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ALGERNON BLACKWOOD

Algernon
Blackwood (1869-1951),
escritor de novelas fantásticas nació en Shooter’s
Hill, Inglaterra en 1869. Fue uno de los artífices
fundamentales de la gran revolución que
experimentó el relato de miedo a comienzos del
siglo XX.
De
familia aristocrática y ultracalvinista, desde muy
joven se rebeló contra las creencias de sus
mayores, interesándose por las religiones
orientales y el ocultismo, por lo que su padre lo
envió a Canadá en 1890, donde trabajó desde
granjero a buscador de oro para sobrevivir.
Buscando
mejorar su situación se trasladó a Nueva York, llegó
a ejercer el periodismo en el New York Times y a
finales del siglo XIX regresó a Inglaterra, donde
empezó a publicar cuentos en revistas tras el éxito
de A haunted Island (1899).
Junto a
Arthur Machen otro gran escritor de terror integra
varias sociedades esotéricas, entre ellas la Golden
Dawn de cuya participación se dice ha tomado la
inspiración para el mágico clima de sus historias.
En 1906
publica su primera selección de relatos: La casa
vacía y otras historias de fantasmas. Con John Silence, Physician
Extraordinary
(1908),
donde aparece su famoso personaje el investigador de
lo paranormal John Silence, llega el éxito y
el reconocimiento. A partir de allí se dedicará
totalmente a la literatura.
Su obra es
copiosa y variada: aparte de varias novelas
fantásticas y un par de piezas teatrales, escribió a
lo largo de más de 50 años alrededor de 150 relatos
y 8 novelas, la mayoría terroríficos e inspirados en
lances reales de su vida, agrupados en casi una
veintena de volúmenes.
Entre su
obra se destaca: El campamento del perro,
Culto secreto, El hombre al que amaban los árboles,
El ocupante de la habitación, Complicidad previa al
hecho y Descenso a Egipto.
Escribió también una
autobiografía
vinculada a su primera juventud: Episodios antes
de los treinta (1923).
Gran amante de la naturaleza, realizó
innumerables viajes recorriendo especialmente la
costa mediterránea española durante la guerra civil
española. Los últimos años de su vida condujo
programas televisivos donde abordaba temas
esotéricos.
Cultivó un estilo intenso en el que se entrecruzan
sutilmente fantasía y realidad tiñendo su obra de
suspenso y terror en un permanente deambular por la
frontera de lo misterioso, aunque su búsqueda se
orienta hacia provocar el asombro. Murió en 1951. |
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Una noche
una Visión vino a mí, trayendo con ella una antigua y
herrumbrosa llave. Me llevó a través de campos y senderos
de dulce aroma, donde los setos ya susurraban en la
oscuridad primaveral, hasta que llegamos a una inmensa y
sombría casa, de ventanas conspicuas y tejado elevado,
medio escondido en las sombras de la madrugada. Advertí
que las persianas eran de un pesado negro y que la casa
parecía revestida por una tranquilidad absoluta.
—Ésta
—susurró ella en mi oído—, es la Casa del Pasado. Ven
conmigo y recorreremos algunas de sus habitaciones y
pasadizos; pero apresúrate, pues no tendré la llave por
mucho tiempo y la noche ya casi se acaba.
La llave
produjo un espantoso ruido cuando giró en la cerradura, y
cuando la puerta estuvo abierta a un vestíbulo vacío y
entramos, escuché los sonidos de murmullos y llantos, y el
roce de telas, como de gente moviéndose en sueños, a punto
de despertar. Entonces, instantáneamente, un espíritu de
gran tristeza vino a mí, empapando mi alma; mis ojos
comenzaron a arder y picar y en mi corazón advertí una
extraña sensación, como si algo que había dormido por años
se desenrollara. Todo mi ser, incapaz de resistir, se
rindió inmediatamente al espíritu de la melancolía más
profunda, y el dolor de mi corazón, mientras las Cosas se
movían y despertaban, por un momento se hizo demasiado
fuerte para expresarlo en palabras...
Mientras
avanzábamos, las débiles voces y sollozos escaparon
delante nuestro hacia el interior de la Casa, y me di
cuenta de que el aire estaba lleno de manos suspendidas,
de vestimentas oscilantes, de trenzas colgantes, y de ojos
tan tristes y nostálgicos que las lágrimas —que ya casi
desbordaban de los míos— se retenían por milagro ante la
contemplación de tan intolerable anhelo.
—No
permitas que esta tristeza te aplaste —susurró la Visión a
mi lado—. No despiertan frecuentemente. Duermen por años y
años y años. Los cuartos están todos ocupados y a no ser
que lleguen visitantes como nosotros a perturbarlos, jamás
despertarían por propio acuerdo. Pero cuando uno se agita,
el sueño de los otros también se ve perturbado, y también
despiertan, hasta que el movimiento es comunicado de una
habitación a otra y así finalmente, a través de toda la
Casa... Pero, a veces, la tristeza es demasiado grande
como para soportarla, y la mente se debilita. Por esta
razón, la Memoria les entrega el sueño más dulce y
profundo que posee y cuida de usar poco esta pequeña y
herrumbrosa llave. Pero, escucha ahora —agregó ella,
tomándome la mano— ¿no oyes, acaso, el temblor del aire a
través de toda la Casa, que se asemeja al murmullo de agua
cayendo? ¿Y quizá ahora tú... recuerdas?
Aun antes
de que ella hablara, yo ya había captado débilmente el
inicio de un nuevo sonido; y ahora, en lo profundo de los
sótanos bajo nuestros pies, y también desde las regiones
superiores de la gran Casa, me llegaba el murmullo y el
crujido y el movimiento ligero y contenido de las Sombras
durmientes. Se elevaba como una cuerda tañida suavemente
de entre las inmensas e invisibles cuerdas pulsadas en
algún lugar de las bases de la Casa, y su vibración corría
suavemente por sus paredes y techos. Y supe que había
escuchado el lento despertar de los Espíritus del Pasado.
¡Ay de
mí!, con qué terrible invasión de amargura me sostenía
allí, con los ojos inundados, escuchando las tenues voces
muertas mucho tiempo atrás... Porque de hecho, toda la
Casa estaba despertando; y en ese momento llegó hasta mi
nariz el sutil y penetrante perfume del tiempo: de cartas,
por largo tiempo conservadas, con la tinta borrosa y las
cintas desteñidas; de olorosas trenzas, doradas y
castañas, guardadas, ¡oh, tan tiernamente!, entre las
flores prensadas que aún conservaban la profunda
delicadeza de su olvidada fragancia; la aromática
presencia de memorias perdidas, el intoxicante incienso
del pasado. Mis ojos se inundaron, mi corazón se contrajo
y se expandió, mientras me rendía sin reserva a esas
antiguas influencias de sonidos y aromas. Estos Espíritus
del Pasado —olvidados en el tumulto de memorias más
recientes— se apretaban alrededor mío, tomaron mis manos
entre las suyas y, siempre susurrando lo que yo hace
tiempo había olvidado, siempre suspirando, exhalando de
sus cabellos y vestiduras los aromas inefables de las
épocas muertas, me guiaron a través de la inmensa Casa, de
cuarto en cuarto, de piso en piso.
Pero no
todos los Espíritus me eran igualmente claros. De hecho,
algunos tenían sólo la más débil vida, y me agitaban tan
poco que sólo dejaban una impresión indistinta y borrosa
en el aire; mientras que otros me observaban casi con
reproche con sus apagados y desteñidos ojos, como
anhelando retornar a mis recuerdos; y entonces, al ver que
no eran reconocidos regresaban flotando suavemente hacia
las sombras de sus habitaciones, para volver a dormir
imperturbados hasta el Día Final, cuando no fallaré en
reconocerlos.
—Muchos de
ellos han dormido por tanto tiempo —dijo la Visión a mi
lado— que despiertan sólo a duras penas. Sin embargo, una
vez despiertos te reconocen y recuerdan, aunque tú no
logres hacerlo. Pues es la regla de la Casa del Pasado
que, mientras tú no los evoques claramente, no recuerdes
precisamente cuándo los conociste y con qué causas
particulares de tu evolución pasada están asociados, no
podrán mantenerse despiertos. A menos que los recuerdes
cuando sus ojos se encuentren, a menos que su mirada de
reconocimiento les sea devuelta por la tuya, están
obligados a regresar a su sueño, silenciosa y
desconsoladamente —sus manos sin estrechar, sus voces sin
ser oídas—, para soñar un sueño inmortal y paciente, hasta
que...
En ese
instante, sus palabras se extinguieron repentinamente en
la distancia y tomé conciencia de un abrumador sentimiento
de deleite y alegría. Algo me había tocado los labios, y
un fuego poderoso y dulce se precipitó hacia mi corazón y
envió la sangre tumultuosamente por mis venas. Mi pulso
latía locamente, mi piel resplandecía, mis ojos se
enternecieron, y la terrible tristeza del lugar fue
instantáneamente disipada, como por arte de magia.
Volviéndome con una exclamación de júbilo, que de
inmediato fue tragada por el coro de sollozos y suspiros
que me rodeaban, observé... e instintivamente adelanté mis
brazos en un rapto de felicidad hacia... hacia la visión
de un Rostro... cabello, labios, ojos; una tela dorada
rodeaba el hermoso cuello, y el antiguo, antiguo perfume
del Este —¡por las estrellas, cuánto hace de ello!— estaba
en su aliento. Sus labios nuevamente estaban en los míos;
su cabello sobre mis ojos; sus brazos alrededor de mi
cuello, y el amor de su antigua alma vertiéndose en la mía
a través de unos ojos todavía fulgurantes y claros. Oh, el
feroz tumulto, la maravilla inenarrable, ¡si sólo pudiese
recordar!... Aquel aroma, sutil y disipador de brumas, de
muchas eras atrás, una vez tan familiar... antes de que
las Colinas de la Atlántida estuvieran sobre el mar azul,
o que las arenas comenzaran a formar el lecho de la
esfinge. Pero, un momento; ya regresa; comienzo a
recordar. Cortina tras cortina se levantan de mi alma, y
casi puedo ver más allá. Pero el espantoso elástico de los
años, horrible y siniestro, milenio tras milenio... Mi
corazón se estremece, y tengo miedo. Otra cortina se eleva
y otra perspectiva, que va más allá que las otras, se hace
visible, interminable, corriendo hacia un punto rodeado de
gruesas brumas. ¡Y he aquí, que ellas también se mueven!,
elevándose, iluminándose. Finalmente veré... ya comienzo a
recordar… la piel morena... la gracia Oriental, los
maravillosos ojos que contenían el conocimiento de Buda y
la sabiduría de Cristo, aun antes que aquéllos hubieran
soñado con alcanzarla. Como un sueño dentro de un sueño,
me cautiva nuevamente, tomando una apremiante posesión de
todo mi ser... la forma esbelta... las estrellas en aquel
mágico cielo Oriental... los susurrantes vientos entre las
palmeras... el murmullo del río y la música de los setos
al inclinarse y suspirar en la dorada superficie de arena.
Hace miles de años, hace evos de distancia. Se difumina un
poco y comienza a pasar; luego parece surgir nuevamente.
¡Ay de mi!, aquella sonrisa de dientes resplandecientes...
aquellos párpados de venas de encaje. Oh, quién me ayudará
a recordar, pues se encuentra demasiado lejos, demasiado
oscuro, y yo no puedo recordarlo completamente; aunque mis
labios aún se estremecen, y mis brazos se encuentran aún
extendidos, nuevamente comienza a desvanecerse. Ya hay una
mirada de tristeza, demasiado profunda para expresar con
palabras, al darse cuenta de que no es reconocida....
ella, cuya mera presencia pudo una vez extinguir para mí
el universo entero... y ella se devuelve, lentamente,
tristemente, silenciosamente a su oscuro e inmenso sueño,
para soñar y soñar con el día en que la recordaré y que
vendrá a donde pertenece...
Me observa
desde el final de la habitación, donde las Sombras
comienzan a cubrirla y a ganarla de vuelta con sus brazos
estirados hacia su sueño de siglos en la Casa del Pasado.
Estremeciéndome entero, con el extraño perfume aún en mi
nariz y el fuego en mi corazón, me di la vuelta y seguí a
mi Sueño por una amplia escalera, hacia otra parte de la
Casa. Al entrar en los corredores superiores oí al viento
pasar cantando sobre el tejado. Su música tomó posesión de
mí hasta que sentí como si todo mi cuerpo fuera un solo
corazón, doliente, tenso, palpitante, como si fuera a
quebrarse; y todo porque escuché al viento cantar
alrededor de la Casa del Pasado.
—Recuerda
—murmuró la Visión, respondiendo a mi inexpresada
pregunta— que estás escuchando la canción que ha cantado
por incontables siglos y para miríadas de incontables
oídos. Se remonta asombrosamente lejos; y en ese simple
salmo, profundo en su terrible monotonía, se encuentran
las asociaciones y los recuerdos de las alegrías, penas y
luchas de toda tu existencia previa. El viento, como el
mar, le habla a la memoria mas íntima —agregó— y es por
eso que su voz es de tal tristeza, profundamente
espiritual. Es la canción de las cosas por siempre
incompletas, inconclusas, insatisfechas.
Mientras
pasábamos por las abovedadas habitaciones, advertí que
nadie se agitaba. Realmente no había ningún sonido, sólo
una impresión general de una respiración profunda y
colectiva, como el vaivén de un mar amortiguado. Mas los
cuartos, lo supe inmediatamente, estaban llenos hasta las
paredes, repletos, fila tras fila... Y, desde los pisos
inferiores, a veces se elevaba el murmullo de las Sombras
llorosas al retornar a su sueño, instalándose nuevamente
en el silencio, la oscuridad y el polvo. El polvo... oh,
el polvo que flotaba en esta Casa del Pasado, tan denso,
tan penetrante; tan fino que llenaba los ojos y la
garganta sin dolor; tan fragante, que aliviaba los
sentidos y tranquilizaba el corazón; tan suave, que
resecaba la boca, sin molestar; y cayendo tan
silenciosamente, acumulándose, posándose sobre todo, que
el aire lo sostenía como una fina bruma y las sombras
durmientes lo usaban como mortajas.
—Y éstas
son las más antiguas —dijo mi Sueño— las dormidas hace más
tiempo —apuntando hacia las filas repletas de silenciosos
durmientes—. Nadie aquí ha despertado por siglos,
demasiados para contarlos; y aun si despertaran no podrías
reconocerlos. Ellos son, como los otros, todos tuyos, sólo
que son los recuerdos de tus etapas más tempranas a lo
largo del gran Camino de Evolución. Algún día, sin
embargo, despertarán, y deberás reconocerlos y contestar
sus preguntas, pues ellos no pueden morir hasta no
agotarse a sí mismos a través de ti, quien les dio la
vida.
—¡Ay de
mí! —pensé, escuchando y entendiendo a medias estas
palabras— cuántas madres, padres, hermanos, pueden
entonces estar dormidos en este cuarto; cuántas fieles
amantes, cuántos amigos de verdad, ¡cuántos antiguos
enemigos! Y pensar que un día se levantarán y me
confrontarán, y yo deberé encontrarme con sus ojos
nuevamente, reclamarles, conocerlos, perdonarlos, y ser
perdonado... los recuerdos de todo mi Pasado...
Me volteé
para hablarle al Sueño a mi lado, y toda la Casa se
disolvió en el brillo del cielo oriental, y escuché a los
pájaros cantando y vi las nubes arriba velando las
estrellas en la luz del día que se acercaba.
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