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MANUEL SCORZA

Manuel Scorza (1928/1983) nació en Lima, Perú, en 1928,
ciudad a la que regresó luego de pasar su infancia en Acoria, departamento de Huancavelica.
Estudió en el
Colegio Militar Leoncio Prado y en 1945 ingresó a la
Universidad Nacional Mayor San Marcos iniciando una etapa
de intensa actividad política. A raíz de ello, en 1948,
con sólo veinte años de edad,
debe abandonar su país padeciendo los rigores del exilio.
El desconsuelo del
desarraigo está plasmado con intensidad en su primer
poemario, Las Imprecaciones (México, 1955) que
obtiene el Premio Nacional de Poesía tres años más tarde
(1958), en oportunidad de su regreso al finalizar la
dictadura.
Su aporte no se limitó a la creación literaria
sino que se extendió a la difusión cultural con su exitoso
Primer Festival del Libro en el que distribuye en una
semana quince mil volúmenes compilados de los principales
autores clásicos americanos, en kioscos de toda la
capital. El éxito se repite en Colombia, Venezuela y Cuba
sobre la misma fórmula: ediciones de bajo costo y sin
intermediarios. El mismo Alejo Carpentier destaca esta
riesgosa pero encomiable experiencia.
Publica Los
Adioses (1960), Desengaños del Mago (1961) y
Réquiem para un gentilhombre (1962). En 1968
debe emigrar nuevamente a París como consecuencia de su
activa participación en favor de la postura indígena y en
media de un inusitado fervor por las luchas campesinas.
Llega a París con dos manuscritos que se publican el mismo
año, El Vals de los Reptiles (México, 1970) y
Redoble por Rancas (1970), finalista del Premio
Planeta en Barcelona, tal vez su obra más difundida, en la
que denuncia explícitamente los abusos perpetrados sobre
el campesinado integrado por las comunidades indígenas
andinas de Cerro de Pasco.
El haber participado de esas
luchas que relata, transforma a Manuel Scorza en un
testigo. Esta obra integra junto con
Historia de Garabombo el invisible (1972),
El Jinete Insomne (1976), Cantar de Agapito
Robles (1977) y La Tumba del Relámpago
(1978), un ciclo denominado La Balada (también
llamado La Guerra Silenciosa), en la que
desde un clima poético fusiona mitos ancestrales e
historia reviviendo el realismo social de las
desigualdades indígenas. Esta serie ha sido traducida a
más de cuarenta idiomas constituyéndose en un emblema de
la literatura peruana.
No obstante haber participado
activamente en las luchas, dicha participación lejos de
calmar su aspiración lo enfrenta a una conclusión
sorprendente: repara en que es posible relatar los hechos
pero a la vez advierte que no participa del verdadero
mundo indígena puesto que no comparte su perspectiva
mística. Es allí donde reformula su propia cosmovisión del
problema: el indígena, al haber sido expulsado por la
conquista, se transforma en un mito y en él se refugia
para sobrevivir al avasallamiento del que fue objeto. En
el mito logran conservar su ser, pero fuera de la realidad
histórica. De ese modo el indígena se “encapsula” en la
ilusión del mito para sobrevivir a su tragedia: ser un
extraño en su propia tierra.
Con
Poesía incompleta (1976) retorna fugazmente a la
poética en medio de su fértil producción novelística. Su
última novela La Danza Inmóvil (1983) en la que da
un giro radical con el ciclo de La Guerra Silenciosa,
es el primer volumen de una trilogía, fatalmente
inconclusa, dedicada a las guerras revolucionarias de
América Latina.
Enrolado
en la corriente posmodernista, este abnegado peruano
comprometido con la realidad latinoamericana aboga por un
revisionismo crítico de los fracasos de la izquierda a la
vez que carga contra la derecha globalizadora. Esta doble
lectura de su obra lo ha hecho reconocido más a nivel
internacional que en su propia tierra. Un destino que,
paradójicamente, lo acerca a la vivencia del indígena.
“El
desterrado”, uno de los bellos poemas que aquí publicamos
concluye premonitoriamente:
Un impresor misterioso
pone la palabra tristeza
en la primera plana de todos los periódicos.
¡Ay!, un día caminando
comprendemos
que estamos en una cárcel de muros que se alejan...
Y es imposible regresar.
El 28 de
noviembre de 1983, “el misterioso impresor” publicó la
caída del avión que lo transportaba hacia América unos
minutos antes de realizar su escala en Madrid.
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EL
DESTERRADO
Cuando
éramos niños,
y los padres
nos negaban diez centavos de fulgor,
a nosotros
nos gustaba desterrarnos a los parques,
para que viéramos que hacíamos falta,
y caminaran tras su corazón
hasta volverse más humildes y pequeños que nosotros.
Entonces
era hermoso regresar!
Pero un día
parten de verdad los barcos de juguete,
cruzamos corredores, vergüenzas, años;
y son las tres de la tarde
y el sol no calienta la miseria.
Un impresor misterioso
pone la palabra tristeza
en la primera plana de todos los periódicos.
Ay, un día
caminando comprendemos
que estamos en una cárcel de muros que se alejan...
Y es
imposible regresar.
EPÍSTOLA A
LOS POETAS QUE VENDRÁN
Tal vez
mañana los poetas pregunten
por qué no celebramos la gracia de las muchachas;
quizá mañana los poetas pregunten
por qué nuestros poemas
eran largas avenidas por donde venía la ardiente
cólera.
Yo
respondo: por todas partes se oía llanto,
por todas partes nos cercaba un muro de olas negras.
Iba a ser la poesía
una solitaria columna de rocío?
Tenía que
ser un relámpago perpetuo.
Yo os digo:
mientras alguien padezca,
la rosa no podrá ser bella;
mientras alguien mire el pan con envidia,
el trigo no podrá dormir;
mientras los mendigos lloren de frío en la noche,
mi corazón no sonreirá.
Matad la
tristeza, poetas.
Matemos a la tristeza con un palo.
Hay cosas más altas
que llorar el amor de tardes perdidas:
el rumor de un pueblo que despierta,
eso es más bello que el rocío.
El metal resplandeciente de su cólera,
eso es más bello que la luna.
Un hombre verdaderamente libre,
eso es más bello que el diamante.
Porque el
hombre ha despertado,
y el fuego ha huido de su cárcel de ceniza
para quemar el mundo donde estuvo la tristeza.
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