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ROBERTO PAYRÓ

Roberto J. Payro (1867/1928) nació en Mercedes,
provincia de Buenos Aires, el 19 de abril del año
1867. En su juventud se instala en Bahía Blanca
donde se inicia en el periodismo fundando La
Tribuna (1888), publicación que no prospera
por su posición combativa frente al oficialismo.
Preocupado por la
realidad social se une a los radicales y participa
de la revolución del 90 volcándose luego al
socialismo del que será uno de sus fundadores.
Poco más tarde convencido de su destino literario
se aleja de la política.
Integró la redacción
del diario La Nación (1890) y en esta actividad se
destacan especialmente las crónicas de La
Australia Argentina: una excursión periodística a
las costas patagónicas, Tierra del Fuego e Isla de
los Estados (1898), prologadas por el General
Bartolomé Mitre y escritas a raíz del viaje
realizado al sur argentino en carácter de enviado
de dicho diario.
Notable dramaturgo,
cultor del teatro de tesis, también en esta faceta
de su producción, se distingue su preocupación por
los destinos de la patria. Es autor de
Sobre las ruinas (1904), Marco Severi
(1905) y más tarde Quiero vivir contigo y Fuego en el rastrojo.
Entre sus relatos y
ensayos figuran El Falso Inca (1905); El
casamiento de Laucha (1906), llevada al cine
en 1977; Pago Chico (1908), relato
costumbrista de la época; En las tierras de
Inti (Catamarca, 1909) y Divertidas
aventuras del nieto de Juan Moreira (1910),
escrito durante su estada en Bélgica y considerada
su obra más importante.
En 1922 regresa a la
Argentina y continúa con su labor periodística y
literaria. Nacen sus novelas históricas El
capitán Vergara (1925), El Mar Dulce
(1927), Nuevos cuentos de Pago Chico
(1928) y Chamijo (1930) y sus obras
teatrales Quiero vivir contigo y Fuego
en el rastrojo entre otras.
Fue un ácido crítico
de la realidad argentina de entonces, acentuando
con humor y severidad las características de la
sociedad y sus emblemáticos personajes, en
especial el inveterado “pícaro criollo” detrás de
cuyo pintoresquismo suele ocultarse la falta de
escrúpulos. Murió en Lomas de Zamora, el 5 de
abril de 1928.
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(de
Historias de Pago Chico, 1920)
No
siempre había sido Barraba el comisario de Pago Chico;
necesitose de graves acontecimientos políticos para que
tan alta personalidad policial fuera a poner en vereda a
los revoltosos pagochiquenses.
Antes
de él, es decir, antes de que se fundara “La Pampa” y se
formara el comité de oposición, cualquier funcionario era
bueno para aquel pueblo tranquilo entre los pueblos
tranquilos.
El
antecesor de Barraba fue un tal Benito Páez, gran
truquista, no poco aficionado al porrón y por lo demás
excelente individuo, salvo la inveterada costumbre de no
tener gendarmes, sino en número reducidísimo —aunque las
planillas dijeran lo contrario—, para crearse honestamente
un sobresueldo con las mesadas vacantes.
—¡El
comisario Páez —decía Silvestre— se come diez o doce
vigilantes al mes!
La
tenida de truco en el Club Progreso, las carreras en la
pulpería de La Polvadera, las riñas de gallos dominicales
y otros quehaceres, no menos perentorios, obligaban a D.
Benito Páez a frecuentes, a casi reglamentarias, ausencias
de la comisaría. Y está probado que nunca hubo tanto orden
ni tanta paz en Pago Chico. Todo fue ir un comisario
activo con una docena de vigilantes más, para que
comenzaran los escándalos y las prisiones, y para que la
gente anduviera con el Jesús en la boca, pues hasta los
rateros pululaban. Saquen otros las consecuencias
filosóficas de este hecho experimental. Nosotros vamos al
cuento aunque quizá algún lector lo haya oído ya, pues se
hizo famoso en aquel tiempo, y los viejos del pago lo
repiten a menudo.
Sucedió, pues, que un nuevo jefe de policía, tan
entrometido como mal inspirado, resolvió conocer el manejo
y la situación de los subalternos rurales y sin decir
¡agua va! destacó inspectores que fueran a escudriñar
cuanto pasaba en las comisarías. Como sus colegas, D.
Benito ignoró hasta último momento la sorpresa que se le
preparaba, y ni dejó su truco, sus carreras y sus riñas,
ni se preocupó de reforzar al personal con gendarmes de
ocasión.
Cierta
noche lluviosa y fría, en que Pago Chico dormía entre la
sombra y el barro, sin otra luz que la de las ventanas del
Club Progreso, dos hombres a caballo, envueltos en sendos
ponchos, con el ala del chambergo sobre los ojos, entraron
al pueblo, y se dirigieron a la plaza principal, calados
por la lluvia y recibiendo las salpicaduras de los
charcos. Sabido es que la Municipalidad corría pareja con
la policía, y que aquellas calles eran modelo de lo
intransitable.
Las
dos sombras mudas siguieron avanzando, sin embargo, como
dos personajes de novela caballeresca, y llegaron a la
puerta de la comisaría, herméticamente cerrada. Una de
ellas, la que montaba mejor caballo —y en quien el lector
perspicaz habrá reconocido al inspector de marras, como
habrá reconocido en la otra a su asistente—, trepó a la
acera sin desmontar, dio tres fuertes golpes en el tablero
de la puerta con el cabo del rebenque...
Y
esperó.
Esperó
un minuto, impacientado por la lluvia que arreciaba, y
refunfuñando un terno volvió a golpear con mayor
violencia.
Igual
silencio. Nadie se asomaba, ni en el interior de la
comisaría se notaba movimiento alguno.
Repitió el inspector una, dos y tres veces el llamado,
condimentándolo en cada una de ellas con mayor proporción
de ajos y cebollas y, por fin, allá a las cansadas,
entreabriose la puerta, para verse por la rendija la llama
vacilante de una vela de sebo, y a su luz un ente
andrajoso y soñoliento, que miraba al inoportuno con ojos
entre asombrados y dormidos, mientras abrigaba la vela en
el hueco de la mano.
—¿Está
el comisario? —preguntó el inspector bronco y amenazante.
El
otro, humilde, tartamudeando, contestó:
—No,
señor.
—¿Y el
oficial?
—Tampoco, señor.
El
inspector, furioso, se acomodó mejor en la montura
echándose un poco para atrás y ordenando, perentoriamente:
—¡Llame al cabo de cuarto!
—¡No... no... no hay señor!
—De
modo que no hay nadie aquí, ¿no?
—Sí,
se... señor... Yo.
—¿Y
usted es agente?
—No,
señor... yo... yo soy preso.
Una
carcajada del inspector acabó de asustar al pobre hombre,
que temblaba de pies a cabeza.
—¿Y no
hay ningún gendarme en la comisaría?
—Sí,
se... señor... Está Petronilo... que lo tra... lo traí de
la esquina bo... borracho ¡Sí, se... señor!... Está
durmiendo en la cuadra.
Una
hora después D. Benito se esforzaba en vano por dar
explicaciones de su conducta al inspector, que no las
aceptaba de ninguna manera. Pero afirman las malas
lenguas, que cuando se limitó a dar simples explicaciones,
todo quedó arreglado satisfactoriamente; y lo probaría el
hecho que su sistema no sufrió modificación, y que el
preso, portero y protector de agentes descarriados, siguió
largos meses desempeñando sus funciones caritativas y
gratuitas.
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