SHRUTI ELENA TOLA

Shruti Elena Tola (1966 / ...)
nació en Nueva Delhi pero llega a Buenos Aires a la edad de cuatro años. Hija de un reconocido investigador de las filosofías orientales, desde su infancia recibió los rudimentos de una literatura clásica. Lectora insaciable, a la edad de doce años escribiría su primer cuento.

Ya perfilada su inclinación literaria no sería sin embargo la suya, a raíz de ciertos cambios drásticos en el entorno familiar y su marco socioeconómico, una vida dedicada a la participación en foros y concursos. No obstante, sus breves acercamientos al mundo literario, en 1991 fue seleccionada por la Bienal de Arte Joven de la Municipalidad de Buenos Aires en el género Poesía, y participó con cuentos en algunas antologías de pequeñas editoriales.

Luego de desarrollar diversas actividades y verse en la necesidad de abandonar la carrera de Psicología, los apremios económicos menguaron cuando comenzó a desempeñarse como colaboradora en el suplemento cultural del diario La Prensa en 1994. Allí fueron publicados su cuento “A cualquier parte” y la poesía titulada “Día”.

En muchos de sus cuentos el elemento fantástico se traduce como apertura para la descripción de situaciones humanas en donde la soledad, la crueldad, la insatisfacción y el desamparo, se combinan en una prosa no exenta de recursos poéticos. Sin pretensiones ni bizantinismos, el mundo que Shruti nos propone está sustentado en la realidad cruda de hechos límite e íntimos que nos definen.

Actualmente reside en Buenos Aires en donde, como cualquier madre de dos hijas pequeñas, continúa con sus actividades literarias combinando su horario de trabajo, los deberes de colegio y las recetas de cocina.

 

 

 

 

UN DESGARRO DE PLUMAS PARA EL JUEVES

 

Desde el baño pudo sentir las voces y la respiración entrecortada subiendo por la escalera.

—Che Larva, ¿la viste a la pecosa?

—Hace días que no la veo asomar el hocico.

Marina apoyó la mejilla contra el embaldosado frío. Recordó el viento tibio embolsando las hojas de los árboles en el final de la vereda mientras Pablo la miraba a la cara como si llo­viera, como si todavía pudiera llover a esa altura del sol y la mañana, y entonces meterse en la cama a escuchar Vivaldi y comer buñuelos.

El tren sale a las doce —le había dicho en un susurro y ella lo vio como se alejaba, despacio, hacia el final de la vereda donde esta­ban las hojas, y Marina supo que las hojas nunca volve­rían a tener ese color.

—¿Escuchás algo Larva?

—Nada, desapareció como una rata.

—Ratita con tetitas!!!

Marina escuchó las risas y pensó que Pablo volvería como le había dicho, pero tal vez enton­ces sería demasiado tarde, porque eso que llevaba adentro no paraba de crecer y los aletazos le llegaban casi a las costillas, cada vez más fuertes, hasta que no quedaba otra que apoyar el vientre contra las baldosas o morderse las ma­nos, cualquier cosa que calmara esa furia que partía en dos la oscuridad de sus entrañas.

¿Por qué un pájaro?, había gritado Marina  el día en que la cer­teza, la certeza de que eso era un pájaro, la había cacheteado de arriba abajo, el corazón y los pulmones, sin dejarle lugar a réplica. Por qué un pájaro alojado allí, en su centro, donde alguna vez pensó que crecería un niño, y la respuesta le llegó como imágenes y voces confundidas en el agua del recuerdo.

Su madre detestaba a los pájaros, su abuela detestaba a los pája­ros. Allí en su pueblo, en el jardín de la casa, oscurecían el día con sus alas, trazaban vuelos continuos alrededor de las ventanas poblando de graznidos el silencio de los atardeceres. El único que se complacía con los pájaros era el padre. Les daba de comer, dejaba migas de pan que los atraían en bandadas, y ante las pro­testas de la abuela hacía resonar una carcajada violenta.

El padre se había vuelto cruel —decía la abuela—. Los hombres crueles y los pájaros son una sola cosa —decía la abuela—. Los hombres crueles tienen un vínculo tan estrecho con los pája­ros que son capaces de engendrar pájaros. Los hombres crueles son ca­paces de engendrar pá­jaros…

La madre no dejaba que el padre entrara al cuarto, pero una no­che el padre forzó la puerta y Marina recuerda que a partir de esa noche en la que se mantuvo despierta a causa de los gri­tos que se escuchaban a través de las paredes, la madre no volvió a salir del cuarto y sus ge­midos tajeaban el aire como cuchillos encerrados.

—Abuela ¿mi papá dejó un pájaro adentro de mamá?

Entonces la abuela repitió: Los hombres crueles tienen un vínculo tan estrecho con los pája­ros que son capaces de engendrar pája­ros.

—Abuela, ¿mi mamá va a tener un bebé pájaro?

El olor del pan recién horneado por la abuela le daba ganas de llorar.

—Sólo él podrá sacarlo de allí adentro cuando tu mamá lo deje entrar —y luego, mirándola a los ojos, con voz lenta—. Sólo ellos pueden sacar de adentro lo que adentro depositaron.

Sólo ellos pueden sacar de adentro lo que adentro depositaron…

Marina se enderezó lentamente y bebió de un trago el whisky que quedaba en el vaso… Si ese día no hubiera bebido… Ellos estaban en la plaza tomando cerveza y la habían invitado a sentarse. La tarde era calurosa y el aire limpio se llenaba de palo­mas… Simplemente se había deslizado en el asiento porque era tan fácil quedarse allí, sin volver al departamento y a Pablo al final de la vereda, y después aceptar la cerveza que pasaba de mano en mano y reír tonta­mente, sin procurar entender las miradas tor­vas, el remolino de manos que la arrastró a la puerta del edificio con delicadeza y la alzó al rellano de la escalera como si ella tu­viera es­queleto de plumas, cuando en realidad el aire se estaba volviendo pesado y turbio, con algo de mercurio entre las pestañas y los ojos desmesuradamente abiertos. Alguien había roto su pollera y el elástico de la bombacha le lastimaba la cadera, y podía ver el mercurio ascendiendo en el termómetro ahora que su cuerpo transpiraba y se retorcía bajo las manos y las piernas en un grito que se volvía de piedra adentro de su estómago y no llegaba a la boca, tapada con una cosa áspera y mojada. Sintió eso ca­liente hurgando entre las piernas y las lágrimas que le mojaban las orejas hasta que una bruma desconocida le cerró los ojos.

Cuánto tiempo habría transcurrido hasta que los abrió… Estaba allí, mojada y pegoteada y sucia con la súbita conciencia del dolor, el dolor en todo el cuerpo y en el sexo, pero sobre todo ahí, en la bola, en la piedra adentro de su estómago.

Entró a su casa y sirvió el whisky y fumó. Toda la noche y todo el día con los ojos clavados en la punta de los dedos, hasta que se quedó dormida y cuando despertó sintió los aletazos, el desgarro de plumas al lado de la piedra, la bola de mercurio en el centro de su fiebre empu­jándola para siempre al baño, al frío alivio del em­baldosado.

Marina recordaba todo cuando sentía las voces en la escalera o se mordía las manos, pero prefería pintar en la pared los colores del otoño y de las hojas hasta que se le nublaba la vista, entonces sí que parecía que nunca había dejado de llover.

Sonó el teléfono cuando dejó el vaso de whisky para mirarse el pubis en donde sintió un ara­ñazo opaco, débil, que despertó la totalidad de sus sentidos.

—Hola.

—¿Marina?

La voz de Pablo le llegó desde muy lejos, a través de un paisaje con puentes.

—¿Pablo?

—Mi amor, escuchame, el jueves estoy llegando a Buenos Aires.

¿El jueves? El jueves era lejos.

—¿Escuchaste?  ¿Estás bien?

—Sí…

De pronto se produjo un ruido en la línea y la llamada se cortó. Se quedó parada con el cable del teléfono enroscado en los dedos y la pregunta de Pablo resonando todavía en sus oídos, como un eco: “¿Estás bien... ?, ¿Estás bien... ?” y ese mismo eco le daba la sen­sación de ser transportada por el cuarto como si estuviera parada en una rampa mecánica, con el riesgo de bajar los ojos y ma­rearse, clavada a mirar primero la ventana, la repisa casi vacía, la mesa y el sofá, sintiendo la inmovilidad de sus piernas y el silencio de las paredes con una precisión casi dolorosa...

“¿Estás bien...?”, y esa pregunta era Pablo en el final, en el final de la rampa, o en el final de la vereda, y ella sacudiéndose el pelo como si del pelo pudieran caer hojas y, despertarse, por fin, para decirle a Pablo: “Hoy podríamos dar un paseo por el centro, o co­mer churros, o en­trar a cualquier cine cuando la luz se borre y haga frío”.

Sintió frío, frío de metal o de hojalata. Corrió hacia el baño y se sentó sin la bombacha frente al espejo. Una línea roja, apenas perceptible, se dejaba traslucir debajo del vello. Marina be­bió de un trago el líquido que le quedaba en el vaso y canturreó, despacito, como si alguien la pudiera oír: “Se está emborrachando y me las­tima. Seguro que está borracho y ya quiere sa­lir”

Las voces sonaron nuevamente en el pasillo.

—Está adentro Larva, como un conejito asustado.

—¡Habrá que hacerla salir!

Marina encendió un cigarrillo y pensó jueves y llegar a jueves y ellos allá afuera.

Las palabras de la abuela resonaron en su cabeza como una ex­tensión de la línea roja lasti­mando su pubis: “Sólo ellos pueden sacar de adentro lo que adentro depositaron...”

Sintió que su cabeza giraba y que sus ojos giraban pero ella no perdía el equilibrio, entonces abrió la puerta.

—Pasen

La miraron de arriba abajo. Con los ojos vacíos la miraron; y Ma­rina les ofreció sentarse y cigarrillos y whisky. Fumaron y bebieron en silencio hasta que Larva tajeó la tarde con una carcajada. Cule­bra lo miró y miró a Marina como si quisiera hablar pero no dijo nada. Marina se levantó y caminó hacia el cuarto. Sintió su propia respiración entrecortada acompañando cada aletazo en las costillas y en el pubis. Sintió el golpe en la espalda y el aliento de los dos arriba de su cara y las manos asidas a su pelo, pero ella es­taba en un día que se llamaba jueves; y los colores en la pared formaban figuras de gatos y campanas y unicornios, todas esas formas que alguna vez había imaginado mirando el contorno de las nubes y los charcos cuando caminaba de la mano de Pablo, hasta que sintió el alarido. No un alarido suyo, de eso estaba segura, un alarido o dos o tres, o más bien un aullido ininterrumpido, ondu­lante entre las sábanas y los cuerpos retorcidos. Se incorporó desde la fiebre y de la médula y de su pro­pio dolor en el desgarro del sexo para ver, para ver finalmente el remolino de plumas asom­brosamente negras, y patas y uñas, y la sangre oscura como la de su primera menstruación, cuando empezó a salir con Pablo y él le decía que jueves, que jueves siempre era un buen día para verse.

 

 

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