| |
OLGA OROZCO

Olga Orozco, hija
de Carmelo Gugliotta y Cecilia Orozco, nació en
Toay, La Pampa, el 17 de marzo de 1920. Allí
transcurrió su infancia.
Hasta los dieciséis
años vivió en Bahía Blanca y desde entonces en
Buenos Aires donde ingresa a la Facultad de
Filosofía y Letras, trabando amistad con Daniel
Devoto, Eduardo Bosco y Alberto Girri. En esta
época se inicia en la poesía.
Trabajó en
periodismo, colaboró en Canto, revista emblemática
de los cuarenta, dirigió publicaciones literarias
y se enroló en el surrealismo bajo la influencia
de San Juan de la Cruz, Rimbaud, Nerval,
Baudelaire, Milosz y Rilke.
Perteneció, junto a
Oliverio Girondo, a la generación surrealista
Tercera Vanguardia. Con Enrique Molina, entre
otros, comparte la generación del cuarenta llamada
neoromántica.
Merced a su voz
profunda y elocuente fue actriz de radioteatro,
encarnando entre 1947 y 1954 el personaje: Mónica
Videla. En Radio Splendid trabajó en la compañía
de Nidia Reynal y Hector Coire.
En los años sesenta
fue redactora de la revista Claudia, y bajo
distintos seudónimos fue consultora sentimental y
respondía consultas astrológicas.
Ha sido traducida a
varios idiomas y recibió múltiples distinciones:
Premio Municipal de Poesía, Premio de Honor de la
Fundación Argentina 1971, Gran Premio del Fondo
Nacional de las Artes, Premio Esteban Echeverría,
Gran Premio de Honor de la SADE, Premio Nacional
de Poesía 1988, Láurea de Poesía de la Universidad
de Turín, Premio Gabriela Mistral otorgado por la
OEA, Premio Juan Rulfo 1998.
Su obra incluye:
Desde lejos (1946), Las Muertes (1951),
Los Juegos Peligrosos (1962), La
oscuridad es otro sol (1962), Museo Salvaje
(1974), Cantos a Berenice (1977),
Mutaciones de la realidad (1979), La noche
a la deriva (1984), En el revés del cielo
(1987), Con esta boca, en este mundo
(1994), También luz es un abismo (1995) y
Relámpagos de lo Invisible (1998).
Dueña de una
inspiración lírica y de un lenguaje penetrante, la
obra de Olga Orozco es de una coherencia notable.
Tal cual ella definiera al poeta como un ser
limitado e incompleto, la esencia de su poesía
trasunta un canto desgarrado en busca de la
plenitud. Su lectura emociona hasta la congoja. Su
voz, sus ojos, su palabra amplia, todo en ella
transmitía poesía.
Falleció el 15 de
agosto de 1999, luego de dos meses de internación
en una clínica de Buenos Aires en la que,
consecuente con su bajo perfil, rechazó cualquier
intento de acercamiento periodístico.
|
|
CON ESTA BOCA, EN ESTE
MUNDO...
No te pronunciaré jamás,
verbo sagrado,
aunque me tiña las encías
de color azul,
aunque ponga debajo de mi
lengua una pepita de oro,
aunque derrame sobre mi
corazón un caldero de estrellas
y pase por mi frente la
corriente secreta de los grandes ríos.
Tal vez hayas huido hacia
el costado de la noche del alma,
ese al que no es posible
llegar desde ninguna lámpara,
y no hay sombra que guíe
mi vuelo en el umbral,
ni memoria que venga de
otro cielo para encarnar en esta dura nieve
donde sólo se inscribe el
roce de la rama y el quejido del viento.
Y ni un solo temblor que
haga sobresaltar las mudas piedras.
Hemos hablado demasiado
del silencio,
lo hemos condecorado lo
mismo que a un vigía en el arco final,
como si en él yaciera el
esplendor después de la caída,
el triunfo del vocablo con
la lengua cortada.
¡Ah, no se trata de la
canción, tampoco del sollozo!
He dicho ya lo amado y lo
perdido,
trabé con cada sílaba los
bienes que más temí perder.
A lo largo del corredor
suena, resuena la tenaz melodía,
retumban, se propagan como
el trueno
unas pocas monedas caídas
de visiones o arrebatadas a la oscuridad.
Nuestro largo combate fue
también un combate a muerte
con la
muerte, poesía.
Hemos ganado. Hemos
perdido, porque ¿cómo nombrar con esa boca,
cómo nombrar en este mundo
con esta sola boca en este mundo
con
esta sola boca?
LAS MUERTES
He aquí unos muertos cuyos
huesos no blanqueará la lluvia,
lápidas donde nunca ha
resonado el golpe tormentoso
de la piel del lagarto,
inscripciones que nadie
recorrerá encendiendo la luz
de alguna lágrima;
arena sin pisadas en todas
las memorias.
Son los muertos sin
flores.
No nos legaron cartas, ni
alianzas, ni retratos.
Ningún trofeo heroico
atestigua la gloria o el oprobio.
Sus vidas se cumplieron
sin honor en la tierra,
mas su destino fue
fulmíneo como un tajo;
porque no conocieron ni el
sueño ni la paz en los
infames lechos vendidos
por la dicha,
porque sólo acataron una
ley más ardiente que la ávida
gota de salmuera.
Esa y no cualquier otra.
Esa y ninguna otra.
Por eso es que sus muertes
son los exasperados rostros
de nuestra vida.
SE DESCOLGÓ EL SILENCIO
Se descolgó el silencio,
sus atroces membranas
desplegadas como las de un murciélago
anterior al diluvio,
su canto como el cuervo de
la negación.
Tu boca ya no acierta su
alimento.
Se te desencajaron las
mandíbulas
igual que las mitades de
una cápsula inepta para encerrar la
almendra del destino.
Tu lengua es el Sahara
retraído en penumbra.
Tus ojos no interrogan las
vanas ecuaciones de cosas y de rostros.
Dejaron de copiar con
lentejuelas amarillas los fugaces
modelos
de este mundo.
Son apenas dos pozos de
opalina hasta el fin donde se ahoga el tiempo.
Tu cuerpo es una rígida
armadura sin nadie,
sin más peso que la luz
que lo borra y lo amortaja en lágrimas.
Tus uñas desasidas de la
inasible salvación
recorren desgarradoramente
el reverso impensable,
el cordaje de un éxodo
infinito en su acorde final.
Tu piel es una mancha de
carbón sofocado que atraviesa
la
estera de los días.
Tu muerte fue tan sólo un
pequeño rumor de mata que se arranca
y después ya no estabas.
Te desertó la tarde;
te arrojó como escoria a
la otra orilla,
debajo de una mesa
innominada, muda, extrañamente impenetrable,
allí, junto a los
desamparados desperdicios,
los torpes inventarios de
una casa que rueda hacia el poniente,
que oscila, que se cae,
que se convierte en nube.
LOS REFLEJOS INFIELES
Me moldeó muchas caras
esta sumisa piel,
adherida en secreto a la
palpitación de lo invisible
lo mismo que una gasa que
de pronto revela figuras
emboscadas en la vaga
sustancia de los sueños.
Caras como resúmenes de
nubes para expresar la intraducible travesía;
mapas insuficientes y
confusos donde se hunden los cielos
y
emergen los abismos.
Unas fueron tan leves que
se desgarraron entre los dientes
de una
sola noche.
Otras se abrieron paso a
través de la escarcha, como proas de fuego.
Algunas perduraron
talladas por el heroico amor en la
memoria
del espejo;
algunas se disolvieron
entre rotos cristales con las primeras nieves.
Mis caras sucesivas en los
escaparates veloces de una historia
sin paz
y sin costumbres:
un muestrario de nieblas,
de terror, de intemperies.
Mis caras más inmóviles
surgiendo entre las aguas de un ágata
sin
fondo que presagia la muerte,
solamente la muerte,
apenas el reverso de una sombra estampada
en el
hueco de la separación.
Ningún signo especial en
estas caras que tapizan la ausencia.
Pero a través de todas,
como la mancha de ácido que traspasa
en el
álbum los ambiguos retratos,
se inscribió la señal de
una misma condena:
mi vana tentativa por
reflejar la cara que se sustrae y que me excede.
El obstinado error frente
al modelo.
ir arriba
|