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GRISELDA GAMBARO

Griselda Gambaro
nació en Buenos Aires en 1928. Entre sus libros
figuran El desatino (1965), Una
felicidad con menos pena (1965), Dios no
nos quiere contentos (1979), Después del
día de fiesta (1994), Lo mejor que se tiene
(1998), Escritos inocentes (1999), Lo
impenetrable (2000) y El mar que nos trajo
(2001).
Sus obras dramáticas han sido estrenadas en los
escenarios más prestigiosos de distintos países de
América latina y Europa, y traducidas a numerosos
idiomas. Está considerada por la crítica como una
de las escritoras más relevantes de la literatura
argentina actual.
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Fue
estrenada el 22 de setiembre de 1998 en el Teatro General
San Martín de Buenos Aires dentro del marco del Festival
Internacional de Teatro. Formaba parte de un espectáculo
integrado por obras argentinas y europeas de cinco minutos
de duración cada una y cuyo título genérico era "La
confesión".
Marta:
Alicia Zanca
Entra
Marta, una mujer madura, con un vestido semejante a un
uniforme gris.
Marta: Al
principio me costó acostumbrarme. Los horarios rígidos,
la oscuridad a hora temprana. El maltrato. No de las
otras, que están para eso, sino de las que estaban como
yo, encerradas allí. Se burlaron cuando les dije que no
me parecía a ellas, que siempre había sido honesta.
Empezaron a llamarme la incorruptible, la señora honesta.
Pero una noche, a oscuras, cada una contó un poco de su
vida. Y de pronto, en una pausa, oí mi propia voz. ¿O no
era la mía? Era una voz más, ¿cómo decirlo?, desnuda,
frágil. Y conté cómo, ya con hijos grandes me había
enamorado de... Un ratero, eso era. Me enseñó a tropezar
con transeúntes, a darles conversación mientras él, con
dedos hábiles, les limpiaba los bolsillos. Nunca sacaba
mucho. Robaba a viejas, a hombres cansados. Un día no fue
bastante rápido. Cayó y caí con él. Entonces, desde que
conté esto, me dejaron en paz. O mejor dicho, me
quisieron. Extraño ser querida por algo así. Me
protegieron, me enseñaron cómo... arreglarme con la
oscuridad a hora temprana.
Empecé a
cambiar. ¿Por qué me mira? Así fueron las cosas. Le conté
el final, pero todo
final
tiene un antes, ¿no es cierto? No sé por qué usted accedió
a sentarse ahí, para escucharme. Hay una compulsión en
este rito. Lo acepto porque ahora... acepto todo. Lo que
importa es el antes.
La vida
fue siempre un asunto complicado para mí. Si hubiera
nacido... no sé... rica, pero nací pobre. Fue una
equivocación. Porque no estaba preparada. Ya en la cuna
sentía que
esa cuna
no me correspondía: ningún encaje, ningún lazo de seda,
una sábana rasposa y una manta. Lloraba mucho. (Ríe)
¡Me pasé la infancia llorando por lo que no tenía!
De pronto
me vi grande, con senos, con el vello oscuro del pubis.
Puesta en un lugar que creía no merecer, siempre pobre,
una princesa condenada a un tugurio. ¿Era una princesa o
era como usted me ve?: una mujer como tantas, sin ningún
atributo especial, con esta cara que se olvida pronto.
Me casé y
tuve hijos. Los hijos me entretuvieron un rato, pero
debería haber sido ciega para no darme cuenta de que
tampoco ellos eran, no sé, niños extraordinarios como yo
los hubiera deseado. No, eran niños vulgares, con orejas
carnosas, ojos pequeños que no expresaban nada. Y mi
marido... Pobre cosa. ¿Ve esto? (Le muestra un botón de
su rapa) Así era, un objeto sin brillo. Se deslomaba
trabajando y yo no comprendía por qué terminaba trayendo
una miseria. Compró una casa y me la presentó como si
fuera una mansión. Recuerdo su necia sonrisa de alegría:
esta es nuestra casa y quería decir nuestro palacio, y yo
sólo veía una ruina. Cuando murió, me sentí libre, sobre
todo de su amor que me agraviaba. Mis hijos crecieron y
se marcharon para repetir la misma historia del padre.
Siento alivio de no verlos, con sus orejas carnosas. Yo
recibí la vida como una camisa demasiado estrecha para mis
deseos. Y ahora, que estoy aquí, me pregunto cómo no me di
cuenta de que ésa era la vida. No mi sueño de una cuna con
lazos y moños, sábanas finas, sino esa cuna sobre la que
debió inclinarse mi madre. Debió hacerla muchas veces,
pero nunca la vi porque sentía vergüenza de su rostro
ancho, sus manos toscas. No supe tragarme las lágrimas de
desilusión para mirarla. A partir de ahí, lo perdí todo,
me quedé ciega para la vida, ajena. ¿Piensa que es tarde?
La casa, a fuer de verla fea, es fea. Los hijos, a fuer de
verlos tontos, lo son. ¿Es tarde? Empecé a cambiar. ¿Es
tarde? Usted está ahí para alguna respuesta. Para decirme
que aún puedo salvarme de la soberbia, esa asesina que
mató la belleza del tiempo concedido. Ahora, cuando salga,
trataré de ver el día como es. ¿Por qué pretendí tanto?
Los deseos de una amazona cuando sólo soy una mujer cuyo
rostro se olvida fácilmente. Creí que la vida me debía
todo cuando no me debía nada. Llega tan desnuda como un
árbol en invierno cuya primavera decidimos. (Se
levanta) ¿Qué dice? ¿Que es invierno? ¿Que seguirá el
invierno?
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