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ROBERT BLOCH

Robert Bloch
(1917/1994), autor de la célebre Psicosis,
nació en Chicago el 5 de abril de 1917. A los 9
años recibe la primera influencia al presenciar la
versión muda de El fantasma de la Ópera. Se
interesa a partir de allí en la lectura de Poe y
Lovecraft con quien comienza a cartearse de muy
joven.
Atraído por los
temas fantásticos y aún aficionado publica
Lilies (1934). Del mismo año data The secret in the tomb, su primer trabajo
rentado aunque antes apareciera una historia
posterior The feast in the abbey.
Se integra al
círculo de Lovecraft a quien ultima bajo su
autorización escrita en The shambler from de
stars e ingresa en una penumbra creativa al
desaparecer sus mas conspicuos integrantes (Lovecraft,
Howard, Smith). Busca a partir de allí otros
géneros como el del guión radiofónico en el que ya
había incursionado en 1936.
El primer
relato de ciencia ficción fue Secret of the
observatory (1938), seguidos de It happened tomorrow (1943), Almost human
(1943), The past master (1955) y The
learning maze (1974) entre otros, en los que
se aprecie un abordaje sicológico de los
personajes antes que científico. No obstante no
ser su principal género recibiría uno de los
primeros premios Hugo por That hell-bound train
(1959).
El pasaje de
las revistas a los libros lo da con The opener
of the way (1945) y su primera novela The
scarf (1947). En 1954 reincide en el género
con Spiderweb, Kiddnaper y The
will to kill, las dos últimas con sus
proverbiales psicópatas, preanuncios de
Psicosis (1959), inspirada en Ed Geinel, el
caníbal de Wisconsin, uno de los asesinos seriales
más espantosos de la historia.
La fama
adquirida con esta última lo envuelve en la
pantalla: El gabinete del doctor
Caligari (remake), What are little girls
made of?
(1966), Catspaw (1967), Wolf in the fold
(1967), episodios estos de Star Trek, y los
relatos The deadly bees (1966), Torture
Garden (1967), The house that dripped blood
(1970) y Asylum (1972) producidos Amicus. También
se hizo presente en series televisivas como
Nigth Gallery o Alfred Hitchcock.
En los setenta
pierde vigencia su estilo en manos de la vitalidad
de Stephen King y vuelve a la literatura impresa
con American gothic ambientada en 1893 y de
poco peso frente al novedoso espanto que despierta
Carrie. Su ciclo había terminado. Los ochenta lo
muestran carente de energía. The twilight zone
(1982), Psicosis II, The night of the
ripper (1984), The Jekyll legacy (1990)
pretenciosa continuación Stevenson, son solo el
rescoldo de su fuego.
Mysteries
of the worm
(1981) es una feliz colección de los Mitos de
Cthulhu escritos a lo largo de su recorrido en el
mundo de las letras, en los que enaltece la figura
de su maestro literario. En 1994, poco antes de su
muerte ocurrida el 23 de setiembre de ese año, en
una póstuma humorada anuncia en un artículo de la
revista Omni su inminente transformación
biológica.
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El
hombre que estaba extendido en el potro de tortura
empezó a gemir. Y cuando la palanca estrechó aún más
el aparato, su gemido se convirtió en un penetrante
alarido de dolor.
—¡Bueno! —exclamó el doctor Carnoti, en tono
satisfecho—. Parece que vamos a persuadirle a hablar.
Luego se inclinó sobre el infeliz y le dijo:
—Muy bien, Hassan. Creo que no necesitarás más
estímulos, ¿eh? Dime, pues, dónde se encuentra ese
ídolo.
Hassan emitió entonces una serie de sonidos guturales,
y el doctor Carnoti se vio obligado a arrodillarse a
su lado para poder entender su embarullado murmullo.
Aquel conjunto de frases incoherentes duró unos veinte
minutos, y después el doctor se enderezó impreso en su
semblante una expresión complacida, para dirigirse a
la única puerta del penumbroso recinto, mas no sin
dirigir antes una elocuente seña al negro que manejaba
la máquina del tormento. Seguidamente salió, en tanto
que el verdugo asentía en silencio, desenvainaba su
afilado sable y lo alzaba sobre su cabeza, empuñado
con ambas manos...
Motivos sobrados tenía el doctor Carnoti para sentirse
contento. Durante varios años había sido lo que
vulgarmente se denomina “un aventurero”. Sus
actividades comprendían diversos “negocios”, entre los
que se contaban el contrabando de objetos antiguos, e
incluso la trata de negros, nefando
comercio que se verificaba en algunos puertos del Mar
Rojo. Carnoti había llegado a Egipto muchos años
atrás, como miembro de un expedición arqueológica, de
la que había sido expulsado por causas no muy bien
conocidas, aunque se rumoreaba que tenían relación con
un intento de robo de valiosas antigüedades. Después
de su expulsión, nada se había sabido de él... hasta
transcurridos varios años, en que apareció en El
Cairo, al frente de su establecimiento del barrio
indígena, donde había adquirido la turbia reputación
de negociante sin escrúpulos que le acompañaba por
dondequiera que fuese, así como cuantiosos beneficios
financieros. Y la verdad era que Carnoti parecía
hallarse muy satisfecho con las dos cosas.
En
la época en que comienza este relato tenía cuarenta y
cinco años y mucha experiencia en asuntos reñidos con
las leyes. Pese a lo que pudiera sugerir su apariencia
vulgar, pues era de mediana estatura y gruesa
complexión, poseía considerable energía y tesón,
cualidades que le procuraban el respeto o el temor de
los que con él se relacionaban y que, a veces, le
servían para encubrir su carácter solapado y ruin y su
insaciable codicia.
Ese ambicioso natural fue lo que le incitó a emprender
aquella nueva aventura. Por lo general, no era Carnoti
demasiado crédulo. Por eso no le impresionaban las
noticias que oía acerca de pirámides perdidas en el
desierto, tesoros enterrados o momias robadas.
Prefería interesarse en cuestiones más remuneradoras,
como lo eran, por ejemplo, un alijo de alfombras, una
partida de opio o un cargamento de mercancía humana,
pero sus últimos informes habían vuelto a suscitar su
anterior interés por los objetos antiguos. No en balde
había aprendido a distinguir las simples fábulas de
las noticias fidedignas. Sabía que la mayor parte de
los importantes descubrimientos realizados por los
arqueólogos se había originado de aquella forma: por
un ligero comentario, captado al azar. Y la historia
narrada por el desventurado Hassan tenía el sello
inconfundible de la verosimilitud.
Ésta era la historia, referida brevemente. Un grupo de
nómades portadores de mercancías prohibidas, iba
recorriendo una ruta secreta del desierto, apartada de
las que siguen normalmente las caravanas. Al pasar por
cierto lugar, los camelleros advirtieron una roca de
forma extraña, que afloraba a medias de la arena. Se
detuvieron entonces, para examinarla de cerca, y
realizaron un portentoso descubrimiento. Lo que
sobresalía de la arena era la cabeza de una antigua
estatua egipcia, adornada con la triple corona de una
deidad. Ninguno de los nativos pudo reconocer aquella
imagen tan bien conservada en las zonas del sur del
desierto, y situada a más de trescientos kilómetros
del más cercano poblado; ninguno había podido penetrar
su insondable misterio, pero a todos resultó evidente
su incalculable valor, como lo demostraron al señalar
el sitio con dos grandes peñas, a fin de encontrarlo
fácilmente, en caso de que volvieran por allí. A
continuación, reanudaron la marcha, pues no tenían
tiempo para desenterrar la estatua. Y cuando llegaron
al término de su viaje refirieron la historia que,
poco después, era oída por el doctor Carnoti, lo mismo
que sucedía con todos los relatos procedentes de
viajeros.
Poco tardó Carnoti en apreciar el descubrimiento en su
verdadero significado. Si se hubiera tratado de una
historia relativa a algún tesoro, la habría
considerado con más cautela y escepticismo, pero un
ídolo... eso era diferente. Recordaba los vagos
indicios que habían dirigido a los primeros
exploradores, a aquellos hombres que en el fondo no
eran más que rapaces buscadores de riquezas, y
comprendía que detrás de la estatua negra podía
hallarse una fabulosa fortuna, mucho más valiosa para
él que todos los tesoros de Egipto. Y si aquellos
exploradores se habían enriquecido con sus
descubrimientos, ¿por qué no podía enriquecerse él
también? Suponiendo que el referido ídolo fuese
totalmente desconocido como deidad, como parecía
indicarlo el hecho de haber sido descubierto en tan
apartadas regiones, su exhibición ocasionaría
indescriptible interés y le abriría las puertas de la
fama. Y además, tal vez, pudiera convertirle en
iniciador de un nuevo camino para las exploraciones
arqueológicas.
Dispuesto a realizar un intento, el doctor Carnoti
decidió obrar con las máximas precauciones, a fin de
no suscitar sospechas. Por eso se había abstenido de
interrogar abiertamente a los camelleros árabes que
habían efectuado el descubrimiento. En su lugar, dos
de sus hombres habían secuestrado al viejo Hassan, a
quien tuvo que someter a tortura para obtener el
relato completo. Hassan había estado presente en
aquella ocasión, y aunque al principio se mostró
renuente a contestar, los “persuasivos” métodos de
Carnoti habían quebrantado al fin su resistencia.
Dos días más tarde, y una vez situado en el mapa el
punto en que se encontraba la estatua, el aventurero
contrató a un reducido numero de nativos y explicó a
sus amistades que iba a emprender un viaje por el sur.
Luego se procuró un intérprete digno de su confianza y
se aprovisionó de víveres y agua para seis días, pues
tenía intención de regresar por vía fluvial, y a la
siguiente mañana se puso en marcha, al frente de la
expedición, en la que figuraban varios camellos
ligeros y un tiro de asnos que arrastraban una enorme
y vacía carreta.
La
llegada al lugar indicado en el mapa se efectuó en la
mañana del cuarto día de camino. Desde lo alto del
camello en que iba montado, el doctor Carnoti avistó
las dos enhiestas peñas citadas por Hassan y ordenó
que se instalara allí mismo el campamento. A
continuación, sin tener en cuenta el intenso calor ni
conceder el más mínimo descanso a sus hombres, los
llevó hasta las piedras para obligarles a que las
retirasen. Segundos después, una múltiple exclamación
de asombro y pavor brotó de las gargantas de los
nativos, al aparecer el remate de una negra y
gigantesca corona, cada una de cuyas puntas mostraba
complicados dibujos.
Presa de creciente excitación, Carnoti se inclinó y
examinó aquellas imágenes que representaban extraños
monstruos sin cabeza, animales vestidos con túnicas y
dioses egipcios enzarzados en combate con horribles
demonios. Nada tenía de particular el hecho de que los
nativos se sintieran consternados. Habían comenzado a
chacharear en tono bajo, mientras que se apartaban de
la estatua y de la inclinada figura de su jefe. Pero a
éste no le impresionaban las reacciones de sus hombres
ni sus comentarios, entre los que le pareció haber
oído mencionar a “Nyarlathotep”, así como algunas
alusiones al “Emisario del Diablo”. Por eso, tras
haber examinado las imágenes, volvió a dirigirse a los
nativos y les ordenó que dieran comienzo a la
excavación, para repetir luego la orden en tono
apremiante mas sin ningún éxito, pues ninguno se
mostró dispuesto a obedecer.
Por último, el intérprete dio un paso al frente y se
encaró con el “effendí”, a fin de hacerle saber lo
siguiente: que ni él ni los demás le habrían
acompañado si hubieran sabido lo que iba a pedírseles
que hicieran. Que ninguno de ellos tocaría la imagen
de aquella deidad, y que, al mismo tiempo, le
aconsejaban a él que no la tocase, para no incurrir en
las iras del Viejo Dios, el Dios Secreto. Que tal vez
no hubiese oído mencionar nunca el “effendí” a
Nyarlathotep, Dios de la Resurrección, así como el
Mensajero Negro de Karneter, que de acuerdo con cierta
leyenda, un día habría de devolver la vida a los
muertos, pero era necesario substraerse a su
maldición, porque...
Conforme escuchaba aquella perorata, el doctor Carnoti
iba sintiéndose cada vez más irritado. De pronto,
interrumpió al que hablaba y volvió a ordenar a los
nativos que empezaran el trabajo inmediatamente. Y con
objeto de dar énfasis a su orden desenfundó sus dos
revólveres, mientras gritaba a voz en cuello que
asumía la responsabilidad por aquella profanación y
que nadie tenía nada que temer de un vulgar ídolo de
piedra. Ante tales argumentos, pero más
presumiblemente por influencia de la vista de las
armas, los nativos empezaron a cavar, aunque con la
mirada apartada del ídolo.
Al
cabo de unas cuantas horas de trabajo, toda la estatua
quedó al descubierto. Y si la visión de su corona
había impresionado tanto a los indígenas, no fue
extraño que quedaran luego casi paralizados de
espanto. Imposible parecía que aquella masa de piedra
esculpida hubiera permanecido tanto tiempo enterrada.
Su aspecto general infundía terror, a causa de la
sensación de misterio inescrutable que producía su
presencia en tan desolada inmensidad, así como por el
increíble estado de perfecta conservación en que se
encontraba. Su forma evocaba la de una esfinge de
regular tamaño, una esfinge con alas de buitre y
cuerpo de hiena. Sus miembros estaban provistos de
aguzadas garras. Y sobre su cabeza antropomorfa
descollaba la triple corona cuyos dibujos habían
provocado el espanto de los nativos. No obstante, lo
que más impresionante resultaba era la carencia de
rostro de aquella pavorosa imagen. Era un dios sin
cara, el alado dios Nyarlathotep, el “Emisario
Poderoso”, “El que Camina entre las Estrellas”, el
“Señor del Desierto”.
Carnoti no cabía en sí de puro gozo. Con sonrisa
complacida miraba aquel amplio espacio vacío,
correspondiente al lugar que debía haber ocupado el
rostro del ídolo, y abstraído como estaba con su
entusiasmo, no prestó atención al constante murmullo
de voces ni a las miradas que los nativos le dirigían.
No se enteró, por lo tanto, de lo que sus hombres
estaban diciendo. Y más le habría valido interesarse
en sus conversaciones porque aquellos hombres sabían,
como lo sabe todo Egipto, que Nyarlathotep es también
el dios del mal. Por eso siglos atrás sus templos y
sus imágenes habían sido destruidos y sus adoradores
condenados a muerte y ejecutados. Por eso se había
prohibido su culto y se había borrado su nombre del
“Libro de los Muertos”. Aquel dios maligno era el
protector de los hechiceros y de la magia negra. Y de
acuerdo con la leyenda, había salido del desierto, y
al desierto había vuelto. Luego, los hombres habían
empezado a adorar a otras divinidades menos ominosas,
para terminar venerando a los dioses benéficos, pero
los que conocían la historia de Nyarlathotep afirmaban
que al cabo de muchos años, y coincidiendo con
extraños fenómenos, el terrible dios volvería a
aparecer entre los hombres, procedente del desierto,
sin que sus pasos dejaran huellas sobre la arena, como
no fueran los cadáveres de los desdichados incrédulos
que se atreviesen a mirarlo.
Aquella leyenda se había difundido por Europa en
tiempos de las Cruzadas, transmitida por los que
regresaban de tierras sarracenas. Y en los relatos
referentes a la misma se aludía a la terrible deidad
con diversos nombres, entre los que figuraban el de
“Emisario de Asmodeo” y “Hombre Negro”. También se
refería a Nyarlathotep el Libro de Eibon, si bien en
forma indirecta, porque en los tiempos en que fue
escrito no se permitía su culto. Aquella leyenda había
perdurado a lo largo de los siglos. Y los nativos que
acompañaban a Carnoti la conocían, aunque de modo
impreciso e incompleto. En consecuencia, al advertir
la corona de la estatua se sintieron sobrecogidos y
decidieron huir, alejarse de aquel lugar maldito... ¡y
cuanto antes!
Por su parte, Carnoti no hacía ningún caso de la
excitación que dominaba a sus hombres, a los que
consideraba estúpidos por demás. No le interesaba en
absoluto lo que pudiesen comentar. Lo único que le
importaba era lo que habría de hacer al día siguiente:
colocar la estatua en el carro y volver a la orilla
del Nilo, para embarcarla allí. Entonces empezaría su
triunfo. Entonces reconocerían los funcionarios
egipcios su indudable perspicacia en materia de
investigaciones arqueológicas. Sabía que le llamaban
charlatán, tramposo, aventurero, impostor y otras
cosas por el estilo. Y se regocijaba al pensar en el
cambio que iba a operarse en los que hasta entonces
habían sido sus detractores. ¡Buena lección para todos
aquellos imbéciles! En cuanto a la maldición inherente
a la leyenda... ¡Pamplinas! ¿Qué era lo que estaba
diciendo en aquel momento el idiota del intérprete,
con melodramática entonación?
—Nyarlathotep
es el Negro Mensajero de Karneter. Procede del
desierto. Camina sobre las ardientes arenas y sigue a
su presa, inexorablemente, a través de todo el mundo
que es dominio suyo.
“Tonterías”, pensó el doctor Carnoti. Como todas las
leyendas egipcias. Estatuas de personas con cabezas de
animales... faraones que mandaban construir pirámides
para conservar momias... Sí; él conocía bastantes
historias relativas a maldiciones, a exploradores que
habían muerto misteriosamente al entrar en una tumba
que acababan de profanar. No le extrañaba, así, que
aquellos pobres nativos se sintieran tan alarmados
pero, a pesar de su inquietud, tendrían que obedecerle
y cargar el ídolo en el carro, aunque tuviera que
disparar sobre ellos.
Poco después, en el interior de su tienda, el
aventurero se dispuso a comer con toda tranquilidad.
Luego se acostaría, a fin de levantarse muy temprano.
Porque a la mañana siguiente...
Carnoti se despertó sobresaltado, con la impresión de
que sólo había dormido un par de horas. Aún era de
noche. Y no se oía ni un solo rumor en el campamento.
De la lejanía llegó a oídos de Carnoti el agorero
aullido de un chacal, pero a continuación, completo
silencio. Extrañado, el aventurero se levantó y fue
hasta la abertura de la tienda... e inmediatamente
empezó a desgranar una serie de airadas imprecaciones.
El
campamento había desaparecido. Apagados los fuegos,
hombres, animales y carro fuera de la vista, sólo
quedaba Carnoti, en medio de aquella desierta
inmensidad. Y lo peor de todo era que lo habían dejado
sin comida ni agua. Solo. Completamente abandonado,
rodeado por mares de arena y rocas, sumido en un mundo
de silencio. Silencio ominoso, como el de las tumbas,
como el de los sarcófagos en que yacían las momias,
condenadas a eterna inmovilidad...
De
pronto, Carnoti notó una especie de escalofrío, al
recordar las palabras de los nativos. ¡Nyarlathotep!
¡La venganza del Dios del Desierto! Pero en seguida
desechó sus temores y se preparó para obrar de modo
razonable. ¿Qué podía hacer un hombre en semejante
situación? Intentar un único recurso: el de tratar de
llegar a un punto habitado. Claro que para ello
debería caminar sin descanso, día y noche, quizá
durante varios días ¡sin comer ni beber! ¡Y el tórrido
sol del mediodía!
Con un esfuerzo, dominó su alterada imaginación y se
aprestó a emprender inmediatamente la marcha. En
dirección al norte, como era lógico. Y al recordar lo
que había dicho el intérprete, en la tarde anterior,
al indicar que la estatua miraba al norte, fue hasta
la excavación pero sólo para recibir allí otra
sorpresa. Antes de marcharse, los nativos habían
vuelto a cubrir con arena al ídolo, de modo que no
podía averiguarse hacia qué punto estaba orientado.
Para colmo de desdichas, unas nubes ocultaban por
completo el firmamento, impidiendo también la
orientación por medio de las estrellas.
Presa de intenso furor, Carnoti maldijo entre dientes
a aquellos nativos y empezó a caminar sin rumbo,
impresa en su mente una sola idea: la de no cejar en
su empeño. Debía aprovechar las horas de la noche para
recorrer la mayor distancia posible de incierto
camino; para alejarse cada vez más de su solitaria
tienda, que allí quedaba como mudo testigo de la
empresa, pero a pesar de que trató de olvidarse del
dios perseguidor, no lo consiguió. No podía negar que
había violado un lugar sagrado, y de acuerdo con la
leyenda, la maldición de Nyarlathotep habría de
alcanzarle, aunque fuera a refugiarse en el otro
extremo del planeta.
Horas después, las arenas del desierto adquirieron un
matiz morado que, poco a poco, fue transformándose en
violeta, y luego en rosado, como anuncio del amanecer
pero Carnoti no se dio cuenta de tan bello fenómeno,
porque estaba profundamente dormido. Sus fuerzas le
habían abandonado mucho antes de lo que había
previsto, y allí se encontraba en aquel momento, junto
al comienzo de una pequeña ondulación del terreno.
Se
despertó al notar en su rostro la caricia de los
primeros rayos solares. Y en su extraviada mirada se
traslucía el horror de la pesadilla que acababa de
conturbar su sueño... El dios sin cara avanzaba detrás
suyo, sin apresurarse, como si estuviera seguro de que
tarde o temprano le alcanzaría... Y él corría y
corría, hasta que sus pies se negaban a soportarle...
mientras la espantosa deidad se le aproximaba...
Carnoti se puso de rodillas y exhaló un suspiro, antes
de levantarse y mirar en todas direcciones. Luego
reanudó la marcha, trabajosamente, hundiendo los pies
en la arena, inclinada la cabeza hacia abajo... A su
pesar, volvían a torturarle las imágenes de su pasado
sueño. Veía otra vez al monstruoso ídolo negro, con su
majestuoso porte, con su cabeza desprovista de rostro,
siguiéndole sin descanso. Y ni el intenso calor del
sol africano lograba distraerle de sus negros
pensamientos. A eso del mediodía se decidió a volverse
a medias, para mirar hacia atrás... y se quedó
aterrado, al ver allí, en la cumbre de una colina, la
amenazadora figura del ídolo... ¡pero esta vez con
rostro, en el que lucían como brasas dos ojos que le
miraban!
Aquello fue lo último que vio Carnoti, antes de caer
sin sentido. Cuando se despertó, el sol brillaba con
todo su esplendor, como si quisiera incendiar la
bóveda celeste. Empapado en sudor, el aventurero abrió
los ojos al par que se sentía aliviado, al hallarse
aún con vida. Luego se puso en pie y dio unos pasos
vacilantes, mientras volvía a desazonarle el tormento
de la sed. Y como le cegaba el resplandor solar, como
los demonios de la locura empezaban a danzar en su
aturdida mente, empezó a caminar de modo maquinal,
apretados los párpados, sin más interés que el de
seguir alejándose del último lugar en que había
estado. Tal vez le sonriera la suerte, después de
todo. Tal vez coincidiese en su camino con alguna
caravana, a pesar de que se encontraba en una zona no
frecuentada por los viajeros del desierto.
Horas después, una chispa de lucidez le obligó a
pararse en seco. ¿Cómo era posible que se hubiese
olvidado? ¡El sol! Aquel sol radiante que estaba
achicharrándole podía haberle indicado la ruta hacia
el norte. Si no hubiera estado tan extenuado, en la
tarde anterior... Pero esta vez no ocurriría lo mismo,
esta vez, cuando llegara el momento del ocaso, el sol
le indicaría dónde se encontraba el oeste. Y entonces,
bien orientado, continuaría caminando hacía el norte,
sin riesgo de extravío.
Aquel día no parecía que fuera a tener fin. Horas y
horas de calor abrasador; horas y más horas de
constante caminar sobre ardientes arenas, frente a un
horizonte que nunca cambiaba, y sin la distracción que
podría proporcionarle un espejismo, pese a su engañosa
apariencia de vergel. Porque ni una sola sombra se
veía en muchos kilómetros a la redonda, ni una sola
sombra que alterase la monotonía de aquella inmensa
extensión arenosa. ¿Ni una sola sombra? Entonces, ¿qué
era aquello que estaba allá, en la cima de una pequeña
ondulación? “Aquello” que se movía sobre la sinuosa
línea que habían dejado sus pies... ¿Alguna
alucinación?
Carnoti tornó a estremecerse, enfrentado con la
horrenda realidad. Una sombra que avanzaba sobre sus
huellas, que le perseguiría hasta el fin... Todos se
lo habían advertido; los nativos, el intérprete... y
el desventurado Hassan, antes de morir en la sala de
tortura. Y la leyenda le atormentaba en aquel momento;
la leyenda de Nyarlathotep, el Señor del Desierto,
cuya aterradora figura aparecía sobre aquella loma.
Maldiciendo su destino, Carnoti echó a correr. ¿Por
qué habría tocado aquella estatua? ¿Por qué se habría
mofado ante los nativos de modo tan irreverente? Se
propuso entonces no volver nunca más al lugar en que
se hallaba el ídolo, renunciar a sus sueños de riqueza
y... y seguir corriendo, aunque sus pies estuvieran
llagados, aunque fuese cortándosele el resuello. A
pesar de que sus ojos iban quedándose sin vista,
porque no podía explicarse de otra forma el extraño
fenómeno que estaba sucediendo. Aquellas estatuas,
aquellas imágenes que de pronto habían surgido ante
él, cual si trataran de cortarle el paso, ¿serían
efecto de su turbulenta fantasía? Algunas estaban de
pie, mirándole con aire impasible. Otras, aparecían en
diversas actitudes amenazadoras, como si se
dispusieran a arrojarse sobre él para despedazarle. Y
todas carecían de rostro, todas mostraban un hueco
vacío donde debían haber tenido la cara.
Fueron pasando así las horas de aquella tarde, y llegó
la puesta del sol, y se encendieron en el cielo las
estrellas, sin que Carnoti tuviera noción del tiempo
que transcurría ni de su propio cansancio. La sombra
de Nyarlathotep continuaba a su zaga, dirigiéndole, al
parecer, en una determinada dirección. Hasta que de
modo imprevisto, se detuvo bruscamente y exhaló un
gemido. Había llegado a la cumbre de una loma, y allí,
frente a él, podía ver la tienda y los restos del
campamento, tal como los había dejado en la noche
anterior... o en la anterior a ésta... ¿qué
importancia tenían veinticuatro horas, comparadas con
la eternidad? Entonces no dudó más acerca de lo que su
sino le reservaba. Resignado, en medio de su locura,
empezó a correr en dirección a las dos peñas que
marcaban el sitio en que estaba el ídolo.
Y
entonces, también, sucedió lo que había estado
temiendo: el espantoso acto final de su tragedia. Con
una especie de trueno, las arenas que rodeaban a las
peñas empezaron a deslizarse hacia él, al tiempo que
la enterrada estatua ascendía sobre un alto pedestal,
iluminado por la claridad de la luna; para quedar
elevada, para que los brillantes ojos que lucían a
través de la abertura de su rostro se clavasen en la
figura del extenuado caminante. No le importaba ya a
éste el final de su aventura; antes al contrario,
deseaba que se cumpliese el castigo, para dejar de
sufrir. Alzó entonces la vista hacia la espantosa
estatua, que desplegó sus alas... antes de volver a
hundirse en las arenas con horrísono
fragor.
Nada quedó sobre la superficie de aquel lugar del
desierto, a excepción de una cabeza humana que se
movía débilmente, mientras el cuerpo unido a la misma
pugnaba por librarse de la movediza arena que lo
aprisionaba. Brotaban de sus labios airadas
impresiones, que a poco se convirtieron en angustiosos
lamentos, para acabar con una sola palabra, musitada
en tono trémulo:
—Nyarlathotep...
Cuando llegó la mañana, Carnoti seguía con vida.
Luego, los rayos del sol fueron calentándole el
cerebro, cada vez más intensamente, acentuándole el
horror de su agonía... pero no por mucho tiempo,
porque poco después del mediodía, y como atraídos por
una fuerza sobrenatural, los buitres que habían estado
volando en circulo alrededor de aquel lugar empezaron
a descender lentamente, para rematar la venganza de
Nyarlathotep, el dios sin cara, Señor del Desierto.
nefando, da. (Del lat. nefandus).
adj. Indigno, torpe, de que no se puede hablar sin
repugnancia u horror.
horrísono, na. (Del lat. horrisŏnus). adj.
Que con su sonido causa horror y espanto.
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