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GEORGE ORWELL

George Orewell (1903/1950), escritor
británico nacido en Motihari, India, en 1903, es
el seudónimo de Eric Arthur Blair. Se educó en el
Eton College de Inglaterra. Renuncia a los
estudios universitarios e integra la Policía
Imperial India en Birmania (1922/7).
De regreso a Inglaterra vive en la pobreza
abriéndose camino como escritor en París y
Londres. Relata sus penurias en Sin Blanca en
París y Londres (1933). En 1935 visita una zona
minera que inspira El camino de Wigan Pier (1936).
Su compromiso social y su identificación con la
izquierda definen entonces su propio camino.
Se casa con Eileen O’Shaughnessy y viaja a España
donde participa en la Guerra Civil en una milicia
del Partido Obrero y vuelca su experiencia bélica
en Homenaje a Cataluña (1938). Las luchas internas
lo desencantan al advertir que no hay distinción
entre capitalismo nazismo y stalinismo.
Rebelión en la granja (1945), basada en la
traición de Stalin a la revolución rusa es una
metáfora de la sociedad totalitaria. Concluida en
1943 debió esperar dos años para ser publicada a
raíz de la velada censura. Ningún editor
favorecería una crítica a Rusia, garantía política
entonces contra el fascismo.
Muere su esposa y el desencanto final lo lleva a
emprender su obra más ambiciosa, un verdadero
testamento literario que devino en modelo de la
literatura fantástica de carácter político. 1984
(1949) resulta una sátira brillante y aterradora
del poder mediante la vigilancia que impone Gran
Hermano sobre el pueblo.
1984, su obra cumbre, constituye una verdadera
distopía (por oposición a la utopía de Moro), en
la que se advierten los peligros de un mundo
manipulado antojadizamente por los resortes de un
poder omnímodo. Quienes han creído ver un fracaso
en esa literatura de anticipación, ¿no serán
víctimas de la “neolengua”?
Otros trabajos son Que vuele la aspidistra (1936),
Disparando al elefante y otros ensayos (1950), Así
fueron las alegrías (1953), Ensayos Completos:
Periodismo y Cartas (1968) compuesto de cuatro
volúmenes. También son de mencionar La marca, La
hija del reverendo, ¡Venciste Rosemary! y Subir a
por aire, en los que no ahorra crítica.
Con su salud quebrantada y recién casado con Sonia
Brownel, muere de tuberculosis el 21 de enero de
1950.
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Desde muy
corta edad, quizá desde los cinco o seis años, supe que
cuando fuese mayor sería escritor. Entre los diecisiete a
los veinticuatro años traté de abandonar ese propósito,
pero lo hacía dándome cuenta de que con ello traicionaba
mi verdadera naturaleza y que tarde o temprano habría de
ponerme a escribir libros.
Era yo el segundo de tres hermanos, pero me
separaban de cada uno de los dos cinco años, y apenas vi a
mi padre hasta que tuve ocho. Por ésta y otras razones me
hallaba solitario y pronto fui adquiriendo desagradables
hábitos que me hicieron impopular en mis años escolares.
Tenía la costumbre de chiquillo solitario de inventar
historias y sostener conversaciones con personas
imaginarias, y creo que desde el principio se mezclaron
mis ambiciones literarias con la sensación de estar
aislado y de ser menospreciado. Sabía que las palabras se
me daban bien, así como que podía enfrentarme con hechos
desagradables creándome una especie de mundo privado en el
que podía obtener ventajas a cambio de mi fracaso en la
vida cotidiana. Sin embargo, el volumen de escritos
serios, es decir, realizados con intención seria, que
produje en toda mi niñez y en mis años adolescentes, no
llegó a una docena de páginas. Escribí mi primer poema a
la edad de cuatro o cinco años (se lo dicté a mi madre).
Tan sólo recuerdo de esa "creación" que trataba de un
tigre y que el tigre tenía "dientes como de carne", frase
bastante buena, aunque imagino que el poema sería un
plagio de "Tigre, tigre", de Blake. A mis once años,
cuando estalló la guerra de 1914-1918, escribí un poema
patriótico que publicó el periódico local, lo mismo que
otro, de dos años después, sobre la muerte de Kitchener.
De vez en cuando, cuando ya era un poco mayor, escribí
malos e inacabados "poemas de la naturaleza" en estilo
georgiano. También, unas dos veces, intenté escribir una
novela corta que fue un impresionante fracaso. Ésa fue
toda la obra con aspiraciones que pasé al papel durante
todos aquellos años.
Sin embargo, en ese tiempo me lancé de
algún modo a las actividades literarias. Por lo pronto,
con material de encargo que produje con facilidad, rapidez
y sin que me gustara mucho. Aparte de los ejercicios
escolares, escribí vers d'occasion, poemas semicómicos que
me salían en lo que me parece ahora una asombrosa
velocidad —a los catorce escribí toda una obra teatral
rimada, una imitación de Aristófanes, en una semana
aproximadamente— y ayudé en la redacción de revistas
escolares, tanto en los manuscritos como en la impresión.
Esas revistas eran de lo más lamentablemente burlesco que
pueda imaginarse, y me molestaba menos en ellas de lo que
ahora haría en el más barato periodismo. Pero junto a todo
esto, durante quince años o más, llevé a cabo un ejercicio
literario: ir imaginando una "historia" continua de mí
mismo, una especie de diario que sólo existía en la mente.
Creo que ésta es una costumbre en los niños y
adolescentes. Siendo todavía muy pequeño, me figuraba que
era, por ejemplo, Robin Hood, y me representaba a mí mismo
como héroe de emocionantes aventuras, pero pronto dejó mi
"narración" de ser groseramente narcisista y se hizo cada
vez más la descripción de lo que yo estaba haciendo y de
las cosas que veía. Durante algunos minutos fluían por mi
cabeza cosas como estas: "Empujó la puerta y entró en la
habitación. Un rayo amarillo de luz solar, filtrándose por
las cortinas de muselina, caía sobre la mesa, donde una
caja de fósforos, medio abierta, estaba junto al tintero.
Con la mano derecha en el bolsillo, avanzó hacia la
ventana. Abajo, en la calle, un gato con piel de concha
perseguía una hoja seca", etc., etc. Este hábito continuó
hasta que tuve unos veinticinco años, cuando ya entré en
mis años literarios. Aunque tenía que buscar, y buscaba
las palabras adecuadas, daba la impresión de estar
haciendo contra mi voluntad ese esfuerzo descriptivo bajo
una especie de coacción que me llegaba del exterior.
Supongo que la "narración" reflejaría los estilos de los
varios escritores que admiré en diferentes edades, pero
recuerdo que siempre tuve la misma meticulosa calidad
descriptiva.
Cuando tuve unos dieciséis años descubrí de
repente la alegría de las palabras; por ejemplo, los
sonidos y las asociaciones de palabras. Unos versos de
Paraíso perdido, que ahora no me parecen tan maravillosos,
me producían escalofríos. En cuanto a la necesidad de
describir cosas, ya sabía a qué atenerme. Así, está claro
qué clase de libros quería yo escribir, si puede decirse
que entonces deseara yo escribir libros. Lo que más me
apetecía era escribir enormes novelas naturalistas con
final desgraciado, llenas de detalladas descripciones y
símiles impresionantes, y también llenas de trozos
brillantes en los cuales serían utilizadas las Palabras,
en parte, por su sonido. Y la verdad es que la primera
novela que llegué a terminar, Días de Birmania, escrita a
mis treinta años pero que había proyectado mucho antes, es
más bien esa clase de libro.
Doy toda esta información de fondo porque
no creo que se puedan captar los motivos de un escritor
sin saber antes su desarrollo al principio. Sus temas
estarán determinados por la época en que vive —por lo
menos esto es cierto en tiempos tumultuosos y
revolucionarios como el nuestro—, pero antes de empezar a
escribir habrá adquirido una actitud emotiva de la que
nunca se librará por completo. Su tarea, sin duda,
consistirá en disciplinar su temperamento y evitar
atascarse en una edad inmadura, o en algún perverso estado
de ánimo: pero si escapa de todas sus primeras
influencias, habrá matado su impulso de escribir. Dejando
aparte la necesidad de ganarse la vida, creo que hay
cuatro grandes motivos para escribir, por lo menos para
escribir prosa. Existen en diverso grado en cada escritor,
y concretamente en cada uno de ellos varían las
proporciones de vez en cuando, según el ambiente en que
vive. Son estos motivos:
1. El egoísmo agudo. Deseo de parecer
listo, de que hablen de uno, de ser recordado después de
la muerte, resarcirse de los mayores que lo despreciaron a
uno en la infancia, etc., etc. Es una falsedad pretender
que no es éste un motivo de gran importancia. Los
escritores comparten esta característica con los
científicos, artistas, políticos, abogados, militares,
negociantes de gran éxito, o sea con la capa superior de
la humanidad. La gran masa de los seres humanos no es
intensamente egoísta.
Después de los treinta años de edad
abandonan la ambición individual, muchos casi pierden
incluso la impresión de ser individuos y viven
principalmente para otros, o sencillamente los ahoga el
trabajo. Pero también está la minoría de los bien dotados,
los voluntariosos decididos a vivir su propia vida hasta
el final, y los escritores pertenecen a esta clase. Habría
que decir los escritores serios, que suelen ser más vanos
y egoístas que los periodistas, aunque menos interesados
por el dinero.
2. Entusiasmo estético. Percepción de la
belleza en el mundo externo o en las palabras y su
acertada combinación. Placer en el impacto de un sonido
sobre otro, en la firmeza de la buena prosa o el ritmo de
un buen relato. Deseo de compartir una experiencia que uno
cree valiosa y que no debería perderse. El motivo estético
es muy débil en muchísimos escritores, pero incluso un
panfletario o el autor de libros de texto tendrá palabras
y frases mimadas que le atraerán por razones no
utilitarias; o puede darle especial importancia a la
tipografía, la anchura de los márgenes, etc. Ningún libro
que esté por encima del nivel de una guía de ferrocarriles
estará completamente libre de consideraciones estéticas.
3. Impulso histórico. Deseo de ver las
cosas como son para hallar los hechos verdaderos y
almacenarlos para la posteridad.
4. Propósito político, y empleo la palabra
"político" en el sentido más amplio posible. Deseo de
empujar al mundo en cierta dirección, de alterar la idea
que tienen los demás sobre la clase de sociedad que
deberían esforzarse en conseguir. Insisto en que ningún
libro está libre de matiz político. La opinión de que el
arte no debe tener nada que ver con la política ya es en
sí misma una actitud política.
Puede verse ahora cómo estos varios
impulsos luchan unos contra otros y cómo fluctúan de una
persona a otra y de una a otra época. Por naturaleza
—tomando "naturaleza" como el estado al que se llega
cuando se empieza a ser adulto— soy una persona en la que
los tres primeros motivos pesan más que el cuarto. En una
época pacífica podría haber escrito libros ornamentales o
simplemente descriptivos y casi no habría tenido en cuenta
mis lealtades políticas. Pero me he visto obligado a
convertirme en una especie de panfletista. Primero estuve
cinco años en una profesión que no me sentaba bien (la
Policía Imperial India, en Birmania), y luego pasé pobreza
y tuve la impresión de haber fracasado. Esto aumentó mi
aversión natural contra la autoridad y me hizo darme
cuenta por primera vez de la existencia de las clases
trabajadoras, así como mi tarea en Birmania me había hecho
entender algo de la naturaleza del imperialismo: pero
estas experiencias no fueron suficientes para
proporcionarme una orientación política exacta. Luego
llegaron Hitler, la guerra civil española, etc.
Éstos y otros acontecimientos de 1936-1937
habían de hacerme ver claramente dónde estaba. Cada línea
seria que he escrito desde 1936 lo ha sido, directa o
indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del
socialismo democrático, tal como yo lo entiendo. Me parece
una tontería, en un periodo como el nuestro, creer que
puede uno evitar escribir sobre esos temas. Todos escriben
sobre ellos de un modo u otro. Es sencillamente cuestión
del bando que uno toma y de cómo se entra en él. Y cuanto
más consciente es uno de su propia tendencia política, más
probabilidades tiene de actuar políticamente sin
sacrificar la propia integridad estética e intelectual.
Lo que más he querido hacer durante los
diez años pasados es convertir los escritos políticos en
un arte. Mi punto de partida siempre es de partidismo
contra la injusticia. Cuando me siento a escribir un libro
no me digo: "Voy a hacer un libro de arte". Escribo porque
hay alguna mentira que quiero dejar al descubierto, algún
hecho sobre el que deseo llamar la atención. Y mi
preocupación inicial es lograr que me oigan. Pero no
podría realizar la tarea de escribir un libro, ni siquiera
un largo artículo de revista, si no fuera también una
experiencia estética. El que repase mi obra verá que
aunque es propaganda directa contiene mucho de lo que un
político profesional consideraría inmaterial. No soy
capaz, ni me apetece, de abandonar por completo la visión
del mundo que adquirí en mi infancia. Mientras siga vivo y
con buena salud seguiré concediéndole mucha importancia al
estilo en prosa, amando la superficie de la Tierra. Y
complaciéndome en objetos sólidos y trozos de información
inútil. De nada me serviría intentar suprimir ese aspecto
mío. Mi tarea consiste en reconciliar mis arraigados
gustos y aversiones con las actividades públicas, no
individuales, que esta época nos obliga a todos a
realizar.
No es fácil. Suscita problemas de
construcción y de lenguaje e implica de un modo nuevo el
problema de la veracidad. He aquí un ejemplo de la clase
de dificultad que surge. Mi libro sobre la guerra civil
española, Homenaje a Cataluña, es, desde luego, un libro
decididamente político, pero está escrito en su mayor
parte con cierta atención a la forma y bastante
objetividad. Procuré decir en él toda la verdad sin
violentar mi instinto literario. Pero entre otras cosas
contiene un largo capítulo lleno de citas de periódicos y
cosas así, defendiendo a los trotskistas acusados de
conspirar con Franco. Indudablemente, ese capítulo, que
después de un año o dos perdería su interés para cualquier
lector corriente, tenía que estropear el libro. Un crítico
al que respeto me reprendió por esas páginas: "¿Por qué ha
metido usted todo eso?", me dijo. "Ha convertido lo que
podía haber sido un buen libro en periodismo." Lo que
decía era verdad, pero tuve que hacerlo. Yo sabía que muy
poca gente en Inglaterra había podido enterarse de que
hombres inocentes estaban siendo falsamente acusados. Y si
esto no me hubiera irritado, nunca habría escrito el
libro.
De una u otra forma este problema vuelve a
presentarse. El problema del lenguaje es más sutil y
llevaría más tiempo discutirlo. Sólo diré que en los
últimos años he tratado de escribir menos pintorescamente
y con más exactitud. En todo caso, descubro que cuando ha
perfeccionado uno su estilo, ya ha entrado en otra fase
estilística. Rebelión en la granja fue el primer libro en
el que traté, con plena conciencia de lo que estaba
haciendo, de fundir el propósito político y el artístico.
No he escrito una novela desde hace siete años, aunque
espero escribir otra enseguida.
Seguramente será un fracaso —todo libro lo
es—, pero sé con cierta claridad qué clase de libro quiero
escribir.
Mirando la última página, o las dos últimas, veo que he
hecho parecer que mis motivos al escribir han estado
inspirados sólo por el espíritu público. No quiero dejar
que esa impresión sea la última. Todos los escritores son
vanidosos, egoístas y perezosos, y en el mismo fondo de
sus motivos hay un misterio. Escribir un libro es una
lucha horrible y agotadora, como una larga y penosa
enfermedad. Nunca debería uno emprender esa tarea si no le
impulsara algún demonio al que no se puede resistir y
comprender. Por lo que uno sabe, ese demonio es
sencillamente el mismo instinto que hace a un bebé
lloriquear para llamar la atención. Y, sin embargo, es
también cierto que nada legible puede escribir uno si no
lucha constantemente por borrar la propia personalidad. La
buena prosa es como un cristal de ventana. No puedo decir
con certeza cuál de mis motivos es el más fuerte, pero sé
cuáles de ellos merecen ser seguidos. Y volviendo la vista
a lo que llevo escrito hasta ahora, veo que cuando me ha
faltado un propósito político es invariablemente cuando he
escrito libros sin vida y me he visto traicionado al
escribir trozos llenos de fuegos artificiales, frases sin
sentido, adjetivos decorativos y, en general, tonterías.
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