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CÉSAR VALLEJO

César Abraham Vallejo
(1892/1938) nació en marzo de 1892 en Santiago de
Chuco, un pequeño pueblo de la cordillera peruana.
En sus primeros estudios se revela como un alumno
destacado y en 1910 parte hacia Trujillo a
estudiar Filosofía y Letras.
Trabaja en la hacienda “Roma” donde se impresiona
por la humillación de los obreros
La
tesis con la que obtuvo su graduación, El
Romanticismo en la Poesía Española (1915), le
otorga notoriedad y a partir de entonces se
vincula con los intelectuales de la época.
Con
elogios y críticas aparece Los Heraldos Negros
(1919), donde se advierte la influencia de poetas
modernistas (Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Julio
Herrera y Reissig).
En
viaje a Santiago de Chuco (1920), pronuncia una
conferencia en Huamachuco, y a raíz de un
conflicto local que deviene en incendio intenta
mediar siendo injustamente acusado de provocar el
hecho. Es detenido y liberado cuatro meses más
tarde.
Su
figura ya es reconocida. Más allá de la
vida y la muerte gana un premio en 1922 que le
permite imprimir su segundo volumen, Trilce
(1922), cuya única opinión favorable es el
prólogo fervoroso de Anternor Orrego, líder del
grupo intelectual “Norte”. En esta obra deja ver
una ruptura con el modernismo y un giro a la
corriente vanguardista (Juan Gris, Vicente
Huidobro).
Aparecen Fabla salvaje y Escalas
melografiadas, ambas en 1923, y parte a Europa
sin conocer el idioma y sin contactos. Sobrevive
penosamente y con problemas de salud. Conoce a
Gerogette y vive un amor luminoso que se apagará
poco después del matrimonio en 1934.
Su
labor como periodista lo vincula con artistas que
lo ayudan, entre ellos Juan Gris (a quien lo unirá
una amistad hasta la muerte del pintor en 1927),
Unamuno, Barrault y muchos otros. Mantiene
contacto epistolar con Mariátegui y está de ese
modo vinculado al marxismo peruano.
Merced a una beca del gobierno español viaja a
España. En 1927 vive una crisis personal y
advierte que no puede vivir de espaldas a los
problemas de la humanidad. Realiza tres viajes a
la URSS, es expulsado de Francia y parte a España
donde se afilia al Partido Marxista Español.
Publica El tungsteno (1931), Rusia en
1931, de gran éxito, no obstante lo cual
comienzan los rechazos editoriales por la
ideología y el contenido violento de las obras. Ni
el apoyo de García Lorca logra evitar el fracaso.
Regresa a Francia anónimamente donde es
“tolerado”.
Declarada la guerra civil española colabora contra
el fascismo en un viaje relámpago a España y
regresa para completar febrilmente los últimos de
sus Poemas humanos, España, aparta de mí
este cáliz, y La piedra cansada.
El
15 de abril de 1938, “un día del cual él tenía el
recuerdo”, viernes santo, lluvioso, como lo
anunciara en su poesía, después de una dura
agonía, la lucha concluye.
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Hay golpes en la vida, tan
fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!
Son pocos; pero son...
Abren zanjas obscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de
los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre... Pobre...
pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan
fuertes... Yo no sé!
TRILCE
Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.
Donde, aún sin nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.
Es ese un sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.
Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.
Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.
El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquieraparte.
Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.
—Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. —¿Esta? —No; su hermana.
—No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los
pestillos.
Tal es el lugar que yo me
sé.
HIMNO A LOS VOLUNTARIOS DE
LA REPÚBLICA
Voluntario de España,
miliciano
de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu
corazón,
cuando marcha a matar con su agonía
mundial, no sé verdaderamente
qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo, aplaudo,
lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo
a mi pecho que acabe, al que bien, que venga,
y quiero desgraciarme;
descúbrome la frente impersonal hasta tocar
el vaso de la sangre, me detengo,
detienen mi tamaño esas famosas caídas de arquitecto
con las que se honra el animal que me honra;
refluyen mis instintos a sus sogas,
humea ante mi tumba la alegría
y, otra vez, sin saber qué hacer, sin nada, déjame,
desde mi piedra en blanco, déjame,
solo,
cuadrumano, más acá, mucho más lejos,
al no caber entre mis manos tu largo rato extático,
quiebro contra tu rapidez de doble filo
mi pequeñez en traje de grandeza!
Un día diurno, claro,
atento, fértil
¡oh bienio, el de los lóbregos semestres suplicantes,
por el que iba la pólvora mordiéndose los codos!
¡Oh dura pena y más duros pedernales!
!Oh frenos los tascados por el pueblo!
Un día prendió el pueblo su fósforo cautivo, oró de
cólera
y soberanamente pleno, circular,
cerró su natalicio con manos electivas;
arrastraban candado ya los déspotas
y en el candado, sus bacterias muertas...
¿Batallas? ¡No! Pasiones.
Y pasiones precedidas
de dolores con rejas de esperanzas,
¡de dolores de pueblos con esperanzas de hombres!
¡Muerte y pasión de paz, las populares!
¡Muerte y pasión guerreras
entre olivos, entendámonos!
Tal en tu aliento cambian de agujas atmosféricas los
vientos
y de llave las tumbas en tu pecho,
tu frontal elevándose a primera potencia de martirio.
El mundo exclama: "¡Cosas
de españoles!" Y es verdad.
Consideremos,
durante una balanza, a quema ropa,
a Calderón, dormido sobre la cola de un anfibio
muerto
o a Cervantes, diciendo: "Mi reino es de este mundo,
pero
también del otro": ¡punta y filo en dos papeles!
Contemplemos a Goya, de hinojos y rezando ante un
espejo,
a Coll, el paladín en cuyo asalto cartesiano
tuvo un sudor de nube el paso llano
o a Quevedo, ese abuelo instantáneo de los dinamiteros
o a Cajal, devorado por su pequeño infinito, o todavía
a Teresa, mujer que muere porque no muere
o a Lina Odena, en pugna en más de un punto con
Teresa...
(Todo acto o voz genial viene del pueblo
y va hacia él, de frente o transmitidos
por incesantes briznas, por el humo rosado
de amargas contraseñas sin fortuna.)
Así tu criatura, miliciano, así tu exangüe criatura,
agitada por una piedra inmóvil,
se sacrifica, apártase,
decae para arriba y por su llama incombustible sube,
sube hasta los débiles,
distribuyendo españas a los toros,
toros a las palomas...
Proletario que mueres de
universo, ¡en qué frenética armonía
acabará tu grandeza, tu miseria, tu vorágine
impelente,
tu violencia metódica, tu caos teórico y práctico, tu
gana
dantesca, españolísima, de amar, aunque sea a
traición,
a tu enemigo!
¡Liberador ceñido de
grilletes,
sin cuyo esfuerzo hasta hoy continuaría sin asas la
extensión,
vagarían acéfalos los clavos,
antiguo, lento, colorado, el día,
¡nuestros amados cascos, insepultos!
Campesino caído con tu verde follaje por el hombre,
con la inflexión social de tu meñique,
con tu buey que se queda, con tu física,
también con tu palabra atada a un palo
y tu cielo arrendado
y con la arcilla inserta en tu cansancio
y la que estaba en tu uña, caminando!
Constructores
agrícolas, civiles y guerreros,
de la activa, hormigueante eternidad: estaba escrito
que vosotros haríais la luz, entornando
con la muerte vuestros ojos;
que, a la caída cruel de vuestras bocas,
vendrá en siete bandejas la abundancia, todo
en el mundo será de oro súbito
y el oro,
fabulosos mendigos de vuestra propia secreción de
sangre,
y el oro mismo será entonces de oro!
Se amarán todos los
hombres
y comerán tomados de las puntas de vuestros pañuelos
tristes
y beberán en nombre
de vuestras gargantas infaustas!
Descansarán andando al pie de esta carrera,
sollozarán pensando en vuestras órbitas, venturosos
serán y al son
de vuestro atroz retorno, florecido, innato,
ajustarán mañana sus quehaceres, sus figuras soñadas y
cantadas!
¡Unos mismos zapatos irán
bien al que asciende
sin vías a su cuerpo
y al que baja hasta la forma de su alma!
¡Entrelazándose hablarán los mudos, los tullidos
andarán!
¡Verán, ya de regreso, los ciegos
y palpitando escucharán los sordos!
¡Sabrán los ignorantes, ignorarán los sabios!
¡Serán dados los besos que no pudisteis dar!
¡Sólo la muerte morirá! ¡La hormiga
traerá pedacitos de pan al elefante encadenado
a su brutal delicadeza; volverán
los niños abortados a nacer perfectos, espaciales
y trabajarán todos los hombres,
engendrarán todos los hombres,
comprenderán todos los hombres!
¡Obrero, salvador,
redentor nuestro,
perdónanos, hermano, nuestras deudas!
Como dice un tambor al redoblar, en sus adagios:
¡qué jamás tan efímero, tu espalda!
¡qué siempre tan cambiante, tu perfil!
¡Voluntario italiano,
entre cuyos animales de batalla
un león abisinio va cojeando!
¡Voluntario soviético, marchando a la cabeza de tu
pecho universal!
¡Voluntarios del sur, del norte, del oriente
y tú, el occidental, cerrando el canto fúnebre del
alba!
¡Soldado conocido, cuyo nombre
desfila en el sonido de un abrazo!
¡Combatiente que la tierra criara, armándote
de polvo,
calzándote de imanes positivos,
vigentes tus creencias personales,
distinto de carácter, íntima tu férula,
el cutis inmediato,
andándote tu idioma por los hombros
y el alma coronada de guijarros!
¡Voluntario fajado de tu zona fría,
templada o tórrida,
héroes a la redonda,
víctima en columna de vencedores:
en España, en Madrid, están llamando
a matar, voluntarios de la vida!
¡Porque en España matan,
otros matan
al niño, a su juguete que se para,
a la madre Rosenda esplendorosa,
al viejo Adán que hablaba en alta voz con su caballo
y al perro que dormía en la escalera.
Matan al libro, tiran a sus verbos auxiliares,
a su indefensa página primera!
Matan el caso exacto de la estatua,
al sabio, a su bastón, a su colega,
al barbero de al lado —me cortó posiblemente,
pero buen hombre y, luego, infortunado;
al mendigo que ayer cantaba enfrente,
a la enfermera que hoy pasó llorando,
al sacerdote a cuestas con la altura tenaz de sus
rodillas...
Voluntarios,
por la vida, por los buenos ¡matad
a la muerte, matad a los malos!
Hacedlo por la libertad de todos,
del explotado y del explotador,
por la paz indolora —la sospecho
cuando duermo al pie de mi frente
y más cuando circulo dando voces-
y hacedlo, voy diciendo,
por el analfabeto a quien escribo,
por el genio descalzo y su cordero,
por los camaradas caídos,
sus cenizas abrazadas al cadáver de un camino!
Para que vosotros,
voluntarios de España y del mundo, vinierais,
soñé que era yo bueno, y era para ver
vuestra sangre, voluntarios...
De esto hace mucho pecho, muchas ansias,
muchos camellos en edad de orar.
Marcha hoy de vuestra parte el bien ardiendo,
os siguen con cariño los reptiles de pestaña inmanente
y, a dos pasos, a uno,
la dirección del agua que corre a ver su límite antes
que arda.
EPÍSTOLA A LOS TRANSEÚNTES
Reanudo mi día de conejo
mi noche de elefante en descanso.
Y, entre mi, digo:
ésta es mi inmensidad en bruto, a cántaros
éste es mi grato peso,
que me buscará abajo para pájaro
éste es mi brazo
que por su cuenta rehusó ser ala,
éstas son mis sagradas escrituras,
éstos mis alarmados campañones.
Lúgubre isla me alumbrará
continental,
mientras el capitolio se apoye en mi íntimo derrumbe
y la asamblea en lanzas clausure mi desfile.
Pero cuando yo muera
de vida y no de tiempo,
cuando lleguen a dos mis dos maletas,
éste ha de ser mi estómago en que cupo mi lámpara en
pedazos,
ésta aquella cabeza que expió los tormentos del
círculo en mis pasos,
éstos esos gusanos que el corazón contó por unidades,
éste ha de ser mi cuerpo solidario
por el que vela el alma individual; éste ha de ser
mi ombligo en que maté mis piojos natos,
ésta mi cosa cosa, mi cosa tremebunda.
En tanto, convulsiva,
ásperamente
convalece mi freno,
sufriendo como sufro del lenguaje directo del león:
y, puesto que he existido entre dos potestades de
ladrillo,
convalesco yo mismo, sonriendo de mis labios.
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