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EDMUNDO DE AMICIS

Edmundo de Amicis
(1848/1908), escritor y
periodista italiano, nació en Oneglia el 21 de
octubre de 1846. En 1866 un año después de egresar
como oficial del liceo de Turín integró la
base
militar de Módena participando en la batalla de
Ustoza contra las tropas austriacas.
En 1867, es nombrado director
de
L'Italia Militare
de Florencia y allí se
inicia su vida literaria escribiendo una serie de
bocetos que reunirá bajo el título de
Vida Militar
y en el que, además de su amor por la patria se
vislumbra su prosa íntima y de tono moralizante
que alcanzará su máxima altura en
Corazón
(1888).
En 1870 deja la
carrera militar y se radica en Turín para
dedicarse a las letras. Publica Novelle (1872)
donde se revela un profundo observador de la
realidad, atributo que confirma en los libros de
viajes:
España
(1873),
Holanda (1874),
Marruecos
(1876) y
Constantinopla
(1878/9),
que alimentan una
nueva modalidad literaria.
Luego aparecen
Los Amigos (1883) y más tarde la célebre
Corazón
(1886), de tono sensible y redactada
como un diario de su protagonista, Enrico, un
escolar de tercer grado, sus cartas y cuentos (El
pequeño vigía lombardo, De los Apeninos a
los Andes, etc.). La obra adquiere un éxito
inmediato y es reeditado en todo el mundo a través
del tiempo en cuarenta idiomas. En los diez
primeros años de existencia solamente alcanzó 197
ediciones.
Desde
Sobre el
Océano (1889) dedicado a la emigración hacia
América, sus temas muestran una preocupación
social y dos años más tarde ingresa al Partido
Socialista
influencia que se traducirá en sus narraciones
impregnadas de ética y conceptos de orden
histórico y sociológico.
Con el mismo tono
conmovedor aunque revelando cierto desencanto
aparece Novela de un maestro (1890)
y luego la entretenida
Amor y gimnasia
(1892) cuya protagonista, la profesora Pedani,
está llena de gracia e ironía. De contenido social
es Cuestión Social (1894) y referido a la
lengua italiana
El idioma gentil
(1905).
Otros títulos son:
Primero de mayo, publicado recién en 1980 y
referido a la
celebración del día del trabajo,
Poesías
(1881) y
Retratos Literarios
(1881) cuyo
contenido son entrevistas con personalidades
literarias y
Los efectos sicológicos del vino
(1881).
Toda la obra de
Edmundo de Amicis está impregnado de un tono
encendido que trasunta el deseo de una Italia
unida sobre valores altamente éticos. La
exaltación de las figuras del rey Víctor Manuel II
y Garibaldi acusan un comprensible nacionalismo
atento a la importancia de estos personajes en la
reconstrucción de la unidad italiana.
Falleció en
falleció en Bordighera, Liguria, el 11 de marzo de
1908.
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EL PEQUEÑO VIGÍA LOMBARDO |
En
1859, durante la guerra por el rescate de Lombardía, pocos
días después de las batallas de Solferino y San Martino,
donde los franceses y los italianos triunfaron sobre los
austriacos, en una hermosa mañana del mes de junio, una
sección de caballería de Saluzo iba a paso lento, por una
estrecha senda solitaria, hacia el enemigo, explorando el
campo atentamente. Mandaban la sección un oficial y un
sargento, y todos miraban a lo lejos delante de sí, con
los ojos fijos, silenciosos, preparándose para ver
blanquear a cada momento, entre los árboles, las
divisiones de las avanzadas enemigas.
Llegaron así a cierta casita rústica, rodeada de fresnos,
delante de la cual sólo había un muchacho como de doce
años, que descortezaba una gruesa rama con un cuchillo
para proporcionarse un bastón. En una de las ventanas de
la casa tremolaba al viento la bandera tricolor; dentro no
había nadie: los aldeanos, izada su bandera, habían
escapado por miedo a los austriacos. Apenas divisó la
caballería, el muchacho tiró el bastón y se quitó la
gorra. Era un hermoso niño, de aire descarado, con ojos
grandes y azules, los cabellos rubios y largos; estaba en
mangas de camisa y enseñaba el pecho desnudo.
—¿Qué
haces aquí? —le preguntó el oficial parando el caballo—.
¿Por qué no has huido con tu familia?
—Yo no
tengo familia —respondió el muchacho—. Soy huérfano.
Trabajo al servicio de todos. Me he quedado aquí para ver
la guerra.
—¿Has
visto pasar a los austriacos?
—No,
desde hace tres días.
El
oficial se quedó un poco pensativo, después se apeó del
caballo, y dejando a los soldados allí vueltos hacia el
enemigo, entró en la casa y subió hasta el tejado: no se
veía más que un pedazo de campo. "Es menester subir sobre
los árboles", pensó el oficial; y bajó. Precisamente
delante se alzaba un fresno altísimo y flexible, cuya
cumbre casi se mecía en las nubes. El oficial estuvo por
momentos indeciso, mirando primero el árbol y luego a los
soldados; de pronto preguntó al muchacho:
—¿Tienes buena vista, chico?
—¿Yo?
—respondió el muchacho—. Yo veo un gorrioncillo aunque
esté a dos leguas.
—¿Sabrías tú subir a la cima de aquel árbol?
—¿A la
cima de aquel árbol, yo? En medio minuto me subo.
—¿Y
sabrás decirme lo que veas desde allí arriba, si son
soldados austriacos, nubes de polvo, fusiles que relucen,
caballos...?
—Seguro que sabré.
—¿Qué
quieres por prestarme este servicio?
—¿Qué
quiero? —dijo el muchacho sonriendo—. Nada. ¡Vaya una
cosa! Y después... si fuera por los alemanes, entonces por
ningún precio: ¡pero por los nuestros!... Si yo soy
lombardo.
—Bien;
súbete, pues.
—Espere que me quite los zapatos.
Se
quitó el calzado, se apretó el cinturón, echó al suelo la
gorra y se abrazó al tronco del fresno.
—Pero,
mira... —exclamó el oficial, intentando detenerlo como
sobrecogido por un repentino temor.
El
muchacho se volvió a mirarlo con sus hermosos ojos azules,
en actitud interrogante.
—Nada
—dijo el oficial—; sube.
El
muchacho se encaramó como un gato.
—¡Miren adelante! —gritó el oficial a los soldados.
En
pocos momentos el muchacho estuvo en la copa del árbol,
abrazado al tronco, con las piernas entre las hojas pero
con el pecho descubierto, y su rubia cabeza, que
resplandecía con el sol, parecía oro. El oficial apenas lo
veía: tan pequeño resultaba allí arriba.
—Mira
hacia el frente, y muy lejos —gritó el oficial.
El
chico, para ver mejor, sacó la mano derecha, que apoyaba
en el árbol, y se la puso sobre los ojos a manera de
pantalla.
—¿Qué
ves? —preguntó el oficial.
El
muchacho inclinó la cara hacia él, y, haciendo portavoz
con su mano, respondió:
—Dos
hombres a caballo en lo blanco del camino.
—¿A
qué distancia de aquí?
—Media
legua.
—¿Se
mueven?
—Están
parados.
—¿Qué
otra cosa ves? —preguntó el oficial después de un instante
de silencio—. Mira a la derecha.
El
chico dijo:
—Cerca
del cementerio, entre los árboles, hay algo que brilla;
parecen bayonetas.
—¿Ves
gente?
—No;
estarán escondidos entre los sembrados.
En
aquel momento, un silbido de bala agudísimo se sintió por
el aire y fue a perderse lejos, detrás de la casa.
—¡Bájate, muchacho! —gritó el oficial—. Te han visto. No
quiero saber más. Ven abajo.
—Yo no
tengo miedo —respondió el chico.
—¡Baja!... —repitió el oficial—. ¿Qué más ves a la
izquierda?
—¿A la
izquierda?
El
muchacho volvió la cabeza a la izquierda. En aquel momento
otro silbido más agudo y más bajo hendió los aires. El
muchacho se ocultó todo lo que pudo.
—¡Vamos —exclamó—, la han tomado conmigo!—. La bala le
había pasado muy cerca.
—¡Abajo! —gritó el oficial con energía, furioso.
—En
seguida bajo —respondió el chico—, pero el árbol me
resguarda; no tenga usted cuidado. ¿A la izquierda quiere
usted saber?
—A la
izquierda —dijo el oficial—, pero baja.
—A la
izquierda —gritó el niño, dirigiendo el cuerpo hacia
aquella parte—, donde hay una capilla, me parece ver...
Un
tercer silbido pasó por lo alto, y en seguida se vio al
muchacho venir abajo, deteniéndose en un punto en el
tronco y en las ramas, y precipitándose después de cabeza
con los brazos abiertos.
—¡Maldición! —gritó el oficial acudiendo
El
chico cayó a tierra de espaldas, y quedó tendido con los
brazos abiertos, boca arriba: un arroyo de sangre le salió
del pecho, a la izquierda. El sargento y dos soldados se
apearon de sus caballos: el oficial se agachó y le separó
la camisa; la bala le había entrado en el pulmón
izquierdo.
—¡Está
muerto! —exclamó el oficial.
—¡No,
vive! —replicó el sargento.
—¡Ah,
pobre niño, valiente muchacho! —gritó el oficial—. ¡Ánimo,
ánimo!
Pero
mientras decía "ánimo" y le oprimía el pañuelo sobre la
herida, el muchacho movió los ojos e inclinó la cabeza:
había muerto. El oficial palideció y lo miró fijo un
minuto; después le arregló la cabeza sobre la hierba, se
levantó y estuvo otro instante mirándolo. También el
sargento y los dos soldados, inmóviles, lo miraban; los
demás estaban vueltos hacia el enemigo.
—¡Pobre muchacho! —repitió tristemente el oficial—. ¡Pobre
y valiente niño!
Luego
se acercó a la casa, quitó de la ventana la bandera
tricolor y la extendió como paño fúnebre sobre el pobre
niño muerto, dejándole la cara descubierta. El sargento
colocó a su lado los zapatos, la gorra, el bastón y el
cuchillo.
Permanecieron aún un rato silenciosos; después, el oficial
se volvió hacia el sargento y le dijo:
—Mandaremos que lo recoja la ambulancia: ha muerto como
soldado, y como soldado debemos enterrarlo.
Dicho
esto, dio al muerto un beso en la frente y gritó:
—¡A
caballo!
Todos
se aseguraron en las sillas, reuniéndose la sección, y
volvió a emprender su marcha.
Pocas
horas después, el niño muerto tuvo los honores de guerra.
Al
ponerse el sol, toda la línea de las avanzadas italianas
se dirigió hacia el enemigo, y por el mismo camino que
había recorrido por la mañana la sección de caballería,
avanzaba en dos filas un bravo batallón de cazadores, que
pocos días antes había regado valerosamente con su sangre
el collado de San Martino.
La
noticia de la muerte del muchacho había corrido ya entre
los soldados antes de que dejaran sus campamentos. El
camino, flanqueado por un arroyuelo, pasaba a pocos pasos
de distancia de la casa. Cuando los primeros oficiales del
batallón vieron el pequeño cadáver tendido al pie del
fresno y cubierto con la bandera tricolor, lo saludaron
con sus sables, y uno de ellos se inclinó sobre la orilla
del arroyo, que estaba muy florida, arrancó las flores, y
se las echó. Entonces todos los cazadores, conforme iban
pasando, cortaban flores y las arrojaban sobre el muerto.
En pocos momentos, el muchacho se vio cubierto de flores,
y todos los soldados le dirigían sus saludos al pasar:
¡Bravo, pequeño lombardo! ¡Adiós, niño! ¡Adiós, rubio!
¡Viva! ¡Bendito seas! ¡Adiós!
Un
oficial le puso su cruz roja, otro lo besó en la frente, y
las flores continuaban lloviendo sobre sus desnudos pies,
sobre el pecho ensangrentado, sobre la rubia cabeza. Y él
parecía dormido en la hierba, envuelto en la bandera, con
el rostro pálido y casi sonriendo, como si oyese aquellos
saludos y estuviese contento de haber dado la vida por su
patria.
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