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NAGUIB MAHFUZ

Naguib Mahfuz (1911/...),
prolífico escritor egipcio, nació en 1911 en Jamaliyyah,
un barrio viejo de El Cairo. Fue el menor de siete
hermanos e integró una familia de clase media cuyo padre
trabajaba como funcionario de bajo rango.
Muy de joven se
interesó por la literatura medieval y arábiga, escribiendo
durante su época de estudiante en varias revistas
especializadas. Para perfeccionarse en el idioma inglés tradujo
la obra de James Baikie El antiguo Egipto en 1932 y
una vez graduado en filosofía (1934) en la universidad Rey Faruk I (hoy universidad de El Cairo), escribió más de
ochenta relatos durante los seis años siguientes.
Su
primer trabajo publicado es Susurro de locura
(1938). Desde 1939 a 1954 completó tres volúmenes de una
proyectada serie histórica de cuarenta novelas sobre el
período faraónico, abandonando el proyecto para dedicarse
a novelas con contenido social, nutriéndose para ello de
la realidad circundante.
Simultáneamente escribe varios
guiones para cine. Entre dos palacios (1956), La azucarera (1956) y
Palacio del deseo (1957)
integran la Trilogía de El Cairo, serie de gran
éxito que refleja la convulsión que siguió al
derrocamiento de la monarquía en 1952. Otros títulos son
Chicos de Gebelawi (1959), El ladrón y los
perros (1961) y Miramar (1967).
Se desempeñó como funcionario en
diversas áreas del gobierno de su país y en 1972 recibió
el Premio Nacional de las Letras Egipcias y el Collar de
la República, el más alto honor de su nación. Considerado
el padre de la prosa árabe contemporánea, en 1988 recibe
el premio Nobel de literatura siendo el primer árabe
distinguido con este galardón, aunque contaba ya con el
reconocimiento de la crítica mundial como uno de los más
destacados narradores del mundo islámico atento a que,
entre otros méritos, no existen antecedentes de “novelas”
(en el sentido actual) dentro de la literatura árabe a
pesar de su abundante narrativa.
La única aproximación al
género corresponde a Zainab (1913), del egipcio
Haykal, seguido luego por otros que abordaron el ignorado
género de la ficción (Taha Hussein, Abbas Al-Aqqad,
Ibrahim Al-Mazini y Tawfiq Al-Hakim). Sin embargo la
novela propiamente dicha llegaría una generación más tarde
de la mano de su talento al publicar su primer trabajo en
1939.
Mahfuz es a la literatura árabe lo que Flaubert a la
novela moderna: su iniciador. Desde entonces ha escrito
más de treinta colecciones de cuentos habiendo dedicado
sus últimos años a la novela, a razón de una por año.
Entre sus títulos se destacan Principio y fin
(1949) ambientada entre 1933 y 1938 en la que describe una
imagen densa y dinámica de la realidad durante la
monarquía, El callejón de los milagros (1947)
situada en los años cuarenta en el callejón Midaq, pleno
centro de la capital, en el que describe a los personajes
típicos de la ciudad (el vendedor de caramelos, la
panadera, el dentista, el barbero, el comerciante y la
hermosa Hamida, joven y ambiciosa), llevada al cine por el
director mexicano Jorge Fons (1995) quien la ambienta en
México; el film obtiene el premio Goya, y Charlas de
mañana y tarde, esta última una suerte de
novela histórica que reseña los principales sucesos de su
pueblo entre los siglos XVIII y XX a través de seis
generaciones de una misma familia entremezclando épocas
sin variar el tiempo narrativo.
Interpretó como nadie los conflictos y
anhelos de su nación, al punto de convertirse en el
paradigma de su esperanza. Ha reflejado lúcidamente la
realidad de una cultura que vive entre la tensión de ser
fiel a sí misma, las influencias externas y la búsqueda de
una imprescindible síntesis entre ambas. Sus obras
deambulan entre monólogos interiores apelando al absurdo,
y han sido adaptadas al cine, teatro y televisión (sus
personajes son familiares en Egipto), alcanzando
notoriedad mundial en razón de que su temática transita la
realidad de su pueblo pero la excede, alcanzando la
esencia de la naturaleza humana. Prueba de ello es la
favorable acogida de su obra en otras culturas.
Es columnista del periódico Al Ahram
Weekly de lengua inglesa, su obra ha sido traducido a más
de veinticinco lenguas.
En 1994 es atacado por fundamentalistas
y herido con un cuchillo en el cuello lo que le provocó
serios daños en la visión, la audición y una parálisis del
brazo derecho. Desde entonces su salud se ha venido
deteriorando, en tanto su ceguera se acentúa
especialmente.
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—Papá...
—¿Qué?
—Yo y mi amiga Nadia
siempre estamos juntas.
—Claro, mujer, porque es
tu amiga.
—En clase... en el
recreo... a la hora de comer...
—Estupendo... es una niña
buena y juiciosa.
—Pero en la hora de
religión yo voy a una clase y ella a otra.
Miró a la madre y vio que
sonreía, ocupada en bordar un mantel. Y dijo,
sonriendo también:
—Sí... pero sólo en la
clase de religión...
—¿Y por qué, papá?
—Porque tú eres de una
religión y ella de otra.
—Pero, ¿por qué, papá?
—Porque tú eres musulmana
y ella cristiana.
—¿Y por qué, papá?
—Eres aún muy pequeña, ya
lo comprenderás...
—No, ¡soy mayor!
—No, eres pequeña,
cariñito...
—¿Y por qué soy musulmana?
Debía ser comprensivo y
delicado: no faltar a los preceptos de la pedagogía
moderna a la primera dificultad. Contestó:
—Porque papá es
musulmán... mamá es musulmana...
—¿Y Nadia?
—Porque su papá es
cristiano y su mamá también...
—¿Porque su papá lleva
gafas?
—No... Las gafas no tienen
nada que ver. Es porque su abuelo también era
cristiano y...
Siguió con la cadena de
antepasados hasta aburrirse. Trató de cambiar el tema
pero la niña preguntó:
—¿Cuál es mejor?
Dudó un momento antes de
contestar:
—Las dos...
—¡Pero yo quiero saber
cuál es mejor!
—Es que las dos lo son.
—¿Y por qué no me hago
cristiana para estar siempre con Nadia?
—No, cariñito, es mejor
que no. Hay que ser lo mismo que papá y que mamá...
—¿Y por qué?
Francamente: la pedagogía
moderna es tiránica.
—¿Por qué no esperas a ser
mayor?
—No ¡Ahora!
—Bien. Digamos que por
gusto. A ella le gusta más una y tú prefieres la otra.
Tú eres musulmana y ella tiene otro gusto. Por eso
tienes que seguir siendo musulmana.
—¿Nadia tiene mal gusto?
Dios confunda a ti y a
Nadia. Había metido la pata a pesar de las
precauciones. Se lanzó sin piedad al cuello de una
botella.
—Sobre gustos no hay nada
escrito. Lo único imprescindible es seguir siendo como
papá y mamá...
—¿Puedo decirle que ella
tiene mal gusto y yo no?
Salió al paso:
—Las dos son buenas: tanto
el Islam como el Cristianismo adoran a Dios.
—¿Y por qué yo lo adoro en
una habitación y ella en otra?
—Porque ella lo adora de
una manera y tú de otra.
—¿Y cuál es la diferencia,
papá?
—Ya lo estudiarás el año
que viene o el otro. Por el momento conformate con
saber que Islam y Cristianismo adoran a Dios.
—¿Y quién es Dios, papá?
Se detuvo, reflexionó un
segundo y preguntó, extremando las precauciones:
—¿Qué les ha dicho Abla?
—Lee la azora y nos enseña
a rezar, pero yo no sé. ¿Quién es Dios, papá?
Se quedó pensando con
sonrisa torcida. Luego:
—Es el creador del mundo.
—¿De todo?
—De todo.
—¿Qué quiere decir
Creador, papá?
—Quiere decir que lo ha
hecho todo.
—¿Cómo, papá?
—Con su sumo poder.
—¿Y dónde vive?
—En todo el mundo.
—¿Y antes del mundo?
—Arriba...
—¿En el cielo?
—Sí...
—Quiero verlo.
—No se puede.
—¿Ni en la televisión?
—No.
—¿Y no lo ha visto nadie?
—Nadie.
—¿Y por qué sabes que está
arriba?
—Porque sí.
—¿Quién adivinó que estaba
arriba?
—Los profetas.
—¿Los profetas?
—Sí, como nuestro señor
Mahoma.
—¿Y cómo, papá?
—Por una gracia especial.
—¿Tenía los ojos muy
grandes?
—Sí.
—¿Y por qué, papá?
—Porque Dios lo creó así.
—¿Y por qué, papá?
Contestó tratando de no
perder la paciencia:
—Porque puede hacer lo que
quiere...
—¿Y cómo dices que es?
—Muy grande, muy fuerte,
todo lo puede...
—¿Como tú, papá?
Contestó disimulando una
sonrisa:
—Es incomparable.
—¿Y por qué vive arriba?
—Porque en la Tierra no
cabe, pero lo ve todo.
Se distrajo un momento,
pero volvió:
—Pues Nadia me ha dicho
que vivió en la Tierra.
—No es eso; es que lo ve
todo como si viviese en todas partes.
—Y también me ha dicho que
la gente lo mató.
—No, está vivo, no ha
muerto.
—Pues Nadia me ha dicho
que lo mataron.
—Qué va, cariñito,
creyeron que lo habían matado pero estaba vivo.
—¿El abuelo también está
vivo?
—No, el abuelo murió.
—¿Lo han matado?
—No, se murió.
—¿Cómo?
—Se puso enfermo y se
murió.
—Entonces ¿mi hermana va a
morirse?
Frunció las cejas y
contestó advirtiendo un movimiento de reproche del
lado de la madre:
—Ni mucho menos, ella se
curará si Dios quiere...
—¿Por qué se murió
entonces el abuelo?
—Porque cuando se puso
enfermo era ya mayor.
—¡Pues tú eres mayor, has
estado enfermo y no te has muerto!
La madre lo miró regañona.
Luego pasó la vista de uno a otro azorada. Él dijo:
—Nos morimos cuando Dios
lo dispone.
—¿Y por qué dispone Dios
que nos muramos?
—Porque es libre de hacer
lo que quiere.
—¿Es bonito morirse?
—Qué va, mi vida.
—¿Y por qué Dios quiere
una cosa que no es bonita?
—Todo lo que Dios quiere
para nosotros es bueno.
—Pero tú acabas de decir
que no lo es.
—Me he equivocado,
querida.
—¿Y por qué mamá se ha
enfadado cuando he dicho que por qué no te habías
muerto?
—Porque todavía no es la
voluntad de Dios que yo muera.
—¿Y por qué no, papá?
—Porque Él nos ha puesto
aquí y Él nos lleva.
—¿Y por qué, papá?
—Para que hagamos cosas
buenas aquí antes de irnos.
—¿Y por qué no nos
quedamos siempre?
—Porque si nos quedásemos
no habría sitio para todos en la tierra.
—¿Y dejamos las cosas
buenas?
—Sí, por otras mucho
mejores.
—¿Dónde están?
—Arriba.
—¿Con Dios?
—Sí.
—¿Y lo veremos?
—Sí.
—¿Y eso es bonito?
—Claro.
—Entonces, ¡vámonos!
—Pero aún no hemos hecho
cosas buenas.
—¿El abuelo las había
hecho?
—Sí.
—¿Cuáles?
—Construir una casa,
plantar un jardín...
—¿Y qué había hecho el
primo Totó?
Por un momento se puso
sombrío. Echó a la madre furtivamente una mirada
desvalida, luego contestó:
—Él también había
construido una casa, aunque pequeña, antes de irse...
—Pues Lulú el vecino me
pega y nunca hace cosas buenas...
—Es que él ha nacido
anormal.
—¿Y cuándo va a morirse?
—Cuando Dios quiera.
—¿Aunque no haga cosas
buenas?
—Todos tenemos que morir.
Los que hacen cosas buenas se van con Dios y los que
hacen cosas malas se van al infierno.
Suspiró y se quedó
callada. El padre se sintió materialmente aliviado. No
sabía si lo había hecho bien o si se había equivocado.
Aquel torrente de preguntas había removido
interrogaciones sedimentadas en lo más hondo de sí.
Pero la incansable criatura gritó:
—¡Yo quiero estar siempre
con Nadia!
La miró inquisitivo y ella
declaró:
—¡En la clase de religión
también!
Se rió estrepitosamente,
la madre también rió, él dijo bostezando:
—Nunca imaginé que fuera
posible discutir estas cuestiones a semejante nivel...
Habló la mujer:
—Llegará el día en que la
niña crezca y puedas razonarle las verdades.
Se volvió para comprobar
si aquellas palabras eran sinceras o irónicas y la
encontró enfrascada en el bordado.
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