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J. G. BALLARD

James Graham
Ballard (1930) de nacionalidad inglesa nació
en Shanghai (China) el 18 de noviembre de 1930.
Vivió sus primeros años en un campo de
concentración tras el ataque a Pearl Harbor y en
1946 regresó a Inglaterra donde estudió medicina
mientras se sostenía con empleos diversos y
redactando textos publicitarios.
Perteneció a la RAF
y luego de licenciarse colaboró durante seis años
en una revista científica. Luego se dedicó por
completo a la literatura.
En sus comienzos
abordó la ciencia ficción sicológica, luego sus
ámbitos fueron “interiores”, distanciándose de los
espacios planetarios tradicionales del género. Él
mismo lo aclara al declarar: “El único planeta
alienígena es la Tierra”.
Obra principal:
El mundo sumergido (1962), El viento de
ninguna parte (1962), La sequía (1965),
El mundo de cristal (1966), Crash
(1973), La isla de cemento (1974),
Rascacielos (1975), Compañía de sueños
ilimitada (1979), Hola América (1981),
El imperio del sol
(1984), El día de la creación (1987), Desbocado
(1988), La bondad de las mujeres
(1991), Fuga al paraíso (1994), Noches
de cocaína (1996) y Super-Cannes (2001.
De 1996 es su colección de ensayos y reseñas
Guía del milenio para el usuario.
En toda su
producción transita una apocalíptica visión del
mundo mostrando la decadencia, el desastre y la
superpoblación en el que la vida termina por ser
agobiante.
Crash (1973), llevada al
cine en 1996 por David Cronenberg con un áspero
debate sobre obscenidad y censura, es su obra más
importante en la que aborda el placer perverso de
la psiquis humana (el peligro, la muerte, el deseo
sexual, los coches).
La literatura
“ciberpunk” (William Gibson, Bruce Sterling) lo ha
tomado como referente del género y reconocen su
ascendente influencia. Su experimentación
lingüísitica lo ha llevado a autodenominarse
“terrorista literario” a raíz del lenguaje duro
que emplea (Crash, La exhibición de
atrocidades).
El imperio del sol
(1984), de caracter autobiográfico, fue propuesta
para el Booker Prize y ganadora de Guardian
Fiction Prize. Spielberg la llevó al cine en 1988
aunque su despliegue presupuestario no dignifique
el mensaje profundo de la narración.
Susan Sontag lo ha
definido como una de las voces más importantes e
inteligentes de la ficción contemporánea. Es sin
duda uno de los autores más representativos de la
New Wave inglesa. Actualmente vive en Shepperton,
Inglaterra.
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En la mañana después de la
tormenta las aguas arrojaron a la playa, a ocho
kilómetros al noroeste de la ciudad, el cuerpo de un
gigante ahogado. La primera noticia la trajo un
campesino de las cercanías y fue confirmada luego por
los hombres del periódico local y de la policía. Sin
embargo, la mayoría de la gente, incluyéndome a mí, no
lo creímos, pero la llegada de otros muchos testigos
oculares que confirmaban el enorme tamaño del gigante
excitó al fin nuestra curiosidad. Cuando salimos para
la costa poco después de las dos, no quedaba casi
nadie en la biblioteca donde yo y mis colegas
estábamos investigando, y la gente siguió dejando las
oficinas y las tiendas durante todo el día, a medida
que la noticia corría por la ciudad.
En el momento en que
alcanzamos las dunas sobre la playa, ya se había
reunido una multitud considerable, y vimos el cuerpo
tendido en el agua baja, a doscientos metros. Lo que
habíamos oído del tamaño del gigante nos pareció
entonces muy exagerado. Había marea baja, y casi todo
el cuerpo del gigante estaba al descubierto, pero no
parecía ser mayor que un tiburón echado al sol. Yacía
de espaldas con los brazos extendidos a los lados, en
una actitud de reposo, como si estuviese dormido sobre
el espejo de arena húmeda. La piel descolorida se le
reflejaba en el agua y el cuerpo resplandecía a la
clara luz del sol como el plumaje blanco de un ave
marina, Perplejos, y descontentos con las
explicaciones de la multitud, mis amigos y yo bajamos
de las dunas hacia la arena de la orilla. Todos
parecían tener miedo de acercarse al gigante, pero
media hora después dos pescadores con botas altas
salieron del grupo, adelantándose por la arena. Cuando
las figuras minúsculas se acercaron al cuerpo
recostado, un alboroto de conversaciones estalló entre
los espectadores. Los dos hombres parecían criaturas
diminutas al lado del gigante. Aunque los talones
estaban parcialmente hundidos en la arena, los pies se
alzaban a por lo menos el doble de la estatura de los
pescadores, y comprendimos inmediatamente que este
leviatán ahogado tenía la masa y las dimensiones de
una ballena.
Tres barcos pesqueros
habían llegado a la escena y estaban a medio kilómetro
de la playa; las tripulaciones observaban desde las
proas. La prudencia de los hombres había disuadido a
los espectadores de la costa que habían pensado en
vadear las aguas bajas. Impacientemente, todos dejamos
las dunas y esperamos en la orilla. El agua había
lamido la arena alrededor de la figura, formando una
concavidad, como si el gigante hubiese caído del
cielo. Los dos pescadores estaban ahora entre los
inmensos plintos de los pies, y nos saludaban como
turistas entre las columnas de un templo lamido por
las aguas, a orillas del Nilo. Durante un momento temí
que el gigante estuviera sólo dormido y pudiera
moverse y juntar de pronto los talones, pero los ojos
vidriados miraban fijamente al cielo, sin advertir
esas réplicas minúsculas de sí mismo que tenía entre
los pies.
Los pescadores echaron a
andar entonces alrededor del cuerpo, pasando junto a
los costados blancos de las piernas. Luego de
detenerse a examinar los dedos de la mano supina,
desaparecieron entre el brazo y el pecho, y asomaron
de nuevo para mirar la cabeza, protegiéndose los ojos
del sol mientras contemplaban el perfil griego. La
frente baja, la nariz recta y los labios curvos me
recordaron una copia romana de Praxiteles; las
cartelas elegantemente formadas de las ventanas de la
nariz acentuaban el parecido con una escultura
monumental.
Repentinamente brotó un
grito de la multitud, y un centenar de brazos
apuntaron hacia el mar. Sobresaltado, vi que uno de
los pescadores había trepado al pecho del gigante y se
paseaba por encima haciendo señas hacia la orilla.
Hubo un rugido de sorpresa y victoria en la multitud,
perdido en una precipitación de conchillas y arenisca
cuando todos corrieron playa abajo.
Al acercarnos a la figura
recostada, que descansaba en un charco de agua del
tamaño de un campo de fútbol, la charla excitada
disminuyó otra vez, dominada por las enormes
dimensiones de este coloso moribundo. Estaba tirado en
un ligero ángulo con la orilla, las piernas más hacia
la costa, y este detalle había ocultado la longitud
real del cuerpo. A pesar de los dos pescadores subidos
al abdomen, el gentío se había ordenado en un amplio
círculo, y de cuando en cuando unos pocos grupos de
tres o cuatro personas avanzaban hacia las manos y los
pies.
Mis compañeros y yo
caminamos alrededor de la parte que daba al mar; las
caderas y el tórax del gigante se elevaban por encima
de nosotros como el casco de un navío varado. La piel
perlada, distendida por la inmersión en el agua del
mar, disimulaba los contornos de los enormes músculos
y tendones. Pasamos por debajo de la rodilla
izquierda, que estaba ligeramente doblada, y de donde
colgaban los tallos de unas húmedas algas marinas.
Cubriéndole flojamente el diafragma y manteniendo una
tenue decencia, había un pañolón de tela, de trama
abierta, y de un color amarillo blanqueado por el
agua. El fuerte olor a salitre de la prenda que se
secaba al sol se mezclaba con el aroma dulzón y
poderoso de la piel del gigante.
Nos detuvimos junto al
hombre y observamos el perfil inmóvil. Los labios
estaban ligeramente separados, el ojo abierto nubloso
y ocluido, como si le hubieran inyectado algún líquido
azul lechoso, pero las delicadas bóvedas de las
ventanas de la nariz y las cejas daban a la cara un
encanto ornamental que contradecía la pesada fuerza
del pecho y de los hombros.
La oreja estaba suspendida
sobre nuestras cabezas como un portal esculpido.
Cuando alcé la mano para tocar el lóbulo colgante
alguien apareció gritando sobre el borde de la frente.
Asustado por esta aparición retrocedí unos pasos, y vi
entonces que unos jóvenes habían trepado a la cara y
se estrujaban unos a otros, saltando en las órbitas.
La gente andaba ahora por
todo el gigante, cuyos brazos recostados
proporcionaban una doble escalinata. Desde las palmas
caminaban por los antebrazos hasta el codo y luego se
arrastraban por el hinchado vientre de los bíceps
hasta el llano paseo de los músculos pectorales que
cubrían la mitad superior del pecho liso y lampiño.
Desde allí subían a la cara, pasando las manos por los
labios y la nariz, o bajaban corriendo por el abdomen
para reunirse con otros que habían trepado a los
tobillos y patrullaban las columnas gemelas de los
muslos.
Seguimos caminando entre
la gente, y nos detuvimos para examinar la mano
derecha extendida. En la palma había un pequeño charco
de agua, como el residuo de otro mundo, pisoteado
ahora por los que trepaban al brazo. Traté de leer las
líneas que acanalaban la piel de la palma buscando
algún indicio del carácter del gigante, pero la
dilatación de los tejidos casi las había borrado,
llevándose todos los posibles rastros de identidad y
los signos de las últimas circunstancias trágicas. Los
huesos y los músculos de la mano daban la impresión de
que el coloso no era demasiado sensible, pero la
precisa flexión de los dedos y las uñas cuidadas,
cortadas todas simétricamente a una distancia de
quince centímetros de la carne mostraban un
temperamento de algún modo delicado, confirmado por
las facciones griegas de la cara, en la que se posaban
ahora como moscas todos los vecinos del pueblo.
Hasta había un joven de
pie en la punta de la nariz, moviendo los brazos a los
lados y gritándoles a otros muchachos, pero la cara
del gigante conservaba una sólida compostura.
Regresando a la orilla nos
sentamos en la arena y miramos la corriente continua
de gente que llegaba del pueblo. Unos seis o siete
botes de pesca se habían reunido a corta distancia de
la costa, y las tripulaciones vadeaban el agua poco
profunda para ver desde más cerca esta presa traída
por la tormenta. Más tarde apareció una partida de
policías y con poco entusiasmo intentó acordonar la
playa, pero después de subir a la figura recostada
abandonaron la idea, y se alejaron todos juntos
echando miradas divertidas por encima del hombro.
Una hora después había un
millar de personas en la playa, y doscientas de ellas
estaban de pie o sentadas en el gigante, apiñadas en
los brazos y las piernas o circulando en un alboroto
incesante por el pecho y el estómago. Un grupo de
jóvenes se había instalado en la cabeza, empujándose
unos a otros sobre las mejillas y deslizándose por la
superficie lisa de la mandíbula. Dos o tres habían
montado a horcajadas en la nariz, y otro se arrastró
dentro de uno de los orificios, desde donde ladraba
como un perro.
Esa tarde volvió la
policía y abrió paso por entre la multitud a una
partida de hombres de ciencia —autoridades en anatomía
y en biología marina— de la universidad. El grupo de
jóvenes y la mayoría de la gente bajaron del gigante,
dejando atrás unas pocas almas intrépidas encaramadas
en las puntas de los dedos de los pies y en la frente.
Los expertos anduvieron a pasos largos alrededor del
gigante, deliberando con señas vigorosas, precedidos
por los policías que iban apartando a la multitud.
Cuando llegaron a la mano extendida, el oficial mayor
se ofreció para ayudarlos a subir a la palma, pero los
expertos se negaron apresuradamente. Luego que estos
hombres regresaron a la orilla, la muchedumbre trepó
una vez más al gigante, y cuando nos marchamos a las
cinco ya se habían apoderado totalmente del cuerpo,
cubriendo los brazos y las piernas como una compacta
banda de gaviotas posada en el cadáver de un cetáceo.
Visité de nuevo la playa
tres días después. Mis amigos de la biblioteca habían
vuelto al trabajo, y habían delegado en mí la tarea de
vigilar al gigante y preparar un informe. Quizá
entendían mi interés particular por el caso, y era
realmente cierto que yo estaba ansioso por volver a la
playa.
No había nada necrofílico
en esto, porque el gigante estaba realmente vivo para
mí, más vivo por cierto que la mayoría de la gente que
iba allí a mirarlo. Lo que yo encontraba tan
fascinante era en parte esa escala inmensa, los
enormes volúmenes de espacio ocupados por los brazos y
las piernas que parecían confirmar la identidad de mis
propios miembros en miniatura, pero sobre todo el
hecho categórico de la existencia del gigante. No hay
cosa en la vida, quizá, que no pueda ser motivo de
dudas, pero el gigante, muerto o vivo, existía en un
sentido absoluto, dejando entrever un mundo de
absolutos análogos, de los cuales nosotros, los
espectadores de la playa, éramos sólo imitaciones,
diminutas e imperfectas.
Cuando llegué a la costa
el gentío era considerablemente menor, y había unas
doscientas o trescientas personas sentadas en la
arena, merendando y observando a los grupos de
visitantes que bajaban por la playa. Las mareas
sucesivas habían acercado el gigante a la costa,
moviendo la cabeza y los hombros hacia la playa, de
modo que el tamaño del cuerpo parecía duplicado,
empequeñeciendo a los botes de pesca varados ahora
junto a los pies. El contorno irregular de la playa
había arqueado ligeramente el espinazo del gigante,
extendiéndole el pecho e inclinándole la cabeza hacia
atrás, en una posición más explícitamente heroica. Los
efectos combinados del agua salada y la tumefacción de
los tejidos le daban ahora a la cara un aspecto más
blando y menos joven. Aunque a causa de las vastas
proporciones del rostro era imposible determinar la
edad y el carácter del gigante, en mi visita previa el
modelado clásico de la boca y de la nariz me habían
llevado a pensar en un hombre joven de temperamento
modesto y humilde. Ahora, sin embargo, el gigante
parecía estar, por lo menos, en los primeros años de
la madurez. Las mejillas hinchadas, la nariz y las
sienes más anchas y los ojos apretados insinuaban una
edad adulta bien alimentada, que ya mostraba ahora la
proximidad de una creciente corrupción.
Este acelerado desarrollo
postmortem, como si los elementos latentes del
carácter del gigante hubieran alcanzado en vida el
impulso suficiente como para descargarse en un breve
resumen final, me fascinaba de veras. Señalaba el
principio de la entrega del gigante a ese sistema que
lo exige todo: el tiempo en el que como un millón de
ondas retorcidas en un remolino fragmentado se
encuentra el resto de la humanidad y del que nuestras
vidas finitas son los productos últimos. Me senté en
la arena directamente delante de la cabeza del
gigante, desde donde podía ver a los recién llegados y
a los niños trepados a los brazos y las piernas.
Entre las visitas
matutinas había una cantidad de hombres con chaquetas
de cuero y gorras de paño, que escudriñaban
críticamente al gigante con ojo profesional, midiendo
a pasos sus dimensiones y haciendo cálculos
aproximativos en la arena con maderas traídas por el
mar. Supuse que eran del departamento de obras
públicas y otros cuerpos municipales, y estaban
pensando sin duda cómo deshacerse de este colosal
resto de naufragio.
Varios sujetos bastante
mejor vestidos, propietarios de circos o algo así,
aparecieron también en escena y pasearon lentamente
alrededor del cuerpo, con las manos en los bolsillos
de los largos gabanes, sin cambiar una palabra.
Evidentemente, el tamaño era demasiado grande aun para
los mayores empresarios. Al fin se fueron, y los niños
siguieron subiendo y bajando por los brazos y las
piernas, y los jóvenes forcejearon entre ellos sobre
la cara supina, dejando las huellas arenosas y húmedas
de los pies descalzos en la piel blanca de la cara.
Al día siguiente postergue
deliberadamente la visita hasta las últimas horas de
la tarde, y cuando llegué había menos de cincuenta o
sesenta personas sentadas en la arena. El gigante
había sido llevado aún más hacia la playa, y estaba
ahora a unos setenta y cinco metros, aplastando con
los pies la empalizada podrida de un rompeolas. El
declive de la arena más firme inclinaba el cuerpo
hacia el mar, y en la cara magullada había un gesto
casi consciente. Me senté en un amplio montacargas que
habían sujetado a un arco de hormigón sobre la arena,
y miré hacia abajo la figura recostada.
La piel blanqueada había
perdido ahora la perlada translucidez, y estaba
salpicada de arena sucia que reemplazaba la que había
sido llevada por la marea nocturna. Racimos de algas
llenaban los espacios entre los dedos de las manos, y
debajo de las caderas y las rodillas se amontonaban
conchillas y huesos de moluscos. No obstante, y a
pesar del engrosamiento continuo de los rasgos, el
gigante conservaba una espléndida estatura homérica.
La enorme anchura de los hombros y las inmensas
columnas de los brazos y las piernas transportaban la
figura a otra dimensión, y el gigante parecía más la
imagen auténtica de un argonauta ahogado o de un héroe
de la Odisea que el retrato convencional de estatura
humana en el que yo había pensado hasta ese momento.
Bajé a la orilla y caminé
entre los charcos de agua hacia el gigante. Había dos
muchachos sentados en la cavidad de la oreja, y en el
otro extremo un joven solitario estaba encaramado en
el dedo de un pie, examinándome mientras me acercaba.
Como yo había esperado al postergar la visita, nadie
más me prestó atención, y las personas de la orilla se
quedaron allí envueltas en las ropas de abrigo.
La mano derecha del
gigante estaba cubierta de conchillas y arena, que
mostraba una línea de pisadas. La mole redondeada de
la cadera se elevaba ocultándome toda la visión del
mar. El olor dulcemente acre que yo había notado antes
era ahora más punzante, y a través de la piel opaca vi
las espirales serpentinas de unos vasos sanguíneos
coagulados. Aunque pudiera parecer desagradable, el
descubrimiento de esta incesante metamorfosis, una
visible vida en la muerte, me permitió al fin poner
los pies en el cadáver.
Usando el pulgar como
pasamano, trepé a la palma y comencé el ascenso. La
piel era más dura de lo que yo había esperado,
cediendo apenas bajo mi peso. Subí rápidamente por la
pendiente del antebrazo y por el globo combado del
bíceps. La cara del gigante ahogado asomaba a mi
derecha; las cavernosas ventanas de la nariz y las
inmensas y empinadas laderas de las mejillas se
elevaban como el cono de un extravagante.
Di la vuelta por el hombro
y bajé a la amplia explanada del pecho, sobre la que
se destacaban los costurones huesudos de las
costillas, como vigas inmensas. La piel blanca estaba
moteada por las magulladuras negras de innumerables
huellas, donde se distinguían claramente los tacos de
los zapatos. Alguien había levantado un pequeño
castillo de arena en el centro del esternón y trepé a
esa estructura derruida a medias para tener una mejor
visión de la cara.
Los dos niños habían
escalado la oreja y se arrastraban hacia la órbita
derecha, cuyo globo azul, completamente cerrado por un
fluido lechoso, miraba ciegamente más al]á de aquellas
formas diminutas. Vista oblicuamente desde abajo, la
cara estaba desprovista de toda gracia y serenidad; la
boca contraída y la barbilla alzada, sustentada por
los músculos gigantescos, se parecían a la proa rota
de un colosal naufragio. Tuve conciencia por vez
primera de los extremos de esta última agonía física,
no menos dolorosa porque el gigante no pudiera asistir
a la ruina de los músculos y los tejidos. El
aislamiento absoluto de la figura postrada, tirada
como un barco abandonado en la costa vacía, casi fuera
del alcance del rumor de las olas, transformaba la
cara en una máscara de agotamiento e impotencia.
Di un paso y hundí el pie
en una zona de tejido blando, y una bocanada de gas
fétido salió por una abertura entre las costillas.
Apartándome del aire pestilente, que colgaba como una
nube sobre mi cabeza volví la cara hacia el mar para
airear los pulmones Descubrí sorprendido que le habían
amputado la mano izquierda al gigante.
Miré con asombro el muñón
oscurecido, mientras el joven solo, recostado en
aquella percha alta a treinta metros de distancia, me
examinaba con ojos sanguinarios.
Esta fue sólo la primera
de una serie de depredaciones. Pasé los dos días
siguientes en la biblioteca resistiéndome por algún
motivo a visitar la costa, sintiendo que había
presenciado quizá el fin próximo de una magnífica
ilusión. La próxima vez que crucé las dunas y empecé a
andar por la arena de la costa, el gigante estaba a
poco más de veinte metros de distancia, y ahora, cerca
de los guijarros ásperos de la orilla, parecía haber
perdido aquella magia de remota forma marina. A pesar
del tamaño inmenso, las magulladuras y la tierra que
cubrían el cuerpo le daban un aspecto meramente
humano; las vastas dimensiones aumentaban aún más la
vulnerabilidad del gigante.
Le habían quitado la mano
y el pie derechos, los habían arrastrado por la cuesta
y se los habían llevado en un carro. Luego de
interrogar al pequeño grupo de personas acurrucadas
junto al rompeolas, deduje que una compañía de
fertilizantes orgánicos y una fábrica de productos
ganaderos eran los principales responsables.
El otro pie del gigante se
alzaba en el aire, y un cable de acero sujetaba el
dedo grande, preparado evidentemente para el día
siguiente. Había unos surcos profundos en la arena,
por donde habían arrastrado las manos y el pie. Un
fluido oscuro y salobre goteaba de los muñones y
manchaba la arena y los conos blancos de las sepias.
Cuando bajaba por la playa advertí unas leyendas
jocosas, svásticas y otros signos, inscritos en la
piel gris, como si la mutilación de este coloso
inmóvil hubiese soltado de pronto un torrente de
rencor reprimido. Una lanza de madera atravesaba el
lóbulo de una oreja, y en el centro del pecho había
ardido una hoguera, ennegreciendo la piel alrededor.
La ceniza fina de la leña se dispersaba aún en el
viento.
Un olor fétido envolvía el
cadáver, la señal inocultable de la putrefacción, que
había ahuyentado al fin al grupo de jóvenes. Regresé a
la zona de guijarros y trepé al montacargas. Las
mejillas hinchadas del gigante casi le habían cerrado
los ojos, separando los labios en un bostezo
monumental. Habían retorcido y achatado la nariz
griega, en un tiempo recta, y una sucesión de
innumerables zapatos la habían aplastado contra la
cara abotagada.
Cuando visité otra vez la
playa, a la tarde del día siguiente, descubrí, casi
con alivio, que se habían llevado la cabeza.
Transcurrieron varias
semanas antes de mi próximo viaje a la costa, y para
ese entonces el parecido humano que habla notado antes
había desaparecido de nuevo. Observados atentamente,
el tórax y el abdomen recostados eran evidentemente
humanos, pero al troncharle los miembros, primero en
la rodilla y en el codo y luego en el hombro y en el
muslo, el cadáver se parecía al de algún animal marino
acéfalo: una ballena o un tiburón. Luego de esta
perdida de identidad, y las pocas características
permanentes que habían persistido tenuamente en la
figura, el interés de los espectadores había muerto al
fin, y la costa estaba ahora desierta con excepción de
un anciano vagabundo y el guardián sentado a la
entrada de la cabaña del contratista.
Habían levantado un
andamiaje flojo de madera alrededor del cadáver y una
docena de escaleras de mano se mecían en el viento;
alrededor había rollos de cuerda esparcidos en la
arena, cuchillos largos de mango de metal y arpeos;
los guijarros estaban cubiertos de sangre y trozos de
hueso y piel.
El guardián me observaba
hoscamente por encima del brasero de carbón, y lo
saludé con un movimiento de cabeza. El punzante olor
de los enormes cuadrados de grasa que hervían en un
tanque detrás de la cabaña impregnaba el aire marino.
Habían quitado los dos
fémures con la ayuda de una grúa pequeña, cubierta
ahora por la tela abierta que en otro tiempo llevaba
el gigante en la cintura, y las concavidades
bostezaban como puertas de un granero. La parte
superior de los brazos, los huesos del cuello y los
órganos genitales habían desaparecido. La piel que
quedaba en el tórax y el abdomen había sido marcada en
franjas paralelas con una brocha de alquitrán, y las
cinco o seis secciones primeras habían sido recortadas
del diafragma, descubriendo el amplio arco de la caja
torácica.
Cuando ya me iba, una
bandada de gaviotas bajó girando del cielo y se posó
en la playa, picoteando la arena manchada con gritos
feroces.
Varios meses después,
cuando la noticia de la llegada del gigante estaba ya
casi olvidada, unos pocos trozos del cuerpo
desmembrado empezaron a aparecer por toda la ciudad.
La mayoría eran huesos que las empresas de
fertilizantes no habían conseguido triturar, y a causa
del abultado tamaño, y de los enormes tendones y
discos de cartílago pegados a las junturas, se los
identificaba con mucha facilidad. De algún modo, esos
fragmentos dispersos parecían transmitir mejor la
grandeza original del gigante que los apéndices
amputados al principio. En una de las carnicerías más
importantes del pueblo, al otro lado de la carretera,
reconocí los dos enormes fémures a cada lado de la
entrada. Se elevaban sobre las cabezas de los porteros
como megalitos amenazadores de una religión druídica
primitiva, y tuve una visión repentina del gigante
trepando de rodillas sobre esos huesos desnudos y
alejándose a pasos largos por las calles de la ciudad,
recogiendo los fragmentos dispersos en el viaje de
regreso al océano.
Unos pocos días después vi
el húmero izquierdo apoyado en la entrada de un
astillero (el otro estuvo durante varios años hundido
en el lodo, entre los pilotes del muelle principal).
En la misma semana, en los desfiles del carnaval,
exhibieron en una carroza la mano derecha momificada.
El maxilar inferior,
típicamente, acabó en el museo de historia natural. El
resto del cráneo ha desaparecido, pero probablemente
esté todavía escondido en un depósito de basura, o en
algún jardín privado. Hace poco tiempo, mientras
navegaba río abajo, vi en un jardín al borde del agua,
un arco decorativo: eran dos costillas del gigante,
confundidas quizá con la quijada de una ballena. Un
cuadrado de piel curtida y tatuada, del tamaño de una
manta india, sirve de mantel de fondo a las muñecas y
las máscaras de una tienda de novedades cerca del
parque de diversiones, y podría asegurar que en otras
partes de la ciudad, en los hoteles o clubes de golf,
la nariz o las orejas momificadas cuelgan de la pared,
sobre la chimenea. En cuanto al pene inmenso, fue a
parar al museo de curiosidades de un circo que recorre
el noroeste. Este aparato monumental, de proporciones
sorprendentes, ocupa toda una casilla. La ironía es
que se lo identifica equivocadamente como el miembro
de un cachalote, y por cierto que la mayoría de la
gente, aun aquellos que lo vieron en la costa después
de la tormenta, recuerda ahora al gigante (si lo
recuerda) como una enorme bestia marina.
El resto del esqueleto,
desprovisto de toda carne, descansa aún a orillas del
mar: las costillas torcidas y blanqueadas como el
maderaje de un buque abandonado. Han sacado la cabaña
del contratista, la grúa y el andamiaje, y la arena
impulsada hacia la bahía a lo largo de la costa ha
enterrado la pelvis y la columna vertebral. En el
invierno los altos huesos curvos están abandonados,
golpeados por las olas, pero en el verano son una
percha excelente para las gaviotas fatigadas.
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