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ANTON CHEJOV

Anton Pávlovich Chejov
(1860/1904), escritor y dramaturgo, nació en
Taganrog, puerto sobre el Mar de Azov, Rusia, el
29 de enero de 1860. Nieto de un siervo que compró
su libertad e hijo de un tendero rígido y muy
religioso, fue el tercero de seis hermanos. En
1875 se padre huyó a Moscú para evitar la cárcel
por un quebranto económico
Estudió medicina en la Universidad de Moscú. Para
ayudar a su familia comenzó a escribir relatos
humorísticos como “Antosha Chejonte”. Se recibió
en 1884 pero siguió escribiendo. Del
Peterbúrgskaya gazeta pasó al Nóvoye vremia
(1885), importante periódico de San Petersburgo.
Ya conocido, publica su primera obra Relatos de
Montley (1886). Con Al anochecer gana
el premio Pushkin (1887). Afectado de tuberculosis
viaja a Ucrania y a su regreso se estrena La
Gaviota dirigida por Constantin Stanivlaski,
quien perfecciona los métodos actorales para
lograr mayor naturalidad en los complejos
personajes de Chéjov.
Tres obras más escribió para la compañía del
Teatro de Arte de Moscú: Tío Vania (1897),
Las Tres Hermanas (1901) y El Jardín de
los Cerezos (1904), todas ellas de gran éxito.
Se casa (1901) con una actriz de sus obras, Olga
Leonardovna Knipper.
Enrolado en la corriente naturalista fue también
un maestro del relato corto, creando personajes
prisioneros de sus pasiones en una precisa
descripción de la Rusia zarista de su época. Entre
ellos Decepción, Ostras, El
pabellón Nº 6 (1892) y Campesinos
(1897).
La dama del perrito
(1899) muestra personajes no sujetos a
“convenciones sociales, sino seres humanos que
aman, lloran, piensan y ríen, a quienes no se
puede censurar por un acto de amor”. Tal vez una
respuesta a la Ana Karenina de Tolstoi
Desde fin de los ochenta la tuberculosis
contagiada por sus pacientes lo tuvo a maltraer.
Debió pasar largas temporadas en climas benignos
(Niza, Francia y Yalta, Crimea), escapando a la
crudeza del invierno ruso.
Murió el 15 de julio de 1904 a causa de su
enfermedad en Badenweiler, Alemania, donde
tratamiento en una clínica especializada. Sus
restos descansan en el cementerio de Novodevichy,
Moscú.
Después de la Primera Guerra Mundial fue traducido
al inglés popularizándose su obra a nivel
internacional. Influyó en dramaturgos importantes
como Tennessee Williams, Arthur Miller y Raymond
Carver.
La Conferencia Internacional Siglo después de
Chéjov, celebrado en las afueras de la capital
rusa en la ex finca familiar, Melijovo, reunió a
casi 100 críticos de la obra del escritor ruso que
analizaron la riqueza y profundidad de su obra. |
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HISTORIA DE UN CONTRABAJO |
Procedente
de la ciudad, el músico Smichkov se dirigía a la casa de
campo del príncipe Bibulov, en la que, con motivo de una
petición de mano, había de tener lugar una fiesta con
música y baile. Sobre su espalda descansaba un enorme
contrabajo metido en una funda de cuero. Smichkov caminaba
por la orilla del río, que dejaba fluir sus frescas aguas,
si no majestuosamente, al menos de un modo suficientemente
poético.
"¿Y si me
bañara?", pensó.
Sin
detenerse a considerarlo mucho, se desnudó y sumergió su
cuerpo en la fresca corriente. La tarde era espléndida, y
el alma poética de Smichkov comenzó a sentirse en
consonancia con la armonía que lo rodeaba. ¡Qué dulce
sentimiento no invadiría, por tanto, su alma al descubrir
(después de dar unas cuantas brazadas hacia un lado) a una
linda muchacha que pescaba sentada en la orilla cortada a
pico! El músico se sintió de pronto asaltado por un cúmulo
de sentimientos diversos... Recuerdos de la niñez...
tristezas del pasado... y amor naciente... ¡Dios mío!...
¡Y pensar que ya no se creía capaz de amar!...
Habiendo
perdido la fe en la humanidad (su amada mujer se había
fugado con su amigo el fagot Sobakin), en su pecho había
quedado un vacío que lo había convertido en un misántropo.
"¿Qué es
la vida? —se preguntaba con frecuencia—. ¿Para qué
vivimos?... ¡La vida es un mito, un sueño, una
prestidigitación...!" Detenido ante la dormida beldad (no
era difícil ver que estaba dormida), de pronto e
involuntariamente sintió en su pecho algo semejante al
amor. Largo rato permaneció ante ella devorándola con los
ojos.
"¡Basta!
—pensó exhalando un profundo suspiro—. ¡Adiós, maravillosa
aparición! ¡Llegó la hora de partir para el baile de su
excelencia!" Después de contemplarla una vez más, y cuando
se disponía a volver nadando, por su cabeza pasó rauda una
idea: "He de dejarle algo en recuerdo mío —pensó—. Dejaré
algo prendido en su caña de pescar. ¡Será una sorpresa que
le envía un desconocido!" Smichkov nadó suavemente hacia
la orilla, cortó un gran ramo de flores silvestres y
acuáticas y, después de atarlo con un junco, lo enganchó a
la caña. El ramo se hundió hasta el fondo, pero arrastró
consigo el lindo flotador.
El buen
sentido, las leyes de la naturaleza y la posición social
de mi héroe exigirían que este cuento acabara en este
preciso punto; pero, ¡ay...! El designio del autor es
irreductible... Por causas que no dependen de él, el
cuento no terminó con la ofrenda del ramo de flores. Pese
a la sensatez de su juicio y a la naturaleza de las cosas,
el humilde contrabajo estaba llamado a representar un
papel importante en la vida de la noble y rica beldad.
Al
acercarse nadando a la orilla, Smichkov quedó asombrado de
no ver sus prendas de vestir. Se las habían robado. Unos
malhechores desconocidos lo habían despojado de todo
mientras él contemplaba a la beldad, dejándole sólo el
contrabajo y la chistera.
—¡Maldición! —exclamó Smichkov—. ¡Oh, gentes engendradas
por la malicia! ¡No me indigna tanto la pérdida de mi
vestimenta, ya que la vestimenta es vanidad, como el verme
obligado a ir desnudo, atacando con ello la decencia
pública!
Y
sentándose sobre el estuche del contrabajo se puso a
buscar una solución a su terrible situación.
"No puedo
presentarme desnudo en casa del príncipe Bibulov
—pensaba—. ¡Habrá damas! ¡Y, además, los ladrones, al
robarme los pantalones, se llevaron al mismo tiempo las
partituras que tenía en el bolsillo!" Meditó tan largo
rato que llegó a sentir dolor en las sienes.
"¡Ah...!
—se acordó de pronto—. No lejos de la orilla, entre los
arbustos, hay un puentecillo... Puedo meterme debajo de él
hasta que anochezca, y cuando sea de noche, en la
oscuridad, me deslizaré hasta la primera casa."
Con este
pensamiento, Smichkov se caló la chistera, cargó el
contrabajo sobre su espalda y se dirigió con paso
vacilante hacia los arbustos. Desnudo y con aquel
instrumento musical sobre la espalda, recordaba a cierto
antiguo y mitológico semidiós.
Y ahora,
lector mío, mientras mi héroe está sentado bajo el puente
lleno de tristeza, volvamos a la joven pescadora. ¿Qué
había sido de ésta?
Al
despertarse la beldad y no ver en el agua su flotador, se
apresuró a tirar del sedal. Este se hizo tirante, pero ni
el anzuelo ni el flotador salieron a la superficie. Sin
duda, el ramo de Smichkov, al llenarse de agua, se había
hecho pesado.
"O bien he
pescado un pez muy grande o el anzuelo se me ha enganchado
en algo", pensó la joven.
Tiró unas
cuantas veces más de la cuerda y al fin decidió que el
anzuelo se había, efectivamente, enganchado en algo.
"¡Qué
lástima! —pensó—. ¡Se pesca tan bien al anochecer...! ¿Qué
haré?" La extravagante joven, sin pensarlo mucho, se quitó
la ligera ropa y sumergió su maravilloso cuerpo en el agua
hasta la altura de los marmóreos hombros. No era tarea
fácil desprender el anzuelo del ramo enredado en el sedal;
pero la paciencia y el trabajo dieron su fruto. Poco más o
menos de un cuarto de hora después, la beldad salía
resplandeciente del agua, con el anzuelo en la mano.
Un destino
funesto la acechaba, sin embargo. Los mismos granujas que
robaron la ropa de Smichkov se habían llevado también la
suya, dejándole sólo el frasco de los gusanos.
"¿Qué
hacer? —lloró la joven—. ¿Será posible que tenga que
marchar de este modo?... ¡No! ¡Nunca! ¡Antes la muerte!
Esperaré a que oscurezca, y en la sombra me iré a la casa
de la tía Agafia, desde donde mandaré a la mía por un
vestido... Mientras tanto, me esconderé debajo del
puentecillo..."
Y mi
heroína, escogiendo aquellos sitios por donde la hierba
era más alta y agachándose, se dirigió corriendo al
puentecillo. Al deslizarse bajo éste y ver allí a un
hombre desnudo, con artística melena y velludo pecho, la
joven lanzó un grito y perdió el sentido.
Smichkov
también se asustó. Primeramente tomó a la joven por una
ondina.
"¿Es tal
vez una sirena venida para seducirme? —pensó, suposición
que lo halagó, pues siempre había tenido una alta opinión
de su cuerpo—. Mas si no es una sirena, sino un ser
humano, ¿cómo explicarse esta extraña metamorfosis?" —¿Por
qué está aquí, debajo de este puente? ¿Qué le sucede?
—preguntó a la joven.
Mientras
buscaba una respuesta a estas preguntas, la beldad recobró
el sentido.
—¡No me
mate! —dijo en voz baja—. Soy la princesa Bibulov. ¡Se lo
ruego! Lo recompensarán con largueza. Estuve dentro del
agua desenganchando mi anzuelo y unos ladrones me robaron
el vestido nuevo, los zapatos y las demás ropas.
—Señorita... —dijo Smichkov, con voz suplicante—. A mí
también me han robado la ropa, y no sólo eso, sino que,
además, al robarme los pantalones se llevaron las
partituras que estaban en el bolsillo.
Los
contrabajos y los trombones son, por lo general, gente
apocada; pero Smichkov constituía una agradable excepción.
—Señorita
—dijo, pasados unos instantes—. Veo que la turba mi
aspecto; pero estará usted de acuerdo conmigo en que, por
las mismas razones suyas, me es imposible salir de aquí.
Escuche, pues, lo que he pensado: ¿aceptará usted meterse
en la caja de mi contrabajo y cubrirse con la tapa? Esto
la escondería a mi vista...
Diciendo
esto, Smichkov sacó el contrabajo del estuche. Por un
momento le pareció que al cederlo profanaba el sagrado
arte; pero su vacilación no duró largo tiempo. La beldad
se metió, encogiéndose, en el estuche y el músico anudó
las correas, celebrando mucho que la naturaleza lo hubiera
obsequiado con tanta inteligencia.
—Ahora,
señorita, no me ve usted. Siga ahí echada y quédese
tranquila. Cuando oscurezca la llevaré a casa de sus
padres. El contrabajo volveré a buscarlo más tarde.
Una vez
anochecido, Smichkov se echó al hombro el estuche que
contenía a la beldad, y cargado con él se dirigió a la
casa de campo de Bibulov. Su plan era el siguiente:
pasaría primero por la casa más próxima para procurarse
ropa y proseguiría después su camino...
"No hay
mal que por bien no venga —pensaba mientras levantaba el
polvo con sus pies desnudos y se doblaba bajo su carga—.
Seguramente, por haber intervenido con tanta eficacia en
el destino de la princesa Bibulov, seré generosamente
recompensado."
—¿Está
usted cómoda, señorita? —preguntaba con el tono de un
galante caballero que invita a bailar un quadrillé—. No se
preocupe, tenga la bondad, acomódese en mi estuche como si
estuviera en su casa.
De
repente, se le antojó al galante Smichkov que delante de
él y ocultas en la sombra iban dos figuras humanas.
Mirando con más detenimiento, se convenció de que no se
trataba de una ilusión óptica. Dos figuras caminaban, en
efecto, delante de él, llevando unos bultos en la mano.
"¿Serán
éstos los ladrones? —pasó por su cabeza—. Parecen llevar
algo... Con seguridad, nuestras ropas...
Y Smichkov,
depositando el estuche al borde del camino, salió
corriendo en persecución de las figuras.
—¡Alto!
—gritaba—. ¡Alto!... ¡Atrápenlos!
Las
figuras volvieron la cabeza, y al notar que los iban
persiguiendo, echaron a correr... Aun durante largo rato
escuchó la princesa pasos veloces y el grito de: "¡Alto!,
¡alto!" Por último, todo quedó en silencio.
Smichkov
estaba entregado a la persecución, y seguramente la beldad
hubiera permanecido largo tiempo en el campo, al borde del
camino, si no hubiera sido por un feliz juego de azar.
Ocurrió, en efecto, que al mismo tiempo y por el mismo
camino, se dirigían a la casa de campo de Bibulov los
compañeros de Smichkov, el flauta Juchkov y el clarinete
Rasmajaikin. Al tropezar con el estuche, ambos se miraron
asombrados.
—¡El
contrabajo! —dijo Juchkov—. ¡Vaya, vaya! ¡Pero si es el
contrabajo de nuestro Smichkov! ¿Cómo ha venido a parar
aquí?
—Esto es
que a Smichkov le ha ocurrido algo —decidió Rasmajaikin.
—O que se
ha emborrachado y lo han robado... Sea como sea, no
debemos dejar aquí el contrabajo. Nos lo llevaremos.
Juchkov
cargó el estuche sobre sus espaldas, y los músicos
prosiguieron su camino.
—¡Diablos
! ¡Lo que pesa! —gruñía el flauta durante el camino—. ¡Por
nada del mundo hubiera consentido yo en tocar con este
monstruo! ¡Uf!
Al llegar
a la casa de campo del príncipe Bibulov, los músicos
dejaron el estuche en el sitio reservado a la orquesta y
se fueron al buffet.
En aquella
hora ya se habían empezado a encender arañas y brazos de
luz.
El novio
(el consejero de corte Lakeich), guapo y simpático
funcionario del Servicio de Comunicaciones, con las manos
metidas en los bolsillos, conversaba en el centro de la
habitación con el conde Schkalikov. Hablaban de música.
—En
Nápoles, conde —decía Lakeich—, conocí a un violinista que
hacía verdaderos milagros. No lo creerá usted, pero con un
contrabajo de lo más corriente lograba unos trinos...
¡Algo fantástico! Tocaba con él los valses de Strauss.
—¡Por
Dios! —dudó, el conde—. ¡Eso es imposible!
—¡Se lo
aseguro! ¡Y hasta las rapsodias de Listz! Yo vivía en la
misma fonda que él y, como no tenía nada que hacer, llegué
a aprender en el contrabajo la rapsodia de Liszt.
—¿La
rapsodia de Liszt? ¡Hum!... ¿Está usted bromeando?
—¿No lo
cree usted? —rió Lakeich—. Pues se lo voy a demostrar
ahora mismo. Vamos a la orquesta.
Y el novio
y el conde se dirigieron a la orquesta. Se acercaron al
contrabajo, desataron rápidamente las correas y... ¡oh
espanto!
Pero
ahora, mientras el lector da libertad a la imaginación y
se dibuja el final de aquella discusión musical, volvamos
a Smichkov... El pobre músico, no habiendo podido alcanzar
a los ladrones, volvió al lugar en que había dejado el
estuche: pero ya no estaba allí la preciosa carga. Perdido
en suposiciones, pasó y repasó varias veces por aquel
paraje y, no encontrando el estuche, decidió que había ido
a parar a otro camino.
"¡Esto es
terrible! —pensaba mesándose los cabellos y presa de un
frío interior—. ¡Se asfixiará dentro del estuche! ¡Soy un
asesino!" Ya había entrado la medianoche y Smichkov
continuaba dando vueltas por el camino, buscando el
estuche. Por fin volvió a meterse bajo el puentecillo.
"Seguiré
buscando cuando amanezca", decidió.
Al
amanecer, la búsqueda dio el mismo resultado y Smichkov
decidió esperar debajo del puente a que llegara la
noche...
"La
encontraré —mascullaba, quitándose la chistera y tirándose
del pelo—. ¡Aunque tarde un año, la encontraré!"
Todavía hoy, los campesinos que habitan los lugares
descritos cuentan cómo por las noches, junto al
puentecillo, puede verse a un hombre desnudo, todo
cubierto de pelo y tocado con una chistera. Cuentan
también que, a veces, debajo del puente, se oyen roncos
sonidos de contrabajo.
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