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ALEJANDRO DUMAS

Alejandro Dumas
(padre) (1802/1870) nació en Villers-Cotterês,
Francia, el 24 de julio de 1802. Su padre (Thomas
Alexandre) usó el apellido de su madre Marie
Céssette Dumas, una esclava de Santo Domingo
casada con Antoine-Alexandre, marqués, quien se
opuso a que fuera militar.
Huérfano de padre
atravesó junto a su madre penurias económicas
recibiendo una limitada educación formal. Ya en
París (1823) trabaja de amanuense con el duque de
Orleans. Comienza a estudiar la historia de
Francia y otras disciplinas (física, química,
etc.), lee a los clásicos franceses y se deslumbra
con Shakespeare.
Junto a su amigo
Adolphe de Leuven realiza sus primeros trabajos
literarios entre los que figura el vodeville La
caza y el amor estrenado en París en 1825,
obteniendo fama y dinero. Traslada a su madre a
París y se dedica de lleno a las letras. La obra
Enrique III y su corte (1829) y Cristina
(1830) son incorporadas al repertorio de la
Comedie Francaise y le reporta buenos dividendos.
A partir de 1844
vendrán las grandes novelas publicadas en entregas
en los periódicos. Inaugura el Teatro Histórico
(1847), es nombrado Comandante de la Guardia
Nacional, publica la El collar de la
reina (1848) simultáneamente con La dama de
las camelias de su hijo. En 1850 publica El
Tulipán Negro al tiempo que su Teatro
Histórico cae en bancarrota.
Mis memorias
(1851), precede al exilio en Bruselas por razones
políticas (fue un ardiente republicano), aunque
trasciende que la verdadera causa son las deudas.
Viaja a Italia donde conoce y se une
ideológicamente a Garibaldi quien lo nombra Jefe
de Excavaciones y Museos de Nápoles donde residirá
hasta 1864.
Regresa a Francia
donde realiza conferencia, inaugura varias
revistas en las que colabora y prepara su Gran
diccionario de cocina. Su prolífica
producción, casi 300 obras entre novelas, relatos,
artículos, teatro contó con la colaboración de
otros escritores, por ejemplo Auguste-Jules Maquet,
coautor de El conde de Montecristo y
auténtico padre de Los tres mosqueteros
(1844).
Estas “colaboraciones”, un secreto a voces, le
valieron a esos escritores el mote de “negros del
negro”. Entre las
habilidades de
Dumas (p) se refiere la manipulación de la
historia.
Una vida tan
agitada no podía obviar pasiones encendidas; se le
conocieron 27 amantes y seis hijos, cuatro
extramatrimoniales entre los que se cuenta el
célebre homónimo nacido en 1824, producto de la
unión con María Catalina Lebay. En 1840 se casó
con la actriz Ida Ferrer.
Cultivó la amistad
de Víctor Hugo, George Sand, Lamartine, Nerval,
Gautier, de Vygny, etc., y la enemistad de Balzac.
Entre sus merecimientos cuenta el haber dilapidado
la fortuna que ganó. Murió arruinado en la casa de
campo de su hijo Puys el 5 de diciembre de 1870. A
pesar de la vida irregular que llevó sus
personajes son inolvidables héroes románticos.
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EL CONDE DE MONTECRISTO - CAPÍTULO V: UN SABIO
ITALIANO |
Dantès tomó en sus brazos a aquel nuevo amigo tanto
tiempo y con tanta impaciencia esperado y lo llevó
hasta la ventana para que la poca luz que penetraba en
el calabozo lo iluminara por completo. Era un hombre
de baja estatura, con el pelo encanecido más por las
preocupaciones que por la edad, de mirada penetrante,
oculta bajo espesas cejas que empezaban a teñirse de
gris y una barba todavía negra que descendía hasta el
pecho. La delgadez de su rostro ahuecado por arrugas
profundas, la línea audaz de sus rasgos
característicos, revelaban a un hombre más habituado a
ejercer sus facultades intelectuales que sus fuerzas
físicas. La frente del recién llegado estaba cubierta
de sudor. En cuanto a sus vestidos, era imposible
distinguir cuál fuera su forma primitiva, pues caían
en jirones.
Parecía tener unos sesenta y cinco años, aunque cierto
vigor en los movimientos sugerían la posibilidad de
que en realidad tuviera menos años de los que
aparentaba a causa del prolongado cautiverio. Recibió
con gesto de agrado las declaraciones entusiastas del
joven y por un instante su alma helada pareció
caldearse y fundirse al contacto de aquella otra alma
ardiente. Agradeció tanta cordialidad con cierta
emoción, a pesar de la decepción que había significado
para él encontrar un segundo calabozo donde esperaba
encontrar la libertad.
—Ante todo —dijo—, veamos si hay un modo de hacer
desaparecer a los ojos de su carcelero los rastros de
mi pasadizo. Toda nuestra tranquilidad futura depende
de que él ignore lo que aquí sucede.
Acto seguido, se inclinó sobre la abertura, tomó la
piedra que levantó fácilmente a pesar de su peso y la
colocó en el agujero.
—Esta tierra fue descalzada con bastante negligencia
—dijo sacudiendo la cabeza—. ¿No tienes herramientas?
—¿Y usted? —preguntó Dantès con sorpresa—. Tiene
alguna...
—Me procuré algunas. Salvo una lima, tengo todo lo que
hace falta: cincel, pinza, palanca.
—¡Oh,
tengo curiosidad por ver esos productos de su
paciencia y su habilidad! —dijo Dantès.
—Tenga, aquí tiene para empezar un cincel.
Y
le mostró una hoja fuerte y aguda encajada en un trozo
de madera de haya.
—¿Con qué lo hizo? —preguntó Dantès.
—Con uno de los herrajes de mi cama; con este
instrumento cavé todo el camino que me condujo hasta
aquí: aproximadamente cincuenta pies.
—¡Cincuenta pies! —exclamó Dantès con horror.
—¡Hable más bajo, jovencito, hable más bajo! —dijo el
desconocido mirando alrededor—. Con frecuencia los
carceleros escuchan a la puerta de los prisioneros.
—Pero saben que estoy solo.
—¡Igualmente!
—¿Y dice usted que atravesó cincuenta pies para llegar
hasta aquí?
—Sí, esa es más o menos la distancia que separa mi
cuarto del suyo; sólo que calculé mal la curva por
carecer de los instrumentos de geometría necesarios
para trazar mi escala de proporciones: en lugar de
cuarenta pies de elipse, han sido cincuenta. Yo creí,
como le dije antes, que estaba por llegar al muro
exterior, que podría atravesarlo y tirarme al mar.
Cavé a lo largo del corredor contra el que da esta
habitación, en lugar de pasar por debajo. He perdido
todo mi trabajo, pues el corredor da a un patio lleno
de guardias.
—Es verdad —dijo Dantès—, pero este corredor es uno de
los lados de mi celda y hay otros tres.
—Sin duda, pero tenemos una pared que está formada por
la roca viva: harían falta diez mineros que trabajaran
durante diez años con las herramientas más
convenientes para perforar esa roca. Esta otra pared
debe estar adosada a las bases del apartamento del
gobernador: llegaríamos a las bodegas que,
evidentemente, están cerradas con llave y nos
volverían a atrapar. El otro lado... a ver, espere...
¿a dónde da el otro muro?
Aquella era la pared donde estaba la claraboya a
través de la cual entraba la luz. Esta abertura que se
hacía más estrecha hacia el exterior y por la que no
habría podido pasar un niño pequeño, estaba además
condenada por tres hileras de barrotes de hierro que
podían dejar tranquilo, ante el temor de una fuga por
esa vía, al carcelero más receloso. Sin embargo, el
recién llegado, mientras hacía esta pregunta, arrastró
la mesa debajo del ventanuco.
—Suba a la mesa —le dijo a Dantès.
Dantès obedeció, subió a la mesa y adivinando las
intenciones de su compañero, apoyó la espalda contra
la pared y le presentó las dos manos. Su vecino trepó
entonces más prestamente de lo que hubiese dejado
presagiar su edad y con una habilidad de gato o de
lagarto, subió primero a la mesa, después a las manos
de Dantès y luego a sus hombros. Así encorvado, pues
el cielo raso del calabozo le impedía erguirse, pasó
la cabeza por la primera hilera de barrotes y pudo
mirar hacia abajo. Un instante después, retiró con
celeridad la cabeza.
—¡Oh,
oh! Me lo temía.
Se
dejó caer sobre la mesa y luego saltó al suelo.
—¿Qué era lo que temía? —preguntó el joven, saltando a
su vez.
El
hombre meditaba.
—Sí, así es: la cuarta pared de este calabozo da a una
galería exterior, a una especie de pasillo en redondo
por donde pasan las patrullas y velan los centinelas.
—¿Está usted seguro?
—Vi
el birrete del soldado y el extremo de su fusil y me
retiré inmediatamente porque tuve miedo de que me
descubriera.
—¿Entonces...? —preguntó Dantès.
—Entonces está claro que es imposible huir por esta
celda.
—¿Y entonces? —insistió el joven ansiosamente.
—¡Y entonces que sea lo que Dios quiera!
Una expresión de profunda resignación se extendió por
el semblante del desconocido.
Dantès miró a aquel hombre que renunciaba así con
tanta serenidad a una esperanza acariciada durante
tanto tiempo, con sorpresa y a la vez admiración.
—Ahora, ¿querrá usted decirme quién es?
—¡Oh,
Dios mío! Sí, si aún puede interesarle, ahora que no
le serviré para nada.
—Puede servirme para consolarme y confortarme, pues me
parece que es usted un hombre fuerte entre los
fuertes.
El
abate sonrió tristemente.
—Soy el abate Faria —dijo—, prisionero desde 1811,
como ya lo sabe usted, en el castillo de If; pero ya
estaba preso hacía tres años encerrado en la fortaleza
de Fenestrelles. En 1811 me transfirieron del Piamonte
a Francia. Entonces me enteré de que el destino, que
por entonces parecía estar a sus pies, le había dado
un hijo a Napoleón y que ese hijo, en la cuna, había
sido nombrado Rey de Roma. En aquella época distaba
mucho de imaginar lo que usted me contó hace un rato:
que cuatro años después aquel coloso sería derribado.
¿Quién reina pues en Francia? ¿Napoleón II?
—No, Luis XVIII.
—¿Luis XVIII, el hermano de Luis XVI? ¡Los designios
del cielo son extraños y misteriosos! ¿Qué intención
tuvo la Providencia para derrocar al hombre que antes
había elevado y elevar a quien había derrocado?
Dantès seguía con la mirada los gestos de aquel hombre
que, olvidando por un instante su propio destino, se
preocupaba por los destinos del mundo.
—Sí, sí —continuó el abate—, es lo mismo que sucedió
en Inglaterra; después de Carlos I, Cromwell y después
de Cromwell, Carlos II y tal vez después de Jacobo II,
un príncipe de Orange, un statehooder que se haría
rey; y entonces, nuevas concesiones al pueblo, una
constitución, la libertad. Usted verá todo esto, joven
—agregó volviéndose hacia Dantès y mirándolo fijamente
con ojos brillantes y profundos como deben ser los de
los profetas—. Aún tiene edad para llegar a verlo y lo
verá.
—Sí, si salgo de aquí.
—Tiene usted razón —admitió el abate—. Somos
prisioneros, por momentos lo olvido, atravieso las
murallas con la imaginación y me creo en libertad.
—Pero, usted, ¿por qué está encarcelado?
—Porque soñé en 1807 el proyecto que Napoleón quiso
realizar en 1811; porque, como Maquiavelo, en lugar de
todos esos principados que hacen de Italia el nido de
un montón de pequeños tiranos, quise un único señor,
grande y fuerte, aunque no fuera justo; porque creí
hallar mi César Borgia en un necio coronado que simuló
comprenderme para luego traicionarme. Era el proyecto
de Alejandro VI y de Clemente VII, que siempre
fracasó: ellos trataron inútilmente de llevarlo a buen
término y puesto que tampoco Napoleón pudo lograrlo,
decididamente Italia está maldita.
El
hombre inclinó la cabeza.
Dantès no comprendía cómo un hombre podía arriesgar la
propia vida por semejantes intereses; es verdad que
conocía a Napoleón por haberlo visto y haberle
hablado, pero en cambio ignoraba por completo quiénes
eran Clemente VII y Alejandro VI.
—¿No es usted —preguntó Dantès, comenzando a compartir
la opinión del carcelero que era la opinión general en
el castillo de If— ese cura del que se dice que
está... enfermo?
—Del que se dice que está loco, querrá usted decir,
¿no es cierto?
—No me animaba a decirlo —replicó Dantès sonriendo.
—Sí, sí —continuó Faria con risa amarga—. Soy yo ése
al que consideran loco, soy yo quien divierte desde
hace tanto tiempo a los huéspedes de esta prisión y
que divertiría a los niños, si hubiera niños en el
reino del dolor sin esperanzas.
Dantès permaneció durante un momento inmóvil y mudo.
—Pues entonces, ¿renuncia usted a la huida? —preguntó
por fin.
—La considero imposible. Es rebelarse contra Dios
intentar algo que él no quiere que se cumpla.
—¿Por qué se desalienta usted? ¡Sería pedir demasiado
a la Providencia tener éxito al primer intento! ¿No es
posible recomenzar en otra dirección?
—Pero, ¿tiene usted una idea de lo que hice hasta
ahora para hablar tan fácilmente de recomenzar? ¿Sabe
que necesité cuatro años para fabricarme las
herramientas? ¿Y que hace dos años que araño y cavo
una tierra dura como el granito? ¿Sabe usted que tuve
que descalzar piedras que antes no hubiera imaginado
siquiera que podía mover? ¿Qué he pasado jornadas
enteras encogido en esa labor titánica y que al caer
la noche a veces me sentía feliz por haber reunido un
puñado de este viejo cemento que se ha hecho tan duro
como la piedra? ¿Sabe que para colocar toda la tierra
y todas las piedras que separaba, tuve que taladrar la
bóveda de una escalera donde he ido enterrando
sucesivamente todos los escombros y que ahora, con
aquel hueco lleno, ya no tendría donde depositar un
puñado de polvo? ¿Sabe, por último, que yo creía que
estaba llegando al término de mi labor, que me sentía
apenas con las fuerzas para acabar mi proyecto y que
ahora Dios, no sólo aleja el término, sino que además
no me deja vislumbrar siquiera si tendrá lugar? Ya se
lo dije y se lo repito: no intentaré nada más para
recuperar la libertad, puesto que es la voluntad de
Dios que la haya perdido para siempre.
Edmond bajó la cabeza para ocultar ante aquel hombre
que la felicidad que le procuraba tener un compañero,
le impedía compartir como correspondía aquel
sufrimiento de no haber podido salvarse.
El
abate Faria se tendió en la cama de Dantès y éste
permaneció de pie a su lado. El joven nunca había
pensado en la fuga. Hay cosas que parecen tan
imposibles de alcanzar que ni siquiera se piensa en
intentarlas y se las rechaza por instinto. Perforar
cincuenta pies bajo tierra, dedicar a tal operación
tres años de trabajos continuos para llegar,
suponiendo que el éxito corone la empresa, a un abismo
que se abre perpendicularmente sobre el mar;
precipitarse de cincuenta, sesenta o cien pies de
altura para tal vez romperse la crisma al caer contra
una roca, si la bala de algún centinela no lo mata
antes y verse obligado, en caso de escapar a todos
esos peligros, a recorrer al menos una legua a nado,
era demasiado para no dejarse aplastar por la
resignación; y, como ya vimos, Dantès estuvo a punto
de llevar esa resignación hasta la muerte.
Pero ahora, después de haber visto a un hombre mayor,
casi anciano, aferrarse a la vida con tanta energía y
darle el ejemplo de soluciones desesperadas, Dantès
comenzó a reflexionar y examinar hasta dónde llegaba
su valor. Otro había intentado lo que él ni siquiera
había concebido; otro menos joven, menos fuerte y
menos hábil se había fabricado, con astucia y
paciencia, todos los instrumentos necesarios para
realizar aquella increíble operación, que sólo una
medida mal calculada pudo hacer fracasar. Si ese otro
había hecho todo eso, nada era imposible para Dantès.
Si Faria había perforado cincuenta pies y había
dedicado tres años a la empresa, él, que tenía la
mitad de su edad, podría demorar seis. Faria, un
abate sabio y eclesiástico, no tenía miedo de
arriesgarse a hacer el trayecto desde el castillo de
If a la isla de Daume, de Ratoneau o de Lemaire y él,
Edmond, el marino, el audaz buceador que con tanta
frecuencia había descendido a las profundidades para
buscar una rama de coral, ¿vacilaría en hacer una
legua a nado? ¡Una hora! ¿No había pasado acaso horas
en el mar sin tocar la costa? No, no. Dantès sólo
necesitaba que lo animaran con el ejemplo. Todo lo que
el otro hizo o pudo hacer, él lo haría. El joven
reflexionó un instante.
—Encontré lo que usted buscaba —dijo.
Faria se estremeció.
—¿Usted? —exclamó levantando la cabeza con una
expresión que denotaba que si Dantès
decía la verdad, el desaliento de su compañero no
duraría mucho—. ¿Qué ha encontrado?
—El corredor que usted debió atravesar para llegar
desde su celda a la mía se extiende paralelamente a la
galería exterior, ¿no es verdad?
—Sí.
—Y
no debe haber más de quince pies entre un corredor y
otro.
—Como máximo.
—¡Y bien! Aproximadamente a la altura de la mitad del
corredor, perforamos un camino en cruz; esta vez
deberá tomar muy bien sus medidas... y salimos a la
galería exterior, matamos al centinela y nos evadimos.
Para que el plan tenga éxito, sólo necesitamos coraje
y usted lo tiene, vigor que a mí no me falta y ni
menciono la paciencia pues usted ya ha dado buenas
pruebas y yo haré otro tanto.
—Un instante —replicó el abate—. Usted no conoce aún
la medida de mi coraje ni el uso que puedo hacer de mi
fuerza; en cuanto a la paciencia, creo haber sido
suficientemente paciente al comenzar nuevamente cada
mañana la tarea de la noche y cada noche la tarea del
día. Pero entonces escúcheme bien, jovencito, yo lo
hacía porque me parecía que servía a Dios librando a
una de sus criaturas que, siendo inocente, no debió
ser condenada.
—¿Y bien? —preguntó Dantès—. ¿En qué han cambiado las
cosas? ¿Ahora se reconoce culpable?
—No, pero no quiero llegar a serlo; hasta aquí creía
que se trataba de luchar contra las cosas, pero ahora
usted me propone luchar contra los hombres. Pude
perforar un muro y destruir una escalera, pero no
perforaría un pecho ni destruiría una existencia.
Dantès hizo un ligero gesto de sorpresa.
—¿Cómo? Pudiendo ser libre, ¿dejaría que lo detenga
semejante escrúpulo?
—Pero, usted mismo, ¿por qué no mató una noche
cualquiera a su guardia con una pata de la mesa, se
puso su uniforme e intentó evadirse?
—Verdaderamente, nunca se me ocurrió esa idea.
—Lo que pasa es que usted siente por un crimen
semejante, tal horror instintivo que ni siquiera se le
ocurre imaginarlo —respondió el anciano—, pues
precisamente en las cosas simples y permitidas
nuestros apetitos naturales nos advierten que no
debemos trasponer la línea de nuestro derecho. El
tigre que vierte la sangre por naturaleza, sólo
necesita una cosa: que su olfato le advierta que tiene
una presa a su alcance; inmediatamente se lanza contra
esa presa, le cae encima y la desgarra; es su
instinto, y el tigre obedece a él; pero el hombre, por
el contrario, siente repugnancia por la sangre: no son
las leyes sociales las que prescriben el asesinato,
sino las leyes naturales que hacen que uno lo repudie.
Dantès quedó confundido: aquella era la explicación de
lo que había ocurrido exactamente en su espíritu.
—Y
además —continuó Faria—, hace unos doce años que estoy
preso. He recorrido en la imaginación todas las
evasiones célebres y han sido muy escasas las que
salieron bien cuando medió la violencia. Las evasiones
felices, las fugas coronadas con un feliz éxito fueron
meditadas con meticulosidad y preparadas lentamente:
así fue como el duque de Beaufort escapó del castillo
de Vincennes, el abate Dubuquoi lo hizo de Fort
l’Éveque y Latude de la Bastilla. También están las
fugas favorecidas por el azar; ésas son las mejores:
esperemos una ocasión, créame; y si esa ocasión se
presenta, aprovechémosla.
—Usted pudo esperar —dijo Dantès con un suspiro—; ese
prolongado trabajo le ocupaba todos los instantes y
cuando no se distraía con el trabajo, tenía la
esperanza para consolarse.
—Es verdad —admitió el abate sonriendo—. Aparte del
túnel, me ocupaba de algunas otras cosas.
—¿Qué hacía?
—Escribía o estudiaba.
—¿A usted le dan papel, plumas y tinta, entonces?
—No, pero yo me las confeccioné.
—¿Usted se hace el papel, las plumas y la tinta?
—exclamó Dantès.
—Sí.
Dantès observó a aquel hombre con admiración, aunque
le costaba aún creer lo que decía. Faria advirtió esa
ligera duda.
—Cuando venga a mi humilde morada —le dijo—, le
mostraré una obra entera, resultado de las
meditaciones, observaciones y reflexiones de toda mi
vida, que hice a la sombra del Coliseo de Roma, al pie
de la columna de San Marcos en Venecia, al borde del
Arno en Florencia y que, estoy seguro, los carceleros
me dejarán concluir algún día cómodamente dentro de
los cuatro muros del castillo de If. Es un Tratado
sobre la posibilidad de una monarquía general en
Italia. Conformará un abultado volumen en cuarto.
—¿Y usted ya lo escribió?
—En dos camisas. Inventé una preparación que da al
lienzo la textura lisa y unida de un pergamino.
—Ah, ¿es usted químico?
—Un poco. Conocí a Lavoisier y tuve alguna relación
con Cabanis.
—Pero, para redactar semejante obra le habrá sido
necesario realizar investigaciones históricas. ¿Tenía
libros?
—En Roma tenía una biblioteca de unos cinco mil
ejemplares. A fuerza de leerlos y releerlos, descubrí
que con ciento cincuenta obras bien escogidas uno
tiene, si no ya el resumen completo de los
conocimientos humanos, al menos todo lo que es útil a
un hombre erudito. Dediqué tres años de mi vida a leer
y releer esos ciento cincuenta volúmenes, de modo tal
que cuando fui arrestado los sabía casi de memoria. Ya
en prisión, haciendo un ligero esfuerzo de retentiva
los fui recordando completamente. Así podría recitar a
Tucídides, Jenofonte, Plutarco, Tito Livio, Tácito,
Strada, Jornandés, Dante, Montaigne, Shakespeare,
Spinoza, Maquiavelo y Bossuet. Y sólo le estoy citando
los más importantes.
—Pero entonces, ¿sabe usted varias lenguas?
—Hablo cinco lenguas vivas, el alemán, el francés, el
italiano, el inglés y el español y con ayuda del
griego antiguo entiendo el griego moderno; solamente
que lo hablo mal, en este momento lo estoy estudiando.
—¿Lo está estudiando?
—Sí, me hice un vocabulario de las palabras que sé;
las he ordenado, combinado y dado todos los giros
posibles de modo tal que puedan bastarme para expresar
mi pensamiento. Sé aproximadamente mil palabras. En
rigor es todo lo que hace falta, aunque en los
diccionarios hay cien mil, según creo. Seguramente no
seré muy elocuente, pero me haré comprender de
maravilla y con eso me basta.
Cada vez más admirado, Edmond comenzaba a considerar
casi sobrenaturales las facultades de este extraño
hombre. Quiso ver si lo sorprendía en alguna
contradicción en algún punto cualquiera y continuó
preguntando:
—Pero, si no le han dado plumas, ¿con qué pudo
escribir ese voluminoso tratado?
—Yo mismo confeccioné unas plumas excelentes,
preferibles a las corrientes, con los cartílagos de
las cabezas de esas enormes pescadillas que a veces
nos sirven los días de ayuno. Así es como espero con
gran placer los miércoles, viernes y sábados pues me
dan la esperanza de aumentar mi provisión de plumas; y
le confieso que mis trabajos históricos son mi más
agradable ocupación. Al internarme en el pasado, me
olvido del presente; al marchar libre e independiente
por la historia, ya no recuerdo que estoy prisionero.
—Pero, ¿y la tinta? —insistió Dantès—. ¿Con qué
fabricó la tinta?
—En mi calabozo había anteriormente una chimenea que
fue tapiada poco tiempo antes de que yo llegara, pero
durante mucho años allí se hizo fuego, de modo que el
interior estaba tapizado de hollín. Disuelvo ese
hollín en una parte del vino que me dan todos los
domingos y con eso consigo una tinta extraordinaria.
Para las notas que es necesario resaltar, me pincho un
dedo y las escribo con sangre.
—¿Cuándo podré ver todo eso? —preguntó Dantès.
—Cuando lo desee —respondió Faria.
—¡Oh,
ahora mismo! —exclamó el joven.
—Entonces, sígame.
Entró en el corredor subterráneo y desapareció. Dantès
lo siguió.
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