| |
CHARLES BAUDELAIRE

Charles Baudelaire
(1821/1867) nació en París el 28 de abril de 1821. A los
seis años había perdido a su padre, Joseph Francois de 66
años, culto ex-sacerdote quien lo iniciara en las letras y
que contaba con otro hijo de su anterior matrimonio (Claude
Alphonse). A partir de entonces completa una infancia
desdichada preanunciando una adolescencia también difícil.
Su madre, Caroline Archimbaut-Dufays, treinta años menor
que su padre, le enseña inglés, pero él se cría con Mariette, la sirvienta, a quien recordaría en uno de sus
poemas. Su madre volvió a casarse con un hombre al que él
odiaba entre otras cosas por su formación rígida y
burguesa, el comandante Jacques Aupick, quien llegaría a
ser general comandante de la plaza fuerte de París.
Inicia
sus estudios en el Colegio Real de Lyon (del que
conservará un mal recuerdo por el aburrimiento que le
causaba) donde vive temporalmente a causa de un traslado
militar de su padrastro, y continúa luego en el Collège
Louis-le-Grand del que es expulsado por una falta que no
trasciende, no obstante lo cual se gradúa e inscribe en la
Facultad de Derecho.
Comienza a frecuentar el
Barrio Latino, alterna con la intelectualidad de la época
y se entrega a la bohemia siendo habitué de los
prostíbulos en los que conoce a Sarah, una prostituta
judía quien probablemente le contagia la sífilis y a quien
menciona también en su obra.
Entre su madre y el
padrastro, y a causa del libertinaje en que se desenvolvía
su vida, intentaron frustrar su vocación literaria
enviándolo a las Antillas (hay quienes citan la India como
destino), cuando contaba veinte años de edad, pero
abandonó el viaje y regresó a París más decidido aún por
su destino literario. Retoma su vida desordenada y
frecuenta los círculos literarios parisinos al tiempo que
escandaliza a todo París por su relación con Jeanne Duval,
una hermosa mulata, actriz de segundo orden e inspiradora
de algunos bellos poemas (Perfume exótico, Meterías al
universo entero en tu callejuela, Sed non satiata),
con quien mantiene una tormentosa relación y a la que
siempre vuelve a pesar de su vulgaridad y reiteradas
infidelidades.
Baudelaire tiene la
imaginación brillante de los genios, pero sus desbordes lo
empujan a una mitomanía que junto a sus vicios
—que
incluyen la drogadicción—, sus amores inauditos y una
bisexualidad desenfrenada, lo sumen en un descontrol
económico. En 1842 alcanza la mayoría de edad y hereda a
su padre permitiéndole una vida tan independiente como
lujosa. La vida disipada (gastos excesivos,
excentricidades de todo tipo y una decadente moralidad)
acaba por endeudarlo para el resto de su vida.
No obstante,
también es fecundo en su producción, escribiendo gran parte
de su mejor poética. En 1844 su padrastro logra se lo
declare inhábil judicialmente y pasa a administrar la
fortuna heredada recibiendo una exigua pensión de
seiscientos francos trimestrales. Baudelaire no se
repondrá jamás de esta humillación. Debe alternar el
domicilio de sus amantes para huir de los acreedores. Para
solventar sus gastos trabajó como crítico de arte
publicando dos cuadernillos Los salones (1845/6). Sus primeras publicaciones importantes
están referidas a las
pinturas y dibujos de Honoré Daumier, Edouard Manet y
Eugène Delacroix, este último reconocido definitivamente
frente a una crítica que hasta ese momento lo cuestionaba.
Baudelaire logra imponer su
concepción moderna de la estética compilada en
Curiosidades estéticas (póstuma) y en El arte
romántico (1868) que reúne todas sus críticas. También
incursionó en el género musical destacándose su favorable
opinión de Wagner, a quien señala como la síntesis del arte
nuevo. Publica algunos sonetos (uno de ellos A una dama
criolla, con su verdadero nombre) y un artículo sobre
Balzac. Publica algunos aforismos y Consejos a los
jóvenes literatos iniciando una crítica despiadada de
los moralistas. Tras un histérico intento de suicidio ante
sus amigos (1845), su padrastro paga las deudas por temor
al escándalo y lo lleva a vivir con él por un tiempo, pero
vuelve a vivir solo. Múltiples e inesperadas relaciones y
ardorosos romances platónicos con damas notables de la
época se suceden hasta 1948 en que participa de la
revolución, arengando a las fuerzas para que fusilen
a su padrastro. Publica en periódicos socialistas y se
indigna con Luis Napoleón en 1851 cuando luego de un golpe
de estado asume todos los poderes y nombra a su padrastro
embajador en Madrid.
Sus traducciones de Poe
(1848) le dan mayor notoriedad significando un estímulo
para sus aspiraciones literarias. De buen ánimo y
fuertemente impresionado por Poe, con quien se identificaba
(también señala a Hoffmann como un destacado), continúa
traduciéndolo hasta 1857. Considera a ambos nombres como
los paradigmas de esa síntesis vanguardista que él mismo
intentó alcanzar en La Fanfarlo (1847), su única
novela, donde se retrata como un dandy tras la piel del
protagonista, y en algunas de sus obras teatrales.
La más
importante recopilación de poemas, Las flores del mal
(1857), oscuramente romántica, en la que presenta al poeta
como un ser maldito que se opone a la sociedad burguesa
entregándose al “spleen” (hastío producido por la vida
viciosa, especialmente la prostitución y la droga),
provoca una acusación oficial de inmoralidad poniendo en
primer plano su controvertida figura ya observada desde
antes por las autoridades a causa de la participación que
le cupo en la revolución de 1848. (La Comuna de París,
apoyada y desarrollada teóricamente por Carlos Marx.)
Los poemas (Las flores),
fueron considerados atentatorios contra la moral pública y
las buenas costumbres. A pesar de la defensa de sus
colegas (Hugo le dirá: Usted ama lo bello, déme la mano)
es multado con trescientos francos y obligado a retirar
seis de sus poemas en ediciones posteriores (Las joyas,
El leteo, A la que es demasiado alegre, Lesbos,
Mujeres condenadas, Delfina e Hipólita y Las metamorfosis
del vampiro). En la reedición de 1861 los suprime pero
agrega otros treinta y cinco inéditos.
Incomprendido, se aísla en su soledad y escribe un ensayo
sobre Madame Bovary de Flauber que también había
sido acusado de inmoral. Comienza su deterioro físico y se
ve necesitado del opio y el éter para paliar los síntomas
de ahogo, dolor muscular y crisis nerviosas. Sobreviene su
primer ataque cerebral.
En Los paraísos artificiales (1860), indaga en sus propias experiencias y se
inspira en Confesiones de un comedor de opio inglés
de Thomas de Quincey. En 1861 fracasa su candidatura a la
Academia Francesa buscando una rehabilitación tardía.
Enfermizo y derrotado, unido a su mulata alcoholizada y
parapléjica, Baudelaire es la imagen de la ruina. Los dos
años subsiguientes aparecen críticas suyas en la Revue
Europèenne sobre Wagner y en Le Fígaro sobre el
pintor Constantine Guys, y en 1864 este último medio
publica algunos textos bajo el título El esplín de París. En el período 1864/6 se traslada a Bélgica y
da una serie de conferencias con escasa repercusión.
Intenta publicar sus obras completas, pero la falta de
editor lo sume en una profunda decepción. Se venga
publicando un panfleto: ¡Pobre Bélgica!, y en 1867
regresa a París cargando con una afasia y hemiplejia que
desde dos años atrás soporta a causa de la sífilis, síntomas que se agravaron en marzo de 1866 en que
sufre un ataque en la iglesia de Saint Loup de Namur. A
raíz del percance es trasladado de urgencia por su madre
permaneciendo lúcido pero atontado y sin habla en una
clínica. Sus amigos concurren a interpretarle Wagner para
acompañar su lastimoso final.
Muere el 31 de agosto tras
una cruenta agonía y es enterrado junto a su padrastro a
quien tanto odió.
Dos años más tarde aparecería la versión
íntegra de Pequeños poemas en prosa (1869), una
suerte de compilación de su diario íntimo. Su epistolario se publicó en
1872 y los Journaux intimes, que incluyen
Cohetes y Mi corazón al desnudo, en 1909. La
primera edición de sus obras completas data de 1939.
El tránsito por la
marginalidad tal vez lo haya dotado de una originalidad
tan admirable como insidiosa que lo eleva por encima de
cualquier encuadramiento estilístico. Hay quienes lo
sindican como el definitivo sintetizador del romanticismo,
otros prefieren descubrir en él un anuncio del simbolismo.
Es justo también reconocerlo un precursor de las técnicas
modernas. Sin embargo nada lo define tanto (y en ello la
coincidencia es unánime) como su condición de padre de la
poesía moderna. Conviven en él la ambivalencia de la
naturaleza humana encarnando un exacerbado maniqueísmo que
instala magistralmente en su obra lo sublime y lo
execrable, el placer y la angustia, el bien y el mal.
En
su estructura poética inauguró las “correspondencias”,
título del primer poema de Las flores y el mal,
concepto que corresponde a imágenes sensoriales de gran
audacia que representan la vida espiritual del hombre
moderno. Sobre estas correspondencias avanza el simbolismo
que muestra a través de la metáfora el vasto espacio que
se abre a la poesía. Rimbaud, su mejor heredero, lo
confirma acabadamente.
|
|
|
CONSEJOS A LOS JÓVENES LITERATOS |
Los preceptos que se van a
leer son fruto de la experiencia; la experiencia
implica una cierta suma de equivocaciones; y como cada
cual las ha cometido —todas o poco menos—, espero que
mi experiencia será verificada por la de cada cual.
I
DE LA SUERTE Y DE LA MALA SUERTE EN LOS COMIENZOS
Los jóvenes escritores que
hablando de un colega novel dicen con acento matizado
de envidia: "¡Ha comenzado bien, ha tenido una suerte
loca!", no reflexionan que todo comienzo está siempre
precedido y es el resultado de otros veinte comienzos
que no se conocen.
...creo más bien que el
éxito es, en una proporción aritmética o geométrica,
según la fuerza del escritor, el resultado de éxitos
anteriores, a menudo invisibles a simple vista. Hay
una lenta agregación de éxitos moleculares; pero
generaciones espontáneas y milagrosas jamás.
Los que dicen: "Yo tengo
mala suerte", son los que todavía no han tenido
suficientes éxitos y lo ignoran.
Libertad y fatalidad son
dos contrarios; vistas de cerca y de lejos son una
sola voluntad.
Y es por eso que no hay
mala suerte. Si hay mala suerte, es que nos falta
algo: ese algo hay que conocerlo y estudiar el juego
de las voluntades vecinas para desplazar más
fácilmente la circunferencia.
II
DE LOS SALARIOS
Por hermosa que sea una
casa es ante todo —y antes de que su belleza quede
demostrada— tantos metros de frente por tantos de
fondo. De igual modo la literatura, que es la materia
más inapreciable, es ante todo una serie de columnas
escritas; y el arquitecto literario, cuyo solo nombre
no es una probabilidad de beneficio, debe vender a
cualquier precio.
Hay jóvenes que dicen: "Ya
que esto vale tan poco, ¿para qué tomarse tanto
trabajo?" Hubieran podido entregar trabajo del mejor;
y en ese caso sólo hubieran sido estafados por la
necesidad actual, por la ley de la naturaleza; pero se
han estafado a sí mismos. Mal pagados, hubieran podido
honrarse con ello; mal pagados, se han deshonrado.
Resumo todo lo que podría
escribir sobre este asunto en esta máxima suprema, que
entrego a la meditación de todos los filósofos, de
todos los historiadores y de todos los hombres de
negocios: "¡Sólo es con los buenos sentimientos con
los que se llega a la fortuna!"
Los que dicen: "¡Para qué
devanarse los sesos por tan poco!" son los mismos que
más tarde quieren vender sus libros a doscientos
francos el pliego, y rechazados, vuelven al día
siguiente a ofrecerlo con cien francos de pérdida.
El hombre razonable es el
que dice: "Yo creo que esto vale tanto, porque tengo
genio; pero si hay que hacer algunas concesiones, las
haré, para tener el honor de ser de los vuestros".
III
DE LAS SIMPATÍAS Y DE LAS ANTIPATÍAS
En amor como en
literatura, las simpatías son involuntarias; no
obstante, necesitan ser verificadas, y la razón tiene
ulteriormente su parte.
Las verdaderas simpatías
son excelentes, pues son dos en uno; las falsas son
detestables, pues no hacen más que uno, menos la
indiferencia primitiva, que vale más que el odio,
consecuencia necesaria del engaño y de la desilusión.
Por eso yo admiro y admito
la camaradería, siempre que esté fundada en relaciones
esenciales de razón y de temperamento. Entonces es una
de las santas manifestaciones de la naturaleza, una de
las numerosas aplicaciones de ese proverbio sagrado:
la unión hace la fuerza.
La misma ley de franqueza
y de ingenuidad debe regir las antipatías. Sin
embargo, hay gentes que se fabrican así odios como
admiraciones, aturdidamente. Y esto es algo muy
imprudente; es hacerse de un enemigo, sin beneficio ni
provecho. Un golpe fallido no deja por eso de herir al
menos en el corazón al rival a quien se le destinaba,
sin contar que puede herir a derecha e izquierda a
alguno de los testigos del combate.
Un día, durante una
lección de esgrima, vino a molestarme un acreedor; yo
lo perseguí por la escalera, a golpes de florete.
Cuando volví, el maestro de armas, un gigante pacífico
que me hubiera tirado al suelo de un soplido, me dijo:
"¡Cómo prodiga usted su antipatía! ¡Un poeta! ¡Un
filósofo! ¡Ah, que no se diga!" Yo había perdido el
tiempo de dos asaltos, estaba sofocado, avergonzado y
despreciado por un hombre más, el acreedor, a quien no
había podido hacer gran cosa.
En efecto, el odio es un
licor precioso, un veneno más caro que el de los
Borgia, pues está hecho con nuestra sangre, nuestra
salud, nuestro sueño ¡y los dos tercios de nuestro
amor! ¡Hay que guardarlo avaramente!
IV
DEL VAPULEO
El vapuleo no debe
practicarse más que contra los secuaces del error. Si
somos fuertes, nos perdemos atacando a un hombre
fuerte; aunque disintamos en algunos puntos, él será
siempre de los nuestros en ciertas ocasiones.
Hay dos métodos de
vapuleo: en línea curva y en línea recta, que es el
camino más corto. (...) La línea curva divierte a la
galería, pero no la instruye.
La línea recta... consiste
en decir: "El señor X... es un hombre deshonesto y
además un imbécil; cosa que voy a probar" -¡y a
probarla!-; primero..., segundo..., tercero...etc.
Recomiendo este método a quienes tengan fe en la razón
y buenos puños.
Un vapuleo fallido es un
accidente deplorable, es una flecha que vuelve al
punto de partida, o al menos, que nos desgarra la mano
al partir; una bala cuyo rebote puede matarnos.
V
DE LOS MÉTODOS DE COMPOSICIÓN
Hoy por hoy hay que
producir mucho, de modo que hay que andar de prisa; de
modo que hay que apresurarse lentamente; pues es
menester que todos los golpes lleguen y que ni un solo
toque sea inútil.
Para escribir rápido, hay
que haber pensado mucho; haber llevado consigo un tema
en el paseo, en el baño, en el restaurante, y casi en
casa de la querida. (...)
Cubrir una tela no es
cargarla de colores, es esbozar de modo liviano. La
tela debe estar cubierta —en espíritu— en el momento
en que el escritor toma la pluma para escribir el
título.
Se dice que Balzac
ennegrece sus manuscritos y sus pruebas de manera
fantástica y desordenada. Una novela pasa entonces por
una serie de génesis, en los que se dispersa, no sólo
la unidad de la frase, sino también la de la obra. Sin
duda es este mal método el que da a menudo a su estilo
ese no se qué de difuso, de atropellado y de
embrollado, que es el único defecto de ese gran
historiador.
VI
DEL TRABAJO DIARIO Y DE LA INSPIRACIÓN
(...)
Una alimentación muy
sustanciosa, pero regular, es la única cosa necesaria
para los escritores fecundos. Decididamente, la
inspiración es hermana del trabajo cotidiano. Estos
dos contrarios no se excluyen en absoluto, como todos
los contrarios que constituyen la naturaleza. La
inspiración obedece, como el hombre, como la
digestión, como el sueño. (...) Si se consiente en
vivir en una contemplación tenaz de la obra futura, el
trabajo diario servirá a la inspiración, como una
escritura legible sirve para aclarar el pensamiento, y
como el pensamiento calmo y poderoso sirve para
escribir legiblemente, pues ya pasó el tiempo de la
mala letra.
VII
DE LA POESÍA
En cuanto a los que se
entregan o se han entregado con éxito a la poesía, yo
les aconsejo que no la abandonen jamás. La poesía es
una de las artes que más reportan; pero es una especie
de colocación cuyos intereses sólo se cobran tarde; en
compensación, muy crecidos.
Desafío a los envidiosos a
que me citen buenos versos que hayan arruinado a un
editor.
(...)
¿Por lo demás, qué tiene
de sorprendente, puesto que todo hombre sano puede
pasarse dos días sin comer, pero nunca sin poesía?
El arte que satisface la
necesidad más imperiosa será siempre el más honrado.
VIII
DE LOS ACREEDORES
(...) Que el desorden haya
acompañado a veces al genio, lo único que prueba es
que el genio es terriblemente fuerte; por desgracia,
para muchos jóvenes, ese título expresaba no un
accidente, sino una necesidad.
Yo dudo mucho que Goethe
haya tenido acreedores (...). No tengan acreedores
jamás; a lo sumo, hagan como si los tuvieran, que es
todo lo que puedo permitirles.
IX
DE LAS QUERIDAS
Si quiero acatar la ley de
los contrastes, que gobierna el orden moral y el orden
físico, me veo obligado a ubicar entre las mujeres
peligrosas para los hombres de letras, a la mujer
honesta, a la literata y a la actriz; la mujer
honesta, porque pertenece necesariamente a dos hombres
y es un mediocre pábulo para el alma despótica de un
poeta; la literata, porque es un hombre fallido; la
actriz, porque está barnizada de literatura y habla en
"argot"; en fin, porque no es una mujer en toda la
acepción de la palabra, ya que el público le resulta
algo más precioso que el amor.
(...)
Porque todos los
verdaderos literatos sienten horror por la literatura
en determinados momentos, por eso, yo no admito para
ellos —almas libres y orgullosas, espíritus fatigados
que siempre necesitan reposar al séptimo día—, más que
dos clases posibles de mujeres: las bobas o las
mujerzuelas, la olla casera o el amor.
—Hermanos, ¿hay necesidad
de exponer las razones?
15 de abril de 1846
ir arriba
|