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RAY BRADBURY

Ray Douglas Bradbury
(1920/...) nació el 22 de agosto de 1920 en
Waukegan, Illinois. De pequeño su tía le leía a
Poe y todos los 31 de octubre la acompañaba en los
rituales de la noche de brujas.
Con
escasos once años Ray escribió sus primeras
historias. En 1934 la familia se radica en Los
Ángeles. No puede asistir a la universidad y se
convierte en autodidacta frecuentando bibliotecas
y sosteniéndose como vendedor callejero de
periódicos (1938/42).
Sus
primeros trabajos aparecen en revistas locales (Script
e Imagination). El Dilema de
Hollerbochen (1938), precede a la edición de
cuatro números de Futuria Fantasía (1939)
con relatos suyos.
Su
primer publicación paga fue Pendulum (1941)
y con The Lake (1942) muestra el perfil que
lo haría famoso. En 1943 se dedica de lleno a la
literatura. The Big Black and White Game
(1945) es elegida por como la mejor historia breve
en EEUU.
En
1947 se casa con Marguerite “Maggie” McClure (del
matrimonio nacerán cuatro hijas) y publica Dark
Carnival (1947) primera recopilación de
historias cortas. El reconocimiento internacional
llega con The Martian Chronicles (1950)
donde narra la conquista del planeta rojo.
En
su obra alude a temas que serían recurrentes: el
racismo, la xenofobia, el peligro del armamentismo
y el desarrollo tecnológico, la nostalgia por la
vida sencilla y el terror a la muerte.
Se
suceden The Illustrated Man (1951, la
célebre novela Farenheit 451 (1953),
publicada mediante entregas en Playboy,
The October Country (Cuentos, 1955),
Dandelion Wine (Novela, 1957), Sun and
Shadow (Novela, 1957), A Medicine
for Melancholy (Cuentos 1960), Something
Wicked This Way Comes (Novela, 1962), y muchos
otros.
Bradbury incursionó en la poesía, el teatro y el
ensayo. También frecuentó la narrativa realista.
La impronta de toda su obra es el tono poético de
las imágenes y metáforas que, no obstante, también
provocaron algún rechazo (John W. Campbell
director de Historias Extraordinarias).
Llegó al cine y la televisión (Alfred Hitchcock
Presenta, Dimensión Desconocida, Cuentos del
Futuro); ha sido guionista de películas
clásicas de aventuras (Moby
Dick,
1956) y ciencia ficción (It come from outer
space, 1953), y libretista de series
fantásticas (The twilight zone y su propia
serie: The
Ray Bradbury Theatre,
en 1985).
Recibió decenas de distinciones, incluidas el
Grand Master Nebula Award (1988), un Emmy por el
guión televisivo de The Halloween Tree y la
nominación para el Oscar por su película animada Icarus Montgolfier Wright sobre la
historia de la aviación.
En su honor, un
cráter lunar ha sido bautizado con el nombre de
Dandelion, por su novela, y con su propio
apellido, un asteroide que vagabundea por el
espacio (9766 Bradbury).
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De El hombre ilustrado
La lluvia fresca de la
tarde había caído sobre el valle, humedeciendo el maíz
en los sembrados de las laderas, golpeando suavemente
el techo de paja de la choza. La mujer no dejaba de
moverse en la lluviosa oscuridad, guardando unas
espigas entre las rocas de lava. En esa sombra húmeda,
en alguna parte, lloraba un niño.
Hernando esperaba a que
cesase la lluvia, para volver al campo con su arado de
rejas de madera. En el fondo del valle hervía el río,
espeso y oscuro. La carretera de hormigón —otro río—
yacía inmóvil, brillante, vacía. Ningún auto había
pasado en esa última hora. Era, en verdad, algo muy
raro. Durante años no había transcurrido una hora sin
que un coche se detuviese y alguien le gritara:”¡Eh,
usted! ¿Podemos sacarle una foto?” Alguien con una
cámara de cajón, y una moneda en la mano. Si Hernando
se acercaba lentamente, atravesando el campo sin su
sombrero, a veces le decían:
—Oh, será mejor con el
sombrero puesto —Y agitaban las manos, cubiertas de
cosas de oro que decían la hora, o identificaban a sus
dueños, o que no hacían nada sino parpadear a la luz
del sol como los ojos de una serpiente. Así que
Hernando se volvía a recoger el sombrero.
—¿Pasa algo, Hernando?
—le dijo su mujer.
—Sí. El camino. Ha
ocurrido algo importante. Bastante importante. No pasa
ningún auto.
Hernando se alejó de la
cabaña, con movimientos lentos y fáciles. La lluvia le
lavaba los zapatos de paja trenzada y gruesas suelas
de goma. Recordó otra vez, claramente, el día en que
consiguió esos zapatos. La rueda se había metido
violentamente en la choza, haciendo saltar cacharros y
gallinas. Había venido sola, rodando rápidamente. El
coche (de donde venía la rueda) siguió corriendo hasta
la curva y se detuvo un instante, con los faros
encendidos, antes de lanzarse hacia las aguas. El
automóvil aún estaba allí. Se lo podía ver en los días
de buen tiempo, cuando el río fluía más lentamente y
las aguas barrosas se aclaraban. El coche yacía en el
fondo del río con sus metales brillantes, largo, bajo
y lujoso. Pero luego el barro subía de nuevo, y ya no
se lo podía ver.
Al día siguiente Hernando
cortó la rueda y se hizo un par de suelas de goma.
Hernando llegó al borde
del camino. Se detuvo y escuchó el leve crepitar de la
lluvia sobre la superficie de cemento.
Y entonces, de pronto,
como si alguien hubiese dado una señal, llegaron los
coches. Cientos de coches, miles de coches; pasaron y
pasaron junto a él. Los coches, largos y negros, se
dirigían hacia el norte, hacia los Estados Unidos,
rugiendo, tomando las curvas a demasiada velocidad.
Con un incesante ruido de cornetas y bocinas. Y en las
caras de las gentes que se amontonaban en los coches,
había algo, algo que hundió a Hernando en un profundo
silencio. Dio un paso atrás para que pasaran los
coches. Pasaron quinientos, mil, y había algo en todas
las caras. Pero pasaban tan rápido que Hernando no
podía saber qué era eso.
Al fin la soledad y el
silencio volvieron a la carretera. Los coches bajos,
largos y rápidos, se habían ido. Hernando oyó a lo
lejos el sonido de la última bocina.
La carretera estaba otra
vez desierta.
Había sido como un cortejo
fúnebre. Pero un cortejo desencadenado, enloquecido,
un cortejo con los pelos de punta, que perseguía a
gritos una ceremonia que se alejaba hacia el norte.
¿Por qué? Hernando sacudió la cabeza y se frotó
suavemente las manos contra los costados del cuerpo.
Y ahora, completamente
solo, apareció el último coche. Era verdaderamente
algo último. Desde la montaña, camino abajo, bajo la
fría llovizna, lanzando grandes nubes de vapor, venía
un viejo Ford, con toda la rapidez de que era capaz.
Hernando creyó que el coche iba a deshacerse en
cualquier momento. Cuando vio a Hernando, el viejo
Ford se detuvo, cubierto de barro y óxido. El radiador
hervía furiosamente.
—¿Nos da un poco de agua?
¡Por favor, señor!
El conductor era un hombre
joven de unos veinte años de edad. Vestía un sweater
amarillo, una camisa blanca de cuello abierto y
pantalones grises. La lluvia caía sobre el coche sin
capota, mojando al joven conductor y a las cinco
muchachas apretadas en los asientos. Todas eran muy
bonitas. El joven y las muchachas se protegían de la
lluvia con periódicos viejos. Pero la lluvia llegaba
hasta ellos, empapando los hermosos vestidos,
empapando al muchacho. El muchacho tenía los cabellos
aplastados por la lluvia. Pero nadie parecía
preocuparse. Nadie se quejaba, y era raro. Estas
gentes siempre estaban quejándose, de la lluvia, el
calor, la hora, el frío, la distancia.
Hernando asintió con un
movimiento de cabeza.
—Les traeré agua.
—Oh, rápido, por favor
—gritó una de las muchachas, con una voz muy aguda y
llena de temor. La muchacha no parecía impaciente,
sino asustada.
Hernando, ante tales
pedidos, solía caminar aún más lentamente que de
costumbre; pero ahora, y por primera vez, echó a
correr.
Volvió en seguida con la
taza de una rueda llena de agua. La taza era, también,
un regalo del camino. Una tarde había aparecido como
una moneda que alguien hubiese arrojado a su campo,
redonda y reluciente. El coche se alejó sin advertir
que había perdido un ojo de plata. Hasta hoy lo habían
usado en la casa para lavar y cocinar. Servía muy bien
de tazón.
Mientras echaba el agua en
el radiador hirviente, Hernando alzó la vista y miró
los rostros atormentados.
—Oh, gracias, gracias
—dijo una de las jóvenes—. No sabe cómo lo
necesitamos.
Hernando sonrió.
—Mucho tránsito a esta
hora. Todos en la misma dirección. El norte.
No quiso decir nada que
pudiese molestarlos. Pero cuando volvió a mirar, ahí
estaban las muchachas, inmóviles bajo la lluvia,
llorando. Lloraban con fuerza. Y el joven trataba de
hacerlas callar tomándolas por los hombros y
sacudiéndolas suavemente, una a una; pero las
muchachas, con los periódicos sobre las cabezas, y los
labios temblorosos, y los ojos cerrados, y los rostros
sin color, siguieron llorando, algunas a gritos, otras
más débilmente.
Hernando las miró, con la
taza vacía en la mano.
—No quise decir nada malo,
señor —se disculpó.
—Está bien —dijo el
joven.
—¿Qué pasa, señor?
—¿No ha oído? —replicó el
muchacho. Y volviéndose hacia Hernando, y asiendo el
volante con una mano, se inclinó hacia él—: Ha
empezado.
No era una buena noticia.
Las muchachas lloraron aún más fuerte que antes,
olvidándose de los periódicos, dejando que la lluvia
cayera y se mezclara con las lágrimas.
Hernando se enderezó. Echó
el resto del agua en el radiador. Miró el cielo,
ennegrecido por la tormenta. Miró el río tumultuoso.
Sintió el asfalto bajo los pies.
Se acercó a la portezuela.
El joven extendió una mano y le dio un peso.
—No —Hernando se lo
devolvió—. Es un placer.
—Gracias, es usted tan
bueno —dijo una muchacha sin dejar de sollozar—. Oh,
mamá, papá. Oh, quisiera estar en casa. Cómo quisiera
estar en casa. Oh, mamá, papá.
Y las otras muchachas se
unieron a ella.
—No he oído nada, señor
—dijo Hernando tranquilamente.
—¡La guerra! —gritó el
hombre como si todos fuesen sordos—. ¡Ha empezado la
guerra atómica! ¡El fin del mundo!
—Señor, señor —dijo
Hernando.
—Gracias, muchas gracias
por su ayuda. Adiós —dijo el joven.
—Adiós —dijeron las
muchachas bajo la lluvia, sin mirarlo.
Hernando se quedó allí,
inmóvil, mientras el coche se ponía en marcha y se
alejaba por el valle con un ruido de hierros viejos.
Al fin ese último coche desapareció también, con los
periódicos abiertos como alas temblorosas sobre las
cabezas de las mujeres.
Hernando no se movió
durante un rato. La lluvia helada le resbalaba por las
mejillas y a lo largo de los dedos, y le entraba por
los pantalones de arpillera. Retuvo el aliento y
esperó, con el cuerpo duro y tenso.
Miró la carretera, pero ya
nada se movía. Pensó que seguiría así durante mucho,
mucho tiempo.
La lluvia dejó de caer. El
cielo apareció entre unas nubes. En sólo diez minutos
la tormenta se había desvanecido, como un mal aliento.
Un aire suave traía hasta Hernando el olor de la
selva.
Hernando podía oír el río,
que seguía fluyendo, suave y fácilmente. La selva
estaba muy verde; todo era nuevo y fresco. Cruzó el
campo hasta la casa, y recogió el arado. Con las manos
sobre su herramienta, alzó los ojos al cielo en donde
empezaba a arder el sol.
—¿Qué ha pasado, Hernando?
—le preguntó su mujer, atareada.
—No es nada —replicó
Hernando.
Hundió el arado en el
surco.
—¡Burrrrrrrro! –le gritó
al burro, y juntos se alejaron bajo el cielo claro,
por las tierras de labranza que bañaba el río de aguas
profundas.
—¿A qué llamarán "el mundo"? —se preguntó Hernando.
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