ALEJANDRO DUMAS

Alejandro Dumas (padre) (1802/1870) nació en Villers-Cotterês, Francia, el 24 de julio de 1802. Su padre (Thomas Alexandre) usó el apellido de su madre Marie Céssette Dumas, una esclava de Santo Domingo casada con Antoine-Alexandre, marqués, quien se opuso a que fuera militar.

Huérfano de padre atravesó junto a su madre penurias económicas recibiendo una limitada educación formal. Ya en París (1823) trabaja de amanuense con el duque de Orleans. Comienza a estudiar la historia de Francia y otras disciplinas (física, química, etc.), lee a los clásicos franceses y se deslumbra con Shakespeare.

Junto a su amigo Adolphe de Leuven realiza sus primeros trabajos literarios entre los que figura el vodeville La caza y el amor estrenado en París en 1825, obteniendo fama y dinero. Traslada a su madre a París y se dedica de lleno a las letras. La obra Enrique III y su corte (1829) y Cristina (1830) son incorporadas al repertorio de la Comedie Francaise y le reporta buenos dividendos.

A partir de 1844 vendrán las grandes novelas publicadas en entregas en los periódicos. Inaugura el Teatro Histórico (1847), es nombrado Comandante de la Guardia Nacional, publica la El collar de la reina (1848) simultáneamente con La dama de las camelias de su hijo. En 1850 publica El Tulipán Negro al tiempo que su Teatro Histórico cae en bancarrota.

Mis memorias (1851), precede al exilio en Bruselas por razones políticas (fue un ardiente republicano), aunque trasciende que la verdadera causa son las deudas. Viaja a Italia donde conoce y se une ideológicamente a Garibaldi quien lo nombra Jefe de Excavaciones y Museos de Nápoles donde residirá hasta 1864.

Regresa a Francia donde realiza conferencia, inaugura varias revistas en las que colabora y prepara su Gran diccionario de cocina. Su prolífica producción, casi 300 obras entre novelas, relatos, artículos, teatro contó con la colaboración de otros escritores, por ejemplo Auguste-Jules Maquet, coautor de El conde de Montecristo y auténtico padre de Los tres mosqueteros (1844).

Estas “colaboraciones”, un secreto a voces, le valieron a esos escritores el mote de “negros del negro”. Entre las habilidades de Dumas (p) se refiere la manipulación de la historia.

Una vida tan agitada no podía obviar pasiones encendidas; se le conocieron 27 amantes y seis hijos, cuatro extramatrimoniales entre los que se cuenta el célebre homónimo nacido en 1824, producto de la unión con María Catalina Lebay. En 1840 se casó con la actriz Ida Ferrer.

Cultivó la amistad de Víctor Hugo, George Sand, Lamartine, Nerval, Gautier, de Vygny, etc., y la enemistad de Balzac. Entre sus merecimientos cuenta el haber dilapidado la fortuna que ganó. Murió arruinado en la casa de campo de su hijo Puys el 5 de diciembre de 1870. A pesar de la vida irregular que llevó sus personajes son inolvidables héroes románticos.

 

 

 EL CONDE DE MONTECRISTO - CAPÍTULO V: UN SABIO ITALIANO

 

Dantès tomó en sus brazos a aquel nuevo amigo tanto tiempo y con tanta impaciencia esperado y lo llevó hasta la ventana para que la poca luz que penetraba en el calabozo lo iluminara por completo. Era un hombre de baja estatura, con el pelo encanecido más por las preocupaciones que por la edad, de mirada penetrante, oculta bajo espesas cejas que empezaban a teñirse de gris y una barba todavía negra que descendía hasta el pecho. La delgadez de su rostro ahuecado por arrugas profundas, la línea audaz de sus rasgos característicos, revelaban a un hombre más habituado a ejercer sus facultades intelectuales que sus fuerzas físicas. La frente del recién llegado estaba cubierta de sudor. En cuanto a sus vestidos, era imposible distinguir cuál fuera su forma primitiva, pues caían en jirones.

Parecía tener unos sesenta y cinco años, aunque cierto vigor en los movimientos sugerían la posibilidad de que en realidad tuviera menos años de los que aparentaba a causa del prolongado cautiverio. Recibió con gesto de agrado las declaraciones entusiastas del joven y por un instante su alma helada pareció caldearse  y fundirse al contacto de aquella otra alma ardiente. Agradeció tanta cordialidad con cierta emoción, a pesar de la decepción que había significado para él encontrar un segundo calabozo donde esperaba encontrar la libertad.

—Ante todo —dijo—, veamos si hay un modo de hacer desaparecer a los ojos de su carcelero los rastros de mi pasadizo. Toda nuestra tranquilidad futura depende de que él ignore lo que aquí sucede.

Acto seguido, se inclinó sobre la abertura, tomó la piedra que levantó fácilmente a pesar de su peso y la colocó en el agujero.

—Esta tierra fue descalzada con bastante negligencia —dijo sacudiendo la cabeza—. ¿No tienes herramientas?

—¿Y usted? —preguntó Dantès con sorpresa—. Tiene alguna...

—Me procuré algunas. Salvo una lima, tengo todo lo que hace falta: cincel, pinza, palanca.

—¡Oh, tengo curiosidad por ver esos productos de su paciencia y su habilidad! —dijo Dantès.

—Tenga, aquí tiene para empezar un cincel.

Y le mostró una hoja fuerte y aguda encajada en un trozo de madera de haya.

—¿Con qué lo hizo? —preguntó Dantès.

—Con uno de los herrajes de mi cama; con este instrumento cavé todo el camino que me condujo hasta aquí: aproximadamente cincuenta pies.

—¡Cincuenta pies! —exclamó Dantès con horror.

—¡Hable más bajo, jovencito, hable más bajo! —dijo el desconocido mirando alrededor—.  Con frecuencia los carceleros escuchan a la puerta de los prisioneros.

—Pero saben que estoy solo.

—¡Igualmente!

—¿Y dice usted que atravesó cincuenta pies para llegar hasta aquí?

—Sí, esa es más o menos la distancia que separa mi cuarto del suyo; sólo que calculé mal la curva por carecer de los instrumentos de geometría necesarios para trazar mi escala de proporciones: en lugar de cuarenta pies de elipse, han sido cincuenta. Yo creí, como le dije antes, que estaba por llegar al muro exterior, que podría atravesarlo y tirarme al mar. Cavé a lo largo del corredor contra el que da esta habitación, en lugar de pasar por debajo. He perdido todo mi trabajo, pues el corredor da a un patio lleno de guardias.

—Es verdad —dijo Dantès—, pero este corredor es uno de los lados de mi celda y hay otros tres.

—Sin duda, pero tenemos una pared que está formada por la roca viva: harían falta diez mineros que trabajaran durante diez años con las herramientas más convenientes para perforar esa roca. Esta otra pared debe estar adosada a las bases del apartamento del gobernador: llegaríamos a las bodegas que, evidentemente, están cerradas con llave y nos volverían a atrapar. El otro lado... a ver, espere... ¿a dónde da el otro muro?

Aquella era la pared donde estaba la claraboya a través de la cual entraba la luz. Esta abertura que se hacía más estrecha hacia el exterior y por la que no habría podido pasar un niño pequeño, estaba además condenada por tres hileras de barrotes de hierro que podían dejar tranquilo, ante el temor de una fuga por esa vía, al carcelero más receloso. Sin embargo, el recién llegado, mientras hacía esta pregunta, arrastró la mesa debajo del ventanuco.

—Suba a la mesa —le dijo a Dantès.

Dantès obedeció, subió a la mesa y adivinando las intenciones de su compañero, apoyó la espalda contra la pared y le presentó las dos manos. Su vecino trepó entonces más prestamente de lo que hubiese dejado presagiar su edad y con una habilidad de gato o de lagarto, subió primero a la mesa, después a las manos de Dantès y luego a sus hombros. Así encorvado, pues el cielo raso del calabozo le impedía erguirse, pasó la cabeza por la primera hilera de barrotes y pudo mirar hacia abajo. Un instante después, retiró con celeridad la cabeza.

—¡Oh, oh! Me lo temía.

Se dejó caer sobre la mesa y luego saltó al suelo.

—¿Qué era lo que temía? —preguntó el joven, saltando a su vez.

El hombre meditaba.

—Sí, así es: la cuarta pared de este calabozo da a una galería exterior, a una especie de pasillo en redondo por donde pasan las patrullas y velan los centinelas.

—¿Está usted seguro?

—Vi el birrete del soldado y el extremo de su fusil y me retiré inmediatamente porque tuve miedo de que me descubriera.

—¿Entonces...? —preguntó Dantès.

—Entonces está claro que es imposible huir por esta celda.

—¿Y entonces? —insistió el joven ansiosamente.

—¡Y entonces que sea lo que Dios quiera!

Una expresión de profunda resignación se extendió por el semblante del desconocido.

Dantès miró a aquel hombre que renunciaba así con tanta serenidad a una esperanza acariciada durante tanto tiempo, con sorpresa y a la vez admiración.

 —Ahora, ¿querrá usted decirme quién es?

—¡Oh, Dios mío! Sí, si aún puede interesarle, ahora que no le serviré para nada.

—Puede servirme para consolarme y confortarme, pues me parece que es usted un hombre fuerte entre los fuertes.

El abate sonrió tristemente.

—Soy el abate Faria —dijo—, prisionero desde 1811, como ya lo sabe usted, en el castillo de If; pero ya estaba preso hacía tres años encerrado en la fortaleza de Fenestrelles. En 1811 me transfirieron del Piamonte a Francia. Entonces me enteré de que el destino, que por entonces parecía estar a sus pies, le había dado un hijo a Napoleón y que ese hijo, en la cuna, había sido nombrado Rey de Roma. En aquella época distaba mucho de imaginar lo que usted me contó hace un rato: que cuatro años después aquel coloso sería derribado.  ¿Quién reina pues en Francia? ¿Napoleón II?

—No, Luis XVIII.

—¿Luis XVIII, el hermano de Luis XVI? ¡Los designios del cielo son extraños y misteriosos! ¿Qué intención tuvo la Providencia para derrocar al hombre que antes había elevado y elevar a quien había derrocado?

Dantès seguía con la mirada los gestos de aquel hombre que, olvidando por un instante su propio destino, se preocupaba por los destinos del mundo.

—Sí, sí —continuó el abate—, es lo mismo que sucedió en Inglaterra; después de Carlos I, Cromwell y después de Cromwell, Carlos II y tal vez después de Jacobo II, un príncipe de Orange, un statehooder que se haría rey; y entonces, nuevas concesiones al pueblo, una constitución, la libertad. Usted verá todo esto, joven —agregó volviéndose hacia Dantès y mirándolo fijamente con ojos brillantes y profundos como deben ser los de los profetas—. Aún tiene edad para llegar a verlo y lo verá.

—Sí, si salgo de aquí.

—Tiene usted razón —admitió el abate—. Somos prisioneros, por momentos lo olvido, atravieso las murallas con la imaginación y me creo en libertad.

—Pero, usted, ¿por qué está encarcelado?

—Porque soñé en 1807 el proyecto que Napoleón quiso realizar en 1811; porque, como Maquiavelo, en lugar de todos esos principados que hacen de Italia el nido de un montón de pequeños tiranos, quise un único señor, grande y fuerte, aunque no fuera justo; porque creí hallar mi César Borgia en un necio coronado que simuló comprenderme para luego traicionarme. Era el proyecto de Alejandro VI y de Clemente VII, que siempre fracasó: ellos trataron inútilmente de llevarlo a buen término  y puesto que tampoco Napoleón pudo lograrlo, decididamente Italia está maldita.

El hombre inclinó la cabeza.

Dantès no comprendía cómo un hombre podía arriesgar la propia vida por semejantes intereses; es verdad que conocía a Napoleón por haberlo visto y haberle hablado, pero en cambio ignoraba por completo quiénes eran Clemente VII y Alejandro VI.

—¿No es usted —preguntó Dantès, comenzando a compartir la opinión del carcelero que era la opinión general en el castillo de If— ese cura del que se dice que está... enfermo?

—Del que se dice que está loco, querrá usted decir, ¿no es cierto?

—No me animaba a decirlo —replicó Dantès sonriendo.

—Sí, sí —continuó Faria con risa amarga—. Soy yo ése al que consideran loco, soy yo quien divierte desde hace tanto tiempo a los huéspedes de esta prisión y que divertiría a los niños, si hubiera niños en el reino del dolor sin esperanzas.

Dantès permaneció durante un momento inmóvil y mudo.

—Pues entonces, ¿renuncia usted a la huida? —preguntó por fin.

—La considero imposible. Es rebelarse contra Dios intentar algo que él no quiere que se cumpla.

—¿Por qué se desalienta usted? ¡Sería pedir demasiado a la Providencia tener éxito al primer intento! ¿No es posible recomenzar en otra dirección?

—Pero, ¿tiene usted una idea de lo que hice hasta ahora para hablar tan fácilmente de recomenzar? ¿Sabe que necesité cuatro años para fabricarme las herramientas? ¿Y que hace dos años que araño y cavo una tierra dura como el granito? ¿Sabe usted que tuve que descalzar piedras que antes no hubiera imaginado siquiera que podía mover? ¿Qué he pasado jornadas enteras encogido en esa labor titánica y que al caer la noche a veces me sentía feliz por haber reunido un puñado de este viejo cemento que se ha hecho tan duro como la piedra? ¿Sabe que para colocar toda la tierra y todas las piedras que separaba, tuve que taladrar la bóveda de una escalera donde he ido enterrando sucesivamente todos los escombros y que ahora, con aquel hueco lleno, ya no tendría donde depositar un puñado de polvo? ¿Sabe, por último, que yo creía que estaba llegando al término de mi labor, que me sentía apenas con las fuerzas para acabar mi proyecto y que ahora Dios, no sólo aleja el término, sino que además no me deja vislumbrar siquiera si tendrá lugar? Ya se lo dije y se lo repito: no intentaré nada más para recuperar la libertad, puesto que es la voluntad de Dios que la haya perdido para siempre.

Edmond bajó la cabeza para ocultar ante aquel hombre que la felicidad que le procuraba tener un compañero, le impedía compartir como correspondía aquel sufrimiento de no haber podido salvarse.

El abate Faria se tendió en la cama de Dantès y éste permaneció de pie a su lado. El joven nunca había pensado en la fuga. Hay cosas que parecen tan imposibles de alcanzar que ni siquiera se piensa en intentarlas y se las rechaza por instinto. Perforar cincuenta pies bajo tierra, dedicar a tal operación tres años de trabajos continuos para llegar, suponiendo que el éxito corone la empresa, a un abismo que se abre perpendicularmente sobre el mar; precipitarse de cincuenta, sesenta o cien pies de altura para tal vez romperse la crisma al caer contra una roca, si la bala de algún centinela no lo mata antes y verse obligado, en caso de escapar a todos esos peligros, a recorrer al menos una legua a nado, era demasiado para no dejarse aplastar por la resignación; y, como ya vimos, Dantès estuvo a punto de llevar esa resignación hasta la muerte.

Pero ahora, después de haber visto a un hombre mayor, casi anciano, aferrarse a la vida con tanta energía y darle el ejemplo de soluciones desesperadas, Dantès comenzó a reflexionar y examinar hasta dónde llegaba su valor. Otro había intentado lo que él ni siquiera había concebido; otro menos joven, menos fuerte y menos hábil se había fabricado, con astucia y paciencia, todos los instrumentos necesarios para realizar aquella increíble operación, que sólo una medida mal calculada pudo hacer fracasar. Si ese otro había hecho todo eso, nada era imposible para Dantès. Si Faria había perforado cincuenta pies y había dedicado tres años a la empresa, él, que tenía la mitad de su edad, podría demorar seis.  Faria, un abate sabio y eclesiástico, no tenía miedo de arriesgarse a hacer el trayecto desde el castillo de If a la isla de Daume, de Ratoneau o de Lemaire y él, Edmond, el marino, el audaz buceador que con tanta frecuencia había descendido a las profundidades para buscar una rama de coral, ¿vacilaría en hacer una legua a nado? ¡Una hora! ¿No había pasado acaso horas en el mar sin tocar la costa? No, no. Dantès sólo necesitaba que lo animaran con el ejemplo. Todo lo que el otro hizo o pudo hacer, él lo haría. El joven reflexionó un instante.

—Encontré lo que usted buscaba —dijo.

Faria se estremeció.

—¿Usted? —exclamó levantando la cabeza con una expresión que denotaba que si Dantès

decía la verdad, el desaliento de su compañero no duraría mucho—. ¿Qué ha encontrado?

—El corredor que usted debió atravesar para llegar desde su celda a la mía se extiende paralelamente a la galería exterior, ¿no es verdad?

—Sí.

—Y no debe haber más de quince pies entre un corredor y otro.

—Como máximo.

—¡Y bien! Aproximadamente a la altura de la mitad del corredor, perforamos un camino en cruz; esta vez deberá tomar muy bien sus medidas... y salimos a la galería exterior, matamos al centinela y nos evadimos. Para que el plan tenga éxito, sólo necesitamos coraje y usted lo tiene, vigor que a mí no me falta y ni menciono la paciencia pues usted ya ha dado buenas pruebas y yo haré otro tanto.

—Un instante —replicó el abate—. Usted no conoce aún la medida de mi coraje ni el uso que puedo hacer de mi fuerza; en cuanto a la paciencia, creo haber sido suficientemente paciente al comenzar nuevamente cada mañana la tarea de la noche y cada noche la tarea del día. Pero entonces escúcheme bien, jovencito, yo lo hacía porque me parecía que servía a Dios librando a una de sus criaturas que, siendo inocente, no debió ser condenada.

—¿Y bien? —preguntó Dantès—. ¿En qué han cambiado las cosas? ¿Ahora se reconoce culpable?

—No, pero no quiero llegar a serlo; hasta aquí creía que se trataba de luchar contra las cosas, pero ahora usted me propone luchar contra los hombres. Pude perforar un muro y destruir una escalera, pero no perforaría un pecho ni destruiría una existencia.

Dantès hizo un ligero gesto de sorpresa.

—¿Cómo? Pudiendo ser libre, ¿dejaría que lo detenga semejante escrúpulo?

—Pero, usted mismo, ¿por qué no mató una noche cualquiera a su guardia con una pata de la mesa, se puso su uniforme e intentó evadirse?

—Verdaderamente, nunca se me ocurrió esa idea.

—Lo que pasa es que usted siente por un crimen semejante, tal horror instintivo que ni siquiera se le ocurre imaginarlo —respondió el anciano—, pues precisamente en las cosas simples y permitidas nuestros apetitos naturales nos advierten que no debemos trasponer la línea de nuestro derecho. El tigre que vierte la sangre por naturaleza, sólo necesita una cosa: que su olfato le advierta que tiene una presa a su alcance; inmediatamente se lanza contra esa presa, le cae encima y la desgarra; es su instinto, y el tigre obedece a él; pero el hombre, por el contrario, siente repugnancia por la sangre: no son las leyes sociales las que prescriben el asesinato, sino las leyes naturales que hacen que uno lo repudie.

Dantès quedó confundido: aquella era la explicación de lo que había ocurrido exactamente en su espíritu.

—Y además —continuó Faria—, hace unos doce años que estoy preso. He recorrido en la imaginación todas las evasiones célebres y han sido muy escasas las que salieron bien cuando medió la violencia. Las evasiones felices, las fugas coronadas con un feliz éxito fueron meditadas con meticulosidad y preparadas lentamente: así fue como el duque de Beaufort escapó del castillo de Vincennes, el abate Dubuquoi lo hizo de Fort l’Éveque y Latude de la Bastilla. También están las fugas favorecidas por el azar; ésas son las mejores: esperemos una ocasión, créame; y si esa ocasión se presenta, aprovechémosla.

—Usted pudo esperar —dijo Dantès con un suspiro—; ese prolongado trabajo le ocupaba todos los instantes y cuando no se distraía con el trabajo, tenía la esperanza para consolarse.

—Es verdad —admitió el abate sonriendo—. Aparte del túnel, me ocupaba de algunas otras cosas.

—¿Qué hacía?

—Escribía o estudiaba.

—¿A usted le dan papel, plumas y tinta, entonces?

—No, pero yo me las confeccioné.

—¿Usted se hace el papel, las plumas y la tinta? —exclamó Dantès.

—Sí.

Dantès observó a aquel hombre con admiración, aunque le costaba aún creer lo que decía. Faria advirtió esa ligera duda.

—Cuando venga a mi humilde morada —le dijo—, le mostraré una obra entera, resultado de las meditaciones, observaciones y reflexiones de toda mi vida, que hice a la sombra del Coliseo de Roma, al pie de la columna de San Marcos en Venecia, al borde del Arno en Florencia y que, estoy seguro, los carceleros me dejarán concluir algún día cómodamente dentro de los cuatro muros del castillo de If. Es un Tratado sobre la posibilidad de una monarquía general en Italia. Conformará un abultado volumen en cuarto.

—¿Y usted ya lo escribió?

—En dos camisas. Inventé una preparación que da al lienzo la textura lisa y unida de un pergamino.

—Ah, ¿es usted químico?

—Un poco. Conocí a Lavoisier y tuve alguna relación con Cabanis.

—Pero, para redactar semejante obra le habrá sido necesario realizar investigaciones históricas. ¿Tenía libros?

—En Roma tenía una biblioteca de unos cinco mil ejemplares. A fuerza de leerlos y releerlos, descubrí que con ciento cincuenta obras bien escogidas uno tiene, si no ya el resumen completo de los conocimientos humanos, al menos todo lo que es útil a un hombre erudito. Dediqué tres años de mi vida a leer y releer esos ciento cincuenta volúmenes, de modo tal que cuando fui arrestado los sabía casi de memoria. Ya en prisión, haciendo un ligero esfuerzo de retentiva los fui recordando completamente. Así podría recitar a Tucídides, Jenofonte, Plutarco, Tito Livio, Tácito, Strada, Jornandés, Dante, Montaigne, Shakespeare, Spinoza, Maquiavelo y Bossuet. Y sólo le estoy citando los más importantes.

—Pero entonces, ¿sabe usted varias lenguas?

—Hablo cinco lenguas vivas, el alemán, el francés, el italiano, el inglés y el español y con ayuda del griego antiguo entiendo el griego moderno; solamente que lo hablo mal, en este momento lo estoy estudiando.

—¿Lo está estudiando?

—Sí, me hice un vocabulario de las palabras que sé; las he ordenado, combinado y dado todos los giros posibles de modo tal que puedan bastarme para expresar mi pensamiento. Sé aproximadamente mil palabras. En rigor es todo lo que hace falta, aunque en los diccionarios hay cien mil, según creo. Seguramente no seré muy elocuente, pero me haré comprender de maravilla y con eso me basta.

Cada vez más admirado, Edmond comenzaba a considerar casi sobrenaturales las facultades de este extraño hombre. Quiso ver si lo sorprendía en alguna contradicción en algún punto cualquiera y continuó preguntando:

—Pero, si no le han dado plumas, ¿con qué pudo escribir ese voluminoso tratado?

—Yo mismo confeccioné unas plumas excelentes, preferibles a las corrientes, con los cartílagos de las cabezas de esas enormes pescadillas que a veces nos sirven los días de ayuno. Así es como espero con gran placer los miércoles, viernes y sábados pues me dan la esperanza de aumentar mi provisión de plumas; y le confieso que mis trabajos históricos son mi más agradable ocupación. Al internarme en el pasado, me olvido del presente; al marchar libre e independiente por la historia, ya no recuerdo que estoy prisionero.

—Pero, ¿y la tinta? —insistió Dantès—. ¿Con qué fabricó la tinta?

—En mi calabozo había anteriormente una chimenea que fue tapiada poco tiempo antes de que yo llegara, pero durante mucho años allí se hizo fuego, de modo que el interior estaba tapizado de hollín. Disuelvo ese hollín en una parte del vino que me dan todos los domingos y con eso consigo una tinta extraordinaria. Para las notas que es necesario resaltar, me pincho un dedo y las escribo con sangre.

—¿Cuándo podré ver todo eso? —preguntó Dantès.

—Cuando lo desee —respondió Faria.

—¡Oh, ahora mismo! —exclamó el joven.

—Entonces, sígame.

Entró en el corredor subterráneo y desapareció. Dantès lo siguió.

 

 

 

 

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