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ISABEL ALLENDE

Isabel Allende Llona
(1942) de nacionalidad chilena nació el 2 de
agosto de 1942 en Lima, Perú, donde su padre
cumplía funciones diplomáticas. Luego de la
separación de sus padres (1945) se educó en
colegios de habla inglesa en Bolivia y El Líbano
(Beirut) y regresó a Chile donde estudió
periodismo.
Entre 1959/65 trabajó en la ONU en
Santiago de Chile. Del matrimonio con
Miguel Frías (1962) nace su hija Paula. Residió
luego en
Europa, en especial en Bélgica y
Suiza. En 1966, ya de regreso a Chile
nace su hijo Nicolás. A partir de 1967 escribe su
columna de humor en la revista Paula, hace
televisión y escribe cuentos infantiles.
En 1973 se estrena en Santiago su
obra de teatro El embajador y tras el golpe militar
que derrotó a su tío Salvador Allende su situación
se torna inestable. En 1975 se autoexilia en Caracas
donde continúa la labor periodística en el diario El
Nacional.
Su primera novela, La casa de los
espíritus (1982), es llevada al cine. Siguen De amor
y de sombra (1984), La gorda de porcelana (1984),
Eva Luna (1987) y Los cuentos de Eva Luna (1992).
Otras obras son: El plan infinito (1991), Afrodita
(1997), Hija de la fortuna (1999), Retrato en sepia
(2000), La ciudad de las bestias (2002), Mi país
inventado (2003) y El Zorro (2005).
Actualmente reside en San Rafael,
California, integra la Academia de Artes y Letras de
ese país y ostenta el privilegio de ser la escritora
latinoamericana más leída en el mundo. |
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Mi vida
sexual comenzó temprano, más o menos a los cinco años, en
el kindergarten de las monjas ursulinas, en Santiago de
Chile. Supongo que hasta entonces había permanecido en el
limbo de la inocencia, pero no tengo recuerdos de aquella
prístina edad anterior al sexo. Mi primera experiencia
consistió en tragarme casualmente una pequeña muñeca de
plástico.
—Te
crecerá adentro, te pondrás redonda y después te nacerá un
bebé
Me explicó
mi mejor amiga, que acababa de tener un hermanito. ¡Un
hijo! Era lo último que deseaba. Siguieron días terribles,
me dio fiebre, perdí el apetito, vomitaba. Mi amiga
confirmó que los síntomas, eran iguales a los de su mamá.
Por fin una monja me obligó a confesar la verdad.
—Estoy
embarazada —admití hipando.
Me vi
cogida de un brazo y llevada por el aire hasta la oficina
de la Madre Superiora. Así comenzó mi horror por las
muñecas Y mi curiosidad por ese asunto misterioso cuyo
solo nombre era impronunciable: sexo. Las niñas de mi
generación carecíamos de instinto sexual, eso lo
inventaron Master y Johnson mucho después. Sólo los
varones padecían de ese mal que podía conducirlos al
infierno y que hacía de ellos unos faunos en potencia
durante todas sus vidas. Cuando una hacía alguna pregunta
escabrosa, había dos tipos de respuesta, según la madre
que nos tocara en suerte. La explicación tradicional era
la cigüeña que venía de París y la moderna era sobre
flores y abejas. Mi madre era moderna, pero la relación
entre el polen y la muñeca en mi barriga me resultaba poco
clara.
A los
siete años me prepararon para la Primera Comunión. Antes
de recibir la hostia había que confesarse. Me llevaron a
la iglesia, me arrodillé detrás de una cortina de felpa
negra y traté de recordar mi lista de pecados, pero se me
olvidaron todos. En medio de la oscuridad y el olor a
incienso escuché una voz con acento de Galicia.
—¿Te has
tocado el cuerpo con las manos?
—Sí,
padre.
¿A menudo,
hija?
—Todos los
días...
—¡Todos
los días! ¡Esa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios,
la pureza es la mayor virtud de una niña, debes prometer
que no lo harás más!
Prometí,
claro, aunque no imaginaba cómo podría lavarme la cara o
cepillarme los dientes sin tocarme el cuerpo con las
manos. (Este traumático episodio me sirvió para "Eva
Luna", treinta y tantos años más tarde. Una nunca sabe
para qué se está entrenando).
Nací al
sur del mundo, durante la Segunda Guerra Mundial, en el
seno de una familia emancipada e intelectual en algunos
aspectos y casi paleolítica en otros. Me crié en el hogar
de mis abuelos, una casa estrafalaria donde deambulaban
los fantasmas invocados por mi abuela con su mesa de tres
patas. Vivían allí dos tíos solteros, un poco excéntricos,
como casi todos los miembros de mi familia. Uno de ellos
había viajado a la India y le quedó el gusto por los
asuntos de los fakires, andaba apenas cubierto por un
taparrabos recitando los 999 nombres de Dios en sánscrito.
El otro era un personaje adorable, peinado como Carlos
Gardel y amante apasionado de la lectura. (Ambos sirvieron
de modelos —algo exagerados, lo admito— para Jaime y
Nicolás en "La casa de los espíritus"). La casa estaba
llena de libros, se amontonaban por todas partes, crecían
como una flora indomable, se reproducían ante nuestros
ojos. Nadie censuraba o guiaba mis lecturas y así leí al
Marqués de Sade, pero creo que era un texto muy avanzado
para mi edad, el autor daba por sabidas cosas que yo
ignoraba por completo, me faltaban referencias
elementales. El único hombre que había visto desnudo era
mi tío, el fakir, sentado en el patio contemplando la luna
y me sentí algo defraudada por ese pequeño apéndice que
cabía holgadamente en mi estuche de lápices de colores.
¿Tanto alboroto por eso?
A los once
años yo vivía en Bolivia. Mi madre se había casado con un
diplomático, hombre de ideas avanzadas, que me puso en un
colegio mixto. Tardé meses en acostumbrarme a convivir con
varones, andaba siempre con las orejas rojas y me
enamoraba todos los días de uno diferente. Los muchachos
eran unos salvajes cuyas actividades se limitaban al
fútbol y las peleas del recreo, pero mis compañeras
estaban en la edad de medirse el contorno del busto y
anotar en una libreta los besos que recibían. Había que
especificar detalles: quién, dónde, cómo. Había algunas
afortunadas que podían escribir: Felipe, en el baño, con
lengua. Yo fingía que esas cosas no me interesaban, me
vestía de hombre y me trepaba a los árboles para disimular
que era casi enana y menos sexy que un pollo. En la clase
de biología nos enseñaban algo de anatomía y el proceso de
fabricación de los bebés, pero era muy difícil imaginarlo.
Lo más atrevido que llegamos a ver en una ilustración fue
una madre amamantando a un recién nacido. De lo demás no
sabíamos nada y nunca nos mencionaron el placer, así es
que el meollo del asunto se nos escapaba ¿por qué los
adultos hacían esa cochinada? La erección era un secreto
bien guardado por los muchachos, tal como la menstruación
lo era por las niñas. La literatura me parecía evasiva y
yo no iba al cine, pero dudo que allí se pudiera ver algo
erótico en esa época. Las relaciones con los muchachos
consistían en empujones, manotazos y recados de las
amigas: dice el Keenan que quiere darte un beso, dile que
sí pero con los ojos cerrados, dice que ahora ya no tiene
ganas, dile que es un estúpido, dice que más estúpida eres
tú y así nos pasábamos todo el año escolar. La máxima
intimidad consistía en masticar por turnos el mismo
chicle. Una vez pude luchar cuerpo a cuerpo con el famoso
Keenan, un pelirrojo a quien todas las niñas amábamos en
secreto. Me sacó sangre de narices, pero esa mole pecosa y
jadeante aplastándome contra las piedras del patio, es uno
de los recuerdos más excitantes de mi vida. En otra
ocasión me invitó a bailar en una fiesta. A La Paz no
había llegado el impacto del rock que empezaba a sacudir
al mundo, todavía nos arrullaban Nat King Cole y Bing
Crosby (¡Oh, Dios! ¿Era eso la prehistoria?) Se bailaba
abrazados, a veces chic-to-chic, pero yo era tan diminuta
que mi mejilla apenas alcanzaba la hebilla del cinturón de
cualquier joven normal. Keenan me apretó un poco y sentí
algo duro a la altura del bolsillo de su pantalón y de mis
costillas. Le di unos golpecitos con las puntas de los
dedos y le pedí que se quitara las llaves, porque me
hacían daño. Salió corriendo y no regresó a la fiesta.
Ahora, que conozco más de la naturaleza humana, la única
explicación que se me ocurre para su comportamiento es que
tal vez no eran las llaves.
En 1956 mi
familia se había trasladado al Líbano y yo había vuelto a
un colegio de señoritas, esta vez a una escuela inglesa
cuáquera, donde el sexo simplemente no existía, había sido
suprimido del universo por la flema británica y el celo de
los predicadores. Beirut era la perla del Medio Oriente.
En esa ciudad se depositaban las fortunas de los jeques,
había sucursales de las tiendas de los más famosos
modistos y joyeros de Europa, los Cadillacs con ribetes de
oro puro circulaban en las calles junto a camellos y
mulas. Muchas mujeres ya no usaban velo y algunas
estudiantes se ponían pantalones, pero todavía existía esa
firme línea fronteriza que durante milenios separó a los
sexos. La sensualidad impregnaba el aire, flotaba como el
olor a manteca de cordero, el calor del mediodía y el
canto del muecín convocando a la oración desde el alminar.
El deseo, la lujuria, lo prohibido... Las niñas no salían
solas y los niños también debían cuidarse. Mi padrastro
les entregó largos alfileres de sombrero a mis hermanos,
para que se defendieran de los pellizcos en la calle. En
el recreo del colegio pasaban de mano en mano fotonovelas
editadas en la India con traducción al francés, una
versión muy manoseada de El amante de Lady Chaterley
y pocket-books sobre orgías de Calígula. Mi padrastro
tenía Las Mil y Una Noches bajo llave en su
armario, pero yo descubrí la manera de abrir el mueble y
leer a escondidas trozos de esos magníficos libros de
cuero rojo con letras de oro. Me zambullí en el mundo sin
retorno de la fantasía, guiada por huríes de piel de
leche, genios que habitaban en las botellas y príncipes
dotados de un inagotable entusiasmo para hacer el amor.
Todo lo que había a mi alrededor invitaba a la sensualidad
y mis hormonas estaban a punto de explotar como granadas,
pero en Beirut vivía prácticamente encerrada. Las niñas
decentes no hablaban siquiera con muchachos, a pesar de lo
cual tuve un amigo, hijo de un mercader de alfombras, que
me visitaba para tomar Coca Cola en la terraza. Era tan
rico, que tenía motoneta con chofer. Entre la vigilancia
de mi madre y la de su chofer, nunca tuvimos ocasión de
estar solos.
Yo era
plana. Ahora no tiene importancia, pero en los cincuenta
eso era una tragedia, los senos eran considerados la
esencia de la feminidad. La moda se encargaba de
resaltarlos: sweater ceñido, cinturón ancho de elástico,
faldas infladas con vuelos almidonados. Una mujer
pechugona tenía el futuro asegurado. Los modelos eran Jane
Mansfield, Gina Lollobrigida, Sofia Loren. ¿Qué podía
hacer una chica sin pechos? Ponerse rellenos. Eran dos
medias esferas de goma que a la menor presión se hundían
sin que una lo percibiera. Se volvían súbitamente
cóncavos, hasta que de pronto se escuchaba un terrible
plop-plop y las gomas volvían a su posición original,
paralizando al pretendiente que estuviera cerca y sumiendo
a la usuaria en atroz humillación. También se desplazaban
y podía quedar una sobre el esternón y la otra bajo el
brazo, o ambas flotando en la alberca detrás de la
nadadora. En 1958 el Líbano estaba amenazado por la guerra
civil. Después de la crisis del Canal de Suez se
agudizaron las rivalidades entre los sectores musulmanes,
inspirados en la política panarábiga de Gamal Abder Nasser,
y el gobierno cristiano. El presidente Camile Chamoun
pidió ayuda a Eisenhower y en julio desembarcó la VI Flota
norteamericana. De los portaaviones desembarcaron cientos
de marines bien nutridos y ávidos de sexo. Los padres
redoblaron la vigilancia de sus hijas, pero era imposible
evitar que los jóvenes se encontraran. Me escapé del
colegio para ir a bailar con los yanquis. Experimenté la
borrachera del pecado y del rock n'roll. Por primera vez
mi escaso tamaño resultaba ventajoso, porque con una sola
mano los fornidos marines podían lanzarme por el aire,
darme dos vueltas sobre sus cabezas rapadas y arrastrarme
por el suelo al ritmo de la guitarra frenética de Elvis
Presley. Entre dos volteretas recibí el primer beso de mi
carrera y su sabor a cerveza y a Ketchup me duró dos años.
Los disturbios en el Líbano obligaron a mi padrastro a
enviar a los niños de regreso a Chile. Otra vez viví en la
casa de mi abuelo. A los quince años, cuando planeaba
meterme a monja para disimular que me quedaría solterona,
un joven me distinguió por allí abajo, sobre el dibujo de
la alfombra, y me sonrió. Creo que le divertía mi aspecto.
Me colgué de su cintura y no lo solté hasta cinco años
después, cuando por fin aceptó casarse conmigo.
La píldora
anticonceptiva ya se había inventado, pero en Chile
todavía se hablaba de ella en susurros. Se suponía que el
sexo era para los hombres y el romance para las mujeres,
ellos debían seducirnos para que les diéramos "la prueba
de amor" y nosotras debíamos resistir para llegar "puras"
al matrimonio, aunque dudo que muchas lo lograran. No sé
exactamente cómo tuve dos hijos.
Y entonces
sucedió lo que todos esperábamos desde hacía varios años.
La ola de liberación de los sesenta recorrió América del
Sur y llegó hasta ese rincón al final del continente donde
yo vivía. Arte pop, minifalda, droga, sexo, bikini y los
Beattles. Todas imitábamos a Brigitte Bardot, despeinada,
con los labios hinchados y una blusita miserable a punto
de reventar bajo la presión de su feminidad. De pronto un
revés inesperado: se acabaron las exuberantes divas
francesas o italianas, la moda impuso a la modelo inglesa
Twiggy, una especie de hermafrodita famélico. Para
entonces a mí me habían salido pechugas, así es que de
nuevo me encontré al lado opuesto del estereotipo. Se
hablaba de orgías, intercambio de parejas, pornografía.
Sólo se hablaba, yo nunca las vi. Los homosexuales
salieron de la oscuridad, sin embargo yo cumplí 28 años
sin imaginar cómo lo hacen. Surgieron los movimientos
feministas y tres o cuatro mujeres nos sacamos el sostén,
lo ensartamos en un palo de escoba y salimos a desfilar,
pero como nadie nos siguió, regresamos abochornadas a
nuestras casas. Florecieron los hippies y durante varios
años anduve vestida con harapos y abalorios de la India.
Intenté fumar mariguana pero después de aspirar seis
cigarros sin volar ni un poco, comprendí que era un
esfuerzo inútil. Paz y amor. Sobre todo amor libre, aunque
para mí llegaba tarde, porque estaba irremisiblemente
casada.
Mi primer
reportaje en la revista donde trabajaba fue un escándalo.
Durante una cena en casa de un renombrado político,
alguien me felicitó por un artículo de humor que había
publicado y preguntó si no pensaba escribir algo en serio.
Respondí lo primero que me vino a la mente: sí, me
gustaría entrevistar a una mujer infiel. Hubo un silencio
gélido en la mesa y luego la conversación derivó hacia la
comida. Pero a la hora del café la dueña de casa —treinta
y ocho años, delgada, ejecutiva en una oficina
gubernamental, traje Chanel— me llevó aparte y me dijo que
si le juraba guardar el secreto de su identidad, ella
aceptaba ser entrevistada. Al día siguiente me presenté en
su oficina con una grabadora. Me contó que era infiel
porque disponía de tiempo libre después del almuerzo,
porque el sexo era bueno para el ánimo, la salud y la
propia estima y porque los hombres no estaban tan mal,
después de todo. Es decir, por las mismas razones de
tantos maridos infieles, posiblemente el suyo entre ellos.
No estaba enamorada, no sufría ninguna culpa, mantenía una
discreta garçonière que compartía con dos amigas
tan liberadas como ella. Mi conclusión, después de un
simple cálculo matemático, fue que las mujeres son tan
infieles como los hombres, porque si no ¿con quién lo
hacen ellos? No puede ser sólo entre ellos o todos siempre
con el mismo puñado de voluntarias. Nadie perdonó el
reportaje, como tal vez lo hubieran hecho si la
entrevistada tuviera un marido en silla de ruedas y un
amante desesperado. El placer sin culpa ni excusas
resultaba inaceptable en una mujer. A la revista llegaron
cientos de cartas insultándonos. Aterrada, la directora me
ordenó escribir un artículo sobre "la mujer fiel". Todavía
estoy buscando una que los sea por buenas razones.
Eran
tiempos de desconcierto y confusión para las mujeres de mi
edad. Leíamos el Informe Kinsey, el Kamasutra
y los libros de las feministas norteamericanas, pero no
lográbamos sacudirnos la moralina en que nos habían
criado. Los hombres todavía exigían lo que no estaban
dispuestos a ofrecer, es decir, que sus novias fueran
vírgenes y sus esposas castas. Las parejas entraron en
crisis, casi todas mis amistades se separaron. En Chile no
hay divorcio, lo cual facilita las cosas, porque la gente
se separa y se junta sin trámites burocráticos. Yo tenía
un buen matrimonio y drenaba la mayor parte de mis
inquietudes en mi trabajo. Mientras en la casa actuaba
como madre y esposa abnegada, en la revista y en mi
programa de televisión aprovechaba cualquier excusa para
hacer en público lo que no me atrevía a hacer en privado,
por ejemplo, disfrazarme de corista, con plumas de
avestruz en el trasero y una esmeralda de vidrio pegada en
el ombligo.
En 1975 mi
familia y yo abandonamos Chile, porque no podíamos seguir
viviendo bajo la dictadura del general Pinochet. El apogeo
de la liberación sexual nos sorprendió en Venezuela, un
país cálido, donde la sensualidad se expresa sin
subterfugios. En las playas se ven machos bigotudos con
unos bikinis diseñados para resaltar lo que contienen. Las
mujeres más hermosas del mundo (ganan todos los concursos
de belleza), caminan por la calle buscando guerra, al son
de una música secreta que llevan en las caderas.
En la
primera mitad de los 80 no se podía ver ninguna película,
excepto las de Walt Disney, sin que aparecieran por lo
menos dos criaturas copulando. Hasta en los documentales
científicos había amebas o pingüinos que lo hacían. Fui
con mi madre a ver El Imperio de los Sentidos y no
se inmutó. Mi padrastro les prestaba sus famosos libros
eróticos a los nietos, porque resultaban de una ingenuidad
conmovedora comparados con cualquier revista que podían
comprar en los kioskos. Había que estudiar mucho para
salir airosa de las preguntas de los hijos (mamá ¿qué es
pedofilia?) y fingir naturalidad cuando las criaturas
inflaban condones y los colgaban como globos en las
fiestas de cumpleaños. Ordenando el closet de mi hijo
adolescente encontré un libro forrado en papel marrón y
con mi larga experiencia adiviné el contenido antes de
abrirlo. No me equivoqué, era uno de esos modernos
manuales que se cambian en el colegio por estampas de
futbolistas. Al ver a dos amantes frotándose con mousse de
salmón me di cuenta de todo lo que me había perdido en la
vida. ¡Tantos años cocinando y desconocía los múltiples
usos del salmón! ¿En que habíamos estado mi marido y yo
durante todo ese tiempo? Ni siquiera teníamos un espejo en
el techo del dormitorio. Decidimos ponernos al día, pero
después de algunas contorsiones muy peligrosas —como
comprobamos más tarde en las radiografías de columna—
amanecimos echándonos linimento en las articulaciones, en
vez de mousse en el punto G.
Cuando mi
hija Paula terminó el colegio entró a estudiar Psicología
con especialización en sexualidad humana. Le advertí que
era una imprudencia, que su vocación no sería bien
comprendida, no estábamos en Suecia. Pero ella insistió.
Paula tenía un novio siciliano cuyos planes eran casarse
por la Iglesia y engendrar muchos hijos, una vez que ella
aprendiera a cocinar pasta. Físicamente mi hija engañaba a
cualquiera, parecía una virgen de Murillo, grácil, dulce,
de pelo largo y ojos lánguidos, nadie imaginaría que era
experta en esas cosas. En medio del Seminario de
Sexualidad yo hice un viaje a Holanda y ella me llamó por
teléfono para pedirme que le trajera cierto material de
estudio. Tuve que ir con una lista en la mano a una tienda
en Amsterdam y comprar unos artefactos de goma rosada en
forma de plátanos. Eso no fue lo más bochornoso. Lo peor
fue cuando en la aduana de Caracas me abrieron la maleta y
tuve que explicar que no eran para mí, sino para mi hija…
Paula empezó a circular por todas partes con una maleta de
juguetes pornográficos y el siciliano perdió la paciencia.
Su argumento me pareció razonable: no estaba dispuesto a
soportar que su novia anduviera midiéndole los orgasmos a
otras personas. Mientras duraron los cursos, en casa vimos
videos con todas las combinaciones posibles: mujeres con
burros, parapléjicos con sordomudas, tres chinas y un
anciano, etc. Venían a tomar el té transexuales,
lesbianas, necrofílicos, onanistas, y mientras la virgen
de Murillo ofrecía pastelitos, yo aprendía cómo los
cirujanos convierten a un hombre en mujer mediante un
trozo de tripa.
La
verdad es que pasé años preparándome para cuando nacieran
mis nietos. Compré botas con tacones de estilete, látigos
de siete puntas, muñecas infladas con orificios
practicables y bálsamos afrodisíacos, aprendí de memoria
las posiciones sagradas del erotismo hindú y cuando
empezaba a entrenar al perro para fotos artísticas,
apareció el Sida y la liberación sexual se fue al diablo.
En menos de un año todo cambio. Mi hijo Nicolás se cortó
los mechones verdes que coronaban su cabeza, se quitó sus
catorce alfileres de las orejas y decidió que era más sano
vivir en pareja monógama. Paula abandonó la sexología,
porque parece que ya no era rentable, y en cambio se
propuso hacer una maestría en educación cognoscitiva y
aprender a cocinar pasta con la esperanza de encontrar
otro novio. Lo encontró, se casaron y luego vino la muerte
y se la llevó, pero esa es otra historia. Yo compré ositos
de peluche para los futuros nietos, me comí la mousse de
salmón y ahora cuido mis flores y mis abejas.
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