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Cuento
publicado en “Relatos de lo inesperado” (Tales of the
Unexpected, 1979; adaptado por Hitchcock para su serie
televisiva; y reelaborado por Q. Tarantino con distinto
final en “Four Rooms”)
Eran
cerca de las seis. Fui al bar a pedir una cerveza y me
tendí en una hamaca a tomar un poco el sol de la tarde.
Cuando me
trajeron la cerveza, me dirigí a la piscina pasando por el
jardín.
Era muy
bonito, lleno de césped, flores y grandes palmeras
repletas de cocos. El viento soplaba fuerte en la copa de
las palmeras, y las palmas, al moverse, hacían un ruido
parecido al fuego. Grandes racimos de cocos colgaban de
las ramas.
Había
muchas hamacas alrededor de la piscina, así como mesitas y
toldos multicolores; hombres y mujeres bronceados por el
sol estaban sentados aquí y allá en traje de baño. Dentro
de la piscina multitud de chicos y chicas chapoteaban,
gritando y jugando al waterpolo, un poco en serio y un
poco en broma.
Me quedé
mirándolos. Las chicas eran unas inglesas del hotel en que
me hospedaba. A los chicos no los conocía, pero parecían
americanos, seguramente cadetes navales llegados en un
barco militar que había anclado en el puerto aquella
mañana.
Llegué
hasta allí y me metí bajo un toldo amarillo donde había
cuatro asientos vacíos, me serví la cerveza y me arrellané
cómodamente con un cigarrillo entre los dedos.
Los
marinos americanos congeniaban bien con las inglesas.
Buceaban juntos bajo el agua y las hacían subir a la
superficie tomándolas por las piernas.
En aquel
momento distinguí a un hombrecito de edad, que caminaba
rápidamente por el mismo borde de la piscina. Llevaba un
traje blanco, inmaculado, y caminaba muy aprisa, dando un
saltito a cada paso. Llevaba en la cabeza un gran sombrero
de paja e iba a lo largo de la piscina mirando a la gente
y a las hamacas.
Se paró
frente a mí y me sonrió, enseñándome dos hileras de
dientes pequeños y desiguales, ligeramente deslustrados.
Yo
también le sonreí.
—Perdón.
¿Me puedo sentar aquí?
—Claro
—dije yo—, tome asiento.
Dio la
vuelta a la silla y la inspeccionó para su seguridad.
Luego se sentó y cruzó las piernas. Llevaba sandalias de
cuero, abiertas, para evitar el calor.
—Una
tarde magnífica —dijo—; las tardes son maravillosas aquí,
en Jamaica.
No estaba
yo seguro de si su acento era italiano o español, pero lo
que sí sabía de cierto era que procedía de Sudamérica, y
además se le veía viejo, sobre todo cuando se lo miraba de
cerca. Tendría unos sesenta y ocho o setenta años.
—Sí —dije
yo—, esto es estupendo.
—¿Y
quiénes son ésos?, pregunto yo. No son del hotel, ¿verdad?
Señalaba
a los bañistas de la piscina.
—Creo que
son marinos americanos —le expliqué—, mejor dicho,
cadetes.
—¡Claro
que son americanos! ¿Quiénes si no iban a hacer tanto
ruido? Usted no es americano, ¿verdad?
—No —dije
yo—, no lo soy.
De
repente uno de los cadetes americanos se detuvo frente a
nosotros. Estaba completamente mojado porque acababa de
salir de la piscina. Una de las inglesas le acompañaba.
—¿Están
ocupadas estas sillas? —preguntó.
—No
—contesté yo.
—¿Les
importa que nos sentemos?
—No.
—Gracias
—dijo.
Llevaba
una toalla en la mano, y al sentarse sacó un paquete de
cigarrillos y un encendedor. Le ofreció a la chica, pero
ella rehusó; luego me ofreció a mí y acepté uno. El
hombrecito, por su parte, dijo:
—Gracias,
pero creo que tengo un cigarro puro.
Sacó una
pitillera de piel de cocodrilo y cogió un purito. Luego
sacó una especie de navaja provista de unas tijerillas y
cortó la punta del cigarro puro.
—Yo le
daré fuego —dijo el muchacho americano, tendiéndole el
encendedor.
—No se
encenderá con este viento.
—Claro
que se encenderá. Siempre ha ido bien. El hombrecito sacó
el cigarro de su boca y dobló la cabeza hacia un lado,
mirando al muchacho con atención.
—¿Siempre?
—dijo casi deletreándolo.
—¡Claro!
Nunca falla, por lo menos a mí nunca me ha fallado.
El
hombrecito continuó mirando al muchacho.
—Bien,
bien, así que usted dice que este encendedor no falla
nunca. ¿Me equivoco?
—Eso es
—dijo el muchacho.
Tendría
unos diecinueve o veinte años y su rostro, al igual que su
nariz, era alargado. No estaba demasiado bronceado y su
cara y su pecho estaban completamente llenos de pecas.
Tenía el encendedor en la mano derecha, preparado para
hacerlo funcionar.
—Nunca
falla —dijo sonriendo porque ahora exageraba su anterior
jactancia intencionadamente—, le prometo que nunca falla.
—Un
momento, por favor.
La mano
que sostenía el cigarro se levantó como si estuviera
parando el tráfico. Tenía una voz suave y monótona; miraba
al muchacho con insistencia.
—¿Qué le
parece si hacemos una pequeña apuesta? —le dijo
sonriendo—. ¿Apostamos sobre si enciende o no su mechero?
—Apuesto
—dijo el chico—. ¿Por qué no?
—¿Le
gusta apostar?
—Sí,
siempre lo hago.
El hombre
hizo una pausa y examinó su puro y debo confesar que a mí
no me gustaba su manera de comportarse. Parecía querer
sacar algo de todo aquello y avergonzar al muchacho. Al
mismo tiempo, me pareció que se guardaba algún secreto
para sí mismo.
Miró de
nuevo al americano y dijo despacio:
—A mí
también me gusta apostar. ¿Por qué no hacemos una buena
apuesta sobre esto? Una buena apuesta —repitió
recalcándolo.
—Oiga,
espere un momento —dijo el cadete—. Le apuesto veinticinco
centavos o un dólar, o lo que tenga en el bolsillo;
algunos chelines, supongo.
El
hombrecillo movió su mano de nuevo.
—Óigame,
nos vamos a divertir: hacemos la apuesta. Luego subimos a
mi habitación del hotel al abrigo del viento y le apuesto
a que usted no puede encender su encendedor diez veces
seguidas sin fallar.
—Le
apuesto a que puedo —dijo el muchacho americano.
—De
acuerdo, entonces..., ¿hacemos la apuesta?
—Bien, le
apuesto cinco dólares.
—No, no,
hay que hacer una buena apuesta. Yo soy un hombre rico y
deportivo. Ahora, escúcheme. Fuera del hotel está mi
coche. Es muy bonito. Es un coche americano, de su país,
un Cadillac...
—¡Oiga,
oiga, espere un momento! —el chico se recostó en la hamaca
y sonrió—. No puedo consentir que apueste eso, es una
locura.
—No es
una locura. Usted enciende su mechero y el Cadillac es
suyo. Le gustaría tener un Cadillac, ¿verdad?
—Claro
que me gustaría tener un Cadillac —el cadete seguía
sonriendo.
—De
acuerdo, yo apuesto mi Cadillac.
—¿Y
qué apuesto yo? —preguntó el americano.
El
hombrecito quitó cuidadosamente la vitola del cigarro
todavía sin encender.
—Yo no le
pido, amigo mío, que apueste algo que esté fuera de sus
posibilidades. ¿Comprende?
—Entonces, ¿qué puedo apostar?
—Se lo
voy a poner fácil. ¿De acuerdo?
—De
acuerdo, póngamelo fácil.
—Tiene
que ser algo de lo cual usted pueda desprenderse y que en
caso de perderlo no sea motivo de mucha molestia. ¿Le
parece bien?
—¿Por
ejemplo?
—Por
ejemplo, el dedo meñique de su mano izquierda.
—¿Mi qué?
—dejó de reír el muchacho.
—Sí. ¿Por
qué no? Si gana se queda con mi coche. Si pierde, me quedo
con su dedo.
—No le
comprendo. ¿Qué quiere decir quedarse con mi dedo?
—Se lo
corto.
—¡Rayos y
truenos! ¡Eso es una locura! Apuesto un dólar. El
hombrecito se reclinó en su asiento y se encogió de
hombros.
—Bien,
bien, bien —dijo—. No lo entiendo. Usted dice que su
mechero se enciende, pero no quiere apostar. Entonces, ¿lo
olvidamos?
El
muchacho se quedó quieto mirando a los bañistas de la
piscina. De repente se acordó de que tenía el cigarrillo
entre sus dedos. Lo acercó a sus labios, puso las manos
alrededor del encendedor y lo encendió. Al momento,
apareció una pequeña llama amarillenta. El americano
ahuecó las manos de tal forma que el viento no pudiera
apagar la llama.
—¿Me lo
deja un momento? —le dije.
—¡Oh,
perdón! Me olvidé de que usted también tenía el cigarrillo
sin encender.
Alargué
la mano para coger el encendedor, pero se incorporó y se
acercó para encendérmelo él mismo.
—Gracias
—le dije. El volvió a su sitio.
—¿Se
divierte? ¿Lo pasa bien? —le pregunté.
—Estupendo —me contestó—, esto es precioso.
Hubo un
silencio. Me di cuenta de que el hombrecito había logrado
perturbar al chico con su absurda proposición. Estaba
sentado muy quieto, y era evidente que la tensión se iba
apoderando de él. Empezó a moverse en su asiento, a
rascarse el pecho, a acariciarse la nuca y finalmente puso
las manos en las rodillas y empezó a tamborilear con los
dedos. Pronto empezó a dar golpecitos con un pie, incómodo
y nervioso.
—Bueno,
veamos en qué consiste esta apuesta —dijo al fin—, usted
dice que vamos a su cuarto y si mi mechero se enciende
diez veces seguidas, gano un Cadillac. Si me falla una
vez, entonces pierdo el dedo meñique de la mano izquierda.
¿Es eso?
—Exactamente, ésa es la apuesta.
—¿Qué
hacemos si pierdo? ¿Deberé sostener mi dedo mientras usted
lo corta?
—¡Oh, no!
Eso no daría resultado. Podría ser que usted no quisiera
darme su dedo. Lo que haríamos es atar una de sus manos a
la mesa antes de empezar y yo me pondría a su lado con una
navaja, dispuesto a cortar en el momento en que su
encendedor fallase.
—¿De qué
año es el Cadillac? —preguntó el chico.
—Perdón,
no le entiendo.
—¿De qué
año..., cuánto tiempo hace que tiene usted ese Cadillac?
—¡Oh!
¿Cuánto tiempo? Sí, es del año pasado, está completamente
nuevo, pero veo que no es un jugador. Ningún americano lo
es.
Hubo una
pausa. El muchacho miró primero a la inglesa y luego a mí.
—Sí —dijo
de pronto—. Apuesto.
—¡Magnífico! —el hombrecito juntó las manos por un
momento—. ¡Estupendo! Ahora mismo. Y usted, señor —se
volvió hacia mí—, será tan amable de hacer de... ¿Cómo lo
llaman ustedes? ¿Árbitro? ¿Juez?
Tenía los
ojos muy claros, casi sin color, y sus pupilas eran
pequeñas y negras.
—Bueno
—titubeé yo—, esto me parece una tontería. No me gusta
nada.
—A mí
tampoco —dijo la inglesa. Era la primera vez que hablaba—.
Considero esta apuesta estúpida y ridícula.
—¿Le
cortará de veras el dedo a este chico si pierde? —pregunté
yo.
—¡Claro
que sí! Yo le daré el Cadillac si gana. Bueno, vamos a mi
habitación. Se levantó.
—¿Quiere
vestirse antes? —le preguntó.
—No
—contestó el chico—. Iré tal como voy.
—Consideraría un favor que viniera usted con nosotros y
actuara como árbitro. Se volvió hacia mí.
—Muy
bien, iré. Pero no me gusta nada esta apuesta.
—Venga
usted también —dijo a la chica—. Venga y mirará.
El
hombrecito se dirigió por el jardín hacia el hotel. Se le
veía animado y excitado y al andar daba más saltitos que
nunca.
—Vivo en
el anexo —dijo—. ¿Quieren ver primero el coche? Está aquí.
Nos llevó
hasta el aparcamiento del hotel y nos señaló un elegante
Cadillac verde claro, aparcado en el fondo.
—Es aquel
verde. ¿Le gusta?
—Es un
coche precioso —contestó el cadete.
—Muy
bien, vamos arriba y veamos si lo gana.
Le
seguimos al anexo y subimos las escaleras. Abrió la puerta
y entramos en una habitación doble, espaciosa, agradable.
Había una bata de mujer a los pies de una de las camas.
—Primero
tomaremos un martini —dijo tranquilamente.
Las
bebidas estaban en una mesilla, dispuestas para ser
mezcladas. Había una coctelera, hielo y muchos vasos.
Empezó a preparar el martini.
Mientras
tanto había hecho sonar la campanilla; se oyeron unos
golpecitos en la puerta y apareció una doncella negra.
—¡Ah!
—exclamó é! dejando la botella de ginebra.
Sacó del
bolsillo una cartera y le dio una libra a la doncella.
—Me va a
hacer un favor. Quédese con esto. Vamos a hacer un pequeño
juego aquí. Quiero que me consiga dos..., no, tres cosas.
Quiero algunos clavos; un martillo y un cuchillo de los
que emplean los carniceros. Lo encontrará en la cocina.
¿Podrá conseguirlo?
—¡Un
cuchillo de carnicero! —la doncella abrió mucho los
ojos y dio una palmada con las manos—. ¿Quiere decir un
cuchillo de carnicero de verdad?
—Sí,
exactamente. Vamos, por favor, usted puede encontrarme
esas cosas.
—Sí,
señor, lo intentaré. Haré todo lo posible por conseguir lo
que pide.
Después
de estas palabras salió de la habitación.
El
hombrecito fue repartiendo los martinis. Los bebimos con
ansiedad, el muchacho delgado y pecoso, vestido únicamente
con el traje de baño; la chica inglesa, rubia y esbelta,
que vestía un bañador azul claro y no dejaba de mirar al
muchacho por encima de su vaso; el hombrecito de ojos
claros, con su traje blanco, inmaculado, que miraba a la
chica del traje de baño azul claro. Yo no sabía qué hacer.
La apuesta iba en serio y el hombre estaba dispuesto a
cortar el dedo de su rival en caso de que perdiera. Pero,
¡diablos!, ¿y si el chico perdía? Tendríamos que llevarlo
urgentemente al hospital en el Cadillac que no había
podido ganar. Tendría gracia, ¿no es cierto?
En mi
opinión, no habría por qué llegar a ese extremo.
—¿No les
parece una apuesta muy tonta? —dije yo.
—Yo creo
que es una buena apuesta —contestó el chico. Ya se había
tomado un martini doble.
—Me
parece una apuesta estúpida y ridícula —dijo la chica—.
¿Qué pasará si pierdes?
—No
importa. Pensándolo un poco, no recuerdo haber usado jamás
en mi vida el dedo meñique de mi mano izquierda. Aquí está
—el chico se cogió el dedo—. Y todavía no ha hecho nada
por mí. ¿Por qué no voy a apostármelo? Yo creo que es una
apuesta estupenda.
El
hombrecito sonrió y tomó la coctelera para volver a llenar
los vasos.
—Antes de
empezar —dijo— le entregaré al árbitro la llave del coche.
Sacó la
llave de su bolsillo y me la dio.
—Los
papeles de propiedad y del seguro están en el coche
—añadió.
La
doncella volvió a entrar. En una mano llevaba un cuchillo
de los que usan los carniceros para cortar los huesos de
la carne, y en la otra un martillo y una bolsita con
clavos.
—¡Magnífico! ¿Lo ha conseguido todo? ¡Gracias, gracias!
Ahora puede marcharse.
Esperó a
que la doncella cerrara la puerta y entonces puso los
objetos en una de las camas y dijo:
—Ahora
nos prepararemos nosotros. Luego se dirigió al muchacho:
—Ayúdeme,
por favor, a levantar esta mesa. La vamos a correr un
poco.
Era una
mesa de escritorio del hotel, una mesa corriente,
rectangular, de metro veinte por noventa, con papel
secante, plumas y papel. La pusieron en el centro de la
habitación y retiraron las cosas de escribir.
—Ahora
—dijo— lo que necesitamos es un cordel, una silla y los
clavos.
Cogió la
silla y la puso junto a la mesa. Estaba tan animado como
la persona que organiza juegos en una fiesta infantil.
—Ahora
hay que colocar los clavos.
Los clavó
en la mesa con el martillo.
Ni el
muchacho ni la chica ni yo nos movimos de donde estábamos.
Con nuestros martinis en la mano, observábamos el trabajo
del hombrecito. Le vimos clavar dos clavos en la mesa a
quince centímetros de distancia.
No los
clavó del todo; dejó que sobresaliera una pequeña parte.
Luego comprobó su firmeza con los dedos.
“Cualquiera diría que este hijo de puta ya lo ha hecho
antes —pensé yo—. No duda un momento. La mesa, los clavos,
el martillo, el cuchillo de cocina. Sabe exactamente lo
que necesita y cómo arreglarlo.”
—Ahora el
cordel —dijo alargando la mano para tomarlo—, muy bien, ya
estamos listos. Por favor, ¿quiere sentarse? —le dijo al
chico.
El
muchacho dejó su vaso y se sentó.
—Ahora
ponga la mano izquierda entre esos dos clavos para que
pueda atársela donde corresponda. Así, muy bien. Bueno,
ahora le ataré la mano a la mesa.
Puso el
cordel alrededor de la muñeca del chico, luego lo pasó
varias veces por la palma de la mano y lo ató fuertemente
a los clavos. Hizo un buen trabajo. Cuando hubo terminado,
al muchacho le era imposible despegar la mano de la mesa,
pero podía mover los dedos.
—Por
favor, cierre el puño, excepto el dedo meñique. Tiene que
dejar ese dedo alargado sobre la mesa. ¡Excelente!
¡Excelente! Ahora ya estamos dispuestos. Coja el
encendedor con su mano derecha..., pero ¡espere un
momento, por favor!
Fue hacia
la cama y cogió el cuchillo. Volvió y se puso junto a la
mesa, empuñando con firmeza el arma cortante.
—¿Preparados? —dijo—. Señor arbitro, puede dar la orden de
comenzar.
La
inglesa estaba de pie, justo detrás del muchacho, sin
decir una palabra. El chico estaba sentado sin moverse,
con el encendedor en la mano derecha mirando el cuchillo.
El hombrecito me miraba.
—¿Está
preparado? —le pregunté al muchacho.
—Preparado.
—¿Y
usted? —al hombrecito.
—Preparado también.
Levantó
el cuchillo al aire y lo colocó a cierta distancia del
dedo del chico, dispuesto a cortar. El muchacho le
observaba sin mover un miembro de su cuerpo. Simplemente
frunció las cejas y le miró ceñudamente.
—Muy bien
—dije yo—, empiecen.
El
muchacho me hizo una petición antes de comenzar:
—¿Quiere
contar en voz alta el número de veces que lo enciendo? Por
favor.
—Sí, lo
haré.
Levantó
la tapa del mechero y con el mismo dedo dio una vuelta a
la ruedita. La piedra chispeó y apareció una llama
amarillenta.
—¡Uno!
—dije yo.
No apagó
la llama, sino que colocó la tapa en su sitio y esperó
unos segundos antes de volverlo a encender.
Dio otra
fuerte vuelta a la rueda y de nuevo apareció la pequeña
llama al final de la mecha.
—¡Dos!
El
silencio era total. El muchacho tenía los ojos puestos en
el encendedor. El hombrecito tenía el cuchillo en el aire
y también miraba al encendedor.
—¡Tres!
—¡Cuatro!
—¡Cinco!
—¡Seis!
—¡Siete!
Desde
luego era un mechero de los que funcionan a la perfección.
La piedra chisporroteó y la mecha se encendió. Observé el
pulgar bajar la tapa y apagar la llama. Luego, una pausa.
El pulgar volvió a subirla otra vez. Era una operación de
pulgar, este dedo lo hacía todo.
Respiré,
dispuesto a decir ocho. El pulgar accionó la rueda, la
piedra chispeó y la pequeña llama brilló de nuevo.
—¡Ocho!
—dije yo al tiempo que se abría la puerta. Nos volvimos
todos a la vez y vimos a una mujer en la puerta, una mujer
pequeña y de pelo negro, bastante vieja, que se precipitó
gritando:
—¡Carlos,
Carlos!
Le agarró
la muñeca y le cogió el cuchillo, lo arrojó a la cama,
aferró al hombrecito por las solapas de su traje blanco y
lo sacudió vigorosamente, hablando al mismo tiempo aprisa
y fuerte en un idioma que parecía español. Lo sacudía tan
fuerte que no se le podía ver. Se convirtió en una línea
difusa y móvil como el radio de una rueda.
Cuando
paró y volvimos a ver al pequeño hombrecito, ella le dio
un empujón y lo tiró a una de las camas como si se tratara
de un muñeco. Él se sentó en el borde y cerró los ojos,
moviendo la cabeza para ver si todavía podía torcer el
cuello.
—Lo
siento —dijo la mujer—, siento mucho que haya pasado esto.
Hablaba
un inglés bastante correcto.
—Es
horrible —continuó ella—. Supongo que todo ha ocurrido por
mi culpa. Le he dejado solo durante diez minutos para
lavarme el cabello y ha vuelto a hacer de las suyas.
Se la
veía disgustada y preocupada.
El
muchacho se estaba desatando la mano de la mesa. La
inglesa y yo no decíamos ni una palabra.
—Es una
seria amenaza —dijo la mujer—. Donde nosotros vivimos ha
cortado ya cuarenta y siete dedos a diferentes personas y
ha perdido once coches. Últimamente le amenazaron con
quitarle de en medio. Por eso lo traje aquí.
—Sólo
habíamos hecho una pequeña apuesta —murmuró el hombrecito
desde la cama.
—Supongo
que habrá apostado un coche —dijo la mujer.
—Sí
—contestó el cadete—, un Cadillac.
—No tiene
coche. Ése es el mío, y esto agrava las cosas —dijo ella—,
porque apuesta lo que no tiene. Estoy avergonzada y lo
siento muchísimo.
Parecía
una mujer muy simpática.
—Bueno
—dije yo—, aquí tiene la llave de su coche. La puse sobre
la mesa.
—Sólo
estábamos haciendo una pequeña apuesta —murmuró el
hombrecito.
—No le
queda nada que apostar —dijo la mujer—, no tiene nada en
este mundo, nada. En realidad, yo se lo gané todo hace ya
muchos años. Me llevó mucho, mucho tiempo, y fue un
trabajo muy duro, pero al final se lo gané todo.
Miró al
muchacho y sonrió tristemente. Luego alargo la mano para
coger la llave que estaba encima de la mesa.
Todavía
ahora recuerdo aquella mano: sólo le quedaba un dedo y el
pulgar.
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