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STEPHEN KING

Steve Edwing King,
nacido en Maine, Portland, en 1947, fue el único hijo del
matrimonio entre Donald King y Nellie Ruth Phillsbury. Dos
años antes sus padres habían adoptado a su hermano David.
En 1949 su padre abandonó a la familia. Desde entonces y
durante nueve años su madre fue tomando distintos
domicilios, generalmente con integrantes de su familia.
A
los seis años Steve escucha por radio una historia de Ray
Bradbury (Mar’s is Heaven), y al año siguiente ve la
primera película que retiene en su memoria (The Creature
From the Black Lagoon). De esa época datan sus primeras
historias de ciencia ficción. En 1958 en una función
cinematográfica escucha durante la interrupción de la
misma el anuncio de que los rusos han lanzado al espacio
el primer satélite, el Sputnik,
y se conmociona del mismo modo que todo el público de la
época. Estas primeras impresiones lo llevarían a
transformarse en uno de los escritores más exitosos en el
terror, la ciencia ficción y el género fantástico.
A los once años descubre una
caja con libros de terror y ciencia ficción que
pertenecieran a su padre. Con una vieja máquina de
escribir comienza a enviar relatos a diversas revistas.
Del período 1960/3 data el célebre People,
Places & Things, escrito en colaboración con Chris
Chesley su amigo de la infancia que consta de diez y ocho
relatos de los cuales ocho son de él, y en los cuales se
aprecia la influencia de los comics y las películas de
terror de la época.
En 1963 ingresa a la Lisbon Fall High School y al año siguiente publica en la
escuela y por su cuenta The Village Vomit una
revista satírica en la que se burla de sus maestros
eludiendo penosamente la expulsión, y al mismo tiempo
escribe In a Half of Terror, que sería luego su
primer trabajo rentado bajo el título I was a Teenage
Grave Robber publicado en 1965. Ese mismo año concluye
The Night of the Tiger (1965) pero no puede
publicarlo y también su primera novela, The Aftermatch,
nunca publicada.
Al año siguiente ingresa a la universidad
de Maine especializándose en lengua y literatura inglesa.
Comienza Getting it on que concluirá cinco años más
tarde. En la universidad participa de las luchas en contra
de la guerra de Vietnam. Publica
The Glass Floor (1967) y completa la novela The Long Walk. Concluye
Sword in the
Darkness, rechazada por doce editoriales y finalmente
nunca dada a conocer, pero logra que algunas revistas
publiquen Caín Rose Up, Here There Be Tigers y Strawberry Spring.
En 1969 conoce a Tabitha Jane
Spruce con quien se casará dos años más tarde, escribe
The Accident, obra de teatro de un solo acto y publica
The Reaper’s Image, Night Surf y Stud City.
Escribe King’s Garbage Truck, una columna en el
periódico de la universidad (The Maine Campus) hasta el
año siguiente en que se gradúa, tras lo cual no logra
encontrar trabajo en su especialidad y se emplea en una
lavandería.
Publica Graveyard Shift en
Cavalier. En
1971 nace su hija Naomi Rachel y se emplea como profesor
de inglés. Publica The Blue Air
Compressor y I Am the Doorway. En una
semana escribe su cuarta novela The Running Man rechazada por las editoriales y comienza una historia
corta titulada, Carrie, que crece inesperadamente y
acabará por ser el trampolín a la fama.
Aparecen algunas
publicaciones con el seudónimo de John Swithen. En 1973
nace Joseph Hill, su primer hijo varón y obtiene sus
primeras ganancias importantes. De allí en más se dedica
exclusivamente a escribir. De ese año son Blaze y
los comienzos de Second Coming. Publica The Boogeyman, Gray
Matter y Trucks.
Recibe la nominación para el World Fantasy Award
por Salem’s Lot (1976) y Brian de Palma estrena la
adaptación de Carrie. De esta época data Shining,
llevada luego al cine con gran éxito por Stanley Kubrick.
En 1977 conoce en Inglaterra a Peter Straub con cuya
colaboración realiza la novela El Talismán. Produce
los primeros borradores de The Dead Zone,
Firestarter y Cujo y publica Rage, su
primer libro como Richard Bachaman. Al año siguiente nace
su último hijo, Owen Philips y actúa como juez de los
premios World Fantasy Awards de ese mismo año. Publica The Stand, la primera recopilación de cuentos,
Night Shift y algunos relatos sueltos (The Night of
the Tigers y Nona).
En 1979 concluye
Christine, Pet Semanarity, Dance Macabre y el guión
para Creepshow. Se realiza la miniserie de TV
Salem’s Lot. Publica también The Crate. En 1980
es el primer escritor con tres best sellers simultáneos (Firewstarter,
The Shining y The Dead Zone). Este último es nominado
para la World Fantasy Award. Al año siguiente recibe el
Career Alumni Award por The Mist y es nominado para
el premio Nebula por The Way Station.
En 1983 completa
El Talismán y su popularidad y reconocimiento parece
no registrar límites. En 1984 ofrece el discurso de honor en la
conferencia internacional de Fantasía Literaria y concluye
Thinner y Missery. En 1985 reconoce que
Richard Bachman es un seudónimo propio y establece un
nuevo record con cinco best seller simultáneos. Enfrenta y
supera serios problemas con el alcoholismo y la
drogadicción que le exigen trabajar con tapones en los
oídos para detener las hemorragias que la cocaína le
causaba. Publica The Body y en 1987 recibe
el Bram Stoker Award por Missery y es nominado
también para el año siguiente. Este trabajo es llevado al
cine en 1999 por Rob Reiner y Kathy Bates, su
protagonista, recibe un Oscar por la actuación.
En 1991
publica la primera serie para televisión, Golden Years,
con buena respuesta. Al año
siguiente gana el Bram Stoker Award y a partir de 1996
sacude la industria bibliográfica con ventas y ganancias
millonarias. A partir de 1977 acuerda con sus nuevos
editores porcentajes sobre la venta sin antecedentes en el
mercado. En 1999 sufre un accidente vial, en 2000,
recuperándose de su accidente, vende por Internet 500.000
copias en seis días de Riding The Bullet. Publica
Dreamcatcher (2001).
Más de treinta libros, más
de cuarenta películas basadas en los mismos, decenas de
cuentos, seudónimos impuestos por los editores para no
saturar el mercado, records de venta simultáneos de sus
propios libros cuya venta excede los cien millones de
ejemplares, incursiones en la música como guitarrista en
un grupo de literatos y una incalculable fortuna obtenida
desde su propio talento avalan la profusa creatividad de
Stephen King.
Actualmente reside en
Bangor, Maine.
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LAS REVELACIONES DE BECKA PAULSON |
Lo que pasó fue muy
simple, por lo menos al principio. Lo que pasó fue que
Rebecca Paulson se disparó en la cabeza con el
revólver del calibre 22 de Joe, su marido. Ocurrió
durante la limpieza anual de primavera, es decir, más
o menos a mediados de junio (como todos los años).
Becka solía atrasarse en estas cosas.
Estaba subida a una
escalera revolviendo los trastos acumulados en el
estante más alto del armario del vestíbulo de la
planta baja, mientras el gato de los Paulson, un macho
grande y de piel rayada que se llamaba Ozzie Nelson,
la vigilaba desde la puerta de la sala de estar. De la
sala llegaban las voces nerviosas de otro mundo que
brotaban del gran televisor Zenith de los Paulson, que
más tarde sería mucho más que un televisor.
Becka
cogió un puñado de objetos y los revisó, con la
esperanza de que todavía sirvieran, pero sin creerlo
en el fondo. Había cuatro o cinco gorros invernales de
punto, todos apolillados y deshilachados. Los tiró al
suelo. También dio con las Novelas condensadas del
Reader's Digest del verano de 1954: “Corre en
silencio”, “Corre a las profundidades” y “Con los ojos
desorbitados”. El volumen estaba tan hinchado por el
agua que tenía el tamaño de la guía telefónica de
Manhattan. Lo tiró hacia atrás. ¡Ah! Allí había un
paraguas que parecía recuperable... y una caja con
algo dentro.
Era una caja de zapatos.
Becka no sabía lo que había dentro, pero era algo
pesado. Cuando cambió la caja de sitio, el objeto se
movió en el interior. Quitó la tapa y también la tiró
hacia atrás (casi golpeó a Ozzie Nelson, que decidió
marcharse de allí). Dentro de la caja había un
revólver de cañón largo y cachas de madera.
—Vaya —exclamó—. Era esto
—lo sacó de la caja sin darse cuenta de que estaba
cargado y sin seguro, y le dio la vuelta para mirar
por el cañón, pensando que si había una bala dentro la
vería.
Se acordaba del revólver.
Hasta hacía cinco años, Joe había sido miembro de los
Derry Elks. Hacía unos diez años (o tal vez quince),
había comprado quince boletos de la rifa de los Elks
en un momento en que estaba borracho. Becka se había
enfadado tanto con él que durante dos semanas no le
había dejado que le metiera el canario. El primer
premio había sido un Bombardier Skidoo; el segundo, un
motor Evinrude. El revólver del calibre 22 había sido
el tercero.
Joe
había estado disparando con él en el patio, rompiendo
latas y botellas durante un tiempo, hasta que Becka se
quejó del ruido y Joe se llevó el revólver al hoyo de
grava del final del camino; Becka se había dado cuenta
de que su marido ya estaba perdiendo el interés,
aunque seguiría disparando durante varios días para
que ella no pensara que le había ganado la partida.
Después, el revólver desapareció. Becka pensó que Joe
lo había cambiado por otra cosa, llantas para la
nieve, quizás, o una batería... pero allí estaba.
Becka
escudriñó el cañón del revólver en busca de la bala.
No vio más que negrura. Por lo tanto, debía de estar
descargado.
Voy a hacer que se deshaga
de esto de una vez por todas, pensó mientras bajaba de
la escalera. Esta misma noche. Cuando vuelva de
correos, me pondré en jarras frente a él y le diré:
“Joe, no está bien tener un arma en casa, aunque no
haya niños y esté descargada. Y además, ni siquiera la
usas, así pues, ¿para qué la quieres?”. Eso es lo que
voy a decirle.
Era un pensamiento
agradable, pero en el fondo sabía que no lo haría.
Claro que no. En casa de los Paulson, Joe era el que
llevaba los pantalones. No, pensó que lo mejor sería
que se librara de aquel chisme ella misma; lo metería
con el resto de los trastos en una bolsa de basura y
lo guardaría en el armario. El revólver iría a parar
al vertedero con todo lo demás la próxima vez que
pasara Vinnie Margolies a recoger los desechos. Joe no
echaría de menos un objeto que ya había olvidado, pues
la tapa de la caja estaba cubierta de polvo. No lo
echaría de menos, salvo que ella fuera lo bastante
estúpida para llamarle la atención al respecto.
Becka
llegó al final de la escalera. Después dio un paso
atrás y pisó las Novelas condensadas del Reader's
Digest. La cubierta resbaló hacia atrás. Becka se
tambaleó con el revólver en una mano mientras agitaba
la otra en el aire para recobrar el equilibrio. Apoyó
el pie derecho en el montón de gorros de punto, que
también se deslizó hacia atrás. Mientras caía, se dio
cuenta de que parecía más una mujer a punto de
suicidarse que un ama de casa en día de limpieza.
Bueno, no está cargado,
tuvo tiempo de pensar, pero el revólver estaba cargado
y amartillado, como si llevase años esperándola. Becka
cayó al suelo y, con el golpe, el percutor se lanzó
hacia delante. Se oyó un ruido seco, no más fuerte que
el de una lata golpeada por un niño, y una bala
Winchester del calibre 22 penetró en el cerebro de
Becka Paulson justo encima del ojo izquierdo. Hizo un
pequeño agujero negro cuyos bordes eran del color azul
pálido de los lirios recién florecidos.
La cabeza cayó hacia atrás
golpeando la pared con un ruido sordo y un reguero de
sangre se deslizó desde el agujero hasta la ceja
izquierda. El revólver, aún humeante, cayó en el
regazo de Becka. Sus manos tamborilearon en el suelo
durante unos cinco segundos, la pierna derecha que
tenía flexionada se estiró de repente. La pantufla
voló a través del vestíbulo y golpeó la pared opuesta.
Sus ojos permanecieron abiertos durante treinta
minutos; las pupilas se contraían y se dilataban, se
contraían y se dilataban.
Ozzie
Nelson fue hasta la puerta de la sala de estar, maulló
y empezó a lavarse.
Becka
servía la cena cuando Joe advirtió la tirita encima
del ojo. Llevaba en casa alrededor de hora y media,
pero últimamente no se fijaba mucho en ella, la mayor
parte del tiempo parecía estar pensando en otra cosa.
A Becka esto apenas le molestaba, no tanto como podría
haberle molestado en otra época. Por lo menos así no
la buscaba para meterle el canario en la jaula.
—¿Qué te has hecho en la
cabeza? —preguntó a su mujer cuando ésta puso en la
mesa un plato de judías y otro de salchichas.
Becka
se tocó la tirita con gesto vago. Sí, ¿qué le había
hecho a su cabeza? No podía acordarse. La primera
mitad del día estaba velada por un vacío oscuro y
extraño, como si contuviera una mancha de tinta.
Recordaba haberle servido el desayuno y haberse
quedado en el porche cuando Joe había salido hacia
correos con la camioneta. Respecto de aquello no cabía
la menor confusión. Recordaba haber lavado la ropa
blanca en la nueva lavadora Sears mientras La rueda de
la fortuna sonaba en el televisor. Tampoco con esto
había confusión. Era entonces cuando empezaba la
mancha de tinta. Recordaba haber puesto la ropa de
color en la lavadora y haber elegido el programa en
frío. Recordaba vagamente haber metido un par de
comidas congeladas en el horno —Becka Paulson comía
mucho—, pero después nada. Hasta que se despertó
sentada en el sofá de la sala de estar. Se había
cambiado el pantalón y la camisa por un vestido y unos
zapatos de tacón alto y se había trenzado el cabello.
Tenía algo pesado en la
falda y sobre los hombros, y sentía un cosquilleo en
la frente. Era Ozzie Nelson. Ozzie tenía las patas
traseras apoyadas en el vientre de su dueña y las
delanteras en sus hombros, mientras le lamía la sangre
que le salía de la frente y la ceja. Becka se lo quitó
de encima y consultó el reloj. Joe llegaría en una
hora y ni siquiera había empezado a preparar la
comida. Después se tocó la cabeza, que le latía
ligeramente.
—Becka.
—¿Qué? —se había sentado y
comenzaba a servirse las judías.
—Te he preguntado qué te
has hecho en la cabeza.
—Un golpe —respondió,
aunque cuando había ido al baño y se había mirado en
el espejo, no parecía un golpe. Parecía un agujero—.
Me he dado un golpe.
—Ah —dijo él y se olvidó
del tema. Abrió el Sports Illustrated que había
llegado aquel mismo día y se puso a contemplar una
fantasía. En ella acariciaba lentamente el cuerpo de
Nancy Voss, actividad (junto con todas las actividades
parecidas que probablemente habría a continuación) a
la que se había estado abandonando durante las últimas
seis semanas. Bendita fuera la Dirección General de
Correos de los Estados Unidos por trasladar a Nancy
Voss de Falmouth a Haven; era lo único que podía
decir. Lo que Falmouth había perdido lo había ganado
Joe Paulson. Había días en que estaba totalmente
convencido de que había muerto y había ido al cielo;
la verdad es que no tenía el pájaro tan exigente desde
que a los diecinueve años había recorrido Alemania
occidental con el Ejército de los Estados Unidos.
Becka habría tenido que hacer algo más que ponerse una
tirita en la frente para que Joe le hiciera caso.
Becka
se sirvió tres salchichas, lo pensó un momento y se
sirvió una cuarta. Roció las salchichas y las judías
con salsa de tomate y lo revolvió todo. El resultado
se parecía un poco a lo que queda tras un accidente de
carretera. Se sirvió un vaso de mosto Kool-Aid (Joe
bebía una cerveza) y se tocó la tirita con la punta de
los dedos. Había estado haciéndolo desde que se la
puso. Nada, sólo un poco de plástico frío. Así estaba
bien... pero notaba el hueco que había debajo. El
agujero. Y eso no estaba tan bien.
—Sólo un golpe —murmuró de
nuevo, como si al decirlo lo hiciera más real. Joe no
levantó la vista y Becka empezó a comer.
Sea lo que fuere, no me ha
quitado el apetito, pensó. No es que haya muchas cosas
capaces de quitármelo, claro, probablemente nada. El
día que digan por la radio que hay un montón de
misiles surcando el cielo y que ha llegado el fin del
mundo, seguramente seguiré comiendo hasta que alguno
caiga en Haven.
Cortó un pedazo de pan y
lo mojó en la salsa de las judías.
Verse aquello... aquella
marca en la frente, la había puesto nerviosa, muy
nerviosa. No tenía sentido engañarse al respecto, como
no tenía sentido hacerse ilusiones de que sólo era una
señal, una magulladura. En caso de que alguien
quisiera saberlo, pensó Becka, afirmaría que mirarse
al espejo y ver un agujero de más en la cabeza no es
una experiencia divertida. Después de todo, en la
cabeza está el cerebro. Y en cuanto a lo que había
hecho después...
Intentó no pensar en ello,
pero era demasiado tarde.
Demasiado tarde, Becka,
dijo una voz en su interior... una voz que se parecía
a la de su padre muerto.
Ella había mirado el
agujero con insistencia y luego había abierto el cajón
del lavabo donde se encontraban sus escasos productos
de maquillaje, revolviéndolos con manos que parecían
no pertenecerle. Sacó el lápiz de cejas y volvió a
mirarse al espejo.
Entonces levantó el lápiz,
se acercó el extremo romo a la cara y empezó a
introducírselo poco a poco en el agujero. No, se dijo
con un gemido, no, basta, Becka, no quieres hacerlo...
Pero al parecer una parte
de ella sí quería, porque siguió haciéndolo. No era
doloroso y el lápiz entraba sin ninguna dificultad. Lo
introdujo unos tres centímetros, después seis, después
diez. Se miró en el espejo: una mujer con un vestido
de flores y un lápiz que le salía de la cabeza. Lo
introdujo dos centímetros más.
No queda mucho, Becka, ten
cuidado, no querrás perderlo ahí dentro, haría ruido
cuando te movieras por la noche, despertaría a Joe...
Se rió con nerviosismo
histérico.
Quince centímetros y el
extremo romo del lápiz encontró resistencia. Era algo
duro, pero con un leve empujoncito proporcionaba una
sensación esponjosa. De repente el mundo entero se
volvió de un verde brillante y un montón de recuerdos
acudió a su mente: un viaje en trineo con el equipo de
esquiar de su hermano mayor; una limpieza de pizarras
en el instituto; un Impala del 59 que había tenido su
tío Bill; el olor del heno recién cortado.
Se sacó el lápiz de la
cabeza, impresionada, aterrorizada ante la idea de que
saliera sangre del agujero. Pero no salió sangre y
tampoco la había en la brillante superficie del lápiz
de cejas. Ni sangre, ni ... ni...
Pero no podía pensar en
aquello. Arrojó el lápiz al cajón y lo cerró de un
golpe. Su primer impulso, tapar el agujero, volvió a
ella con más fuerza que antes...
Abrió el botiquín del
cuarto de baño y sacó la caja de tiritas. Esta escapó
de sus dedos temblorosos y cayó al lavabo con un
ligero golpe. Becka gritó al oír el ruido; tenía que
tranquilizarse. Taparlo, hacerlo desaparecer. Eso era
lo que debía hacer, ése era el truco. Lo del lápiz de
cejas no importa, olvídalo. No tenía ninguna de las
lesiones cerebrales que había visto en los noticiarios
vespertinos y en Marcus Welby, doctor en Medicina; eso
era lo importante. Ella estaba bien. Y en cuanto al
lápiz de cejas, lo olvidaría.
Y lo había olvidado, sí,
por lo menos hasta ese momento. Contempló su cena a
medio comer y se dio cuenta, con cierta amargura, de
que se había equivocado con respecto al apetito: no
podía tragar ni un bocado más.
Tiró a la basura lo que
había dejado, mientras Ozzie se restregaba contra sus
piernas. Joe no levantó la vista de lo que estaba
leyendo. En su imaginación, Nancy Voss le preguntaba
de nuevo si su lengua era tan larga como parecía.
Despertó en plena noche de
un sueño confuso en el que todos los relojes de la
casa hablaban con la voz de su padre. Joe, en
calzoncillos, roncaba a su lado.
Se tocó la tirita. El
agujero no dolía ni palpitaba, pero escocía. Se lo
frotó despacio; tenía miedo de provocar otro relámpago
verde y deslumbrante. Nada.
Se dio la vuelta. Tienes
que ir al médico, Becka, pensó. Para que te lo mire.
No sé lo que te habrás hecho, pero...
No, se contestó a sí
misma. Nada de médicos. Volvió a darse la vuelta
pensando que estaría despierta durante horas,
inquieta, preguntándose cosas que le daban miedo. Pero
al poco rato se durmió.
Por la mañana, el agujero
ya casi no le escocía y así era más fácil no pensar en
él. Preparó el desayuno para Joe y salió a despedirlo
cuando se fue al trabajo. Terminó de lavar los platos
y sacó la basura. La guardaban en un pequeño cobertizo
construido por Joe detrás de la casa y que apenas era
más grande que una caseta de perro. Tenían que
cerrarla con llave para que los mapaches del bosque no
entraran y lo pusieran todo patas arriba.
Así que entró, arrugando
la nariz por el olor, y puso la bolsa verde junto a
las otras. Vinnie llegaría el viernes o el sábado y
ventilaría bien el cobertizo. Justo en el momento en
que salía, vio una bolsa sin atar de la que sobresalía
una empuñadura curva, como la de un bastón.
Tiró del mango con
curiosidad y descubrió que se trataba de un paraguas.
Unos cuantos gorros deshilachados y apolillados
salieron con él.
En la cabeza de Becka sonó
una alarma lejana. Durante un momento, casi le pareció
ver lo que había detrás de aquella mancha de tinta, lo
que le había pasado (el
fondo está en el fondo objeto pesado objeto en una
caja de la que Joe no se acuerda ni irá a) el
día anterior. Pero ¿quería saberlo realmente?
No.
No quería.
Quería olvidar.
Salió del cobertizo y
cerró la puerta con manos temblorosas.
Una semana después (se
cambiaba la tirita todas las mañanas aunque la herida
ya se estaba cerrando y podía ver el tejido rosado que
se le formaba en el interior cuando se iluminaba la
frente con la linterna de Joe y se miraba en el
espejo), Becka descubrió lo que la mitad de Haven ya
sabía, que Joe la engañaba. Se lo había dicho Jesús.
En los tres últimos días, Jesucristo le había contado
las cosas más sorprendentes, terribles e inquietantes
que se puedan imaginar. Cosas que la trastornaban,
turbaban su sueño y estaban acabando con su cordura...
¿no era un milagro? ¿Y no era verdad lo que le decía?
¿Acaso podía cerrar los oídos a Jesús, darle unas
palmaditas en la cabeza, gritarle que cerrara la boca?
Claro que no. En primer lugar, era el Salvador. Por
otra parte, era una especie de repugnante obligación
enterarse de las cosas que Jesús le contaba.
Becka
no relacionó el comienzo de las comunicaciones divinas
con el agujero de la cabeza.
Hacía 20 años que Jesús
estaba sobre el televisor Zenith de los Paulson. Antes
había estado encima de dos RCA (Joe Paulson siempre
compraba productos nacionales). Se trataba de un
hermoso cuadro tridimensional que les había enviado la
hermana de Rebecca, que vivía en Portsmouth. Jesús
vestía una sencilla túnica blanca y llevaba un cayado
de pastor en la mano. Como el cuadro se había creado (Becka
consideraba que fabricado era una palabra demasiado
vulgar para un cuadro tan realista que incluso se
habría podido entrar en él) antes de los Beatles y de
los cambios que habían introducido éstos en el peinado
masculino, Jesús llevaba el pelo algo corto, limpio y
muy bien peinado. El Cristo del televisor de Becka
Paulson se peinaba más bien como Elvis Presley al
salir de la mili. Tenía los ojos castaños, apacibles y
amables. Tras él, en perfecta perspectiva, unas ovejas
tan blancas como la ropa de los teleanuncios de
detergentes se perdían poco a poco en la distancia.
Becka, su hermana Corinne y su hermano Roland habían
crecido en una granja de New Gloucester y Becka sabía
por experiencia propia que las ovejas nunca eran tan
blancas ni tenían la lana tan suave como nubes que
hubieran caído a la tierra. Pero, razonaba, si Jesús
podía transformar el agua en vino y resucitar a los
muertos, no había razón por la que no pudiera hacer
desaparecer todas las cagarrutas de un rebaño de
ovejas si tal era su deseo.
Joe
había intentado un par de veces quitar el cuadro de
encima del televisor y ahora sabía por qué, vaya que
sí, vaaaaaya que sí. A Joe, como es natural, no le
faltaban razones.
—No me parece bien tener a
Jesús encima del televisor mientras vemos Tres son
compañía o Los ángeles de Charlie —argumentaba—. ¿Por
qué no lo pones en tu tocador, Becka? Mejor aún. ¿Por
qué no lo dejas en el tocador hasta que acabe Domingo
y luego lo vuelves a poner encima de la tele mientras
ves a Jimmy Swaggart, Rex Humbard y Jerry Falwell?
Seguro que a Jesús le gusta más Jerry Falwell que Los
ángeles de Charlie.
Ella se negaba.
—Cuando montamos la timba
de póquer los jueves, los chicos se quejan —protestaba
el marido—. Nadie quiere que Jesucristo le mire
mientras se tira un farol o sube la apuesta.
—Tal vez se sienten
incómodos porque saben que el juego es obra del Diablo
—decía Becka.
Joe,
que era un buen jugador de póquer, se encrespaba.
—Entonces, tu secador de
pelo y tus rulos también son obra del Diablo. No sé
por qué no los devuelves y das el dinero al Ejército
de Salvación. Espera, creo que tengo las facturas en
el estudio.
Becka
acabó por ceder y dejó que Joe pusiera el cuadro de
Jesús de cara a la pared, pero sólo una vez al mes, el
jueves en que invitaba a jugar al póquer a aquellos
amigotes que no paraban de beber cerveza...
Pero ahora sabía la
verdadera razón por la que él quería librarse del
cuadro. Seguramente sabía desde el principio que el
cuadro era mágico. Bueno... la palabra indicada era
sagrado, porque la magia era cosa de paganos:
cortadores de cabezas, católicos e individuos por el
estilo, ya que en el fondo todos se parecían, ¿verdad?
Seguramente Joe había notado desde el principio que
era un cuadro especial, un cuadro por mediación del
cual se descubriría su pecado.
Ah, tenía que haber
imaginado la razón de las recientes preocupaciones de
su marido, tenía que haber sabido que había un motivo
concreto por el que ya no la buscaba por la noche.
Pero en realidad, para ella había representado un
alivio; la sexualidad era exactamente lo que su madre
le había dicho que sería; algo desagradable y brutal,
a veces doloroso y siempre humillante. ¿No había
percibido además, de vez en cuando, cierto olor a
perfume en la camisa de Joe? De ser así, la verdad es
que no había hecho caso y nunca le habría dado
importancia si el cuadro de Jesús no hubiera empezado
a hablarle el 7 de julio. Entonces se dio cuenta de
que había pasado por alto otro detalle; más o menos
cuando habían terminado los achuchones nocturnos y
había comenzado ella a percibir el perfume, el viejo
Charlie Eastbrooke se había jubilado y para
sustituirlo en la estafeta de correos habían mandado a
una mujer llamada Nancy Voss, que hasta entonces había
trabajado en Falmouth. Becka se daba cuenta de que la
tal Voss (a quien ella llamaba la Golfa), tenía por lo
menos cinco años más que ella y que Joe, es decir que
era ya una cincuentona, pero una cincuentona elegante,
maciza y guapa. Becka, por su parte, había engordado
un poco desde que había contraído matrimonio y había
pasado de cincuenta y siete kilos a ochenta siete y
medio, sobre todo desde que Byron, su único hijo, se
había ido de casa.
Mejor habría sido seguir
haciendo la vista gorda. Si la Golfa disfrutaba
realmente de la animalidad del contacto carnal, con
los gruñidos y empujones que comportaba y aquel
pegajoso chorro final que olía levemente a bacalao y
parecía un lavavajillas barato, era evidente que la
Golfa era una bestia, lo cual, dicho sea de paso,
liberaba a Becka de una obligación ocasional pero
fastidiosa. Claro que cuando el cuadro de Jesús empezó
a hablar y a decirle exactamente lo que pasaba, Becka
supo que había que hacer algo.
El cuadro se puso a hablar
exactamente el martes a las tres de la tarde. Ocho
días después de haberse disparado en la cabeza y
cuatro días después de surtir efecto su resolución de
olvidar que era un agujero y no sólo una señal. Becka
acababa de volver del living con algo para comer
(medio pastel de moka y una jarra de mosto) y
dispuesta a ver Hospital General. Ya no creía que Luke
pudiera encontrar a Laura, pero no conseguía que su
corazón abandonara la esperanza.
Estaba a punto de encender
el Zenith cuando Jesús dijo:
—Becka, Joe se cepilla a
la Golfa todos los días en los lavabos a la hora de la
comida y a veces por la tarde a la hora de salir. Una
vez estaba tan caliente que se la enseñó cuando en
teoría tenía que ayudarla a clasificar la
correspondencia. ¿Y sabes qué? Ella ni siquiera dijo:
“Espera por lo menos a que ponga los certificados en
su sitio”.
Becka
dio un grito y derramó la jarra de mosto por la
pantalla del televisor. Fue un milagro, pensó más
tarde, que el tubo del aparato no estallara. El pastel
de moka acabó en la alfombra.
—Y eso no es todo
—prosiguió Jesús—. Paseó por el cuadro con la túnica
agitándose alrededor de sus tobillos y se sentó en una
roca que sobresalía. Sujetó el cayado con las piernas
y la miró con amargura —pasan muchas cosas en Haven.
No vas a poder creerlo, te lo aseguro—.
Becka
chilló de nuevo y cayó de rodillas. Una de sus piernas
aterrizó sobre el pastel y proyectó parte del relleno
de frambuesa sobre la cara de Ozzie Nelson, que se
había deslizado hasta allí para ver qué ocurría.
—¡Señor! ¡Señor! —exclamó
Becka. Ozzie echó a correr, furioso, hacia la cocina;
se metió debajo de la nevera mientras la masa roja y
pegajosa le goteaba de los bigotes y no volvió a salir
en todo el día.
—Nunca hubo un Paulson
bueno —dijo Jesús. Una oveja se le acercó y él la
alejó con el cayado, con una actitud abstraída y al
mismo tiempo intransigente que hizo que Becka, a pesar
de su petrificación, se acordara de su difunto padre.
La oveja se alejó, ligeramente distorsionada por
efecto de la tridimensionalidad. Desapareció del
cuadro como si se curvara para caerse por el borde...
pero era sólo una ilusión óptica, estaba segura—. Ni
uno bueno —prosiguió Jesús—. El abuelo de Joe era un
chuloputas de pura raza, como ya sabes. Toda su vida
se rigió por el canario. Y cuando llegó aquí, ¿sabes
lo que le dijimos? “No hay sitio” —Jesús se inclinó
hacia delante con el cayado todavía en la mano—. ”Ve
allá abajo y habla con el Señor Macho cabrío”, le
dijimos. “Seguro que encontrarás casa en su Paraíso.
Aunque tal vez descubras que tu casero es un tirano”,
le dijimos. —Aunque parezca mentira, Jesús le guiñó un
ojo... y Becka salió de la casa corriendo y gritando.
Se detuvo en el patio
jadeando; el cabello, de un rubio parduzco, le caía
sobre la cara. El corazón le latía con tanta fuerza
que se asustó. Nadie había oído sus chillidos ni sus
alaridos, gracias a Dios; ella y Joe vivían lejos del
pueblo, en la carretera de Nista, y los vecinos más
cercanos eran los Brodsky, unos polacos que habitaban
en una sucia caravana. Los Brodsky estaban a kilómetro
y medio. Si alguien la había oído, creería que había
una loca en casa de Joe y Becka Paulson.
Pero hay una loca en casa
de los Paulson, ¿no es cierto?, pensó. Si realmente
crees que ese cuadro de Jesús ha empezado a hablarte,
debes estar loca, Beck... Papá te molería a golpes por
pensar algo así ... Tres buenos golpes por lo menos:
uno por mentir, otro por creerte la mentira y otro por
gritar. Becka, ESTAS loca. Los cuadros no hablan.
No... pero si no ha
hablado, le dijo otra voz de pronto. La voz provenía
de tu cabeza, Becka. No sé cómo ha podido ocurrir...
cómo podías saber esas cosas... pero eso es lo que ha
sucedido. Puede que tenga algo que ver con lo de la
semana pasada y puede que no, pero has hecho que el
cuadro de Jesús expresara tu propio interior. No habló
en realidad, no más de lo que habla el Topo Gigio en
el Show de Ed Sullivan.
Pero de alguna manera, la
idea de que pudiera tener algo que ver con el...
(agujero) asunto aquel, la asustaba más que la idea de
que el cuadro hubiera hablado, porque tales eran las
cosas que a veces pasaban en Marcus Welby, como aquel
episodio sobre un tipo que tenía un tumor cerebral y
el tumor le hacía ponerse las medias de nailon y las
bragas de su mujer. Becka no quería admitirlo. Tal vez
era un milagro. Después de todo, había milagros.
Estaban la Sábana Santa de Turín, las curaciones de
Lourdes y el mexicano que había encontrado un retrato
de la Virgen María impreso en un rollo de primavera,
en una ensalada o en algo parecido. Por no hablar de
los niños que habían salido en primera plana, los
niños que lloraban piedras. Esos eran milagros
auténticos (el de los niños que lloraban piedras,
había que admitir que daba dentera), tan edificantes
como un sermón de Jimmy Swaggart. Oír voces era sólo
locura.
Pero eso es lo que ha
ocurrido. Y además hace bastante tiempo que oyes
voces, ¿no es cierto? Hace tiempo que oyes SU voz, la
voz de Joe. Y de ahí procedía, no de Jesús, sino de
Joe, de la cabeza de Joe.. .
—No —gimió Becka—. No, no
he oído voces.
Fue junto al tendedero y
miró sin ver el bosque del otro lado de la carretera
de Nista. Se retorció las manos y empezó a llorar.
—No he oído voces.
Loca, replicó la
implacable voz de su padre muerto. Loca por culpa del
calor, es eso. Ven aquí, Becka Bouchard, te voy a
moler a golpes por decir locuras.
—No he oído voces —sollozó
Becka—. El cuadro hablaba, en serio, lo juro. No soy
ventrílocua.
Mejor creer en el cuadro.
Si era el agujero, se trataba de un tumor cerebral, de
eso no había duda. Si era el cuadro, se trataba de un
milagro. Los milagros venían de Dios. Los milagros
venían del Exterior. Un milagro podía volver loco a
cualquiera (y Dios sabía que ella se sentía como si
fuera a volverse loca), pero ello no significaba que
la persona estuviera loca realmente ni que el cerebro
sufriera trastornos. Y en cuanto a creer que se podía
oír los pensamientos de otras personas... eso sí que
era una locura.
Becka se miró las piernas
y vio que le salía sangre de la rodilla izquierda.
Volvió a chillar y corrió hacia la casa para llamar al
médico, a urgencias, a quien fuese. Estaba de nuevo en
la sala, tratando de marcar un número con el auricular
pegado a la oreja, cuando Jesús dijo:
—Es relleno de frambuesa
del pastel de moka, Becka. ¿Por qué no te tranquilizas
antes de que te dé un ataque al corazón?
Becka miró hacia el
televisor y el teléfono cayó en la mesa con un ruido
metálico. Jesús todavía estaba sentado en la roca. ¿No
había cruzado las piernas? Era sorprendente lo mucho
que se parecía a su difunto padre... sólo que Él no
parecía autoritario, ni propenso a enfurecerse y a
repartir leña en el momento menos pensado. La miraba
con una especie de paciencia exasperada.
—A ver, comprueba si me
equivoco —insistió.
Becka se tocó la rodilla
con cuidado, con los ojos cerrados, esperando el
dolor. No hubo dolor. Vio las semillas de las
frambuesas del relleno y se tranquilizó. Se lamió lo
que le había quedado en los dedos.
—Además —dijo Jesús—,
tienes que quitarte de la cabeza eso de oír voces y
volverte loca. Soy Yo, eso es todo. Yo puedo hablarle
a quien quiera y de la manera que quiera.
—Porque eres el Salvador
—murmuró Becka.
—Sí —asintió Jesús y bajó
la vista. Debajo de Él, dos ensaladeras bailaban en la
pantalla para agradecer la Guarnición Rancho del Valle
Escondido que estaban a punto de recibir. —Y me
gustaría que por favor apagaras ese trasto. No lo
necesitamos. Me hace cosquillas en los pies.
Becka se acercó al
televisor y lo apagó.
—Señor —susurró.
Era el domingo 10 de
julio. Joe estaba profundamente dormido en la hamaca
del patio, con Ozzie cruzado sobre su estómago, como
una piel de lujo, blanca y negra. Ella estaba en la
sala, apartando la cortina con una mano y mirando a
Joe. Durmiendo en la hamaca. Soñando con la Golfa, sin
duda, soñando con tumbarla sobre un montón de
catálogos de Carroll Reed y de correo comercial
para... ¿cómo lo dirían Joe y sus asquerosos amigotes
del póquer? “Cepillársela”.
Becka sostenía la cortina
con la mano izquierda porque tenía un puñado de pilas
de nueve voltios en la derecha. Las había comprado el
día anterior en la ferretería. Dejó caer la cortina y
fue a la cocina para proseguir el bricolaje del día
anterior. Jesús le había explicado cómo se hacía lo
del bricolaje. Becka dijo que no sabía construir nada.
Jesús le replicó que no fuera tonta. Si podía seguir
las instrucciones de una receta de cocina, también
podía montar aquel artilugio. Becka se dio cuenta con
alegría de que Él tenía razón. No sólo era fácil, sino
además divertido. Mucho más divertido que cocinar,
desde luego: a ella nunca le había gustado cocinar,
nunca había tenido talento culinario. Sus tartas casi
nunca subían y los panes tampoco. Había empezado a
hacer aquello el día anterior. Trabajaba con la
tostadora, el motor de la licuadora Hamilton-Beach y
un extraño tablero lleno de puñetitas electrónicas que
había pertenecido a una vieja radio que se guardaba en
el cobertizo de la basura. Pensaba que terminaría
mucho antes de que Joe se despertara y fuera a la sala
a ver el partido de las dos.
La verdad es que estaba
sorprendida por la abundancia de ideas que había
tenido en los últimos días. Algunas se las había dicho
Jesús y otras se le ocurrían en los momentos más
inesperados.
La máquina de coser, por
ejemplo; siempre había querido uno de esos aparatos
que hacían las costuras en zigzag, pero Joe le había
dicho que tendría que esperar hasta que él pudiera
comprarle una máquina nueva (y eso, conociendo a Joe,
probablemente sería el día de nunca jamás). Cuatro
días antes había advertido que si movía el interruptor
y ponía otra aguja en el mismo sitio, en un ángulo de
cuarenta y cinco grados con respecto a la primera,
podía hacer todos los zigzag que quisiera. Lo único
que necesitaba era un destornillador (incluso una
tonta como ella sabía utilizarlo) y funcionaba de
maravilla. También se dio cuenta de que el eje del
prensatelas se desnivelaría en poco tiempo por el
cambio de peso, pero ya lo arreglaría cuando
sucediera.
Después vino lo de la
Electrolux. Jesús se lo había explicado. Para
prevenirla contra Joe, tal vez. Había sido Jesús quien
le había dicho cómo utilizar el soplete de butano de
Joe y así había sido más fácil. Había ido a Derry para
comprar tres juegos electrónicos Simon en la
juguetería KayBee. Al llegar a casa, los abrió y sacó
los circuitos. Siguió las instrucciones de Jesús: los
conectó y después empalmó los cables a las pilas
Eveready. Jesús le dijo cómo programar la Electrolux y
cómo cargarla (esto último ya lo había adivinado, pero
decírselo a Él habría sido como faltarle el respeto).
El aparato limpiaba ahora la sala, la cocina y el
cuarto de baño de la planta baja. Tenía tendencia a
quedarse encallado bajo la banqueta del piano o en el
cuarto de baño (donde tropezaba como un tonto con la
taza y Becka tenía que correr para darle la vuelta) y
a Ozzie le ponía los pelos de punta, pero era un gran
adelanto. Mucho mejor que arrastrarlo por toda la casa
como si fuera un perro muerto de quince kilos. Así
tenía suficiente tiempo para ver las noticias de la
tarde y comprobar que contenían las verdades que le
contaba Jesús. La nueva Electrolux gastaba mucha
electricidad, eso era cierto, y a veces se enredaba
con el cable. Uno de aquellos días le quitaría las
pilas y le conectaría la batería de una moto. Habría
tiempo... Cuando hubiera resuelto el problema de Joe y
la Golfa.
O... la noche anterior,
sin ir más lejos. Había permanecido despierta,
pensando en números, hasta mucho después de que Joe
empezara a roncar. Se le ocurrió (a Becka, que nunca
había pasado de Contabilidad I durante el
bachillerato) que si daba valor de letras a los
números, podía descongelarlos, convertirlos en algo
parecido a la gelatina. Cuando los números son letras,
se les puede moldear como se quiera. Y entonces se
vuelven a pasar a números; era como poner la gelatina
en la nevera para que cuaje y mantenga la forma del
molde hasta que llega el momento de vaciarla en una
fuente.
Así siempre se podrían
calcular las cosas, había pensado Becka con
complacencia. No se había dado cuenta de que tenía los
dedos encima del ojo izquierdo ni de que se frotaba
sin parar el punto que había allí. Por ejemplo,
mira... Podrías poner todo en una línea diciendo ax +
bx + c = O. Y esto lo demuestra. Siempre funciona. Es
como el Capitán Marvel cuando dice ¡Shazam! Bueno,
está lo del factor cero. ”A” no puede ser cero porque
sino, se estropea todo, pero por lo demás...
Había estado despierta un
buen rato, pensando en lo anterior y después se había
dormido sin darse cuenta de que había reinventado las
ecuaciones de segundo grado, los polinomios y el
álgebra entera.
Ideas. Muchas,
últimamente.
Becka cogió el soplete de
Joe y lo encendió con una de las cerillas de la
cocina. Unos días antes se habría reído si alguien le
hubiera dicho que iba a trabajar con algo así. Pero
era fácil. Jesús le había dicho exactamente cómo
soldar los cables al tablero electrónico de la vieja
radio. Igual que arreglar la aspiradora, pero esta
idea en particular era mucho mejor aun.
Jesús le había dicho
muchas más cosas en los tres últimos días. Cosas que
le habían hecho perder el sueño (y el rato que podía
dormir estaba plagado de pesadillas), cosas que le
hacían tener miedo de asomar la cara por el pueblo
(siempre sé si has hecho algo malo, Becka, le había
dicho su padre, porque no sabes guardar un secreto. Se
te nota en la cara), cosas que le habían quitado el
hambre. Joe, totalmente concentrado en su trabajo, en
los encuentros televisados y en la Golfa, no notaba
nada... aunque unas noches antes, mientras veían la
televisión, había advertido que Becka se mordía las
uñas, cosa que no había hecho hasta entonces; además,
era una de las pocas cosas que Becka le reprochaba a
él. Pero ahora lo hacía ella, sí, estaban
mordisqueadas hasta la carne. Joe Paulson lo pensó
durante unos diez segundos antes de volver a
concentrarse en la televisión y perderse en una
fantasía protagonizada por los blancos y turgentes
senos de Nancy Voss.
He aquí ahora algunas de
las noticias vespertinas que Jesús le había contado y
que habían sido responsables de que Becka durmiera tan
mal y empezara a comerse las uñas a la avanzada edad
de cuarenta y cinco años:
En 1973, Moss Harlingen,
uno de los amigotes de Joe, había matado a su padre.
Estaban cazando ciervos en Greenville y supuestamente
había sido uno de tantos accidentes de caza. Pero el
tiro que acabó con Abel Harlingen no había sido un
accidente. Moss se había escondido con el rifle detrás
de un árbol caído y esperado a que su padre cruzara el
arroyo que discurría a unos cincuenta metros por
debajo de él. Le disparó cuidadosa y deliberadamente a
la cabeza. El propio Moss creía que lo había hecho por
dinero. La empresa de Moss, Constructora de Acequias,
tenía que saldar dos deudas con dos bancos diferentes
y ninguno quería alargar el plazo a causa del otro.
Moss fue a ver a Abel, pero Abel se negó a ayudarle,
aunque habría podido hacerlo. Así pues, Moss mató a su
padre y heredó un buen fajo de billetes en cuanto el
juez de primera instancia dictaminó que había sido
muerte accidental. Moss Harlingen pagó la deuda y
creyó realmente que había cometido un homicidio con
ánimo de lucro (excepto, tal vez, en sus sueños más
profundos). El verdadero motivo había sido otro. Hacía
mucho tiempo, cuando Moss tenía diez años y su
hermanito Emery solamente siete, la mujer de Abel se
había ido al sur, a Rhode Island, a pasar todo el
invierno. El tío de Moss y de Emery había muerto
súbitamente y su mujer necesitaba ayuda para ir
tirando. Mientras la madre estuvo ausente, hubo unos
cuantos episodios de sodomía en la casa de los
Harlingen, a la que habían puesto el nombre de Troya.
Los actos de sodomía terminaron cuando la madre
regresó y no volvieron a repetirse. Moss se había
olvidado de ellos por completo. No volvió a acordarse
de su insomnio en medio de la oscuridad, del miedo que
sentía mientras, acostado en la cama, miraba la puerta
para ver si aparecía la sombra de su padre. No
guardaba el menor recuerdo de haber estado acostado,
con la boca apretada contra el antebrazo paterno, con
lágrimas ardientes de rabia y vergüenza en los ojos
abiertos mientras Abel Harlingen se untaba el miembro
con manteca de cerdo y lo introducía por la portezuela
trasera del hijo entre gruñidos y suspiros. La
experiencia le había dejado una huella tan superficial
que no recordaba haberse mordido el brazo hasta
sangrar para reprimir los gritos, como tampoco
recordaba las exclamaciones entrecortadas que su
hermano Emery lanzaba en la otra cama: “Por favor,
papá, por favor, a mí no, esta noche no, a mí no,
papá, por favor, por favor”. Los niños, ya se sabe,
olvidan fácilmente. Pero algún recuerdo subconsciente
debió de quedar, porque cuando Moss Harlingen apretó
el gatillo, tal como había soñado todas las noches de
los últimos treinta y dos años de su vida, y mientras
los ecos del disparo se perdían entre los troncos para
desaparecer en el silencio de la inmensidad de los
bosques del norte de Maine, Moss susurró: “Tú no, Em,
esta noche no”. Que Jesús se lo hubiera contado dos
horas después de que Moss se presentara para devolver
a Joe una caña de pescar fue un dato en el que no
reparó Becka.
Alice Kimball, maestra de
la escuela de Haven, era lesbiana. Jesús se lo dijo a
Becka el viernes, poco después de que la señora en
cuestión, vestida con un traje pantalón verde que le
daba un aire muy puesto y respetable, hubiera llamado
a la puerta para pedir dinero para la campaña contra
el cáncer.
Darla Gaines, la bonita
joven de diecisiete años que repartía el periódico
dominical, tenía quince gramos de “hierba cojonuda”
entre el colchón y el somier de la cama. Quince
minutos después de que Darla fuera a cobrar las cinco
últimas semanas (tres dólares más una propina de
cincuenta centavos de la que Becka se arrepintió
después), Jesús le dijo que Darla y su novio se
fumaban la marihuana en la cama después de hacer lo
que llamaban “el rebote horizontal”. Casi todos los
fines de semana, de dos a tres, hacían el rebote
horizontal y fumaban hierba. Los padres de Darla
trabajaban en Derry, en El Zapato Soberbio, y no
llegaban a casa hasta pasadas las cuatro.
Hank Buck, otro de los
amigotes de Joe, trabajaba en un gran supermercado de
Bangor y odiaba tanto a su jefe que el año anterior le
había echado media caja de laxantes en un batido de
chocolate cierto día en que él, el jefe, lo había
mandado a McDonald's por la comida. El jefe se había
cagado en los pantalones a las tres y cuarto de la
tarde, mientras cortaba un filete en la charcutería.
Hank se las arregló para aguantarse hasta la hora de
salir, después se sentó en el coche y se rió tanto que
casi se cagó encima también él. “Se rió, ¿entiendes?”,
le dijo Jesús a Becka. “Se rió. ¿Te lo imaginas?”
Y aquello era sólo la
punta del iceberg, por decirlo de alguna manera.
Parecía que Jesús sabía cosas desagradables o
turbadoras de todos los habitantes del pueblo... por
lo menos de todos los que estaban en contacto con
Becka.
Era imposible vivir con
aquellos secretos.
Pero tampoco sabía Becka
si podría vivir sin ellos.
De una cosa sí estaba
segura: tenía que hacer algo. Algo.
—Ya haces algo —le dijo
Jesús. Hablaba desde detrás de ella, desde el cuadro
que estaba encima del televisor, por supuesto que sí,
y la idea de que la voz surgiera de su propio interior
y de que fuese una mutación fría de sus propios
pensamientos... no era más que un espejismo horrible y
pasajero—. En realidad, ya casi has terminado esta
parte, Becka. Lo único que te falta es soldar el cable
rojo al punto que hay detrás de ese chisme... no, ése
no, el otro, el que está al lado... eso es. ¡No tanta
soldadura! Es como el fijador, Becka. Con un poquito
basta.
Resultaba extraño oír a
Jesús hablar de fijadores...
Joe despertó a las dos y
cuarto, se quitó a Ozzie de encima y fue hasta el
fondo del patio, regó la hiedra con una larga meada y
enfiló hacia la casa para ver a los Yankees contra los
Red Sox. Abrió la nevera de la cocina, miró de reojo
los pedacitos de cable que había en el estante y se
preguntó en qué andaría metida su mujer. Dejó estar el
asunto y cogió una botella grande de cerveza.
Fue a la sala. Becka
estaba en la mecedora, fingiendo leer un libro. Unos
diez minutos antes de que entrara Joe había terminado
de soldar los cables del artilugio a la consola del
Zenith, siguiendo al pie de la letra las instrucciones
de Jesús.
“Hay que tener cuidado
cuando se quita la tapa trasera de un televisor, Becka”,
le había dicho Joe. “Ahí dentro hay más voltios que
una tienda de electrodomésticos.”
—Creía que ibas a calentar
algo para mí — apuntó Joe.
—Puedes hacerlo tú
—replicó Becka.
—Sí, supongo que sí —dijo
Joe, dando por terminada la última conversación que
tendrían.
Apretó el interruptor del
televisor y más de dos mil voltios le recorrieron el
cuerpo. Se le abrieron los ojos de par en par. Cuando
sufrió la sacudida, la mano se le contrajo con tanta
fuerza que la botella de cerveza se rompió y el vidrio
se le hundió en los dedos y en la palma. La cerveza
espumeó y se derramó.
—¡IIIIIUUUUUAARRRREEEMMMMM!
—gritó Joe.
La cara empezó a ponérsele
negra. Un humo azul le salía del cabello. Su dedo
parecía pegado al interruptor del Zenith. Apareció una
imagen en la pantalla. Mostraba a Joe y Nancy Voss
jodiendo en el suelo de la estafeta de correos, sobre
una alfombra de catálogos, boletines oficiales y
publicidad de las carreras de caballos.
—¡No! —aulló Becka y la
imagen cambió. Entonces vio a Moss Harlingen detrás de
un pino caído, apuntando con un rifle 30-30. La imagen
volvió a cambiar y vio a Darla Gaines y a su novio
practicando el rebote horizontal en el dormitorio de
Darla, mientras Rick Springfield les miraba fijamente
desde la pared.
La ropa de Joe Paulson se
incendió.
La sala de estar se había
llenado de olor a cerveza cocida.
Un momento después explotó
el cuadro tridimensional de Jesús
—¡No! —chilló Becka, al
comprender de pronto que desde el principio había sido
ella y sólo ella quien lo había pensado todo, quien de
alguna manera había leído los pensamientos de aquellas
personas; había sido el agujero en la cabeza y el
agujero le había hecho algo en el cerebro; se lo había
vigorizado, como quien dice. La imagen de la pantalla
cambió de nuevo y Becka se vio bajando de la escalera
con el revólver calibre 22 en la mano, apuntándose con
él... parecía una mujer a punto de suicidarse más que
un ama de casa en día de limpieza.
Su marido se estaba
poniendo negro delante de sus propios ojos.
Corrió hacia él, le cogió
la mano carbonizada y húmeda... y también ella recibió
la descarga eléctrica. No pudo apartarse, como el
conejo de los dibujos animados que no pudo despegarse
del muñeco de brea a quien había dado una bofetada por
insolente.
Jesús, Jesús, pensó cuando
la corriente la fulminó y la hizo poner de puntillas.
Y una voz enloquecida,
como un maullido, la voz de su padre, se elevó en su
cabeza. Te he engañado, Becka. ¿A que sí? Y has picado
como una tonta.
La tapa trasera del
televisor, que Becka había vuelto a poner en su sitio
después de hacer los cambios (por si acaso a Joe se le
ocurría echar una mirada), salió despedida hacia atrás
con un gran relámpago de luz azul. Joe y Becka Paulson
cayeron sobre la alfombra. Joe ya estaba muerto. Y
cuando el papel humeante de la pared de detrás del
televisor empezó a quemar las cortinas, Becka también.
Edición española:
Editorial Emece / ítulo: Caricias de Horror /
Edition Original: I Shudder At Your Touch -
Posteriormente apareció una revisión de esta historia
como un capítulo del libro The Tommyknockers,
bajo el título Becka Paulson.
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