| |
ROBERTO ARLT

Roberto Godofredo Christopersen
Arlt
(1900/1942) nació en Flores, Buenos Aires, en un
hogar de precarios recursos. No recibe instrucción
formal pero tempranamente se revela el fervor por
la lectura, Baudelaire, Dostoievski, Baroja,
Tolstoi y Gorki entre otros.
A los dieciséis años, abandona la
casa paterna por diferencias con su padre y
trabaja como peón y mecánico. También buscó
fortuna como inventor con poco éxito. Finalmente
recala en el periodismo, se inicia en las letras
con el cuento "Jehová" (1918), y comienza su
primera novela, El juguete rabioso (1926).
Se traslada a Córdoba para cumplir
con el servicio militar y conoce a su esposa,
Carmen Antinucci. En esa ciudad nace su hija Mirta.
Regresa a Buenos Aires y se
reintegra al periodismo. Literariamente se vincula
al grupo de Florida (a instancias de Güiraldes),
pero su impronta popular lo incluiría entre los de
Boedo.
En 1927 trabaja en el diario
Crítica como cronista policial y en el diario
El Mundo aparecen sus célebres columnas: Aguafuertes porteñas
(1928/35) y algunos de
sus cuentos como "Insolente jorobadito",
que dará título a la antología El jorobadito
(1933).
Su segunda novela, Los
siete locos (1929), y su continuación, Los
lanzallamas (1931), son ambas ambientadas
entre rufianes, locos y mesías envueltos en un
vacío existencial e inmersos en una sociedad
putrefacta. El amor brujo (1932) es un
alegato contra la falsa moral del matrimonio
burgués.
Incursiona en el teatro con 300
millones, Prueba de amor, Saverio el cruel,
El fabricante de fantasmas, La
isla
desierta
(1937), Africa (1938), La
fiesta del hierro (1940), La juerga de los
polichinelas y Un hombre sensible,
ambas de 1934 y El desierto entra en la ciudad
(1940).
En sus viajes por España, África y
Sudamérica se inspira para las Aguafuertes
españolas y africanas, el cuento "El
criador de gorilas" (1941) y "Un viaje
terrible" (1941). De regreso en Buenos Aires en
1935, escribe brevemente sobre cine y hace crítica
internacional. En 1940 enviuda y se casa
nuevamente.
Ha sido uno de los pioneros en
introducir en el escenario literario la
marginalidad del ámbito urbano. Alterna la
realidad con expresiones de tipo fantástico y
absurdo. La crítica se ha interesado en los
aspectos formales y técnicos de su prosa. Ha sido
traducido a numerosos idiomas y adaptado al cine (Noche
terrible, Los siete locos de L. Torre
Nilson, El juguete rabioso de J. M.
Paolantonio, Saverio el cruel en
versión libre de R. Willicher).
Murió imprevistamente de un ataque cardíaco el 26
de julio de 1942. El reconocimiento a su talento
es póstumo y se inicia con Raúl Larra quien
publica Roberto Arlt, el torturado (1950).
|
|
No te diré nunca cómo fui
hundiéndome, día tras día, entre los hombres perdidos,
ladrones y asesinos, y mujeres que tienen la piel del
rostro más áspera que cal agrietada. A veces, cuando
reconsidero la latitud a que he llegado, siento que en
mi cerebro se mueven grandes lienzos de sombra, camino
como un sonámbulo y el proceso de mi descomposición me
parece engastado en la arquitectura de un sueño que
nunca ocurrió.
Sin embargo, hace mucho
tiempo que estoy perdido. Me faltan fuerzas para
escaparme a ese engranaje perezoso, que en la sucesión
de las noches me sumerge más y más en la profundidad
de un departamento prostibulario, donde otros
espantosos aburridos como yo soportan entre los dedos
una pantalla de naipes y mueven con desgano fichas
negras o verdes, mientras que el tiempo cae con gotear
de agua en el sucio pozal de nuestras almas.
Jamás le he hablado a
ninguno de mis compañeros de ti, ¿y para qué?
La única informada de tu
existencia es Tacuara. Apretando en el bolsillo un
rollo de dinero, entra a la pieza después de las
cuatro de la madrugada. El pelo de Tacuara es lacio y
renegrido; los ojos oblicuos y pampas; la cara redonda
y como espolvoreada de carbón, y la nariz chata.
Tacuara tiene una debilidad: es la lectura de la "Vida
Social", y una virtud, la de gustarle a los
descargadores de naranjas y hombres de la ribera de
San Fernando.
Ceba mate mientras yo,
espatarrado en la cama, pienso en ti, a quien he
perdido para siempre.
Lo dificultoso es
explicarte cómo fui hundiéndome día tras día.
A medida que pasan los
años, cae sobre mi vida una pesada losa de inercia y
acostumbramiento. La actitud más ruin y la situación
más repugnante me parece natural y aceptable. Me falta
extrañeza para recordar los muros de los calabozos
donde he dormido tantas veces.
Pero a pesar de haberme
mezclado con los de abajo, jamás hombre alguno ha
vivido más aislado entre estas fieras que yo. Aún no
he podido fundirme con ellos, lo cual no me impide
sonreír cuando alguna de estas bestias la estropea a
golpes a una de las desdichadas que lo mantiene, o
comete una salvajada inútil, por el solo gusto de
jactarse de haberla realizado.
Muchas veces acude tu
nombre a mis labios. Recuerdo la tarde cuando
estuvimos juntos, en la iglesia de Nueva Pompeya.
También me acuerdo del podenco del sacristán.
Empinando el hocico y el paso tardo, cruzaba el
mosaico del templo por entre la fila de bancos... pero
han pasado tantos cientos de días, que ahora me parece
vivir en una ciudad profundísima, infinitamente abajo,
sobre el nivel del mar. Una neblina de carbón flota
permanente en este socavón de la infrahumanidad; de
tanto en tanto chasquea el estampido de una pistola
automática, y luego todos volvemos a nuestra postura
primera, como si no hubiera ocurrido nada.
Incluso he cambiado de
nombre, de manera que aunque a todos los que pasan les
preguntaras por mí, nadie sabría contestarte. Sin
embargo, vivimos aquí en la misma ciudad, bajo
idénticas estrellas. Con la diferencia, claro está,
que yo exploto a una prostituta, tengo prontuario y
moriré con las espaldas desfondadas a balazos mientras
tú te casarás algún día con un empleado de banco o un
subteniente de la reserva. Y si me resta tu recuerdo
es por representar posibilidades de vida que yo nunca
podré vivir. Es terrible, pero rubricado en ciertos
declives de la existencia, no se escoge. Se acepta.
Estalló tu recuerdo una
noche que tiritaba de fiebre arrojado al rincón de un
calabozo. No estaba herido, pero me habían golpeado
mucho con un pedazo de goma y la temperatura de la
fiebre movía ante mis ojos paisajes de perdición.
Grisáceo como el trozo de
un film, pasaba el recuerdo del primer viaje que
efectué a un prostíbulo de provincia, con Tacuara. Era
la una de la tarde y un coche desvencijado nos llevaba
por un callejón sombrío, acolchado de polvo. El sol
centelleaba en el muro rojo del prostíbulo, y frente a
la puerta de chapa de hierro engastada en la muralla
de ladrillo había un pantano de orines y un poste para
atar los caballos. El viento hacia chirriar en su
soporte un farol de petróleo.
Nunca olvidaré. El macró
judío me adelantó cincuenta latas sobre el trabajo de
la mujer en la semana, y entonces marché a
entrevistarme con el jefe político y el comisario...
Estas iniquidades pasaban por mi memoria mientras
estaba tendido en el piso de portland del calabozo. A
momentos creía que iba a morir. Entreabría los
párpados y distinguía murallas rodeadas de otros
cercos por otros subsuelos, y durante un minuto mi
vida transcurrió el espacio de un siglo en el fondo de
los calabozos. Otros hombres, como yo, tenían los
pulmones machucados a golpes de goma. Una cuña de gran
sufrimiento me partió el cerebro, y más allá de la
ferocidad de todos nosotros, oprimidos u opresores,
más allá de la dureza de las grises piedras cuadradas,
distinguí tu semblante pálido y la almendra aceituna
de tus ojos.
Fue un martillazo en la
sensibilidad. Nunca pude despierto imaginarme tu
rostro con la nitidez que en la vorágine del delirio
destacaba su relieve, luego la obsesión del castigo me
volcó en la crueldad del interrogatorio. Me indagaban
a golpes por el asesinato de una mujer con la cual
nada tenía que ver.
Después salí. Más tarde me
detuvieron otra vez. En la sombra me acompañaba tu
recuerdo y en la vida, fiel como una perra, la mulata
Tacuara.
¡Tacuara! ¿A dónde no
habré ido con Tacuara?
Por ella conocí el
asqueroso aburrimiento complicado con olores de polvo
de arroz de los lenocinios de provincias, la regenta
en chancletas cuidando un brasero que enceniza el piso
de la sala, el mate que rueda lentamente entre las
manos de diez rameras pitañosas, el viento que sacude
la madera de los postigos porque los vidrios están
rotos y se han sustituido los cristales con alambre de
fiambrera, mientras llega desde afuera el ruido
informe de un carro de ruedas gigantescas, cargado con
una pirámide de bolsas de maíz, y el látigo chasquea
junto a las orejas de los ocho caballos envueltos en
grandes nubes de tierra amarilla.
Por Tacuara conocí los
prostíbulos más espantosos de provincias. Aquellos en
que la pieza no tiene cama, sino un jergón de chala
tirado en el suelo de ladrillos, y mujeres con labios
perforados de chancros sifilíticos. He comido sopa de
locro y he bailado tangos más siniestros que agonía en
salas tan inmensas como cuadras de un cuartel. Había
allí bancos de madera sin cepillar y en los rincones
negras sosteniendo con un brazo a un recién nacido a
quien amamanta con un pecho, mientras que para no
perder tiempo con la mano libre le desprendían los
pantalones a un ebrio rijoso.
¡A dónde no habré ido con
Tacuara!
En su compañía he
recorrido todo el sur de la provincia, Bahía Blanca,
Marcos Juárez y Azul, después estuvimos en Rosario de
Santa Fe, Córdoba, Río Cuarto, Villa María y Bell
Ville.
Con el auxilio de los
políticos, a veces fui timbero y otras despaché
chinchulines y parrilla criolla en bodegones montados
a la orilla de establecimientos donde trabajaba con
todos los hombres mi único amor.
Viajamos por agua.
Estuve en Paraná,
Corrientes, Misiones. Pasé a Santa Ana do Livramento,
Río Grande do Sul, San Pablo. En San Pablo, al
expulsarme de la ciudad los carabineros, me tiraron
encima de un vagón de carga y me rompieron tres
costillas. Pasamos a Río de Janeiro, y Tacuara se
inscribió en un prostíbulo de Laranyeiras. La casa de
piedra mostraba en el frontín un mosaico con la Virgen
y el Niño, y bajo el mosaico una lámpara eléctrica que
iluminaba una garita abierta en la pared y entrelazada
de perpendiculares barras de hierro a la altura de la
cintura. En esta hornacina, tiesa como una estatua, de
pie, Tacuara hacia cinco horas de guardia. A través de
las rejas los hombres que le apetecían podían tocarle
las carnes para constatar su dureza. En aquel barrio
de mil prostitutas, y adornado de palmas y Cirios los
días de Pascua, un retén de gendarmes, armados de
carabinas, mantenían el orden para evitar que catangas
y marineros se liaran a cuchilladas.
Volvimos a Buenos Aires.
Yo extrañaba mi calle Corrientes, y ella su dormitorio
con olor a naranjas en la barrera de San Fernando y el
dulce y monótono zumbido de las sierras de las
cajonerías para fruta del Delta.
Y así, fui hundiéndome día
tras día, hasta venir a recalar en este rincón de
Ambos Mundos. Aquí es donde nos reunimos Cipriano,
Guillermito el Ladrón, Uña de Oro, el Relojero y Pibe
Repoyo.
Por la noche llegan
perezosamente hasta la mesa de junto a la vidriera, se
sientan, saludan de soslayo a la muchacha de la
victrola, piden un café y en la posición que se han
sentado permanecen horas y más horas, mirando con
expresión desgarrada, por el vidrio, la gente que
pasa.
En el fondo de los ojos de
estos ex hombres se diluye una niebla gris. Cada uno
de ellos ve en sí un misterio inexplicable, un nervio
aún no clasificado, roto en el mecanismo de la
voluntad. Esto los convierte en muñecos de cuerda
relajada, y este relajamiento se traduce en el
silencio que guardamos. Nadie aún lo ha observado,
pero hay días que entre cuatro apenas si pronunciamos
veinte palabras.
De un modo o de otro hemos
robado, algunos han llegado hasta el crimen; todos,
sin excepción, han destruido la vida de una mujer, y
el silencio es el vaso comunicante por el cual nuestra
pesadilla de aburrimiento y angustia pasa de alma a
alma con roce oscuro. Esta sensación de aniquilamiento
torvo, con las muecas inconscientes que acompañan al
recuerdo canalla, nos pone en el rostro una máscara de
fealdad cínica y dolorosa.
¡Y qué prójimos los
nuestros! ¡Qué historias las que pueden contar!
Por ejemplo... el negro
Cipriano: es rechoncho como un ídolo de chocolate.
En otros tiempos trabajó
de cocinero en un prostíbulo. Cuenta, y
orgullosamente, que vestido de blanco le servía a una
escogida concurrencia de rufianes y macrós un congrio
aderezado en una bandeja de plata.
Aunque no lo diga, se
enternece evocando los paisajes sonrosados.
Los ojos se le humedecen e
inundan de venitas de sangre, y bien se comprende:
siente nostalgia de los tiempos en que era confidente
de la regenta. Ésta, con las tetas volcadas entre las
puntillas de su peinador, prostituía menores de
catorce años, para servirlas a la voracidad de
terribles magistrados y potentados ancianos. Luego
secreteaba con Cipriano cuanto había ganado, y el
negro era feliz, se comprendía el hombre de confianza
de la casa. No se llega impunemente a estas alturas.
Con los achocolatados párpados entreabiertos y las
quijadas apoyadas en los puños, Cipriano, como un
yacaré que sueña con la manigua, persigue con ojos
amarillos fabulosas memorias, fiestas de traficantes
polacos y marselleses, rufianes grasientos como fardos
de sebo, e implacables como verdugos.
Estos hombres tenían la
piel del cogote más roja que el colodrillo de los
pavos, y ricitos de oro se escapaban por los agujeros
de las narices y las orejas.
Despreciaban profundamente
los países donde medraban, les escupían en la cara a
los empleados de policía inferiores, y compraban a los
jefes políticos con cheques que firmaban guiñando un
ojo socarronamente.
Cipriano sabe muchas
cosas, y cuando se le apura, confiesa que nada le
agrada tanto como violar a un muchachito, o acostarse
con un marinero de la Martinica.
Y sin embargo sonríe con
la ingenuidad de un monstruo jovial.
Nadie, viéndolo, pensaría
que él, el cocinero de los prostíbulos, era además el
encargado de tatuarle con un látigo rayas moradas en
las nalgas a las prostitutas desobedientes. Cuando
recuerda las mujeres que castigó, sonríe con dulzura
de hipopótamo resoplando agua y barro en el cañaveral
de una manigua.
Y más dulzura bondadosa
encierra su sonrisa, al rememorar los menores que
violó, dramas de leonera, un chico maniatado por cinco
ladrones que le apretaban contra el suelo tapándole la
boca, luego ese grito de entraña roto que sacude como
una descarga de voltaje el cuerpo sujetado... y la
fila de hombres, que con los pantalones sostenidos con
una mano, aguardan turno, mientras que el cuerpo del
niño perforado por un dolor terrible se arquea y luego
cae exánime.
Y si alguien, para
mofarse, le pregunta qué es lo que prefiere, una
muchacha o un ladroncito, Cipriano que se jacta de
haber "desmayado grandes", entrecierra los ojos y hace
rechinar los dientes. Como un cocodrilo adormilado en
la marisma, apetece la inmundicia, y sólo cuando está
muy contento dice algunas palabras en un dulce francés
de la Martinica.
Por otra parte es muy
católico y siempre que pasa ante una iglesia se
descubre respetuosamente.
Tosiendo penosamente se
sienta algunas veces a nuestra mesa Angelito el
Potrillo, ratero y tuberculoso.
Tiene treinta años de
edad, de los cuales ha pasado diez en el cuadro
quinto, cansado de repetir siempre la misma infracción
inexistente "portación de armas".
Lo perdieron las malas
juntas.
Cuando se enoja
tartamudea. Con la visera de la gorra hundida sobre
los ojos se sumerge en intrincados problemas de
ajedrez, y se jacta de ser campeón de damas, y aunque
ello es verosímil, para expresar sus ideas utiliza un
procedimiento un poco absurdo. Por ejemplo, dice del
Japonés, un ladrón oscuro y feroz, que siempre
encuentra laudables pretextos para desenvainar el
cuchillo:
—Es como una niña.
Indudablemente, resulta
dificultoso comprender qué es lo que entiende por "una
niña" Angelito el Potrillo.
Cuando Angelito está bien
de salud y no se encuentra preso, desaparece durante
un tiempo de la ciudad en compañía del Japonés.
Recorren el interior explotando el cuento de "filo
misho" y otros ardides más o menos sutiles, pues
Angelito el Potrillo no es como aquellos perdularios
que no practican sino su especialidad, sino que a él,
"le da tanto un barrido como un fregado".
Por ahora Angelito está
muy débil y no viaja.
Permanece horas y horas
con una sien apoyada en el vidrio, mirando hacia la
calle, y los pesquisas que pasan saben que él está
enfermo, que no puede robar y no lo detienen. Incluso
algunos lo saludan y Angelito hace un gesto ahuecado
en sonrisa. Dice que "es un consuelo saber que se va a
morir entre la consideración de la gente correcta".
¡No te diré como fui hundiéndome día tras día!
Ahora cada uno de nosotros
lleva un recuerdo terrible que es una bazofia de
tristeza. Ayer... hoy .. mañana...
Hundiéndome día tras día.
Cómo explicar este
fenómeno que deja libre la inteligencia, mientras los
sentimientos embadurnados de inmundicia nos aplastan
más y más en toda renunciación a la luz. Por eso la
mala palabra nos muequea en la jeta, y para cada
rostro de mujer la mano se nos crispa en una tentación
de cachetada, porque junto a nosotros no se encuentra
aquella, la preciosísima que nos destrozó la vida en
una encrucijada del tiempo que fue. ¿Para qué hablar?
Si todo lo dice el silencio de sombras que entolda el
bar amarillo, donde se inclinan las cabezas que ya no
tienen esperanzas terrestres. Fieras enjauladas,
permanecemos tras los barrotes de los pensamientos
residuos, y por eso es que la sonrisa canalla se
despega tan dificultosamente del semblante encolado en
una contracción de aburrimiento perrero.
Los días son negros, las
noches más encajonadas que calabozos.
A veces pasa tu recuerdo
por mi memoria como una estrella de siete puntas, y
Tacuara como si adivinara tu tránsito celeste por mi
vida, me examina rápidamente de pies a cabeza y me
dice como si ella fuera mi igual:
—¿Qué te pasa? ¿Te duele
el corazón?
Su ojo derecho se
entrecierra casi, alarga el cuello, frunce los labios
finos, y a medias torcida como si hubiera quedado
desfigurada por una hemiplejia, me pregunta:
—¿Te acordás de ella?
No te diré cómo fui
hundiéndome día tras día. Quizá ocurrió después del
horrible pecado. La verdad es que fui quedando
aislado.
Caminaba como antes por
las calles, miraba los objetos que se exhiben en las
vitrinas, y hasta me detenía sorprendido frente a
ciertas ingeniosidades de la industria, mas la verdad
es que estaba horriblemente solo.
Alguna que otra vez sentía
en mis mejillas el frío roce de un alma que me buscaba
por la tierra con su pobre pensamiento encadenado. Un
escalofrío se descargaba entonces a través de los
intersticios de mis vértebras.
Luego la noche del
pensamiento caía sobre mí y estuve mucho tiempo
sumergido en el crepúsculo que ya no era terrestre, y
tal como deben conocerlo aquellos que la medicina
clasifica con el nombre de idiotas profundos.
Llegué así por
descendimientos progresivos hasta la miseria de esta
amistad silenciosa, en la que los infaltables son Uña
de Oro, el Pibe Repoyo y el Relojero.
El Relojero no habla
nunca. A lo más sonríe melancólicamente. De vez en
cuando le suministra a su "señora" una paliza brutal,
y si Guillermito el Ladrón le pregunta por qué le
pega, el Relojero se encoge de hombros, sonríe
dolorosamente y contesta después de rumiar largo rato
su respuesta:
—Qué sé yo. Será porque
estoy aburrido.
Guillermito cuida el
físico, gasta reloj pulsera de oro, se da fomentos
faciales y rayos ultravioletas, pero en la frente
tiene el croquis de una arruga rápida, crispación que
anticipa el gesto de echar la mano a la cintura para
sacar el revólver y resolver un asunto de vida o de
muerte. Jamás ha robado en la ciudad, y siempre
conversa de instalar una timba. Aspira como yo lo fui
en otros tiempos, a ser dueño de un recreo con
parrilla criolla, pero aún no dispone del necesario
capital y sus opiniones políticas no pueden ser más
estúpidas.
Está con Yrigoyen y la
democracia.
Uña de Oro seduce a las
"loquitas" con su perfil de gavilán y los
transparentes ojos verdosos y la crueldad felina de
sus maxilares que acompañan el impulso de las sienes
huidas hacia las orejas puntiagudas. Cuando está
cansado apoya los brazos en la mesa, agacha la cabeza
y se duerme en la turbamulta del café, con ronquido
feroz.
¿Es necesario describir
estas cosas simples, bestiales, primitivas?
Nos comunicamos con el
silencio. Un silencio que se descarga en la mirada o
en una inflexión de los labios respondiendo con un
monosílabo a otro monosílabo. Cada uno de nosotros
está sumergido en un pasado oscuro donde los ojos de
tanto haber fijado, se han inmovilizado como los de
cretinos que miran absurdamente un rincón sucio.
¿Qué miramos?
No te lo podría decir. Sé
que por donde he ido me he acordado de ti, y que
llegué a profundidades increíblemente tristes. Ahora
mismo.. cierro los ojos, como Uña de Oro cargo la
frente sobre el dorso de las manos... pero no duermo.
Pienso que es triste no saber a quién matar.
De pronto el choque del
cubilete de los dados revienta en mis oídos como la
descarga de un revólver, levanto la cabeza y revuelvo
una saliva de veneno. La vida continúa siempre igual,
adentro y afuera, y este silencio es una verdad, un
intervalo donde descansa nuestra expectativa de una
mala noticia, ya que es necesario aguardaría siempre,
aguardaría siempre en el desconocido que entre
inopinadamente al café o en el temblequeo de la
campanilla del teléfono.
Jugando a los naipes o al
dominó, volteando dados o una moneda, bajo la
apariencia de olvido persiste una constante tensión
nerviosa, una especie de "alerta está", vigilancia
inconsciente, sobresalto imperceptible que mueve
permanentemente los párpados y las pupilas, en un
soslayar siniestro.
Ningún desconocido al
entrar a este café escapa a ese examen, tendido en
invisible abanico de noventa grados, sobre el círculo
de los naipes o las geometrías blancas y negras de las
fichas de dominó.
Cuando no se juega, los
mentones descansan engastados en las palmas de las
manos. El cigarrillo se consume lentamente en el
vértice de los labios y entonces... cuando menos se
espera aparece el sufrimiento sordo, una como
nostalgia de las entrañas que ignoran lo que quieren,
arruga las frentes, ¡ah! cómo explicar esta
desesperación, nos lanzamos a la calle, vamos hacia
los departamentos donde nunca falta una atorranta con
la cual acostarse, y desfogar babeando en un mal sueño
este dolor que no se sabe de dónde viene ni para qué.
Y es que todos llevamos
adentro un aburrimiento horrible, una mala palabra
retenida, un golpe que no sabe dónde descargarse, y si
el Relojero la desencuaderna a puntapiés a su mujer,
es porque en la noche sucia de su pieza, el alma le
envasa un dolor que es como desazón de un nervio en un
diente podrido.
Y cuando este dolor, que
ellos ignoran con qué palabras se puede nombrar,
estalla en un corazón, el que permanecía callado
barbotea una injuria, y por resonancia los otros
también responden, y de pronto la mesa que hasta ese
momento parecía un círculo de dormidos se anima de
injurias terribles y de odios sin razón, y sin saber
cómo surgen agravios antiguos y ofensas olvidadas. Y
si no llegan a las manos es porque nunca falta un
comedido que interviene a tiempo y recuerda con
melifluo palabrerío las consecuencias de la gresca.
Una fiesta que no hay
dinero con qué pagarla, es la llegada de desconocidos
y amigos perdidos a la mesa. Vienen del interior. Han
estado robando en provincias. O purgando una pena en
la cárcel. O estafando en los trenes. Pero, tengan la
cabeza rapada o melenuda, no importa: sus historias y
su dinero bien valen la acogida que se les hace; y
entonces por un minuto el mozo se soflama. Tal
diversidad de bebidas solicitan los gaznates
distintos. Una alegría espantosa estalla en el
interior de cada fiera, y siguiendo el impulso de una
vanidad inexplicable, de un orgullo demoníaco, se
habla... Si se habla es de cacerías de mujeres en el
corazón de la ciudad, su persecución en los
clandestinos de extramuros donde se ocultan; si se
habla, es de riñas con bandas enemigas que las han
raptado, de asaltos, de emboscadas, de robos,
escalamientos y fracturas. Si se habla es de viajes en
transportes nacionales a "la tierra", si se habla es
de la cárcel, de las eternas noches en la "berlina"
(calabozo triangular donde el detenido no puede
acostarse ni sentarse), si se habla es de los
procedimientos de los jueces, de los políticos a
quienes están vendidos, de los pesquisas y sus
ferocidades, de interrogatorios, careos, indagatorias
y reconstrucciones, si se habla es de castigos,
dolores, torturas, golpes sobre el rostro, puñetazos
en el estómago, retorcimiento de testículos, puntapiés
en las tibias, dedos prensados, manos retorcidas,
flagelaciones con la goma, martillazo con la culata
del revólver... si se habla es de mujeres asesinadas,
robadas, fugitivas, apaleadas...
Siempre los mismos temas:
el crimen, la venalidad, el castigo, la traición, la
ferocidad. Lentamente humean los cigarros. Cada frente
crispa un mal recuerdo. En una distancia. Luego
sobreviene el silencio. Los desconocidos se marchan
acompañados del camarada que los presentó.
Entonces las miradas
recorren las mesas próximas, se detienen en la
muchacha que atiende la victrola, estalla un
comentario breve y cruel como un petardo, una sonrisa
fría encrespa algún labio, ya que se sabe con quién
está por caer la desgraciada, incluso el que la ronda
ya ha anticipado el número de palizas que le
suministrará, un fósforo crepita al encenderse entre
dos dedos y el humo azulento sube despacio hacia el
plafond.
¡Oh! cuántas, cuántas
cosas se cuentan en pocas palabras en estas
interminables noches negras
Una vez es Guillermito,
otras Uña de Oro. Uña de Oro, por ejemplo, cuenta cómo
fue que una vez le atravesó con un cortaplumas la
palma de la mano a una mujer.
Ella quería irse a vivir
con él, y Uña le preguntó si estaba dispuesta a darle
una prueba de amor, y cuando la meretriz le preguntó
en qué consistía la prueba de amor, él le contestó:
dejarse atravesar la mano con un cuchillo, y como ella
accedió, le clavó la mano en la tabla de la mesa.
Relatos de esta índole son
frecuentes, pero para qué criticar las ferocidades
inútiles. Todos estamos conscientes que en un momento
dado de nuestras vidas, por aburrimiento o angustia,
seremos capaces de cometer un acto infinitamente más
bellaco que el que no condenamos. A decir la verdad,
aploma a nuestras conciencias un sentimiento
implacable, quizá la misma fiera voluntad que encrespa
a las bestias carniceras en sus cubiles de los bosques
y las montañas.
Además, conocemos muchas
tristezas que ni el mismo naipe es capaz de disolver,
hastíos semejantes a chalecos de fuerza ciñen nuestros
instintos hasta el día que caigamos bajo el cuchillo
de un enemigo, o la bala de alguien que hace mucho
tiempo nos está esperando entre las tinieblas. Porque
a cada uno de nosotros, lo espera alguien.
Después de haber vivido de
esta manera, es lógico estar colmado de un silencio
tan hosco, mudez de fiera que ha recibido de la vida
una fuerza maldita, utilizable sólo en los bajíos del
mal.
Ahora en la mesa del café,
bajo las luces amarillas, blancas y azules, el
silencio constituye un reposo. Tenemos necesidad de un
poco de descanso, para que se asienten nuestras
infamias calladas, nuestros crímenes flojos.
La música retoba el
aburrimiento
Un tango antiguo nos
recuerda un momento carcelario, otros la noche del
hallazgo de una mujer, otros un instante terrible de
cuando andábamos en la mala.
Si el tango se hace
bronco, un espasmo nos retuerce el alma. Se recuerda
entonces el placer rojo y terrible de aplastarle a
puñetazos la cara a una mujer, o también el goce de
bailar trenzados con una hembra esquiva en una milonga
asesina, o también el primer dinero que nos dio la
mujer que nos inició en la vida, billete de diez pesos
que ella sacó de la liga y que nosotros recibimos con
alegría temblorosa porque ese dinero lo había ganado
acostándose con otros.
Lloro de bandoneones que
lo despeina a uno en dulces recuerdos, primeras
emociones agridulces de vida de cafishio: la mujer que
va por la calle con un hombre; la mujer que ríe en la
mesa acompañada de tres hombres, sensación de
procacidad y ráfaga; la mujer que durante la noche ha
hecho la recorrida del café y la pieza del brazo de
clientes que pasaban ante los ojos, emoción que colma
la expectativa de algunas palabras susurradas
subrepticiamente: "Esperá un momento, querido, que
pronto me desocupo".
El tango nos empenacha el
alma del recuerdo de primitivas alegrías: la mujer de
todos pavoneándose en compañía de aquel a quien le
regala su dinero, la gente mirándonos al pasar, los
giles asombrándose de las pornografías de la
conversación, las tenidas en las piezas de las amigas,
las presentaciones de rigor: "Le presento a mi
marido".
Tardes de lluvia
desperdigadas entre largas rondas de mate, la victrola
en un rincón, la bandeja de masas arrumbada entre
tarros de gomina. Si la mujer hace la calle, la
reglamentaria despedida a las cuatro, el "hasta luego
querido", el "tené cuidado con los tiras, nena" y la
mujer que en el instante de la despedida siempre tiene
un gesto raro, casi doloroso al principio en el oficio
y que mediante un esfuerzo de voluntad recubre su
rostro de una máscara de impasibilidad convirtiéndose
instantáneamente en otra, mezclándose a los
transeúntes con el tardo paso de la yiranta.
Inmediatamente a uno le cruza la mente esta
preocupación: "En fija la encanan hoy" o "¿No será la
última vez que la veo hoy?"
Por eso, cuando en el
silencio que guardamos junto a la mesa de café,
repiquetea el timbre del teléfono, un sobresalto nos
mueve las cabezas, y si no es para nosotros, bajo las
luces blancas, bermejas o azules, Uña de Oro bosteza y
Guillermito el Ladrón barbota una injuria, y una
negrura que ni las mismas calles más negras tienen en
sus profundidades de barro, se nos entra a los ojos,
mientras tras el espesor de la vidriera que da a la
calle pasan mujeres honradas del brazo de hombres
honrados.
ir arriba
|