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ÍTALO CALVINO

Ítalo Calvino
(1923/1985) nació en Santiago de las Vegas, Cuba,
el 15 de octubre de 1923. Su madre Evelina
Marnelli, era profesora de botánica y su padre,
Mario Calvino, agrónomo. La mayor parte de su
infancia vivió en San Remo, pero luego se trasladó
a Turín para realizar estudios superiores.
Estimulado por la tradición familiar inicia los
estudios de agronomía en la Universidad de Turín,
pero la declaración de la segunda guerra mundial
lo llevó a integrar la Resistencia italiana en las
Brigadas Garibaldi y a afiliarse al Partido
Comunista Italiano durante 1944, opción política
que abandonaría en 1957.
A
pesar de este compromiso se las ingeniaba para
escribir, ya que no bien terminada la guerra en
1945, publicó sus tres primeros cuentos: La
sangre misma, Esperando la muerte en un
hotel y Angustia en el cuartel. Dos
años más tarde y merced a la ayuda de Cesare
Pavese publica su primera novela: El sendero de
los nidos de araña (1947), cuyo contenido es
su experiencia como partisano contra el fascismo.
Inmediatamente después de terminar la guerra
retoma sus estudios en la misma Universidad de
Turín pero no en agronomía sino en literatura
obteniendo su graduación en 1947 con una tesis
sobre Joseph Conrad.
Colabora en diversas publicaciones: L’unita, Il
Politecnico, Rinascita Einaudi, como
articulista y analista político. En esta
última lo haría durante toda su vida.
En
su comienzo literario transita el neorealismo
italiano, pero luego se inclina hacia el género
fantástico en el que entremezcla la curiosidad
científica con especulaciones de orden metafísico.
Otras obras destacables son la trilogía
Nuestros antepasados, integrada por: El
vizconde demediado (1952); El barón
rampante (1957) y El caballero inexistente
(1959), narración fantástica de contenido poético
impregnada de elementos; Las cósmicomicas
(1965); La jornada de un escrutador (1963);
El castillo de los destinos cruzados
(1969); Las ciudades invisibles (1972);
Palomar (1983) y Colección de arena
(1984).
Gracias a su labor de crítico literario en la
revista Il Menabo, que codirigía junto a
Elio Vittorini, tomó contacto con la obra de
Raymond Queneau y del grupo experimental francés
Oulipo, a cuya propuesta, basada en la búsqueda de
formas y estructuras novedosas, va adhiriendo
paulatinamente. Producto de este acercamiento es
su novela Si una noche de invierno un viajero
(1979), escrita por tramos en segunda persona y
donde sus protagonistas son el Lector y la
Lectora.
Italo Calvino, prolífico escritor, llamado el
barón fantástico de la literatura italiana, es uno
de los grandes narradores contemporáneos.
Falleció en Siena, Italia, el 19 de setiembre de
1985.
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Mi pulgar baja con
independencia de mi voluntad: constantemente, a
intervalos regulares, siento la necesidad de apretar,
de aplastar, de disparar un repentino impulso como un
proyectil; si era esto lo que querían decir cuando me
atribuyeron una semi invalidez mental, han acertado.
Pero se equivocan si creen que no había un plan, una
intención bien clara en mi comportamiento. Solo ahora,
en la calma acolchada y esmaltada de este cuartito de
la clínica, puedo desmentir las incongruencias que
tuve que escuchar en el proceso, procedentes tanto de
la acusación como de la defensa. Con esta memoria, que
espero poder enviar a los magistrados de la corte de
apelación, aunque mis defensores quieran impedírmelo a
toda costa, pretendo restablecer la verdad, la única
verdad, la mía, si es que alguien está en condiciones
de entenderla.
También los médicos andan
a tientas en la oscuridad, pero por lo menos ven con
aprobación mi propósito de escribir y me han
proporcionado esta máquina y esta resma de papel:
creen que esto representa un mejoramiento debido a
que me encuentro encerrado en una habitación sin
televisor, y atribuyen la interrupción del espasmo que
me contraía una mano al hecho de haberme privado del
pequeño objeto que empuñaba cuando me detuvieron y que
conseguí (las convulsiones que amagaba cada vez que me
lo arrebataban de la mano no eran simuladas).
Conseguí tener conmigo
durante la detención, los interrogatorios, el proceso.
(¿Y cómo hubiera podido explicar —sino demostrando que
el cuerpo del delito se había convertido en una parte
de mi cuerpo— lo que hice y —aunque sin lograr
convencerlos— por que lo hice?).
La primera idea equivocada
que de mí se formaron es la de que mi atención no
puede seguir más que por pocos minutos una sucesión
coherente de imágenes, que mi mente sólo es capaz de
captar fragmentos de historias y de discursos sin un
antes ni un después, en una palabra, que en mi cabeza
se ha cortado el hilo de las conexiones que sostiene
el tejido del mundo. No es cierto, y las pruebas que
aducen para sostener su tesis —mi manera de quedarme
inmóvil durante horas delante del televisor encendido
sin seguir ningún programa, obligado por un tic
compulsivo a saltar de un canal a otro— bien puede
demostrar justo lo contrario. Estoy convencido de que
en los acontecimientos del mundo hay un sentido de que
una historia coherente y motivada en su serie completa
de causas y efectos se está desarrollando en ese
momento en algún lado, inalcanzable para nuestras
posibilidades de verificación, y que esa historia
contiene la clave para juzgar y comprender todo el
resto. Este convencimiento es lo que tiene clavado con
los ojos deslumbrados, fijos en el televisor mientras
los saltos frenéticos del mando a distancia hacen
aparecer y desaparecer entrevistas con ministros,
abrazos de amantes, publicidad de desodorantes,
conciertos de rock, arrestados que esconden la cara,
lanzamientos de cohetes espaciales, tiroteos en el Far
West, volteretas de bailarinas, encuentros de boxeo,
concursos de adivinanzas, duelos de samurais. Si no me
detengo a mirar ninguno de esos programas es por que
el programa que busco es otro, y yo sé que existe, y
estoy seguro de que no es ninguno de éstos, y que
éstos los transmiten sólo para inducir a engaño y
desanimar a quién, como yo, está convencido de que el
programa que cuenta es el otro. Por eso sigo pasando
de un canal a otro: no porque mi mente sea incapaz de
concentrarse siquiera el mínimo necesario para seguir
un filme o un diálogo o una carrera de caballos. Al
contrario mi atención está totalmente proyectada hacia
algo que de ningún modo puedo pasar por alto, algo
único que se está produciendo en este momento mientras
mi televisor está todavía atiborrado de imágenes
superflúas e intercambiables, algo que ya debe de
haber empezado y cuyo comienzo sin duda he perdido, y
que si no me doy prisa corro el riesgo de perder
también el fin. Mi dedo brinca en el teclado del
selector apartando la envoltura de las vanas
apariencias como capas superpuestas de una cebolla
multicolor.
Mientras tanto, el
verdadero programa recorre las vías del éter en una
banda de frecuencia que no conozco, tal vez se pierde
en el espacio sin que yo pueda interceptarlo: hay una
estación desconocida que está transmitiendo una
historia que me concierne, mi historia, la única
historia que puede explicarme quién soy, de dónde
vengo y a dónde voy. La única relación que puedo
establecer en este momento con mi historia es una
relación negativa: rechazar las otras historias,
descartar todas las imágenes mentirosas que me son
propuestas. Este pulsar las teclas es el puente que yo
lanzo hacia ese otro puente que se abre como un
abanico en el vacío y que mis arpones no consiguen
enganchar: dos puentes discontinuos de impulsos
electromagnéticos que no se juntan y se pierden en el
polvillo de un mundo fragmentado.
Cuando entendí esto fue
cuando empecé a blandir el mando a distancia no en
dirección al televisor sino fuera de la ventana, hacia
la ciudad, sus luces, los anuncios de neón, las
fachadas de los rascacielos, los pináculos en los
techos, los enrejados de las grúas con su largo pico
de hierro, las nubes. Después salí a la calle con el
mando a distancia escondido bajo el abrigo, apuntando
como con un arma.
En el proceso dijeron que
yo odiaba la ciudad, que quería hacerla desaparecer,
que me movía un impulso destructor. No es verdad. Amo,
siempre he amado nuestra ciudad, sus dos ríos, las
raras placitas arboladas como lagos de sombra, el
maullido desgarrador de las sirenas de las
ambulancias, el viento que se va metiendo en las
Avenues, los diarios arrugados que vuelan al ras del
suelo como gallinas cansadas. Sé que nuestra ciudad
podría ser la más feliz del mundo, sé que lo es, no
aquí en la longitud de onda en que me muevo sino en
otra banda de frecuencia, allí es donde la ciudad
donde he residido toda mi vida se convierte por fin en
mi hábitat. Ese es el canal que trataba de sintonizar
cuando apuntaba con el selector de los escaparates
centelleantes de las joyerías, las fachadas
majestuosas de los bancos, las marquesinas y las
puertas giratorias de los grandes hoteles: guiaba mis
gestos del deseo de salvar todas las historias en una
historia que fuese también la mía, no la malevolencia
amenazadora y obsesiva de que se me acusa.
Todos andaban a tientas en
la oscuridad: la policía, los magistrados, los
expertos psiquiátricos, los abogados, los periodistas.
Condicionando por la necesidad compulsiva de cambiar
continuamente de canal, un telespectador enloquece y
pretende cambiar el mundo a golpes de mando a
distancia: éste es el esquema que con pocas variantes
ha servido para definir mi caso. Pero las pruebas
psicológicas siempre han excluido que hubiera en mí
vocación de terrorista: incluso mi grado de aceptación
de los programas actualmente en antena no se aparta
mucho de la media de los índices de aprobación. Tal
vez al cambiar de canal no trataba de desbaratar todos
los programas sino algo que cualquier programa podría
comunicar si no estuviera roído en su interior por el
gusano que desnaturaliza todas las cosas que rodean mi
existencia.
Entonces discurrieron otra
teoría apropiada para enmendarme dicen ellos; más aún,
atribuyen al hecho de que yo solo me haya convencido,
el freno inconsciente que me ha librado de cometer los
actos criminales a los que me creían inclinado. Es la
teoría según la cual es inútil cambiar de canal, el
programa es siempre el mismo o como si lo fuese, sea
firme o noticiario o publicidad lo que se transmite,
el mensaje es uno solo en todas las estaciones porque
todo y todos formamos parte de un sistema; y aún fuera
del televisor, el sistema lo invade todo y sólo deja
lugar para los cambios de apariencia; por
consecuencia, tanto si yo me agito con mi teclado como
si meto las manos en los bolsillos, da lo mismo,
porque nunca conseguiré escapar del sistema. No sé si
los que sostienen estas ideas creen en ellas o si lo
dicen sólo confiando en comprometerme; de todos modos
a mí nunca me han afectado porque no pueden hacer
mella en mi convicción sobre la esencia de las cosas.
Para mí lo que cuenta en el mundo no son las
uniformidades sino las diferencias: diferencias que
pueden ser grandes o también pequeñas, minúsculas y
hasta imperceptibles. Pero lo que cuenta es justamente
ponerlas en evidencia y confrontarlas. Yo también sé
que pasando de un canal a otro se tiene la impresión
de una sopa única; y sé también que los azares de la
vida están ceñidos por una necesidad que no los deja
variar demasiado : pero en esa pequeña desviación
reside el secreto, la chispa que pone en movimiento la
máquina de las consecuencias, para la cual las
diferencias llegan a ser notables, grandes. Enormes y
hasta infinitas. Miro las cosas a mi alrededor, todas
torcidas, y pienso que hubiese bastado una nada, un
error evitado en determinado momento, un sí o un no
que aún dejando intacto el cuadro general de las
circunstancias hubiera llevado a consecuencias
totalmente diferentes. Yo esperaba que cosas tan
simples, tan naturales, estuvieran por revelarse de un
momento a otro; pensar esto y apretar los mandos del
selector era todo uno.
Con Volumnia creía que
había dado por fin con el canal justo. En realidad,
durante los primeros tiempos de nuestra relación, dejé
descansar al mando a distancia.
Todo en ella me gustaba,
su chignon color tabaco, su voz casi de contralto, los
pantalones a la suava y las botas puntiagudas, su
pasión que yo compartía por los bulldogs y los cactus.
Igualmente confortantes me parecían sus padres, los
lugares donde habían efectuado inversiones
inmobiliarias y donde pasaban correctos períodos de
vacaciones, la sociedad de seguros donde el padre de
Volumnia y yo estábamos hechos el uno para el otro
nunca se debilitaba: tal vez en otro canal una pareja
idéntica a la nuestra, pero que el destino había
dotado de dones sólo levemente distintos, se disponía
a vivir una vida cien veces más atrayente...
En este estado de ánimo
aquella mañana levanté el brazo empuñando el mando a
distancia y lo dirigí hacia la corbeille de camelias
blancas, hacia el sombrerito adornado con racimos
azules de la madre de Volumnia, la perla en el
plastrón del padre, la estola del oficiante, el velo
bordado de plata de la novia... El gesto, en el
momento en que todos los presentes esperaban el sí de
mi parte, fue mal interpretado: por Volumnia en primer
lugar, que vio en él una repulsa, una afrenta
irreparable. Pero yo sólo quería significar que allá,
en aquel otro canal, la historia mía y de Volumnia
transcurría, lejos del alborozo de las notas del
órgano y de los flashes de los fotógrafos, pero con
muchas cosas más que la identificaban a la verdad suya
y mía.
Tal vez en aquel canal más
allá de todos los canales nuestra historia no ha
terminado, Volumnia sigue queriéndome, mientras que
aquí, en el mundo donde vivo no pude hacerle entender
mis razones: no quiso verme de más. De aquella ruptura
violenta nunca me he recobrado; desde entonces comencé
esa vida que los diarios describieron como la de un
demente sin residencia fija, que vagaba por la ciudad
armado de su zarandaja incongruente.... En cambio mis
razonamientos nunca fueron tan claros como entonces :
había comprendido que tenía que empezar actuar desde
el vértice: si las cosas andan mal en todos los
canales, ha de haber un último canal que no sea como
los demás, en el que gobernantes tal vez no demasiado
distintos de éstos, pero con una pequeña diferencia de
carácter, de mentalidad, de problemas de conciencia,
puedan detener las grietas que se abren en los
cimientos, la desconfianza recíproca, el degradarse de
las relaciones humanas...
Pero la policía me
vigilaba desde hacía tiempo. Aquella vez que la
multitud se agolpó para ver bajar de los coches a los
protagonistas del gran encuentro de jefes de Estado, y
me colé por los ventanales del palacio, en medio de
las filas de los servicios de seguridad, no tuve
tiempo de levantar el brazo con el mando a distancia
cuando cayeron todos encima, arrastrándome fuera, por
más que yo protestase que no quería interrumpir la
ceremonia sino sólo ver que presentaban en el otro
canal por curiosidad sólo durante unos pocos segundos.
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