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HOWARD P. LOVECRAFT

Howard Phillips Lovecraft
(1890/1937) nació en Providence, Rhode Island, el
20 de agosto de 1890, en una familia aristocrática
de ascendencia inglesa.
La
actitud opresora de su madre recomendándole no
alternar con niños de menor categoría y su
pertinaz obsesión por la fealdad del hijo, han
sido la causa de su aislamiento y la tendencia a
imaginar historias para evadirse de la realidad.
Su padre de poca presencia en el hogar murió
cuando el contaba ocho años.
A
causa de su salud precaria concurrió a la escuela
en forma irregular. A los seis años leía Las
mil y una noches. También la mitología
grecolatina (a la que llamaba “La Edad de Oro del
Mundo”) lo impactó profundamente.
Se
interesa por la química (monta un pequeño
laboratorio), la geografía y la astronomía,
disciplinas que abonan su fantasía con la mezcla
de elementos y el conocimiento de sitios lejanos
(lo fascina la Antártida y el espacio
inexplorado).
Continúa escribiendo cuentos
pero destruye todo a los dieciocho años salvo
La bestia de la
cueva (1905) y El alquimista (1908). Su
salud le impide concurrir a la universidad
acentuando su tendencia al aislamiento. Estudios
caseros, la influencia de un tío médico y la gran
biblioteca de su abuelo suplieron esa carencia.
En
1914 se une a la United Amateur Press Association
que nuclea a literatos noveles, en donde le
recomiendan la escritura fantástica, género que
incorpora en 1917 con La tumba y Dagon,
ambos publicados más tarde en Weird Tales.
En
1921 muere su madre y se acaba la fortuna
familiar. Comienza a realizar algunos trabajos por
encargo (generalmente la corrección de escritos de
escritores menos dotados que él). Al año siguiente
Home Brew realiza su primera publicación
profesional: Herbert West-Reanimator. La
influencia de Poe y Dunsany es notoria.
A
partir de allí se suceden innumerables relatos
(alrededor de setenta) reunidos en varios
volúmenes entre los que destacan: El caso de
Charles Dexter Ward (1927), novela
corta, El modelo de Pickman, el mencionado
Herbert West Reanimator, Historia del
Necronomicón, La llamada de Cthulhu (1926), y
La bestia en la cueva, entre otros.
También le pertenecen varios artículos e infinidad
de poemas.
En
1924 se casa con Sonia Green, diez años mayor que
él y a los dos años se separa a causa de
divergencias pero trasciende que abomina de la
sexualidad. Tras dos años en Brooklyn regresa a
Providence donde vive con sus tías. Los últimos
años la única expresión de vida fue escribir por
las noches hasta su muerte, ocurrida el 15 de
marzo de 1937.
Conocido en vida solo dentro de su reducido grupo,
recién en la década del 70 cuando es traducido al
español y el francés su nombre alcanza notoriedad
internacional.
Borges le ha dedicado uno de sus cuentos: There
are more things (1975).
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En mis torturados oídos
resuenan incesantemente un chirrido y un aleteo de
pesadilla, y un breve ladrido lejano como el de un
gigantesco sabueso. No es un sueño... y temo que ni
siquiera sea locura, ya que son muchas las cosas que
me han sucedido para que pueda permitirme esas
misericordiosas dudas.
St. John es un cadáver
destrozado; únicamente yo sé por qué, y la índole de
mi conocimiento es tal que estoy a punto de saltarme
la tapa de los sesos por miedo a ser destrozado del
mismo modo. En los oscuros e interminables pasillos de
la horrible fantasía vagabundea Némesis, la diosa de
la venganza negra y disforme que me conduce a
aniquilarme a mí mismo.
¡Que perdone el cielo la
locura y la morbosidad que atrajeron sobre nosotros
tan monstruosa suerte! Hartos ya con los tópicos de un
mundo prosaico, donde incluso los placeres del romance
y de la aventura pierden rápidamente su atractivo, St.
John y yo habíamos seguido con entusiasmo todos los
movimientos estéticos e intelectuales que prometían
terminar con nuestro insoportable aburrimiento. Los
enigmas de los simbolistas y los éxtasis de los
prerrafaelistas fueron nuestros en su época, pero cada
nueva moda quedaba vaciada demasiado pronto de su
atrayente novedad.
Nos apoyamos en la sombría
filosofía de los decadentes, y a ella nos dedicamos
aumentando paulatinamente la profundidad y el
diabolismo de nuestras penetraciones. Baudelaire y
Huysmans no tardaron en hacerse pesados, hasta que
finalmente no quedó ante nosotros más camino que el de
los estímulos directos provocados por anormales
experiencias y aventuras “personales”. Aquella
espantosa necesidad de emociones nos condujo
eventualmente por el detestable sendero que incluso en
mi actual estado de desesperación menciono con
vergüenza y timidez: el odioso sendero de los
saqueadores de tumbas.
No puedo revelar los
detalles de nuestras impresionantes expediciones, ni
catalogar siquiera en parte el valor de los trofeos
que adornaban el anónimo museo que preparamos en la
enorme casa donde vivíamos St. John y yo, solos y sin
criados. Nuestro museo era un lugar sacrílego,
increíble, donde con el gusto satánico de neuróticos
“dilettanti” habíamos reunido un universo de terror y
de putrefacción para excitar nuestras viciosas
sensibilidades. Era una estancia secreta, subterránea,
donde unos enormes demonios alados esculpidos en
basalto y ónice vomitaban por sus bocas abiertas una
extraña luz verdosa y anaranjada, en tanto que unas
tuberías ocultas hacían llegar hasta nosotros los
olores que nuestro estado de ánimo apetecía: a veces
el aroma de pálidos lirios fúnebres, a veces el
narcótico incienso de unos funerales en un imaginario
templo oriental, y a veces —¡cómo me estremezco al
recordarlo!— la espantosa fetidez de una tumba
descubierta.
Alrededor de las paredes
de aquella repulsiva estancia había féretros de
antiguas momias alternando con hermosos cadáveres que
tenían una apariencia de vida, perfectamente
embalsamados por el arte del moderno taxidermista, y
con lápidas mortuorias arrancadas de los cementerios
más antiguos del mundo. Aquí y allá, unas hornacinas
contenían cráneos de todas las formas, y cabezas
conservadas en diversas fases de descomposición. Allí
podían encontrarse las podridas y calvas coronillas de
famosos nobles, y las tiernas cabecitas doradas de
niños recién enterrados.
Había allí estatuas y
cuadros, todos de temas perversos y algunos realizados
por St. John y por mí mismo. Un portafolio cerrado,
encuadernado con piel humana curtida, contenía ciertos
dibujos atribuidos a Goya y que el artista no se había
atrevido a publicar. Había allí nauseabundos
instrumentos musicales, de cuerda, de metal y de
viento, en los cuales St. John y yo producíamos a
veces disonancias de exquisita morbosidad y diabólica
lividez; y en una multitud de armarios de caoba
reposaba la más increíble colección de objetos
sepulcrales nunca reunidos por la locura y perversión
humanas. Acerca de esa colección debo guardar un
especial silencio. Afortunadamente, tuve el valor de
destruirla mucho antes de pensar en destruirme a mí
mismo.
Las expediciones, en el
curso de las cuales recogíamos nuestros nefandos
tesoros, eran siempre memorables acontecimientos desde
el punto de vista artístico. No éramos vulgares
vampiros, sino que trabajábamos únicamente bajo
determinadas condiciones de humor, paisaje, medio
ambiente, tiempo, estación del año y claridad lunar.
Aquellos pasatiempos eran para nosotros la forma más
exquisita de expresión estética, y concedíamos a sus
detalles un minucioso cuidado técnico. Una hora
inadecuada, un pobre efecto de luz o una torpe
manipulación del húmedo césped, destruían para
nosotros la extasiante sensación que acompañaba a la
exhumación de algún ominoso secreto de la tierra.
Nuestra búsqueda de nuevos escenarios y condiciones
excitantes era febril e insaciable. St. John abría
siempre la marcha, y fue él quien descubrió el maldito
lugar que acarreó sobre nosotros una espantosa e
inevitable fatalidad.
¿Qué desdichado destino
nos atrajo hasta aquel horrible cementerio holandés?
Creo que fue el oscuro rumor, la leyenda acerca de
alguien que llevaba enterrado allí cinco siglos,
alguien que en su época fue un saqueador de tumbas y
había robado un valioso objeto del sepulcro de un
poderoso. Recuerdo la escena en aquellos momentos
finales: la pálida luna otoñal sobre las tumbas,
proyectando sombras alargadas y horribles; los
grotescos árboles, cuyas ramas descendían tristemente
hasta unirse con el descuidado césped y las
estropeadas losas; las legiones de murciélagos que
volaban contra la luna; la antigua capilla cubierta de
hiedra y apuntando con un dedo espectral al pálido
cielo; los fosforescentes insectos que danzaban como
fuegos fatuos bajo las tejas de un alejado rincón; los
olores a moho, a vegetación y a cosas menos
explicables que se mezclaban débilmente con la brisa
nocturna procedente de lejanos mares y pantanos; y, lo
peor de todo, el triste aullido de algún gigantesco
sabueso al cual no podíamos ver ni situar de un modo
concreto. Al oírlo nos estremecimos, recordando las
leyendas de los campesinos, ya que el hombre que
tratábamos de localizar había sido encontrado hacía
siglos en aquel mismo lugar, destrozado por las zarpas
y los colmillos de un execrable animal.
Recuerdo cómo excavamos la
tumba del vampiro con nuestras azadas, y cómo nos
estremecimos ante el cuadro de nosotros mismos, la
tumba, la pálida luna vigilante, las horribles
sombras, los grotescos árboles, los murciélagos, la
antigua capilla, los danzantes fuegos fatuos, los
nauseabundos olores, la gimiente brisa nocturna y el
extraño aullido de cuya existencia objetiva apenas
podíamos estar seguros.
Luego, nuestros azadones
chocaron contra una sustancia dura, y no tardamos en
descubrir una enmohecida caja de forma oblonga. Era
increíblemente recia, pero tan vieja que finalmente
conseguimos abrirla y regalar nuestros ojos con su
contenido.
Mucho —sorprendentemente
mucho— era lo que quedaba del cadáver a pesar de los
quinientos años transcurridos. El esqueleto, aunque
aplastado en algunos lugares por las mandíbulas de la
cosa que le había producido la muerte, se mantenía
unido con asombrosa firmeza, y nos inclinamos sobre el
descarnado cráneo con sus largos dientes y sus cuencas
vacías en las cuales habían brillado unos ojos con una
fiebre semejante a la nuestra. En el ataúd había un
amuleto de exótico diseño que, al parecer, estuvo
colgado del cuello del durmiente. Representaba a un
sabueso alado, o a una esfinge con un rostro
semicanino, y estaba exquisitamente tallado al antiguo
gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La
expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva,
sugeridora de muerte, de bestialidad y de odio.
Alrededor de la base llevaba una inscripción en unos
caracteres que ni St. John ni yo pudimos identificar;
y en el fondo, como un sello de fábrica, aparecía
grabado un grotesco y formidable cráneo.
En cuanto echamos la vista
encima al amuleto supimos que debíamos poseerlo; que
aquel tesoro era evidentemente nuestro botín. Aun en
el caso que nos hubiera resultado completamente
desconocido lo hubiéramos deseado, pero al mirarlo de
más cerca nos dimos cuenta de que nos parecía algo
familiar. En realidad, era ajeno a todo arte y
literatura conocida por lectores cuerdos y
equilibrados, pero nosotros reconocimos en el amuleto
la cosa sugerida en el prohibido Necronomicon del
árabe loco Adbul Alhazred; el horrible símbolo del
culto de los devoradores de cadáveres de la
inaccesible Leng, en el Asia Central. No nos costó
ningún trabajo localizar los siniestros rasgos
descritos por el antiguo demonólogo árabe; unos rasgos
extraídos de alguna oscura manifestación sobrenatural
de las almas de aquellos que fueron vejados y
devorados después de muertos.
Apoderándonos del objeto
de jade verde, dirigimos una última mirada al
cavernoso cráneo de su propietario y cerramos la
tumba, volviendo a dejarla tal como la habíamos
encontrado. Mientras nos marchábamos apresuradamente
del horrible lugar, con el amuleto robado en el
bolsillo de St. John, nos pareció ver que los
murciélagos descendían en tropel hacía la tumba que
acabábamos de profanar, como si buscaran en ella algún
repugnante alimento. Pero la luna de otoño brillaba
muy débilmente, y no pudimos saberlo a ciencia cierta.
Al día siguiente, cuando
embarcábamos en un puerto holandés para regresar a
nuestro hogar, nos pareció oír el leve y lejano
aullido de algún gigantesco sabueso. Pero el viento de
otoño gemía tristemente, y no pudimos saberlo con
seguridad.
Menos de una semana
después de nuestro regreso a Inglaterra comenzaron a
suceder cosas muy extrañas. St. John y yo vivíamos
como reclusos; sin amigos, solos y en unas cuantas
habitaciones de una antigua mansión, en una región
pantanosa y poco frecuentada; de modo que en nuestra
puerta resonaba muy raramente la llamada de un
visitante.
Ahora, sin embargo,
estábamos preocupados por lo que parecía ser un
frecuente roce en medio de la noche, no sólo alrededor
de las puertas, sino también alrededor de las
ventanas, lo mismo en las de la planta baja que en las
de los pisos superiores. En cierta ocasión imaginamos
que un cuerpo voluminoso y opaco oscurecía la ventana
de la biblioteca cuando la luna brillaba contra ella,
y en otra ocasión creímos oír un aleteo no muy lejos
de la casa. Una minuciosa investigación no nos
permitió descubrir nada, y empezamos a atribuir
aquellos hechos a nuestra imaginación, turbada aún por
el leve y lejano aullido que nos pareció haber oído en
el cementerio holandés. El amuleto de jade reposaba
ahora en una hornacina de nuestro museo, y a veces
encendíamos una vela extrañamente aromada delante de
él. Leímos mucho en el Necronomicon de Alhazred acerca
de sus propiedades y acerca de las relaciones de las
almas con los objetos que las simbolizan y quedamos
desasosegados por lo que leímos.
Luego llegó el terror.
La noche del 24 de
septiembre de 19... oí una llamada en la puerta de mi
dormitorio. Creyendo que se trataba de St. John lo
invité a entrar, pero sólo me respondió una espantosa
risotada. En el pasillo no había nadie. Cuando
desperté a St. John y le conté lo ocurrido, manifestó
una absoluta ignorancia del hecho y se mostró tan
preocupado como yo. Aquella misma noche, el leve y
lejano aullido sobre las soledades pantanosas se
convirtió en una espantosa realidad.
Cuatro días más tarde,
mientras nos encontrábamos en el museo, oímos un
cauteloso arañar en la única puerta que conducía a la
escalera secreta de la biblioteca. Nuestra alarma
aumentó, ya que, además de nuestro temor a lo
desconocido, siempre nos había preocupado la
posibilidad de que nuestra extraña colección pudiera
ser descubierta. Apagando todas las luces, nos
acercamos a la puerta y la abrimos bruscamente de par
en par; se produjo una extraña corriente de aire y
oímos, como si se alejara precipitadamente, una rara
mezcla de susurros, risitas entre dientes y balbuceos
articulados. En aquel momento no tratamos de decidir
si estábamos locos, si soñábamos o si nos
enfrentábamos con una realidad. De lo único que sí nos
dimos cuenta, con la más negra de las aprehensiones,
fue que los balbuceos aparentemente incorpóreos habían
sido proferidos en idioma holandés.
Después de aquello vivimos
en medio de un creciente horror, mezclado con cierta
fascinación. La mayor parte del tiempo nos ateníamos a
la teoría de que estábamos enloqueciendo a causa de
nuestra vida de excitaciones anormales, pero a veces
nos complacía más dramatizar acerca de nosotros mismos
y considerarnos víctimas de alguna misteriosa y
aplastante fatalidad. Las manifestaciones extrañas
eran ahora demasiado frecuentes para ser contadas.
Nuestra casa solitaria parecía sorprendentemente viva
con la presencia de algún ser maligno cuya naturaleza
no podíamos intuir, y cada noche aquel demoníaco
aullido llegaba hasta nosotros, cada vez más claro y
audible. El 29 de octubre encontramos en la tierra
blanda debajo de la ventana de la biblioteca una serie
de huellas de pisadas completamente imposibles de
describir. Resultaban tan desconcertantes como las
bandadas de enormes murciélagos que merodeaban por los
alrededores de la casa en número creciente.
El horror alcanzó su
culminación el 18 de noviembre, cuando St. John,
regresando a casa al oscurecer, procedente de la
estación del ferrocarril, fue atacado por algún
espantoso animal y murió destrozado. Sus gritos habían
llegado hasta la casa y yo me había apresurado a
dirigirme al terrible lugar: llegué a tiempo de oír un
extraño aleteo y de ver una vaga forma negra
silueteada contra la luna que se alzaba en aquel
momento.
Mi amigo estaba muriéndose
cuando me acerqué a él y no pudo responder a mis
preguntas de un modo coherente. Lo único que hizo fue
susurrar:
—El amuleto... aquel
maldito amuleto...
Y exhaló el último
suspiro, convertido en una masa inerte de carne
lacerada.
Lo enterré al día
siguiente en uno de nuestros descuidados jardines, y
murmuré sobre su cadáver uno de los extraños ritos que
él había amado en vida. Y mientras pronunciaba la
última frase, oí a lo lejos el débil aullido de algún
gigantesco sabueso. La luna estaba alta, pero no me
atreví a mirarla. Y cuando vi sobre el marjal una
ancha y nebulosa sombra que volaba de otero en otero,
cerré los ojos y me dejé caer al suelo, boca abajo. No
sé el tiempo que pasé en aquella posición. Sólo
recuerdo que me dirigí temblando hacia la casa y me
prosterné delante del amuleto de jade verde.
Temeroso de vivir solo en
la antigua mansión, al día siguiente me marché a
Londres, llevándome el amuleto, después de quemar y
enterrar el resto de la impía colección del museo.
Pero al cabo de tres noches oí de nuevo el aullido, y
antes de una semana comencé a notar unos extraños ojos
fijos en mí en cuanto oscurecía. Una noche, mientras
paseaba por el Malecón Victoria, vi que una sombra
negra oscurecía uno de los reflejos de las lámparas en
el agua. Sopló un viento más fuerte que la brisa
nocturna y, en aquel momento, supe que lo que había
atacado a St. John no tardaría en atacarme a mí.
Al día siguiente empaqueté
cuidadosamente el amuleto de jade verde y embarqué
hacia Holanda. Ignoraba lo que podía ganar devolviendo
el objeto a su silencioso y durmiente propietario;
pero me sentía obligado a intentarlo todo con tal de
desvanecer la amenaza que pesaba sobre mi cabeza. Lo
que pudiera ser el sabueso, y los motivos para que me
hubiera perseguido, eran preguntas todavía vagas; pero
yo había oído por primera vez el aullido en aquel
antiguo cementerio, y todos los acontecimientos
subsiguientes, incluido el moribundo susurro de St.
John, habían servido para relacionar la maldición con
el robo del amuleto. En consecuencia, me hundí en los
abismos de la desesperación cuando, en una posada de
Róterdam, descubrí que los ladrones me habían
despojado de aquel único medio de salvación.
Aquella noche, el aullido
fue más audible, y por la mañana leí en el periódico
un espantoso suceso acaecido en el barrio más pobre de
la ciudad. En una miserable vivienda habitada por unos
ladrones, toda una familia había sido despedazada por
un animal desconocido que no dejó ningún rastro. Los
vecinos habían oído durante toda la noche un leve,
profundo e insistente sonido, semejante al aullido de
un gigantesco sabueso.
Al anochecer me dirigí de
nuevo al cementerio, donde una pálida luna invernal
proyectaba espantosas sombras, y los árboles sin hojas
inclinaban tristemente sus ramas hacia la marchita
hierba y las estropeadas losas. La capilla cubierta de
hiedra apuntaba al cielo un dedo burlón y la brisa
nocturna gemía de un modo monótono procedente de
helados marjales y frígidos mares. El aullido era
ahora muy débil y cesó por completo mientras me
acercaba a la tumba que unos meses antes había
profanado, ahuyentando a los murciélagos que habían
estado volando curiosamente alrededor del sepulcro.
No sé por qué había
acudido allí, a menos que fuera para rezar o para
murmurar dementes explicaciones y disculpas al
tranquilo y blanco esqueleto que reposaba en su
interior; pero, cualesquiera que fueran mis motivos,
ataqué el suelo medio helado con una desesperación
parcialmente mía y parcialmente de una voluntad
dominante ajena a mí mismo. La excavación resultó
mucho más fácil de lo que había esperado, aunque en un
momento determinado me encontré con una extraña
interrupción: un esquelético buitre descendió del frío
cielo y picoteó frenéticamente en la tierra de la
tumba hasta que lo maté con un golpe de azada.
Finalmente dejé al descubierto la caja oblonga y saqué
la enmohecida tapa.
Aquél fue el último acto
racional que realicé.
Ya que en el interior del
viejo ataúd, rodeado de enormes y soñolientos
murciélagos, se encontraba lo mismo que mi amigo y yo
habíamos robado. Pero ahora no estaba limpio y
tranquilo como lo habíamos visto entonces, sino
cubierto de sangre reseca y de jirones de carne y de
pelo, mirándome fijamente con sus cuencas
fosforescentes. Sus colmillos ensangrentados brillaban
en su boca entreabierta en un rictus burlón, como si
se mofara de mi inevitable ruina. Y cuando aquellas
mandíbulas dieron paso a un sardónico aullido,
semejante al de un gigantesco sabueso, y vi que en sus
sucias garras empuñaba el perdido y fatal amuleto de
jade verde, eché a correr; gritando estúpidamente,
hasta que mis gritos se disolvieron en estallidos de
risa histérica.
La
locura cabalga a lomos del viento..., garras y
colmillos afilados en siglos de cadáveres..., la
muerte en una bacanal de murciélagos procedentes de
las ruinas de los templos enterrados de Belial...
Ahora, a medida que oigo mejor el aullido de la
descarnada monstruosidad y el maldito aleteo resuena
cada vez más cercano, yo me hundo con mi revólver en
el olvido, mi único refugio contra lo desconocido.
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