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CHARLES PERRAULT

Había una vez... un imaginario colectivo
Un
elemento decisivo en la conformación del individuo y, por
lo tanto de los pueblos en sí, son los cuentos
tradicionales, esos que a los más afortunados nos contaban
nuestras abuelas o nuestras madres cuando pequeños y que
en las últimas décadas fueron suplantados y/o compensados
progresivamente por los dibujos animados y las
historietas. Historias de fantasía y heroísmo, con héroes
y villanos, brujas y hadas, animales parlanchines y
demonios perversos que imponen pruebas imposibles; los
cuentos tradicionales dejan su marca tan indeleble como
transparente en la conciencia de los pueblos. Cada cultura
posee un imaginario que la define y a cada imaginario le
corresponden sus propias historias...
Charles Perrault
(1628/1703) nació en París el 12 de enero de 1628. Si bien
residía en esa ciudad, su familia procedía de Tours y
pertenecía a la alta burguesía.
Charles estudia literatura
en el colegio de Beauvais donde se destaca como un alumno
brillante, pero en sus comienzos desarrolla su actividad
principal como abogado. Llega a ser un alto
funcionario y es apadrinado por Colbert quien lo protege.
En sus primeras manifestaciones literarias, que aparecen en
1683, aborda y publica obras de tipo convencional y tono
paródico hasta que aparece su polémico poema "El Siglo
de Luis El Grande" (1687) en el que adopta una postura
comprometida y vanguardista.
Este atrevido modernismo
suscita la reacción del pensamiento clásico que sostenía
la tradición cultural de la antigüedad. No obstante la
resistencia que tuvo, permanece como miembro de la
Academia Francesa a la que había llegado en 1671 y en la
que sostuvo diferencias doctrinarias con la mayoría de sus
integrantes, partidarios del pensamiento clásico. Tanto el
mencionado poema como su Paralelo de los Antiguos y los
Modernos (1688/92), fueron duramente criticados por
Boileau a pesar que en dichos trabajos argumenta su
crítica al principio de autoridad tradicional, afirmando
que el progreso es posible gracias a las artes y las
ciencias ante cuyos principios sucumbe la antigüedad.
Afirma asimismo la superioridad del “siglo de Luis” sobre
el de Augusto.
Pero su gran notoriedad
llegaría con sus Historias o Cuentos del tiempo pasado
(1697) llamados también Cuentos de mamá Oca por la
ilustración que figuraba en la cubierta de la edición
original. En ellos recupera una serie de relatos de la
tradición oral que se instalarían como clásicos de siempre
en la literatura de los cuentos de hadas. Entre ellos
destacan Caperucita Roja, El gato con botas (o Maese
Zapirón), Pulgarcito, Riquete el del copete, Cenicienta,
Barba Azul, Piel de Asno, y La bella durmiente
incluidos en diversas antologías posteriores en todas las
épocas o bien publicados en forma individual con
ilustraciones y comentarios de todo tipo.
Otros relatos
menos conocidos son: Los deseos ridículos, La ratita
presumida, Las hadas, Grisélida, Meñiquín. Son sin
duda los cuentos para chicos los que encierran el encanto
que lo ha convertido en un clásico de la literatura
infantil. A más de trescientos años de su aparición sus
relatos siguen deleitando a las generaciones y
desarrollando la mágica fantasía.
Los estudios, críticas y ensayos sobre el
contenido de su trabajo avalan la importancia de su
fantástica producción dentro de la literatura: La
naissance de la littérature de jeunesse, entre
morceaux choisis et adaptation (A. M. Bernardinis,
Italia), Tricentenaire Charles Perrault: Les grans
contes du XVIIº siécle et leur fortune lettéraire (Press
éditions 1998).
Charles Perrault murió en
París el 16 de mayo de 1703.
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Érase una vez un hombre que
tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla
de oro y plata, muebles forrados en finísimo brocado y
carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente, este hombre
tenía la barba azul; esto le daba un aspecto tan feo y
terrible que todas las mujeres y las jóvenes le
arrancaban.
Una vecina suya, dama
distinguida, tenía dos hijas hermosísimas. Él le pidió la
mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría
darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la
otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la
barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se
había casado varias veces y nadie sabía qué había pasado
con esas mujeres.
Barba Azul, para conocerlas,
las llevó con su madre y tres o cuatro de sus mejores
amigas, y algunos jóvenes de la comarca, a una de sus
casas de campo, donde permanecieron ocho días completos.
El tiempo se les iba en paseos, cacerías, pesca, bailes,
festines, meriendas y cenas; nadie dormía y se pasaban la
noche entre bromas y diversiones. En fin, todo marchó tan
bien que la menor de las jóvenes empezó a encontrar que el
dueño de casa ya no tenía la barba tan azul y que era un
hombre muy correcto.
Tan pronto hubieron llegado a
la ciudad, quedó arreglada la boda. Al cabo de un mes,
Barba Azul le dijo a su mujer que tenía que viajar a
provincia por seis semanas a lo menos debido a un negocio
importante; le pidió que se divirtiera en su ausencia, que
hiciera venir a sus buenas amigas, que las llevara al
campo si lo deseaban, que se diera gusto.
—He aquí —le dijo— las llaves
de los dos guardamuebles, éstas son las de la vajilla de
oro y plata que no se ocupa todos los días, aquí están las
de los estuches donde guardo mis pedrerías, y ésta es la
llave maestra de todos los aposentos. En cuanto a esta
llavecita, es la del gabinete al fondo de la galería de mi
departamento: abrid todo, id a todos lados, pero os
prohíbo entrar a este pequeño gabinete, y os lo prohíbo de
tal manera que si llegáis a abrirlo, todo lo podéis
esperar de mi cólera.
Ella prometió cumplir
exactamente con lo que se le acababa de ordenar; y él,
luego de abrazarla, sube a su carruaje y emprende su
viaje.
Las vecinas y las buenas
amigas no se hicieron de rogar para ir donde la recién
casada, tan impacientes estaban por ver todas las riquezas
de su casa, no habiéndose atrevido a venir mientras el
marido estaba presente a causa de su barba azul que les
daba miedo.
De inmediato se ponen a
recorrer las habitaciones, los gabinetes, los armarios de
trajes, a cual de todos los vestidos más hermosos y más
ricos. Subieron en seguida a los guardamuebles, donde no
se cansaban de admirar la cantidad y magnificencia de las
tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños,
de los veladores, de las mesas y de los espejos donde uno
se miraba de la cabeza a los pies, y cuyos marcos, unos de
cristal, los otros de plata o de plata recamada en oro,
eran los más hermosos y magníficos que jamás se vieran. No
cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su amiga
quien, sin embargo, no se divertía nada al ver tantas
riquezas debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir
el gabinete del departamento de su marido.
Tan apremiante fue su
curiosidad que, sin considerar que dejarlas solas era una
falta de cortesía, bajó por una angosta escalera secreta y
tan precipitadamente, que estuvo a punto de romperse los
huesos dos o tres veces. Al llegar a la puerta del
gabinete, se detuvo durante un rato, pensando en la
prohibición que le había hecho su marido, y temiendo que
esta desobediencia pudiera acarrearle alguna desgracia.
Pero la tentación era tan grande que no pudo superarla:
tomó, pues, la llavecita y temblando abrió la puerta del
gabinete.
Al principio no vio nada
porque las ventanas estaban cerradas; al cabo de un
momento, empezó a ver que el piso se hallaba todo cubierto
de sangre coagulada, y que en esta sangre se reflejaban
los cuerpos de varias mujeres muertas y atadas a las
murallas (eran todas las mujeres que habían sido las
esposas de Barba Azul y que él había degollado una tras
otra).
Creyó que se iba a morir de
miedo, y la llave del gabinete que había sacado de la
cerradura se le cayó de la mano. Después de reponerse un
poco, recogió la llave, volvió a salir y cerró la puerta;
subió a su habitación para recuperar un poco la calma;
pero no lo lograba, tan conmovida estaba.
Habiendo observado que la
llave del gabinete estaba manchada de sangre, la limpió
dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por mucho que
la lavara y aún la refregara con arenilla, la sangre
siempre estaba allí, porque la llave era mágica, y no
había forma de limpiarla del todo: si se le sacaba la
mancha de un lado, aparecía en el otro.
Barba Azul regresó de su viaje
esa misma tarde diciendo que en el camino había recibido
cartas informándole que el asunto motivo del viaje acababa
de finiquitarse a su favor. Su esposa hizo todo lo que
pudo para demostrarle que estaba encantada con su pronto
regreso.
Al día siguiente, él le pidió
que le devolviera las llaves y ella se las dio, pero con
una mano tan temblorosa que él adivinó sin esfuerzo todo
lo que había pasado.
—¿Y por qué —le dijo— la llave
del gabinete no está con las demás?
—Tengo que haberla dejado
—contestó ella— allá arriba sobre mi mesa.
—No dejéis de dármela muy
pronto —dijo Barba Azul.
Después de aplazar la entrega
varias veces, no hubo más remedio que traer la llave.
Habiéndola examinado, Barba
Azul dijo a su mujer:
—¿Por qué hay sangre en esta
llave?
—No lo sé —respondió la pobre
mujer— pálida corno una muerta.
—No lo sabéis —repuso Barba
Azul— pero yo sé muy bien. ¡Habéis tratado de entrar al
gabinete! Pues bien, señora, entraréis y ocuparéis vuestro
lugar junto a las damas que allí habéis visto.
Ella se echó a los pies de su
marido, llorando y pidiéndole perdón, con todas las
demostraciones de un verdadero arrepentimiento por no
haber sido obediente. Habría enternecido a una roca,
hermosa y afligida como estaba; pero Barba Azul tenía el
corazón más duro que una roca.
—Hay que morir, señora —le
dijo— y de inmediato.
—Puesto que voy a morir
—respondió ella mirándolo con los ojos bañados de
lágrimas—, dadme un poco de tiempo para rezarle a Dios.
—Os doy medio cuarto de hora
—replicó Barba Azul—, y ni un momento más.
Cuando estuvo sola llamó a su
hermana y le dijo:
—Ana, (pues así se llamaba),
hermana mía, te lo ruego, sube a lo alto de la torre, para
ver si vienen mis hermanos, prometieron venir hoy a verme,
y si los ves, hazles señas para que se den prisa.
La hermana Ana subió a lo alto
de la torre, y la pobre afligida le gritaba de tanto en
tanto:
—Ana, hermana mía, ¿no ves
venir a nadie?
Y la hermana respondía:
—No veo más que el sol que
resplandece y la hierba que reverdece.
Mientras tanto Barba Azul, con
un enorme cuchillo en la mano, le gritaba con toda sus
fuerzas a su mujer:
—Baja pronto o subiré hasta
allá.
—Esperad un momento más, por
favor, respondía su mujer; y a continuación exclamaba en
voz baja: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana Ana respondía:
—No veo más que el sol que
resplandece y la hierba que reverdece.
—Baja ya —gritaba Barba Azul—
o yo subiré.
—Voy en seguida —le respondía
su mujer; y luego suplicaba—: Ana, hermana mía, ¿no ves
venir a nadie?
—Veo —respondió la hermana
Ana— una gran polvareda que viene de este lado.
—¿Son mis hermanos?
—¡Ay, hermana, no! es un
rebaño de ovejas.
—¿No piensas bajar? —gritaba
Barba Azul.
—En un momento más —respondía
su mujer; y en seguida clamaba—: Ana, hermana mía, ¿no ves
venir a nadie?
—Veo —respondió ella— a dos
jinetes que vienen hacia acá, pero están muy lejos
todavía... ¡Alabado sea Dios! —exclamó un instante
después—, son mis hermanos; les estoy haciendo señas tanto
como puedo para que se den prisa.
Barba Azul se puso a gritar
tan fuerte que toda la casa temblaba. La pobre mujer bajó
y se arrojó a sus pies, deshecha en lágrimas y
enloquecida.
—Es inútil —dijo Barba Azul—
hay que morir.
Luego, agarrándola del pelo
con una mano, y levantando la otra con el cuchillo se
dispuso a cortarle la cabeza. La infeliz mujer,
volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecidos,
le rogó que le concediera un momento para recogerse.
—No, no, —dijo él—
encomiéndate a Dios—; y alzando su brazo...
En ese mismo instante
golpearon tan fuerte a la puerta que Barba Azul se detuvo
bruscamente; al abrirse la puerta entraron dos jinetes
que, espada en mano, corrieron derecho hacia Barba Azul.
Este reconoció a los hermanos
de su mujer, uno dragón y el otro mosquetero, de modo que
huyó para guarecerse; pero los dos hermanos lo
persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes que
pudiera alcanzar a salir. Le atravesaron el cuerpo con sus
espadas y lo dejaron muerto. La pobre mujer estaba casi
tan muerta como su marido, y no tenía fuerzas para
levantarse y abrazar a sus hermanos.
Ocurrió que Barba Azul no
tenía herederos, de modo que su esposa pasó a ser dueña de
todos sus bienes. Empleó una parte en casar a su hermana
Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía
mucho tiempo; otra parte en comprar cargos de Capitán a
sus dos hermanos; y el resto a casarse ella misma con un
hombre muy correcto que la hizo olvidar los malos ratos
pasados con Barba Azul.
Moraleja
La curiosidad, teniendo sus
encantos,
a menudo se paga con penas y con llantos;
a diario mil ejemplos se ven aparecer.
Es, con perdón del sexo, placer harto menguado;
no bien se experimenta cuando deja de ser;
y el precio que se paga es siempre exagerado.
Otra moraleja
Por poco que tengamos buen
sentido
y del mundo conozcamos el tinglado,
a las claras habremos advertido
que esta historia es de un tiempo muy pasado;
ya no existe un esposo tan terrible,
ni capaz de pedir un imposible,
aunque sea celoso, antojadizo.
Junto a su esposa se le ve sumiso
y cualquiera que sea de su barba el color,
cuesta saber, de entre ambos, cuál es amo y señor.
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