la cara convulsa del
hombre. Sin hacer ruido salió por el lado izquierdo
para no despertar a las monjas, y se acercó al
Caravelle. Después buscó a Taunus, y el soldado corrió
a prevenir al médico. Desde luego el hombre se había
suicidado tomando algún veneno; las líneas a lápiz en
la agenda bastaban, y la carta dirigida a una tal
Yvette, alguien que lo había abandonado en Vierzon.
Por suerte la costumbre de dormir en los autos estaba
bien establecida (las noches eran ya tan frías que a
nadie se le hubiera ocurrido quedarse fuera) y a pocos
les preocupaba que otros anduvieran entre los coches y
se deslizaran hacia los bordes de la autopista para
aliviarse. Taunus llamó a un consejo de guerra, y el
médico estuvo de acuerdo con su propuesta. Dejar el
cadáver al borde de la autopista significaba someter a
los que venían más atrás a una sorpresa por lo menos
penosa: llevarlo más lejos, en pleno campo, podía
provocar la violenta repulsa de los lugareños, que la
noche anterior habían amenazado y golpeado a un
muchacho de otro grupo que buscaba de comer. El
campesino del Ariane y el viajante del DKW tenían lo
necesario para cerrar herméticamente el portaequipaje
del Caravelle. Cuando empezaban su trabajo se les
agregó la muchacha del Dauphine, que se colgó
temblando del brazo del ingeniero. Él le explicó en
voz baja lo que acababa de ocurrir y la devolvió a su
auto, ya más tranquila. Taunus y sus hombres habían
metido el cuerpo en el portaequipajes, y el viajante
trabajó con scotch tape y tubos de cola líquida a la
luz de la linterna del soldado. Como la mujer del 203
sabía conducir, Taunus resolvió que su marido se haría
cargo del Caravelle que quedaba a la derecha del 203;
así, por la mañana, la niña del 203 descubrió que su
papá tenía otro auto, y jugó horas y horas a pasar de
uno a otro y a instalar parte de sus juguetes en el
Caravelle.
Por primera vez el frío se
hacía sentir en pleno día, y nadie pensaba en quitarse
las chaquetas. La muchacha del Dauphine y las monjas
hicieron el inventario de los abrigos disponibles en
el grupo. Había unos pocos pulóveres que aparecían por
casualidad en los autos o en alguna valija, mantas,
alguna gabardina o abrigo ligero. Otra vez volvía a
faltar el agua, y Taunus envió a tres de sus hombres,
entre ellos el ingeniero, para que trataran de
establecer contacto con los lugareños. Sin que pudiera
saberse por qué, la resistencia exterior era total;
bastaba salir del límite de la autopista para que
desde cualquier sitio llovieran piedras. En plena
noche alguien tiró una guadaña que golpeó el techo del
DKW y cayó al lado del Dauphine. El viajante se puso
muy pálido y no se movió de su auto, pero el americano
del De Soto (que no formaba parte del grupo de Taunus
pero que todos apreciaban por su buen humor y sus
risotadas) vino a la carrera y después de revolear la
guadaña la devolvió campo afuera con todas sus
fuerzas, maldiciendo a gritos. Sin embargo, Taunus no
creía que conviniera ahondar la hostilidad; quizás
fuese todavía posible hacer una salida en busca de
agua.
Ya nadie llevaba la cuenta
de lo que se había avanzado ese día o esos días; la
muchacha del Dauphine creía que entre ochenta y
doscientos metros; el ingeniero era menos optimista
pero se divertía en prolongar y complicar los cálculos
con su vecina, interesado de a ratos en quitarle la
compañía del viajante del DKW que le hacía la corte a
su manera profesional. Esa misma tarde el muchacho
encargado del Floride corrió a avisar a Taunus que un
Ford Mercury ofrecía agua a buen precio. Taunus se
negó, pero al anochecer una de las monjas le pidió al
ingeniero un sorbo de agua para la anciana del ID que
sufría sin quejarse, siempre tomada de la mano de su
marido y atendida alternativamente por las monjas y la
muchacha del Dauphine. Quedaba medio litro de agua, y
las mujeres lo destinaron a la anciana y a la señora
del Beaulieu. Esa misma noche Taunus pagó de su
bolsillo dos litros de agua; el Ford Mercury prometió
conseguir más para el día siguiente, al doble del
precio. Era difícil reunirse para discutir, porque
hacía tanto frío que nadie abandonaba los autos como
no fuera por un motivo imperioso. Las baterías
empezaban a descargarse y no se podía hacer funcionar
todo el tiempo la calefacción; Taunus decidió que los
dos coches mejor equipados se reservarían llegado el
caso para los enfermos. Envueltos en mantas (los
muchachos del Simca habían arrancado el tapizado de su
auto para fabricarse chalecos y gorros, y otros
empezaron a imitarlos), cada uno trataba de abrir lo
menos posible las portezuelas para conservar el calor.
En alguna de esas noches heladas el ingeniero oyó
llorar ahogadamente a la muchacha del Dauphine. Sin
hacer ruido, abrió poco a poco la portezuela y tanteó
en la sombra hasta rozar una mejilla mojada. Casi sin
resonancia la chica se dejó atraer al 404; el
ingeniero la ayudó a tenderse en la cucheta, la abrigó
con la única manta y le echó encima su gabardina. La
oscuridad era más densa en el coche ambulancia, con
sus ventanillas tapadas por las lomas de la rienda. En
algún momento el ingeniero bajó los dos parasoles y
colgó de ellos su camisa y un pulóver para aislar
completamente el auto. Hacia el amanecer ella le dijo
al oído que antes de empezar a llorar había creído ver
a lo lejos, sobre la derecha, las luces de una ciudad.
Quizá fuera una ciudad
pero las nieblas de la mañana no dejaban ver ni a
veinte metros. Curiosamente ese día la columna avanzó
bastante más, quizás doscientos o trescientos metros.
Coincidió con nuevos anuncios de la radio (que casi
nadie escuchaba, salvo Taunus que se sentía obligado a
mantenerse al corriente); los locutores hablaban
enfáticamente de medidas de excepción que liberarían
la autopista, y se hacían referencias al agotador
trabajo de las cuadrillas camineras y de las fuerzas
policiales. Bruscamente, una de las monjas deliró.
Mientras su compañera la contemplaba aterrada y la
muchacha del Dauphine le humedecía las sienes con un
resto de perfume, la monja hablo de Armagedón, del
noveno día, de la cadena de cinabrio. El médico vino
mucho después, abriéndose paso entre la nieve que caía
desde el mediodía y amurallaba poco a poco los autos.
Deploró la carencia de una inyección calmante y
aconsejó que llevaran a la monja a un auto con buena
calefacción. Taunus la instaló en su coche, y el niño
pasó al Caravelle donde también estaba su amiguita del
203; jugaban con sus autos y se divertían mucho porque
eran los únicos que no pasaban hambre. Todo ese día y
los siguientes nevó casi de continuo, y cuando la
columna avanzaba unos metros había que despejar con
medios improvisados las masas de nieve amontonadas
entre los autos.
A nadie se le hubiera
ocurrido asombrarse por la forma en que se obtenían
las provisiones y el agua. Lo único que podía hacer
Taunus era administrar los fondos comunes y tratar de
sacar el mejor partido posible de algunos trueques. El
Ford Mercury y un Porsche venían cada noche a traficar
con las vituallas; Taunus y el ingeniero se encargaban
de distribuirlas de acuerdo con el estado físico de
cada uno. Increíblemente la anciana del ID sobrevivía,
perdida en un sopor que las mujeres se cuidaban de
disipar. La señora del Beaulieu que unos días antes
había sufrido de náuseas y vahídos, se había repuesto
con el frío y era de las que más ayudaba a la monja a
cuidar a su compañera, siempre débil y un poco
extraviada. La mujer del soldado y del 203 se
encargaban de los dos niños; el viajante del DKW,
quizá para consolarse de que la ocupante del Dauphine
hubiera preferido al ingeniero, pasaba horas
contándoles cuentos a los niños. En la noche los
grupos ingresaban en otra vida sigilosa y privada; las
portezuelas se abrían silenciosamente para dejar
entrar o salir alguna silueta aterida; nadie miraba a
los demás, los ojos tan ciegos como la sombra misma.
Bajo mantas sucias, con manos de uñas crecidas,
oliendo a encierro y a ropa sin cambiar, algo de
felicidad duraba aquí y allá. La muchacha del Dauphine
no se había equivocado: a lo lejos brillaba una
ciudad, y poco y a poco se irían acercando. Por las
tardes el chico del Simca se trepaba al techo de su
coche, vigía incorregible envuelto en pedazos de
tapizado y estopa verde. Cansado de explorar el
horizonte inútil, miraba por milésima vez los autos
que lo rodeaban; con alguna envidia descubría a
Dauphine en el auto del 404, una mano acariciando un
cuello, el final de un beso. Por pura broma, ahora que
había reconquistado la amistad del 404, les gritaba
que la columna iba a moverse; entonces Dauphine tenía
que abandonar al 404 y entrar en su auto, pero al rato
volvía a pasarse en busca de calor, y al muchacho del
Simca le hubiera gustado tanto poder traer a su coche
a alguna chica de otro grupo, pero no era ni para
pensarlo con ese frío y esa hambre, sin contar que el
grupo de más adelante estaba en franco tren de
hostilidad con el de Taunus por una historia de un
tubo de leche condensada, y salvo las transacciones
oficiales con Ford Mercury y con Porsche no había
relación posible con los otros grupos. Entonces el
muchacho del Simca suspiraba descontento y volvía a
hacer de vigía hasta que la nieve y el frío lo
obligaban a meterse tiritando en su auto.
Pero el frío empezó a
ceder, y después de un período de lluvias y vientos
que enervaron los ánimos y aumentaron las dificultades
de aprovisionamiento, siguieron días frescos y
soleados en que ya era posible salir de los autos,
visitarse, reanudar relaciones con los grupos de
vecinos. Los jefes habían discutido la situación, y
finalmente se logró hacer la paz con el grupo de más
adelante. De la brusca desaparición del Ford Mercury
se habló mucho tiempo sin que nadie supiera lo que
había podido ocurrirle, pero Porsche siguió viniendo y
controlando el mercado negro. Nunca faltaban del todo
el agua o las conservas, aunque los fondos del grupo
disminuían y Taunus y el ingeniero se preguntaban qué
ocurriría el día en que no hubiera más dinero para
Porsche. Se habló de un golpe de mano, de hacerlo
prisionero y exigirle que revelara la fuente de los
suministros, pero en esos días la columna había
avanzado un buen trecho y los jefes prefirieron seguir
esperando y evitar el riesgo de echarlo todo a perder
por una decisión violenta. Al ingeniero, que había
acabado por ceder a una indiferencia casi agradable,
lo sobresaltó por un momento el tímido anuncio de la
muchacha del Dauphine, pero después comprendió que no
se podía hacer nada para evitarlo y la idea de tener
un hijo de ella acabó por parecerle tan natural como
el reparto nocturno de las provisiones o los viajes
furtivos hasta el borde de la autopista. Tampoco la
muerte de la anciana del ID podía sorprender a nadie.
Hubo que trabajar otra vez en plena noche, acompañar y
consolar al marido que no se resignaba a entender.
Entre dos de los grupos de vanguardia estalló una
pelea y Taunus tuvo que oficiar de árbitro y resolver
precariamente la diferencia. Todo sucedía en cualquier
momento, sin horarios previsibles; lo más importante
empezó cuando ya nadie lo esperaba, y al menos
responsable le tocó darse cuenta el primero. Trepado
en el techo del Simca, el alegre vigía tuvo la
impresión de que el horizonte había cambiado (era el
atardecer, un sol amarillento deslizaba su luz rasante
y mezquina) y que algo inconcebible estaba ocurriendo
a quinientos metros, a trescientos, a doscientos
cincuenta. Se lo gritó al 404 y el 404 le dijo algo a
Dauphine que se pasó rápidamente a su auto cuando ya
Taunus, el soldado y el campesino venían corriendo y
desde el techo del Simca el muchacho señalaba hacia
adelante y repetía interminablemente el anuncio como
si quisiera convencerse de que lo que estaba viendo
era verdad; entonces oyeron la conmoción, algo como un
pesado pero incontenible movimiento migratorio que
despertaba de un interminable sopor y ensayaba sus
fuerzas. Taunus les ordenó a gritos que volvieran a
sus coches; el Beaulieu, el ID, el Fiat 600 y el De
Soto arrancaron con un mismo impulso. Ahora el 2HP, el
Taunus, el Simca y el Ariane empezaban a moverse, y el
muchacho del Simca, orgulloso de algo que era como su
triunfo, se volvía hacia el 404 y agitaba el brazo
mientras el 404, el Dauphine, el 2HP de las monjas y
el DKW se ponían a su vez en marcha. Pero todo estaba
en saber cuánto iba a durar eso; el 404 se lo preguntó
casi por rutina mientras se mantenía a la par de
Dauphine y le sonreía para darle ánimo. Detrás, el
Volkswagen, el Caravelle, el 203 y el Floride
arrancaban, a su vez lentamente, un trecho en primera
velocidad, después la segunda, interminablemente la
segunda pero ya sin desembragar como tantas veces, con
el pie firme en el acelerador, esperando poder pasar a
tercera. Estirando el brazo izquierdo el 404 buscó la
mano de Dauphine, rozó apenas la punta de sus dedos,
vio en su cara una sonrisa de incrédula esperanza y
pensó que iban a llegar a París y que se bañarían, que
irían juntos a cualquier lado, a su casa o a la de
ella a bañarse, a comer, a bañarse interminablemente y
a comer y beber, y que después habría muebles, habría
un dormitorio con muebles y un cuarto de baño con
espuma de jabón para afeitarse de verdad, y retretes,
comida y retretes y sábanas, París era un retrete y
dos sábanas y el agua caliente por el pecho y las
piernas, y una tijera de uñas, y vino blanco, beberían
vino blanco antes de besarse y sentirse oler a lavanda
y a colonia, antes de conocerse de verdad a plena luz,
entre sábanas limpias, y volver a bañarse por juego,
amarse y bañarse y beber y entrar en la peluquería,
entrar en el baño, acariciar las sábanas y acariciarse
entre las sábanas y amarse entre la espuma y la
lavanda y los cepillos antes de empezar a pensar en lo
que iban a hacer, en el hijo y los problemas y el
futuro, y todo eso siempre que no se detuvieran, que
la columna continuara aunque todavía no se pudiese
subir a la tercera velocidad, seguir así en segunda,
pero seguir. Con los paragolpes rozando el Simca, el
404 se echó atrás en el asiento, sintió aumentar la
velocidad, sintió que podía acelerar sin peligro de
irse contra el Simca, y que el Simca aceleraba sin
peligro de chocar contra el Beaulieu, y que detrás
venía el Caravelle y que todos aceleraban más y más, y
que ya se podía pasar a tercera sin que el motor
penara, y la palanca calzó increíblemente en la
tercera y la marcha se hizo suave y se aceleró todavía
más, y el 404 miró enternecido y deslumbrado a su
izquierda buscando los ojos de Dauphine. Era natural
que con tanta aceleración las filas ya no se
mantuvieran paralelas. Dauphine se había adelantado
casi un metro y el 404 le veía la nuca y apenas el
perfil, justamente cuando ella se volvía para mirarlo
y hacía un gesto de sorpresa al ver que el 404 se
retrasaba todavía más. Tranquilizándola con una
sonrisa el 404 aceleró bruscamente, pero casi en
seguida tuvo que frenar porque estaba a punto de rozar
el Simca; le tocó secamente la bocina y el muchacho
del Simca lo miró por el retrovisor y le hizo un gesto
de impotencia, mostrándole con la mano izquierda el
Beaulieu pegado a su auto. El Dauphine iba tres metros
más adelante, a la altura del Simca, y la niña del
203, al nivel del 404, agitaba los brazos y le
mostraba su muñeca. Una mancha roja a la derecha
desconcertó al 404; en vez del 2HP de las monjas o del
Volkswagen del soldado vio un Chevrolet desconocido, y
casi en seguida el Chevrolet se adelantó seguido por
un Lancia y por un Renault 8. A su izquierda se le
apareaba un ID que empezaba a sacarle ventaja metro a
metro, pero antes de que fuera sustituido por un 403,
el 404 alcanzó a distinguir todavía en la delantera el
203 que ocultaba ya a Dauphine. El grupo se dislocaba,
ya no existía. Taunus debía de estar a más de veinte
metros adelante, seguido de Dauphine; al mismo tiempo
la tercera fila de la izquierda se atrasaba porque en
vez del DKW del viajante, el 404 alcanzaba a ver la
parte trasera de un viejo furgón negro, quizá un
Citroën o un Peugeot. Los autos corrían en tercera,
adelantándose o perdiendo terreno según el ritmo de su
fila, y a los lados de la autopista se veían huir los
árboles, algunas casas entre las masas de niebla y el
anochecer. Después fueron las luces rojas que todos
encendían siguiendo el ejemplo de los que iban
adelante, la noche que se cerraba bruscamente. De
cuando en cuando sonaban bocinas, las agujas de los
velocímetros subían cada vez más, algunas filas
corrían a setenta kilómetros, otras a sesenta y cinco,
algunas a sesenta. El 404 había esperado todavía que
el avance y el retroceso de las filas le permitiera
alcanzar otra vez a Dauphine, pero cada minuto lo iba
convenciendo de que era inútil, que el grupo se había
disuelto irrevocablemente, que ya no volverían a
repetirse los encuentros rutinarios, los mínimos
rituales, los consejos de guerra en el auto de Taunus,
las caricias de Dauphine en la paz de la madrugada,
las risas de los niños jugando con sus autos, la
imagen de la monja pasando las cuentas del rosario.
Cuando se encendieron las luces de los frenos del
Simca, el 404 redujo la marcha con un absurdo
sentimiento de esperanza, y apenas puesto el freno de
mano saltó del auto y corrió hacia adelante. Fuera del
Simca y el Beaulieu (más atrás estaría el Caravelle,
pero poco le importaba) no reconoció ningún auto; a
través de cristales diferentes lo miraban con sorpresa
y quizá escándalo otros rostros que no había visto
nunca. Sonaban las bocinas, y el 404 tuvo que volver a
su auto; el chico del Simca le hizo un gesto amistoso,
como si comprendiera, y señaló alentadoramente en
dirección de París. La columna volvía a ponerse en
marcha, lentamente durante unos minutos y luego como
si la autopista estuviera definitivamente libre. A la
izquierda del 404 corría un Taunus, y por un segundo
al 404 le pareció que el grupo se recomponía, que todo
entraba en el orden, que se podría seguir adelante sin
destruir nada. Pero era un Taunus verde, y en el
volante había una mujer con anteojos ahumados que
miraba fijamente hacia adelante. No se podía hacer
otra cosa que abandonarse a la marcha, adaptarse
mecánicamente a la velocidad de los autos que lo
rodeaban, no pensar. En el Volkswagen del soldado
debía de estar su chaqueta de cuero. Taunus tenía la
novela que él había leído en los primeros días. Un
frasco de lavanda casi vacío en el 2HP de las monjas.
Y él tenía ahí, tocándolo a veces con la mano derecha,
el osito de felpa que Dauphine le había regalado como
mascota. Absurdamente se aferró a la idea de que a las
nueve y media se distribuirían los alimentos, habría
que visitar a los enfermos, examinar la situación con
Taunus y el campesino del Ariane; después sería la
noche, sería Dauphine subiendo sigilosamente a su
auto, las estrellas o las nubes, la vida. Sí, tenía
que ser así, no era posible que eso hubiera terminado
para siempre. Tal vez el soldado consiguiera una
ración de agua, que había escaseado en las últimas
horas; de todos modos se podía contar con Porsche,
siempre que se le pagara el precio que pedía. Y en la
antena de la radio flotaba locamente la bandera con la
cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora
hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se
supiera bien por qué tanto apuro, por qué esa carrera
en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabía
nada de los otros, donde todo el mundo miraba
fijamente hacia adelante, exclusivamente hacia
adelante.
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