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MARCO DEVENI

Marco Denevi
(1922/1998), escritor, periodista, guionista y
dramaturgo, nació en Saenz Peña, provincia de
Buenos Aires el 12 de mayo de 1922. Estudió música
llegando a ser un buen ejecutante de piano. De
pequeño gustó de la lectura (Stevenson, Dumas,
Perez Galdós). Estudió derecho sin ejercer la
profesión.
Su primera novela Rosaura a las
diez, obtuvo el Premio Kraft (1955) y fue
llevada al cine por Mario Soffici. Posteriormente
recibió el Primer Premio de la revista Life en
castellano en 1960 por la nouvelle Ceremonia
secreta (llevada al cine por Joseph Losey), y
el Premio Argentores en 1962 por El cuarto de
la noche (teatro).
Otras obras: Falsificaciones
(1965), Un pequeño café (1968),
Manuel de historia (1985), Enciclopedia
secreta de una familia argentina (1986),
Hierba del cielo (1991), El jardín
de las delicias (1992) y El amor es un
pájaro rebelde (1993).
Además de la obra de teatro
mencionada ha escrito Los Expedientes
(1957), Premio Nacional de Teatro, estrenada en el
teatro Cervantes, El emperador de la China
(1959) y Cuando el perro del ángel no
ladra, luego de lo cual Denevi no volvería al
teatro.
Con María Angélica Bosco escribió
el guión de la serie televisiva División
homicidios.
En los ochenta hizo periodismo político
a través de crónicas de actualidad en el diario La
Nación, presentando su visión de la realidad
acerca de los males argentinos (corrupción,
burocracia, etc.), con valentía y compromiso,
destacando su impronta ética.
De bajo perfil, fue un hombre
alejado de la exposición pública y su bien ganado
reconocimiento es mérito estricto a sus
merecimientos literarios.
Dueño de un estilo mordaz, también
el humor está presente en su obra. Con Rosaura
a las diez introduce el perspectivismo
(cada protagonista narra la historia desde su
perspectiva). Fue miembro de la Academia Argentina
de Letras (1987) y ha sido traducido a varios
idiomas entre ellos el inglés, francés, italiano y
japonés.
En su ideario de escritor ocupaba
un destacado lugar la ambición de hacer felices a
los lectores. Señalaba: Mi mayor ambición es que
el acto de la lectura sea de disfrute, de goce
para quienes me leen. En estos tiempos en que
tanto dolor y humillaciones nos inferimos unos a
otros, hacer feliz a alguien es tan hermoso...
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EL MAESTRO
TRAICIONADO
Se
celebraba la última cena.
—¡Todos te
aman, oh Maestro! —dijo uno de los discípulos.
—Todos no
—respondió gravemente el Maestro—. Conozco a alguien que
me tiene envidia y que en la primera oportunidad que se le
presente me venderá por treinta dineros.
—Ya sé
quién es —exclamó el discípulo—. También a mí me habló mal
de ti.
—Y a mí
—añadió otro discípulo.
—Y a mí, y
a mí dijeron todos los demás. Todos, menos uno que
permanecía silencioso.
—Pero es
el único —prosiguió el que había hablado primero—. Y para
probártelo diremos a coro su nombre sin habernos puesto
previamente, de acuerdo.
Los
discípulos, todos, menos aquel que se mantenía mudo, se
miraron, contaron hasta tres y gritaron el nombre del
traidor.
Las
murallas de la ciudad vacilaron con el estrépito, porque
los discípulos eran muchos y cada uno había gritado un
nombre distinto.
Entonces
el que no había hablado salió a la calle, y libre de
remordimientos, consumó su traición.
LA SOLEDAD
Dispuesto
a convertirse en el primer orador de la ciudad, se encerró
en su casa y a solas, durante muchos años, practicó el
arte de la oratoria. Pulía cada frase, cada inflexión de
la voz, cada silencio. Ensayaba ademanes, gestos, pasos.
Era capaz de repetir una y mil veces un vocablo hasta que
el sonido alcanzase la perfección. Y entretanto se negó a
recibir a nadie, a conversar con nadie. Temía que los
demás le corrompiesen el estilo, le contagiasen sus
trivialidades, sus torpezas de dicción, esas rústicas
modulaciones con que habla el pueblo. Cuando, finalmente,
decidió que no le quedaba nada por aprender, salió de su
casa, se encaminó al ágora y en presencia de la multitud
pronunció su primer discurso. Nadie entendió una palabra.
“¿Qué idioma es ese?”, preguntaban los curiosos. Algunos
se rieron, otros le arrojaron piedras, la mayoría se fue a
presenciar las exhibiciones de los cómicos.
(Aglaofón:
Epístolas.)
EL
RUISEÑOR
Todas las
noches, desde el crepúsculo hasta el alba, resonaba en el
bosque el canto del ruiseñor.
El rey lo
oía desde su palacio.
—Más
precioso es ese ruiseñor que todos mis tesoros —decía el
rey, y suspiraba.
Todas las
noches, desde el crepúsculo hasta el alba, el ruiseñor
cantaba en lo más profundo del bosque.
El rey,
insomne, lo escuchaba embelesado.
—A quien
me traiga vivo al ruiseñor le regalaré la más hermosa de
mis favoritas —decía el rey—. Le daré veinte guerreros, la
mitad de mis eunucos, todos mis pavos reales blancos, un
laúd de madera de la India con incrustaciones de nácar,
tapices de seda bordados con hilos de oro, aguamaniles de
plata labrada, los pebeteros del templo, el anillo de
Chapur.
Los más
expertos cazadores, con redes, con ligas y con trampas,
fueron de noche al bosque a cazar al ruiseñor, pero el
ruiseñor no se dejó atrapar.
Y seguía
cantando, todas las noches, desde el crepúsculo hasta el
alba, con su maravillosa voz.
Asomado a
la ventana de su palacio, el rey lo oía, y su rostro era
del color de la luna, y su corazón, una cisterna seca.
Ejércitos
de guerreros y de cortesanos, con arcos y con flechas, con
tambores y estandartes, se dirigieron al bosque y
conminaron al ruiseñor a que se presentase delante del
rey, pero el ruiseñor desobedeció las órdenes.
Y todas
las noches el ruiseñor cantaba en la espesura del bosque
con su voz celestial.
El rey
enfermó de melancolía. Y desde el lecho escuchaba el canto
del ruiseñor, y su piel se arrugaba como la piel de un
fruto desprendido de la rama.
La más
hermosa de las favoritas fue una noche al bosque y
humildemente le rogó al ruiseñor que se apiadase del rey,
pero el ruiseñor no se apiadó.
Y todas
las noches, desde el crepúsculo hasta la aurora, el
ruiseñor cantaba en lo más intrincado del bosque.
El rey,
oyéndolo, cerraba los ojos y gemía.
Un mago
construyó un ruiseñor mecánico que cantaba como el
ruiseñor del bosque, y se lo llevó al rey. Ya a la noche
lo hizo cantar en la alcoba del rey. Pero el rey escuchaba
el canto del ruiseñor del bosque y lloraba en su lecho.
Todas las
noches, desde el crepúsculo hasta el alba, el ruiseñor
cantaba en medio del follaje del bosque.
Y el rey
murió de pena, en su lecho dorado.
Y cuando
el fúnebre cortejo atravesaba el bosque con el cadáver del
rey, en lo más secreto de las frondas, desde el crepúsculo
hasta el alba, cantaba el ruiseñor.
(Nizãm
Al-Din Fiaz: El libro del bosque, Colección de
poemas persas del siglo XIV.)
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