| |
FIÓDOR DOSTOIEVSKI

Fiódor Dostoievski
(1821/1881) nació en Moscú el 11 de noviembre de
1821. Huérfano de madre, su despótico padre lo
envía a la Escuela Militar de San Petersburgo a
cuyo egreso (1843) se emplea. Deslumbrado por
Balzac se dedica a las letras.
Ya
en Pobres gentes (1846), su primera novela
se revela como un talento literario y un espíritu
sensible de alto compromiso social. Por entonces
aparecen los primeros síntomas de epilepsia que
recrudecerán en prisión y padecerá a lo largo de
su vida.
En
1849 es arrestado a causa de su relación con el
socialismo y su apoyo a Fourier. Se libra de la
ejecución pero debe soportar cuatro años de trabajo
forzado en Siberia. La lectura de la Biblia
desarrolla en él un pensamiento religioso que lo
lleva a la extraña idea de la felicidad por el
sufrimiento.
Liberado (1854) presta servicios como soldado en
Mongolia durante cinco años. A su regreso a San
Petersburgo edita con su hermano la revista Tiempo
donde denuncia las crueles condiciones del presidio.
Viaja por Europa. A su regreso le cierran la revista
y fundan Época donde continúa publicando.
La
muerte de su esposa, su hermano y una gran deuda
propia y de su hermano lo hunden en la depresión.
Presionado por las urgencias toma un préstamo que
cancela con El jugador (1866), de tono
autobiográfico.
Las deudas de juego le obligan a huir
de Rusia. De esa época es Crimen y Castigo
(1866). Se casa nuevamente (1867) y al poco tiempo
nace y muere su primera hija. Al año siguiente nace
su segundo hijo y publica El idiota (1868).
Obras: El doble (1846), Noches blancas,
El marido celoso, La dueña, El
señor Proknarchin, La mujer del otro, Notas
de invierno sobre impresiones de verano (1863),
Recuerdos de la casa de los muertos (1862),
Humillados y ofendidos, Memorias del
subsuelo (1864), Los endemoniados
(1871), Diario de un escritor (1873) y Los
hermanos Karamazov (1880).
La vitalidad de su narrativa lo hace
particularmente atractivo manteniendo una tensión
constante a través de las historias, además de
definir meticulosamente la psicología de sus
personajes tan controvertidos y apasionados como su
propia vida y obra.
Convertido en guía espiritual de
Rusia pronuncia un encendido discurso en la
inauguración del monumento a Pushkin y es aclamado
por la multitud. Poco después muere de tuberculosis
en San Petersburgo. La inhumación de sus restos
congregó a treinta mil personas.
|
|
Han pasado
ya quince siglos desde que Cristo dijo: "No tardaré en
volver. El día y la hora, nadie, ni el propio Hijo, los
sabe". Tales fueron sus palabras al desparecer, y la
Humanidad le espera siempre con la misma fe, o acaso con
fe más ardiente aún que hace quince siglos. Pero el Diablo
no duerme; la duda comienza a corromper a la Humanidad, a
deslizarse en la tradición de los milagros. En el norte de
Germania ha nacido una herejía terrible que, precisamente,
niega los milagros. Los fieles, sin embargo, creen con más
fe en ellos. Se espera a Cristo, se quiere sufrir y morir
como Él... Y he aquí que la Humanidad ha rogado tanto por
espacio de tantos siglos, ha gritado tanto "¡Señor,
dignáos, aparecérosnos!", que Él ha querido, en su
misericordia inagotable, bajar a la tierra.
Y he aquí
que ha querido mostrarse, al menos un instante, a la
multitud desgraciada, al pueblo sumido en el pecado, pero
que le ama con amor de niño. El lugar de la acción es
Sevilla; la época, la de la Inquisición, la de los
cotidianos soberbios autos de fe, de terribles
heresiarcas, ad majorem Dei gloriam.
No se
trata de la venida prometida para la consumación de los
siglos, de la aparición súbita de Cristo en todo el brillo
de su gloria y su divinidad, "como un relámpago que brilla
del Ocaso al Oriente". No, hoy sólo ha querido hacerles a
sus hijos una visita, y ha escogido el lugar y la hora en
que llamean las hogueras. Ha vuelto a tomar la forma
humana que revistió, hace quince siglos, por espacio de
treinta años.
Aparece
entre las cenizas de las hogueras, donde la víspera, el
cardenal gran inquisidor, en presencia del rey, los
magnates, los caballeros, los altos dignatarios de la
Iglesia, las más encantadoras damas de la corte, el pueblo
en masa, quemó a cien herejes. Cristo avanza hacia la
multitud, callado, modesto, sin tratar de llamar la
atención, pero todos le reconocen.
El pueblo,
impelido por un irresistible impulso, se agolpa a su paso
y le sigue. Él, lento, una sonrisa de piedad en los
labios, continúa avanzando. El amor abrasa su alma; de sus
ojos fluyen la Luz, la Ciencia, la Fuerza, en rayos
ardientes, que inflaman de amor a los hombres. Él les
tiende los brazos, les bendice. De Él, de sus ropas, emana
una virtud curativa. Un viejo, ciego de nacimiento, sale a
su encuentro y grita: "¡Señor, cúrame para que pueda
verte!" Una escama se desprende de sus ojos, y ve. El
pueblo derrama lágrimas de alegría y besa la tierra que Él
pisa. Los niños tiran flores a sus pies y cantan hosanna,
y el pueblo exclama: "¡Es Él! ¡Tiene que ser Él! ¡No puede
ser otro que Él!"
Cristo se
detiene en el atrio de la catedral. Se oyen lamentos; unos
jóvenes llevan en hombros un pequeño ataúd blanco,
abierto, en el que reposa, sobre flores, el cuerpo de una
niña de diecisiete años, hija de un personaje de la
ciudad.
—¡Él
resucitará a tu hija! —le grita el pueblo a la
desconsolada madre.
El
sacerdote que ha salido a recibir el ataúd mira, con
asombro, al desconocido y frunce el ceño.
Pero la
madre profiere:
—¡Si eres
Tú, resucita a mi hija!
Y se
posterna ante Él. Se detiene el cortejo, los jóvenes dejan
el ataúd sobre las losas. Él lo contempla, compasivo, y de
nuevo pronuncia el talipha kumi (levántate, muchacha).
La muerta
se incorpora, abre los ojos, sonríe, mira sorprendida en
torno suyo, sin soltar el ramo de rosas blancas que su
madre había colocado entre sus manos. El pueblo, lleno de
estupor, clama, llora.
En el
mismo momento en que se detiene el cortejo, aparece en la
plaza el cardenal gran inquisidor. Es un viejo de noventa
años, alto, erguido, de una ascética delgadez. En sus ojos
hundidos fulgura una llama que los años no han apagado.
Ahora no luce los aparatosos ropajes de la víspera; el
magnífico traje con que asistió a la cremación de los
enemigos de la Iglesia ha sido reemplazado por un tosco
hábito de fraile.
Sus
siniestros colaboradores y los esbirros del Santo Oficio
le siguen a respetuosa distancia. El cortejo fúnebre
detenido, la muchedumbre agolpada ante la catedral le
inquietan, y espía desde lejos. Lo ve todo: el ataúd a los
pies del desconocido, la resurrección de la muerta... Sus
espesas cejas blancas se fruncen, se aviva, fatídico, el
brillo de sus ojos.
—¡Prendedle! —les ordena a sus esbirros, señalando a
Cristo.
Y es tal
su poder, tal la medrosa sumisión del pueblo ante él, que
la multitud se aparta al punto, silenciosa, y los esbirros
prenden a Cristo y se lo llevan. Como un solo hombre, el
pueblo se inclina al paso del anciano y recibe su
bendición.
Los
esbirros conducen al preso a la cárcel del Santo Oficio y
le encierran en una angosta y oscura celda.
Muere el
día, y una noche de luna, una noche española, cálida y
olorosa a limoneros y laureles, le sucede.
De pronto,
en las tinieblas, se abre la férrea puerta del calabozo y
penetra el gran inquisidor en persona solo, alumbrándose
con una linterna. La puerta se cierra tras él. El anciano
se detiene a pocos pasos de umbral y, sin hablar palabra,
contempla, durante cerca de dos minutos, al preso. Luego,
avanza lentamente, deja la linterna sobre la mesa y
pregunta:
—¿Eres Tú,
en efecto?
Pero, sin
esperar la respuesta, prosigue:
—No
hables, calla. ¿Qué podrías decirme? Demasiado lo sé. No
tienes derecho a añadir ni una sola palabra a lo que ya
dijiste. ¿Por qué has venido a molestarnos?... Bien sabes
que tu venida es inoportuna. Mas yo te aseguro que mañana
mismo... No quiero saber si eres Él o sólo su apariencia;
seas quien fueres, mañana te condenaré; perecerás en la
hoguera como el peor de los herejes. Verás cómo ese mismo
pueblo que esta tarde te besaba los pies, se apresura, a
una señal mía, a echar leña al fuego. Quizá nada de esto
te sorprenda...
Y el
anciano, mudo y pensativo, sigue mirando al preso,
acechando la expresión de su rostro, serena y suave.
—El
Espíritu terrible e inteligente —añade, tras una larga
pausa—, el Espíritu de la negación y de la nada, te habló
en el desierto, y la Escrituras atestiguan que te "tentó".
No puede concebirse nada más profundo que lo que se te
dijo en aquellas tres preguntas o, para emplear el
lenguaje de la Escritura, en aquellas tres "tentaciones".
¡Si ha habido algún milagro auténtico, evidente, ha sido
el de las tres tentaciones! ¡El hecho de que tales
preguntas hayan podido brotar de unos labios, es ya, por
sí solo, un milagro! Supongamos que hubieran sido borradas
del libro, que hubiera que inventarlas, que forjárselas de
nuevo. Supongamos que, con ese objeto, se reuniesen todos
los sabios de la tierra, los hombres de Estado, los
príncipes de la Iglesia, los filósofos, los poetas, y que
se les dijese: "Inventad tres preguntas que no sólo
correspondan a la grandeza del momento, sino que
contengan, en su triple interrogación, toda la historia de
la Humanidad futura", ¿crees que esa asamblea de todas las
grandes inteligencias terrestres podría forjarse algo tan
alto, tan formidable, como las tres preguntas del
inteligente y poderoso Espíritu? Esas tres preguntas, por
sí solas, demuestran que quien te habló aquel día no era
un espíritu humano, contingente, sino el Espíritu Eterno,
Absoluto. Toda la historia ulterior de la Humanidad está
predicha y condensada en ellas; son las tres formas en que
se concretan todas las contradicciones de la historia de
nuestra especie. Esto, entonces, aún no era evidente, el
porvenir era aún desconocido; pero han pasado quince
siglos y vemos que todo estaba previsto en la Triple
Interrogación, que es nuestra historia. ¿Quién tenía
razón, di? ¿Tú o quien te interrogó?...
Si no el
texto, el sentido de la primera pregunta es el siguiente:
"Quieres presentarte al mundo con las manos vacías,
anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y
su maldad naturales no les permiten comprender, una
liberad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad
no ha habido nunca nada tan espantoso como la libertad!,
cuando, si convirtieses en panes todas esas piedras
peladas esparcidas ante tu vista, verías a la Humanidad
correr, en pos de ti, como un rebaño, agradecida, sumisa,
temerosa tan sólo de que tu mano depusiera su ademán
taumatúrgico y los panes se tornasen piedras." Pero tú no
quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la
tentación; te horrorizaba la idea de comprar con panes la
obediencia de la Humanidad, y contestaste que "no sólo de
pan vive el hombre", sin saber que el espíritu de la
tierra, reclamando el pan de la tierra, había de alzarse
contra ti, combatirte y vencerte, y que todos le
seguirían, gritando: "¡Nos ha dado el fuego del cielo!"
Pasarán siglos y la Humanidad proclamará, por boca de sus
sabios, que no hay crímenes y, por consiguiente, no hay
pecado; que sólo hay hambrientos. "Dales pan si quieres
que sean virtuosos." Esa será la divisa de los que se
alzarán contra ti, el lema que inscribirán en su bandera;
y tu templo será derribado y, en su lugar, se erigirá una
nueva Torre de Babel, no más firme que la primera, el
esfuerzo de cuya erección y mil años de sufrimientos
podías haberles ahorrado a los hombres. Pues volverán a
nosotros, al cabo de mil años de trabajo y dolor, y nos
buscarán en los subterráneos, en las catacumbas donde
estaremos escondidos —huyendo aún de la persecución, del
martirio—, para gritarnos: "¡Pan! ¡Los que nos habían
prometido el fuego del cielo no nos lo han dado!" Y
nosotros acabaremos su Babel, dándoles pan, lo único de
que tendrán necesidad. Y se lo daremos en tu nombre.
Sabemos mentir. Sin nosotros, se morirían de hambre. Su
ciencia no les mantendría. Mientras gocen de libertad les
faltará el pan; pero acabarán por poner su libertad a
nuestros pies, clamando: "¡Cadenas y pan!" Comprenderán
que la libertad no es compatible con una justa repartición
del pan terrestre entre todos los hombres, dado que nunca
—¡nunca!— sabrán repartírselo. Se convencerán también de
que son indignos de la libertad; débiles, viciosos,
necios, indómitos. Tú les prometiste el pan del cielo.
¿Crees que puede ofrecerse ese pan, en vez del de la
tierra, siendo la raza humana lo vil, lo incorregiblemente
vil que es? Con tu pan del cielo podrás atraer y seducir a
miles de almas, a docenas de miles, pero ¿y los millones y
las decenas de millones no bastante fuertes para preferir
el pan del cielo al pan de la tierra? ¿Acaso eres tan sólo
el Dios de los grandes? Los demás, esos granos de arena
del mar; los demás, que son débiles, pero que te aman, ¿no
son a tus ojos sino viles instrumentos en manos de los
grandes?... Nosotros amamos a esos pobres seres, que
acabarán, a pesar de su condición viciosa y rebelde, por
dejarse dominar. Nos admirarán, seremos sus dioses, una
vez sobre nuestros hombros la carga de su libertad, una
vez que hayamos aceptado el cetro que —¡tanto será el
miedo que la libertad acabará por inspirarles!— nos
ofrecerán. Y reinaremos en tu nombre, sin dejarte acercar
a nosotros. Esta impostura, esta necesaria mentira,
constituirá nuestra cruz.
Como ves,
la primera de la tres preguntas encerraba el secreto del
mundo. ¡Y tú la desdeñaste! Ponías la libertad por encima
de todo, cuando, si hubieras consentido en tornar panes
las piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y
unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo. El
más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante
quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza
incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una
comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo
sea de un culto universal; quiere una religión común. Y
esa necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el
principio de los siglos, el mayor tormento individual y
colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los
hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y
le ha dicho a su vecino: "¡Adora a mi dios o te mato!" Y
así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán
desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo
por los ídolos lo que ha hecho por los dioses. Tú no
ignorabas ese secreto fundamental de la naturaleza humana
y, no obstante, rechazaste la única bandera que te hubiera
asegurado la sumisión de todos los hombres: la bandera del
pan terrestre; la rechazaste en nombre del pan celestial y
de la libertad, y en nombre de la libertad seguiste
obrando hasta tu muerte. No hay, te repito, un afán más
vivo en el hombre que encontrar en quien delegar la
libertad de que nace dotada tan miserable criatura. Sin
embargo, para obtener la ofrenda de la libertad de los
hombres, hay que darles la paz de la conciencia. El hombre
se hubiera inclinado ante ti si le hubieras dado pan,
porque el pan es una cosa incontestable; pero si, al mismo
tiempo, otro se hubiera adueñado de la conciencia humana,
el hombre hubiera dejado tu pan para seguirle. En eso,
tenías razón; el secreto de la existencia humana consiste
en la razón, en el motivo de la vida. Si el hombre no
acierta a explicarse por qué debe vivir preferirá morir a
continuar esta existencia sin objeto conocido, aunque
disponga de una inmensa provisión de pan. Pero ¿de qué te
sirvió el conocer esa verdad? En vez de coartar la
libertad humana, le quitaste diques, olvidando, sin duda,
que a la libertad de elegir entre el bien y el mal el
hombre prefiere la paz, aunque sea la de la muerte. Nada
tan caro para el hombre como el libre albedrío, y nada,
también, que le haga sufrir tanto. Y, en vez de formar tu
doctrina de principios sólidos que pudieran pacificar
definitivamente la conciencia humana, la formaste de
cuanto hay de extraordinario, vago, conjetural, de cuanto
traspasa los límites de las fuerzas del hombre, a quien,
¡tú que diste la vida por él!, diríase que no amabas. Al
quitarle diques a su libertad, introdujiste en el alma
humana nuevos elementos de dolor. Querías ser amado con un
libre amor, libremente seguido. Abolida la dura ley
antigua, el hombre debía, sin trabas, sin más guía que tu
ejemplo, elegir entre el bien y el mal. ¿No se te ocurrió
que acabarías por desacatar incluso tu ejemplo y tu
verdad, abrumado bajo la terrible carga de la libre
elección, y que gritaría: "Si Él hubiera poseído la
verdad, no hubiera dejado a sus hijos sumidos en una
perplejidad tan horrible, envueltos en tales tinieblas?"
Tú mismo preparaste tu ruina: no culpes a nadie. Si
hubieras escuchado lo que se te proponía... Hay sobre la
tierra tres únicas fuerzas capaces de someter para siempre
la conciencia de esos seres débiles e indómitos
—haciéndoles felices—: el milagro, el misterio y la
autoridad. Y tú no quisiste valerte de ninguna. El
Espíritu terrible te llevó a la almena del templo y te
dijo: "¿Quieres saber si eres el Hijo de Dios? Déjate caer
abajo, porque escrito está que los ángeles te tomarán en
las manos." Tú rechazaste la proposición, no te dejaste
caer. Demostraste con ello el sublime orgullo de un dios;
¡pero los hombres, esos seres débiles, impotentes, no son
dioses! Sabías que, sólo con intentar precipitarte,
hubieras perdido la fe en tu Padre, y el gran Tentador
hubiera visto, regocijadísimo, estrellarse tu cuerpo en la
tierra que habías venido a salvar. Mas, dime, ¿hay muchos
seres semejantes a ti? ¿Pudiste pensar un solo instante
que los hombres serían capaces de comprender tu
resistencia a aquella tentación? La naturaleza humana no
es bastante fuerte para prescindir del milagro y
contentarse con la libre elección del corazón, en esos
instantes terribles en que las preguntas vitales exigen
una respuesta. Sabías que tu heroico silencio sería
perpetuado en los libros y resonaría en lo más remoto de
los tiempos, en los más apartados rincones del mundo. Y
esperabas que el hombre te imitaría y prescindiría de los
milagros, como un dios, siendo así que, en su necesidad de
milagros, los inventa y se inclina ante los prodigios de
los magos y los encantamientos de los hechiceros, aunque
sea hereje o ateo.
Cuando te
dijeron, por mofa: "¡Baja de la cruz y creeremos en ti!",
no bajaste. Entonces, tampoco quisiste someter al hombre
con el milagro, porque lo que deseabas de él era una
creencia libre, no violentada por el prestigio de lo
maravilloso; un amor espontáneo, no los transportes
serviles de un esclavo aterrorizado. En esa ocasión, como
en todas, obraste inspirándote en una idea del hombre
demasiado elevada: ¡es esclavo, aunque haya sido creado
rebelde! Han pasado quince siglos: ve y juzga. ¿A quién
has elevado hasta ti? El hombre, créeme, es más débil y
más vil de lo que tú pensabas. ¿Puede, acaso, hacer lo que
tú hiciste? Le estimas demasiado y sientes por él
demasiado poca piedad; le has exigido demasiado, tú que le
amas más que a ti mismo. Debías estimarle menos y exigirle
menos. Es débil y cobarde. El que hoy se subleve en todas
partes contra nuestra autoridad y se enorgullezca de ello,
no significa nada. Sus bravatas son hijas de una vanidad
de escolar. Los hombres son siempre unos chiquillos: se
sublevan contra el profesor y le echan del aula; pero la
revuelta tendrá un término y les costará cara a los
revoltosos. No importa que derriben templos y
ensangrienten la tierra: tarde o temprano, comprenderán la
inutilidad de una rebelión que no son capaces de sostener.
Verterán estúpidas lágrimas; pero, al cabo, comprenderán
que el que les ha creado rebeldes les ha hecho objeto de
una burla y lo gritarán, desesperados. Y esta blasfemia
acrecerá su miseria, pues la naturaleza humana, demasiado
mezquina para soportar la blasfemia, se encarga ella misma
de castigarla.
La
inquietud, la duda, la desgracia: he aquí el lote de los
hombres por quienes diste tu sangre. Tu profeta dice que,
en su visión simbólica, vio a todos los partícipes de la
primera resurrección y que eran doce mil por cada
generación. Su número no es corto, si se considera que
supone una naturaleza más que humana el llevar tu cruz, el
vivir largos años en el desierto, alimentándose de raíces
y langostas; y puedes, en verdad, enorgullecerte de esos
hijos de la libertad, del libre amor, estar satisfecho del
voluntario y magnífico sacrificio de sí mismos, hecho en
tu nombre. Pero no olvides que se trata sólo de algunos
miles y, más que de hombres, de dioses. ¿Y el resto de la
Humanidad? ¿Qué culpa tienen los demás, los débiles
humanos, de no poseer la fuerza sobrenatural de los
fuertes? ¿Qué culpa tiene el alma feble de no poder
soportar el peso de algunos dones terribles? ¿Acaso
viniste tan sólo por los elegidos? Si es así, lo
importante no es la libertad ni el amor, sino el misterio,
el impenetrable misterio. Y nosotros tenemos derecho a
predicarles a los hombres que deben someterse a él sin
razonar, aun contra los dictados de su conciencia. Y eso
es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra; la hemos
basado en el "milagro", el "misterio" y la "autoridad". Y
los hombres se han congratulado de verse de nuevo
conducidos como un rebaño y libres, por fin, del don
funesto que tantos sufrimientos les ha causado. Di, ¿hemos
hecho bien? ¿Se nos puede acusar de no amar a la
Humanidad? ¿No somos nosotros los únicos que tenemos
conciencia de su flaqueza; nosotros que, en atención a su
fragilidad, la hemos autorizado hasta para pecar, con tal
de que nos pida permiso? ¿Por qué callas? ¿Por qué te
limitas a mirarme con tus dulces y penetrantes ojos? ¡No
te amo y no quiero tu amor; prefiero tu cólera! ¿Y para
qué ocultarte nada? Sé a quién le hablo. Conoces lo que
voy a decirte, lo leo en tus ojos... Quizá quieras oír
precisamente de mi boca nuestro secreto. Oye, pues: no
estamos contigo, estamos con Él...; nuestro secreto es
ése. Hace mucho tiempo —¡ocho siglos!— que no estamos
contigo, sino con Él. Hace ocho siglos que recibimos de Él
el don que tú, cuando te tentó por tercera vez mostrándote
todos los reinos de la tierra, rechazaste indignado;
nosotros aceptamos y, dueños de Roma y la espada de César,
nos declaramos los amos del mundo. Sin embargo, nuestra
conquista no ha acabado aún, está todavía en su etapa
inicial, falta mucho para verla concluida; la tierra ha de
sufrir aún durante mucho tiempo; pero nosotros
conseguiremos nuestro objeto, seremos el César y,
entonces, nos preocuparemos de la felicidad universal. Tú
también pudiste haber tomado la espada de César; ¿por qué
rechazaste tal don? Aceptándole, hubieras satisfecho todos
los anhelos de los hombres sobre la tierra, les hubieras
dado un amo, un depositario de su conciencia y, a la vez,
un ser en torno a quien unirse, formando un inmenso
hormiguero, ya que la necesidad de la unión universal es
otro de los tres supremos tormentos de la Humanidad. La
Humanidad siempre ha tendido a la unidad mundial. Cuanto
más grandes y gloriosos, más sienten los pueblos ese
anhelo. Los grandes conquistadores, los Tamerlán, los
Gengis Kan, que recorren la tierra como un huracán
devastador, obedecen, de un modo inconsciente, a esa
necesidad. Tomando la púrpura de César, hubieras fundado
el imperio universal, que hubiera sido la paz del mundo.
Pues, ¿quién debe reinar sobre los hombres sino el que es
dueño de sus conciencias y tiene su pan en las manos?
Tomamos la
espada de César y, al hacerlo, rompimos contigo y nos
unimos a Él. Aún habrá siglos de libertinaje intelectual,
de pedantería y de antropofagia —los hombres, luego de
erigir, sin nosotros, su Torre de Babel, se entregarán a
la antropofagia—; pero la bestia acabará por arrastrarse
hasta nuestros pies, los lamerá y los regará con lágrimas
de sangre. Y nosotros nos sentaremos sobre la bestia y
levantaremos una copa en la que se leerá la palabra
"Misterio". Y entonces, sólo entonces, empezará para los
hombres el reinado de la paz y de la dicha. Tú te
enorgullecerás de tus elegidos, pero son una minoria:
nosotros les daremos el reposo y la calma a todos. Y aun
de esa minoría, aun de entre esos "fuertes" llamados a ser
de los elegidos, ¡cuántos han acabado y acabarán por
cansarse de esperar, cuántos han empleado y emplearán
contra ti las fuerzas de su espíritu y el ardor de su
corazón en uso de la libertad de que te son deudores!
Nosotros les daremos a todos la felicidad, concluiremos
con las revueltas y matanzas originadas por la libertad.
Les convenceremos de que no serán verdaderamente libres,
sino cuando nos hayan confiado su libertad. ¿Mentiremos?
¡No! Y bien sabrán ellos que no les engañamos, cansados de
las dudas y de los terrores que la libertad lleva consigo.
La independencia, el libre pensamiento y la ciencia
llegarán a sumirles en tales tinieblas, a espantarlos con
tales prodigios y exigencias, que los menos suaves y
dóciles se suicidarán; otros, también indóciles, pero
débiles y violentos, se asesinarán, y otros —los más—,
rebaño de cobardes y de miserables, gritarán a nuestros
pies: "¡Sí, tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto
y volvemos a vosotros! ¡Salvadnos de nosotros mismos!"
No se les
ocultará que el pan —obtenido con su propio trabajo, sin
milagro alguno— que reciben de nosotros se lo tomamos
antes nosotros a ellos para repartírselo, y que no
convertimos las piedras en panes. Pero, en verdad, más que
el pan en sí, lo que les satisfará es que nosotros se lo
demos. Pues verán que, si no convertimos las piedras en
panes, tampoco los panes se convierten, vuelto el hombre a
nosotros, en piedras. ¡Comprenderán, al cabo, el valor de
la sumisión! Y mientras no lo comprendan, padecerán.
¿Quién, dime, quién ha puesto más de su parte para que
dejen de padecer? ¿Quién ha dividido el rebaño y le ha
dispersado por extraviados andurriales? Las ovejas se
reunirán de nuevo, el rebaño volverá a la obediencia y ya
nada le dividirá ni lo dispersará. Nosotros, entonces, les
daremos a los hombres una felicidad en armonía con su
débil naturaleza, una felicidad compuesta de pan y
humildad. Sí, les predicaremos la humildad, no como Tú, el
orgullo. Les probaremos que son débiles niños, pero que la
felicidad de los niños tiene particulares encantos. Se
tornarán tímidos, no nos perderán nunca de vista y se
estrecharán contra nosotros como polluelos que buscan el
abrigo del ala materna. Nos temerán y nos admirarán. Les
enorgullecerá el pensar la energía y el genio que habremos
necesitado para domar a tanto rebelde. Les asustará
nuestra cólera, y sus ojos, como los de los niños y los de
las mujeres, serán fuentes de lágrimas. ¡Pero con qué
facilidad, a un gesto nuestro, pasarán del llanto a la
risa, a la suave alegría de los niños! Les obligaremos,
¿qué duda cabe?, a trabajar; pero los organizaremos, para
sus horas de ocio, una vida semejante a los juegos de los
niños, mezcla de canciones, coros inocentes y danzas.
Hasta les permitiremos pecar —¡su naturaleza es tan flaca!
Y, como les permitiremos pecar, nos amarán con un amor
sencillo, infantil. Les diremos que todo pecado cometido
con nuestro permiso será perdonado, y lo haremos por amor,
pues, de sus pecados, el castigo será para nosotros y el
placer para ellos. Y nos adorarán como a bienhechores. Nos
lo dirán todo y, según su grado de obediencia, les
permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o
sus amantes y les consentiremos o no les consentiremos
tener hijos. Y nos obedecerán, muy contentos. Nos
someterán los más penosos secretos de su conciencia, y
nosotros decidiremos en todo y por todo; y ellos acatarán,
alegres, nuestras sentencias, pues les ahorrarán el cruel
trabajo de elegir y de determinarse libremente.
Todos los
millones de seres humanos serán así felices, salvo unos
cien mil, salvo nosotros, los depositarios del secreto.
Porque nosotros seremos desgraciados. Los felices se
contarán por miles de millones, y habrá cien mil mártires
del conocimiento, exclusivo y maldito, del bien y del mal.
Morirán en paz pronunciando tu nombre, y, más allá de la
tumba, sólo verán la oscuridad de la muerte. Sin embargo,
nos lo callaremos; embaucaremos a los hombres, por su
bien, con la promesa de una eterna recompensa en el cielo,
a sabiendas de que, si hay otro mundo, no ha sido, de
seguro, creado para ellos. Se vaticina que volverás,
rodeado de tus elegidos, y que vencerás; tus héroes sólo
podrán envanecerse de haberse salvado a sí mismos,
mientras que nosotros habremos salvado al mundo entero. Se
dice que la fornicadora, sentada sobre la bestia y con la
"copa del misterio" en las manos, será afrentada y que los
débiles se sublevarán por vez postrera, desgarrarán su
púrpura y desnudarán su cuerpo impuro. Pero yo me
levantaré entonces y te mostraré los miles de millones de
seres felices que no han conocido el pecado. Y nosotros
que, por su bien, habremos asumido el peso de sus culpas,
nos alzaremos ante ti, diciendo: "¡Júzganos, si puedes y
te atreves!" No te temo. Yo también he estado en el
desierto; yo también me he alimentado de langostas y
raíces; yo también he bendecido la libertad que les diste
a los hombres y he soñado con ser del número de los
fuertes. Pero he renunciado a ese sueño, he renunciado a
tu locura para sumarme al grupo de los que corrigen tu
obra. He dejado a los orgullosos para acudir en socorro de
los humildes. Lo que te digo se realizará; nuestro imperio
será un hecho. Y te repito que mañana, a una señal mía,
verás a un rebaño sumiso echar leña a la hoguera donde te
haré morir, por haber venido a perturbarnos. ¿Quién más
digno que Tú de la hoguera? Mañana te quemaré. Dixi.
El
inquisidor calla. Espera unos instantes la respuesta del
preso. Aquel silencio le turba. El preso le ha oído, sin
dejar de mirarle a los ojos, con una mirada fija y dulce,
decidido evidentemente a no contestar nada. El anciano
hubiera querido oír de sus labios una palabra, aunque
hubiera sido la más amarga, la más terrible. Y he aquí que
el preso se le acerca en silencio y da un beso en sus
labios exangües de nonagenario. ¡A eso se reduce su
respuesta! El anciano se estremece, sus labios tiemblan;
se dirige a la puerta, la abre y dice:
—¡Vete y
no vuelvas nunca..., nunca!
Y le
deja salir a las tinieblas de la ciudad. El preso se
aleja.
ir arriba
|