| |
BRAM STOKER

Abraham Stoker
nació en Clontarf (entonces un pueblo suburbano y
hoy un barrio de Dublin), Irlanda el 8 de
noviembre de 1847 y su condición de escritor ha
quedado eclipsada por su más célebre creación:
El Conde Drácula, personaje central de una de
las obras de terror más famosas de la literatura
gótica.
Fue el tercero de
siete hermanos del matrimonio del funcionario
Abraham Stoker y la feminista Charlotte Thornley.
Postrado en la cama hasta los ocho años, las
historias de terror que su madre le contó fueron
señeras para su pluma.
A causa de su
endeble salud realizó los primeros estudios en su
hogar con profesores privados. Luego se graduó en
matemáticas y ciencias en el Trinity College
(1870).
Trabajó como funcionario en
el Dublin Castle y como crítico teatral en la
publicación Dublin Evening Mail. Su
presentación como escritor fue en la revista
Shamrock, con The Chain of Destiny (1875).
En 1876 viajó a
Londres, acompañando al actor Henry Irving, a
quien admiraba, contratado por este como su
representante y secretario tras leer su crítica de
Hamlet, en la que Irving intervenía. Allí, ambos
dirigirían el Lyceum Theatre y Toker comenzaría a
escribir relatos fantásticos.
En 1878, Stoker se
casó con Florence Balcombe, con la que tuvo un
hijo: Noel, pero su matrimonio no fue feliz a
causa de la frigidez de Florence que provocaba
insatisfacciones en Bram.
Under the Sunset
(1882), es su primera colección de relatos
infantiles. En 1890 publica el primer libro,
Las obligaciones de los escribanos en los
Tribunales de Primera Instancia de Irlanda
(1879), al que seguiría una vasta producción en la
que destacan: El desfiladero de la serpiente
(1890), la primera novela, Crooked Sands
(1894), El entierro de las ratas,
obra maestra del género, Miss Betty (1898), La joya de las siete estrellas (1903),
La Dama del sudario (1909), tal vez su título
más logrado, y La madriguera del gusano blanco
(1911).
Pero la creación
literaria mas reconocida con la que realzó los
matices del vampirismo, y pasó a ser una obra
literaria transmitida a través de los años, fue la
creación del vampiro Drácula (1897),
historia ficticia basada en el personaje real de
Vlad Tepes también llamado el “empalador”.
Fue fervoroso
lector y luego amigo de Walt Whitman.
Murió en Londres a
causa de la sífilis el 20 de abril de 1912. Pobre,
olvidado y eclipsada su muerte por el hundimiento
del Titanic, la prensa apenas recoge la
desaparición de Stoker a pesar de que el tiempo
rescataría a su célebre personaje.
|
|
Cuando iniciamos nuestro paseo, el sol brillaba
intensamente sobre Munich y el aire estaba repleto de
la alegría propia de comienzos del verano. En el mismo
momento en que íbamos a partir, Herr Delbrück (el
maître d'hôtel del Quatre Saisons, donde me alojaba)
bajó hasta el carruaje sin detenerse a ponerse el
sombrero y, tras desearme un placentero paseo, le dijo
al cochero, sin apartar la mano de la manija de la
puerta del coche:
—No olvide estar de regreso
antes de la puesta del sol. El cielo parece claro,
pero se nota un frescor en el viento del norte que me
dice que puede haber una tormenta en cualquier
momento. Pero estoy seguro de que no se retrasará
—sonrió—, pues ya sabe qué noche es.
Johann le contestó con un
enfático:
—Ja, mein Herr.
Y, llevándose la mano al
sombrero, se dio prisa en partir.
Cuando hubimos salido de la
ciudad le dije, tras indicarle que se detuviera:
—Dígame, Johann, ¿qué noche
es hoy?
Se persignó al tiempo que
contestaba lacónicamente:
—Walpurgis Nacht.
Y sacó su reloj, un grande
y viejo instrumento alemán de plata, tan grande como
un nabo, y lo contempló, con las cejas juntas y un
pequeño e impaciente encogimiento de hombros. Me di
cuenta de que aquella era su forma de protestar
respetuosamente contra el innecesario retraso y me
volví a recostar en el asiento, haciéndole señas de
que prosiguiese. Reanudó una buena marcha, como si
quisiera recuperar el tiempo perdido. De vez en
cuando, los caballos parecían alzar sus cabezas y
olisquear suspicazmente el aire. En tales ocasiones,
yo miraba alrededor, alarmado. El camino era
totalmente anodino, pues estábamos atravesando una
especie de alta meseta barrida por el viento. Mientras
viajábamos, vi un camino que parecía muy poco usado y
que aparentemente se hundía en un pequeño y
serpenteante valle. Parecía tan invitador que, aun
arriesgándome a ofenderlo, le dije a Johann que se
detuviera y, cuando lo hubo hecho, le expliqué que me
gustaría que bajase por allí. Me dio toda clase de
excusas, y se persignó con frecuencia mientras
hablaba. Esto, de alguna forma, excitó mi curiosidad,
así que le hice varias preguntas. Respondió
evasivamente, sin dejar de mirar una y otra vez su
reloj como protesta. Al final, le dije:
—Bueno, Johann, quiero
bajar por ese camino. No le diré que venga si no lo
desea, pero cuénteme por qué no quiere hacerlo, eso es
todo lo que le pido.
Como respuesta, pareció
zambullirse desde el pescante por lo rápidamente que
llegó al suelo. Entonces extendió sus manos hacia mí
en gesto de súplica y me imploró que no fuera.
Mezclaba el suficiente inglés con su alemán como para
que yo entendiese el hilo de sus palabras. Parecía
estar siempre a punto de decirme algo, cuya sola idea
era evidente que le aterrorizaba; pero cada vez se
echaba atrás y decía mientras se persignaba:
—Walpurgis Nacht!
Traté de argumentar con él
pero era difícil discutir con un hombre cuyo idioma no
hablaba. Ciertamente, él tenía todas las ventajas,
pues aunque comenzaba hablando en inglés, un inglés
muy burdo y entrecortado, siempre se excitaba y
acababa por revertir a su idioma natal.... y cada vez
que lo hacía miraba su reloj. Entonces los caballos se
mostraron inquietos y olisquearon el aire. Ante esto,
palideció y, mirando a su alrededor de forma asustada,
saltó de pronto hacia adelante, los aferró por las
bridas y los hizo avanzar unos diez metros. Yo lo
seguí y le pregunté por qué había hecho aquello. Como
respuesta, se persignó, señaló al punto que había
abandonado y apuntó con su látigo hacia el otro
camino, indicando una cruz y diciendo, primero en
alemán y luego en inglés:
—Enterrados..., estar
enterrados los que matarse ellos mismos.
Recordé la vieja costumbre
de enterrar a los suicidas en los cruces de los
caminos.
—¡Ah! Ya veo, un suicida.
¡Qué interesante!
Pero a fe mía que no podía
saber por qué estaban asustados los caballos.
Mientras hablábamos,
escuchamos un sonido que era un cruce entre el aullido
de un lobo y el ladrido de un perro. Se oía muy lejos,
pero los caballos se mostraron muy inquietos, y le
llevó bastante tiempo a Johann calmarlos. Estaba muy
pálido y dijo:
—Suena como lobo..., pero
no hay lobos aquí, ahora.
—¿No? —pregunté
inquisitivamente—. ¿Hace ya mucho tiempo desde que los
lobos estuvieron tan cerca de la ciudad?
—Mucho, mucho —contestó—.
En primavera y verano, pero con la nieve los lobos no
mucho lejos.
Mientras acariciaba los
caballos y trataba de calmarlos, oscuras nubes
comenzaron a pasar rápidas por el cielo. El sol
desapareció, y una bocanada de aire frío sopló sobre
nosotros. No obstante, tan sólo fue un soplo, y más
parecía un aviso que una realidad, pues el sol volvió
a salir brillante. Johann miró hacia el horizonte
haciendo visera con su mano, y dijo:
—La tormenta de nieve venir
dentro de mucho poco.
Luego miró de nuevo su
reloj y manteniendo firmemente las riendas, pues los
caballos seguían manoteando inquietos y agitando sus
cabezas, subió al pescante como si hubiera llegado el
momento de proseguir nuestro viaje.
Me sentía un tanto
obstinado y no subí inmediatamente al carruaje.
—Hábleme del lugar al que
lleva este camino —le dije, y señalé hacia abajo.
Se persignó de nuevo y
murmuró una plegaria antes de responderme:
—Es maldito.
—¿Qué es lo que es maldito?
—inquirí.
—El pueblo.
—Entonces, ¿hay un pueblo?
—No, no. Nadie vive allá
desde cientos de años.
Me devoraba la curiosidad:
—Pero dijo que había un
pueblo.
—Había.
—¿Y qué pasa ahora?
Como respuesta, se lanzó a
desgranar una larga historia en alemán y en inglés,
tan mezclados que casi no podía comprender lo que
decía, pero a grandes rasgos logré entender que hacía
muchos cientos de años habían muerto allí personas que
habían sido enterradas; y se habían oído ruidos bajo
la tierra, y cuando se abrieron las fosas se hallaron
a los hombres y mujeres con el aspecto de vivos y las
bocas rojas de sangre. Y por eso, buscando salvar sus
vidas (¡ay, y sus almas!.... y aquí se persignó de
nuevo), los que quedaron huyeron a otros lugares donde
los vivos vivían y los muertos estaban muertos y
no.... no otra cosa. Evidentemente tenía miedo de
pronunciar las últimas palabras. Mientras avanzaba en
su narración, se iba excitando más y más, parecía como
si su imaginación se hubiera desbocado, y terminó en
un verdadero paroxismo de terror: blanco el rostro,
sudoroso, tembloroso y mirando a su alrededor, como si
esperase que alguna horrible presencia se fuera a
manifestar allí mismo, en la llanura abierta, bajo la
luz del sol. Finalmente, en una agonía de
desesperación, gritó: “Walpurgis Nacht!”, e hizo una
seña hacia el vehículo, indicándome que subiera. Mi
sangre inglesa hirvió ante esto y, echándome hacia
atrás, dije:
—Tiene usted miedo,
Johann... tiene usted miedo. Regrese, yo volveré solo;
un paseo a pie me sentará bien. —La puerta del
carruaje estaba abierta. Tomé del asiento el bastón de
roble que siempre llevo en mis excursiones y cerré la
puerta. Señalé el camino de regreso a Munich y
repetí—: Regrese, Johann... La noche de Walpurgis no
tiene nada que ver con los ingleses.
Los caballos estaban ahora
más inquietos que nunca y Johann intentaba retenerlos
mientras me imploraba excitadamente que no cometiera
tal locura. Me daba pena el pobre hombre, parecía
sincero; no obstante, no pude evitar el echarme a
reír. Ya había perdido todo rastro de inglés en sus
palabras. En su ansiedad, había olvidado que la única
forma que tenía de hacerme comprender era hablar en mi
idioma, así que chapurreó su alemán nativo. Comenzaba
a ser algo tedioso. Tras señalar la dirección,
exclamé: “¡Regrese!”, y me di la vuelta para bajar por
el camino lateral, hacia el valle.
Con un gesto de
desesperación, Johann volvió sus caballos hacia
Munich. Me apoyé sobre mi bastón y lo contemplé
alejarse. Marchó lentamente por un momento; luego,
sobre la cima de una colina, apareció un hombre alto y
delgado. No podía verlo muy bien a aquella distancia.
Cuando se acercó a los caballos, éstos comenzaron a
encabritarse y a patear, luego relincharon
aterrorizados y echaron a correr locamente. Los
contemplé perderse de vista y luego busqué al extraño
pero me di cuenta de que también él había
desaparecido.
Me volví con ánimo
tranquilo hacia el camino lateral que bajaba hacia el
profundo valle que tanto había preocupado a Johann.
Por lo que podía ver, no había ni la más mínima razón
para esta preocupación; y diría que caminé durante un
par de horas sin pensar en el tiempo ni en la
distancia, y ciertamente sin ver ni persona ni casa
alguna. En lo que a aquel lugar se refería, era una
verdadera desolación. Pero no me di cuenta de esta
particularidad hasta que, al dar la vuelta a un recodo
del camino, llegué hasta el disperso lindero de un
bosque. Entonces me di cuenta de que,
inconscientemente, había quedado impresionado por la
desolación de los lugares por los que acababa de
pasar.
Me senté para descansar y
comencé a mirar a mi alrededor. Me fijé en que el aire
era mucho más frío que cuando había iniciado mi
camino: parecía rodearme un sonido susurrante, en el
que se oía de vez en cuando, muy en lo alto, algo así
como un rugido apagado. Miré hacia arriba y pude ver
que grandes y densas nubes corrían rápidas por el
cielo, de norte a sur, a una gran altura. Eran los
signos de una tormenta que se aproximaba por algún
lejano estrato de aire. Noté un poco de frío y,
pensando que era por haberme sentado tras la caminata,
reinicié mi paseo.
El terreno que cruzaba
ahora era mucho más pintoresco. No había ningún punto
especial digno de mención, pero en todo él se notaba
cierto encanto y belleza. No pensé más en el tiempo, y
fue sólo cuando empezó a hacerse notar el
oscurecimiento del sol que comencé a preocuparme
acerca de cómo hallar el camino de vuelta. Había
desaparecido la brillantez del día. El aire era frío,
y el vuelo de las nubes allá en lo alto mucho más
evidente. Iban acompañadas por una especie de sonido
ululante y lejano, por entre el que parecía escucharse
a intervalos el misterioso grito que el cochero había
dicho que era de un lobo. Dudé un momento, pero me
había prometido ver el pueblo abandonado, así que
proseguí, y de pronto llegué a una amplia extensión de
terreno llano, cerrado por las colinas que lo
rodeaban. Las laderas de éstas estaban cubiertas de
árboles que descendían hasta la llanura, formando
grupos en las suaves pendientes y depresiones visibles
aquí y allá. Seguí con la vista el serpentear del
camino y vi que trazaba una curva cerca de uno de los
más densos grupos de árboles y luego se perdía tras
él.
Mientras miraba noté un
hálito helado en el aire, y comenzó a nevar. Pensé en
los kilómetros y kilómetros de terreno desguarnecido
por los que había pasado, y me apresuré a buscar
cobijo en el bosque de enfrente. El cielo se fue
volviendo cada vez más oscuro, y a mí alrededor se
veía una brillante alfombra blanca cuyos extremos más
lejanos se perdían en una nebulosa vaguedad. Aún se
podía ver el camino, pero mal, y cuando corría por el
llano no quedaban tan marcados sus límites como cuando
seguía las hondonadas; y al poco me di cuenta de que
debía haberme apartado del mismo, pues dejé de notar
bajo mis pies la dura superficie y me hundí en tierra
blanda. Entonces el viento se hizo más fuerte y sopló
con creciente fuerza, hasta que casi me arrastró. El
aire se volvió totalmente helado, y comencé a sufrir
los efectos del frío a pesar del ejercicio. La nieve
caía ahora tan densa y giraba a mí alrededor en tales
remolinos que apenas podía mantener abiertos los ojos.
De vez en cuando, el cielo era desgarrado por un
centelleante relámpago, y a su luz sólo podía ver
frente a mí una gran masa de árboles, principalmente
cipreses y tejos completamente cubiertos de nieve.
Pronto me hallé al amparo
de los mismos, y allí, en un relativo silencio, pude
oír el soplar del viento, en lo alto. En aquel
momento, la oscuridad de la tormenta se había fundido
con la de la noche. Pero su furia parecía estar
abatiéndose: tan sólo regresaba en tremendos
resoplidos o estallidos. En aquellos momentos el
escalofriante aullido del lobo pareció despertar el
eco de muchos sonidos similares a mí alrededor.
En ocasiones, a través de
la oscura masa de las nubes, se veía un perdido rayo
de luna que iluminaba el terreno y que me dejaba ver
que estaba al borde de una densa masa de cipreses y
tejos. Como había dejado de nevar, salí de mi refugio
y comencé a investigar más a fondo los alrededores. Me
parecía que entre tantos viejos cimientos como había
pasado en mi camino, quizá hallase una casa aún en pie
que, aunque estuviese en ruinas, me diese algo de
cobijo. Mientras rodeaba el perímetro del bosquecillo,
me di cuenta de que una pared baja lo cercaba y,
siguiéndola, hallé una abertura. Allí los cipreses
formaban un camino que llevaba hasta la cuadrada masa
de algún tipo de edificio. No obstante, en el mismo
momento en que la divisé, las errantes nubes
oscurecieron la luna y atravesé el sendero en
tinieblas. El viento debió de hacerse más frío, pues
noté que me estremecía mientras caminaba; pero tenía
esperanzas de hallar un refugio, así que proseguí mi
camino a ciegas.
Me detuve, pues se produjo
un repentino silencio. La tormenta había pasado y,
quizá en simpatía con el silencio de la naturaleza, mi
corazón pareció dejar de latir. Pero eso fue tan sólo
momentáneo, pues repentinamente la luz de la luna se
abrió paso por entre las nubes, mostrándome que me
hallaba en un cementerio, y que el objeto cuadrado
situado frente a mí era una enorme tumba de mármol,
tan blanca como la nieve que lo cubría todo. Con la
luz de la luna llegó un tremendo suspiro de la
tormenta, que pareció reanudar su carrera con un largo
y grave aullido, como el de muchos perros o lobos. Me
sentía anonadado, y noté que el frío me calaba hondo
hasta parecer aferrarme el corazón. Entonces mientras
la oleada de luz lunar seguía cayendo sobre la tumba
de mármol, la tormenta dio muestras de reiniciarse,
como si quisiera volver atrás. Impulsado por alguna
especie de fascinación, me aproximé a la sepultura
para ver de quién era y por qué una construcción así
se alzaba solitaria en semejante lugar. La rodeé y
leí, sobre la puerta dórica, en alemán:
CONDESA DOLINGEN DE GRATZ
EN ESTIRIA
BUSCÓ Y HALLÓ LA MUERTE
EN 1801
En la parte alta del
túmulo, y atravesando aparentemente el mármol, pues la
estructura estaba formada por unos pocos bloques
macizos, se veía una gran vigueta o estaca de hierro.
Me dirigí hacia la parte de
atrás y leí, esculpida con grandes letras cirílicas:
Los muertos viajan de prisa
Había algo tan extraño y
fuera de lo usual en todo aquello que me hizo sentir
mal y casi desfallecí. Por primera vez empecé a desear
haber seguido el consejo de Johann. Y en aquel momento
me invadió un pensamiento que, en medio de aquellas
misteriosas circunstancias, me produjo un terrible
estremecimiento: ¡era la noche de Walpurgis!
La noche de Walpurgis en la
que, según las creencias de millones de personas, el
diablo andaba suelto; en la que se abrían las tumbas y
los muertos salían a pasear; en la que todas las cosas
maléficas de la tierra, el mar y el aire celebraban su
reunión. Y estaba en el preciso lugar que el cochero
había rehuido. Aquél era el pueblo abandonado hacía
siglos. Allí era donde se encontraba la suicida; ¡y en
ese lugar me encontraba yo ahora solo..., sin ayuda,
temblando de frío en medio de una nevada y con una
fuerte tormenta formándose a mi alrededor! Fue
necesaria toda mi filosofía, toda la religión que me
habían enseñado, todo mi coraje, para no derrumbarme
en un paroxismo de terror.
Y entonces un verdadero
tornado estalló a mí alrededor. El suelo se estremeció
como si millares de caballos galopasen sobre él, y
esta vez la tormenta llevaba en sus gélidas alas no
nieve, sino un enorme granizo que cayó con tal
violencia que parecía haber sido lanzado por lo
míticos honderos baleáricos... Piedras de granizo que
aplastaban hojas y ramas y que negaban la protección
de los cipreses, como si en lugar de árboles hubieran
sido espigas de cereal. Al primer momento corrí hasta
el árbol más cercano, pero pronto me vi obligado a
abandonarlo y buscar el único punto que parecía
ofrecer refugio: la profunda puerta dórica de la tumba
de mármol. Allí, acurrucado contra la enorme puerta de
bronce, conseguí una cierta protección contra la caída
del granizo, pues ahora sólo me golpeaba al rebotar
contra el suelo y los costados de mármol.
Al apoyarme contra la
puerta, ésta se movió ligeramente y se abrió un poco
hacia adentro. Incluso el refugio de una tumba era
bienvenido en medio de aquella despiadada tempestad, y
estaba a punto de entrar en ella cuando se produjo el
destello de un relámpago que iluminó toda la extensión
del cielo. En aquel instante, lo juro por mi vida, vi,
pues mis ojos estaban vueltos hacia la oscuridad del
interior, a una bella mujer, de mejillas sonrosadas y
rojos labios, aparentemente dormida sobre un féretro.
Mientras el trueno estallaba en lo alto fui atrapado
como por la mano de un gigante y lanzado hacia la
tormenta. Todo aquello fue tan repentino que antes de
que me llegara el impacto, tanto moral como físico, me
encontré bajo la lluvia de piedras. Al mismo tiempo
tuve la extraña y absorbente sensación de que no
estaba solo. Miré hacia el túmulo. Y en aquel mismo
momento se produjo otro cegador relámpago, que pareció
golpear la estaca de hierro que dominaba el monumento
y llegar por ella hasta el suelo, resquebrajando,
desmenuzando el mármol como en un estallido de llamas.
La mujer muerta se alzó en un momento de agonía,
lamida por las llamas, y su amargo alarido de dolor
fue ahogado por el trueno. La última cosa que oí fue
esa horrible mezcla de sonidos, pues de nuevo fui
aferrado por la gigantesca mano y arrastrado, mientras
el granizo me golpeaba y el aire parecía reverberar
con el aullido de los lobos. La última cosa que
recuerdo fue una vaga y blanca masa movediza, como si
las tumbas de mi alrededor hubieran dejado salir los
amortajados fantasmas de sus muertos, y éstos me
estuvieran rodeando en medio de la oscuridad de la
tormenta de granizo.
Gradualmente, volvió a mí
una especie de confuso inicio de conciencia; luego una
sensación de cansancio aniquilador. Durante un momento
no recordé nada; pero poco a poco volvieron mis
sentidos. Los pies me dolían espantosamente y no podía
moverlos. Parecían estar dormidos. Notaba una
sensación gélida en mi nuca y en todo lo largo de mi
espina dorsal, y mis orejas, como mis pies, estaban
muertas y, sin embargo, me atormentaban; pero sobre mi
pecho notaba una sensación de calor que, en
comparación, resultaba deliciosa. Era como una
pesadilla..., una pesadilla física, si es que uno
puede usar tal expresión, pues un enorme peso sobre mi
pecho me impedía respirar normalmente.
Ese período de semi-letargo
pareció durar largo rato, y mientras transcurría debí
de dormir o delirar. Luego sentí una sensación de
repugnancia, como en los primeros momentos de un
mareo, y un imperioso deseo de librarme de algo,
aunque no sabía de qué. Me rodeaba un descomunal
silencio, como si todo el mundo estuviese dormido o
muerto, roto tan sólo por el suave jadeo de algún
animal cercano. Noté un cálido lametón en mi cuello, y
entonces me llegó la conciencia de la terrible verdad,
que me heló hasta los huesos e hizo que se congelara
la sangre en mis venas. Había algún animal recostado
sobre mí y ahora lamía mi garganta. No me atreví a
agitarme, pues algún instinto de prudencia me obligaba
a seguir inmóvil, pero la bestia pareció darse cuenta
de que se había producido algún cambio en mí, pues
levantó la cabeza. Por entre mis pestañas vi sobre mí
los dos grandes ojos llameantes de un gigantesco lobo.
Sus aguzados caninos brillaban en la abierta boca
roja, y pude notar su acre respiración sobre mi boca.
Durante otro período de
tiempo lo olvidé todo. Luego escuché un gruñido,
seguido por un aullido, y luego por otro y otro.
Después, aparentemente muy a lo lejos, escuché un
“¡hey, hey!” como de muchas voces gritando al unísono.
Alcé cautamente la cabeza y miré en la dirección de la
que llegaba el sonido, pero el cementerio bloqueaba mi
visión. El lobo seguía aullando de una extraña manera,
y un resplandor rojizo comenzó a moverse por entre los
cipreses, como siguiendo el sonido. Cuando las voces
se acercaron, el lobo aulló más fuerte y más
rápidamente. Yo temía hacer cualquier sonido o
movimiento. El brillo rojo se acercó más, por encima
de la alfombra blanca que se extendía en la oscuridad
que me rodeaba. Y de pronto, de detrás de los árboles,
surgió al trote una patrulla de jinetes llevando
antorchas. El lobo se apartó de encima de mí y escapó
por el cementerio. Vi cómo uno de los jinetes
(soldados, según parecía por sus gorras y sus largas
capas militares) alzaba su carabina y apuntaba. Un
compañero golpeó su brazo hacia arriba, y escuché cómo
la bala zumbaba sobre mi cabeza. Evidentemente me
había tomado por el lobo. Otro divisó al animal
mientras se alejaba, y se oyó un disparo. Luego, al
galope, la patrulla avanzó, algunos hacia mí y otros
siguiendo al lobo mientras éste desaparecía por entre
los nevados cipreses.
Mientras se aproximaban,
traté de moverme; no lo logré, aunque podía ver y oír
todo lo que sucedía a mi alrededor. Dos o tres de los
soldados saltaron de su monturas y se arrodillaron a
mi lado. Uno de ellos alzó mi cabeza y colocó su mano
sobre mi corazón.
—¡Buenas noticias,
camaradas! —gritó—. ¡Su corazón todavía late!
Entonces vertieron algo de
brandy entre mis labios; me dio vigor, y fui capaz de
abrir del todo los ojos y mirar a mí alrededor. Por
entre los árboles se movían luces y sombras, y oí cómo
los hombres se llamaban los unos a los otros. Se
agruparon, lanzando asustadas exclamaciones, y las
luces centellearon cuando los otros entraron
amontonados en el cementerio, como posesos. Cuando los
primeros llegaron hasta nosotros, los que me rodeaban
preguntaron ansiosos:
—¿Lo hallaron?
La respuesta fue
apresurada:
—¡No! ¡No! ¡Vámonos....
pronto! ¡Éste no es un lugar para quedarse, y menos en
esta noche!
—¿Qué era? —preguntaron en
varios tonos de voz.
La respuesta llegó variada
e indefinida, como si todos los hombres sintiesen un
impulso común por hablar y, sin embargo, se vieran
refrenados por algún miedo compartido que les
impidiese airear sus pensamientos.
—¡Era... era... una cosa!
—tartamudeó uno, cuyo ánimo, obviamente, se había
derrumbado.
—¡Era un lobo..., sin
embargo, no era un lobo! —dijo otro estremeciéndose.
—No vale la pena intentar
matarlo sin tener una bala bendecida —indicó un
tercero con voz más tranquila.
—¡Nos está bien merecido
por salir en esta noche! ¡Desde luego que nos hemos
ganado los mil marcos! —espetó un cuarto.
—Había sangre en el mármol
derrumbado –dijo otro tras una pausa—. Y desde luego
no la puso ahí el rayo. En cuanto a él... ¿está a
salvo? ¡Miren su garganta. Vean, camaradas: el lobo
estaba echado encima de él, dándole calor.
El oficial miró mi garganta
y replicó:
—Está bien; la piel no ha
sido perforada. ¿Qué significará todo esto? Nunca lo
habríamos hallado de no haber sido por los aullidos
del lobo.
—¿Qué es lo que ocurrió con
ese lobo? —preguntó el hombre que sujetaba mi cabeza,
que parecía ser el menos aterrorizado del grupo, pues
sus manos estaban firmes, sin temblar. En su bocamanga
se veían los galones de suboficial.
—Volvió a su cubil
—contestó el hombre cuyo largo rostro estaba pálido y
que temblaba visiblemente aterrorizado mientras miraba
a su alrededor—. Aquí hay bastantes tumbas en las que
puede haberse escondido. ¡Vámonos, camaradas, vámonos
rápido! Abandonemos este lugar maldito.
El oficial me alzó hasta
sentarme y lanzó una voz de mando; luego, entre varios
hombres me colocaron sobre un caballo. Saltó a la
silla tras de mí, me sujetó con los brazos y dio la
orden de avanzar; dando la espalda a los cipreses,
cabalgamos rápidamente en formación.
Mi lengua seguía rehusando
cumplir con su función y me vi obligado a guardar
silencio. Debí de quedarme dormido, pues lo siguiente
que recuerdo es estar de pie, sostenido por un soldado
a cada lado. Ya casi era de día, y hacia el norte se
reflejaba una rojiza franja de luz solar, como un
sendero de sangre, sobre la nieve. El oficial estaba
ordenando a sus hombres que no contaran nada de lo que
habían visto, excepto que habían hallado a un
extranjero, un inglés, protegido por un gran perro.
—¡Un gran perro! Eso no era
ningún perro —interrumpió el hombre que había mostrado
tanto miedo—. Sé reconocer un lobo cuando lo veo.
El joven oficial le
respondió con calma:
—Dije un perro.
—¡Perro! —reiteró
irónicamente el otro. Resultaba evidente que su valor
estaba ascendiendo con el sol y, señalándome, dijo—:
Mírele la garganta. ¿Es eso obra de un perro, señor?
Instintivamente alcé una
mano al cuello y, al tocármelo, grité de dolor. Los
hombres se arremolinaron para mirar, algunos bajando
de sus sillas, y de nuevo se oyó la calmada voz del
joven oficial:
—Un perro, he dicho. Si
contamos alguna otra cosa, se reirán de nosotros.
Entonces monté tras uno de
los soldados y entramos en los suburbios de Munich.
Allí encontramos un carruaje al que me subieron y que
me llevó al Quatre Saisons; el oficial me acompañó en
el vehículo, mientras un soldado nos seguía llevando
su caballo y los demás regresaban al cuartel.
Cuando llegamos, Herr
Delbrück bajó tan rápidamente las escaleras para salir
a mi encuentro que se hizo evidente que había estado
mirando desde dentro. Me sujetó con ambas manos y me
llevó solícito al interior. El oficial hizo un saludo
y se dio la vuelta para alejarse, pero al darme cuenta
insistí en que me acompañara a mis habitaciones.
Mientras tomábamos un vaso de vino, le di las gracias
efusivamente, a él y a sus camaradas, por haberme
salvado. Él se limitó a responder que se sentía muy
satisfecho, y que Herr Delbrück ya había dado los
pasos necesarios para gratificar al grupo de rescate;
ante esta ambigua explicación el maître d'hôtel
sonrió, mientras el oficial se excusaba, alegando
tener que cumplir con sus obligaciones, y se retiraba.
—Pero Herr Delbrück
—interrogué—, ¿cómo y por qué me buscaron los
soldados?
Se encogió de hombros, como
no dándole importancia a lo que había hecho, y
replicó:
—Tuve la buena suerte de
que el comandante del regimiento en el que serví me
autorizara a pedir voluntarios.
—Pero ¿cómo supo que estaba
perdido? —le pregunté.
—El cochero regresó con los
restos de su carruaje, que resultó destrozado cuando
los caballos se desbocaron.
—¿Y por eso envió a un
grupo de soldados en mi busca?
—¡Oh, no! —me respondió—.
Pero, antes de que llegase el cochero, recibí este
telegrama del boyardo de que es usted huésped —y sacó
del bolsillo un telegrama, que me entregó y leí:
BISTRITZ
“Tenga cuidado con mi
huésped: su seguridad me es preciosa. Si algo le
ocurriera, o lo echasen a faltar, no ahorre medios
para hallarle y garantizar su seguridad. Es inglés, y
por consiguiente aventurero. A menudo hay peligro con
la nieve y los lobos y la noche. No pierda un momento
si teme que le haya ocurrido algo. Respaldaré su celo
con mi fortuna. — Drácula.
Mientras sostenía el
telegrama en mi mano, la habitación pareció girar a mi
alrededor y, si el atento maître d'hôtel no me hubiera
sostenido, creo que me hubiera desplomado. Había algo
tan extraño en todo aquello, algo tan fuera de lo
corriente e imposible de imaginar, que me pareció ser,
en alguna manera, el juguete de enormes fuerzas..., y
esta sola idea me paralizó. Ciertamente me hallaba
bajo alguna clase de misteriosa protección; desde un
lejano país había llegado, justo a tiempo, un mensaje
que me había arrancado del peligro de la congelación y
de las mandíbulas del lobo.
ir arriba
|