| |
NICOLAI GOGOL

Nikolai Vasilievich
Gogol nació el 19 de marzo de 1809 en Sorochincy
(gobierno de Poltava), Rusia.
En 1828 se trasladó a San
Petersburgo en compañía de su madre, luego de
cursar sus estudios en Niezin, donde escribió su
primera obra, el pequeño poema Hans Küchelgarten.
Sus comienzos en
las letras no fueron auspiciosos. Luego de algunos
intentos fallidos decidió dejar Rusia para marchar
a América, pero solo permaneció un mes en el
extranjero.
En 1830 trabajó
como empleado en un ministerio, y tiempo más tarde
lo hizo como profesor de historia. Bajo el
estímulo de Pushkin y Jukovski, a quienes
frecuentaba, recibió la sugerencia de dedicarse a
la poesía de corte romántico.
Su presentación
literaria fueron algunas narraciones contenidas en
el volumen Veladas en la finca de
Dikanka (1832).
En su segunda
colección de relatos, Mirgorod (1835),
obtiene repercusión en el medio con algunos
títulos incluidos en ella: Taras Bulba
(novela histórica), Terratenientes de antaño,
etc., donde evoca la vida ucraniana fundiendo los
elementos realistas con los fantásticos y
románticos.
En ese mismo año,
1835, aparece un nuevo título, Arabescos,
en el que incluye algunos cuentos (Apuntes de
un loco, El retrato, La nariz, etc.), que
junto con El Abrigo, integran el grupo de
sus mejores narraciones breves.
En el terreno
dramático, Gogol tocó distintos argumentos a los
que más tarde recurriría para recrearlos en sus
novelas entre las cuales las más conocidas son:
Jugadores (1832), El Casamiento y El
Inspector (1836).
El estreno de la
última mencionada levantó una encendida polémica
que motivó su traslado a Italia (1836 a 1848).
A su regreso
publicó la primera parte de Almas muertas
(1842), iniciada en Italia, una desolada
perspectiva de la sociedad rusa contemporánea.
Esta obra fue concebida no como una novela sino
como un poema en tres partes en analogía con los
tres cantos de la Comedia dantesca.
De esta publicación
se dice que es la primera novela moderna rusa. La
galería de personajes presentados en forma amena,
hace su lectura realmente agradable.
La presentación de
este trabajó no fue bien recibida. El traspié lo
impulsó a persistir tenazmente con una segunda
parte cuyo manuscrito, él mismo quemó en vísperas
de su muerte.
Las dos partes
restantes debían representar el Purgatorio y
Paraíso a modo de purificación.
Con Fragmentos
escogidos de la correspondencia con los
amigos, una suerte de código moral, religioso
y artístico, buscó expiar ignotas culpas antes de
su muerte, ocurrida en Moscú el 21 de febrero de
1852 a causa de una fiebre tifoidea.
Antes había
realizado una peregrinación a Jerusalén impulsado
por el fervor religioso, de la que regresó enfermo
de cuerpo y alma.
Realista o
romántico, más allá de las discusiones
doctrinarias, Gogol ocupar un lugar destacado
dentro de la literatura rusa.
|
|
I
En
marzo, el día 25, sucedió en San Petersburgo un hecho
de lo más insólito. El barbero Iván Yákovlevich,
domiciliado en la Avenida Voznesenski (su apellido no
ha llegado hasta nosotros y ni siquiera figura en el
rótulo de la barbería, donde sólo aparece un caballero
con la cara enjabonada y el aviso de “También se hacen
sangrías”), se despertó bastante temprano y notó que
olía a pan caliente. Al incorporarse un poco en el
lecho vio que su esposa, señora muy respetable y gran
amante del café, estaba sacando del horno unos
panecillos recién cocidos.
—Hoy no tomaré café,
Praskovia Osipovna —anunció Iván Yákovlevich—. Lo que
sí me apetece es un panecillo caliente con cebolla.
(La verdad es que a Iván
Yákovlevich le apetecían ambas cosas, pero sabía que
era totalmente imposible pedir las dos a la vez, pues
a Praskovia Osipovna no le gustaban nada tales
caprichos.) “Que coma pan, el muy estúpido. Mejor para
mí: así sobrará una taza de café”, pensó la esposa. Y
arrojó un panecillo sobre la mesa.
Por aquello del decoro,
Iván Yákovlevich endosó su frac encima del camisón de
dormir, se sentó a la mesa provisto de sal y dos
cebollas, empuñó un cuchillo y se puso a cortar el
panecillo con aire solemne. Cuando lo hubo cortado en
dos se fijó en una de las mitades y, muy sorprendido,
descubrió un cuerpo blanquecino entre la miga. Iván
Yákovlevich lo tanteó con cuidado, valiéndose del
cuchillo, y lo palpó. “¡Está duro! —se dijo para sus
adentros—. ¿Qué podrá ser?”
Metió dos dedos y sacó...
¡una nariz! Iván Yákovlevich estaba pasmado. Se
restregó los ojos, volvió a palpar aquel objeto: nada,
que era una nariz. ¡Una nariz! Y, además, parecía ser
la de algún conocido. El horror se pintó en el rostro
de Iván Yákovlevich. Sin embargo, aquel horror no era
nada, comparado con la indignación que se adueñó de su
esposa.
—¿Dónde has cortado esa
nariz? —gritó con ira—. ¡Bribón! ¡Borracho!
Yo misma daré parte de ti a la policía. ¡Habrase
visto, el bribón! Claro, así he oído yo quejarse ya a
tres parroquianos. Dicen que, cuando los afeitas, les
pegas tales tirones de narices que ni saben cómo no te
quedas con ellas entre los dedos.
Mientras tanto, Iván
Yákovlevich parecía más muerto que vivo. Acababa de
darse cuenta de que aquella nariz era nada menos que
la del asesor colegiado Kovaliov, a quien afeitaba los
miércoles y los domingos.
—¡Espera, Praskovia
Osipovna! Voy a dejarla de momento en un rincón,
envuelta en un trapo, y luego me la llevaré.
—¡Ni hablar! ¡Enseguida voy
a consentir yo una nariz cortada en mi habitación!...
¡Esperpento! Como no sabe más que darle correa a la
navaja para suavizarla, pronto será incapaz de cumplir
con su cometido. ¡Estúpido! ¿Crees que voy a cargar yo
con la responsabilidad cuando venga la policía? ¡Fuera
esa nariz! ¡Fuera! ¡Llévatela adonde quieras! ¡Que no
vuelva yo a saber nada de ella!
Iván Yákovlevich seguía
allí como petrificado, pensando y venga a pensar, sin
que se le ocurriera nada.
—El demonio sabrá cómo ha
podido suceder esto —dijo finalmente, rascándose
detrás de una oreja—. ¿Volví yo borracho anoche, o
volví fresco? No podría decirlo a ciencia cierta.
Ahora bien, según todos los indicios, éste debe ser un
asunto enrevesado, ya que el pan es una cosa y otra
cosa muy distinta es una nariz. ¡Nada, que no lo
entiendo!
Iván Yákovlevich enmudeció,
a punto de desmayarse ante la idea de que la policía
llegase a encontrar la nariz en su poder y lo
empapelara.
Le parecía estar viendo ya
el cuello rojo del uniforme, todo bordado en plata, la
espada... y temblaba de pies a cabeza. Finalmente,
agarró la ropa y las botas, se puso todos aquellos
pingos y, acompañado por las desabridas reconvenciones
de Praskovia Osipovna, se echó a la calle llevando la
nariz envuelta en un trapo.
Tenía la intención de
deshacerse del envoltorio en cualquier parte,
tirándolo tras el guardacantón de una puerta cochera o
dejándolo caer como inadvertidamente y torcer luego
por la primera bocacalle. Lo malo era que, en el
preciso momento, se cruzaba con algún conocido, que
enseguida empezaba a preguntarle:
“¿A dónde vas?, o ¿a quién
vas a afeitar tan temprano?”, de manera que a Iván
Yákovlevich se le escapaba la ocasión propicia. Una
vez consiguió dejarlo caer, pero un guardia urbano le
hizo señas desde lejos con su alabarda al tiempo que
le advertía: “¡Eh! Algo se te ha caído. Recógelo”. De
modo que Iván Yákovlevich tuvo que recoger la nariz y
guardársela en el bolsillo.
Lo embargaba la
desesperación, sobre todo porque el número de
transeúntes se multiplicaba sin cesar, a medida que se
abrían los comercios y los puestos.
Tomó la decisión de
llegarse al puente Isákievski, por si conseguía
arrojar la nariz al río Neva... Pero, a todo esto, he
de pedir disculpas por no haber dicho hasta ahora nada
acerca de Iván Yákovlevich, persona honorable bajo
muchos conceptos.
Como todo menestral ruso
que se respete, Iván Yákovlevich era un borracho
empedernido. Y aunque a diario afeitaba mentones
ajenos, el suyo estaba eternamente sin rapar. El frac
de Iván Yákovlevich (porque Iván Yákovlevich jamás
usaba levita) ostentaba tantos lamparones parduscos y
grises que, a pesar de ser negro, parecía hecho de
tela estampada; además tenía el cuello lustroso de
mugre y unas hilachas en el lugar de tres botones.
Iván Yákovlevich era un gran cínico. El asesor
colegiado Kovaliov solía decirle mientras lo afeitaba:
“Siempre te apestan las manos, Iván Yákovlevich”. A lo
que Iván Yákovlevich contestaba preguntando a su vez:
“¿Y por qué han de apestarme?” El asesor colegiado
insistía: “No lo sé, hombre; pero te apestan”. Por lo
cual, y después de aspirar una toma de rapé, Iván
Yákovlevich le aplicaba el jabón a grandes brochazos
en las mejillas, debajo de la nariz, detrás de las
orejas, en el cuello... Donde se le antojaba, vamos.
Nuestro respetable
ciudadano se encontraba ya en el puente de Isákievski.
Empezó por mirar a su alrededor, luego se asomó por
encima del pretil como para ver si había muchos peces
debajo del puente y arrojó disimuladamente el trapo
con la nariz. Notó como si le hubieran quitado de
golpe diez puds de encima: incluso esbozó una
sonrisita socarrona. Y entonces, cuando en vez de
marcharse a rapar mentones oficinescos se dirigía a
tomar un vaso de ponche en cierto establecimiento cuyo
rótulo decía: “Comidas y té”, divisó de pronto al
final del puente a un guardia de gallarda apostura y
frondosas patillas con su tricornio y su espada. Se
quedó frío: el guardia lo llamaba con un dedo y decía:
—Ven para acá, hombre.
Conocedor de las
ordenanzas, Iván Yákovlevich se quitó el gorro desde
lejos y obedeció a toda prisa con estas palabras:
—¡Salud tenga usía!
—Deja, hombre, déjate de
usías y explícame lo que estabas haciendo ahí en el
puente.
—Por Dios le juro, señor,
que iba a afeitar a un parroquiano y sólo me detuve a
mirar si llevaba mucha agua el río.
—¡Mentira! Estás mintiendo.
Pero, no te ha de valer. Haz el favor de contestar.
—Estoy dispuesto a afeitar
a vuestra merced dos veces por semana, o incluso tres,
sin rechistar —contestó Iván Yákovlevich.
—¡Quiá! Déjate de bobadas,
amigo. A mí me afeitan ya tres barberos, y lo tienen a
mucha honra. Conque haz el favor de contarme lo que
estabas haciendo allí.
Iván Yákovlevich se puso
lívido... Pero el suceso queda a partir de aquí
totalmente envuelto en brumas y no se sabe nada en
absoluto de lo ocurrido después.
II
El asesor colegiado
Kovaliov se despertó bastante temprano y resopló —”brrr...”—,
cosa que hacía siempre al despertarse, aunque ni él
mismo habría podido explicar por qué razón. Kovaliov
se desperezó y pidió un espejo pequeño que había
encima de la mesa. Quería verse un granito que le
había salido la noche anterior en la nariz. Y
entonces, para gran asombro suyo, en el lugar de su
nariz descubrió una superficie totalmente lisa. Mandó
que le trajeran agua y se frotó los ojos con una
toalla húmeda: ¡nada, que no estaba la nariz! Comenzó
a palparse, preguntándose si estaría dormido. Pero,
no; no era una figuración. El asesor colegiado
Kovaliov se tiró precipitadamente de la cama,
sacudiendo la cabeza con preocupación: ¡no tenía
nariz! Pidió su ropa al instante y partió como una
flecha a ver al jefe de policía.
A todo esto, bueno sería
decir unas palabras acerca de Kovaliov para poner al
lector en antecedentes del rango de nuestro asesor
colegiado. Los asesores colegiados que han obtenido su
título mediante estudios respaldados por
certificaciones científicas no pueden ser comparados
en modo alguno con aquellos que se han firmado en el
Cáucaso. Son dos categorías enteramente distintas. Los
asesores colegiados... Pero, Rusia es un país tan
peregrino que basta decir algo acerca de un asesor
colegiado para que, desde Riga hasta Kamchatka, se den
por aludidos todos cuantos poseen igual título... Y lo
mismo sucede con todos los demás títulos o grados.
Kovaliov era asesor colegiado del Cáucaso. Sólo hacía
dos años que ostentaba el título, hecho que no se
permitía olvidar ni por un instante. De manera que,
para darse más prestancia y fuste, nunca se presentaba
como asesor colegiado sino como mayor. “Oye, guapa,
pásate por mi casa —solía decir al cruzarse en la
calle con alguna vendedora de pecheras almidonadas—.
Está en la calle Sadóvaya. Con que preguntes dónde
vive el mayor Kovaliov, cualquiera te lo dirá.” Y si
se encontraba con una de buen palmito, precisaba
confidencialmente: “Pregunta por el piso del mayor
Kovaliov, ¿eh, preciosa?” Por eso mismo, también
nosotros llamaremos mayor a este asesor colegiado.
El mayor Kovaliov tenía el
hábito de pasear todos los días por la Avenida Nevski.
Llevaba siempre el cuello de la pechera muy limpio y
almidonado. Sus patillas eran como las que todavía
usan los agrimensores provinciales y comarcales, los
arquitectos y los médicos de regimiento, igual que los
funcionarios de policía y, en general, todos esos
caballeros de mejillas rubicundas y sonrosadas que
suelen jugar muy bien al boston: son unas patillas que
bajan hasta media cara y llegan en línea recta a la
misma nariz. El mayor Kovaliov lucía multitud de
dijes, unos de cornalina, otros con escudos labrados y
también de los que llevan grabadas las palabras
miércoles, jueves, lunes, etc. El mayor Kovaliov había
viajado a San Petersburgo para ciertos menesteres
consistentes en buscar un acomodo a tenor con su
rango: un nombramiento de vicegobernador, si lo
conseguía, o, en todo caso, el de ejecutor en algún
Departamento de fuste. El mayor Kovaliov tampoco
estaba en contra de casarse, pero sólo en el caso de
que acompañara a la novia un capital de doscientos mil
rublos. Por todo lo cual podrá comprender ahora el
lector el estado de ánimo de este mayor al descubrir
un estúpido espacio plano y liso en lugar de su nariz,
que no era nada fea ni desproporcionada.
Para colmo de males, no
aparecía ni un solo coche de punto por la calle, y el
mayor tuvo que caminar a pie, embozado en su capa y
cubriéndose la cara con un pañuelo como si fuera
sangrando. “Pero, bueno, ¿no será esto una figuración
mía? Es imposible que una nariz se extravíe así,
estúpidamente”, pensó, y entró en una pastelería, con
el solo fin de mirarse al espejo. Por fortuna, no
había parroquianos en el establecimiento. Unos
chicuelos barrían el local y ordenaban los asientos
mientras otros, con ojos de sueño, sacaban bandejas de
pastelillos recién hechos; sobre las mesas y las
sillas andaban tirados periódicos de la víspera
manchados de café. “¡Menos mal que no hay nadie! —se
dijo Kovaliov—. Ahora podré mirarme.” Se acercó
tímidamente al espejo y miró. “Pero, ¿qué demonios de
porquería es ésta? —profirió soltando un salivazo—.
¡Si por lo menos hubiera algo en lugar de la nariz!...
¡Pero, es que no hay nada!”
Salió de la pastelería
mordiéndose los labios de rabia y, en contra de sus
hábitos, decidió no mirar ni sonreír a nadie. De
pronto, se detuvo atónito a la entrada de una casa.
Ante sus ojos se produjo un fenómeno inexplicable: un
carruaje paró al pie de la puerta principal y, cuando
se abrió la portezuela, saltó a tierra, ligeramente
encorvado, un caballero de uniforme que subió con
presteza la escalinata. Cuál no sería el sobresalto, y
al mismo tiempo la estupefacción de Kovaliov al
reconocer a su propia nariz. A la vista de semejante
portento, le pareció que todo daba vueltas a su
alrededor. Notó que apenas podía tenerse en pie y, sin
embargo, decidió, aunque tiritando como si tuviera
fiebre, aguardar a toda costa a que volviera a subir
al coche. Efectivamente, a los dos minutos salió la
nariz. Vestía uniforme bordado en oro, de cuello alto,
y pantalón de gamuza y llevaba la espada al costado.
El penacho del tricornio indicaba que poseía el rango
de consejero de Estado. Según todas las apariencias,
estaba haciendo visitas. Miró a un lado y a otro,
llamó de un grito al cochero, subió al carruaje y
partió.
El pobre Kovaliov estuvo a
punto de volverse loco.
No sabía ni qué pensar de
tan extraño suceso. En efecto, ¿cómo podía vestir
uniforme una nariz que, la víspera sin ir más lejos,
se encontraba en mitad de su cara y no era capaz de
desplazarse, ni en carruaje ni a pie, por sí sola?
Corrió en pos del vehículo que, felizmente, pronto se
detuvo ante la iglesia de Nuestra Señora de Kazán.
Kovaliov corrió hacia el
templo, abriéndose paso entre las filas de viejas
mendigas —entrapajadas hasta el extremo de que sólo
quedaban dos orificios para los ojos— de las que tanto
se burlaba antes, y penetró en la iglesia. Había pocos
fieles y casi todos se habían quedado cerca de la
puerta. Kovaliov se hallaba en tal estado de
consternación que ni siquiera tenía ánimos para rezar,
y buscaba con los ojos a aquel caballero por todos los
rincones. Al fin lo descubrió, un poco apartado. La
nariz tenía el rostro totalmente oculto por el gran
cuello alto y oraba con extraordinaria devoción.
“¿Cómo lo abordaría? —se
preguntó Kovaliov—. A la vista está, por el uniforme,
por el tricornio, que se trata de un consejero de
Estado. El demonio sabrá...”
Carraspeó varias veces
cerca de la nariz, que no abandonaba ni por un
instante su devota actitud ni cesaba en sus
genuflexiones.
—Caballero... —dijo
Kovaliov, haciendo un esfuerzo para darse ánimos—.
Caballero...
—¿Qué se le ofrece?
—preguntó la nariz volviendo la cara.
—Estoy extrañado,
caballero... Me parece... Debería usted saber cuál es
su sitio. De repente lo encuentro a usted... ¿Y dónde
le encuentro? En una iglesia. Habrá de convenir que...
—Perdone usted, pero no
logro entender lo que tiene usted a bien decirme.
Explíquese.
“¿Cómo voy a explicarme?”
—pensó Kovaliov—, y luego, sacando fuerzas de
flaqueza, comenzó:
—Claro que yo... Por
cierto, he de decirle que soy mayor y eso de andar por
ahí sin nariz, como usted comprenderá, es indecoroso.
Sin nariz podría pasar cualquiera de esas vendedoras
de naranjas peladas del puente de Voskresenski; pero
yo, que aspiro a obtener..., habiendo sido presentado
en muchas casas donde hay damas como la señora
Chejtariova, esposa de un consejero de Estado, y otras
muchas... Hágase usted cargo... Yo no sé, caballero...
—al llegar aquí, el mayor Kovaliov se encogió de
hombros—. Usted perdone, pero considerando todo esto
desde el punto de vista de las normas del deber y del
honor..., usted mismo comprenderá...
—Pues no. No comprendo
absolutamente nada —contestó la nariz—. Hable de modo
más explícito.
—Caballero... —replicó
Kovaliov con aire muy digno—, no acierto a interpretar
sus palabras... Me parece que el asunto está bien
claro. ¡O pretende usted...! ¡Pero si usted es mi
propia nariz!
La nariz consideró al mayor
y frunció un poco el ceño.
—Está usted en un error,
caballero. Yo soy yo, además, que entre nosotros no
puede haber la menor relación directa, pues a juzgar
por los botones de su uniforme, usted pertenece a otro
departamento que yo.
Dicho esto, la nariz volvió
la cabeza y prosiguió sus oraciones.
Totalmente confuso,
Kovaliov se quedó sin saber qué hacer y ni siquiera
qué pensar. En esto se escuchó el encantador rumor de
unas vestiduras femeninas. Llegaba una señora de
cierta edad, toda encajes, y con ella otra, muy
esbelta, con un vestido blanco que dibujaba a la
perfección su fina silueta y un sombrero de paja
ligero como un pastel.
Un lacayo alto, con
frondosas patillas y una buena docena de esclavinas en
la librea, se situó detrás de ellas y abrió una
tabaquera.
Kovaliov se acercó un poco,
estiró el cuello de batista de su pechera, retocó los
dijes colgantes de la cadena de oro y, sonriendo a un
lado y a otro, fijó su atención en la etérea dama que
se inclinaba levemente, parecida a una florecilla de
primavera, y elevaba hacia la frente su breve mano
blanca de dedos traslúcidos. La sonrisa de Kovaliov se
acentuó cuando divisó, bajo el sombrero, su mentón
redondo, deslumbrante de blancura, y parte de la
mejilla teñida por el color de la primera rosa
primaveral. Pero de pronto pegó un respingo como si se
hubiera quemado con algo. Recordó que no tenía
absolutamente nada en lugar de nariz y se le saltaron
las lágrimas. Dio media vuelta con objeto de tildar
sin rodeos de farsante y miserable al señor del
uniforme, para decirle que no era ni por asomo
consejero de Estado, sino única y exclusivamente su
propia nariz... Pero ya no estaba allí la nariz. Se
conoce que, entre tanto, había salido disparada para
continuar sus visitas.
Esta circunstancia sumió a
Kovaliov en la desesperación. Salió de la iglesia y se
detuvo un instante bajo el pórtico, escudriñando hacia
todas partes por si divisaba en algún sitio a su
nariz. Recordaba muy bien que llevaba tricornio con
penacho y uniforme bordado en oro, pero no se había
fijado en el capote, ni en el color del carruaje, ni
en los caballos y ni siquiera en si llevaba lacayo
detrás y cómo era su librea. Con la particularidad de
que habría sido difícil identificar aquel carruaje
entre tantos, como circulaban en uno y otro sentido a
toda velocidad. Además, aunque lo hubiese
identificado, no tenía a su alcance ningún medio para
hacerlo detenerse. Hacía un día espléndido y soleado.
La avenida Nevski era un hormiguero de gente. Desde el
puente de Politséiski hasta el de Anichkin cubría las
aceras una policroma cascada femenina. Kovaliov divisó
también a un consejero de la Corte conocido suyo a
quien siempre daba el tratamiento de teniente coronel,
especialmente si se hallaban ante extraños. Luego vio
a Yariguin, jefe de negociado en el Senado, gran amigo
suyo, que siempre era pillado en renuncio al boston
cuando jugaba el ocho. Y otro mayor, con asesoría del
Cáucaso, que agitaba una mano llamándolo...
—¡Maldita sea! —masculló
Kovaliov—. ¡Eh, cochero! ¡A la prefectura de policía!
Kovaliov subió al vehículo
y se pasó todo el trayecto gritándole al cochero:
“¡arrea, hombre, arrea!”
—¿Está en su despacho el
señor prefecto? —preguntó a voz en cuello al penetrar
en el vestíbulo.
—No, señor —contestó el
conserje—. Acaba de salir.
—¡Ésta sí que es buena!
—Y no hace mucho que salió,
por cierto —añadió el conserje—. Con haber llegado un
momento antes, quizá lo hubiera encontrado.
Sin apartar el pañuelo de
su rostro, Kovaliov regresó al coche de alquiler y
ordenó con acento desesperado:
—¡Tira!
—¿Hacia dónde? —inquirió el
cochero.
—Derecho.
—¡Derecho! ¡Pero, si
estamos en un cruce! ¿a la derecha o a la izquierda?
Esta pregunta dejó cortado
a Kovaliov y lo obligó a reflexionar de nuevo. En su
situación, lo lógico era acudir, antes que nada, a la
Dirección de Seguridad, y no por su relación directa
con la policía, sino porque sus disposiciones podían
ser mucho más expeditas que las de otras instancias.
En cuanto a buscar justicia recurriendo a las
autoridades superiores del Departamento al que dijo
pertenecer la nariz, no tenía sentido, pues de las
propias respuestas de la nariz se podía colegir que no
había nada sagrado para aquel sujeto y era muy capaz
de mentir en esa circunstancia, lo mismo que había
mentido al afirmar que nunca se habían visto. De modo
que Kovaliov iba a ordenar ya al cochero que lo
condujera a la Dirección de Seguridad, cuando de nuevo
lo asaltó la idea de que aquel redomado bribón, que
con tanta desfachatez se había comportado durante la
primera entrevista, podía muy bien aprovechar el
tiempo para escabullirse de la ciudad y todas las
pesquisas serían entonces inútiles o podían durar un
mes entero si Dios no ponía remedio. Finalmente, como
si el cielo lo iluminara, decidió personarse en la
oficina de publicidad para que apareciera en los
periódicos, sin pérdida de tiempo, un anuncio con la
descripción detallada de todas las señas, de manera
que cuantos se encontraran con él pudieran conducirlo,
acto seguido, a su presencia o, por lo menos, darle a
conocer su paradero. Nada más tomar esta decisión,
ordenó al cochero que lo llevara a la oficina de
publicidad, y fue todo el trayecto aporreándole la
espalda con el puño, repitiendo: “¡Date prisa,
miserable! ¡Date prisa, bribón!” A lo que el cochero
sólo contestaba: “¡Ay, señorito!...”, sacudiendo la
cabeza y arreando con las riendas a su caballo, tan
peludo como un perro de lanas. El carruaje se detuvo
al fin, y Kovaliov irrumpió todo jadeante en una
oficina de reducidas dimensiones. Detrás de una mesa,
un empleado canoso y con gafas, que vestía un viejo
frac, recontaba las monedas que había cobrado,
manteniendo la pluma entre los dientes.
—¿Quién recibe aquí los
anuncios? —preguntó Kovaliov en un grito—. ¡Ah! Buenos
días.
—Muy buenos los tenga usted
—contestó el empleado canoso alzando un momento los
ojos y volviendo a posarlos en el dinero que contaba.
—Desearía insertar...
—Perdone. Le ruego que
aguarde un instante —profirió el empleado anotando un
número en un papel al tiempo que pasaba dos bolas de
ábaco con la mano izquierda.
Un lacayo de casa grande, a
juzgar por su empaque y por su librea galonada,
esperaba junto a la mesa con una nota en la mano y
consideró oportuno patentizar su urbanidad:
—Le aseguro, caballero, que
el perrillo no vale ochenta kopecs. Es más: yo no
daría ni cuatro por él. Pero la Condesa le tiene
cariño; sí, le tiene cariño, y ya ve usted: ¡cien
rublos a quien lo encuentre! Si hemos de hablar con
propiedad, así, como estamos aquí usted y yo, hay
personas que tienen gustos disparatados. Puestos a
tener un perro, que sea uno de muestra, o un maltés. Y
entonces, no hay que reparar en quinientos rublos; ni
siquiera en mil, con tal de que sea lo que se dice
todo un perro.
El respetable empleado
escuchaba todo aquello con aire entendido, aunque sin
dejar por eso de calcular las letras del anuncio que
le habían entregado. Alrededor se apretujaban viejucas,
dependientes de comercio y porteros; todos con alguna
nota en la mano. Una era ofreciendo los servicios de
un cochero de conducta sobria; otra un carruaje en
buen uso, traído de París el año 1814, y otra más una
moza de diecinueve años, sabiendo lavar y planchar,
así como otras faenas... Se vendía una calesa
resistente, aunque le faltaba una ballesta, un joven y
brioso caballo rodado de diecisiete años, simientes de
nabo y rábano recién recibidas de Londres, una casa de
campo con todas sus dependencias, dos cuadras para
caballos y un terreno donde se podía plantar un
magnífico soto de abedules o abetos... También había
un aviso para quienes desearan adquirir suelas usadas,
invitándolos a la reventa que se efectuaba diariamente
de ocho a tres. El cuarto donde se hacinaba toda
aquella gente era pequeño y la atmósfera estaba
sumamente cargada; pero el asesor colegiado no podía
percibir el olor porque se cubría la cara con el
pañuelo y porque su nariz se encontraba Dios sabía
dónde.
—Permítame preguntarle,
señor mío... Es muy urgente, —pronunció al fin con
impaciencia.
—Ahora mismo, ahora
mismo... Son dos rublos con cuarenta y tres kopecs.
Enseguida lo atiendo. Un rublo con sesenta y cuatro
kopecs —decía el empleado canoso arrojándoles a
viejucas y porteros sus respectivos recibos a la
cara—. ¿Deseaba usted? —preguntó al fin dirigiéndose a
Kovaliov.
—Pues, quisiera...
—contestó Kovaliov—. He sido víctima de una extorsión
o de una superchería..., no podría decirlo a ciencia
cierta hasta este momento... Sólo quisiera anunciar
que quien me traiga a ese canalla será cumplidamente
recompensado.
—¿Su apellido, por favor?
—¿Mi apellido? ¡No! ¿Para
qué? No puedo decirlo. ¡Con tantas amistades como
tengo! La señora Chejtariova, esposa de un consejero
de Estado... Palagueia Grigórievna Podtóchina, casada
con un oficial superior... ¿Y si se enteraran de
pronto? ¡Dios me libre! Puede usted poner,
sencillamente, un asesor colegiado o, mejor todavía,
un caballero con el grado de mayor.
—Y el que se le ha
escapado, ¿era siervo suyo?
—¿Quién habla de un siervo?
Eso no sería una granujada muy grande. Lo que se me ha
escapado es... la nariz...
—¡Humm! ¡Qué apellido tan
raro! ¿Y le ha estafado mucho ese señor?
—No me ha entendido usted.
Cuando digo nariz, no me refiero a un apellido, sino a
mi propia nariz, que ha desaparecido sin dejar rastro.
¡Alguna jugarreta del demonio!
—Pero, ¿de qué modo ha
desaparecido? No acabo de hacerme cargo.
—Tampoco podría decir yo de
qué modo ha desaparecido; pero lo esencial es que
ahora anda de un lado para otro por la ciudad y se
hace pasar por consejero de Estado. Por eso le ruego
poner el anuncio: para que quien le eche mano me la
traiga inmediatamente, sin dilación alguna. Hágase
usted cargo: ¿cómo me las voy a arreglar sin un
apéndice tan visible? Porque no se trata de un simple
meñique del pie, por ejemplo, que va metido dentro de
la bota y nadie advierte su falta. Yo suelo ir los
jueves a casa de la señora Chejtariova, esposa de un
consejero de Estado. También me distinguen con su
amistad Palagueia Grigórievna Podtóchina, casada con
un oficial de Estado Mayor, y su hija, que es un
encanto. Conque, dígame usted qué hago yo ahora. No
puedo presentarme a ellas de ninguna manera.
El empleado se puso a
cavilar, lo que podía colegirse por el modo de apretar
los labios.
—Pues, no. No puedo
insertar ese anuncio —dictaminó al fin, después de un
largo silencio.
—¿Cómo? ¿Por qué no?
—Porque podría
desprestigiar a un periódico. Si ahora se pone a
escribir la gente que se le ha escapado la nariz,
pues... Demasiado se murmura ya de que publicamos
muchos disparates y bulos.
—¿Y por qué es esto un
disparate? Me parece que no tiene nada de particular.
—Eso se lo parece a usted.
Bueno, pues mire: la semana pasada ocurrió algo por el
estilo. Se presentó un funcionario, de la misma manera
que se ha presentado usted ahora, con una nota que le
salió por dos rublos y setenta y tres kopecs,
anunciando en todo y por todo que se había escapado un
perro de aguas de pelo negro. Al parecer, nada de
particular, ¿verdad? Pues resultó un embrollo: se
trata del cajero de no recuerdo qué establecimiento.
—Pero el anuncio que yo le
traigo no se refiere a ningún perro, sino a mi propia
nariz, cosa que equivale casi a mi propia persona.
—No. Yo no puedo insertar
en modo alguno un anuncio así.
—Pero, ¡si es verdad que se
ha extraviado mi nariz!
—Entonces, eso es cosa de
los médicos. Los hay, según cuentan, que son capaces
de ponerle a la gente la nariz que quiera. Pero, estoy
viendo que es usted un hombre de buen humor y amigo de
gastar bromas.
—¡Por Dios santo, le juro
que es verdad! En fin, si hasta aquí hemos llegado,
ahora verá usted mismo...
—¿Para qué se va a
molestar? —protestó el empleado tomando un poco de
rapé—. Aunque, si no le hace extorsión —añadió, picado
ya por la curiosidad—, me gustaría verlo.
El asesor colegiado retiró
el pañuelo de su rostro.
—Es rarísimo, efectivamente
—opinó el empleado—. Tiene el sitio de la nariz tan
liso como la palma de la mano. Sí, sí, increíblemente
liso...
—¿Seguirá discutiendo
ahora? Ya lo está viendo: no hay más remedio que
publicarlo. Le quedaré especialmente agradecido, y
celebro que este suceso me haya proporcionado el
placer de conocerle...
Como puede verse, el mayor
llegó incluso a rebajarse un poco en esta ocasión.
—Claro que publicarlo no
cuesta ningún trabajo —dijo el empleado—, aunque no
veo que saque provecho alguno de ello. Si tanto
interés tiene, cuéntele el caso a alguien que tenga la
pluma fácil para que lo describa como un fenómeno de
la naturaleza y lo publique en La abeja del Norte
—aquí sorbió otro poco de tabaco— para instrucción de
la juventud —aquí se limpió la nariz— o simplemente
como un hecho curioso.
El asesor colegiado estaba
totalmente apabullado. Bajó los ojos, que tropezaron
con la cartelera de espectáculos al pie de un
periódico. Iba a sonreír al leer el nombre de una
encantadora actriz y echaba ya mano al bolsillo para
comprobar si llevaba algún billete de cinco rublos,
pues los oficiales superiores, en opinión de Kovaliov,
debían sentarse en el patio de butacas, cuando el
recuerdo de la nariz echó por tierra toda su alegría.
Al propio empleado pareció
afectarle la situación peliaguda de Kovaliov. Y creyó
oportuno mitigar un poco su pesar con algunas palabras
de simpatía.
—En verdad lamento mucho el
percance que le ha sucedido. ¿No quiere usted tomar un
poco de rapé? Disipa los dolores de cabeza y los
disgustos. Incluso va bien para las hemorroides.
Con estas palabras, el
empleado presentó a Kovaliov su tabaquera escamoteando
con bastante agilidad la tapa que representaba a una
señora con sombrero.
Esta acción impremeditada
sacó de sus casillas a Kovaliov.
—No comprendo cómo se le
ocurren esas bromas —dijo irritado—. ¿No está viendo
que me falta, precisamente, lo necesario para aspirar
el rapé? ¡Al diablo con su tabaco! Ahora no puedo ni
verlo, aunque me lo ofreciera de la mejor marca y no
esa porquería que fabrica Berezin.
Dicho lo cual, salió
profundamente contrariado de la oficina de publicidad
para dirigirse a casa del comisario de policía; hombre
muy aficionado al azúcar. En el recibimiento, que
hacía las veces de comedor, había gran cantidad de
pilones de azúcar, amistosa ofrenda de los
comerciantes. La sirvienta estaba quitándole al
comisario las botas altas de reglamento; la espada y
demás atributos guerreros pendían ya pacíficamente en
sus rincones; el imponente tricornio había pasado a
manos del hijo del comisario, un niño de tres años, y
el propio comisario se disponía, después del batallar
cotidiano, a gozar de una calma deliciosa.
Kovaliov se presentó cuando
el comisario decía, entre un desperezo y un resoplido:
“¡Vaya dos horitas de siesta que me voy a echar!” De
lo cual podía colegirse que la llegada del mayor era
totalmente intempestiva. Y no creo que le hubiera
recibido con excesiva afabilidad aun trayéndole en ese
momento unas libras de té o una pieza de paño. El
comisario era gran amante de todas las artes y los
productos manufacturados, aunque por encima de todo
prefería los billetes de banco. “Esto sí que es bueno
—solía decir—. No hay nada mejor. No piden de comer,
ocupan tan poco sitio que siempre caben en el bolsillo
y si se caen, no se rompen.”
El comisario dispensó a
Kovaliov una acogida bastante fría y dijo que después
de comer no era el momento de realizar
investigaciones, que era mandato de la propia
naturaleza descansar un poco después de alimentarse
suficientemente (de lo cual pudo deducir el asesor
colegiado que el comisario no ignoraba las sentencias
de los sabios de la Antigüedad), que a ninguna persona
de orden le arrancan la nariz y que anda por el mundo
buen número de mayores de toda calaña que ni siquiera
tienen ropa interior decente y frecuentan lugares poco
recomendables.
Lo que se llama un buen
revolcón. Preciso es señalar que Kovaliov era un
hombre sumamente susceptible. Podía perdonar cuanto
dijeran de su persona, pero de ningún modo lo que se
refiriese a su categoría o a su título. Incluso
opinaba que en las obras de teatro se podía pasar por
alto todo lo relativo a los oficiales subalternos,
pero que de ahí para arriba era inadmisible cualquier
ataque. El recibimiento dispensado por el comisario lo
ofuscó tanto que sacudió la cabeza y dijo muy digno,
abriendo un poco los brazos: “Confieso que, después de
observaciones tan afrentosas por su parte, yo no puedo
añadir nada...”, y se retiró.
Llegó a su casa tan cansado
que casi no podía tenerse. Había caído la tarde.
Después de tantas gestiones infructuosas, su domicilio
le pareció tristón y de lo más repugnante. Cuando
entró en el recibimiento descubrió a Iván, su criado,
tumbado de espaldas en un mugriento sofá de cuero y
dedicado a escupir al techo con tanta puntería que
muchas veces acertaba en el mismo sitio. Indignado
ante tal indiferencia, Kovaliov le pegó un sombrerazo
en la frente rezongando: “Tú siempre haciendo
estupideces, ¡cerdo!”.
Iván se levantó de un
brinco y corrió a quitarle la capa.
Al entrar en su cuarto, el
mayor se dejó caer cansado y abatido en un sillón y al
fin dijo, después de unos cuantos suspiros:
—¡Dios mío! ¡Dios mío!,
¿qué habré hecho yo para merecer este castigo? Si me
hubiera quedado sin un brazo, o sin una pierna, habría
sido preferible; incluso sin orejas, aunque estaría
mal, aún podría pasar. Pero, ¿qué diablos es un hombre
sin nariz? No es un pajarraco ni es un ciudadano
honrado. Nada; una cosa que se puede tirar
sencillamente por la ventana. Y bueno que el percance
hubiera ocurrido en la guerra o en un duelo o por
culpa mía. Pero, ¡es que mi nariz ha desaparecido sin
más ni más, tontamente!... Aunque, no; no puede ser
—añadió después de pensarlo un poco—. Es inconcebible
que desaparezca una nariz: de todo punto inconcebible.
O estoy soñando, o es una figuración; seguro. O quizá
me haya bebido por equivocación, en vez de agua, el
vodka de friccionarme la cara después del afeitado. El
estúpido de Iván no lo volvería a su sitio, y yo me lo
bebí.
Para convencerse de que,
efectivamente, no estaba borracho, el mayor se pegó
tal pellizco que no pudo reprimir un grito. Aquel
dolor lo persuadió de que era realidad todo lo que
hacía y lo que le pasaba. Se acercó sigilosamente al
espejo, y primero cerró los ojos con la esperanza de
que quizá apareciera la nariz en su sitio cuando los
abriera, pero al instante pegó un respingo y
retrocedió exclamando:
—¡Qué asco de cara!
En efecto, aquello era
incomprensible. Si se hubiera perdido un botón, una
cuchara de plata, un reloj o cosa por el estilo...
Pero, ¡perderse aquello! Y dentro de casa, además...
Sopesando todas las circunstancias, el mayor consideró
como más probable la hipótesis de que el culpable sólo
podía ser la señora Podtóchina, esposa de un oficial
de Estado Mayor, que pretendía casar a su hija con
Kovaliov. Y él, aunque le agradaba cortejarla, eludió
un compromiso definitivo. De manera que cuando la
señora Podtóchina le declaró sin ambages que deseaba
dársela en matrimonio, él recogió velas poco a poco en
sus asiduidades, alegando que todavía era joven y que
aún necesitaba hacer méritos en su carrera unos cinco
años para cumplir los cuarenta y dos. Y entonces,
seguramente por venganza, la señora Podtóchina urdió
aquello de desfigurarle, pagando a cualquier bruja
agorera, pues no podía admitirse en modo alguno que la
nariz hubiera sido cercenada: nadie había entrado en
su habitación. Iván Yákovlevich, el barbero, lo afeitó
el miércoles, y Kovaliov conservó su nariz íntegra
durante todo el miércoles e incluso el jueves a lo
largo de todo el día. Eso lo recordaba y lo sabía muy
bien. Además, hubiera notado dolor y, desde luego, la
herida no habría podido cicatrizarse tan pronto y
quedar lisa como la palma de la mano. Se puso a
cavilar en si debía denunciar en toda regla a la
señora Podtóchina ante los tribunales o personarse él
en su casa y echarle en cara su acción. Vino a
interrumpir sus reflexiones un destello de luz que
penetró por todas las rendijas de la puerta y era
indicio de que Iván había encendido ya una vela en el
recibimiento. Enseguida apareció el propio Iván con
ella, iluminando la estancia. El primer movimiento de
Kovaliov fue echar mano de un pañuelo y cubrirse el
lugar que su nariz ocupaba todavía la víspera para que
aquel estúpido no se quedara con la boca abierta ante
un hecho tan insólito en su señor.
Apenas se había retirado
Iván a su cuchitril cuando una voz desconocida se dejó
oír en el recibimiento:
—¿Vive aquí el asesor
colegiado Kovaliov?
—Adelante. Aquí está el
mayor Kovaliov —contestó él mismo, levantándose
precipitadamente para abrir la puerta.
Entró un guardia de buena
prestancia, con patillas no muy claras ni tampoco
oscuras y mejillas bastante llenas: el mismo que al
comienzo de nuestro relato vimos en un extremo del
puente Isákievski.
—¿Es usted el caballero que
ha perdido la nariz?
—En efecto.
—Pues ha aparecido.
—¿Qué me dice usted? —lanzó
un grito el mayor Kovaliov, y se quedó sin habla de la
alegría, mirando fijamente al guardia plantado delante
de él, en cuyos mofletes y labios abultados se
reflejaba la trémula luz de la vela—. ¿Cómo ha
sucedido?
—Por pura casualidad. Le
echamos mano cuando casi estaba en camino: iba a tomar
ya la diligencia para marcharse a Riga. Y el pasaporte
había sido extendido hace ya tiempo a nombre de cierto
funcionario. Lo extraño es que, al principio, yo mismo
lo tomé por un caballero. Afortunadamente llevaba las
gafas, y enseguida me di cuenta de que se trataba de
una nariz. Porque le diré que yo soy miope y, si se
coloca usted delante de mí, yo sólo veo su cara, pero
sin distinguir la nariz, la barba ni nada. Mi suegra,
es decir, la madre de mi esposa, tampoco ve nada.
Kovaliov estaba como loco.
—¿Dónde está? ¿Dónde? Voy
corriendo...
—No tiene usía por qué
molestarse. Suponiendo que le haría a usted falta, la
traigo yo. Y, ya ve usted qué raro: el autor principal
del hecho es un pícaro barbero de la calle
Voznesénskaia que ahora está detenido en el
cuartelillo. Hace ya tiempo que yo andaba tras él por
borracho y ratero. Anteayer, sin ir más lejos, robó
una docena de botones en una tienda. En cuanto a la
nariz de usía, está exactamente igual que estaba.
Con estas palabras, el
guardia metió la mano en un bolsillo, de donde extrajo
la nariz envuelta en un papel.
—¡Ésa es! ¡Sí, sí! —gritó
Kovaliov—. Hoy tiene usted que quedarse a tomar una
taza de té conmigo.
—Aceptaría con sumo gusto,
pero no puedo de ninguna manera: desde aquí tengo que
acercarme al manicomio. Han subido mucho los precios
de todas las subsistencias... Yo debo mantener a mi
suegra, la madre de mi esposa, que vive con nosotros,
y a mis hijos. El mayor, sobre todo, es un chico
listo, que promete mucho, pero carezco totalmente de
posibilidades para darle estudios...
Kovaliov se dio por
enterado y, tomando de encima de la mesa un billete de
diez rublos, lo puso en manos del guardia que abandonó
la estancia después de pegar un taconazo y cuya voz
oyó Kovaliov casi al instante en la calle
aleccionando, con acompañamiento de puñetazos, a un
estúpido mujik que se había metido en la acera con su
carreta.
Después de marcharse el
guardia, permaneció el asesor colegiado unos minutos
como aturdido y sólo al cabo de ese tiempo, tal era el
desconcierto que le produjo la inesperada alegría,
recobró la capacidad de ver y sentir. Tomó con
precaución la nariz en el cuenco formado por las dos
manos y volvió a observarla atentamente.
—Es ella, claro que sí
—decía el mayor Kovaliov—. Aquí está, en el lado
izquierdo, el granito que le salió ayer.
El mayor estuvo a punto de
soltar la risa de alegría.
Pero no hay nada eterno en
el mundo. Por eso, la alegría del primer instante no
es ya tan viva a los dos minutos, al tercero se
debilita más aún y al fin se diluye inadvertidamente
con el estado de ánimo habitual, lo mismo que el
círculo formado en el agua por la caída de una piedra
acaba diluyéndose en la superficie lisa. Kovaliov se
puso a cavilar y sacó en claro que todavía no estaba
todo terminado: la nariz había aparecido, sí; pero
faltaba ponerla y ajustarla en su sitio.
—¿Y si no se pega?
El mayor se quedó lívido al
hacerse esta pregunta.
Presa de un miedo
indescriptible corrió a la mesa y acercó el espejo, no
fuera a colocarse la nariz torcida. Le temblaban las
manos. Con cuidado y mucho tiento aplicó la nariz en
el lugar de antes. ¡Qué espanto! La nariz no se
pegaba... La acercó a su boca, le echó el aliento para
calentarla y de nuevo la aplicó a la superficie lisa
que se extendía entre sus mejillas; la nariz no se
sujetaba de ninguna manera.
—¡Vamos! Pero, ¡vamos!
¡Quédate ahí! —le decía.
Pero la nariz parecía de
madera y caía sobre la mesa con un ruido extraño, como
si fuera un corcho. Una mueca contrajo el rostro del
mayor. “¿Será posible que no se pegue?”, se preguntaba
asustado. Pero, por muchas veces que colocó la nariz
en el lugar adecuado, todos sus esfuerzos continuaron
siendo estériles.
Llamó a Iván y lo mandó en
busca del médico que vivía en el entresuelo de la
misma casa, ocupando el mejor piso. Aquel médico era
hombre de gran prestancia, que poseía unas magníficas
patillas negras, y una esposa lozana; rebosante de
salud, se desayunaba con manzanas y cuidaba
esmeradamente el aseo de su boca, enjuagándose cada
mañana durante casi tres cuartos de hora y puliéndose
los dientes con cinco cepillos distintos. El doctor
acudió al instante. Después de inquirir el tiempo
transcurrido desde el percance, levantó la cara de
Kovaliov agarrándolo por la barbilla y le pegó tal
papirotazo en el lugar antes ocupado por la nariz que
el mayor echó violentamente la cabeza hacia atrás
hasta pegar con la nuca en la pared. El médico dijo
que aquello no era nada, lo invitó a apartarse un poco
de la pared, le hizo volver la cabeza hacia la derecha
y, después de palpar el sitio donde antes se
encontraba la nariz, dijo “ummm”. Luego le mandó
volver la cabeza hacia el lado izquierdo, profirió
otra vez “ummm” y, finalmente, le pegó con el pulgar
otro papirotazo que hizo respingar al mayor Kovaliov
lo mismo que un caballo cuando le miran los dientes.
Después de esta prueba, el médico sacudió la cabeza
diciendo:
—No. No puede ser.
Preferible es dejarlo así, porque podría quedar peor.
Arreglo tiene, desde luego, y yo mismo se la pondría
quizá ahora mismo. Pero le aseguro que sería peor para
usted.
—¡Ésta sí que es buena!
¿Cómo voy a quedarme sin nariz? —protestó Kovaliov—.
Peor que ahora, imposible. ¿Qué demonios es esto?
¿Dónde me presento yo con esta facha? Yo tengo muy
buenas relaciones. Hoy mismo debo asistir a dos
veladas. Conozco a mucha gente: la señora Chejtariova,
esposa de un consejero de Estado, la señora Podtóchina,
casada con un oficial del Estado Mayor... Aunque,
después de su actual comportamiento, mi único trato
con ella puede ser a través de la policía. Por favor
se lo ruego —prosiguió Kovaliov suplicante—. ¿No hay
ningún remedio? Póngamela como sea, aunque no quede
bien, con tal de que se sostenga. Incluso podría
sujetarla un poco con la mano en los casos de apuro.
Además, como no bailo, tampoco es de temer ningún
movimiento brusco que la perjudique. Y en lo referente
a agradecerle su visita, tenga por seguro que, en la
medida de mis posibilidades...
—Crea usted —intervino el
doctor en un tono que no era ni alto ni bajo, pero sí
sumamente persuasivo y magnético— que yo nunca ejerzo
por el dinero. Eso sería contrario a mis normas y a mi
arte. Cierto que cobro mis visitas, pero con el único
fin de no agraviar a nadie al negarme. Desde luego, yo
podría ajustar su nariz. Sin embargo, y lo afirmo por
mi honor, si mi palabra no le basta, quedaría mucho
peor. Deje actuar a la naturaleza. Las frecuentes
abluciones frías lo mantendrán a usted, aun sin nariz,
tan sano como si la tuviera, se lo aseguro. En cuanto
a la nariz, le aconsejo que la meta en un frasco de
alcohol o, mejor todavía, añadiendo una solución de
dos cucharadas de vodka fuerte y vinagre caliente.
Entonces podrá sacar por ella una cantidad respetable.
Yo mismo se la compraría si no se excede en el precio.
—¡No, no! No la vendería
por nada del mundo —protestó el mayor desesperado—.
¡Prefiero que desaparezca!
—Perdone usted, pero yo
quería hacerle un favor —replicó el médico saludando—.
¡En fin! Por lo menos, habrá usted visto mi buena
intención.
Con estas palabras, el
médico abandonó muy dignamente la estancia. Kovaliov
no se había fijado siquiera en su rostro, ya que, en
su profundo abatimiento, sólo acertó a ver los puños
de la camisa pulcra y blanca como la nieve asomando
por las mangas del frac negro.
Al día siguiente, y antes
de presentar querella, se decidió a escribir a la
señora del oficial de Estado Mayor para ver si accedía
a devolverle de buen grado lo que era suyo. La carta
decía lo siguiente:
“Muy señora mía, Alexandra
Grigórievna:
“No alcanzo a comprender
tan extraño proceder por parte suya. Tenga la
seguridad de que, obrando de este modo, no ganará
usted nada ni me obligará en modo alguno a casarme con
su hija. Crea usted que me hallo perfectamente
enterado de la historia de mi nariz como también de
que usted y nadie más que usted ha sido la principal
causante de ella. El súbito desprendimiento, la fuga y
el disfraz de mi apéndice nasal, apareciendo primero
bajo el aspecto de un funcionario y luego con el suyo
propio, no son ni más ni menos que consecuencia de las
hechicerías practicadas por usted o por quienes se
ejercitan en menesteres tan nobles como los suyos. Por
mi parte, considero deber mío advertirle que si el
susodicho apéndice no se reintegra hoy mismo a su
sitio, me veré en la obligación de apelar a la defensa
y la protección de las leyes.
“Por lo demás, con todos
mis respetos, tengo el honor de quedar de usted,
seguro servidor
Platón Kovaliov.”
“Muy señor mío, Platón
Kuzmich:
“Su carta me ha dejado
sumamente sorprendida. Le confieso a usted con toda
sinceridad que nunca esperé nada parecido y menos aún
lo referente a los injustos reproches de usted. Pongo
en su conocimiento que jamás he recibido en mi casa,
ni con disfraz ni bajo su aspecto propio, al
funcionario a quien usted alude. No niego que me ha
visitado Filipp Ivánovich Potánchikov. Pero, aunque él
aspiraba, es cierto, a la mano de mi hija —y
tratándose de una persona de conducta buena y sobria,
así como de muchos estudios—, yo nunca le he dado la
menor esperanza. También menciona usted la nariz. Si
con ello quiere dar a entender que yo me proponía
dejarle con tres cuartas de narices, o sea, darle una
negativa rotunda, me sorprende que sea usted quien lo
diga, sabiendo como sabe que mi intención es muy otra
y que si usted se compromete ahora mismo y en debida
forma con mi hija, yo estoy dispuesta a acceder sin
dilación, pues tal ha sido siempre el objeto de mis
más fervientes deseos, en espera de lo cual quedo
siempre al servicio de usted
Alexandra Podtóchina.”
“No, seguro que no ha sido
ella —se dijo Kovaliov después de leer la misiva—.
¡Imposible! En la forma que está escrita la carta, no
puede ser obra de quien haya cometido un delito. —El
asesor colegiado era hombre entendido en la materia;
pues, hallándose todavía en la región del Cáucaso,
había sido encargado varias veces de instruir
sumario—. ¿Cómo ha podido suceder esto? ¿De qué
manera? Sólo el demonio lo entendería”, concluyó
desalentado.
Entretanto, corrían ya por
toda la capital los rumores acerca de tan
extraordinario suceso, adornado con toda clase de
exageraciones, como suele ocurrir. Precisamente por
entonces se hallaban las mentes orientadas hacia lo
sobrenatural, pues hacía poco tiempo que a todos
intrigaban los experimentos sobre los efectos del
magnetismo. Además, como la historia de las sillas
danzantes de la calle Koniúshennaia era todavía
reciente, nada tiene de particular que al poco tiempo
se empezara a comentar que la nariz del asesor
colegiado solía pasearse a las tres en punto de la
tarde por la avenida Nevski. Y a diario acudía a allí
una multitud de curiosos. Alguien anunció que la nariz
se encontraba en la tienda de Junker y frente al
establecimiento se formó tal aglomeración que tuvo que
intervenir la policía. Un especulador con aspecto
respetable que usaba patillas y solía vender pastas
variadas a la puerta del teatro, fabricó especialmente
unos magníficos y sólidos bancos de madera que
alquilaba, a razón de ochenta kopecs por persona, a
cuantos curiosos deseaban subirse en ellos para ver
mejor. Un benemérito coronel salió de su casa con ese
único fin antes que de costumbre y a duras penas logró
abrirse paso entre el gentío; pero, cuál no sería su
indignación al ver en el escaparate de la tienda, en
lugar de la nariz, una simple camiseta de lana y una
litografía representando a una jovencita que se subía
una media mientras un petimetre con chaleco de solapas
y barbita la espiaba desde detrás de un árbol. Dicha
litografía llevaba ya más de diez años colgada en el
mismo sitio. Al retirarse, el coronel dijo
contrariado: “¿Cómo se puede soliviantar a la gente
con bulos tan estúpidos e inverosímiles?”.
Luego cundió la especie de
que no era por la Avenida Nevski sino por el jardín de
Taurida por donde se paseaba la nariz del mayor
Kovaliov y eso, desde hacía ya mucho tiempo. Tanto,
que cuando Jozrev-Mirza se alojó allí, le sorprendió
sobremanera aquel extraño capricho de la naturaleza.
Allá fueron algunos
estudiantes de la Academia de Cirugía. Una ilustre y
noble dama rogó al vigilante del jardín, por carta
especial, que mostrara a sus hijos el raro fenómeno y,
de ser posible, lo explicara de modo instructivo y a
la vez edificante para ellos.
Todos estos hechos fueron
acogidos con gran regocijo por los caballeros asiduos
de las veladas de sociedad y aficionados a distraer a
las señoras con curiosas historias, cuyo repertorio se
encontraba por entonces agotado. Una minoría de
respetables personas de orden estaba sumamente
descontenta. Un señor decía, muy sulfurado, que no
comprendía cómo era posible que se propalaran absurdos
infundios en nuestro siglo ilustrado y que le
sorprendía que el gobierno no prestara atención al
hecho. Al parecer, ese señor era de los que quisieran
complicar al gobierno en todo; incluso en las
trifulcas cotidianas que tiene con su esposa. Luego...
Pero, a partir de aquí, de nuevo queda el suceso
totalmente envuelto en brumas y no se sabe nada en
absoluto de lo acaecido después.
III
En el mundo ocurren
verdaderos disparates. A veces, sin la menor
verosimilitud; súbitamente, la misma nariz que andaba
de un lado para otro con uniforme de consejero de
Estado y que tanto alboroto había armado en la ciudad
volvió a encontrarse como si tal cosa en su sitio, es
decir, exactamente entre las dos mejillas del mayor
Kovaliov. Esto sucedió ya en el mes de abril, el día
7. Al despertarse y lanzar una mirada fortuita al
espejo, descubrió el mayor que allí estaba la nariz.
Echó mano de ella, y allí estaba, sí “¡Al fin!”,
exclamó Kovaliov y, de la alegría, estuvo a punto de
ponerse a bailar, tal y como estaba, descalzo, por
toda la habitación; pero la entrada de Iván se lo
impidió. Enseguida pidió agua para lavarse y, mientras
se aseaba, lanzó otra mirada al espejo. ¡Allí estaba
la nariz! Cuando se secaba con la toalla, miró una vez
más: ¡allí estaba la nariz!
—Mira a ver, Iván: parece
como si tuviera un granito en la nariz —dijo al tiempo
que pensaba—: “Menudo disgusto si Iván me dice ahora:
Pues no, señor; no veo ningún grano ni tampoco veo la
nariz”.
Pero Iván contestó:
—No; no hay ningún grano.
No tiene nada en la nariz.
“Esto ya está bien, ¡qué
demonios!”, se dijo el mayor chascando los dedos. En
ese momento asomó por la puerta el barbero Iván
Yákovlevich, pero con tanto temor como un gato al que
acaban de atizar por robar tocino.
—Lo primero que debes
decirme es si traes las manos limpias —lo interpeló ya
desde lejos Kovaliov.
—Sí. Claro que están
limpias.
—¡Mentira!
—Le juro que están limpias,
señor.
—Bueno. Ya veremos.
Kovaliov se sentó. Iván
Yákovlevich le puso el paño y, con la brocha,
convirtió su barba y parte de las mejillas en algo
parecido a la crema que se suele servir en los
convites onomásticos de los comerciantes.
“¡Bueno!... —exclamó Iván
Yákovlevich para sus adentros contemplando la nariz, y
luego torció la cabeza hacia el lado opuesto para
verla de perfil—. ¡Mírenla ustedes!... ¡Ahí está!
Aunque la verdad es que, si se para uno a pensar...”,
agregó, y estuvo mirando todavía un buen rato la
nariz. Finalmente, con toda la delicadeza y todo el
esmero que se puede uno imaginar, levantó dos dedos
para sujetarla por la punta, pues tal era el sistema
de Iván Yákovlevich.
—¡Eh, eh, tú! ¡Cuidado!
—gritó Kovaliov.
Más aturdido y confuso
todavía, Iván Yákovlevich retiró la mano. Al fin
comenzó a pasar la navaja por debajo del mentón y,
aunque le resultaba muy incómodo y difícil rapar sin
tener sujeto el órgano del olfato, logró vencer todos
los obstáculos y terminar de afeitar ingeniándoselas
para atirantar la piel con su áspero dedo pulgar
apoyado unas veces en la mejilla y otras veces en la
mandíbula inferior del mayor.
Cuando todo estuvo listo,
Kovaliov se apresuró a vestirse inmediatamente, tomó
un coche de punto y se fue derechito a una pastelería.
Nada más entrar, gritó desde lejos: “¡Un chocolate,
muchacho!” y al instante se dirigió hacia un espejo.
¡Tenía la nariz! Dio media vuelta lleno de alegría y
contempló con aire sarcástico, entornando un poco los
párpados, a dos militares: la nariz de uno de ellos
tenía apenas el tamaño de un botón de chaleco. Luego
se dirigió a las oficinas del Departamento donde
estaba gestionando un puesto de vicegobernador o de
ejecutor, en su defecto. Al cruzar la antesala, se
miró a un espejo: ¡allá estaba la nariz! Más tarde fue
a visitar a otro asesor colegiado —o mayor, si se
quiere—, gran amigo de chanzas, a cuyas mordaces
observaciones solía contestar Kovaliov: “¡Demasiado te
conozco a ti. Eres un criticón!” Durante el trayecto,
iba pensando: “Si el mayor no revienta de risa al
verme, seguro es que cada cosa está en su sitio”.Pero
el asesor colegiado se quedó tan campante. “Perfecto,
perfecto, ¡qué demonios!”, se dijo Kovaliov. Después
se encontró con la señora Podtóchina, esposa de un
oficial de Estado Mayor, y su hija. Las saludó y fue
acogido con exclamaciones de júbilo: por tanto, no se
advertía en él ningún defecto. Conversó con ellas un
buen rato y, sacando adrede la tabaquera, se complació
largamente delante de ellas en atascar su nariz de
rapé por ambos conductos, mascullando para sus
adentros: “Así, para que se enteren, cabezas de
chorlitos. Y con la hija no me caso, desde luego. Así
por las buenas, par amour, ¡ni pensarlo!” A
partir de entonces, el mayor Kovaliov volvió a
pasearse como si tal cosa por la Avenida Nevski, a
frecuentar los teatros y acudir a todas partes. Y
también su nariz campaba en medio de su rostro como si
tal cosa, sin aparentar siquiera que hubiera faltado
nunca de allí. Después de todo esto pudo verse al
mayor Kovaliov siempre de buen humor, sonriente,
rondando absolutamente a todas las mujeres bonitas e
incluso detenido una vez delante de una tienda de
Gostínni Dvor para comprar el pasador de una
condecoración, si bien por motivos desconocidos, ya
que él no era caballero de ninguna orden.
¡Ahí tienen ustedes lo
sucedido en la capital norteña de nuestro vasto
imperio! Y únicamente ahora, atando cabos, vemos que
la historia tiene mucho de inverosímil. Sin hablar ya
de que resulta verdaderamente extraña la separación
sobrenatural de la nariz y su aparición en distintos
lugares bajo el aspecto de consejero de Estado. ¿Cómo
no se le ocurrió pensar a Kovaliov que no se podía
anunciar el caso de su nariz en los periódicos a
través de la Oficina de Publicidad? Y no lo digo en el
sentido de que me parezca excesivo el precio del
anuncio: es una nadería y yo estoy lejos de ser una
persona roñosa. ¡Pero, es que resulta desplazado,
violento, feo! Y otra cosa: ¿cómo fue a parar la nariz
al interior de un panecillo y cómo es que Iván
Yákovlevich...? Nada, nada, que no lo entiendo. ¡No lo
entiendo de ninguna manera! Pero lo más chocante, lo
más incomprensible de todo es que los autores sean
capaces de elegir semejantes temas. Confieso que esto
es totalmente inconcebible, es como si... ¡Nada, nada,
que no lo entiendo! En primer lugar, que no le da
ningún provecho a la patria; en segundo lugar...
Bueno, pues, en segundo lugar, tampoco le da provecho.
No sé lo que es esto, sencillamente...
Aunque, sin embargo, con
todo y con ello, si bien, naturalmente, se puede
admitir esto y lo otro y lo de más allá, es posible
incluso... Porque, claro ¿dónde no suceden cosas
absurdas? Y es que, no obstante, si nos paramos a
pensar, seguro que hay algo en todo esto. Se diga lo
que se diga, sucesos por el estilo ocurren en el
mundo. Pocas veces, pero ocurren.
ir arriba
|