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H. A.
MURENA

H. A. Murena
(1923/1975) nació
en Buenos Aires en 1923. De familia modesta sin
antecedentes intelectuales, ingresó al Liceo
Militar y luego a la Universidad de La Plata y
Buenos Aires en las carreras de ingeniería y
filosofía respectivamente sin terminar ninguna.
Lee con la voracidad de los
autodidactas y se vincula con intelectuales y
personalidades del mundo literario, entre ellas
Alberto Girri. Desde Primer Testamento
(cuentos, 1946) su producción no se interrumpe
(poesía ensayo, novela, cuento y teatro).
Colabora en Sur y La Nación en Buenos
Aires y Monte Ávila de Caracas. Codirigió la
Colección de estudios alemanes que difundió
autores como: Jürgen Habermass, Theodor Adorno,
Herbert Marcuse y Max Horkenheimer, entre otros.
Tradujo a Walter Benjamín durante los
60 en intervino en la realización de los Ensayos
Escogidos (1967) de la editorial Sur (Baudelaire,
Kafka, Potemkin, entre otros).
Su fervor lo empujó a polemizar en
temas que caracterizaron la intelectualidad de la
época completando un quehacer encomiable que,
curiosamente, ingresa en un injusto olvido a partir
de su muerte.
A fines de los 80 comienza a
mencionarse su nombre y se recopilan sus diálogos
radiales compilados por Sara Gallardo y su
interlocutor D.J.Voguelman editados bajo el nombre El secreto claro (1978).
Su paso fue fugaz pero su trabajo,
sobre todo su poesía perdura conmoviéndonos entre
otras cosas por su fervorosa defensa de la
diversidad como única redención. ¿Qué es la
dispersión del hombre sino diversidad? Y en ese
alegato sostiene la necesidad de una reafirmación
americana desprovista de falsas identidades
europeas.
La antología de su obra se publicó
bajo el nombre Visiones de Babel. Otros
títulos: El juez (teatro, 1953), El pecado
original de América (1954) Homo atomicus
(1961), Ensayos sobre subversión (1962) y
El nombre secreto (1969), La cárcel de la
mente (1971), La metáfora y lo sagrado (1973).
Poesía: La vida nueva (1951), El círculo de los paraísos (1958), El
escándalo y el fuego (1959), Relámpago
de la duración (1962), El demonio de la
armonía (1964), F.G. Un bárbaro entre
la belleza (1972) y El águila que desaparece
(1975).
Novelística: Historia de un
día, incluye: La Fatalidad de los
Cuerpos (1955), Las Leyes de la Noche
(1958), Los Herederos de la Promesa (1965),
Epitalámica (1969), Polispuercón (1970), Caína Muerte (1971) y Folisofía
(1976).
Agobiado por el alcohol murió de un
paro cardíaco en 1975.
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¿Cuánto
tiempo llevaba encerrado?
La mañana
de mayo, velada por la neblina en que había ocurrido
aquello, le resultaba tan irreal como el día de su
nacimiento, ese hecho acaso más cierto que ninguno, pero
que sólo atinamos a recordar como una increíble idea.
Cuando descubrió, de improviso, el dominio secreto e
impresionante que el otro ejercía sobre ella, se decidió a
hacerlo. Se dijo que quizás iba a obrar en nombre de ella,
para librarla de una seducción inútil y envilecedora. Sin
embargo, pensaba en sí mismo, seguía un camino iniciado
mucho antes. Y aquella mañana, al salir de esa casa,
después que todo hubo ocurrido, vio que el viento había
expulsado la neblina, y, al levantar la vista ante la
claridad enceguecedora, observó en el cielo una nube negra
que parecía una enorme araña huyendo por un campo de
nieve. Pero lo que nunca olvidaría era que a partir de ese
momento el gato del otro, ese gato del que su dueño se
había jactado de que jamás lo abandonaría, empezó a
seguirlo, con cierta indiferencia, con paciencia casi ante
sus intentos iniciales por ahuyentarlo, hasta que se
convirtió en su sombra.
Encontró
esa pensionsucha, no demasiado sucia ni incómoda, pues aún
se preocupaba por ello. El gato era grande y musculoso, de
pelaje gris, en partes de un blanco sucio. Causaba la
sensación de un dios viejo y degradado, pero que no ha
perdido toda la fuerza para hacer daño a los hombres; no
les gustó, lo miraron con repugnancia y temor, y, con la
autorización de su accidental amo, lo echaron. Al día
siguiente, cuando regresó a su habitación, encontró al
gato instalado allí; sentado en el sillón; levantó apenas
la cabeza, lo miró y siguió dormitando. Lo echaron por
segunda vez, y volvió meterse en la casa, en la pieza, sin
que nadie supiera cómo. Así ganó la partida, porque desde
entonces la dueña de la pensión y sus acólitos renunciaron
a la lucha.
¿Se
concibe que un gato influya sobre la vida de un hombre,
que consiga modificarla?
Al
principio él salía mucho; los largos hábitos de una vida
regalada hacían que aquella habitación, con su lamparita
de luz amarillenta y débil, que dejaba en la sombra muchos
rincones, con sus muebles sorprendentemente feos y
desvencijados si se los miraba bien, con las paredes
cubiertas por un papel listeado de colores chillones le
resultaba poco tolerable. Salía y volvía más inquieto;
andaba por las calles, andaba, esperando que el mundo le
devolviera una paz ya prohibida. El gato no salía nunca.
Una tarde que él estaba apurado por cambiarse y presenció
desde la puerta cómo limpiaba la habitación la sirvienta,
comprobó que ni siquiera en ese momento dejaba la pieza: a
medida que la mujer avanzaba con su trapo y su plumero, se
iba desplazando hasta que se instalaba en un lugar
definitivamente limpio; raras veces había descuidos, y
entonces la sirvienta soltaba un chistido suave, de
advertencia, no de amenaza, y el animal se movía. ¿Se
resistía a salir por miedo de que aprovecharan la ocasión
para echarlo de nuevo o era un simple reflejo de su
instinto de comodidad? Fuera lo que fuese, él decidió
imitarlo, aunque para forjarse una especie de sabiduría
con lo que en el animal era miedo o molicie.
En su plan
figuraba privarse primero de las salidas matutinas y luego
también de las de la tarde; y, pese a que al principio le
costó ciertos accesos de sorda nerviosidad habituarse a
los encierros, logró cumplirlo. Leía un librito de tapas
negras que había llevado en el bolsillo; pero también se
paseaba durante horas por la pieza, esperando la noche, la
salida. El gato apenas si lo miraba; al parecer tenía
suficiente con dormir, comer y lamerse con su rápida
lengua. Una noche muy fría, sin embargo, le dio pereza
vestirse y no salió; se durmió enseguida. Y a partir de
ese momento todo le resultó sumamente fácil, como si
hubiese llegado a una cumbre desde la que no tenía más que
descender. Las persianas de su cuarto sólo se abrieron
para recibir la comida; su boca, casi únicamente para
comer. La barba le creció, y al cabo puso también fin a
las caminatas por la habitación.
Tirado por
lo común en la cama, mucho más gordo, entró en un período
de singular beatitud. Tenía la vista casi siempre fija en
las polvorientas rosetas de yeso que ornaban el cielo
raso, pero no las distinguía, porque su necesidad de ver
quedaba satisfecha con los cotidianos diez minutos de
observación de las tapas del libro. Como si se hubieran
despertado en él nuevas facultades, los reflejos de la luz
amarillenta de la bombita sobre esas tapas negras le
hacían ver sombras tan complejas, matices tan sutiles que
ese solo objeto real bastaba para saturarlo, para sumirlo
en una especie de hipnotismo. También su olfato debía
haber crecido, pues los más leves olores se levantaban
como grandes fantasmas y lo envolvían, lo hacían imaginar
vastos bosques violáceos, el sonido de las olas contra las
rocas. Sin saber por qué comenzó a poder contemplar
agradables imágenes: la luz de la lamparita —eternamente
encendida— menguaba hasta desvanecerse, y, flotando en los
aires, aparecían mujeres cubiertas por largas vestimentas,
de rostro color sangre o verde pálido, caballos de piel
intensamente celeste...
El gato,
entretanto, seguía tranquilo en su sillón.
Un día oyó
frente a su puerta voces de mujeres. Aunque se esforzó, no
pudo entender qué decían, pero los tonos le bastaron. Fue
como si tuviera una enorme barriga fofa y le clavaran en
ella un palo, y sintiera el estímulo, pero tan remoto,
pese a ser sumamente intenso, que comprendiese que iba a
tardar muchas horas antes de poder reaccionar. Porque una
de las voces correspondía a la dueña de la pensión, pero
la otra era la de ella, que finalmente debía haberlo
descubierto.
Se sentó
en la cama. Deseaba hacer algo, y no podía.
Observó al
gato: también él se había incorporado y miraba hacia la
persiana, pero estaba muy sereno. Eso aumentó su sensación
de impotencia.
Le latía
el cuerpo entero, y las voces no paraban. Quería hacer
algo. De pronto sintió en la cabeza una tensión tal que
parecía que cuando cesara él iba a deshacerse, a
disolverse.
Entonces
abrió la boca, permaneció un instante sin saber qué
buscaba con ese movimiento, y al fin maulló, agudamente,
con infinita desesperación, maulló
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