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ADOLFO BIOY CASARES

Adolfo Bioy Casares
(1914/1999) nació en Buenos Aires el 15 de
setiembre de 1914 en el seno de una familia
acomodada. De muy pequeño su padre le recita
poemas de autores argentinos.
En 1925 escribe su primer novela
Iris y Margarita y en 1928 Vanidad su
primer cuento fantástico. Sus comienzos están
teñidos de surrealismo. En 1932 conoce a Borges
con quien lo unirá una amistad de por vida.
También se relacionaría con Xul Solar. Mastronardi
y Peyrou
Junto a Borges fundó la revista
Destiempo (1935), integró la redacción de la revista
Sur, fue asesor de conocidas editoriales y realizó
numerosas colaboraciones en periódicos y diversas
publicaciones.
En 1940 se casa y publica
La Invención de Morel (1940) su novela más
famosa y luego Plan de evasión (1945), El
sueño de los héroes (1954), Diario de la
guerra del cerdo (1969), Dormir al sol
(1973), La aventura de un fotógrafo en La Plata
(1985), Un campeón desparejo (1993) y
De un mundo a otro (1997).
En colaboración con Borges es autor
de varios cuentos policiales bajo el seudónimo H.
Bustos Domecq. De esta época son Seis problemas
para don Isidro Parodi (1942), Dos fantasías
memorables (1946), Un modelo para la muerte
(1946) y luego Crónicas de Bustos Domecq
(1967) y Nuevos cuentos de Bustos Domecq
(1977).
Otras obras, la mayoría cuentos, son:
Prólogo (1929), 17 disparos contra lo
porvenir (1933), La estatua casera
(1936), Luis Greve, muerto (1937), La
trama celeste (1948), Las vísperas de Fausto
(1949), Historia prodigiosa (1956),
Guirnalda con amores (1959) El lado de la
sombra (1962) El gran serafín (1967)
El héroe de las mujeres (1978) Historia
desaforadas (1986) En viaje (1996),
cartas a Silvina.
Algunas de sus obras han sido llevada
al cine y recibió varios premios: Premio Nacional de
Literatura (1970), Gran Premio de Honor de la SADE
(1975), Premio Cervantes (1990), es nombrado Miembro
de la Legión de Honor de Francia (1981) y Ciudadano
Ilustre de Buenos Aires (1986).
Dueño de una prosa impecable en la
que se entremezclan fantasía y realidad se ha
constituido en un referente insoslayable de la
literatura de habla hispana. Fue traducido a varios
idiomas.
De su matrimonio con Silvina Ocampo
nació en 1954 su hija Marta. Murió en Buenos Aires
el 8 de marzo de 1999. |
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Esa noche
de junio de 1540, en la cámara de la torre, el doctor
Fausto recorría los anaqueles de su numerosa biblioteca.
Se detenía aquí y allá; tomaba un volumen, lo hojeaba
nerviosamente, volvía a dejarlo. Por fin escogió los
Memorabilia de Jenofonte. Colocó el libro en el atril
y se dispuso a leer. Miró hacia la ventana. Algo se había
estremecido afuera. Fausto dijo en voz baja: "Un golpe de
viento en el bosque". Se levantó, apartó bruscamente la
cortina. Vio la noche, que los árboles agrandaban.
Debajo de
la mesa dormía Señor. La inocente respiración del perro
afirmaba, tranquila y persuasiva como un amanecer, la
realidad del mundo. Fausto pensó en el infierno.
Veinticuatro años antes, a cambio de un invencible poder
mágico, había vendido su alma al Diablo. Los años habían
corrido con celeridad. El plazo expiraba a medianoche. No
eran, todavía, las once.
Fausto oyó
unos pasos en la escalera; después, tres golpes en la
puerta. Preguntó: "¿Quién llama?". "Yo", contestó una voz
que el monosílabo no descubría, "yo". El doctor la había
reconocido, pero sintió alguna irritación y repitió la
pregunta. En tono de asombro y de reproche contestó su
criado: "Yo, Wagner". Fausto abrió la puerta. El criado
entró con la bandeja, la copa de vino del Rin y las
tajadas de pan y comentó con aprobación risueña lo adicto
que era su amo a ese refrigerio. Mientras Wagner
explicaba, como tantas veces, que el lugar era muy
solitario y que esas breves pláticas lo ayudaban a pasar
la noche, Fausto pensó en la complaciente costumbre, que
endulza y apresura la vida, tomó unos sorbos de vino,
comió unos bocados de pan y, por un instante, se creyó
seguro. Reflexionó: "Si no me alejo de Wagner y del perro
no hay peligro".
Resolvió
confiar a Wagner sus terrores. Luego recapacitó: "Quién
sabe los comentarios que haría". Era una persona
supersticiosa (creía en la magia), con una plebeya afición
por lo macabro, por lo truculento y por lo sentimental. El
instinto le permitía ser vívido; la necedad, atroz. Fausto
juzgó que no debía exponerse a nada que pudiera turbar su
ánimo o su inteligencia.
El reloj
dio las once y media. Fausto pensó: "No podrán
defenderme". Nada me salvará. Después hubo como un cambio
de tono en su pensamiento; Fausto levantó la mirada y
continuó: "Más vale estar solo cuando llegue Mefistófeles.
Sin testigos, me defenderé mejor". Además, el incidente
podía causar en la imaginación de Wagner (y acaso también
en la indefensa irracionalidad del perro) una impresión
demasiado espantosa.
—Ya es
tarde, Wagner. Vete a dormir.
Cuando el
criado iba a llamar a Señor, Fausto lo detuvo y, con mucha
ternura, despertó a su perro. Wagner recogió en la bandeja
el plato del pan y la copa y se acercó a la puerta. El
perro miró a su amo con ojos en que parecía arder, como
una débil y oscura llama, todo el amor, toda la esperanza
y toda la tristeza del mundo. Fausto hizo un ademán en
dirección de Wagner, y el criado y el perro salieron.
Cerró la puerta y miró a su alrededor. Vio la habitación,
la mesa de trabajo, los íntimos volúmenes. Se dijo que no
estaba tan solo. El reloj dio las doce menos cuarto. Con
alguna vivacidad, Fausto se acercó a la ventana y
entreabrió la cortina. En el camino a Finsterwalde
vacilaba, remota, la luz de un coche.
"¡Huir en
ese coche!", murmuró Fausto y le pareció que agonizaba de
esperanza. Alejarse, he ahí lo imposible. No había corcel
bastante rápido ni camino bastante largo. Entonces, como
si en vez de la noche encontrara el día en la ventana,
concibió una huida hacia el pasado; refugiarse en el año
1440; o más atrás aún: postergar por doscientos años la
ineluctable medianoche. Se imaginó al pasado como a una
tenebrosa región desconocida: pero, se preguntó, si antes
no estuve allí ¿cómo puedo llegar ahora? ¿Como podía él
introducir en el pasado un hecho nuevo? Vagamente recordó
un verso de Agatón, citado por Aristóteles: "Ni el mismo
Zeus puede alterar lo que ya ocurrió". Si nada podía
modificar el pasado, esa infinita llanura que se
prolongaba del otro lado de su nacimiento era inalcanzable
para él. Quedaba, todavía, una escapatoria: Volver a
nacer, llegar de nuevo a la hora terrible en que vendió su
alma a Mefistófeles, venderla otra vez y cuando llegara,
por fin, a esta noche, correrse una vez más al día del
nacimiento.
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