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El
canónigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el
tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus
años. Su figura ya no era lo que fue y con la pérdida
de su esbelta silueta había ido adquiriendo una
tendencia a quedarse sin aliento, que el propio
canónigo solía explicar con dignidad diciendo: "¡Es el
corazón!".
Exhalando un suspiro de alivio se dejó caer en una
esquina del compartimiento de primera. El calorcillo
de la calefacción le resultaba muy agradable. Fuera
estaba nevando. Además era una suerte haber conseguido
situarse en una esquina siendo el viaje de noche y tan
largo. Debieron haber puesto coche-cama en aquel tren.
Las otras tres esquinas estaban ya ocupadas y al
observarlo, el canónigo Parfitt se dio cuenta de que
el hombre sentado en la más alejada le sonreía con
aire de reconocimiento. Era un caballero pulcramente
afeitado, de rostro burlón y cabellos oscuros que
comenzaban a blanquear en las sienes. Su profesión
era, sin duda alguna, la de abogado, y nadie lo
hubiera tomado por otra cosa ni por un momento
siquiera. Don Jorge Durand era ciertamente un abogado
muy famoso.
—Vaya, Parfitt —comenzó con aire jovial—. Se ha echado
usted una buena carrerita, ¿no?
—Y
con lo malo que es para mi corazón —repuso el
canónigo—. Qué casualidad encontrarle, don Jorge. ¿Va
usted muy al norte?
—Hasta Newcastle —replicó don Jorge—. A propósito
—añadió—: ¿conoce usted al doctor Campbell Clark?
Y
el caballero sentado en el mismo lado que el canónigo
inclinó la cabeza complacido.
—Nos encontramos en la estación —continuó el abogado—.
Otra coincidencia.
El
canónigo Parfitt vio al doctor Campbell Clark con gran
interés. Había oído aquel nombre muy a menudo. El
doctor Clark estaba en la primera fila de los médicos
especialistas en enfermedades mentales, y su último
libro, El problema del subconsciente, había
sido la obra más discutida del año.
El
canónigo Parfitt vio una mandíbula cuadrada, unos ojos
azules de mirada firme, y una cabeza de cabellos
rojizos sin una cana, pero que iban clareándose
rápidamente. Asimismo, tuvo la impresión de hallarse
ante una vigorosa personalidad.
Debido a una lógica asociación de ideas, el canónigo
miró el asiento situado frente al suyo esperando
encontrar allí otra persona conocida, mas el cuarto
ocupante del departamento resultó ser totalmente
extraño... tal vez un extranjero. Era un hombrecillo
moreno de aspecto insignificante, que embutido en un
grueso abrigo parecía dormir.
—¿Es usted el canónigo Parfitt de Bradchester?
—preguntó el doctor Clark con voz agradable.
El
canónigo pareció halagado. Aquellos "sermones
científicos" habían sido un gran acierto...
especialmente desde que la prensa se había ocupado de
ellos. Bueno, aquello era lo que necesitaba la
Iglesia... modernizarse.
—He leído su libro con gran interés, doctor Campbell
Clark —le dijo—. Aunque es demasiado técnico para mí,
y me resulta difícil seguir algunas de sus partes.
Durand intervino.
—¿Prefiere hablar o dormir, canónigo? —le preguntó—.
Confieso que sufro de insomnio y, por lo tanto, me
inclino en favor de lo primero.
—¡Oh,
desde luego! De todas maneras —explicó el canónigo—,
yo casi nunca duermo en estos viajes nocturnos y el
libro que he traído es muy aburrido.
—Realmente formamos una reunión muy interesante
—observó el doctor con una sonrisa—. La iglesia, la
ley y la profesión médica.
—Es difícil que no podamos formar opinión entre los
tres, ¿verdad? El punto de vista espiritual de la
iglesia, el mío puramente legal y mundano, y el suyo,
doctor, que abarca el mayor campo, desde lo puramente
patológico a lo... superpsicológico. Entre los tres
podríamos cubrir cualquier terreno por completo.
—No tanto como usted imagina —dijo el doctor Clark—.
Hay otro punto de vista que ha pasado usted por alto y
que es, en este aspecto, muy importante.
—¿A cuál se refiere? —quiso saber el abogado.
—Al punto de vista del hombre de la calle.
—¿Es tan importante? ¿Acaso el hombre de la calle no
se equivoca generalmente?
—¡Oh,
casi siempre! Pero posee lo que le falta a toda
opinión experta... el punto de vista personal. Ya sabe
que no puede prescindir de las relaciones personales.
Lo he descubierto en mi profesión. Por cada paciente
que acude realmente enfermo, hay por lo menos cinco
que no tienen otra cosa que incapacidad para vivir
felizmente con los inquilinos que habitan en la misma
casa. Lo llaman de mil maneras... desde "rodilla de
fregona" a "calambre de escribiente", pero es todo lo
mismo: asperezas producidas por el roce diario de una
mentalidad con otra.
—Tendrá usted muchísimos pacientes con "nervios",
supongo —comenzó el canónigo, cuyos nervios eran
excelentes.
—Ah, ¿qué es lo que quiere usted decir con eso? —El
doctor se volvió hacia él con gesto rápido e
impulsivo—. ¡Nervios! La gente suele emplear esa
palabra y reírse después, como ha hecho usted. "Esto
no tiene importancia —dicen— ¡Sólo son nervios!" ¡Dios
mío!, ahí tiene usted el quid de todo. Se puede
contraer una enfermedad corporal y curarla, pero hasta
la fecha se sabe poco más de las oscuras causas de las
ciento y una forma de las enfermedades nerviosas que
se sabía... bueno... durante el reinado de la reina
Isabel.
—Dios mío —exclamó el canónigo Parfitt un tanto
asombrado por su salida—. ¿Es cierto?
—Y
creo que es un signo de gracia —continuó el doctor
Campbell—. Antiguamente considerábamos al hombre como
un simple animal con inteligencia y un cuerpo al que
daba más importancia que a nada.
—Inteligencia, cuerpo y alma —corrigió el clérigo con
suavidad.
—¿Alma? —El doctor sonrió de un modo extraño—. ¿Qué
quiere decir exactamente? Nunca ha estado muy claro,
ya sabe. A través de todas las épocas no se han
atrevido ustedes a dar una definición exacta.
El
canónigo aclaró su garganta dispuesto a pronunciar un
discurso pero, ante su disgusto, no le dieron
oportunidad ya que el médico continuó:
—¿Está seguro de que la palabra es alma... y no puede
ser almas?
—¿Almas? —preguntó don Jorge Durand enarcando las
cejas con expresión divertida.
—Sí —Campbell Clark dirigió su atención hacia él
inclinándose hacia delante para tocarle en el pecho—.
¿Está usted seguro —dijo en tono grave—, que hay un
solo ocupante en esta estructura... porque esto es lo
que es, ya sabe... envidiable residencia que no se
alquila amueblada por siete, veintiuno, cuarenta y
uno, setenta y un años... los que sean? Y al final el
inquilino traslada sus cosas... poco a poco... y luego
se marcha de la casa de golpe... y ésta se viene abajo
convertida en una masa de ruinas y decadencia. Usted
es el dueño de la casa, admitamos eso, pero nunca se
percata de la presencia de los demás... criados de
pisar quedo, en los que apenas repara, a no ser por el
trabajo que realizan... trabajo que usted no tiene
conciencia de haber hecho. O amigos... estados de
ánimo que se apoderan de uno y le hacen ser un "hombre
distinto", como se dice vulgarmente. Usted es el rey
del castillo, ciertamente, pero puede estar seguro de
que allí está también instalado tranquilamente el
"pillastre redomado".
—Mi querido Clark —replicó el abogado—, me hace usted
sentir realmente incómodo. ¿Es que mi interior es, en
realidad, un campo de batalla en el que luchan
distintas personalidades? ¿Es la última palabra de la
ciencia?
Ahora fue el médico quien se encogió de hombros.
—Su cuerpo lo es —dijo en tono seco— ¿por qué no puede
serlo también la mente?
—Muy interesante —exclamó el canónico Parfitt—. ¡Ahí
maravillosa ciencia... maravillosa ciencia!
Y
para sus adentros agregó:
“—Puedo preparar un sermón muy atrayente basado en
esta idea.”
Mas el doctor Campbell Clark se había vuelto a
reclinar en su asiento una vez pasada su excitación
momentánea.
—A
decir verdad —observó con su aire profesional—, es un
caso de doble personalidad el que me lleva esta noche
a Newcastle. Un caso interesantísimo. Un individuo
neurótico, desde luego, pero un caso auténtico.
—Doble personalidad —repitió don Jorge Durand
pensativo—. No es tan raro según tengo entendido.
Existe también la pérdida de memoria, ¿no es cierto?
El otro día surgió un caso así ante el Tribunal de
Testamentarias.
El
doctor Clark asintió.
—Desde luego, el caso clásico fue el de Felisa Bault.
¿No recuerda haberlo oído?
—Claro que sí —expuso el canónigo Parfitt—. Recuerdo
haberlo leído en los periódicos... pero de eso hace
mucho tiempo... por lo menos siete años.
El
doctor Campbell afirmó.
—Esa muchacha se convirtió en una de las figuras más
célebres de Francia, y acudieron a verla científicos
de todo el mundo. Tenía cuatro personalidades, nada
menos, y se las conocía por Felisa Primera, Felisa
Segunda, Felisa Tercera y Felisa Cuarta.
—¿Y no cabía la posibilidad de que fuera un truco
premeditado? —preguntó don Jorge.
—Las personalidades de Felisa Tres y Felisa Cuatro
ofrecían algunas dudas —admitió el médico—. Pero el
hecho principal persiste. Felisa Bault era una
campesina de Bretaña. Era la tercera de cinco
hermanos, hija de un padre borracho y de una madre
retrasada mental. En uno de sus ataques de alcoholismo
el padre estranguló a su mujer, siendo, si no recuerdo
mal, desterrado por vida. Felisa tenía entonces cinco
años. Unas personas caritativas se interesaron por la
criatura, y Felisa fue criada y educada por una dama
inglesa que tenía una especie de hogar para niños
desvalidos. Aunque consiguió muy poco de Felisa, la
describe como una niña anormal, lenta y estúpida, que
aprendió a leer y escribir sólo con gran dificultad y
cuyas manos eran torpes. Esa dama, la señora Slater,
intentó prepararla para el servicio doméstico y le
buscó varias casas donde trabajar cuando tuvo la edad
conveniente, mas en ninguna estuvo mucho tiempo debido
a su estupidez y profunda pereza.
El
doctor hizo una pausa, y el canónigo, mientras se
arropaba aún más en su manta de viaje, se dio cuenta
de pronto de que el hombre sentado frente a él se
había movido ligeramente, y sus ojos, que antes
tuviera cerrados, ahora estaban abiertos y en ellos
brillaba una expresión indescifrable que sobresaltó al
clérigo. Era como si hubiese estado regocijándose
interiormente por lo que oyera.
—Existe una fotografía de Felisa Bault tomada cuando
tenía diecisiete años —prosiguió el médico—. Y en ella
aparece como una burda campesina de recia
constitución, sin nada que indique que pronto iba a
ser una de las personas más famosas de Francia.
«Cinco años más tarde, cuando contaba veintidós,
Felisa Bault tuvo una enfermedad nerviosa, y al
reponerse empezaron a manifestarse los extraños
fenómenos. Lo que sigue a continuación son hechos
atestiguados por muchísimos científicos eminentes. La
personalidad llamada Felisa Primera era completamente
distinta a la Felisa Bault de los últimos años. Felisa
Primera escribía apenas el francés, no hablaba ningún
otro idioma, y no sabía tocar el piano. Felisa
Segunda, por el contrario, hablaba correctamente el
italiano y algo de alemán. Su letra era distinta por
completo de la de Felisa Primera, y escribía y se
expresaba a la perfección en francés. Podía discutir
de política, arte y era muy aficionada a tocar el
piano. Felisa Tercera tenía muchos puntos en común con
Felisa Segunda. Era inteligente y al parecer bien
educada, pero en la parte moral era un contraste
absoluto. Aparecía como una criatura depravada... pero
en un sentido parisiense, no provinciano. Conocía todo
el argot de París, y las expresiones del demi monde
elegante. Su lenguaje era obsceno, y hablaba mal de la
religión y la "gente buena" en los términos más
blasfemos. Y por fin surgió la Felisa Cuarta... una
criatura soñadora, piadosa y clarividente, pero esta
cuarta personalidad fue poco satisfactoria y duradera,
y se la consideró un truco deliberado por parte de
Felisa Tercera... una especie de broma que le gastaba
al público crédulo. Debo decir que, aparte de la
posible excepción de la Felisa Cuarta, cada
personalidad era distinta y separada y no tenía
conocimiento de las otras. Felisa Segunda fue sin duda
la más predominante y algunas veces duraba hasta
quince días, luego Felisa Primera aparecía bruscamente
por espacio de uno o dos días. Después, tal vez la
Felisa Tercera o Cuarta, pero estas dos últimas rara
vez dominaban más de unas pocas horas. Cada cambio iba
acompañado de un fuerte dolor de cabeza y sueño
profundo, y en cada caso sufría la pérdida completa de
la memoria de los otros estados, y la personalidad en
cuestión tomaba vida a partir del momento en que la
había abandonado, inconsciente del tiempo.»
—Muy notable —murmuró el canónigo—, muy notable. Hasta
ahora sabemos apenas nada de las maravillas del
universo.
—Sabemos que hay algunos impostores muy astutos
—observó el abogado en tono seco.
—El caso de Felisa Bault fue investigado por abogados,
así como por médicos y científicos —replicó el doctor
Campbell con presteza—. Recuerde que Maître
Quimbellier llevó a cabo la investigación más profunda
y confirmó la opinión de los científicos. Y al fin y
al cabo, ¿por qué hemos de sorprendernos tanto? ¿No
tenemos los huevos de dos yemas? ¿Y los plátanos
gemelos? ¿Por qué no ha de poder darse el caso de la
doble personalidad... o en este caso, la cuádruple
personalidad... en un solo cuerpo?
—¿La doble personalidad? —protestó el canónigo.
El
doctor Campbell Clark volvió sus penetrantes ojos
azules hacia él.
—¿Cómo podríamos llamarle si no?
—Menos mal que estas cosas son únicamente un capricho
de la naturaleza —observó don Jorge—. Si el caso fuera
corriente se presentarían muchas complicaciones.
—Desde luego, son casos muy anormales —convino el
médico—. Fue una lástima que no pudiera efectuarse
otro estudio más prolongado, pero puso fin a todo la
inesperada muerte de Felisa.
—Hubo algo raro si no recuerdo mal —dijo el abogado
despacio.
El
doctor Campbell Clark asintió.
—Fue algo inesperado. Una mañana la muchacha fue
encontrada muerta en su cama. Había sido estrangulada,
pero ante la estupefacción de todos, demostró, sin
lugar a dudas, que se había estrangulado ella misma.
Las señales de su cuello eran las de sus dedos. Un
sistema de suicidio que aunque no es físicamente
imposible, requiere de una extraordinaria fuerza
muscular y de una voluntad casi sobrehumana. Nunca se
supo lo que la había impulsado a suicidarse. Claro que
su equilibrio mental siempre había sido insuficiente.
Sin embargo, ahí tiene. Se ha corrido para siempre la
cortina sobre el misterio de Felisa Bault.
Fue entonces cuando el ocupante de la cuarta esquina
se echó a reír.
Los otros tres hombres saltaron como si hubieran oído
un disparo. Habían olvidado por completo la existencia
del cuarto, y cuando se volvieron hacia el lugar donde
se hallaba sentado, todavía arrebujado en su abrigo,
rió de nuevo.
—Deben perdonarme, caballeros —dijo en perfecto
inglés, aunque con un ligero acento extranjero, y se
incorporó mostrando un rostro pálido con un pequeño
bigotillo—. Sí, deben ustedes perdonarme —dijo con una
cómoda inclinación de cabeza—. Pero la verdad: ¿es que
la ciencia dice alguna vez la última palabra?
—¿Sabe algo del caso que estábamos discutiendo? —le
preguntó el doctor cortésmente.
—¿Del caso? No. Pero la conocí.
—¿A Felisa Bault?
—Sí. Y a Annette Ravel también. No han oído hablar de
Annette Ravel, ¿verdad? Y, no obstante, la historia de
una es la historia de la otra. Créame, no sabrán nada
de Felisa Bault si no conocen también la historia de
Annette Ravel.
Sacó un reloj para consultar la hora.
—Falta media hora hasta la próxima parada. Tengo
tiempo de contarles la historia... es decir, si a
ustedes les interesa escucharla.
—Cuéntela, por favor —dijo el médico.
—Me encantaría oírla —exclamó el pastor.
Don Jorge Durand se limitó a adoptar una actitud de
atenta escucha.
«—Mi nombre, caballeros —comentó el extraño compañero
de viaje— es Raúl Latardeau. Usted acaba de mencionar
a una dama inglesa, la señorita Slater, que se ocupa
en obras de caridad. Yo la conocí en Bretaña, en un
pueblecito pesquero, y cuando mis padres fallecieron
víctimas de un accidente ferroviario, fue la señorita
Slater quien vino a rescatarme y me salvó de algo
equivalente a los reformatorios ingleses. Tenía unos
veinte chiquillos a su cuidado... niños y niñas. Entre
éstas se encontraban Felisa Bault y Annette Ravel. Si
no consigo hacerles comprender la personalidad de
Annette, caballeros, no comprenderán nada. Era hija de
lo que ustedes llaman una filie de joie que
había muerto tuberculosa abandonada por su amante. La
madre fue bailarina y Annette también tenía el deseo
de bailar. Cuando la vi por primera vez tenía once
años, y era una niña vivaracha de ojos brillantes y
prometedores... una criatura todo fuego y vida. Y en
seguida, en seguida... me convirtió en su esclavo.
“Raúl, haz esto; Raúl, haz lo otro...”, y yo obedecía.
Yo la idolatraba y ella lo sabía.
»Solíamos ir a la playa... los tres... ya que Felisa
venía con nosotros. Y allí Annette, quitándose los
zapatos y las medias, bailaba sobre la arena, y luego,
cuando le faltaba el aliento, nos contaba lo que
quería llegar a ser.
“
—Verán, yo seré famosa. Sí, muy famosa. Tendré cientos
y miles de medias de seda... de la seda más fina, y
viviré en un departamento maravilloso. Todos mis
adoradores serán jóvenes, guapos y ricos; cuando yo
baile, todo París irá a verme. Gritarán y se volverán
locos con mis danzas. Y durante los inviernos no
bailaré. Iré al sur a gozar del sol. Allí hay
pueblecitos con naranjos, y comeré naranjas. Y en
cuanto a ti, Raúl, nunca te olvidaré por muy rica que
sea. Te protegeré para que estudies una carrera.
Felisa será mi doncella... no, sus manos son demasiado
torpes. Míralas qué grandes y toscas.”
»Felisa se ponía furiosa al oír esto, y entonces
Annette continuaba pinchándola.
“Es tan fina, Felisa... tan elegante y distinguida. Es
una princesa disfrazada... ja, ja.”. “Mi padre y mi
madre estaban casados, y los tuyos no” , replicaba
Felisa con rencor. “Sí, y tu padre mató a tu madre.
Bonita cosa ser la hija de un asesino.”. “Y el tuyo
dejó morir a tu madre”, era la contestación de Felisa.
“¡Ah, sí! Annette se ponía pensativa: ‘Pauvre maman’.
Hay que conservarse fuerte y bien”. “Yo soy fuerte
como un caballo” , presumía Felisa.
»Y
desde luego lo era. Tenía dos veces la fuerza de
cualquier niña del Hogar y nunca estaba enferma. Pero
era estúpida, ¿comprenden?, estúpida como una bestia
bruta. A menudo me he preguntado por qué seguía a
Annette como lo hacía. Era una especie de fascinación.
Algunas veces creo que la odiaba, y no es de extrañar,
puesto que Annette no era amable con ella. Se burlaba
de su lentitud y estupidez, provocándola delante de
los demás. Yo había visto a Felisa ponerse lívida de
rabia. Algunas veces pensé que iba a rodear la
garganta de Annette con sus dedos hasta acabar con su
vida. No era lo bastante inteligente como para
contestar a los improperios de Annette, pero con el
tiempo aprendió una respuesta que nunca fallaba. Era
el referirse a su propia salud y fuerza. Había
aprendido lo que yo siempre supe: que Annette
envidiaba su fortaleza física, y ella atacaba
instintivamente el punto débil de la armadura de su
enemiga.
Un
día Annette vino hacia mí muy contenta. “Raúl —dijo—,
hoy vamos a divertirnos con esa estúpida de Felisa.”
“—¿Qué es lo que vas a hacer?”
“—Ven detrás del cobertizo y te lo diré.”
»Parece que Annette había encontrado cierto libro,
parte del cual no entendía y, desde luego, estaba por
encima de su cabecita. Era una de las primeras obras
de hipnotismo.
“—Conseguí que un objeto brillante, el pomo de metal
de mi casa, diese vueltas. Hice que Felisa lo mirase
anoche. ‘Míralo fijamente —le dije—. No apartes los
ojos de él’ . Y entonces lo hice girar, Raúl. Estaba
asustada. Sus ojos tenían una expresión tan extraña...
tan extraña.”. “Felisa, tú harás siempre lo que yo
diga, le dije. ‘Haré siempre lo que tú digas, Annette’,
me contestó. Y luego... y luego... dije: ‘Mañana
llevarás un cabo de vela al patio y empezarás a
comerla a las doce. Y si alguien te pregunta dirás que
es la mejor galleta que has probado en tu vida’. ¡Oh,
Raúl, imagínate!”.
“—Pero ella no hará una cosa así —protesté.
”—El libro dice que sí. No es que yo lo crea del
todo... pero... ¡Oh, Raúl, si lo que dice el libro es
cierto, lo que nos vamos a divertir!”.
»A
mí también me pareció divertido. Lo comunicamos a
nuestros compañeros y a las doce estábamos todos en el
patio. A la hora exacta apareció Felisa con el cabo de
la vela en la mano. ¿Y creerán ustedes, caballeros,
que empezó a mordisquearlo solemnemente? ¡Todos nos
desternillábamos de risa! De vez en cuando alguno de
los niños se acercaba a ella y le decía muy serio:
“¿Es bueno lo que comes, Felisa?”. Y ella respondía:
‘Sí, es una de las mejores galletas que he probado en
mi vida’. Y entonces nos ahogábamos de risa. Al fin
nos reímos tan fuerte que el ruido pareció despertar a
Felisa y se dio cuenta de lo que estaba haciendo.
Parpadeó extrañada, miró la vela y luego a todos,
pasándose la mano por la frente.
“—Pero ¿qué es lo que estoy haciendo aquí?”, murmuró.
“Te estás comiendo una vela de sebo”, le gritamos.
“Yo te lo hice hacer. Yo te lo hice hacer” , exclamó
Annette bailando a su alrededor.
Felisa la miró fijamente unos instantes y luego se fue
acercando a ella.
“—¿De modo que has sido tú... has sido tú quien me
puso en ridículo? Creo recordar. ¡Ah! Te mataré por
esto.”
Habló en tono tranquilo, pero Annette echó a correr
refugiándose detrás de mí.
“—¡Sálvame, Raúl! Me da miedo Felisa.” “Ha sido sólo
una broma, Felisa. Sólo una broma ¿Comprendes?”.
“—No me gustan esta clase de bromas —replicó Felisa—.
Te odio. Los odio a todos.” Y echándose a llorar se
marchó corriendo.
»Yo creo que Annette estaba asustada por el resultado
de su experimento, y no intentó repetirlo, pero a
partir de aquel día su ascendencia sobre Felisa se fue
haciendo más fuerte.
»Ahora creo que Felisa siempre la odió, pero sin
embargo no podía apartarse de su lado y solía seguirla
como un perro.
»Poco después de esto, caballeros, me encontraron un
empleo y sólo volví al Hogar durante mis vacaciones.
No se había tomado en serio el deseo de Annette de ser
bailarina, pero su voz se hizo más bonita a medida que
iba creciendo, y la señorita Slater consintió
gustosamente en dejarla aprender canto.
»Annette
no era perezosa, y trabajaba febrilmente, sin
descanso, y la señorita Slater se vio obligada a
impedir que se excediera, y en cierta ocasión me habló
de ella.
“—Tú siempre has apreciado mucho a Annette —me dijo—.
Convéncela para que no se esfuerce demasiado.
Últimamente tose de una manera que no me gusta.”
»Mi trabajo me llevó lejos poco después de esta
conversación. Recibí una o dos cartas de Annette al
principio, pero luego silencio, durante los cinco años
que permanecí en el extranjero.
»Por pura casualidad, cuando regresé a París me llamó
la atención un cartel-anuncio con el nombre de Annette
Ravelli y su fotografía. La reconocí en seguida.
Aquella noche fui al teatro en cuestión. Annette
cantaba en francés e italiano, y en escena estaba
maravillosa. Después fui a verla a su camerino y me
recibió en seguida.
“—Vaya, Raúl —exclamó tendiéndome las manos—. ¡Esto es
maravilloso! ¿Dónde has estado todos estos años?”
Yo
se lo hubiera dicho, pero no deseaba escucharme.
“—¡Ves, ya casi he llegado!”
Y
con un gesto triunfal me señaló el camerino lleno de
flores.
“—La señorita Slater debe estar orgullosa de tu
éxito.”
“—¿Esa vieja? No, por cierto. Ella me había destinado
al Conservatorio... a los conciertos... pero yo soy
una artista. Y es aquí, en los teatros de variedades,
donde puedo expresar mi personalidad.”
En
aquel momento entró un hombre de mediana edad,
atractivo y distinguido. Por su comportamiento
comprendí en seguida que se trataba del mecenas de
Annette. Me miró de soslayo y Annette le explicó:
“Es un amigo de la infancia. Está de paso en París, ha
visto mi retrato en un anuncio, et viola”.
»Aquel hombre era muy
amable y cortés, y delante de mí sacó una pulsera de
brillantes y rubíes que colocó en la muñeca de Annette.
Cuando me levanté para marcharme ella me dirigió una
mirada de triunfo diciéndome en un susurro:
“—He llegado, ¿verdad? ¿Comprendes? Tengo el mundo a
mis pies.”
»Pero al salir del camerino la oí toser con una tos
seca y dura. Sabía muy bien lo que significaba. Era la
herencia de su madre tuberculosa.
»Volví a verla dos años más tarde. Había ido a buscar
refugio junto a la señorita Slater. Su carrera estaba
arruinada. Era tal lo avanzado de su enfermedad, que
los médicos dijeron que nada podía hacerse.
»¡Ah! ¡Nunca olvidaré cómo la vi entonces! Estaba
echada en una especie de cobertizo montado en el
jardín. La tenían día y noche al aire libre. Sus
mejillas estaban hundidas y sus ojos brillantes y
febriles. Me saludó con tal desesperación que me quedé
estupefacto.
“—Cuánto me alegro de verte, Raúl. ¿Tú ya sabes bien
lo que dicen... que no me pondré bien? Lo dicen a mis
espaldas, ¿comprendes? Conmigo son todos amables y
tratan de consolarme. ¡Pero no es cierto, Raúl, no es
cierto! Yo no me dejaré morir. ¿Morir? ¿Con la vida
tan hermosa que se extiende ante mí? Es la voluntad de
vivir lo que importa. Todos los grandes médicos lo
dicen. Yo no soy de esos seres débiles que se
abandonan. Ya empiezo a sentirme mejor... muchísimo
mejor, ¿oyes?”
Y
se incorporó, apoyándose sobre un codo para dar más
énfasis a sus palabras, luego cayó hacia atrás, presa
de un ataque de tos que estremeció su delgado cuerpo.
“—La tos no es nada —consiguió decir—. Y las
hemorragias no me asustan. Sorprenderé a los médicos.
Es la voluntad lo que importa. Recuerda, Raúl, yo
viviré.”
»Era una pena. ¿Comprenden? Una pena.
En
aquel momento llegaba Felisa Bault con una bandeja y
un vaso de leche caliente, que dio a Annette, mirando
cómo lo bebía con expresión que no pude descifrar...
como con cierta satisfacción.
Annette también captó aquella mirada, y dejó caer el
vaso, que se hizo pedazos.
“—¿La has visto? Así es como me mira siempre. ¡Ella se
alegra de que vaya a morir! Sí, disfruta. Ella es
fuerte y sana. Mírala... ¡nunca ha estado enferma! ¡Ni
un solo día! Y todo para nada. ¿De qué le sirve ese
corpachón? ¿Qué va a sacar de él?”
Felisa se agachó para coger los pedazos de cristal.
“—No me importa lo que diga —comenzó con voz
inexpresiva—. ¿A mí qué? Soy una chica respetable. Y
en cuanto a ella, sabrá lo que es el Purgatorio dentro
de poco. Yo soy cristiana y nada digo.”
“—¡Tú me odias! —exclamó Annette—. Siempre me has
odiado. ¡Ah!, pero de todas maneras puedo encantarte.
Puedo hacer que hagas mi voluntad. Mira, ahora mismo,
si te lo pidiera sin ninguna duda te pondrías de
rodillas ante mí encima de la hierba.”
“—No seas absurda” —dijo Felisa intranquila.
“—Pues sí que lo harás. Lo harás... para complacerme.
Arrodíllate. Yo, Annette, te lo pido. Arrodíllate,
Felisa.”
»No sé si sería por el maravilloso mandato de su voz,
o por un motivo más profundo, pero el caso es que
Felisa obedeció. Se puso de rodillas lentamente, con
los brazos extendidos hacia delante y el rostro
ausente mirando estúpidamente al vacío.
Annette, echando la cabeza hacia atrás, rió con todas
sus fuerzas.
“—¡Mira qué cara más estúpida pone! ¡Qué ridícula
está! ¡Ya puedes levantarte, Felisa, gracias! Es
inútil que frunzas el ceño. Soy tu ama, y tienes que
hacer lo que yo diga.”
Se
desplomó exhausta sobre las almohadas, y Felisa,
recogiendo la bandeja, se alejó lentamente. Una vez se
volvió a mirar por encima del hombro, y el profundo
resentimiento de su mirada me sobresaltó.
Yo
no estaba allí cuando murió Annette, pero, al parecer,
fue terrible. Se aferraba a la vida con desesperación,
luchando contra la muerte como una posesa, y gritando:
‘No moriré. Tengo que vivir... vivir...’.
Me
lo contó la señorita Slater, cuando seis meses más
tarde fui a verla. “Mi pobre Raúl —me dijo con tono
amable—. Tú la querías, ¿verdad?”
“—Siempre la quise... siempre. Pero ¿de qué hubiera
podido servirle? No hablemos de eso. Ahora está
muerta... ella... tan alegre... y tan llena de vida.”
»La señorita Slater era una mujer comprensiva y se
puso a hablar de otras cosas. Estaba preocupada por
Felisa. La joven había sufrido una extraña crisis
nerviosa y desde entonces su comportamiento era muy
extraño.
“—¿Sabes —me dijo la señorita Slater tras una ligera
vacilación— que está aprendiendo a tocar el piano?”
Yo
lo ignoraba y me sorprendió mucho. ¡Felisa...
aprendiendo a tocar el piano! Yo hubiera jurado que
era totalmente incapaz de distinguir una nota de otra.
“—Dicen que tiene talento —continuó la señorita Slater—.
No comprendo. Siempre la había considerado..., bueno,
Raúl, tú mismo sabes que fue siempre una niña
estúpida.”
Asentí.
“—Su comportamiento es tan extraño que no sé qué
pensar.”
»Pocos minutos después entré en la sala de lectura.
Felisa tocaba el piano... la misma tonadilla que oí
cantar a Annette en París. Comprendan, caballeros, que
me quedé de una pieza. Y luego, al oírme, se
interrumpió de pronto volviéndose a mirarme con ojos
llenos de malicia e inteligencia. Por un momento
pensé..., bueno, no voy a decirles lo que pensé
entonces.
“—Tiens!
—exclamó—. De manera que es usted... monsieur Raúl.”
No
puedo describir cómo lo dijo. Para Annette nunca había
dejado de ser Raúl, pero Felisa, desde que volvimos a
encontrarnos de mayores, siempre me llamaba monsieur
Raúl. Mas entonces lo dijo de un modo distinto...,
como si el monsieur fuera algo divertido.
“—Vaya, Felisa —le contesté—, te veo muy cambiada.”
“—¿Sí? —replicó pensativa—. Es curioso, pero no te
pongas serio, Raúl..., decididamente te llamaré
Raúl... ¿Acaso no jugábamos juntos cuando éramos
niños...? La vida se ha hecho para reír. Hablemos de
la pobre Annette... que está muerta y enterrada.
¿Estará en el Purgatorio o dónde?”
»Y
tarareó cierta canción..., desentonando bastante, pero
las palabras llamaron mi atención.
“—¡Felisa! —exclamé—. ¿Sabes italiano?”
“—¿Por qué no, Raúl? Yo no soy tan estúpida como
parecía” —y se rió de mi confusión.
“—No comprendo...” —comencé a decir.
“—Pues yo te lo explicaré. Soy una magnífica actriz,
aunque nadie lo sospechaba. Puedo representar muchos
papeles... y muy bien, por cierto.”
Volvió a reír y salió corriendo de la habitación antes
de que pudiera detenerla.
»La volví a ver antes de marcharme. Estaba durmiendo
en un sillón y roncaba pesadamente. La estuve mirando
fascinado..., aunque me repelía. De pronto se despertó
sobresaltada, y sus ojos apagados y sin vida se
encontraron con los míos.
“—Monsieur Raúl” —murmuró mecánicamente.
“—Sí, Felisa. Yo me marcho. ¿Querrás tocar algo antes
de que me vaya?”
“—¿Yo? ¿Tocar? ¿Se está riendo de mí, monsieur Raúl?”
“—¿No recuerdas que esta mañana tocaste para mí?”
Felisa meneó la cabeza.
“—¿Tocar yo? ¿Cómo es posible que sepa tocar una pobre
chica como yo?”
Hizo una pausa como si reflexionara, y luego se acercó
a mí.
“—¡Monsieur Raúl, ocurren cosas extrañas en esta casa!
Le gastan a una bromas. Varían las horas del reloj.
Sí, sí, sé lo que digo. Y todo eso es obra de ella.”
“—¿De quién?” —pregunté sobresaltado.
“—De Annette, esta malvada. Cuando vivía siempre me
estaba atormentando, y ahora que ha muerto, vuelve del
otro mundo para seguir mortificándome.”
»La miré fijamente. Ahora comprendo que estaba al
borde del terror y sus ojos estaban a punto de salir
de sus órbitas.
“—Es mala. Le aseguro que es mala. Sería capaz de
quitar a cualquiera el pan de la boca, la ropa y el
alma...”.
De
pronto se agarró a mí.
“—Tengo miedo, se lo aseguro..., miedo. Oigo su
voz..., no en mis oídos..., sino aquí... en mi cabeza
—se tocó la frente—. Sé que me llevará muy lejos... y
entonces, ¿qué haré... qué será de mí?”
Su
voz se fue elevando hasta convertirse en un alarido y
vi en sus ojos el terror de las bestias acorraladas.
»De pronto sonrió..., fue una sonrisa agradable, llena
de astucia, que me hizo estremecer.
“—Si llegara eso, monsieur Raúl..., tengo mucha fuerza
en mis manos..., tengo mucha fuerza en las manos.”
»Nunca me había fijado particularmente en sus manos.
Entonces las miré y me estremecí a pesar mío. Eran
unos dedos gruesos, brutales, y como Felisa había
dicho, extraordinariamente fuertes. No sabría
explicarles la sensación de náuseas que me invadió.
Con unas manos como aquéllas su padre debió
estrangular a su madre.
»Aquélla fue la última vez que vi a Felisa Bault.
Inmediatamente después marché al extranjero..., a
Sudamérica. Regresé dos años después de su muerte.
Algo había leído en los periódicos de su vida y muerte
repentina. Y esta noche me he enterado de más
detalles... por ustedes. Felisa Tercera y Felisa
Cuarta... Me estoy preguntando si... ¡Era una buena
actriz! ¿Saben?».
El
tren fue aminorando su velocidad, y el hombre sentado
en la esquina se irguió para abrochar mejor su abrigo.
—¿Cuál es su teoría? —preguntó el abogado.
—Apenas puedo creerlo... —comenzó a decir el canónigo
Parfitt.
El
médico nada dijo, pero miraba fijamente a Raúl
Letardeau.
—Es capaz de quitarle a uno el pan de la boca, la
ropa..., el alma... —repitió el francés poniéndose en
pie—. Les aseguro, messieurs, que la historia de
Felisa Bault es la historia de Annette Ravel. Ustedes
no la conocieron, caballeros. Yo sí... y amaba mucho
la vida.
Con la mano en el pomo de la puerta, dispuesto a
apearse, se volvió de pronto, yendo a dar un golpecito
en el pecho del canónigo.
—Monsieur le docteur acaba de decir que esto —le dio
un golpe en el estómago y el pastor pegó un respingo—
es sólo una coincidencia. Dígame, si encontrara un
ladrón en su casa, ¿qué haría? pegarle un tiro, ¿no?
—No —exclamó el canónigo—. No..., quiero decir... que
en este país, no.
Pero sus palabras se perdieron en el aire mientras la
puerta del compartimiento se cerraba de golpe.
El
clérigo, el abogado y el médico se habían quedado
solos. El cuarto asiento estaba vacío.
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