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G. K. CHESTERTON
Gilbert Keith Chesterton (1874/1936) nació en Londres el 29
de mayo de 1874. Periodista, poeta, ensayista, y
novelista, pero esencialmente narrador fue el
creador del inolvidable Padre Brown, personaje
cuyo ingenio le permitía desentrañar los delitos
más misteriosos. Su recopilación daría lugar a
El candor del Padre Brown.
Estudió dibujo, pintura,
literatura, francés y latín en el University
College de Londres al tiempo que se sumergía en un
tiempo de “dudas, morbo y tentaciones” que lo
arrastraron del agnosticismo al ocultismo
centrando su atención en el espiritismo y la
teosofía. Finalmente se convertiría al catolicismo
en 1922.
En 1895 dejó inconclusa la
Universidad y en 1900 comenzó a trabajar en Londres
como crítico de arte. Inició su carrera literaria
redactando artículos sobre arte y política para
periódicos.
En 1901 se casó con Frances Blogg
sirviéndole el matrimonio como contención para
compensar sus desórdenes existenciales. Ese mismo
año apareció su poemario Greybeards at play.
Luego aparecerían ensayos críticos y
su primera novela, El napoleón de Notting Hill
(1904), libro de tono político y social tratado en
forma profunda y humorística.
Luego llegaría El club de los negocios raros
(1905).
Su inclinación por el distributismo,
tanto de la riqueza como de la propiedad y su
temperamento encendido lo llevaría a sostener
enfrentamientos teóricos con destacadas figuras, en
especial con Georges Bernard Shaw.
Su novelística también está
impregnada de la impronta misteriosa del género
policial con sus finales inesperados tal como ocurre
en El hombre que fue Jueves (1908). También
son de su autoría La esfera y la cruz (1910), The Ballad of the White Horse (1912), La
Taberna Errante (1914) o Man the Everlasting
(1925); recopilaciones de artículos que había
escrito en diversos periódicos.
Es autor también de destacadas
biografías:
Charles
Dickens,
Robert
Browning,
Lord
Kitchener,
San
Francisco de Asís, el pintor
G.
F. Watts,
William Cobbet,
Robert Louis Stevenson,
Geoffrey Chaucer y
Tomás de Aquino, y libros de viajes a
Palestina, América y Europa.
Recibió títulos "honoris causa" de
las universidades de Edimburgo, Dublín y Notre Dame,
y fue hecho Caballero de la Orden de San Gregorio el
Grande. Murió el 14 de junio de 1936 en Beaconsfield. |
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CÓMO ESCRIBIR UN CUENTO POLICIACO |
Que quede
claro que escribo este articulo siendo totalmente
consciente de que he fracasado en escribir un cuento
policiaco. Pero he fracasado muchas veces. Mi autoridad es
por lo tanto de naturaleza práctica y científica, como la
de un gran hombre de estado o estudioso de lo social que
se ocupe del desempleo o del problema de la vivienda. No
tengo la pretensión de haber cumplido el ideal que aquí
propongo al joven estudiante; soy, si les place, ante todo
el terrible ejemplo que debe evitar. Sin embargo creo que
existen ideales para la narrativa policíaca, como existen
para cualquier actividad digna de ser llevada a cabo. Y me
pregunto por qué no se exponen con más frecuencia en la
literatura didáctica popular que nos enseña a hacer tantas
otras cosas menos dignas de efectuarse. Como, por ejemplo,
la manera de triunfar en la vida. La verdad es que me
asombra que el título de este artículo nos vigile ya desde
lo alto de cada quiosco. Se publican panfletos de todo
tipo para enseñar a la gente las cosas que no pueden ser
aprendidas como tener personalidad, tener muchos amigos,
poesía y encanto personal. Incluso aquellas facetas del
periodismo y la literatura de las que resulta más evidente
que no pueden ser aprendidas, son enseñadas con asiduidad.
Pero he aquí una muestra clara de sencilla artesanía
literaria, más constructiva que creativa, que podría ser
enseñada hasta cierto punto e incluso aprendida en algunos
casos muy afortunados. Más pronto o más tarde, creo que
esta demanda será satisfecha, en este sistema comercial en
que la oferta responde inmediatamente a la demanda y en el
que todo el mundo esta frustrado al no poder conseguir
nada de lo que desea. Más pronto o más tarde, creo que
habrá no sólo libros de texto explicando los métodos de la
investigación criminal sino también libros de texto para
formar criminales. Apenas será un pequeño cambio de la
ética financiera vigente y, cuando la vigorosa y astuta
mentalidad comercial se deshaga de los últimos vestigios
de los dogmas inventados por los sacerdotes, el periodismo
y la publicidad, demostrarán la misma indiferencia hacia
los tabúes actuales que hoy en día demostramos hacia los
tabúes de la Edad Media. El robo se justificará al igual
que la usura y nos andaremos con los mismos tapujos al
hablar de cortar cuellos que hoy tenemos para monopolizar
mercados. Los quioscos se adornarán con títulos como La
falsificación en quince lecciones o ¿Por qué
aguantar las miserias del matrimonio?, con una
divulgación del envenenamiento que será tan científica
como la divulgación del divorcio y los anticonceptivos.
Pero, como
a menudo se nos recuerda, no debemos impacientarnos por la
llegada de una humanidad feliz y, mientras tanto, parece
que es tan fácil conseguir buenos consejos sobre la manera
de cometer un crimen como sobre la manera de investigarlos
o sobre la manera de describir la manera en que podrían
investigarse. Me imagino que la razón es que el crimen, su
investigación, su descripción y la descripción de la
descripción requieren, todas ellas, algo de inteligencia.
Mientras que triunfar en la vida y escribir un libro sobre
ello no requieren de tan agotadora experiencia.
En
cualquier caso, he notado que al pensar en la teoría de
los cuentos de misterio me pongo lo que algunos llamarían
teórico. Es decir, que empiezo por el principio, sin
ninguna chispa, gracia, salsa ni ninguna de las cosas
necesarias del arte de captar la atención, incapaz de
despertar o inquietar de ninguna manera la mente del
lector.
Lo primero
y principal es que el objetivo del cuento de misterio,
como el de cualquier otro cuento o cualquier otro
misterio, no es la oscuridad sino la luz. El cuento se
escribe para el momento en el que el lector comprende por
fin el acontecimiento misterioso, no simplemente por los
múltiples preliminares en que no. El error sólo es la
oscura silueta de una nube que descubre el brillo de ese
instante en que se entiende la trama. Y la mayoría de los
malos cuentos policíacos son malos porque fracasan en
esto. Los escritores tienen la extraña idea que su trabajo
consiste en confundir a sus lectores y que, mientras los
mantengan confusos, no importa si les decepcionan. Pero no
hace falta sólo esconder un secreto, también hace falta un
secreto digno de ocultar. El clímax no debe ser
anticlimático. No puede consistir en invitar al lector a
un baile para abandonarle en una zanja. Más que reventar
una burbuja debe ser el primer albor de un amanecer en el
que el alba se ve acentuada por las tinieblas. Cualquier
forma artística, por trivial que sea, se apoya en algunas
verdades valiosas. Y por más que nos ocupemos de nada más
importante que una multitud de Watsons dando vueltas con
desorbitados ojos de búho, considero aceptable insistir en
que es la gente que ha estado sentada en la oscuridad la
que llega a ver una gran luz; y que la oscuridad sólo es
valiosa en tanto acentúa dicha gran luz en la mente.
Siempre he
considerado una coincidencia simpática que el mejor cuento
de Sherlock Holmes tiene un titulo que, a pesar de haber
sido concebido y empleado en un sentido completamente
diferente, podría haber sido compuesto para expresar este
esencial clarear: el título es "Resplandor plateado" ("Silver
Blaze").
El segundo
gran principio es que el alma de los cuentos de detectives
no es la complejidad sino la sencillez. El secreto puede
ser complicado pero debe ser simple. Esto también señala
las historias de más calidad. El escritor esta ahí para
explicar el misterio pero no debería tener que explicar la
propia explicación. Ésta debe hablar por sí misma. Debería
ser algo que pueda decirse con voz silbante (por el malo,
por supuesto) en unas pocas palabras susurradas o gritado
por la heroína antes de desmayarse por la impresión de
descubrir que dos y dos son cuatro. Ahora bien, algunos
detectives literarios complican más la solución que el
misterio y hacen el crimen más complejo aun que su
solución.
En tercer
lugar, de lo anterior deducimos que el hecho o el
personaje que lo explican todo, deben resultar familiares
al lector. El criminal debe estar en primer plano pero no
como criminal; tiene que tener alguna otra cosa que hacer
que, sin embargo, le otorgue el derecho de permanecer en
el proscenio. Tomaré como ejemplo el que ya he mencionado,
"Resplandor plateado". Sherlock Holmes es tan conocido
como Shakespeare. Por lo tanto, no hay nada de malo en
desvelar, a estas alturas, el secreto de uno de estos
famosos cuentos. A Sherlock Holmes le dan la noticia de
que un valioso caballo de carreras ha sido robado y el
entrenador que lo vigilaba asesinado por el ladrón. Se
sospecha, justificadamente, de varias personas y todo el
mundo se concentra en el grave problema policial de
descubrir la identidad del asesino del entrenador. La pura
verdad es que el caballo lo asesinó.
Pues bien,
lo considero el cuento modélico por la extrema sencillez
de la verdad. La verdad termina resultando algo muy
evidente. El caballo da título al cuento, trata del
caballo en todo momento, el caballo está siempre en primer
plano, pero siempre haciendo otra cosa. Como objeto de
gran valor, para los lectores, va siempre en cabeza. Verlo
como el criminal es lo que nos sorprende. Es un cuento en
el que el caballo hace el papel de joya hasta que
olvidamos que una joya puede ser un arma.
Si tuviese
que crear reglas para este tipo de composiciones, esta es
la primera que sugeriría: en términos generales, el motor
de la acción debe ser una figura familiar actuando de una
manera poco frecuente. Debería ser algo conocido
previamente y que esté muy a la vista. De otra manera no
hay autentica sorpresa sino simple originalidad. Es inútil
que algo sea inesperado no siendo digno de espera. Pero
debería ser visible por alguna razón y culpable por otra.
Una gran parte de la tramoya, o el truco, de escribir
cuentos de misterio es encontrar una razón convincente,
que al mismo tiempo despiste al lector, que justifique la
visibilidad del criminal, más allá de su propio trabajo de
cometer el crimen. Muchas obras de misterio fracasan al
dejarlo como un cabo suelto en la historia, sin otra cosa
que hacer que delinquir. Por suerte suele tener dinero o
nuestro sistema legal, tan justo y equitativo, le habría
aplicado la ley de vagos y maleantes mucho antes de que lo
detengan por asesinato. Llegamos al punto en que
sospechamos de estos personajes gracias a un proceso
inconsciente de eliminación muy rápido. Por lo general,
sospechamos de él simplemente porque nadie lo hace. El
arte de contar consiste en convencer al lector, durante un
momento, no sólo de que el personaje no ha llegado al
lugar del crimen sin intención de delinquir si no de que
el autor no lo ha puesto allí con alguna segunda
intención. Porque el cuento de detectives no es más que un
juego. Y el lector no juega contra el criminal sino contra
el autor.
El
escritor debe recordar que en este juego el lector no
preguntará, como a veces hace en una obra seria o
realista: ¿Por qué el agrimensor de gafas verdes trepa al
árbol para vigilar el jardín del médico? Sin sentirlo ni
dudarlo, se preguntará: ¿Por qué el autor hizo que el
agrimensor trepase al árbol o cuál es la razón que le hizo
presentarnos a un agrimensor? El lector puede admitir que
cualquier ciudad necesita un agrimensor sin reconocer que
el cuento pueda necesitarlo. Es necesario justificar su
presencia en el cuento (y en el árbol) no sólo sugiriendo
que lo envía el Ayuntamiento sino explicando por qué lo
envía el autor. Más allá de las faltas que planea cometer
en el interior de la historia debe tener alguna otra
justificación como personaje de la misma, no como una
miserable persona de carne y hueso en la vida real. El
lector, mientras juega al escondite con su auténtico rival
el autor, tiende a decir: sí, soy consciente de que un
agrimensor puede trepar a un árbol, y sé que existen
árboles y agrimensores. ¿Pero qué esta haciendo con ellos?
¿Por qué hace usted que este agrimensor en concreto
trepase a este árbol en particular, hombre astuto y
malvado?
Esto nos
conduce al cuarto principio que debemos recordar. La gente
no lo reconocerá como práctico ya que, como en los otros
casos, los pilares en que se apoya lo hacen parecer
teórico. Descansa en el hecho que, entre las artes, los
asesinatos misteriosos pertenecen a la gran y alegre
compañía de las cosas llamadas chistes. La historia es un
vuelo de la imaginación. Es conscientemente una ficción
ficticia. Podemos decir que es una forma artística muy
artificial pero prefiero decir que es claramente un
juguete, algo a lo que los niños juegan. De donde se
deduce que el lector, que es un niño, y por lo tanto muy
despierto, es consciente no sólo del juguete, también de
su amigo invisible que fabricó el juguete y tramó el
engaño. Los niños inocentes son muy inteligentes y algo
desconfiados. E insisto en que una de las principales
reglas que debe tener en mente el hacedor de cuentos
engañosos es que el asesino enmascarado debe tener un
derecho artístico a estar en escena y no un simple derecho
realista a vivir en el mundo. No debe venir de visita sólo
por motivos de negocios, deben ser los negocios de la
trama. No se trata de los motivos por los que el personaje
viene de visita, se trata de los motivos que tiene el
autor para que la visita ocurra. El cuento de misterio
ideal es aquel en que un personaje que el autor ha creado
por placer, o por impulsar la historia en otras áreas
necesarias, descubriremos después que está presente no por
la razón obvia y suficiente sino por las segunda y
secreta. Añadiré que por este motivo, a pesar de las
burlas hacia los noviazgos estereotipados, hay mucho que
decir a favor de la tradición sentimental de estilo más
lector o más victoriano. Habrá quien lo llame un
aburrimiento pero puede servir para taparle los ojos al
lector.
Por
último, el principio que los cuentos de detectives, como
cualquier otra forma literaria, empiezan con una idea. Lo
que se aplica también a sus facetas más mecánicas y a los
detalles. Cuando la historia trata de investigaciones,
aunque el detective entre desde fuera, el escritor debe
empezar desde dentro. Cada buen problema de este tipo
empieza con una buena idea, una idea simple. Algún hecho
de la vida diaria que el escritor es capaz de recordar y
el lector puede olvidar. Pero en cualquier caso la
historia debe basarse en una verdad y, por más que se le
pueda añadir, no puede ser simplemente una alucinación.
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