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EDUARDO GALEANO
Eduardo Hughes Galeano
(1940/...), periodista y escritor uruguayo nació
en Montevideo el 3 de setiembre de 1940 en una
familia católica con ancestros latinos y sajones.
Ya de adolescente hizo diversos trabajos:
operario, pintor, mensajero, etc.
Se inició en el periodismo como editor de
Marcha
(1960/4), dirigido por Carlos Quijano donde
participaron, Benedetti, Vargas Llosa, Maldonado
Denis y Fernandez Retamar. Fue editor de
Prensa universitaria
y del diario
Época.
El golpe militar de 1973 lo fuerza a refugiarse en
Argentina donde funda la revista Crisis. En 1976
la dictadura argentina lo condena y huye a España
donde escribe su trilogía
Memoria del fuego
(1982/86). En 1985 retorna a Montevideo donde
reside actualmente.
Su multifacética producción que incluye trabajos
documentales, ficción, crónicas periodísticas,
análisis político e historia, ha sido traducida a
varios idiomas y tiene un denominador común: el
compromiso en favor de la verdad.
Su obra más conocida es
Las venas abiertas de América Latina
(1971), un alegato en favor de Latinoamérica,
explotada desde la conquista.
Memorias del fuego
recrea personajes célebres de la historia
americana desde los mitos precolombinos hasta los
80.
Obtuvo el Premio Casa de las Américas con
La canción de nosotros
(Novela, 1975) y
Días y noches de amor y de guerra
(Testimonio, 1978), siendo comparado con John Dos
Passos y Gabriel García Marquez.
Su obra profusa iniciada con
Los días siguientes
(1963), aún continúa luego de
Bocas del Tiempo
(2004). Algunas de ellas son:
China
(1964),
Guatemala
(1967),
Su majestad el fútbol
(1968),
Violencia y enajenación
(1971).
Refugiado en Argentina escribe
Vagamundo
(1973). En España,
Conversaciones con Raimón
(1977),
La piedra arde
(1980),
Voces de nuestro tiempo
(1981) y
Aventuras de los jóvenes dioses
(1984).
Ya en su patria:
Ventana sobre Sandino
(1985),
Contraseña
(1985),
El descubrimiento de América que todavía no fue y
otros escritos
(1986),
El libro de los abrazos
(1989),
Nosotros decimos no
(1989),
Amares
(1993)
Las palabras andantes
(1993),
El fútbol a sol y sombra
(1995)
Patas arriba: Escuela del mundo al revés
(1998).
Ha sido nombrado doctor honoris causa por la
Universidad de La Habana, recibió el American Book
Award (Washington University, USA) en 1998 y
galardonado por la
Fundación Lannan (Santa
Fe, USA) con el premio a la libertad cultural
(1999).
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SOBRE EL ARTE DE UN ESCRITOR |
El mío ha
sido un largo camino hacia el desnudamiento de la palabra:
desde las primeras tentativas de escribir, cuando era
jovencito en una prosa abigarrada, llena de palabras que
hoy me dan vergüenza, hasta llegar a un lenguaje que yo
quisiera que fuera cada vez más claro, sencillo, y por lo
tanto más complejo, porque la sencillez es la hija de una
complejidad de creación que no se nota ni tiene que
notarse.
Uno siente
primero que el trabajo intelectual consiste en hacer
complejo lo simple, y después uno descubre que el trabajo
intelectual consiste en hacer simple lo complejo. Y un
caso de simplificación no es una tarea de embobamiento, no
se trata de simplificar para rebajar de nivel intelectual,
ni para negar la complejidad de la vida y de la literatura
como expresión de la vida. Por el contrario, se trata de
lograr un lenguaje que sea capaz de transmitir
electricidad de vida suprimiendo todo lo que no sea digno
de existencia.
Para mí
siempre ha sido fundamental la lección del maestro Juan
Carlos Onetti, un gran escritor uruguayo muerto hace poco,
que me guió los primeros pasos.
Siempre me
decía: "Vos acordate aquello que decían los chinos (yo
creo que los chinos no decían eso, pero el viejo se lo
había inventado para darle prestigio a lo que decía); las
únicas palabras que merecen existir son las palabras
mejores que el silencio". Entonces cuando escribo me voy
preguntando: ¿estas palabras son mejores que el silencio?,
¿merecen existir realmente?
Hago una
versión, dos o tres, quince, veinte versiones, cada vez
más cortas, más apretadas: edición corregida y disminuida.
Inflación
palabraria
El
problema de la inflación monetaria en América Latina es
muy grave, pero la inflación palabraria es tan grave como
la monetaria o peor; hay un exceso de circulante atroz.
Algunos países han tenido éxito en la lucha contra la
inflación monetaria pero la inflación palabraria sigue
ahí, tan campante. Lo que me gustaría, modestamente, es
ayudar un poquito a esa lucha contra la inflación
palabraria. O sea, poder ir desnudando el lenguaje. Es el
resultado de un gran esfuerzo, y no concluido, porque nace
cada vez: a mí me cuesta escribir ahora tanto como cuando
tenía 15 ó 16 años y lloraba ante la hoja de papel en
blanco porque no podía.
¿Función
social?
La
literatura tiene siempre una función, aunque no sepa que
la tiene, y aunque no quiera tenerla. A mí me hacen gracia
los escritores que dicen que la literatura no tiene
ninguna función social. A partir del momento que alguien
escribe y publica está realizando una función social,
porque se publica para otros. Si no, es bastante simple:
yo escribo en un sobre y lo mando a mi propia casa, pongo
"Cartas de amor a mí mismo" y me emociono al recibirlas.
Pero es un círculo masturbatorio (no quiero hablar mal de
la masturbación, tiene sus ventajas, pero el amor es mejor
porque se conoce gente, como decía el viejo chiste).
Es
imposible imaginar una literatura que no cumpla una
función social. A veces la cumple, y es jodido, en un
sentido adormecedor, a veces es una literatura del
fatalismo, de la resignación, que te invita a aceptar la
realidad en lugar de cambiarla, pero a veces es una
literatura reveladora, reveladora de las mil y una caras
escondidas de una realidad que es siempre más deslumbrante
de lo que uno suponía. Por otro lado me parece que lo de
la literatura social es una redundancia porque toda
literatura es social. Muchas veces una buena novela de
amor es más reveladora y ayuda más a la gente a saber
quién es, de dónde viene y a dónde puede llegar, que una
mala novela de huelgas. No comparto el criterio de una
literatura política que además, en general, es
aburridísima.
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