| |
LU XUN

Lu Xun (también escrito Lu Hsün, aunque su nombre
verdadero era Zhou Shuren o Chou Shu-jen) nació en 1881
en una familia de funcionarios del gobierno e
intelectuales en Shaoxing, provincia de Zhejiang, al sur
de Shanghai, en la costa este de China.
Durante el gobierno de la dinastía Ching, las potencias
occidentales dominaban China y le imponían tratados
injustos; la clase dominante feudal china les concedía
todo y reprimía al pueblo. Desde niño, Lu Xun se
identificó con su pueblo, llegando a odiar a su propia
clase y a solidarizarse de los campesinos. Se matriculó en
la Academia Naval de Jiangnan (1898-99) y en la Escuela de
Ferrocarriles y Minas (1899-1902) en Nanjing. En 1902 fue
a Japón para estudiar lengua y medicina en la escuela
provincial de Sendai.
En 1906 dejó los estudios para dedicarse enteramente a la
literatura. Decidió escribir en lugar de sanar porque “un
cuerpo vigoroso es inútil si el espíritu está enfermo”. En
1909 regresó a China y entre 1910 y 1911 fue profesor en
Shaoxing y luego funcionario del Ministerio de Educación
en Beijing (Pekín) entre 1912 y 1926. También trabajó como
instructor de literatura china en la Universidad Nacional
de Beijing entre 1920 y 1926, e impartió clases en la
Universidad de Xiamen (1926) y en la de Canton (1927).
En 1911, una revolución había derrocado la monarquía
feudal. Mucha gente tenía grandes expectativas, sin
embargo, los jóvenes radicales como Lu Xun entendieron que
hacía falta un cambio más profundo. La revolución rusa
(1917) inspiró a Lu Xun. Integró el Movimiento 4 de Mayo
(1919) y atacó el confucianismo como una moral opresiva e
hipócrita que encubría la explotación y la injusticia.
Luchó por simplificar la compleja escritura china, que
únicamente era comprendida por un reducido grupo; fue el
primer escritor que utilizó el lenguaje popular (baihua),
hasta entonces.
En 1918 se lanzó la nueva revista estudiantil Hsin
Chingnien (Nueva Corriente) en la que Lu Xun publicó su
famoso cuento “Diario de un loco”, que deliberadamente
tomó su título de la obra del ruso Nikolás Gogol, que aquí
presentamos. Fue la primera narración de estilo occidental
en China, escrita en un estilo claro y sencillo. El giro
de Lu Xun ayudó a la aceptación del relato breve como
vehículo literario eficaz, huyendo de la narración
omnisciente tradicional y sustituyéndola por un solo
narrador a través de cuyos ojos se filtra la historia.
En El sacrificio del Año Nuevo (1924), Lu Xun
retrata la postración de las mujeres en China. En La
verdadera historia de Ah Q (1921-1922)
describe a un campesino ignorante que padece humillaciones
y que, finalmente, es ejecutado durante la revolución de
1911.
En 1926 fue forzado por el gobierno a abandonar Fujian y
en 1930, él y otros 50 escritores fundaron la Liga de
Escritores Chinos de Izquierda. Vigilado por la policía,
llevaba una vida semiclandestina. Escribió bajo más de 130
seudónimos.
Durante su último año de vida, sufrió una tuberculosis
avanzada. Viendo que la salud de Lu Xun se deterioraba,
sus amigos le aconsejaron que saliera del país, pero se
negó. Murió el 19 de octubre de 1936. Su obra fue
recopilada y publicada en 1938 en veinte volúmenes.
|
|
Dos hermanos, cuyos
nombres me callaré, fueron mis amigos íntimos en el
liceo, pero después de una larga separación perdí sus
huellas. No hace mucho supe que uno de ellos estaba
gravemente enfermo y, como iba en viaje hacia mi aldea
natal, decidí hacer un rodeo para ir a verlo. Sólo
encontré en casa al primogénito, quien me dijo que era
su hermano menor el que había estado mal.
—Le estoy muy agradecido
de que haya venido a visitarlo —dijo—. Pero ya está
sano desde hace algún tiempo y se marchó a otra
provincia, donde ocupa un puesto oficial.
Buscó dos cuadernos que
contenían el diario de su hermano y me lo mostró
riendo. Me dijo que a través de ellos era posible
darse cuenta de los síntomas que había presentado su
enfermedad, y que él creía que no había ningún mal en
que los viera un amigo. Me llevé el diario y al leerlo
comprendí que mi amigo había estado atacado de delirio
de persecución. El escrito, incoherente y confuso,
contenía relatos extravagantes. Además, no aparecía en
él fecha alguna y sólo por el color de la tinta y las
diferencias de la letra se podía comprender que había
sido redactado en diferentes sesiones. Copié parte de
algunos pasajes no demasiado incoherentes, pensando
que podrían servir como elementos para trabajos de
investigación médica. No he cambiado una palabra a
este diario, salvo el nombre de los personajes, aunque
se trate de campesinos completamente ignorados del
mundo. En cuanto al título, conservo intacto el que su
autor le dio después de su curación.
2 de abril de 1918
I
Esta noche hay luna muy
hermosa.
Hacía más de treinta años
que no la veía, de modo que me siento
extraordinariamente feliz. Ahora comprendo que he
pasado estos treinta últimos años en medio de la
niebla. Sin embargo, debo tener cuidado: de otra
manera, ¿por qué el perro de la familia Chao me iba a
mirar dos veces?
Tengo mis razones para
temer.
II
Esta noche no hay luna. Yo
sé que esto va mal.
Esta mañana, cuando me
arriesgué a salir con precauciones, Chao Güi-weng me
miró con un fulgor extraño en los ojos: se habría
dicho que me temía o que tenía deseos de matarme.
Había además siete u ocho personas que hablaban de mí
en voz baja, con las cabezas muy juntas: tenían miedo
de que las viera. La más feroz de todas mostró los
dientes al reírse mientras me miraba, lo que me hizo
estremecerme de pies a cabeza, porque ahora sé que sus
maquinaciones están a punto.
No obstante, continué mi
camino sin miedo. Ante mí había un grupo de niños que
discutían también sobre mi persona; sus miradas tenían
el mismo fulgor que la de Chao Güi-weng y en sus
rostros había la misma palidez de acero. Me pregunté
qué clase de odio podían tener los niños contra mí
para obrar también de esta manera. No pudiendo
contenerme, grité: "¡Díganmelo!", pero ellos huyeron.
He reflexionado. ¿Qué
razones tienen Chao Güi-weng y los hombres de la calle
para detestarme? Hace veinte años di un pisotón por
error en un viejo libro de cuentas del señor Gu Chiu1,
lo que le produjo gran contrariedad. Aunque Chao Güi-weng
no conoce al señor Gu, ha debido oír hablar de este
asunto y quiere sacar la cara por él; por ello se ha
puesto de acuerdo contra mí con los hombres de la
calle. Pero ¿por qué los niños? Cuando ocurrió este
incidente ni siquiera habían nacido; entonces, ¿por
qué me han mirado con ese aire extraño que revelaba
miedo o deseos de matar? Todo esto me espanta, me
intriga y me desconsuela.
¡Ahora comprendo! Han
sabido el asunto por sus padres.
III
En la noche no consigo
dormir. Para comprender las cosas, es preciso
reflexionar sobre ellas.
Estos hombres han sido
engrillados por el magistrado, abofeteados por el
señor del lugar, han visto a sus mujeres apresadas por
los alguaciles de la Corte de Justicia y a sus padres
y madres suicidarse para escapar a los acreedores...,
pero nunca mostraron rostros tan espantosos, tan
feroces como los que les vi ayer.
Lo más extraño de todo fue
esa mujer que le pegaba a su hijo en plena calle,
gritándole: "¡Muchacho cochino! ¡Debería comerte unos
cuantos pedazos para que se me pasara la rabia!" Al
decir esto me miraba a mí. Me sobresalté, incapaz de
dominar mi emoción, mientras la banda de rostros
lívidos y colmillos aguzados estallaba en risas. El
viejo Chen llegó de prisa y me condujo por la fuerza a
la casa.
En casa, los miembros de
la familia fingieron no reconocerme; sus miradas eran
semejantes a las de la gente de la calle. Entré en el
escritorio y ellos echaron el cerrojo, igual que
cuando se encierra en el gallinero a una gallina o un
pato. Este incidente es aun más inexplicable;
verdaderamente no sé lo que pretenden.
Hace algunos días, uno de
nuestros arrendatarios de la aldea de los Lobos, al
venir a informar sobre la sequía que reina en el
campo, contó a mi hermano mayor que los campesinos
habían dado muerte a un conocido malhechor del lugar.
Luego algunos hombres le arrancaron el corazón y el
hígado, los frieron y se los comieron, para criar
valor. Los interrumpí con una palabra y mi hermano y
el labrador me lanzaron muchas miradas raras. Hoy
comprendo que sus miradas eran absolutamente iguales a
las de los hombres de la calle.
Sólo de pensar en ello me
estremezco de la cabeza a los pies.
Si comen hombres, ¿por qué
no habrían de comerme a mí?
Evidentemente esa mujer
que "quería comerse unos cuantos pedazos", la risa del
grupo de hombres lívidos con colmillos aguzados, y la
historia del arrendatario, son índices secretos. Sus
palabras están envenenadas, sus risas cortan como
espadas y sus dientes son hileras de resplandeciente
blancura; sí, son dientes de comedores de hombres.
Yo no creo ser un mal
sujeto, pero desde que me metí con el libro de cuentas
de la familia Gu no estoy seguro de nada. Se diría que
guardan algún secreto que yo no acierto a adivinar.
Por otra parte, cuando están contra alguien, no tienen
dificultad en declararlo malo. Recuerdo que cuando mi
hermano me enseñaba a disertar, por más perfecto que
fuera el hombre sobre el cual tenía yo que hablar,
bastaba que expusiera algún argumento contra él para
ganar un "bien"; y cuando era capaz de encontrar
excusas para un hombre malo, mi hermano decía: "Además
de originalidad, tienes un verdadero talento de
litigante". Entonces, ¿cómo puedo saber lo que
piensan, sobre todo en el momento en que se proponen
devorar al hombre?
Para comprender las cosas
es preciso reflexionar sobre ellas. Creo que en la
antigüedad era frecuente que el hombre se comiera al
hombre, pero no estoy muy seguro de esta cuestión. He
cogido un manual de historia para estudiar este punto,
pero el libro no contenía fecha alguna; en cambio, en
todas las páginas, escritas en todos sentidos, estaban
las palabras "Humanitarismo", "Justicia" y "Virtud".
Como de todas maneras me era imposible dormir, me puse
a leer atentamente y en medio de la noche noté que
había algo escrito entre líneas: dos palabras llenaban
todo el libro: ¡"devorar hombres"!
Los tipos del libro, las
palabras de nuestros arrendatarios, todos, sonreían
fríamente, mirándome de un modo extraño. ¡Yo también
soy un hombre y quieren devorarme!
IV
Esta mañana pasé un buen
rato sentado tranquilamente. El viejo Chen me trajo mi
comida: un plato de legumbres y otro de pescado cocido
al vapor. Los ojos del pescado eran blancos y duros;
tenía la boca entreabierta, igual que esa banda de
comedores de hombres. Después de probar algunos
bocados de esa carne viscosa, no sabía ya si estaba
comiendo pescado o carne humana, de suerte que vomité
con asco.
Dije:
—Mi viejo Chen, anda a
decirle a mi hermano que me ahogo aquí y que quisiera
salir a pasear por el jardín.
El viejo Chen se alejó sin
responder, pero un poco después volvió a abrirme la
puerta.
No me moví, preguntándome
qué iban a hacer, porque sabía muy bien que no iban a
dejarme libre. Efectivamente, mi hermano se acercaba
con un viejo que caminaba a pasos lentos. Ese hombre
tenía una mirada terrible, pero como temía que yo me
diera cuenta, bajaba la cabeza hacia el suelo y me
miraba a hurtadillas, por encima de sus anteojos.
—Tienes un aspecto
magnífico —me dijo mi hermano.
—Sí —respondí.
—Le he pedido al señor Jo
que viniera a examinarte —siguió diciendo.
Respondí:
—¡Que lo haga! —¡pero yo
sabía muy bien que ese viejo no era otro que el
verdugo disfrazado!
So pretexto de tomarme el
pulso quería calcular mi grado de corpulencia y
seguramente iban a darle un pedazo de mi carne en pago
de sus servicios. Yo no tenía miedo; aunque no como
carne humana, me creo más valiente que esos caníbales.
Tendí ambos puños y esperé lo que iba a seguir. El
viejo se sentó, cerró los ojos, me tomó largamente el
pulso, permaneció un instante silencioso y luego,
abriendo los ojos diabólicos, dijo:
—No se deje llevar por su
imaginación. Algunos días de tranquilidad y reposo y
se repondrá.
¡No dejarse llevar por la
imaginación! ¡Tranquilidad y reposo! Evidentemente,
cuando yo estuviera bien cebado, tendrían más que
comer. Pero ¿qué ganaría yo? ¿Era eso lo que iba a
"reponerme"? A esos caníbales les gusta comer hombres,
pero obran en secreto, tratando de salvar las
apariencias, y no se atreven a actuar directamente.
¡Es para morirse de la risa! No pudiendo aguantarme,
me eché a reír a carcajadas, porque eso me divertía
una enormidad. Yo sé que en mi risa vibraban el valor
y la justicia. El viejo y mi hermano palidecieron,
aplastados por el valor y la justicia de que yo hacía
gala.
Pero justamente porque soy
valiente, tendrán aun más ganas de devorarme, para
adquirir parte de mi coraje. El viejo dejó mi
habitación y apenas se habían alejado un poco, le dijo
a mi hermano en voz baja: "Engullirlo en seguida". Mi
hermano bajó la cabeza en señal de asentimiento. ¡Tú
estás también en esto! Este extraordinario
descubrimiento, aunque imprevisto, no me asombró, sin
embargo, excesivamente: ¡mi hermano formaba parte de
la banda de caníbales que quería devorarme!
¡Mi hermano es un comedor
de hombres!
¡Soy hermano de un comedor
de hombres!
¡Podré ser devorado por
los hombres, pero no por eso dejo de ser hermano de un
comedor de hombres!
V
Estos días he vuelto a mis
reflexiones. Aunque ese viejo no fuera el verdugo
disfrazado, aunque fuera verdaderamente un médico, no
es por eso menos un comedor de hombres. En el libro
sobre las virtudes de las hierbas, escrito por uno de
sus predecesores, Li Shi-cheng, ¿no dice acaso con
todas sus letras que la carne humana puede comerse
frita? Entonces, ¿cómo podría rechazar el título de
caníbal?
En cuanto a mi hermano,
también tengo mis razones para acusarlo. Cuando me
enseñaba los clásicos, yo lo oí decir con sus propios
labios: "Cambiaban sus hijos para comérselos". Otra
vez que se trataba de un hombre muy malo, dijo que
merecía no sólo ser muerto, sino aun que "se comieran
su carne y se acostaran sobre su piel". Yo era pequeño
en esa época y al oír tal cosa mi corazón se puso a
saltar muy fuerte durante largo rato. Cuando anteayer
el arrendatario de la aldea de los lobos le contó que
el corazón y el hígado de un hombre habían sido
comidos, mi hermano no manifestó ningún asombro,
limitándose a aprobar con la cabeza. Está claro que
sus sentimientos no han cambiado. Si se admite que es
posible "cambiar sus hijos para comérselos", ¿qué es
lo que no se podría cambiar entonces? ¿Y qué es lo que
no se podría comer? Antes me había limitado a escuchar
esas explicaciones sin tratar de profundizarlas, pero
ahora sé que cuando me daba sus lecciones, en el borde
de sus labios brillaba grasa humana y que su corazón
estaba lleno de sueños caníbales.
VI
Todo está negro, no sé si
es de día o de noche. De nuevo el perro de la familia
Chao se ha puesto a ladrar.
Tiene la ferocidad del
león, la cobardía de la liebre, la astucia del
zorro...
VII
Conozco sus maniobras: no
quieren ni se atreven a matarme directamente por temor
a las consecuencias; por ello se las arreglan para
tenderme lazos y llevarme al suicidio. A juzgar por la
actitud de los hombres y mujeres de la calle el otro
día, y la de mi hermano estos últimos días, la cosa es
poco más o menos segura: quieren que me saque el
cinturón, lo amarre a un poste y me cuelgue. Nadie los
llamará asesinos y, sin embargo, verán colmados sus
deseos secretos; esto los llenará de contento y les
provocará una especie de risa plañidera. O bien, me
dejarán morir de miedo y tristeza, y aunque este
sistema hace enflaquecer, de todos modos mi muerte los
dejará satisfechos.
¡Sólo comen carne muerta!
He leído en algún sitio que existe una fiera de mirada
horrible y aspecto espantoso llamada "hiena". Esta
bestia come carne muerta y es capaz de triturar los
huesos más grandes, que se engulle después de molerlos
minuciosamente. ¡De sólo pensar en esto da terror! La
hiena está emparentada con el lobo, el lobo es de la
familia de los perros. El hecho de que el perro de la
familia Chao me haya mirado muchas veces anteayer,
demuestra que han conseguido ponerlo de acuerdo con
ellos y que forma parte del complot. En vano ese viejo
baja su mirada hacia el suelo, yo no me dejo embaucar.
Lo más lastimoso es mi
hermano. Él también es un hombre; ¿no tiene miedo tal
vez? ¿Por qué se ha unido a los que intentan
devorarme? ¿Acaso porque esto se ha hecho siempre,
encuentra que no hay ningún mal en ello? ¿O pone oídos
sordos a su conciencia y hace deliberadamente algo que
sabe que es malo?
Será el primero de los
comedores de hombres a quienes maldeciré; será también
el primero de los hombres a quienes trataré de curar
del canibalismo.
VIII
En el fondo, deberían
saber esto desde hace tiempo...
De pronto entró un hombre.
Tenía unos veinte años y una cara muy sonriente, cuyos
rasgos no distinguí bien. Me saludó con la cabeza y vi
que su sonrisa tenía un aire falso. Le pregunté:
—¿Es justo comer hombres?
Siempre sonriendo,
respondió:
—¿Por qué comer hombres,
cuando no se tiene hambre?
Comprendí de inmediato que
formaba parte del clan de los que aman la carne
humana. Esto azuzó mi coraje e insistí neto:
—¿Es justo?
—¡Para qué hacer tales
preguntas! Verdaderamente... a usted le gusta
bromear... ¡Está muy hermosa la noche!
Estaba muy hermosa la
noche, la luna estaba muy brillante, pero yo le
pregunté:
—¿Es justo?
Tomó un aire de
desaprobación y, sin embargo, respondió con voz no muy
clara:
—No...
—¿No? Entonces, ¿por qué
los comen?
—Eso no puede ser...
—¿No puede ser? Bueno,
¿acaso no los comen en la aldea de los Lobos? Además,
está escrito en todas partes en los libros, ¡es claro
como el día!
Su faz cambió de color,
poniéndose pálido como un muerto. Con los ojos fuera
de las órbitas, dijo:
—Tal vez tenga usted
razón, esto se ha hecho siempre...
—¿Es por ello justo?
—No quiero discutir ese
tema con usted. ¡Usted no debería hablar de esto, no
tiene razón para hacerlo!
Di un salto, con ambos
ojos muy abiertos, pero el hombre había desaparecido y
yo estaba completamente mojado con el sudor. Este
hombre es mucho más joven que mi hermano y ya forma
parte de su clan. Seguramente se debe a la educación
de sus padres. Quizás ha enseñado ya esto a su hijo.
Por lo cual hasta los niños pequeños me miran con
odio.
IX
Quieren devorar a los
otros y temen ser devorados a su vez; por esto se
estudian recíprocamente con miradas cargadas de
sospechas...
Si abandonaran estos
pensamientos se sentirían a sus anchas en el trabajo,
en el paseo, en la comida, en el sueño. Para franquear
este obstáculo sólo hay que dar un paso: pero el padre
y el hijo, el hermano y el hermano, el marido y la
mujer, el amigo y el amigo, el profesor y el
estudiante, el enemigo y el enemigo, y hasta los
desconocidos, forman un clan, se aconsejan y se
retienen mutuamente para que a ningún precio alguien
dé este paso.
X
Temprano en la mañana fui
en busca de mi hermano, que miraba el cielo desde la
puerta del salón. Llegué por detrás, me situé en el
alféizar de la puerta y le dije con mucha calma y
cortesía:
—Hermano, tengo algo que
decirte.
Se volvió rápidamente y
asintió con un movimiento de cabeza.
—Habla.
—Se trata sólo de algunas
palabras, pero no sé cómo expresarlas. Hermano, es
probable que en los tiempos primitivos los salvajes
hayan sido en general algo caníbales. Al evolucionar
sus sentimientos, algunos dejaron de devorar hombres,
pugnaban por progresar y se convirtieron en hombres,
en verdaderos hombres. Sin embargo, aún quedan
devoradores de hombres... Es como entre los insectos;
algunos han evolucionado, se han transformado en
peces, pájaros, monos y finalmente en hombres. Ciertos
insectos no han querido progresar y hasta hoy
continúan en estado de insectos. ¡Qué vergüenza para
un caníbal si se compara con el hombre que no come a
sus semejantes! Su vergüenza debe ser muchísimo peor
que la del insecto frente al mono.
"Yi Ya2
cocinó a su hijo para dar de comer a los tiranos Chie
y Chou; este hecho pertenece a la historia antigua.
¿Quién habría dicho que después de la separación del
cielo y la tierra por Pan Gu3,
los hombres se iban a devorar entre ellos hasta el
hijo de Yi Ya, y que desde el hijo de Yi Ya hasta Sü
Si-ling4 y desde Sü Si-ling
hasta el malhechor arrestado en la aldea de los Lobos
el hombre se comería al hombre? El año pasado, cuando
se ejecutaba a los criminales en la ciudad, había un
tuberculoso que iba a mojar el pan en su sangre, para
lamerla5.
"Quieren comerme, y por
cierto que solo no puedes nada contra ellos. Pero ¿por
qué unirte a ellos? Los devoradores de hombres son
capaces de todo. Si son capaces de comerme, también
serán capaces de comerte. Hasta los miembros de un
mismo clan se devoran entre sí. Pero basta con dar un
paso, basta con querer dejar esta costumbre y todo el
mundo quedará en paz. Aunque este estado de cosas dura
desde siempre, tú y yo podríamos empezar desde hoy a
ser buenos y decir: 'Esto no es posible'. Yo creo que
tú dirás que no es posible, hermano, puesto que
anteayer cuando nuestro arrendatario te pidió que le
rebajaras el alquiler, tú le respondiste que no era
posible."
Al comienzo sonreía con
frialdad, luego pasó por sus ojos un resplandor feroz
y cuando puse al desnudo sus pensamientos secretos, su
rostro se tornó lívido. En el exterior de la puerta
que daba a la calle había un verdadero grupo; Chao Güi-weng
se hallaba allí con su perro y todos estiraban el
cuello para ver mejor. Yo no alcanzaba a distinguir
los semblantes de algunos, pues se hubiera dicho que
estaban velados; los otros tenían siempre el mismo
tinte lívido y esos colmillos agudos y esos labios con
una sonrisa afectada. Comprendí que pertenecían todos
al mismo clan, que todos eran devoradores de hombres.
Sin embargo, yo sabía también que existían
sentimientos muy diferentes. Algunos pensaban que el
hombre debe devorar al hombre porque así se ha hecho
siempre. Otros sabían que el hombre no debe devorar al
hombre, pero de todos modos lo hacían, temerosos de
que sus crímenes fueran denunciados; por eso al oírme
se llenaron de cólera, pero se limitaron a apretar los
labios esbozando una sonrisa cínica.
En ese instante mi hermano
adoptó un aspecto terrible y gritó con voz fuerte:
—¡Salgan todos! ¡Para qué
mirar a un loco!
Muy pronto comprendí su
nuevo juego. No solamente se negaban a convertirse,
sino que estaban preparados de antemano para abrumarme
con el epíteto de loco. De este modo, cuando me
comieran, no sólo no tendrían disgustos, sino que aun
les quedarían agradecidos. El arrendatario nos dijo
que el hombre devorado por los campesinos era un mal
hombre; es exactamente el mismo sistema. ¡Siempre el
mismo estribillo!
El viejo Chen entró
también, muy encolerizado; pero ¿quién podría cerrarme
la boca? Tengo absoluta necesidad de hablar a esos
hombres.
—¡Conviértanse,
conviértanse desde el fondo del corazón! ¡Sepan que en
el futuro no se permitirá vivir sobre la tierra a los
devoradores de nombres! Si no se convierten, todos
ustedes serán devorados también. ¡Por más numerosos
que sean sus hijos, serán exterminados por los
verdaderos hombres, como los lobos son exterminados
por los cazadores, como se extermina a los insectos!
El viejo Chen hizo salir a
todo el mundo y luego me rogó que volviera a mi
habitación. Mi hermano había desaparecido no sé dónde.
El interior del cuarto estaba completamente negro. Las
vigas y maderas se pusieron a temblar sobre mi cabeza;
luego al cabo de un instante crecieron y se
amontonaron sobre mí.
Pesaban mucho, yo no podía
moverme. Querían matarme, pero yo sabía que ese peso
era ficticio. Me debatí, pues, y me liberé, el cuerpo
cubierto de sudor. Sin embargo, deliberadamente
repetí:
—¡Conviértanse en seguida!
¡Conviértanse desde el fondo del corazón! ¡Sepan que
en el futuro no se permitirá que sobrevivan los
devoradores de hombres!...
XI
El sol no aparece más, la
puerta sólo se abre dos veces al día, cuando me traen
mis comidas.
Mientras tomaba los
palillos, volví a pensar en mi hermano mayor; ahora yo
sé que fue él el causante de la muerte de mi hermana
pequeña. Tenía cinco años y era tan linda que
enternecía. Veo de nuevo a nuestra madre sollozando
sin cesar y a mi hermano consolándola. Tal vez sentía
arrepentimiento porque era él quien se la había
comido. Si es todavía capaz de experimentar ese
sentimiento.
Nuestra hermana ha sido
devorada por mi hermano; no sé si mi madre llegó a
darse cuenta de ello.
Pienso que mi madre lo
sabía; si en medio de sus lágrimas no dijo nada,
probablemente fue porque lo encontraba muy natural.
Recuerdo que un día que me hallaba tomando el fresco
ante la puerta del salón —en esa época tendría unos
cuatro o cinco años— mi hermano me dijo que un hijo
debe estar dispuesto a cortar un trozo de carne de su
cuerpo, echarlo a cocer y ofrecerlo a sus padres si
éstos caen enfermos, pues es así como obra un hombre
honesto. Mi madre no protestó. Si es posible comer un
trozo de carne humana, evidentemente es posible
comerse a un hombre entero. No obstante, cuando vuelvo
a pensar en sus sollozos de entonces, no puedo evitar
que el corazón se me apriete. Qué extraña cosa...
XII
Ya no puedo pensar más en
ello.
Solamente hoy me doy
cuenta de que he vivido años en medio de un pueblo que
desde hace cuatro milenios se devora a sí mismo.
Nuestra hermanita murió justamente en el momento en
que mi hermano se hacía cargo de la familia. ¿No habrá
mezclado su carne con nuestros alimentos para que la
comiéramos sin saber que lo hacíamos?
¿Acaso sin quererlo he
comido carne de mi hermana? Y ahora me llega el
turno...
Si tengo una historia que
cuenta cuatro mil años de canibalismo —al principio no
me daba cuenta de ello pero ahora lo sé—, ¡cómo podría
esperar encontrar a un hombre verdadero!
XIII
Tal vez existan niños que
aún no han comido carne de hombre.
¡Salven a los niños!...
Abril de 1918
1. Gu Chiu significa
antigüedad. Aquí el autor alude a la larga historia de
la opresión feudal en China. (N. de los T.)
2. Cocinero célebre en la
Antigüedad por haber matado a su hijo para servirlo
como manjar a un tirano. (N. de los T.)
3. El primer hombre, de
quien se dice separó el cielo de la tierra. (N. de los
T.)
4. Revolucionario que,
hacia fines de la dinastía Ching, asesinó al
gobernador de Anjui. Fue cortado en pedazos y su
corazón y su hígado ofrecidos en holocausto al hombre
que lo mató. (N. de los T.)
5. Se trata de una
superstición antigua existente en el pueblo: dice que
la sangre humana es capaz de curar la tisis; por esa
razón se solían comprar a los verdugos panes mojados
en sangre cuando éstos ejecutaban a un condenado. (N.
de los T.)
ir arriba
|