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SILVINA OCAMPO

Silvina Ocampo
(1903/1994) nació en Buenos Aires en 1903. Desde
muy joven escribía, pero recién en 1937 hace su
primera publicación con Viaje Olvidado
(cuentos). Tres años más tarde se casa con Adolfo
Bioy Casares (el matrimonio tuvo una sola hija:
Marta), y en colaboración con él y Borges, aparece
la Antología de la literatura fantástica
(1940).
En
la revista Sur publicó varios de sus
cuentos y poemas. En total su aporte supera la
veintena de obras entre las que destacan, además
de las mencionadas, Enumeración de la patria
(poemas, 1942), Los que aman, odian (1945),
novela policial en colaboración con Bioy Casares,
Espacios Métricos (1945), con el que obtuvo
el Premio Municipal en 1954, Los nombres
(poesía, 1953), que mereciera el Segundo Premio
Nacional de Poesía del mismo año, La furia
(1959), Las invitadas (1961), Lo amargo
por dulce (1962), Primer Premio Nacional de
poesía del mismo año y Cornelia frente al
espejo (cuentos, 1988), Premio del Club de
los 13.
Entre 1974 y 1979 publicó cinco volúmenes de
cuentos infantiles (El Tobogán, El Caballo
Alado, Canto escolar, el Cofre volante y La
naranja maravillosa).
También se destacó como traductora del inglés y el
francés. Borges, con quien mantuviera una gran
amistad a lo largo de su vida, prologó una
antología de sus cuentos publicada en Francia en
1974, cuya introducción es de Italo Calvino.
También ha sido traducida al inglés e italiano.
Silvina Ocampo se ha transformado en un mito de la
literatura argentina, por lo escasamente leída y
por el eco de un apellido ilustre íntimamente
vinculado a las letras vernáculas. La crítica en
general (hay excepciones bien argumentadas),
coincide en la importancia de su obra impregnada
de un tono poético sugerente, una cierta y
premeditada confusión en la que conviven
sentimientos opuestos, como también inesperadas
fracturas de las convenciones.
Su
temática es la literatura fantástica en la cual
desliza la ironía y un humor negro eficaz con
ribetes truculentos. Borges le reconoce una virtud
inquietante y que a él, particularmente, le
causaba “un poco de aprensión: la clarividencia.
Nos ve como si fuéramos de cristal, nos ve y nos
perdona. Tratar de engañarla es inútil”.
Ciertamente un elogio temible.
Han
sido innumerables los reportajes, entrevistas,
ensayos y comentarios hechos sobre Silvina Ocampo
y su obra. Baste recordar algunos nombres notables
que han echado una mirada sobre ella: Jorge Luis
Borges, Ítalo Calvino, Edgardo Cozarinsky, Eduardo
González Lanuzza, Ezequiel Martínez Estrada,
Enrique Pezzoni, Marcelo Picho Rivière, Alejandra
Pizarnik, Abelardo Castillo y Eloy Martínez entre
otros.
En
1994 falleció tras una larga enfermedad que la
mantuvo postrada el último tiempo.
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De Las invitadas
(1961).
Antonio nos llamó a
Ruperto y a mí al cuarto del fondo de la casa. Con voz
imperiosa ordenó que nos sentáramos. La cama estaba
tendida. Salió al patio para abrir la puerta de la
pajarera, volvió y se echó en la cama.
—Voy a mostrarles una
prueba —nos dijo.
—¿Van a contratarte en un
circo? —le pregunté.
Silbó dos o tres veces y
entraron en el cuarto Favorita, la María Callas y
Mandarín, que es coloradito. Mirando el techo
fijamente volvió a silbar con un silbido más agudo y
trémulo. ¿Era esa la prueba? ¿Por qué nos llamaba a
Ruperto y a mí? ¿Por qué no esperaba que llegara
Cleóbula? Pensé que toda esa representación serviría
para demostrar que Ruperto no era ciego, sino más bien
loco; que en algún momento de emoción frente a la
destreza de Antonio lo demostraría. El vaivén de los
canarios me daba sueño. Mis recuerdos volaban en mi
mente con la misma persistencia. Dicen que en el
momento de morir uno revive su vida: yo la reviví esa
tarde con remoto desconsuelo.
Vi, como pintado en la
pared, mi casamiento con Antonio a las cinco de la
tarde, en el mes de diciembre.
Hacia calor ya, y cuando
llegamos a nuestra casa, desde la ventana del
dormitorio donde me quité el vestido y el tul de
novia, vi con sorpresa un canario.
Ahora me doy cuenta de que
era el mismo Mandarín que picoteaba la única naranja
que había quedado en el árbol del patio.
Antonio no interrumpió sus
besos al verme tan interesada en ese espectáculo. El
ensañamiento del pájaro con la naranja me fascinaba.
Contemplé la escena hasta que Antonio me arrastró
temblando a la cama nupcial, cuya colcha, entre los
regalos, había sido para él fuente de felicidad y para
mí terror durante las vísperas de nuestro casamiento.
La colcha de terciopelo granate llevaba bordado un
viaje en diligencia. Cerré los ojos y apenas supe lo
que sucedió después. El amor es también un viaje;
durante muchos días fui aprendiendo sus lecciones, sin
ver ni comprender en qué consistían las dulzuras y
suplicios que prodiga. Al principio, creo que Antonio
y yo nos amábamos parejamente, sin dificultad, salvo
la que nos imponía mi conciencia y su timidez.
Esta casa diminuta que
tiene un jardín igualmente diminuto está situada en la
entrada del pueblo. El aire saludable de las montañas
nos rodea: el campo queda cerca y lo vemos al abrir
las ventanas.
Teníamos ya una radio y
una heladera. Numerosos amigos frecuentaban nuestra
casa en los días de fiesta o para festejar alguna
fecha de familia. ¿Qué más podíamos pedir? Cleóbula y
Ruperto nos visitaban más a menudo porque eran
nuestros amigos de infancia. Antonio se había
enamorado de mí, ellos lo sabían. No me había buscado,
no me había elegido; era más bien yo la que lo había
elegido a él. Su única ambición era ser amado por su
mujer, conservar su fidelidad, poca importancia le
daba al dinero.
Ruperto se sentaba en un
rincón del patio y sin preámbulos, mientras afinaba la
guitarra, pedía un mate, o bien una naranjada cuando
hacía calor. Yo lo consideraba como uno de los tantos
amigos o parientes que forman, casi podría decir,
parte de los muebles de una casa y que uno advierte
sólo cuando están estropeados o colocados en distinto
lugar del habitual.
"Son cantores los
canarios", decía Cleóbula invariablemente, pero si
hubiera podido matarlos con una escoba lo hubiera
hecho porque los detestaba. ¡Qué hubiera dicho al
verlos hacer tantas pruebas ridículas sin que Antonio
les ofreciera ni una hojita de lechuga ni una
vainilla!
Yo alcanzaba el mate o el
vaso de naranjada a Ruperto, mecánicamente, bajo la
sombra del parral, donde siempre se sentaba, en una
silla de Viena, como un ferro en su rincón. Yo no lo
consideraba como una mujer considera a un hombre, yo
no observaba la más elemental coquetería para
recibirlo. Muchas veces, después de haberme lavado la
cabeza, con el pelo mojado, recogido con horquillitas,
como un esperpento, o bien con el cepillo de dientes
en la boca y con dentífrico en los labios, o con las
manos llenas de espuma de jabón en el momento de lavar
la ropa, con el delantal recogido en la cintura,
barrigona como una mujer encinta, lo hacía pasar
abriéndole la puerta de calle, sin mirarlo siquiera.
Muchas veces, en mi descuido, creo que me vio salir
del cuarto de baño envuelta en una toalla turca,
arrastrando las chancletas como una vieja o como una
mujer cualquiera.
Chusco, Albahaca y
Serranito volaron al recipiente que contenía pequeñas
flechas con espinas. Llevando las flechas volaban
afanosos a otros recipientes que contenían un líquido
oscuro donde humedecían la punta diminuta de las
flechas. Parecían pajaritos de juguete, palilleros
baratos, adornos de sombrero de una tatarabuela.
Cleóbula, que no es
maliciosa, había advertido, y me lo dijo, que Ruperto
me miraba con demasiada insistencia. "¡Qué ojos!",
repetía sin cesar. "¡Qué ojos!"
—He conseguido conservar
los ojos abiertos cuando duermo —musitó Antonio—; es
una de las pruebas más difíciles que he logrado en mi
vida.
Me sobresalté al oír su
voz. ¿Era esa la prueba? Después de todo, ¿qué había
de extraordinario en ella?
—Como Ruperto —dije con
voz extraña.
—Como Ruperto —repitió
Antonio—. Los canarios, más fácilmente que mis
párpados, obedecen mis órdenes.
Los tres estábamos en ese
cuarto en penumbra como en penitencia. Pero ¿qué
relación podía haber entre sus ojos abiertos durante
el sueño y las órdenes que impartía a los canarios? No
era de extrañar que Antonio me dejara de algún modo
perpleja: ¡era tan distinto de los otros hombres!
Cleóbula también me había
asegurado que mientras Ruperto afinaba la guitarra sus
miradas me recorrían desde la punta del pelo hasta la
punta de los pies, que una noche al quedar dormido en
el patio, medio borracho, sus ojos habían quedado
fijos en mí. En consecuencia perdí la naturalidad, tal
vez la falta de coquetería. Para mi ilusión. Ruperto
me miraba a través de una suerte de antifaz en el que
se engarzaban sus ojos de animal, esos ojos que no
cerraba ni para dormir. Como al vaso de naranjada o al
mate que yo le servía, con una misteriosa fijeza me
clavaba sus pupilas cuando tenia sed. Dios sabe con
qué intención. Ojos que miraran tanto no existían en
toda la provincia, en todo el mundo; un brillo azul y
profundo como si el cielo se hubiera metido en ellos
los diferenciaba de los otros, cuyas miradas parecían
apagadas o muertas. Ruperto no era un hombre: era un
par de ojos, sin cara, sin voz, sin cuerpo; así me
parecía, pero así no lo sentía Antonio. Durante muchos
días en que mi inconsciencia llegó a exasperarlo, por
cualquier nimiedad me hablaba de mal modo o me
infligía trabajos penosos, como si en lugar de ser su
mujer yo hubiera sido su esclava. La transformación en
el carácter de Antonio me afligió.
¡Qué extraños son los
hombres! ¿En qué consistía la prueba que quería
mostrarnos? Lo del circo no había sido una broma.
Al poco tiempo de
casarnos, muchas veces dejaba de ir a su trabajo,
pretextando un dolor de cabeza o un inexplicable
malestar en el estómago, ¿Todos los maridos eran
iguales?
En el fondo de la casa la
enorme pajarera llena de canarios que Antonio había
cuidado siempre con afán, estaba abandonada, Por las
mañanas cuando yo tenía tiempo limpiaba la pajarera,
colocaba alpiste, agua y lechuga en los recipientes
blancos y cuando las hembras estaban por tener cría,
preparaba los niditos. Antonio se había ocupado
siempre de estas cosas, pero ya no demostraba ningún
interés en hacerlo ni en que yo lo hiciera.
¡Hacía dos años que nos
habíamos casado! ¡Ni un hijo! En cambio ¡cuánta cría
habían tenido los canarios! Un olor a almizcle y a
cedrón llenó el cuarto. Los canarios olían a gallina,
Antonio a tabaco y a sudor, pero Ruperto últimamente
no olía sino a alcohol. Me decían que se emborrachaba.
¡Qué sucio estaba el cuarto! Alpiste, miguitas de pan,
hojas de lechuga, colillas y ceniza estaban
diseminados en el piso.
Desde la infancia Antonio
se había dedicado, en los momentos libres, a amaestrar
animales: primero usó de su arte, pues era un
verdadero artista, con un perro, con un caballo, luego
con un zorrino operado, que llevó durante un tiempo en
su bolsillo; después, cuando me conoció y porque me
agradaban, se le ocurrió amaestrar canarios. En los
meses de noviazgo, para conquistarme, me había enviado
con ellos papelitos con frases de amor o flores atadas
con una cintita. De la casa donde él habitaba a la mía
se extendían quince largas cuadras: los alados
mensajeros iban de una casa a la otra sin vacilar. Por
increíble que parezca llegaron a colocar flores en mi
pelo y un papelito dentro del bolsillo de mi blusa.
Que los canarios colocaran
flores en mi pelo y papelitos en mi bolsillo ¿no era
más difícil que las tonterías que estaban haciendo con
las benditas flechas?
En el pueblo, Antonio
llegó a gozar de un gran prestigio. "Si hipnotizaras a
las mujeres como a los pájaros, nadie resistiría a tus
encantos", le decían sus tías con la esperanza de que
el sobrino se casara con alguna millonaria. Como dije
anteriormente, Antonio no se interesaba por el dinero.
Desde los quince años había trabajado de mecánico y
tenía lo que deseaba tener, lo que me ofreció con su
casamiento. Nada nos faltaba para ser felices. Yo no
podía comprender por qué Antonio no buscaba un
pretexto para alejar a Ruperto. Cualquier motivo
hubiera servido para ese fin, aunque más no fuera una
reyerta por cuestiones de trabajo o de política que,
sin llegar a una riña a puñetazos o con armas, hubiera
vedado la entrada de ese amigo a nuestra casa. Antonio
no dejaba traslucir ninguno de sus sentimientos, salvo
en ese cambio de carácter que yo supe interpretar.
Contrariando mi modestia, advertí que los celos que yo
podía inspirar enajenaban a un hombre que había sido
siempre, a mi juicio, el ejemplo de la normalidad.
Antonio silbó, se quitó la
camiseta. Su torso desnudo parecía de bronce. Me
estremecí al verlo. Recuerdo que antes de casarme me
ruboricé frente a una estatua muy parecida a él.
¿Acaso no lo había visto nunca desnudo? ¡Por qué me
asombraba tanto!
Pero el carácter de
Antonio sufrió otro cambio que en parte me
tranquilizó: de inerte se volvió extremadamente
activo, de melancólico se volvió, aparentemente,
alegre. Su vida se llenó de misteriosas ocupaciones,
de un ir y venir que denotaba un interés extremo por
la vida. Después de la cena, ni siquiera encontrábamos
un momento de solaz para oír la radio, o para leer los
diarios, o para no hacer nada, o para conversar unos
instantes sobre los acontecimientos del día. Los
domingos y días de fiesta tampoco eran un pretexto
para permitirnos un descanso; yo que soy como un
espejo de Antonio, contagiada por su inquietud, iba y
venía por la casa, ordenando roperos ya ordenados, o
lavando fundas impecables, por una imperiosa necesidad
de contemporizar con las enigmáticas ocupaciones de mi
marido. Un redoblamiento de amor y de solicitud por
los pájaros ocupó parte de sus días. Arregló nuevas
dependencias de la pajarera; el arbolito seco, que
ocupaba el centro, fue reemplazado por otro, más
grande y más gracioso, que la embellecía.
Abandonando las flechas,
dos canarios empezaron a pelear: las plumitas volaron
por el cuarto, la cara de Antonio se oscureció de
cólera. ¿Sería capaz de matarlos? Cleóbula me había
dicho que era cruel. "Tiene cara de llevar un cuchillo
en el cinto", había aclarado.
Antonio ya no permitía que
yo limpiara la pajarera. En aquellos días él ocupó un
cuarto que servía de depósito en los fondos de la casa
y abandonó nuestra cama matrimonial. En una cama
turca, donde mi hermano solía dormir la siesta cuando
venía de visita, Antonio pasaba las noches sin dormir,
lo sospecho, pues hasta el alba yo oía sus pasos
incansables sobre las baldosas. A veces se encerraba
horas enteras en ese cuarto maldito.
Uno por uno los canarios
dejaron caer de sus picos las pequeñas flechas, se
posaron sobre el respaldo de una silla y modularon un
canto suave. Antonio se incorporó y mirando a María
Callas, al que siempre había llamado "La reina de la
desobediencia", dijo una palabra que no tiene sentido
para mí. Los canarios volvieron a revolotear.
A través de los vidrios
pintados de la ventana yo trataba de atisbar sus
movimientos. Me lastimé una mano intencionalmente, con
un cuchillo: de ese modo me atreví a golpear a su
puerta. Cuando me abrió, salió volando una bandada de
canarios que volvió a la pajarera. Antonio curó mi
herida pero, como si hubiera sospechado que era un
pretexto para llamar su atención, me trató con
sequedad y desconfianza. En aquellos días hizo un
viaje de dos semanas, en un camión, no sé a donde, y
volvió con una bolsa llena de plantas.
Miré de soslayo mi falda
manchada. Los pájaros son tan chiquitos y tan sucios.
¿En qué momento me habían ensuciado? Los observé con
odio: me gusta estar limpia aun en la penumbra de un
cuarto.
Ruperto, ignorando la mala
impresión que causaban sus visitas, venía con la misma
frecuencia y con los mismos hábitos. A veces, cuando
yo me retiraba del patio para evitar sus miradas, mi
marido con algún pretexto me hacía volver. Pensé que
de algún modo le agradaba aquello que tanto le
desagradaba, las miradas de Ruperto me parecían ya
obscenas: me desnudaban bajo la sombra del parral, me
ordenaban actos inconfesables cuando a la caída de la
tarde una brisa fresca acariciaba mis mejillas.
Antonio, en cambio, nunca me miraba o fingía no
mirarme, según me lo aseguraba Cleóbula. No haberlo
conocido, no haberme casado con él, ni conocido sus
caricias, para volver a encontrarlo, el descubrirlo, a
entregarme a él, fue durante un tiempo uno de mis
deseos más ardientes. ¿Pero quién recupera lo que ya
perdió?
Me incorporé, me dolían
las piernas. No me gusta estar quieta tanto tiempo.
¡Qué envidia tengo a los pájaros que vuelan! Pero los
canarios me dan pena. Parece que sufrieran cuando
obedecen.
Antonio no trataba de
evitar las visitas de Ruperto. Por lo contrario, las
fomentaba. Durante los días de carnaval llegó al
extremo de invitarlo a quedarse en nuestra casa una
noche en que se demoró hasta muy tarde. Tuvimos que
alojarlo en el cuarto que Antonio ocupaba
provisoriamente. Aquella noche, como la cosa más
natural del mundo, volvimos a dormir juntos, mi marido
y yo, en la cama de matrimonio. Mi vida se encauzó de
nuevo desde aquel momento en su antigua normalidad:
así lo creí, al menos.
Vislumbré en un rincón,
debajo de la mesa de luz, el famoso muñeco. Pensé que
podría recogerlo. Como si hubiese hecho un ademán,
Antonio me dijo:
—No te muevas.
Recordé aquel día en que
al acomodar los cuartos, en la semana de carnaval,
descubrí, para mal de mis pecados, arrumbado sobre el
armario de Antonio, ese muñeco hecho de estopa, con
grandes ojos azules, de un material blando, como de
género, con dos círculos oscuros en el centro,
imitando las pupilas. Vestido de gaucho hubiera
servido de adorno en nuestro dormitorio. Riendo se lo
mostré a Antonio, que me lo quitó de las manos con
fastidio.
—Es un recuerdo de
infancia —me dijo—. No me gusta que toques mis cosas.
—¿Qué mal hay en tocar un
muñeco con el cual jugabas en tu infancia? Conozco
niños que juegan con muñecos, ¿acaso te da vergüenza?
¿No eres un hombre ya? —le dije.
—No tengo que dar ninguna
explicación. Lo mejor será que te calles.
Antonio, malhumorado,
colocó el muñeco de nuevo sobre el armario y no me
dirigió la palabra durante varios días. Pero volvimos
a abrazarnos como en nuestros mejores tiempos.
Pasé la mano por mi frente
húmeda. ¿Se me habrían deshecho los rulos? No había
ningún espejo en el cuarto, por suerte, pues no
hubiera resistido la tentación de mirarme en lugar de
mirar los canarios que me parecían tan tontos.
A menudo Antonio se
encerraba en el cuarto del fondo y advertí que dejaba
abierta la puerta de la pajarera para que entrara por
la ventana alguno de los pajaritos. Llevada por la
curiosidad, una tarde lo espié, subida sobre una
silla, pues la ventana quedaba muy alta (lo que
naturalmente no me permitía mirar hacia adentro del
cuarto cuando yo pasaba por el patio).
Miraba el torso desnudo de
Antonio. ¿Era mi marido o una estatua? Acusaba a
Ruperto de loco, pero él era más loco tal vez. ¡Cuánto
dinero había gastado en la compra de canarios, en vez
de comprarme una máquina de lavar!
Un día pude entrever al
muñeco acostado en la cama. Un enjambre de pajaritos
lo rodeaba. El cuarto se había transformado en una
especie de laboratorio. En un recipiente de barro
había un montón de hojas, de tallos, de cortezas
oscuras; en otro, unas flechitas hechas con espinas;
en otro, un líquido brillante castaño. Me pareció que
yo había visto esos objetos en sueños, y para salir de
mi perplejidad conté la escena a Cleóbula, que me
respondió:
—Así son los indios: usan
flechas con curare.
No le pregunté lo que
quería decir curare. Ni sabía si me lo decía con
desdén o con admiración.
—Se dedican a las
brujerías. Tu marido es un indio —y al ver mi asombro,
interrogó—: ¿No lo sabes?
Sacudí la cabeza con
fastidio. Mi marido era mi marido. No había pensado
que pudiera pertenecer a otra raza ni a otro mundo que
el mío.
—¿Cómo lo sabes?
—interrogué con vehemencia.
—¿No has mirado sus ojos,
sus pómulos salientes? ¿No adviertes lo ladino que es?
Mandarín, la misma María Callas, son más francos que
él. Esa reserva, esa manera de no contestar cuando se
le pregunta algo, ese modo que tiene de tratar a las
mujeres, ¿no bastan para demostrarte que es un indio?
Mi madre está enterada de todo. Lo sacaron de un
campamento cuando tenia cinco años. Tal vez eso fue lo
que te gustó en él: ese misterio que lo distingue de
los otros hombres.
Antonio transpiraba y el
sudor hacía brillar su torso. ¡Tan buen mozo y
perdiendo el tiempo! Si me hubiera casado con Juan
Leston, el abogado, o con Roberto Cuentas, el tenedor
de libros, no hubiera padecido tanto, seguramente.
Pero, ¿qué mujer sensible se casa por interés? Dicen
que hay hombres que amaestran pulgas, ¿de qué sirve?
Perdí la confianza en
Cleóbula. Sin duda decía que mi marido era indio para
afligirme o para hacerme perder la confianza en él;
pero al hojear un libro de historia donde había
láminas con campamentos de indios, e indios a caballo,
con boleadoras, encontré una similitud entre Antonio y
esos hombres desnudos, con plumas. Advertí
simultáneamente que lo que me había atraído en Antonio
era tal vez la diferencia que había entre él y mis
hermanos y los amigos de mis hermanos, el color
bronceado de la piel, los ojos rasgados y ese aire
ladino que Cleóbula mencionaba con perverso deleite.
—¿Y la prueba?
—interrogué.
Antonio no me respondió.
Fijamente miraba los canarios que volvieron a
revolotear. Mandarín se apartó de sus compañeros y
permaneció solo en la penumbra modulando un canto
parecido al de las calandrias.
Mi soledad comenzó a
crecer. A nadie comunicaba mis inquietudes.
Para Semana Santa, por
segunda vez, Antonio insistió en que Ruperto se
quedara de huésped en nuestra casa. Llovía, como suele
llover para Semana Santa, fuimos con Cleóbula a la
iglesia para hacer el Vía Crucis.
—¿Cómo está el indio? —me
preguntó Cleóbula, con insolencia.
—¿Quién?
—El indio, tu marido —me
respondió—. En el pueblo todo el mundo lo llama así.
—Me gustan los indios;
aunque mi marido no lo fuera, me seguirían gustando
—le respondí, tratando de seguir mis oraciones.
Antonio estaba en actitud
de oración. ¿Había rezado alguna vez? Para el día de
nuestro casamiento mi madre le pidió que comulgara;
Antonio no quiso complacerla.
Mientras tanto la amistad
de Antonio con Ruperto se estrechaba. Una suerte de
camaradería, de la que yo estaba en cierto modo
excluida, los vinculaba de una manera que me pareció
veraz. En aquellos días Antonio hizo gala de sus
poderes. Para entretenerse, mandó mensajes a Ruperto,
hasta su casa, con los canarios. Decían que jugaban al
truco por medio de ellos, pues una vez intercambiaron
algunos naipes españoles. ¿Se burlaban de mí? Me
fastidió el juego de esos dos hombres grandes y
resolví no tomarlos en serio. ¿Tuve que admitir que la
amistad es más importante que el amor? Nada había
desunido a Antonio y a Ruperto; en cambio Antonio,
injustamente en cierto modo, se había alejado de mí.
Sufrí en mi orgullo de mujer. Ruperto siguió
mirándome. Todo aquel drama ¿sólo había sido una
farsa? ¿Añoraba el drama conyugal, ese martirio al que
me habían abocado los celos de un marido enloquecida
durante tantos días?
Seguíamos amándonos, a
pesar de todo.
En un circo Antonio podía
ganar dinero con sus pruebas, ¿por qué no? La María
Callas inclinó la cabecita para un lado, luego para el
otro, y se posó en el respaldo de una silla.
Una mañana, como si me
anunciara el incendio de la casa, Antonio entró en mi
cuarto y me dijo:
—Ruperto está muriendo. Me
mandaron llamar. Salgo para verlo.
Esperé a Antonio hasta
mediodía, distraída con los quehaceres domésticos.
Volvió cuando yo estaba lavándome el pelo.
—Vamos —me dijo—. Ruperto
está en el patio. Lo salvé.
—¿Cómo? ¿Fue una broma?
—Ninguna. Lo salvé, con la
respiración artificial.
Apresuradamente, sin
comprender nada, recogí mi pelo, me vestí, salí el
patio. Ruperto, inmóvil, de pie junto a la puerta
miraba ya sin ver las baldosas del patio. Antonio le
arrimó una silla para que se sentara.
Antonio no me miraba,
miraba el techo como conteniendo la respiración. De
improviso Mandarín voló junto a Antonio y le clavó una
de las flechas en un brazo. Aplaudí: pensé que debía
hacerlo para contentar a Antonio. Era sin embargo una
prueba absurda. ¡Por qué no utilizaba su ingenio para
sanar a Ruperto!
Aquel día fatal Ruperto al
sentarse se cubrió la cara con las manos.
¡Cómo había cambiado! Miré
su cara inanimada, fría. Sus manos oscuras.
¡Cuándo me dejarían sola!
Tenía que hacerme los rulos con el pelo mojado.
Interrogué a Ruperto disimulando mi fastidio:
—¿Qué ha sucedido?
Un largo silencio que
hacía resaltar el canto de los pájaros tembló en el
sol. Ruperto respondió por fin:
—Soñé que los canarios
picoteaban mis brazos, mi cuello, mi pecho: que no
podía cerrar mis párpados para proteger mis ojos. Soñé
que mis brazos y que mis piernas pesaban como sacos de
arena. Mis manos no podían espantar esos picos
monstruosos que picoteaban mis pupilas. Dormía sin
dormir, como si hubiera ingerido un narcótico. Cuando
desperté de ese sueño, que no era sueño, vi la
oscuridad: sin embargo oí cantar a los pájaros y oí
los ruidos habituales de la mañana. Haciendo un gran
esfuerzo llamé a mi hermana, que acudió. Con voz que
no era mía, le dije: "Tienes que llamar a Antonio para
que me salve." "¿De qué", interrogó mi hermana. No
pude articular otra palabra. Mi hermana salió
corriendo, y acompañada de Antonio volvió media hora
después. ¡Media hora que me pareció un siglo!
Lentamente, a medida que Antonio movía mis brazos,
recuperé la fuerza pero no la vista.
—Voy a hacerles una
confesión —murmuró Antonio, y agregó lentamente—, pero
sin palabras.
Favorita siguió a Mandarín
y clavó una flechita en el cuello de Antonio, María
Callas sobrevoló un momento sobre su pecho donde le
clavó otra flechita. Los ojos de Antonio, fijos en el
techo cambiaron, se hubiera dicho, de color. ¿Antonio
era un indio? ¿Un indio tiene los ojos azules? De
algún modo sus ojos se parecieron a los de Ruperto.
—¿Qué significa todo esto?
—musité.
—¿Qué está haciendo? —dijo
Ruperto, que no comprendía nada.
Antonio no respondió.
Inmóvil como una estatua recibía las flechas de
aspecto inofensivo que los canarios le clavaban. Me
acerqué a la cama y lo zarandeé.
—Contéstame —le dije—.
Contéstame. ¿Que significa todo esto?
No me respondió. Llorando
lo abracé, echándome sobre su cuerpo; olvidando todo
pudor lo besé en la boca, como sólo podría hacerlo una
estrella de cine. Un enjambre de canarios revoloteó
sobre mi cabeza.
Aquella mañana Antonio
miraba a Ruperto con horror. Ahora yo comprendía que
Antonio era doblemente culpable: para que nadie
descubriera su crimen, me había dicho y lo había dicho
después a todo el mundo:
—Ruperto se ha vuelto
loco. Cree que está ciego, pero ve como cualquiera de
nosotros.
Como la luz se había
alejado de los ojos de Ruperto, el amor se alejó de
nuestra casa. Se hubiera dicho que aquellas miradas
eran indispensables para nuestro amor. Las reuniones
en el patio carecían de animación. Antonio cayó en una
tenebrosa tristeza. Me explicaba:
—Peor que la muerte es la
locura de un amigo. Ruperto ve pero cree que está
ciego.
Pensé con despecho, tal
vez con celos, que la amistad en la vida de un hombre
era más importante que el amor.
Cuando dejé de besar a
Antonio y aparté mi cara de la suya, advertí que los
canarios estaban a punto de picotear sus ojos. Le tapé
la cara con mi cara y con mi cabellera, que es espesa
como un manto. Ordené a Ruperto que cerrara la puerta
y las ventanas para que el cuarto quedara en completa
oscuridad, esperando que los canarios se durmieran. Me
dolían las piernas. ¿El tiempo que habré quedado en
esa postura? No lo sé. Lentamente comprendí la
confesión de Antonio. Fue una confesión que me unió a
él con frenesí, con el frenesí de la desdicha.
Comprendí el dolor que él habría soportado para
sacrificar y estar dispuesto a sacrificar tan
ingeniosamente, con esa dosis tan infinitesimal de
curare y con esos monstruos alados que obedecían sus
caprichosas órdenes como enfermeros, los ojos de
Ruperto, su amigo, y los de él, para que no pudieran
mirarme, pobrecitos, nunca más.
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