Lógicamente, el mensaje redactado en oscuros términos
modernos, fue difundido en los Estados Unidos por los
tres grandes canales de radio y televisión, en
Inglaterra por la BBC, y en todos los demás países por
los canales con mayor alcance. Los millones de
millones de personas que corrieron a consultar la
Biblia encontraron una copia exacta bastante razonable
en Éxodo 32, versículos 9 y 10: “Y dijo el señor a
Moisés: Veo que este pueblo es de dura cerviz. Déjame
solo, que se encarnice mi saña contra ellos y que los
deshaga”
El
anuncio emitido por radio y televisión decía,
simplemente: “Es necesario manifestar una razón que
impida la destrucción de los habitantes de la Tierra”
La firma era igualmente simple y directa: “Soy vuestro
Dios y Señor”.
El
anuncio se oía una vez por día, a las once de la
mañana en Nueva York, a las diez en Chicago, a las
siete en Honolulú, a las dos de la madrugada en Tokio,
a la medianoche en Bangkok, y así sucesivamente en el
resto del globo. La voz era profunda, resonante, y
hablaba en el idioma del lugar donde se hacía el
anuncio. La voz era de una intensidad tal que se oía
por encima de cualquier otro programa que se estuviera
pasando en ese momento.
La
primera reacción fue inevitable y esperada. Los rusos
denunciaron a los Estados Unidos, afirmando que como
los Estados Unidos, según ellos, habían cometido todos
los pecados posibles en el nombre de Dios, ahora se
metían a interceptar las transmisiones de radio y
televisión. Los Estados Unidos le echaron la culpa a
los chinos, y éstos al Vaticano. Los árabes culparon a
los judíos, y los franceses a Billy Graham, los
ingleses a los Rusos, mientras que el Vaticano
conservó la calma iniciando una serie de
investigaciones.
Las dos primeras semanas desde el comienzo del anuncio
fueron dedicadas exclusivamente a las acusaciones.
Todo grupo, organismo, secta o nación que tuviera
acceso al poder fue acusado, mientras los técnicos de
radio se afanaban por encontrar el origen de la señal.
Poco a poco las acusaciones fueron desapareciendo en
todos los diarios y en todos los debates de la radio y
la televisión, mientras seguía sin hallarse el origen
del mensaje. Las discusiones públicas que se
suscitaron esas dos primeras semanas son de dominio
público, no así las privadas, lo que hace que los
siguientes extractos sean de interés histórico:
EL
KREMLIN
Reznov: —No soy técnico de radio. El camarada
Grinowski es técnico de radio. Si yo fuera el camarada
Grinowski, volvería a la universidad diez años más. Es
preferible eso, a diez años en Siberia.
Grinowski: —El camarada Reznov habla seguramente como
experto en radios.
Bolov: —La insolencia, camarada Grinowski, no
reemplaza a la competencia. El camarada Reznov es un
marxista, y eso le permite llegar al fondo del asunto.
Grinowski: —Usted también es marxista, camarada Bolov,
y al mismo tiempo comisario de comunicaciones. ¿Por
qué no ha llegado usted al fondo del asunto?
Reznov: —No discutamos más. Usted tiene a su
disposición todos los recursos de la ciencia
soviética, camarada Grinowski. No se trata simplemente
de que intercepten nuestras transmisiones. Es un
ataque contra nuestra filosofía básica.
Grinowski: —Se han utilizado todos los recursos de la
ciencia soviética.
Reznov: —¿Qué ha descubierto?
Grinowski: —Nada. No sabemos dónde se originan las
señales.
Reznov: —¿Qué quiere usted entonces, camarada Bolov,
ante la declaración del camarada Grinowski?
Bolov: —Se puede fusilar al camarada Grinowski, o
pedir la colaboración del Metropolitano, o ambas
cosas. Los del Metropolitano están esperando afuera.
Reznov: —¿Quién los llamó?
Grinowski (con una sonrisa): —Yo.
LA
CASA BLANCA
Presidente: —¿Dónde está Billy? íbamos a empezar a las
dos. ¿Dónde está?
Secretario de Estado: —Lo llamé personalmente.
Mientras tanto, podríamos oír al profesor Foster, del
MIT.
(1)
Presidente: —Quiero que Billy oiga lo que tiene que
decir el profesor Foster.
Profesor Foster: —Mi declaración es muy breve. Tengo
varias copias. Puedo darle una copia a Billy o
volverla a leer.
Fiscal: —Yo creo que la CBS es responsable de todo
esto. La CIA está de acuerdo conmigo.
El
comisionado general de comunicaciones: —La CBS no
tiene nada que ver con esto. Creo que debemos oír la
declaración del profesor Foster. Ha estado trabajando
con nuestros mejores expertos.
Presidente: —¿Por qué diablos no ha llegado Billy?
Ministro de Defensa: —Podríamos oír la declaración del
profesor Foster. Si es breve, la puede repetir para
Billy.
Presidente: —Está bien. Pero debe leerla de nuevo para
Billy.
(Se abre la puerta. Entra Billy).
Billy: —Buenas tardes a todos. Que Dios los bendiga.
Fiscal: —¿Está seguro que representa a Dios?
Presidente: —El profesor Foster tiene una declaración
que hacer. La semana pasada se ha reunido varias veces
con mi comisión ad hoc de científicos. ¿Quiere leer la
declaración, profesor?
Profesor Foster: —He aquí mi declaración. A pesar de
todos los esfuerzos realizados, no nos ha sido posible
descubrir el origen de la señal.
Presidente: —¿Eso es todo?
Profesor Foster: —Sí, señor. Eso es todo.
Fiscal: —Maldición, señor, usted está obligado a saber
de dónde viene la señal. ¿Viene de más allá del
espacio? ¿De la tierra? ¿De Rusia?
Profesor Foster: —Eso es todo lo que tengo que decir.
Presidente: —Bien, henos aquí con esta orden de dar
una razón. Billy, no espero nada de los rusos o los
chinos. ¿Podemos nosotros dar una razón?
Billy: —He estado pensando en eso.
Presidente: —¿Sí o no? (Silencio).
JERUSALEN
Primer Ministro: —Siguiendo la sugerencia del
profesor Goldberg, he invitado al rabino Cohen a esta
reunión.
Ministro de Relaciones Exteriores: —¿Por qué? ¿Para
complicar más aún este lío?
Primer Ministro: —¿Por qué no escuchamos al profesor
Goldberg?
Profesor Goldberg: —No sólo hemos estado trabajando en
este asunto día y noche, sino que también hemos estado
en contacto con los norteamericanos. Ellos tampoco
pueden hallar el origen de la señal. Me parece que
debemos escuchar al rabino Cohen.
Primer Ministro: —Lo que hagan los gentiles, rabino,
es asunto de ellos. Para nosotros es algo mucho más
personal, ya que, como todos sabemos, nuestra gente ya
ha tenido que hacer frente antes a este problema.
Estamos ante una orden que nos exige dar razones.
¿Podemos dar alguna razón?
Rabino Cohen: (Con tristeza) —Temo que no.
WHITEHALL
Jefe de Inteligencia: —He puesto a cuatro de nuestros
mejores hombres a cargo de este asunto. Están al norte
de la frontera de Afganistán.
Primer Ministro: —¿Qué han informado?
Jefe de Inteligencia: —Hemos perdido contacto con
ellos.
Primer Ministro: —Creo que deben ponerse al habla con
el Arzobispo.
Jefe de Inteligencia: —Voy a encargar a uno de mis
mejores hombres de ese asunto. (Silencio meditativo).
EL
VATICANO
Primer Cardenal: —No puedo creerlo. Después de dos mil
años de labor.
Segundo Cardenal: —Labor agotadora.
Primer Cardenal: —Ni una palabra de agradecimiento.
Sólo la exigencia de una razón.
Segundo Cardenal: —¿Se ha puesto en contacto con el
Departamento de Asuntos Legales?
Primer Cardenal: —Sí, por supuesto que sí. Pero me
informaron que el Señor está en todo Su derecho.
Estos extractos que acabamos de transcribir no son más
que ejemplos de lo que ocurría en los altos círculos
de todos los gobiernos de la tierra. Tanto el Vaticano
como Israel, debido a la naturaleza tan especial de
sus antecedentes, intentaron investigar a fondo
durante un período fijo de tiempo, y por lo menos en
cuatro ocasiones distintas se puso a su disposición
todo el equipo de la Voz de América, tanto onda corta
como larga, pero la pregunta frenética que hacían,
“¿Cuánto tiempo nos queda?” fue ignorada. Día tras día
la voz resonante y majestuosa exigía a los habitantes
de la tierra que dieran una razón, exactamente a la
misma hora, sin un segundo de diferencia.
Hacia la tercera semana, Rusia, China y sus
respectivos países satélites hicieron una declaración
pública en la que decían que la voz era una broma
burguesa de mal gusto dirigida contra la integridad
moral de las naciones amantes de la paz. Si bien
reconocía que aún no se conocía el origen de la señal,
aseguraban que averiguarlo sólo era cuestión de
tiempo. Pero los esfuerzos realizados por Moscú no
tuvieron éxito, y por último China acusó a Moscú de
formar parte de la conspiración occidental para
imponer su concepto primitivo y antropomórfico de un
Dios bíblico en el mundo civilizado.
Mientras tanto, los distintos sectores de la raza
humana reaccionaron de todas las maneras posibles,
desde el desdén al pánico, pasando por la indiferencia
y el enojo. El presidente de los Estados Unidos
sostuvo una larga y sincera discusión en su estudio
con su amigo Billy. Como sólo se conocen los
resultados de la conversación, hay que deducir el
contenido, pero es dable suponer que fue más o menos
así:
—He leído tu declaración, Billy, y debo decir que no
es muy convincente —dijo el presidente.
—¿No? Bueno, a mí tampoco me parece gran cosa.
—Podrías haber hecho algo mejor.
—Tal vez. Tal vez no. Nunca me gustó este asunto de
dar razones, me parece que no es constitucional
exigirlas.
—Sí que lo es —le aseguró el presidente—. Tuve una
larga discusión con el presidente de la Suprema Corte.
Él dice que es perfectamente constitucional.
—Quiero decir, en sentido general. No debemos ser
demasiado provinciales en este asunto.
—Uno se acostumbra —confesó el presidente—. Hay que
admitir que siempre hemos estado en el bando de Dios.
—La pregunta es: ¿está Él de nuestra parte?
—¿No estarás perdiendo la fe, Billy?
—Existe el problema de dar una razón.
—Debe estar de nuestra parte —insistió el presidente—.
El procedimiento, por ejemplo. Nuestro país ha sido
pionero en la utilización del requerimiento de dar
razones en el campo legal. Antes que nadie en el mundo
pensara en ello, ya nosotros lo utilizábamos para
poner fin a huelgas subversivas. En lo que respecta a
nuestra defensa, ¿qué otro país del mundo tiene un
sistema de vida tan libre y pródigo como el nuestro?
—Eso no me parece pertinente.
—Nunca te he visto así, Billy Yo hubiera jurado que
eras el hombre más creyente de la tierra. ¿Quieres que
te exima de esto y se lo dé al fiscal? Tiene un equipo
legal excelente, y si la piensan entre todos, se les
puede ocurrir una buena defensa.
—No es eso. Él hace una pregunta específica. Hay que
decir la verdad.
—Hemos tenido que decir la verdad en varias
oportunidades anteriores, y siempre hemos quedado bien
parados.
—Esta vez es distinto.
—¿Por qué?
Billy miró al presidente y el presidente miró a Billy,
y después de un largo silencio, el presidente asintió.
—¿No hay esperanzas?
—Se me ocurrió algo —dijo Billy.
—¿Qué? Pongo todos los recursos del país a tu
disposición.
—Pensándolo bien —dijo Billy—, es la razón la que
presenta la gran dificultad. Una cosa es predicar en
el gran estadio de Houston, pero si uno pronuncia el
mismo discurso en las Naciones Unidas, por ejemplo,
nadie se lo traga.
—Claro que no.
—Excepto Inglaterra y Guatemala, pero ¿dónde está la
mayoría que teníamos hace diez años?
—No estamos peor que ningún otro país y muchísimo
mejor que los comunistas.
—Ése es el problema —dijo Billy.
—Dijiste que se te había ocurrido algo.
—Sí. Se trata de esa enorme computadora que tienes en
Houston. Podemos empezar a programarla. Le pondremos
de todo, bueno y malo. Conseguiremos los mejores
hombres en la especialidad para su programación y
haremos que constantemente la alimenten, durante una
semana o diez días.
—No sabemos cuánto tiempo tenemos.
—Debemos presumir que Él sabe lo que estamos haciendo.
Y mientras sepa que estarnos tratando de hallar una
respuesta, esperará.
—¿Podemos confiar en eso, Billy?
—Yo diría que es más que una suposición. Por Dios,
tiene todo el tiempo del mundo. Él lo inventó.
—Empecemos con los de la IBM, entonces. Pueden
utilizar varias computadoras y hacer un equipo que
puede dejar chica a la de Texas.
—Si el gobierno paga. No sé cómo lo verán los de la
IBM.
El
proyecto de la IBM se materializó por fin. Como tenían
campo libre para utilizar sus propios centros de
computación y los que habían instalado en el
Ministerio de Defensa, a las dos semanas ya empezaron
a programar. Continuamente alimentaban de datos a las
gigantescas computadoras, no una sola persona, sino
más de trescientos expertos. El trabajo quedó
completado exactamente en treinta y tres días de
trabajo. El equipo de computadoras tenía todos los
datos que se pudieron conseguir acerca del rol de la
especie humana en la tierra.
Eran las tres de la mañana cuando el último dato entró
en la inmensa máquina. En Control Central aguardaban
un insomne presidente, su gabinete y un par de docenas
de luminarias locales y representantes de países
extranjeros. Billy esperaba junto a ellos. Y el mundo
entero esperaba.
—¿Y, Billy? —preguntó el presidente.
—Tiene el problema y los datos. Ahora queremos la
respuesta. —Se volvió al ingeniero principal de IBM—.
Ahora les toca a ustedes.
El
ingeniero asintió y apretó un botón. El gigantesco
complejo de computadoras cobró vida, zumbó, palpitó,
se apagaron y encendieron lucecitas, tardó sesenta
segundos en digerir la información y luego diez
segundos más en imprimir la información en un pedazo
de cinta.
Nadie se movía.
El
presidente miró a Billy.
—Mejor usted, señor —dijo Billy.
El
presidente se dirigió lentamente hasta llegar a la
máquina, cortó las seis pulgadas de cinta escrita, la
leyó, luego se volvió hacia Billy y le entregó la
cinta en silencio.
La
cinta decía: “Harvey Titterson”
—Harvey
Titterson —dijo Billy.
El
fiscal se acercó y tomó la cinta de las manos de Billy.
—Harvey
Titterson —repitió.
—Harvey
Titterson —dijo el presidente—. Hemos gastado un
billón de dólares en construir el complejo de
computadoras más grande de la tierra, y, ¿qué sabemos?
—Harvey
Titterson —dijo el secretario de Estado.
—¿Quién es Harvey Titterson? —preguntó el embajador de
Gran Bretaña.
¿Quién era? Dos horas después el presidente de los
Estados Unidos y su amigo Billy estaban sentados en la
Casa Blanca frente al rostro de bulldog del viejo
director del FBI.
—Harvey
Titterson —dijo el presidente—. Queremos que usted lo
busque.
—¿Quién es? —dijo el viejo director del FBI.
—Si supiéramos quién es, no tendría que buscarlo usted
—explicó el presidente lenta y respetuosamente, porque
siempre le hablaba con mucho respeto al viejo director
del FBI.
—¿Es peligroso? ¿Lo aprehendemos vivo o muerto?
—Usted no tiene que aprehenderlo, señor —le explicó
Billy con mucho respeto, porque, igual que todos los
demás, siempre le hablaba con mucho respeto al viejo
director del FBI—. Sólo queremos saber quién es. En lo
posible, no queremos que se alarme o que se lo moleste
en lo más mínimo. En realidad, sería mejor si no se
diera cuenta de que se lo observa. Sólo queremos saber
quién es y dónde está.
—¿Han buscado su nombre en la guía de teléfonos?
—Hemos consultado con la compañía telefónica
—respondió el presidente—. Quiero aclararle que no
teníamos ninguna intención de pasar por encima suyo.
Pero como sabemos la inmensa cantidad de trabajo que
tiene su departamento, pensamos que la compañía
telefónica podía simplificar nuestra tarea. Harvey
Titterson no tiene teléfono.
—Podría ser un número que no figura en guía.
—No. La compañía telefónica nos prestó una
colaboración valiosísima. No tiene teléfono.
—Ya encontraremos algo, señor presidente —dijo el
viejo director del FBI—. Pondré a doscientos de mis
mejores hombres en el trabajo.
—El factor tiempo es esencial.
—Sí, señor. El factor tiempo es esencial.
Como tributo al FBI y a la agudeza de su viejo
director es preciso destacar que a los tres días había
un informe sobre el escritorio del presidente. La
inscripción del sobre decía: “Confidencial, reservado,
restringido al uso especial del presidente de los
Estados Unidos”.
Antes de abrir el sobre, el presidente llamó a Billy.
—Billy
—le dijo con mucha seriedad—, esto es para ti. Yo me
las he visto con Rusia y China Roja, pero esta área
diplomática está dentro de tu terreno. La leeremos
juntos.
Entonces abrió el sobre, y los dos leyeron:
“Informe especial y secreto sobre Harvey Titterson,
edad veintidós años, hijo de Frank Titterson y de Mary
Bently de Titterson. Nacido en Plainfield, estado de
Nueva jersey. Concurrió a la escuela secundaria de
Plainfield y a la universidad de California en
Berkeley. Se especializó en filosofía. Fue arrestado
dos veces por posesión de marihuana. La primera vez le
suspendieron la sentencia. La segunda vez lo
condenaron a treinta días de cárcel. Actualmente vive
en el número 921 de la Calle 8 Este en la ciudad de
Nueva York. Ocupación actual, desconocida”
—Ese Harvey Titterson, entonces —dijo el presidente—.
Extraña es la obra de Dios.
—Yo no lo culparía a Él —dijo Billy—. Harvey Titterson
salió de la máquina IBM.
—Quiero que tú te ocupes de esto, Billy —dijo el
Presidente—. Quiero que lo sigas hasta el fin. Tienes
carta blanca. El fuerza aérea 1 está a tu disposición,
si la necesitas. Mi helicóptero personal también. Esta
es tu misión, y no necesito especificar que con ella
se juega el triunfo o el fracaso.
—Haré todo lo que pueda —prometió Billy.
Dos horas más tarde, un automóvil negro del gobierno,
manejado por un chofer, se detuvo frente al número 921
de la calle 8 Este, que resultó ser una vieja casa de
inquilinato, de las que carecen de agua caliente, y
Billy descendió del auto, trepó los cuatro tramos de
escaleras, y golpeó la puerta.
—Entra, hermano —dijo una voz.
Billy abrió la puerta y entró en un cuarto cuyo
mobiliario consistía en una mesa, una silla, una cama,
y una alfombra. Sobre la alfombra estaba sentado, con
las piernas cruzadas, un hombre joven, vestido con
viejos pantalones vaquero y una remera. Tenía barba y
bigote, de color rojizo, pelo del mismo color que le
caía sobre los hombros, y ojos azules y brillantes.
Billy notó que se parecía mucho a quien lo había
nombrado.
Billy lo miró fijamente, y el joven le devolvió la
mirada y dijo con voz agradable:
—Se nota que no eres de la policía y no eres el dueño
de casa tampoco, así que es casi seguro que te has
equivocado de lugar.
—¿Eres Harvey Titterson? —preguntó Billy.
—Así es. Por lo menos, hay momentos en que así lo
creo. La búsqueda de identidad es algo complejísimo.
Billy se identificó, y el joven sonrió
apreciativamente.
—Estás en el asunto, hombre —dijo.
—Permíteme ir al grano —dijo Billy—, porque el tiempo
es un factor esencial. Acudo a ti por el dilema básico
en que nos encontramos.
—¿Te refieres a la guerra en Vietnam?
—No, me refiero al pedido de una razón justificativa.
—Hombre, me confundes. ¿A qué te refieres?
—¿No lees los diarios? —preguntó intrigado Billy.
—Nunca.
—Debes escuchar la radio... o mirar la televisión.
—No tengo.
—Debes hablar con gente. En tu trabajo. Todo el mundo
habla...
—No trabajo.
—¿Qué haces?
—Hombre, eres preguntón —dijo Harvey Titterson—. Fumo
marihuana y medito.
—¿Cómo vives?
—Tengo padres ricos. Me sostienen.
—Pero hace varias semanas que empezó este asunto.
Debes haber salido de aquí, ¿no?
—Hace días que medito sin salir.
—¿Eres un fanático religioso? —preguntó Billy, con
cierto respeto en la voz.
—No, nada de eso.
—Permíteme entonces que te ponga al día. Hace algunas
semanas, exactamente a la misma hora en todo el mundo,
se oyó una voz en los canales y estaciones más
importantes y dijo: “Es necesario manifestar una razón
que impida la destrucción de los habitantes de la
Tierra. Soy vuestro Dios y Señor”. Eso dijo.
—Cósmico —dijo Harvey—. Absolutamente cósmico.
—Se repite todos los días. La misma voz, las mismas
palabras.
—Absolutamente cósmico.
—Te podrás imaginar los resultados —dijo Billy.
—Debe haber habido un revuelo terrible.
—En China, en Rusia... en todo el mundo.
—Fuera de lo común —dijo Harvey.
—El presidente es amigo mío...
—¿Sí?
—Sucede que lo convencí que no había ninguna respuesta
sencilla que dar. Me consulta a mí en todas estas
cosas. Es un gran honor, pero esto es terrible.
—Absolutamente cósmico —dijo Harvey.
—Se me ocurrió una idea y se la propuse. Equipamos el
complejo de computadoras más grande que haya existido,
y le dimos todas las informaciones que tenemos. Todo.
Y cuando le hicimos la pregunta, la respuesta fue tu
nombre.
—Me estás tomando el pelo.
—Te doy mi palabra de honor, Harvey.
—Esto me confunde y me emociona.
—Te darás cuenta de lo que esto significa para
nosotros, Harvey. Tú eres la última esperanza que
tenemos. ¿Puedes darnos una razón?
—Muy, pero muy complicado.
—¿Quieres tiempo para pensar?
—No se necesita tiempo —dijo Harvey—. Si hay una
razón, la hay.
—¿La hay?
Harvey Titterson cerró los ojos durante un rato largo,
luego miró a Billy y dijo, simplemente:
—Somos lo que somos.
—¿Qué?
—Somos lo que somos.
—¿Nada más? —medita.
—Hombre, eso te toca a ti. Piensa.
—Éxodo tres, catorce —dijo Billy—. “Y Dios le dijo a
Moisés: Soy lo que soy”.
—Exactamente.
Billy miró el reloj. Eran las once menos tres minutos.
Casi sin decir gracias, salió corriendo del cuarto,
bajó las escaleras a la carrera y se metió en el auto.
—¡Enciende la radio! —ordenó al chofer—. 880 del dial.
El
chofer buscó la estación con nerviosidad.
—880 ¿qué pasará?
—Ésta es la Columbia —se oyó—, CBS en la ciudad de
Nueva York. A esta hora suspendemos la transmisión
para escuchar un anuncio especial. —Silencio. Un
silencio prolongado. Pasaban los minutos, y silencio.
Luego se oyó la voz del anunciante:
—Aparentemente, hoy no habrá interrupción...
En
el cuarto piso de la casa de inquilinato, Harvey
Titterson lió un cigarrillo de marihuana, aspiró una
vez, y lo dejó de lado.
—Una locura —dijo suavemente.
Y
luego se preparó para continuar su meditación.
(1) MIT: Massachusetts Institute of
Technology (nota del editor)
ir arriba
|