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Me trepé
al tren justo cuando arrancaba. Recorrí varios coches.
¡Repletos! ¿Qué pasaba ese día? ¿A todo el mundo se le
había ocurrido viajar? Por fin descubrí un lugar
desocupado. Con esfuerzo coloqué la valija en la red
portaequipaje y dando un suspiro de alivio me dejé caer
sobre el asiento. Sólo entonces advertí que tenía al
frente, sentado también del lado de la ventanilla, nada
menos que al banquero que vive en el departamento contiguo
al mío.
Me sonrió
("¡qué dientes!", diría Caperucita Roja) y supongo que yo
también le sonreí, aunque si lo hice fue sin ganas. A
decir verdad, nuestra relación se reducía a saludarnos
cuando por casualidad nos encontrábamos en la puerta del
edificio o tomábamos juntos el ascensor. Yo no podía
ignorar que él se dedicaba a los negocios porque una vez,
después de felicitarme por el cuento fantástico que
publiqué en el diario, se presentó tendiéndome una
tarjeta:
Rómulo
Genovesi, doctor en ciencias económicas
y me
ofreció sus servicios en caso de que yo quisiera invertir
mis ahorros.
—Usted —me
dijo— vive en otro mundo; yo vivo en éste, que lo tengo
bien medido a palmos; con que ya sabe, si puedo serle
útil...
En otras
ocasiones, mientras el ascensor subía o bajaba dieciocho
pisos, Genovesi me habló de las condiciones económicas del
país, de empresas, bancos, intereses, pólizas, mercados y
mil cosas que no entiendo. Tal era el genio de las
finanzas que me estaba sonriendo cuando me dejé caer sobre
el asiento.
Yo hubiera
querido olvidar mi pobreza, pero la sola presencia de ese
especulador me la recordaba. Me había dispuesto a
descansar durante el resto del viaje y de golpe me veía
obligado a ser cortés. Si en la jaula del ascensor yo
respetaba el talento práctico de mi vecino, ahora, en el
vagón de ferrocarril, temía que ese talento, justamente
por adaptarse a la realidad ordinaria —realidad que
rechazo cada vez que invento una historia— me resultara
fastidioso. Mala suerte. El viaje horizontal en tren más
largo que el viaje vertical en ascensor, iba a matarme de
aburrimiento. Para peor, el éxito que Genovesi obtenía en
sus operaciones económicas no se reflejaba en un rostro
satisfecho, feliz. Al contrario, su aspecto era tétrico.
Teníamos
la misma edad, pero (si el espejo no me engañaba) él
parecía más viejo que yo. ¿Más viejo? No, no era eso. Era
algo, ¿cómo diré?, algo misterioso. No sé explicarlo.
Parecía ¡qué sé yo! que su cuerpo, consumido, desgastado,
hubiera sobrevivido a varias vidas. Siempre lo vi flaco,
nunca gordo; sin embargo, la suya era la flacura del gordo
que ha perdido carnes. Más, más que eso. Era como si la
pérdida de carnes le hubiera ocurrido varias veces y de
tanto engordar y enflaquecer, de tanto meter carnes bajo
la piel para luego sacarlas, su rostro hubiera acabado por
deformarse. Todavía mantenía erguidas las orejas,
prominente la nariz y firmes los colmillos, pero todo la
demás se aflojaba y caía: las mejillas, la mandíbula, las
arrugas, los pelos, las bolsas de las ojeras...
Desde sus
ojos hundidos salía esa mirada fría que uno asocia con la
inteligencia, y sin duda Genovesi debía de ser muy
inteligente. No había razones para dudarlo, tratándose de
un doctor en ciencias económicas. Lo malo era que esa
inteligencia, ducha en números, cálculos y resoluciones
efectivas, a mí siempre me aburre.
¡Ni que
hubiera adivinado mi pensamiento! Abandonó esta vez su
tema, la economía, y arrimó la conversación al tema mío:
la literatura fantástica. Y del mismo modo que en el
ascensor me había dado consejos para ganar dinero, ahora,
en el tren, me regaló anécdotas raras para que yo
escribiese sobre ellas "y me hiciera famoso..."
¡Como si
yo las necesitara! Yo, que con una semillita de locura
hacía crecer toda una selva de cuentos sofísticos o que
con un suceso callejero construía torres de viento,
palacios inhabitables y catedrales ateas; yo, veterano;
yo, emotivo, fantasioso, arbitrario, espontáneo,
grandílocuo y genial, ¡qué diablos iba a necesitar de ese
vulgar agente de bolsa para escribir cuentos! Su fatuidad
me sublevó, pero acallé la mía (por suerte, cuando me
envanezco oigo en la cabeza el zumbido de una abeja
irónica) y lo dejé hablar.
Su
monólogo tuvo forma de espiral. Genovesi fue apartándose
del punto central, exacto, lógico que hasta entonces yo
suponía que era la residencia permanente de todas las
profesiones técnicas. La primera vuelta de la espiral fue
poco imaginativa. Se limitó a proponerme que yo escribiera
un cuento sobre el caso "rigurosamente verídico" de dos
hermanos siameses, unidos por la espalda, que fueron
separados a cuchillo en el quirófano del sanatorio Güemes.
Cada uno de ellos, para no sentir dolor durante la
operación, había convocado por telepatía a un anestesista
diferente. Uno de los siameses llamó a un hindú, que lo
hizo dormir, y el otro llamó a un chino, que le clavó
alfileres.
Desde
luego que semejante truculencia a mí no me inspiró ningún
cuento. Ni siquiera me asombré demasiado de que un doctor
en ciencias económicas recontara en serio la atrocidad que
le oyó a la cuñada del primo de la enfermera —después de
todo la curación por acupuntura, hipnosis y
parapsicología, aunque no ortodoxa, ha sido aceptada por
algunos médicos— pero sí me asombré bastante cuando, en
una segunda vuelta de la espiral, Genovesi dejó atrás a
curanderos y manos santas y se apartó hacia la región de
las conjeturas pseudocientíficas; una: la de que nuestro
planeta ha sido colonizarlo por seres extraterrestres.
¡Nada menos! Y en una tercera vuelta se adhirió a la causa
de brujos, chamanes, nigromantes y espiritistas.
Por rara
coincidencia, a medida que Genovesi incurría en el
obscurantismo, la obscuridad del anochecer iba borrándole
la cara. Ya casi no se la distinguía cuando, en otra
expansión de su fe, la palabra pasó del mito a la
quiromancia y de la astrología a la metempsicosis.
No paró allí. En las siguientes espiras de su monólogo
Genovesi se alejó hacia lo que está oculto en el más allá.
Él, que
como economista jamás hubiera firmado un cheque en blanco,
extendía el crédito a cualquier milagrería. Aprovechándose
de las críticas a la razón, que la limitan a conocer meros
fenómenos, postulaba que debía de haber facultades
irracionales y extrasensoriales capaces de conocer la
realidad absoluta, y de su axioma deducía que hay que
estar predispuesto a creer que aun lo increíble es
posible. Posible era que el hombre pudiera vivir en
tiempos cíclicos, paralelos o revertidos; posibles eran
las reencarnaciones y las telekinesias,
la premonición y la levitación, el tabú y el vudú...
Genovesi
desenterraba los mismos fantasmas que yo he visto, vivido
y vestido en mis propios cuentos, con la diferencia de que
para él lo sobrenatural no era un capricho de la fantasía.
Le faltaba el don de los poetas para convertir los
sentimientos irracionales en bellas imágenes. ¿Cómo
explicarle a ese crédulo que la única magia que cuenta es
la de la imaginación, que impone sus formas a una amorfa
realidad sin más propósito ni beneficios que el de
divertimos con el arte de mentir? Y aun esa imaginación no
es espontánea pues sólo vale cuando se junta con la
inteligencia. La razón es una débil, novata, vacilante y
regañada sirvientita, recién advenida en la evolución
biológica, pero que sin sus servicios no podríamos
disfrutar del ocio, la libertad y la alegría. Ah, Genovesi
sería muy hábil en sus tejemanejes con los bancos pero, en
su comercio de ficciones conmigo, el pobre emergía de
pantanosos sueños con el delirio de un neurótico, la
inocencia de un niño y el miedo de un salvaje. Aceptaba
todo menos la razón. Cuando por ahí, sin saberlo ni
quererlo, merodeó por la frase unamuniana "la razón es
antivital", tuve que reprimir las ganas de retrucarle con
la frase orteguiana: "El hombre salió de la bestia y en
cuanto descuida su razón, vuelve a bestializarse".
Gracias a
que todavía no habían encendido las luces del vagón, la
noche del campo, una noche sin Luna y sin estrellas,
penetró por las ventanillas y reinó adentro tanto como
afuera. De no ser por la voz, yo no habría estado seguro
de que ese bulto enfrente de mí seguía siendo Genovesi,
hasta que el tren se acercó a aquella ciudad perdida en la
pampa y faroles a los lados de las vías empezaron a
perforar la obscuridad. Cada destello alumbraba a Genovesi
por un instante. Mientras el discurso continuaba
desenvolviendo la espiral de supersticiones, su rostro
reaparecía y desaparecía, y cuando reaparecía ya no era
igual. Genovesi se transfiguraba. Los intermitentes
resplandores que desde los costados del tren en marcha
alteraban sus facciones coincidían con los saltos que la
voz daba de una creencia a otra. Lo que yo veía y lo que
yo oía se complementaban como en el cine, y el filme era
una pesadilla.
En eso
entramos en un túnel más tenebroso aun que la noche, y
Genovesi fue solamente una voz que me sonó extrañamente
ronca. Esa voz se puso a contarme que hay hombres que se
convierten en lobos.
—Bah, el
cuentito del licántropo
—le dije—. Lo contó Petronio en el Satiricón.
—No, no —y
su voz salió de la tiniebla misma—. Déjese de licántropos
griegos. En la provincia de Corrientes los llamamos
lobisones. Le aseguro que existen. Aúllan en las noches
sin Luna, como ésta, y matan. Lo sé. Lo sé por
experiencia. Créame. Matan...
Entonces
sucedió algo espeluznante. Los pelos a mí, o a él, se me
pusieron de punta cuando al salir del túnel y entrar en la
estación, los focos iluminaron de lleno la cara de
Genovesi.
Espantado, noté que mientras repetía "créame, lo sé, el
lobisón existe", se metamorfoseaba. Y cuando terminó de
metamorfosearse vi que allí, acurrucado en su cubil, el
genio de las finanzas se había convertido en un grandísimo
tonto.
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