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HORACIO QUIROGA

Horacio Quiroga
(1878/1937) uno de los más grandes cuentistas
latinoamericanos, también poeta, aficionado a la
ciencia y deportista, nació en Salto, Uruguay, el
31 de diciembre de 1878. Es descendiente del
caudillo Facundo Quiroga.
Su vida está signada por la tragedia: de muy pequeño
presencia la muerte accidental de su padre con un
disparo de escopeta y durante la adolescencia el
suicidio de su padrastro. Poco después él mismo
mataría accidentalmente a un entrañable amigo.
En 1896 constituye con dos amigos el grupo de Los
tres mosqueteros en el que se inicia
literariamente. En 1897 lee a Lugones a quien lo
unirá luego una amistad, Poe, los pos-románticos,
modernistas y simbolista, y comienza a publicar en
su ciudad natal.
Viaja a París (1900) viviendo brevemente la bohemia
pobre, participa de un certamen ciclístico y se
mezcla con el grupo modernista que rodea a Rubén
Darío. A su regreso funda con amigos un
laboratorio literario (Consistorio del Gay
Saber).
Su primer publicación: Los arrecifes de coral
(poesía, 1901) tiene escaso impacto y continúa
luego con el cuento, género en el que despliega
toda su maestría y en el que se reconoce la
influencia de Kipling, Conrad y Poe, por el halo
trágico que trasunta.
Radicado en Buenos Aires, viaja a Misiones como
fotógrafo de una expedición. Cautivado por el
lugar compra una propiedad. Se casa con Ana María
Cinés, alumna suya (1908). En la selva misionera
se ambientarán muchos de sus relatos.
Es nombrado Juez de Paz y nacen sus hijos Eglé y
Darío (1911/12). Hasta 1915 acumula varios
fracasos comerciales. Ese año se suicida su esposa
quien no tolera la vida que lleva. Viaja a Buenos
Aires (1916) y ejerce funciones diplomáticas.
Una pasión amorosa lo empuja a realizar alocados
viajes en motocicleta a Rosario y de regreso a
Misiones fracasa su noviazgo con una adolescente.
Se casa con María Elena Bravo, compañera de su
hija, y al año nace su hija “Pitóca”.
Conoce a Ezequiel Martinez Estrada y Alfonsina Storni.
Regresa a Misiones (1932). La pérdida de su cargo
por razones políticas, su enfermedad y los
problemas íntimos familiares lo llevan al suicidio
por ingestión de cianuro en Buenos Aires el 19 de
febrero de 1937. Sus hijos del primer matrimonio
tendrán el mismo final.
Obras: El crimen de otro (1904), Almohadón
de plumas (1905), Historia de amor turbio
(1908), Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917), Cuentos de la selva
(1918), El salvaje (1920), Las
sacrificadas (1929), Anaconda (1921), El desierto (1924), Los desterrados
(1926), Pasado amor (1929), Suelo natal
(libro de lectura para niños, en colaboración con
Leonard Glusberg) y Más allá (1935).
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Todo el
día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro
hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la
lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la
cabeza con la boca abierta.
El patio
era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos.
El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se
mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como
el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas
tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al
principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al
fin estrepitosamente, congestionados por la misma
hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial,
como si fuera comida.
Otras
veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras
imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían
asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la
lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre
estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y
pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas
colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el
pantalón.
El mayor
tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio
y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de
cuidado maternal.
Esos
cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto
de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y
Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y
mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un
hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada
consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de
un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el
amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?
Así lo
sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los
catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su
felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que
tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una
noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no
conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa
atención profesional que está visiblemente buscando las
causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de
algunos días los miembros paralizados recobraron el
movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el
instinto, se habían ido del todo; había quedado
profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para
siempre sobre las rodillas de su madre.
—¡Hijo, mi
hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa
ruina de su primogénito.
El padre,
desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted
se le puede decir: creo que es un caso perdido. Podrá
mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo,
pero no más allá.
—¡Sí!...
¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es
herencia, que...?
—En cuanto
a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a
su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no
sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco
rudo. Hágala examinar detenidamente.
Con el
alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor
a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del
abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a
Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su
joven maternidad.
Como es
natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza
de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa
reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho
meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al
día siguiente el segundo hijo amanecía idiota.
Esta vez
los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su
sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo!
Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada
ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya
no pedían más belleza e inteligencia como en el
primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo
desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un
loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad
de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto
repitiose el proceso de los dos mayores.
Mas por
encima de su inmensa amargura quedaba a Mazzini y Berta
gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del
limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el
instinto mismo, abolido. No sabían deglutir, cambiar de
sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero
chocaban contra todo, por no darse cuenta de los
obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de
sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían
colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces,
echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí
bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa;
pero no se pudo obtener nada más.
Con los
mellizos pareció haber concluido la aterradora
descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo
ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo
transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No
satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que
se exasperaba en razón de su infructuosidad, se agriaron.
Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte
que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la
desesperanza de redención ante las cuatro bestias que
habían nacido de ellos echó afuera esa imperiosa necesidad
de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los
corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como
a más del insulto había la insidia, la atmósfera se
cargaba.
—Me parece
—díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se
lavaba las manos—que podrías tener más limpios a los
muchachos.
Berta
continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la
primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el
estado de tus hijos.
Mazzini
volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De
nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno, de
nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez
Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que
no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no!
—se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco,
supongo!... ¡No faltaba más!... —murmuró.
—¿Qué no
faltaba más?
—¡Que si
alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es
lo que te quería decir.
Su marido
la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos!
—articuló, secándose por fin las manos.
—Como
quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como
quieras!
Éste fue
el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las
inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble
arrebato y locura por otro hijo.
Nació así
una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de
alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin
embargo, y los padres pusieron en ella toda su
complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos
límites del mimo y la mala crianza.
Si aún en
los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al
nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo
recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran
obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado,
pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus
almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora
afuera, con el terror de perderla, los rencores de su
descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo
para que el vaso no quedara distendido, y al menor
contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer
disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay
algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel
fruición es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a
una persona. Antes se contenían por la mutua falta de
éxito; ahora que éste había llegado, cada cual,
atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los
cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.
Con estos
sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores
afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de
comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los
lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al
cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo
Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las
golosinas que era a los padres absolutamente imposible
negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el
temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la
eterna llaga.
Hacía tres
horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre,
los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios!
¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es
que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se
sonrió, desdeñosa:
—¡No, no
te creo tanto!
—Ni yo
jamás te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué!
¿Qué dijiste?...
—¡Nada!
—¡Sí, te
oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que
prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has
tenido tú!
Mazzini se
puso pálido.
—¡Al fin!
—murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has
dicho lo que querías!
—¡Sí,
víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?,
¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera
tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos
tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini
explotó a su vez.
—¡Víbora
tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir!
¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor
culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón
picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un
gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la
una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido,
y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes
que se han amado intensamente una vez siquiera, la
reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto infames
fueran los agravios.
Amaneció
un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió
sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin
duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y
ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se
atreviera a decir una palabra.
A las diez
decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían
tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día
radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De
modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al
animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había
aprendido de su madre este buen modo de conservar la
frescura de la carne), creyó sentir algo como respiración
tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los
hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la
operación... Rojo... rojo...
—¡Señora!
Los niños están aquí, en la cocina.
Berta
llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas
horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada,
podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente,
cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e
hija, más irritado era su humor con los monstruos.
—¡Que
salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro
pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a
dar a su banco.
Después de
almorzar salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires y
el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol
volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus
vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto
los idiotas no se habían movido en todo el día de su
banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a
hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más
inertes que nunca.
De pronto
algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana,
cansada de cinco horas paternales, quería observar por su
cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la
cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin
decidióse por una silla desfondada, pero aun no alcanzaba.
Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto
topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual
triunfó.
Los cuatro
idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana
lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en
puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del
cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos
lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la
mirada de los idiotas se había animado; una misma luz
insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los
ojos de su hermana mientras una creciente sensación de
gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros.
Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que
habiendo logrado calzar el pie iba ya a montar a
horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente sintiose
cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos
clavados en los suyos le dieron miedo.
—¡Soltame!
¡Dejame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá!
¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún
de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá,
¡ay! Ma...
No pudo
gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando
los bucles como si fueran plumas, y los otros la
arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa
mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta,
arrancándole la vida segundo por segundo.
Mazzini,
en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece
que te llama —le dijo a Berta.
Prestaron
oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento
después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su
sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie
respondió.
—¡Bertita!
—alzó más la voz, ya alterada.
Y el
silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado,
que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija,
mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al
pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre.
Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito
de horror.
Berta, que
ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el
angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con
otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido
como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
—¡No
entres! ¡No entres!
Berta
alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar
sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con
un ronco suspiro.
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